Había diez caballos dentro del cercado. Cada uno de ellos era lustroso y fuerte; sus largas patas inspiraban visiones de animales al galope por campos floridos.
– ¿Debo elegir uno, mi señor? – preguntó Isabella , inclinada sobre la cerca.
Levantó la vista hacia Edward , observándolo con suspicacia. Durante toda la mañana él se había mostrado excepcionalmente simpático: primero, en el jardín; ahora, ofreciéndole un regalo. La había ayudado a montar y hasta la tomó del brazo cuando ella, en un gesto muy poco señorial, trepó a la cerca. Isabella podía comprender su irritación y sus expresiones ceñudas, pero esa nueva amabilidad le inspiraba desconfianza.
– El que gustes – respondió Edward , sonriente –. Todos han sido domados y están listos para la brida y la silla. ¿Ves alguno que te guste?
Ella observó los animales.
– No hay uno solo que no me guste. No es fácil escoger. Creo que aquel, el negro.
Edward sonrió ante su elección: era una yegua de paso alto y elegante.
– Es tuya – dijo.
Antes de que él pudiera ayudarla, Isabella echó pie a tierra y cruzó el portón. Pocos minutos después, el palafrenero de Edward tenía a la yegua ensillada y a Isabella sobre ella.
Era estupendo volver a cabalgar. A su derecha se extendía la ruta hacia el castillo; a la izquierda, el denso bosque, coto de caza de los Cullen . Sin pensarlo, Isabella tomó el camino hacia el bosque. Llevaba demasiado tiempo encerrada entre murallas y apiñada con otras personas. Los grandes robles, lashayas, le parecieron invitantes, las ramas se entrecruzaban arriba, formando un refugio individual. No se volvió a ver si la seguían; se limitó a lanzarse en línea recta hacia la libertad.
Galopaba para probarse y probar a la yegua. Eran tan compatibles como esperaba. El animal disfrutaba tanto con aquella carrera como ella misma.
– Tranquila ahora, bonita mía – susurró cuando estuvieron bien dentro del bosque.
La yegua obedeció, escogiendo el camino entre árboles y matas. La tierra estaba cubierta de helechos y follaje seco acumulado en cientos de años. Era una suave y silenciosa alfombra. Isabella aspiró profundamente el aire limpio y fresco, dejando que su cabalgadura eligiera el rumbo.
Un ruido de agua corriente le llamó la atención, y también a la yegua. Por entre los árboles corría un arroyo profundo y fresco que hacía bailar los reflejos del sol entre las ramas colgantes. Isabella desmontó y condujo a su yegua hasta el agua. Mientras el animal bebía tranquilamente, ella arrancó unos puñados de hierba para frotarle los costados. Habían galopado varios minutos antes de llegar al bosque, y la yegua estaba sudada.
Mientras se dedicaba a esa agradable tarea, disfrutó del día, del agua y de su caballo. El animal irguió las orejas, alerta, y retrocedió con nerviosismo.
– Quieta, muchacha – ordenó Isabella , acariciándole el suave cuello.
La yegua dio otro paso atrás, esa vez con más ímpetu, y relinchó. Isabella giró en redondo, tratando de tomar las riendas, pero no las encontró.
Se acercaba un cerdo salvaje, olfateando el aire. Estaba herido y sus ojillos parecían vidriados por el dolor. Isabella trató nuevamente de tomar las riendas de su caballo, pero el cerdo inició el ataque. La yegua, enloquecida por el miedo, partió al galope. La muchacha se recogió las faldas y echó a correr,
pero el cerdo era más veloz que ella. Mientras corría saltó hacia una rama baja y trató de izarse. Fortalecida por toda una vida de trabajo y ejercicio, balanceó las piernas hasta alcanzar otra rama, en el momento en que el cerdo salvaje llegaba hasta ella. No fue fácil mantenerse en el árbol, a causa del ataque repetido del animal, que sacudía el tronco.
Por fin, Isabella pudo erguirse en la rama más baja, asida a otra que pasaba por encima de su cabeza. Al mirar hacia abajo se dio cuenta de que estaba a mucha distancia del suelo. Clavó la vista en el cerdo, con ciego terror; sus nudillos se habían puesto blancos por la fuerza con que se aferraba de la rama alta.
– Tenemos que diseminarnos – ordenó Edward aCharlie Dwyer , su segundo –. Somos demasiado pocos para dividimos en parejas, y ella no puede estar muy lejos.
