En el silencio del castillo Cullen , Isabella abandonó la enorme cama, vacía, y se puso una bata de terciopelo verde esmeralda con forro de visón. Era muy temprano por la mañana; la gente de la casa aún dormía. Desde que Edward la había dejado en el umbral de su finca familiar, Isabella apenas podía dormir. La cama parecía demasiado grande y desierta para sentirse en paz.

La mañana después de que Isabella se negó a responder a sus caricias, Edward había exigido que ambos partieran hacia su casa. Isabella obedeció. Le hablaba sólo cuando era necesario. Viajaron durante dos días antes de llegar a los portones de Cullen .

Al entrar al castillo, quedó impresionada. Los guardias que ocupaban las dos grandes torres, a ambos lados del portón, les dieron la voz de alto pese a que los estandartes con los leopardos de la familia estaban a la vista. Bajaron el puentelevadizo sobre el ancho y profundo foso y se levantó la pesada puerta de rejas. El sector exterior estaba bordeado de casas modestas y limpias, establos, la armería, las caballerizas y los cobertizos para almacenamiento. Hubo que abrir otro portón para pasar al recinto interior, donde vivía Edward con sus hermanos. La casa tenía cuatro plantas, con ventanas de cristales divididos en la más alta.

Isabella se arrodilló inmediatamente y comenzó a desenvolver el pie apoyado en el banquillo.

– ¿Qué haces? – preguntó él con aspereza –. Ya me la ha arreglado el médico.

– No le tengo confianza. Quiero verlo con mis propios ojos. Si no está bien calzada, podrías quedar cojo.

Jacob la miró fijamente, después llamó a su escudero.

– Tráeme un vaso de vino. Ella no quedará satisfecha hasta que me haya hecho sufrir un poco más. Y busca a mi hermano. ¿Por qué sigue durmiendo si nosotros estamos despiertos?

– No está aquí – respondió Isabella en voz baja.

– ¿Quién?

– Tu hermano. Mi esposo – aclaró ella con sequedad.

– ¿Adónde ha ido? ¿Qué asuntos lo requerían?

– Me temo que no lo sé. Me dejó en el umbral y se marchó. No mencionó ningún asunto que requiriera su atención.

Jacob tomó la copa de vino que su vasallo le ofrecía y observó a su cuñada, que le palpaba el hueso de la pierna. Al menos, el dolor le impedía desatar toda la furia que sentía contra su hermano. No dudaba de que Edward había dejado a su bella desposada para ir en busca de Tanya , esa ramera. Apretó los dientes al borde de la copa, en el momento en que Isabella tocaba la fractura.

– Está solo un poquito desviada – observó –. Tú sujétalo por los hombros – dijo a uno de los hombres de Jacob –, que yo tiraré de la fuerte seda de la tienda estaba cubierta de agua. En la parte alta se juntaban gruesas gotas que caían en el interior en cuanto la lluvia sacudía la tela.

Edward lanzó un enérgico juramento, atacado por nuevas gotas de agua. Desde que dejara a Isabella casi no había dejado de llover. Todo estaba mojado. Y peor que el clima era el humor de sus hombres, más negro que el mismo cielo. Llevaban más de una semana vagando por la campiña, acampando cada noche en un sitio diferente. Preparaban la comida de prisa, entre un aguacero y otro; por eso estaba casi siempre medio cruda. Cuando Charlie Dwyer , su jefe de vasallos, le preguntó el motivo de aquel viaje sin destino, Edward estalló. Aquella mirada tranquilamente sarcástica le hacía evitar a sus hombres.

Sabía que todos se sentían angustiados y él también lo estaba. Pero él, cuando menos, conocía la razón de ese viaje sin sentido. ¿O no? La última noche pasada en casa de su suegro, al ver a Isabella tan fría con él, había decidido darle una lección. Ella se sentía segura en aquel sitio, donde había pasado la vida rodeada de amigos y familiares, pero ¿se atrevería a mostrarse tan desagradable cuando estuviera sola en una casa extraña?

