El gran salón de la casa solariega danzaba con la luz de las chimeneas. Los favoritos entre los siervos estaban allí, jugando a los naipes, a los dados o al ajedrez, limpiando sus armas o descansando, simplemente. Isabella y Jacob se habían sentado a solas en el extremo opuesto.

– Toca esa canción, Jacob, por favor – rogó ella – Sabes que no sirvo para la música. Te lo dije esta mañana y prometí jugar al ajedrez contigo.

– ¿Quieres que toque una canción tan larga como tus ausencias? – El pulsó dos acordes en el laúd panzón.– Ya está

– bromeó.

– No es culpa mía que te dejes derrotar tan pronto. Usas los peones sólo para atacar y no te proteges del ataque ajeno. Jacob la miró fijamente, boquiabierto. Después se echó a reír.

– ¿Eso es una muestra de sabiduría o un insulto desembozado?

– Jacob – comenzó Isabella –, sabes exactamente lo que quiero decir. Me gustaría que tocaras para mí.

El cuñado le sonrió. La luz del fuego arrancaba destellos a su pelo rojo-dorado; el vestido de lana destacaba su cuerpo tentador. Pero no era su belleza lo que amenazaba enloquecerlo. La belleza existía hasta entre los siervos. No; era la misma nunca había conocido a una mujer que tuviera tanta honestidad, tanta lógica, tanta inteligencia... Si hubiera nacido hombre... El sonrió; si Isabella hubiera nacido hombre, él no habría corrido tanto peligro de enamorarse desesperadamente. Era preciso alejarse de aquella muchacha cuanto antes, aunque su pierna estuviera curada sólo a medias.

Jacob echó un vistazo sobre la cabeza de Isabella y vio que Edward se apoyaba contra el marco de la puerta para observar el perfil de su esposa.

– Ven, Edward – llamó –, ven a tocar para tu esposa. La pierna me duele demasiado y no disfruto de estas cosas. He tratado de dar algunas lecciones a Isabella , pero no le aprovechan.

Le chisporrotearon los ojos al mirar a su cuñada, pero ella permanecía quieta, con la vista fija en las manos cruzadas en su regazo.

Edward se adelantó.

– Me alegra saber de algo que mi esposa no haga a la perfección – rió –. ¿Sabes que hoy ha hecho limpiar el estanque de los peces? Dicen que en el fondo apareció un castillo normando.

Pero se interrumpió, porque Isabella se había puesto de pie, diciendo con voz serena:

– Disculpadme, pero estoy más cansada de lo que pensaba y deseo retirarme.

Sin una palabra más, salió del salón.

Edward , perdida la sonrisa, cayó en una silla acolchada. Su hermano lo miraba con simpatía.

– Mañana tengo que regresar a mi propia finca.

Edward no dio señales de haber oído. Jacob hizo una señal a uno de los sirvientes para que lo ayudara a llegar hasta su alcoba. Isabella contempló la alcoba con ojos nuevos. Ya no era sólo de ella. Ahora que su esposo había vuelto a casa, tenía el derecho de compartirla. Compartir la habitación, compartir la cama,compartir el cuerpo. Se desvistió de prisa para meterse entre las sábanas. Algo antes, había despedido a sus doncellas, pues quería estar a solas. Si bien las actividades del día la habían cansado, clavó en el dosel los ojos muy abiertos. Al cabo de un rato oyó pasos ante la puerta.

Contuvo el aliento durante unos instantes, pero los pasos se retiraron, titubeantes. Era un alivio, por supuesto, pero ese alivio no calentaba la cama fría. Edward no tenía por qué desearla, se dijo, con los ojos llenos de lágrimas. Sin duda, había pasado la última semana con su amada Tanya . Su pasión estaría completamente agotada. No necesitaba a su esposa.

Pese a sus pensamientos, la fatiga de la larga jornada acabó por hacerla dormir.

Despertó muy temprano, cuando aún estaba oscuro; por las ventanas sólo entraba un leve rastro de luz. Todo el castillo dormía, y ese silencio le resultó placentero. Ya no podría volver a dormir ni tenía deseos de hacerlo. Esas oscuras horas de la mañana eran su momento favorito.

