Descargo de Responsabilidad: Glee y sus personajes no me pertenecen.
Squirrel Hill
Squirrel Hill era conocido por su diversidad étnica, su impresionante arquitectura judía, el parque de Frick y el de Schenley, su gran biblioteca y, sobre todo, por ser un lugar casi idílico para criar a una familia. Por eso, en un lugar habitado, en su mayoría, por familias de clase media, un Aston Martin DBS valorado en más de doscientos mil dólares, de color rojo brillante y cristales totalmente oscurecidos para dotar de mayor privacidad a quienes viajaran en él, era difícil de ocultar, y más aún aparcado a la salida de un instituto lleno de adolescentes fácilmente impresionables.
Impresionables por el último modelo de coche, el último par de zapatillas, una chica… de ahí que los murmullos no tardaran en aparecer entre padres esperando a sus hijos, e hijos con la mirada dividida entre el lujoso automóvil y la belleza rubia junto a el. Pero ella solo tenía ojos para una persona, la joven rubia que atravesaba la puerta de aquel edificio riendo junto a otras dos chicas, ajena al revuelo provocado por su presencia y la de su preciada posesión. Las dos amigas de su pequeña fueron las primeras en verla, después lo hizo ella y a juzgar por su sonrisa, se alegraba de verla casi tanto como ella de estar allí.
¨ ¡Quinn! ¿Qué haces aquí?¨ Preguntó acercándose con paso ligero seguida por sus dos amigas, una a cada lado.
Ella sonrió por los recuerdos que esa imagen rescató de su memoria y abrió los brazos para decir ¨ ¡Sorpresa!¨ Beth rodó los ojos dando el último paso para abrazarla.
¨ En serio ¿Qué haces aquí? Mama no me dijo que vendrías¨
¨ Por eso se llama sorpresa¨
¨ Ja ja, que graciosa¨ Ironizó la niña sacándole la lengua. ¨ Y Rachel ¿No ha venido contigo?¨ Se interesó intentando ver algo dentro del coche.
Quinn se cruzó de brazos totalmente seria. ¨ Ya veo quien es tu favorita. A lo mejor debería irme¨
¨ ¡¿Qué?! ¡No!¨ Protestó la joven casi aterrada. ¨ Es solo que…¨ No terminó de hablar. Quinn ya se estaba riendo, incapaz de alargar su supuesto enfado y, lejos de molestarse, Beth suspiró aliviada. Las risitas de sus dos amigas tras ella llamó la atención de madre e hija. ¨ ¿Qué?¨ Les cuestionó la más joven arqueando una de sus cejas. Gesto idéntico al de Quinn.
¨ Nada¨ Se apresuró en contestar una de ellas. Beth continuó mirándola, al final una de las dos siempre hablaba. ¨ Es solo que…sois iguales¨ Confesó, no solo hablando de su parecido físico.
¨ ¡Sarah!¨ Murmuró la otra dándole un codazo para que se callara.
Quinn miró a Beth sin saber muy bien que decir o hacer, no sabía hasta donde conocían las amigas de su hija su historia, y no quería meter la pata. La adolescente le devolvió la mirada encogiéndose de hombros y sonrió. ¨ Se llama genética, idiota¨ Se burló empujando a su amiga y las tres rieron. Quinn respiró tranquila. ¨ Quinn, ellas son Sarah y Ashley. Chicas ellas es Quinn Fabray con su flamante coche ¿No había otro más discreto?¨ Le reclamó con burla tras presentarlas.
¨ Era este o el helicóptero¨ Le sonrió guiñándole un ojo mientras Sarah y Ashley las miraban boquiabiertas. ¨ Encantada de conoceros chicas, Beth me ha hablado mucho de vosotras¨ Se dirigió a las dos adolescentes que cambiaron su expresión de asombro por dos sonrisas idénticas.
¨ Igualmente, señora Fabray¨ Dijeron ambas a la vez. Era algo que sucedía a menudo, y eso sumado a que eran físicamente iguales, lo hacia todo un poco surrealista. Quinn dirigió su mirada a Beth justo a tiempo para verla poner los ojos en blanco tal y como ella misma habría hecho. ¨ Beth también nos ha hablado de usted¨ Añadió Ashley muy educadamente. La rubia sonrió orgullosa y algo sorprendida mientras las mejillas de su hija tomaban cierto matiz de color rojo.
¨ Llamadme Quinn, por favor, o me vais a hacer sentir vieja. ¡Y no digas nada!¨ Advirtió a su hija para evitar cualquier comentario que se le pudiera ocurrir.
¨ ¡Wow! Menudo coche ¿Es tuyo, preciosa?¨ Interrumpió una voz algo aflautada por detrás de las chicas. ¨Tu y yo deberíamos dar una vuelta¨ Le propuso guiñándole un ojo.
¨ ¡Lárgate, David!¨ Espetó Sarah antes de que Beth pudiera hacerlo pero el chico se estiró todo lo posible para parecer más alto, y Quinn lo observó detenidamente.