Resultó bien porque sus hermanos decidieron dejar solos a los recién casados. Pese a la lluvia que goteaba por la seda de la tienda, Edward empezó a sonreír ante la escena que imaginaba. La veía frente a alguna crisis, algo catastrófico, como el hecho de que la cocinera quemara una olla de habichuelas. Se pondría frenética por la preocupación y le enviaría un mensajero con encargo de suplicarle que regresara para salvarla del desastre. El mensajero no podría hallar a su amo, puesto que Edward no estaba en ninguna de sus fincas. Se producirían nuevas calamidades. Al regresar, él se encontraríacon una Isabella lacrimosa y arrepentida, que caería en sus brazos, feliz de volver a verlo y aliviada al saber que él venía a rescatarla de algo peor que la muerte.

– Oh, si – dijo, sonriendo.

La lluvia y la incomodidad estaban justificadas. Le hablaría con severidad y, cuando la tuviera completamente contrita, le secaría las lágrimas a besos y la llevaría a la cama.

– ¿Mi señor?

– ¿Qué pasa? – saltó Edward , al interrumpirse la deliciosa visión en el momento en que él estaba a punto de imaginar lo que haría con Isabella en el dormitorio antes de otorgarle su perdón.

– Desearíamos saber, señor, cuándo volveremos a casa para escapar de esta maldita lluvia.

Edward iba a bramar que eso no era asunto del que había preguntado, pero cerró la boca y sonrió.

– Volveremos mañana.

Isabella ya había pasado ocho días sola. Era tiempo suficiente para que hubiera aprendido un poco de gratitud... y humildad.

– Por favor, Isabella – rogó Jacob, sujetándola por el antebrazo –. Llevo dos días aquí y aún no me has dedicado un momento de tu tiempo.

– Eso no es cierto – rió ella –. Anoche pasé una hora jugando al ajedrez contigo y me enseñaste algunos acordes de laúd.

– Lo sé – reconoció él, siempre suplicante. En las mejillas le iban apareciendo los hoyuelos, aunque aún no sonreía –. Pero estar solo es horrible. No puedo moverme por culpa de esta maldita pierna, y no hay nadie que me haga compañía.

– ¡Nadie! Aquí hay más de trescientas personas. Sin duda, cualquiera de ellas... – Pero se interrumpió, pues Jacob la miraba con ojos tan tristes que le provocaban risa.– Está bien, pero será solo una partida. Tengo mucho que hacer.

Jacob le dedicó una sonrisa deslumbrante. Ella se instaló al otro lado del tablero.– Eres estupenda en este juego – elogió él –. Ninguno de mis hombres puede vencerme como lo hiciste anoche. Además, necesitas descansar. ¿A qué dedicas todo el día?

– A poner en orden el castillo – respondió Isabella , simplemente.

– A mí siempre me ha parecido que estaba en orden – objetó Jacob, adelantando un peón – Los mayordomos... – ¡Los mayordomos! – exclamó ella, maniobrando con el alfil para atacar –. Ellos no ponen tanto interés como el propietario de la finca. Es preciso vigilarlos, revisar sus cuentas, leer las anotaciones diarias y...

– ¿Leer? ¿Sabes leer, Isabella ?

Ella levantó la vista, sorprendida, con la mano sobre la reina.

– ¡Por supuesto! ¿Tú no? Jacob se encogió de hombros.

– Nunca he aprendido. Mis hermanos sí, pero a mí no me interesaba. Nunca he conocido a otra mujer que supiera leer. Mi padre decía que las mujeres no podían aprender esas cosas. Isabella le echó una mirada de disgusto, en tanto su reina ponía al rey adversario en peligro mortal.

– Deberías saber que una mujer puede sobrepasar al hombre con frecuencia, aunque sea al mismo rey. Creo que he ganado la partida. – Y se levantó.

Jacob se quedó mirando el tablero, estupefacto.

– ¡No puedes haber ganado tan pronto! Ni siquiera he visto nada. Me das charla para que no pueda concentrarme – la miró de soslayo –. Y como me duele la pierna, me cuesta pensar.

Isabella lo miró preocupada, pero de inmediato se echó a reír.

– Eres un mentiroso de primera, Jacob. Y ahora tengo que irme.