Edward trataba de mantener la voz en calma. Estaba furioso con su esposa por alejarse al galope, a lomos de un animal desconocido, en un bosque que le era extraño. El la había seguido con la vista, esperando que la muchacha regresara al llegar a las lindes del bosque. Tardó un momento en comprender que Isabella iba a internarse en él.
Y ahora no podía encontrarla. Era como si se hubiera desvanecido, tragada por los árboles.
– Charlie , tú irás hacia el norte, rodeando los árboles. Tú, Odo, por el sur. Yo buscaré en el centro.
En el interior del bosque todo era silencio. Edward escuchó con atención, tratando de percibir alguna señal de su mujer. Había pasado allí gran parte de su vida y conocía el bosque centímetro a centímetro. Sabía que la yegua se encaminaría, casi con seguridad, al arroyo que corría por el centro. Llamó varias veces a Isabella , pero no hubo respuesta.
De pronto, su potro irguió las orejas.
– ¿Qué pasa, muchacho? – preguntó Edward , alertado.
El caballo dio un paso atrás, con las fosas nasales dilatadas. Estaba adiestrado para la cacería. Edward reconoció la señal.
– Ahora no – dijo –. Más tarde buscaremos la presa.
El caballo parecía no comprender, pero tironeó de las riendas. Edward frunció el ceño, pero le dio riendas. En ese momento, oyó el ruido del cerdo que atacaba la base del árbol. Un instante después lo vio. Iba a conducir a su cabalgadura dando un rodeo, pero su vista distinguió algo azul en el árbol.
– ¡Por Dios! – susurró al caer en la cuenta de que Isabella estaba inmovilizada en el árbol –. ¡Isabella ! – No obtuvo respuesta.– En un momento estarás a salvo.
El caballo bajó la cabeza, preparándose para el ataque, mientras Edward desenvainaba la espada que llevaba al costado de la silla. El potro, bien adiestrado, corrió hasta pasar muy cerca del cerdo. Edward se inclinó desde la silla, sujetándose con sus fuertes muslos, y clavó el arma en la columna del animal. El cerdo dio un chillido y pataleó antes de morir.
Edward saltó apresuradamente de la montura para recuperar el arma. Cuando levantó la vista hacia Isabella , el puro terror de su cara lo dejó atónito.
– Ya no hay peligro, Isabella . El cerdo ha muerto. Ya no puede hacerte daño.
Tal terror parecía estar fuera de proporción con el peligro, puesto que la muchacha estaba relativamente a salvo en la copa del árbol. Ella se mantuvo muda, con la vista clavada en tierra y el cuerpo rígido como una lanza de hierro.
– ¡Isabella ! – exclamó él con aspereza –. ¿Estás herida?
Aun entonces, ella no respondió ni dio señales de verlo. Edward le alargó los brazos, apuntando;
– Bastará con un pequeño salto. Suelta la rama de arriba y yo te recibiré.
La muchacha seguía sin moverse.
Edward echó un vistazo desconcertado al cerdo muerto y volvió a observar la cara espantada de su mujer. La asustaba algo que no era el cerdo.
– Isabella ... – habló en voz baja, poniéndose en la línea de aquella mirada vacua –. ¿Es la altura lo que te da miedo?
No podía estar seguro, pero tuvo la impresión de que ella movía la cabeza en un levísimo gesto de asentimiento. Edward se balanceó desde la rama baja para instalarse fácilmente a su lado. Le rodeó la cintura con un brazo, sin que ella diera señales de verlo.
– Escúchame, mujer – dijo él en voz baja y serena – voy a tomarte de las manos para bajarte a tierra. Tienes que confiar en mí. No tengas miedo.
Fue preciso soltarle las manos; ella se aferró a sus muñecas, presa del pánico. Edward buscó apoyo en una rama y la bajó al suelo. En cuanto los pies de la muchacha hubieron tocado tierra, él bajó de un salto y la tomó en sus brazos. Isabella se aferró a él con desesperación, temblando.
– Bueno, bueno – susurró él, acariciándole la cabeza –, ahora estás a salvo.
Pero ella no dejaba de temblar, y Edward sintió que le cedían las rodillas. La alzó en brazos para llevarla hasta un tronco de árbol; allí se sentó, la colocó en el regazo, como si fuera una criatura. Aunque tenía poca experiencia con las mujeres, exceptuando la amorosa, y ninguna con niños, era obvio que el miedo de Isabella era extraordinario.