Se vistió con rapidez, con un sencillo vestido de lana azul. Sus zapatillas de suave cuero no hicieron ruido en los peldaños de madera, ni al caminar por entre los hombres que dormían en el gran salón. Afuera la luz era gris, pero no tardó en adaptar los ojos. Junto a la casa solariega había un pequeño jardín amurallado: una de las primeras cosas que Isabella había visto en su nuevo hogar y una de las últimas a las que podría dedicar su atención. Había allí varias hileras de rosales, con gran variedad de color, pero los capullos estaban casi ocultos bajo los tallos, marchitos por el largo descuido.

La fragancia de las flores en el frescor de la mañana era embriagadora. Isabella , sonriente, se inclinó hacia uno de los arbustos. Las otras tareas habían sido necesarias, pero la poda de los rosales era un trabajo por amor.

– Pertenecían a mi madre.

Isabella ahogó una exclamación ante aquella voz tan cercana. No había oído ruido de pasos.

– Por doquiera que iba recogía esquejes de rosales ajenos – continuó Edward mientras se arrodillaba junto a ella para tocar un pimpollo.

El momento y el lugar parecían sobrenaturales. Casi consiguió olvidar que lo odiaba. Volvió a su poda.

– ¿Tu madre murió cuando eras pequeño? – preguntó en voz baja.

– Sí. Demasiado pequeño. Jasper apenas la conoció.

– ¿Y tu padre no volvió a casarse?

– Pasó el resto de su vida llorándola. El poco tiempo que le quedaba; murió tres años después. Por entonces yo tenía dieciséis.

Isabella nunca lo había oído hablar con tanta tristeza. En verdad, pocas veces le había llegado su voz sin tono de furia.

– Eras muy joven para hacerte cargo de las fincas de tu padre.

– Tenía un año menos de los que tienes tú ahora. Y tú pareces saber perfectamente cómo administrar esta propiedad. Mucho mejor de lo que yo lo hice entonces o lo he hecho hasta ahora.

Había admiración en su voz, pero también cierto tono ofendido.

– Es que a mí me han preparado para este trabajo – aclaró ella apresuradamente –. A ti se te dio adiestramiento de caballero. Ha de haberte resultado difícil cambiar.

– Me dijeron que a ti se te había preparado para la Iglesia – observó él, sorprendido.

– Sí – confirmó Isabella , mientras pasaba a otro rosal –. Mi madre no quería para mí la vida que ella había llevado. Pasó su infancia en un convento, donde fue muy feliz. Sólo al casarse...

Isabella se interrumpió por no terminar la frase.– No comprendo cómo la vida del convento puede haberte preparado para lo que has hecho aquí. Por el contrario, deberías haber pasado los días rezando.

Ella le sonrió. El cielo ya comenzaba a tomar un tono rosado. A lo lejos se oía el ruido que hacían los sirvientes.

– En su mayoría, los hombres piensan que nada peor puede ocurrirle a una mujer que verse sin la compañía de un hombre. Te aseguro que la vida de una monja dista mucho de ser vacua. Fíjate en el convento de Santa Ana. ¿Quién crees que administra esas tierras?

– Nunca se me ha ocurrido preguntármelo.

– La abadesa. Administra heredades junto a las cuales las del rey son poca cosa. Las tuyas y las mías, juntas, cabrían en un rincón de Santa Ana. El año pasado mi madre me llevó a visitar a la abadesa. Pasé una semana a su lado. Es una mujer muy ocupada, que dirige el trabajo de Jasper de hombres y decide qué hacer con hectáreas enteras – los ojos de Isabella chispearon –. No tiene tiempo para labores femeninas.

Edward dio un pequeño respingo, pero luego se echó a reír.

– Buena estocada. – ¿Qué había dicho Jacob sobre el sentido del humor de Isabella ? – Acepto la corrección.

– Pensé que sabrías más de conventos, puesto que tu hermana es monja.

A la cara de Edward subió un resplandor especial ante la mención de su hermana.