– No, Isabella – pidió él, sujetándole la mano. Empezó a besarle los dedos –. No me dejes. De veras, estoy tan aburrido quepodría enloquecer. Quédate conmigo, por favor. Sólo una partida más.

Isabella se reía de él con todas sus ganas. Le apoyó la otra mano en el pelo, mientras él le hacía descabelladas promesas de amor y gratitud eternos a cambio de una hora más de compañía.

Y así fue como los encontró Edward . Había olvidado en gran parte la belleza de su mujer. No vestía los terciopelos y las pieles que había usado en los primeros días del matrimonio, sino una túnica sencilla y adherente, hecha de suave lana azul. Llevaba la cabellera recogida hacia atrás en una trenza larga y gruesa. Y ese atuendo sin pretensiones la hacía más encantadora que nunca. Era la inocencia en persona, pero las generosas curvas de su cuerpo demostraban que era toda una mujer.

Isabella fue la primera en cobrar conciencia de que allí estaba su esposo. La sonrisa se le borró inmediatamente de la cara y todo su cuerpo se puso rígido. Jacob sintió la tensión de su mano y levantó la vista, interrogante; al seguir la dirección de su mirada, se encontró con la cara ceñuda de su hermano. No cabían dudas sobre lo que él pensaba de la escena. Isabella quiso retirar la mano de entre las suyas, pero él se la retuvo con firmeza, para no dar la impresión de culpabilidad.

– He estado tratando de convencer a Isabella de que pase la mañana conmigo – dijo en tono ligero –. Hace dos días que estoy encerrado en este cuarto sin nada que hacer, pero no puedo persuadirla de que me dedique más tiempo.

– Y sin duda lo has intentado por todos los medios – se burló Edward , con la vista clavada en su mujer, que

lo miraba con frialdad.

Isabella retiró bruscamente la mano.

– Debo volver a mis tareas – dijo, rígida. Y salió del cuarto. Jacob atacó primero, antes de que Edward tuviera la oportunidad de hacerlo.– ¿Dónde te habías metido? – acusó –. A los tres días del casamiento, dejas a tu mujer en el umbral como si fuera un baúl más.

– Pues parece haber manejado muy bien la situación – dijo Edward , dejándose caer pesadamente en una silla.

– Si sugieres algo deshonroso...

– No, nada de eso – reconoció Edward con franqueza.

Conocía a sus hermanos. Jacob no era capaz de deshonrar a su cuñada. Pero la escena había sido una dolorosa sorpresa después de lo que él imaginara... y deseara –. ¿Qué te ha pasado en la pierna?

A Jacob le dio vergüenza confesar que se había caído del caballo, pero Edward no se burló a carcajadas, como lo hubiera hecho en otra ocasión. Se levantó con aire cansado.

– Debo atender mi castillo. Hace mucho tiempo que falto. Debe de estar a punto de derrumbarse.

– Yo no contaría con eso – observó Jacob, mientras estudiaba el tablero para repasar cada una de las movidas hechas por su cuñada –. Nunca he conocido a otra mujer que trabajara como Isabella .

– ¡Bah! – exclamó el mayor, condescendiente – ¿Cuánto trabajo puede hacer una mujer en una semana? ¿Ha bordado cinco piezas de tela?

Jacob levantó la vista, sorprendido.

– No me refería a labores de mujer.

Edward no comprendió, pero tampoco pidió explicaciones. Tenía demasiado que hacer como señor de la casa. El castillo siempre parecía decaer notablemente cuando él estaba ausente durante un tiempo.

Jacob, adivinando sus pensamientos, lo despidió con una frase risueña:

– Espero que encuentres algo que hacer.

Edward no tenía idea de qué significaba eso; sin prestar atención a sus palabras, abandonó la casa solariega, furioso aún por haber visto destrozada la escena que había soñado.

Pero al menos había alguna esperanza. Isabella se alegraría de que hubiera regresado para solucionar todos los problemas surgidos en su ausencia.