La estrechó con fuerza, con tanta fuerza como pudo sin sofocarla. Le apartó el pelo de la mejilla sudorosa y acalorada, la meció. Si alguien le hubiera dicho que alguien podía aterrorizarse tanto por estar a un par de metros del suelo, se habría reído. Pero ahora no le parecía nada divertido. El miedo de Isabella era muy real y lo apenaba que ella pudiera sufrir tanto. El corazón le palpitaba como si fuera un pájaro. Edward comprendió que tenía que inspirarle una sensación de seguridad. Entonces comenzó a cantar en voz baja, sin prestar mucha atención a la letra, con voz densa y sedante. Cantó una canción de amor que hablaba de un hombre que, al retornar de las Cruzadas, encontraba a su gran amor esperándolo.
Poco a poco sintió que Isabella se relajaba contra él; los horribles temblores iban cediendo y sus manos dejaban de aferrarlo. Aun entonces, Edward no la soltó. Sin dejar de tararear la melodía, sonrió y le besó la sien. La respiración de la muchacha se fue normalizando hasta que ella levantó la cabeza de su hombro. Trató de apartarse, pero él la retuvo con firmeza. Esa necesidad que ella tenía de su protección lo tranquilizaba de un modo extraño, aunque hubiera dicho que no le gustaban las mujeres dependientes.
– Dirás que soy una tonta – murmuró ella. El no respondió.
– No me gustan las alturas – continuó Isabella . El sonrió, estrechándola.
– Ya me he dado cuenta – rió –, aunque "no me gustan" es poco decir. ¿Por qué te inspiran tanto miedo los lugares altos? Ahora reía, feliz de verla repuesta. Le sorprendió que ella se pusiera rígida.
– ¿Qué he dicho? No te enfades.
– No me enfado – aseguró ella con tristeza, relajándose a gusto en sus brazos –. Pero no me gusta pensar en mi padre. Eso es todo.
Edward la obligó a apoyar otra vez la cabeza en su hombro.
– Cuéntame – pidió con seriedad.
Isabella guardó silencio por un momento. Cuando habló, lo hizo en voz tan baja que apenas fue posible escucharla.
– En realidad, es poco lo que recuerdo. Sólo perdura el miedo. Mis doncellas me lo contaron varios años después. Cuando tenía tres años, algo perturbó mi sueño. Salí de mi cuarto para ir al gran salón, lleno de luces y música. Allí estaba mi padre, con sus amigos; todos bastante voz era fría, como si estuviera contando una anécdota ajena.
– Al verme, mi padre pareció idear una gran broma. Pidió una escalera y subió por ella, conmigo bajo el brazo, para sentarme en un alto antepecho de ventana, a buena altura. Tal como te he dicho, de esto no recuerdo nada. Mi padre y sus amigos se quedaron dormidos; por la mañana mis doncellas tuvieron que buscarme. Pasó mucho tiempo antes de que me encontraran, aunque debí de oírles llamar.
Al parecer estaba tan asustada que no podía hablar.
Edward le acarició la cabellera y volvió a mecerla. Le revolvía el estómago pensar que un hombre pudiera poner a una criatura de tres años a seis metros por encima del suelo para dejarla allí toda la noche. La aferró por los hombros y la apartó de si.
– Pero ahora estás a salvo. Ya ves que el suelo está muy cerca. Ella le dedicó una sonrisa vacilante.
– Has sido muy bueno conmigo. Gracias.
Aquel agradecimiento no fue grato para Edward . Le entristecía pensar que la muchacha hubiera sido tan maltratada en su corta vida, puesto que el consuelo de su esposo le parecía un don del cielo.
– No has visto mis bosques. ¿Qué te parece si pasamos un rato aquí?
– Pero hay trabajo que...
– Eres un demonio para el trabajo. ¿Nunca te diviertes?
– No estoy segura de saber cómo hacerlo – respondió ella con franqueza.
– Bueno, hoy aprenderás. Hoy será un día para recoger flores silvestres y ver cómo se aparean los pájaros.
La miró agitando las cejas y Isabella emitió una risita muy poco habitual en ella. Edward quedó encantado. Los ojos de la muchacha eran cálidos; sus labios, dulcemente curvos; su belleza resultaba embriagadora.– Ven, pues – le dijo, poniéndola de pie –. Aquí cerca hay una ladera cubierta de flores, donde viven algunos pájaros extraordinarios.
Cuando los pies de Isabella tocaron el suelo, el tobillo izquierdo no la sostuvo. Ella se apoyó en el brazo de Edward .