– No imagino a Mary administrando ninguna heredad. Aun de niña era tan dulce y tímida que parecía de otro mundo.

– Por eso le permitiste ingresar en el convento.

– Fue su voluntad; cuando yo heredé las propiedades de mi padre, ella nos dejó. Yo hubiera preferido que ella permaneciera en casa, aun sin casarse, si no lo deseaba; pero ella quería estar cerca de las hermanas.

Edward miró fijamente a su esposa, pensando que ella había estado muy cerca de pasarse la vida en un convento. El solprendió fuego a su pelo rojo-dorado. Al mirarlo así, sin enfado ni odio, lo dejaba sin aliento,

– ¡Oh! – Isabella rompió el hechizo al mirarse el dedo, pinchado por una espina de rosa.

– Déjame ver.

Edward le tomó la mano. Limpió una gota de sangre de la yema del dedo y se la llevó a los labios, mirándola a los ojos.

– ¡Buenos días!

Los dos levantaron la vista hacia la ventana.

– Lamento interrumpir la escena de amor – anunció Jacob desde la casa –, pero parece que mis hombres me han olvidado. Y con esta maldita pierna estoy convertido casi en un prisionero.

Isabella retiró la mano de entre las de Edward y apartó la vista, ruborizada.

– Iré a ayudarlo – dijo Edward , levantándose –. Dice Jacob que se marcha hoy. Tal vez pueda ponerlo en camino. ¿Me acompañarás a elegir tu yegua esta mañana?

Ella asintió con la cabeza, pero no volvió a mirarlo.

– Veo que estás haciendo progresos con tu mujer – dijo Jacob, mientras Edward lo ayudaba bruscamente a bajar la escalera.

– Y habría progresado más si cierta persona no se hubiera puesto a gritar desde la ventana – comentó Edward , amargo. Jacob resopló riendo. Le dolía la pierna y no le gustaba la perspectiva de hacer un largo viaje hasta otra finca, de modo que estaba de malhumor.

– Ni siquiera has pasado la noche con ella.

– ¿Y eso qué te importa? ¿Desde cuándo averiguas donde duermo?

– Desde que conozco a Isabella .

– Mira, Jacob, si te...

– No se te ocurra decirlo. ¿Por qué piensas que me voy con la pierna a medio curar?

Edward sonrió.

– Es encantadora, ¿verdad? Dentro de pocos días la tendré comiendo de mi mano. Entonces verás dónde duermo. Las mujeres son como los halcones: es preciso hacerles pasar hambre hasta que están desesperados por la comida; entonces es fácil domesticarlos.

Jacob se detuvo en medio de la escalera, con un brazo cruzado sobre los hombros de Edward .

– Eres un tonto, hermano. Tal vez el peor de todos los tontos. ¿No sabes que el amo es con frecuencia sirviente de su halcón? ¿Cuántas veces has visto a hombres que llevan a su ave favorita prendida a la muñeca, incluso en la iglesia?

– Estás diciendo sandeces – afirmó Edward –. Y no me gusta que me traten de tonto.

Jacob apretó los dientes, pues Edward había dado una sacudida a su pierna.

– Isabella vale por dos como tú y por cien como esa bruja de hielo a quien crees amar.

Edward se detuvo al pie de la escalera y, con una mirada malévola, se apartó tan de prisa que Jacob tuvo que apoyarse contra la pared para no caer.

– ¡No vuelvas a mencionar a Tanya ! – advirtió el mayor con voz mortífera.

– ¡Hablaré de ella cuanto se me antoje! Alguien tiene que hacerlo. Te está arruinando la vida y echando por tierra la felicidad de Isabella . Y Tanya no vale un solo cabello de tu esposa.

Edward levantó el puño, pero lo dejó caer.

– Me alegro de que te vayas hoy. No quiero oírte decir una palabra más sobre mis mujeres.

Giró sobre sus talones y se alejó a grandes pasos.

– ¡Tus mujeres! – le gritó Jacob –. Una es dueña de tu alma y la otra te trata con desprecio. ¿Cómo puedes decir que son tuyas?