Esa mañana, al cruzar los recintos a caballo, estaba demasiado ansioso por reunirse con ella para notar algún cambio, pero ahora observó sutiles alteraciones. Los edificios del recinto exterior parecían más limpios; casi nuevos, en realidad, como si se los hubiera reparado y encalado recientemente. Las alcantarillas que corrían por atrás habían sido vaciadas poco tiempo antes.

Se detuvo frente a la caseta donde estaban los halcones. Su halconero estaba frente al edificio, balanceando lentamente un cebo alrededor de un ave atada al poste por una pata.

– ¿Ese cebo es nuevo, Simón? – preguntó.

– Sí, mi señor. Es un poco más pequeño y se le puede balancear más de prisa. El ave se ve obligada a volar a más velocidad y a atacar con más precisión.

– Buena idea – aprobó Edward .

– No es mía, señor, sino de lady Isabella . Ella me lo sugirió. Edward lo miró fijamente.

– ¿Lady Isabella te sugirió a ti, un maestro de halconeros, un cebo mejor?

– Sí, mi señor – Simón sonrió, dejando al descubierto el hueco de dos dientes faltantes.– Soy viejo, pero no tanto que no sepa apreciar una buena idea cuando me la proponen. La señora es tan inteligente como hermosa. Vino a la mañana siguiente de su llegada y me observó largo rato. Después, con toda la dulzura del mundo, me hizo algunas sugerencias. Si gustáis entrar, mi señor, veréis las nuevas perchas que he hecho. Lady Isabella dijo que las viejas eran las causantes de las enfermedades que las aves tenían en las patas. Dice que en ellas se meten pequeños insectos que lastiman a los halcones. Simón iba a precederlo hacia el interior, pero Edward no lo siguió.

– ¿No queréis verlas? – se extrañó el hombre, entristecido. Edward no lograba digerir el hecho de que aquel encanecido halconero hubiera aceptado el consejo de una mujer. El había tratado de hacerle cientos de recomendaciones, al igual que su padre, pero el hombre hacía siempre lo que se le antojaba.

– No – dijo –. Más tarde veré qué cambios ha introducido mi esposa.

No pudo impedir que su voz sonara sarcástica, ¿Qué derecho tenía su mujer a entrometerse con sus halcones? A las mujeres les gustaban tanto como a los hombres, por cierto, y Isabella tendría uno propio; pero el cuidado de las halconeras era cosa de hombres.

– ¡Mi señor! – dijo una joven sierva. Y se ruborizó ante la feroz mirada de su amo. Hizo una reverencia y le ofreció un jarrito –. Se me ocurrió que tal vez quisierais un refresco.

Edward le sonrió. ¡Por fin una mujer que sabía actuar como era debido! Sorbió el refresco mirándola a los ojos.

– Delicioso. ¿Qué es? – preguntó asombrado.

– Son las fresas de primavera y el jugo de las manzanas del año pasado, una vez hervidas, con un poquito de canela.

– ¿Canela?

– Sí, mi señor. Lady Isabella la trajo consigo.

Edward devolvió abruptamente el jarrito vacío y volvió la espalda a la muchacha. Empezaba a sentirse realmente fastidiado. ¿Acaso todos se habían vuelto locos? Apretó el paso hasta llegar al otro extremo del recinto, donde estaba la armería. Al menos, en aquel caluroso lugar de hierro forjado estaría a salvo de las interferencias recibió una escena asombrosa. Su armero, un hombre enorme, desnudo de la cintura hacia arriba y con los músculos abultándole en los brazos, estaba sentado junto a una ventana... cosiendo.

– ¿,Qué es esto? – acusó Edward , ya lleno de sospechas.

El hombre, sonriente, exhibió en alto dos pequeñas piezas de cuero. Correspondían al diseño de una nueva articulación que se podía aplicar a la armadura.

– Ved, señor, cómo está hecha; de este modo resulta mucho más flexible. Bien pensado, ¿verdad?

Edward apretó los dientes con fuerza.

– ¿Y de dónde sacaste la idea?

– Caramba, me la dio lady Isabella – respondió el armero.

Y se encogió de hombros al ver que Edward salía precipitadamente del cobertizo.