– Te has hecho daño – observó él, arrodillándose para revisarle el tobillo. Notó que la muchacha se mordía los labios –. Lo sumergiremos en agua fría del arroyo para que no se hinche.
Y la alzó en brazos.
– Si me ayudas, puedo caminar.
– ¿Y perder mi condición de caballero? Como sabes, se nos enseñan las normas del amor cortesano, que son muy severas en cuanto a las bellas damas en apuros. Es preciso llevarlas en brazos cuando quiera que sea posible.
– ¿Soy sólo un medio de acrecentar tu condición de caballero?
– preguntó Isabella , muy seria.
– Desde luego, puesto que eres una carga muy pesada. Debes de pesar tanto como mi caballo.
– ¡No es así! – protestó ella con vehemencia. Entonces vio que le chispeaban los ojos –. ¡Estás bromeando!
– ¿No te he dicho que este día sería para la diversión?
Ella sonrió, apoyándose contra su hombro. Resultaba agradable que la estrechara así.
Edward la depositó en el borde del arroyo y le quitó cuidadosamente el zapato.
– Es preciso sacar la media – exigió.
Observó con placer los movimientos de la muchacha, que recogía sus largas faldas para descubrir la parte alta de la media, atada por encima de la rodilla con una liga.
– Si necesitas ayuda... – se ofreció, lascivo, mientras ella enrollaba hacia abajo la prenda de seda.
Isabella se dejó lavar el pie con agua fría. ¿Quién era aquel hombre que la tocaba con tanta suavidad? No podía ser el mismo que la había abofeteado, el que se había pavoneado ante ella con su amante, el que la había violado en la noche nupcial.
– No parece estar muy mal – observó él, mirándola.
– No, en efecto – confirmó Isabella en voz baja.
Una súbita brisa le cruzó un mechón de pelo contra los ojos. Edward se lo apartó con suavidad.
– ¿Te gustaría que hiciera una gran fogata para asar ese detestable cerdo?
Ella le sonrió.
– Me gustaría.
El volvió a alzarla y la arrojó en el aire, juguetón. Isabella se aferró a su cuello, asustada.
– Tal vez llegue a gustarme este miedo tuyo – rió el marido, estrechándola contra sí.
La llevó a la otra orilla del arroyo y hasta una colina cubierta de flores silvestres. Allí encendió una fogata bajo un saliente rocoso. A los pocos minutos volvió con un trozo del cerdo salvaje, ya aderezado, y lo puso a asar. No permitió que Isabella prestara ayuda alguna. Mientras la carne se asaba, volvió a alejarse para volver minutos después con el tabardo recogido a la altura de las caderas, como si trajera algo.
– Cierra los ojos – dijo.
Y dejó caer sobre ella una lluvia de flores.
– Como no puedes ir hacia ellas, ellas vienen a ti.
Isabella levantó la vista; tenía el regazo cubierto por un torbellino de capullos perfumados.
– Gracias, mi señor – dijo con una sonrisa resplandeciente.
El tomó asiento a su lado, con una mano tras la espalda para inclinarse hacia ella.
– Tengo otro regalo para ti – le dijo, ofreciéndole tres frágiles aguileñas.
Cuando la muchacha alargó la mano para tomarlas, él las apartó. Isabella lo miró sorprendida.– No son gratuitas.
Bromeaba otra vez, pero la expresión de la muchacha demostró que ella no se había dado cuenta. Edward sintió una punzada de remordimientos por haberla herido tanto. De pronto se preguntó si era acaso mejor que su suegro. Le deslizó un dedo por la mejilla. – El precio que hay que pagar es poco – agregó con suavidad –. Me gustaría oír que me llamaras por mi nombre.
Los ojos de Isabella se despejaron y recobraron la calidez.
– Edward – pronunció en voz baja, mientras él le entregaba las flores –. Gracias, mi... Edward , por las flores.
El suspiró perezosamente y se reclinó en la hierba, con las manos detrás de la cabeza.
– ¡Mi Edward ! – repitió –. ¡Qué bien suena!
Se enroscó ociosamente un rizo de la muchacha en la palma de la mano. Ella, dándole la espalda, recogía las flores esparcidas para formar un ramo. "Siempre ordenada", pensó el mozo.