No era mucho más alto que su hija, de pelo castaño y ojos claros, con una sonrisa chulesca que seguro conseguía arrancar suspiros a más de una y un ego demasiado grande para su edad, y por el que la rubia le auguraba muchos problemas, el muchacho consiguió ganarse su desaprobación.
¨ No hablo con niñas¨ Dijo él mirando con altivez a las tres adolescentes. ¨ En cambio, con mujeres como tu…¨ Se refirió a Quinn y ella quiso reír. Pobre iluso.
Beth iba a protestar, pero de nuevo alguien se le adelantó. Quinn. ¨ ¿De verdad?¨ Preguntó con una risa incrédula. ¨ ¿Cuántos años tienes?¨ Quiso saber más por curiosidad que por interés real.
¨ Dieciocho¨ Contestó con orgullo y una sonrisa creyendo haber conseguido algo.
¨ Trece¨ Le contradijo Beth enmascarándolo con una falsa tos.
Y entonces sí, Quinn se rio a carcajadas sin poder evitarlo y el chico huyó avergonzado y con el orgullo herido. Las tres adolescentes se unieron a las risas, avergonzando más a su compañero, hasta que el claxon de un coche las distrajo. Las cuatro se volvieron hacia el sonido para encontrar a una mujer de unos cincuenta años saludándolas enérgicamente desde el asiento del conductor de un viejo Chevrolet.
¨ Es nuestra madre¨ Le informó Sarah a la vez que le devolvían el saludo a la mujer.
Ashley asintió confirmando las palabras de su hermana y añadió ¨ Tenemos que irnos¨
¨ Nos vemos mañana, chicas¨ Se despidió Beth con un abrazo a cada una. ¨ ¡Adiós, señora Atom!¨ Gritó a la vez que sus amigas llegaban al coche. La mujer se despidió sin perder la sonrisa mientras era puesta al día, por sus hijas, sobre quien era la mujer rubia con la que estaban segundos antes.
Madre e hija observaron en silencio como el coche de los Atom, ocupado casi al completo por las mujeres de la familia, abandonaba el recinto junto a otros muchos vehículos, mientras ellas y su flamante Aston Martin seguían ahí como estatuas. Fue el sonido de la bocina de otro coche, lo que las saco de su propio mundo.
¨ Eh…creo que deberíamos irnos¨ Dijo Quinn sin saber muy bien que hacer.
Beth asintió aparentemente muy interesada en las pocas piedrecitas a sus pies, con las que jugaba nerviosa sin mirarla. ¨ Tengo que estar en casa antes de las siete¨ Recordó de pronto mirando por fin a la rubia.
¨ Lo sé ¨ Sonrió ella. ¨ Shelby me ha dicho que tienes un examen mañana pero que podíamos ir a tomar un helado o… lo que quieras hacer¨ Añadió dándole la opción de elegir.
¨ Un helado está bien. El centro comercial no está lejos¨
¨Pues vamos¨ Habló a la vez que el coche emitía un sonido y las luces se iluminaban en señal de ser abierto.
Cada una ocupó su lugar en el interior del cómodo vehículo y Quinn señaló la maniobra antes de salir e incorporarse a la carretera. Solo habían recorrido unos metros cuando su voz inundó el silencio dentro del coche.
¨ Así que… ¿ese era David?¨ Curioseó casi con despreció y una risa.
Beth perdió su mirada por la ventanilla y totalmente roja espetó un ¨ ¡Cállate! ¨ Que aumentó la risa de Quinn, la vergüenza de la niña, y les hizo olvidar cualquier tensión creada.
Tenía que admitir que era un poco incómodo estar allí sentada con su hija de doce años sin saber que decir o hacer. Quizá la palabra no era incómodo, pero si raro. Raro porque no quería decir nada que le hiciera sentir incomoda, raro porque no quería meter la pata y hablar de más, raro porque nunca pensó que podría suceder, y a pesar de llevar meses viéndose y hablando por teléfono, aun no terminaba de creerse que la tenía ahí, dispuesta a conocerla sin juzgarla, sin preguntas, sin esperar nada. Solo conocerla.
¨ He terminado el libro¨ Dijo la pequeña llevándose una cucharada del helado de chocolate y menta que había escogido y que le valió una mirada curiosa de Quinn. Era el favorito de Rachel también.
Ella tragó su helado con sabor a vainilla y caramelo y sonrió. ¨ ¿Te ha gustado?¨
Una frase. Tres palabras, fueron suficiente para que un brillo iluminara los ojos de la joven adolescente y una gran crítica saliera de su boca, admitiendo comentarios esporádicos de Quinn, que encantada escuchaba las palabras emocionadas de su hija, descubriendo que no solo compartía con su novia su gusto por el helado de menta y chocolate, también compartían su verborrea y pasión cuando se trataba de algo que les gustaba, para una el teatro, para otra aquel libro.