"¡Cómo se ha atrevido a esto!", iba pensando. ¿Quién era ella para entrometerse en sus cosas y hacer cambios sin pedirle siquiera aprobación? ¡La finca era suya! Si había cambios que introducir, debían correr por su cuenta.

Encontró a Isabella en la despensa, un amplio cuarto contiguo a la cocina, que estaba separada de la casa para evitar incendios. La muchacha estaba metida a medias dentro de un enorme tonel de harina, pero su pelo rojizo era inconfundible. El se detuvo a poca distancia, aprovechando de lleno su estatura.

– ¿Qué has hecho con mi casa? – aulló.

De inmediato Isabella sacó la cabeza del tonel, con tanta brusquedad que estuvo a punto de golpearse la cabeza en el borde. Pese al tamaño y el vozarrón de Edward , no le temía. Hasta el día de su boda, nunca había estado cerca de un hombre que no aullara.

– ¿Vuestra casa? – respondió con voz mortífera –. Decidme, por favor, ¿qué soy yo? ¿La fregona de la cocina?– Y mostró los brazos, cubiertos de harina hasta los rodeados de sirvientes que retrocedieron contra las paredes, atemorizados, aunque no se habrían perdido escena tan fascinante por nada del mundo.

– Sabes perfectamente quién eres, pero no permitiré que te entrometas en mis cosas. Has alterado demasiados detalles: mi halconero y hasta mi armero. ¡Debes atender tus propias tareas y no las mías!

Isabella lo fulminó con la mirada.

– Decidme qué debo hacer, entonces, si no puedo hablar con el halconero o quienquiera que necesite consejo.

Edward quedó desconcertado por un momento.

– Pues... cosas de mujeres. Debes hacer las cosas de todas las mujeres. Coser. Inspeccionar la comida y la limpieza y... y preparar cremas para la cara.

Tuvo la sensación de que esa última sugerencia había sido una inspiración. Pero las mejillas de Isabella ardieron bajo el centelleo de los ojos, colmados de pequeñas astillas de cristal dorado.

– ¡Cremas para la cara! – exclamó –. Conque ahora soy fea y necesito cremas para la cara. Tal vez también deba preparar ungüentos para oscurecerme las pestañas y colorete para mis pálidas mejillas.

Edward quedó desconcertado.

– No he dicho que seas fea. Sólo que no debes poner a mi armero a hacer costuras.

Isabella apretó los dientes con firmeza.

– Pues no volveré a hacerlo. Dejaré que vuestra armadura se torne tiesa e incómoda sin volver a dirigir la palabra a ese hombre. ¿Qué otra cosa debo hacer para complaceros?

Edward la miró con fijeza. La discusión se le estaba escapando de las manos.

– Los halcones – agregó débilmente.

– Dejaré que vuestras aves mueran con las patas lastimadas. ¿Algo más?

El quedó mudo. No tenía respuestas.

– Ahora debo suponer que nos hemos entendido, mi señor – continuó Isabella –. No debo protegeros las manos, debo dejar que vuestros halcones mueran y pasar mis días preparando cremas para disimular mi fealdad.

Edward la sujetó por el antebrazo y la levantó del suelo para mirarla cara a cara.

– ¡Maldita seas, Isabella ! ¡No he dicho que seas fea! Eres la mujer más hermosa que nunca he visto.

Le miraba la boca, tan próxima a la suya. Ella suavizó la mirada y dio a su voz un tono más dulce que la miel.

– En ese caso, ¿puedo dedicar mi pobre cerebro a alguna otra cosa, además de los ungüentos de belleza?

– Sí – susurró Edward , debilitado por su proximidad.

– Bien – manifestó ella con firmeza –. Hay una nueva punta de flecha que me gustaría analizar con el armero.

Edward parpadeó asombrado. Después la dejó en el suelo con tanta brusquedad que a la muchacha le rechinaron los dientes.

– No debes...

Pero se interrumpió, con la vista clavada en aquellos ojos desafiantes.

– ¿Sí, mi señor?

El salió de la cocina, furioso.