De pronto se le ocurrió que llevaba años sin pasar un día apacible en sus propias tierras. La responsabilidad del castillo lo asediaba siempre, pero en pocos días su esposa había ordenado las cosas de modo tal que él podía tenderse en el césped, sin pensar en nada, para observar el vuelo de las abejas y la textura sedosa de una cabellera femenina.
– ¿Te enfadaste de verdad por lo de Simón? – preguntó ella. Edward apenas podía recordar quién era Simón.
– No – sonrió –, pero no me gustó que una mujer lograra lo que yo no podía lograr. Y no estoy seguro de que ese nuevo cebo sea mejor.
Ella se volvió para mirarlo de frente.
– ¿Sí que lo es! Simón estuvo de acuerdo de inmediato. Estoy segura de que los halcones atraparán más presas ahora que...
– se interrumpió al verlo reír –. Eres un hombre vanidoso.
– ¿Yo? Soy el menos vanidoso de los hombres.
– ¿No acabas de decir que te enfadaste porque una mujer hizo lo que tú no podías?
– Ah... – Edward volvió a relajarse en la hierba, con los ojos cerrados.– No es lo mismo. A todo hombre le sorprende que una mujer haga algo, aparte de coser y criar niños.
– Oh, tú! – Isabella , disgustada, arrancó un puñado de hierba con su correspondiente terrón y se lo arrojó a la cara. El abrió los ojos, sorprendido. Luego se quitó la tierra de la boca, entornando los ojos.
– Pagarás por esto – dijo, acercándose sigilosamente.
Isabella retrocedió, temerosa del dolor que le causaría, y empezó a levantarse. El la aferró por el tobillo desnudo y se lo sujetó con fuerza.
– No... – protestó la muchacha.
Y Edward se arrojó contra ella... para hacerle cosquillas. Isabella sorprendida, estalló en risitas. Recogió las rodillas contra el pecho para protegerse, pero él era inmisericorde.
– ¿Te retractas?
– No – jadeó ella –. Eres vanidoso, mil veces más vanidoso que cualquier mujer.
Su marido le deslizó los dedos por las costillas hasta hacerla patalear.
– Basta, por favor – exclamó la muchacha –. ¡No aguanto más! Las manos de Edward se aquietaron.
– ¿Te das por vencida?
– No. – Pero se apresuró a agregar: – Aunque tal vez no seas tan vanidoso como yo pensaba.
– Esa no es manera de pedir disculpas.
– Me las han arrancado bajo tortura.
Edward le sonrió. El sol poniente convertía en oro su piel; la cabellera diseminada era como un fiero crepúsculo.
– ¿Quién eres, esposa mía? – susurró él, devorándola con la vista -. Ríes y me embrujas al momento con la risa –. Me maldices y me embrujas al momento siguiente. Me desafías
hasta darme ganas de quitarte la vida, me deslumbras con tu encanto. Nunca he conocido otra como tú. Aún no te he visto enhebrar una aguja, pero sí sumergida hasta las rodillas en la mugre del estanque. Montas tan bien como cualquier hombre, pero te encuentro subida a un árbol y temblando como una criatura de puro miedo. ¿Alguna vez eres la misma persona dos segundos seguidos?
– Soy Isabella , nadie más. Tampoco sé cómo ser otra persona. El le acarició la sien. Después se inclinó para besarla apenas en los labios, dulces y calientes por el sol. Acababa de probarla cuando el cielo se abrió en un trueno enorme y empezó a derramar sobre ellos un verdadero torrente de agua.
Edward barbotó una palabra muy sucia, que Isabella nunca había escuchado.
– ¡Al saliente rocoso! – ordenó.
Y entonces se acordó del tobillo herido. La alzó para correr con ella hasta el refugio, donde el fuego chisporroteaba por la grasa caída. Aquel repentino aguacero no mejoró en absoluto el humor de Edward , que volvió al fuego, furioso. Un lado de la carne estaba negro; el otro, crudo. Ninguno de los dos había recordado darle la vuelta.
– ¡Qué mala cocinera eres! – exclamó, fastidiado por que aquel momento perfecto hubiera quedado destruido.
Ella le dirigió una mirada inexpresiva.
– Soy mejor costurera que cocinera.
El le clavóla mirada. Luego se echó a reír.
– Buena réplica. – Estudióla lluvia.– Debo atender a mi potro. No puedo dejarlo bajo esta lluvia con la silla puesta.
Isabella , siempre alerta al bienestar de los animales, giró hacia él.
– ¿Has dejado sin atención a tu pobre caballo durante tanto tiempo?
A él no le gustó aquel tono autoritario.
