Tropezó, y a pesar de que logró recuperar su balance gracias a su experiencia, su cuerpo entero estaba ardiendo en agonía. Incluso su visión estaba emborronada por manchas carmesí.

No podía ser. No podían haber descubierto cómo hacerlo tan pronto. Requeriría el poderoso chakra de un bijū para afectar a la barrera, y un Sharingan para llegar allí.

Tal vez los había subestimado. En efecto, no creía en esas personas como un conjunto. Se repelían los unos a los otros, y sólo la pérdida de uno podría haberlo arreglado. Sólo una gran tragedia lograría hacer que entendieran. Evidentemente, se equivocó… ligeramente.

Técnicamente, ella seguía estando allí.

Si no había durado lo suficiente, todo sería en vano.

—No funcionó.

No se molestó en mirar a la marioneta decrépita que estaba sentada en un rincón de la cueva. Había estado escondida por un tiempo muy largo aquí, y las cavidades vacías de sus ojos eran incapaces de ver. La criatura no respondió de inmediato.

Era casi imposible leer o predecir sus movimientos, pues no tenía lenguaje corporal. Él podía adivinar si estaba hirviendo con ira o satisfecha sólo a través de sus palabras, que no tenían inflexión alguna.

Setenta y seis minutos más tarde, obtuvo una respuesta.

—Bien.