Jacob, sentado a la sombra del castillo, con la pierna vendada hacia adelante, sorbía el nuevo refresco de Isabella y comía panecillos aún calientes. De vez en cuando trataba de reprimir la risa, mientras observaba a su hermano. La ira de Edward era visible en cada uno de sus movimientos. Montaba su caballo como si lo persiguiera el demonio y lanceaba furiosamente al monigote relleno que representaba al enemigo.

La reyerta de la despensa corría ya de boca en boca. En pocas horas llegaría a oídos del rey, en Londres. Pese a su regocijo, Jacob sentía piedad de su hermano. Una muchacha insignificante lo había vencido en público.– Edward – llamó –, deja descansar a ese animal y siéntate un rato.

El mayor obedeció, aunque contra su voluntad, al darse cuenta de que su caballo estaba cubierto de espuma. Arrojó las riendas a su escudero y fue a sentarse junto a su hermano, con aire cansado.

– Toma un refresco – ofreció Jacob.

Edward iba a tomar el jarro, pero detuvo la mano.

– ¿El jugo de ella?

Jacob meneó la cabeza ante el tono del otro.

– Sí, lo ha preparado Isabella . Edward se volvió hacia su escudero.

– Tráeme un poco de cerveza del sótano – ordenó.

Su hermano iba a hablar, pero le vio fijar la vista al otro lado del patio. Isabella había salido de la casa solariega y cruzaba el campo cubierto de arena hacia la hilera de caballos atados en el borde. Edward la siguió con ojos acalorados. Cuando la vio detenerse junto a los animales hizo ademán de levantarse.

Jacob lo tomó del brazo para obligarlo a sentarse otra vez.

– Déjala en paz. No harás sino iniciar otra discusión que perderás también.

Edward abrió la boca, pero volvió a cerrarla sin decir nada. Su escudero acababa de entregarle el jarro de cerveza. Cuando el muchacho se hubo ido, el hermano volvió a hablar.

– ¿No sabes hacer otra cosa que tratar a gritos a esa mujer?

– Yo no le... – Pero Edward se interrumpió y bebió otro sorbo.

– Mírala bien y dime qué tiene de malo. Es tan hermosa que oscurece al sol; trabaja todo el día para mantener tu casa en orden; tiene a todos los sirvientes, hombres, mujeres y niños, incluido Simón, comiendo de su mano; hasta los caballos de combate comen delicadamente las manzanas que ella les presenta en la palma; tiene sentido del humor y juega al ajedrez como nadie. ¿Qué más puedes pedir?

Edward no había dejado de mirarla.– ¿Qué sé yo de su humor? – reconoció, entristecido –. Ni siquiera me llama por mi nombre.

– ¿Tendría motivos para hacerlo? – acusó Jacob – ¿Alguna vez le has dicho siquiera una palabra amable? No te comprendo. Te he visto cortejar con más ardor a las siervas. ¿Acaso una belleza como Isabella no merece palabras dulces?

Edward se volvió contra él.

– No soy un patán para que un hermano menor me enseñe a complacer a las mujeres. Ya andaba saltando de cama en cama cuando tú todavía estabas en el regazo de tu nodriza.

Jacob no respondió, pero los ojos le bailaban. Omitió mencionar que sólo había cuatro años de diferencia entre uno y otro. Edward dejó a su hermano y volvió a la casa solariega, donde pidió que le prepararan un baño. Sentado en la tina de agua caliente, tuvo tiempo de pensar. Por mucho que detestara admitirlo, Jacob tenía razón. Tal vez Isabella tenía razón, su vida de casados había empezado con el pie izquierdo. Fue una lástima haber tenido que golpearla en la primera noche; lástima que ella hubiera entrado en su tienda cuando menos debía.

Pero todo eso había pasado. Edward recordó su juramento: no daría nada de buen grado. Se enjabonó los brazos, sonriente. Había pasado dos noches con ella y sabía que era una mujer de grandes pasiones. ¿Cuánto tiempo podía mantenerse lejos del lecho marital? Jacob también estaba en lo cierto al mencionar la capacidad de su hermano para cortejar a las mujeres. Dos años antes había hecho una apuesta con Jacob respecto de cierta gélida condesa. Con asombrosa prontitud Edward estuvo en la cama con ella. ¿Existía una mujer a la que él no pudiera conquistar cuando así se lo proponía? Sería un placer doblegar a su altanera esposa. Sería dulce con ella y la cortejaría hasta oírle suplicar por ir a su cama.

