Sakura tardó sesenta y cuatro horas en despertarse, y parpadeó mucho cuando lo hizo, confusa. Su habitación de hospital estaba limpia, y había flores en una mesita junto a su cama. Habían sido colocadas tan cuidadosamente, que supo que quien las había traído sabía lo que se hacía. Todo estaba ligeramente borroso.
Tardó varios segundos en detectar el ruido, a pesar de que el volumen de éste era alto. Se volvió al otro lado, y descubrió que Naruto era la fuente del sonido; el chico estaba roncando sonoramente, durmiendo en una silla junto a su cama.
Sakura cerró los ojos y trató de recordar los eventos que la habían traído hasta aquí. Normalmente, eran sus compañeros de equipo los que acababan hospitalizados, no ella. Por más que lo intentó, fue incapaz de hacerlo. Le dolía la cabeza, y se sentía como si fuera a sangrarle la nariz de un momento a otro.
—¿N-Naruto? —preguntó tentativamente. Su boca estaba reseca, y las sílabas se atascaron en sus labios. Él no reaccionó; naturalmente, Sakura cogió un vaso de agua, dio un sorbo y luego le echó el resto encima.
Naruto se cayó de la silla, musitando obscenidades, y pareció muy molesto hasta que sus ojos se encontraron.
—¡SAKURA-CHAN! —Ella no pudo defenderse, sus brazos pesados y torpes, aunque es cierto que intentó darle un puñetazo en la cara. Naruto la empujó hacia abajo en un abrazo sofocador, chachareando sin cesar sobre lo feliz que estaba de que estuviera despierta. Sakura tampoco pudo escapar del karma, porque Naruto parecía haberse olvidado del agua e hizo que ella acabara empapada.
La chica intentó preguntarle qué estaba pasando, de veras que lo hizo, pero él musitó algo sobre un bastardo y un pervertido, y se esfumó de su vista más rápido de lo que ella podía parpadear.