Y entonces sería suya, pensó, casi riendo en voz alta. Sería su propiedad y no volvería a entrometerse en su vida. El tendría así todo lo que deseaba: a Tanya para el amor y a Isabella para que le calentara el lecho.

Limpio y vestido con ropa recién planchada, Edward se sintió nuevo. Lo regocijaba la idea de seducir a su encantadora esposa. La halló en los establos, precariamente encaramada a la valla de un pesebre. Susurraba palabras tranquilizadoras a uno de los caballos de combate, en tanto el palafrenero le limpiaba y recortaba el pelo de un casco.

La primera idea de Edward fue recomendarle que se alejara de la bestia antes de resultar herida, pero se tranquilizó, Ella parecía manejarse muy bien con los caballos.

– Ese animal no se doma con facilidad – dijo Edward serenamente, mientras se detenía a su lado –. Sabes tratar a los caballos, Isabella .

Ella se volvió con una mirada suspicaz.

El caballo captó su nerviosismo y dio un salto. El palafrenero apenas pudo apartarse antes de recibir una coz.

– Mantenedlo quieto, señora – ordenó sin mirarla – Todavía no he terminado y no podré hacerlo si él se mueve.

Edward abrió la boca para preguntar al hombre cómo se atrevía a dirigirse en aquel tono a su ama, pero Isabella no pareció ofenderse.

– Lo haré, William – dijo, mientras sujetaba con firmeza las bridas, acariciando el suave hocico –. No te ha hecho daño, ¿verdad?

– No – respondió el palafrenero, gruñón –. ¡Bueno, ya está! – Y se volvió hacia Edward .– ¡Señor! ¿Ibais a decirme algo?

– Sí. ¿Acostumbras dar órdenes a tu señora como acabas de hacerlo?

William se puso rojo.

– Sólo cuando necesito que me las den – le espetó Isabella –. Vete, William, por favor, y cuida de los otros hombre obedeció de inmediato, mientras ella clavaba en su marido una mirada desafiante. Esperaba verle enfadado, pero él sonrió.

– No, Isabella . No he venido a reñir contigo.

– No sabía que existiera otra cosa entre nosotros.

El hizo una mueca de dolor. Luego la tomó de la mano y la llevó consigo.

– He venido a preguntarte si me aceptarías un regalo. ¿Ves el potro del último pesebre? – preguntó, señalando.

– ¿,El oscuro? Lo conozco bien.

– No has traído ningún caballo de la casa de tu padre.

– Mi padre preferiría desprenderse de todo su oro antes que de uno de sus caballos – replicó ella, haciendo referencia a los carros llenos de riquezas que la habían acompañado a la heredad de Cullen .

Edward se apoyó contra el portón de un pesebre vacío.

– Ese potro ha engendrado varias yeguas hermosas. Las tengo en una granja de cría, a cierta distancia. ¿Querrías acompañarme mañana para elegir una?

Isabella no comprendió aquella súbita gentileza. Tampoco le gustó.

– Aquí hay caballos castrados que puedo utilizar perfectamente – observó.

Edward guardó silencio por un momento, observándola.

– ¿Tanto me odias? ¿O me tienes miedo?

– ¡No os tengo miedo! – aseguró Isabella con la espalda muy erguida.

– ¿Vendrás conmigo, entonces?

Ella lo miró fijamente a los ojos. Luego sonrió. Edward sonrió (una sonrisa de verdad) y Isabella recordó inesperadamente algo que parecía muy lejano: el día de su boda. El le había sonreído así con frecuencia.

– Estaré impaciente – aseguró él, antes de abandonar los establos.

Isabella lo siguió con la vista, frunciendo el entrecejo. ¿Qué querría aquel hombre de ella? ¿Qué motivos tenía para hacerle un regalo? No se lo preguntó por mucho tiempo, pues tenía demasiado que hacer. Todavía no se había ocupado del estanque de los peces, que necesitaba desesperadamente una limpieza.