– ¿Y dónde está tu yegua, dime? ¿Tan poco te importa que no te interesa saber qué ha sido de ella?
– Yo... – Isabella , concentrada en Edward , ni siquiera había pensado en el animal.
– Atiende tus deberes antes de darme tantas órdenes.
– Yo no te he dado ninguna orden.
– Dime, entonces, ¿qué era eso?
Isabella le volvió la espalda.
– Ve, ve, que tu caballo espera bajo la lluvia.
Edward iba a replicar, pero cambió de idea y se alejó. Isabella se frotó el tobillo, regañándose por enfadar a su marido a cada instante. De pronto interrumpió sus reproches. Qué importaba enfadarlo o no? ¿Acaso no lo odiaba? Era un hombre vil, sin honor; un día de amabilidad no alteraría su odio. ¿O sí?
– Mi señor.
La voz se oyó desde muy lejos,
– Lord Edward , lady Isabella – las voces se iban acercando. Edward juró por lo bajo, ajustando la cincha que acababa de aflojar. Se había olvidado de sus hombres por completo. ¿Qué hechizos arrojaba ella, para hacerle olvidar su caballo y, peor aún, a sus hombres, que los buscaban con tanta diligencia? Venían bajo la lluvia, mojados, con frío y con hambre, sin duda. Por mucho que le hubiera gustado estar con Isabella , tal vez para pasar la noche con ella, primero debía pensar en su gente.
Llevó a su caballo al paso a través del arroyo y colina arriba. Para entonces, ellos ya habían visto el fuego.
– ¿No estáis herido, mi señor? – preguntóCharlie Dwyer cuando se encontraron. El agua le chorreaba por la nariz.
– No – replicó Edward con sequedad, sin mirar a su esposa, recostada contra la roca salediza –. Nos atrapó la tormenta y Isabella se torció un tobillo – comenzó a explicar.
Pero se interrumpió al ver que Charlie miraba el cielo. Un chaparrón de primavera no podía tomarse por tormenta.
Además, Edward y su esposa podrían haber montado el mismo caballo.
Charlie era hombre ya mayor, caballero del padre de Edward , y tenía experiencia con mozos.
– Comprendo, mi señor. Hemos traído la yegua de la señora.
– ¡Maldición, maldición! – murmuró Edward .
Ahora había mentido a sus hombres. Se acercó a la yegua y ajustó la cincha con salvajismo.
Isabella , pese al dolor del tobillo herido, renqueó precipitadamente.
– No seas tan rudo con mi yegua – dijo, posesiva. El se volvió.
– Y tú, ¡no seas tan ruda conmigo, Isabella !
La muchacha miraba en silencio por entre los postigos entornados, contemplando la noche estrellada. Vestía una bata de damasco de color añil, forrada de seda celeste y bordeada de armiño blanco. La lluvia había pasado y el aire nocturno era fresco. Se apartó de la ventana, renuente, para volverse hacia la cama vacía. Sabía cuál era su problema, aunque se negara a admitirlo. ¿Qué clase de mujer era, que se moría por las caricias de un hombre al que despreciaba? Cerró los ojos; casi podía sentir las manos y los labios de ese hombre en el cuerpo. ¿Acaso no tenía orgullo? Se quitó la bata para deslizarse en la cama helada, desnuda.
El corazón se le detuvo por un instante al oír pasos pesados frente a su puerta. Aguardó, sin aliento, pero los pasos retrocedieron por el pasillo. Entonces descargó el puño contra la almohada de plumas. Pasó largo rato antes de que pudiera dormir.
Edward estuvo varios minutos junto a su puerta antes de volver al cuarto que había ocupado. Se preguntaba qué le estaba pasando, de dónde le había surgido esa nueva timidez con las mujeres. Isabella estaba dispuesta a recibirlo; se le notaba en los ojos. Ese día, por primera vez en varias semanas, le había sonreído y hasta lo había llamado por su nombre de pila. ¿Podía arriesgarse a perder esas pequeñas ventajas entrando en su alcoba por la fuerza, para provocar nuevos odios?
¿Y qué importaba violarla otra vez o no? ¿Acaso no había disfrutado de aquella primera noche? Se desvistió de prisa para deslizarse en la cama vacía. No quería volver a violarla. No; quería que ella le sonriera, lo llamara por su nombre y le alargara los brazos. De su mente había desapa-recido toda idea de triunfo. Se durmió recordando cómo a había tenido aferrada a él en su momento de miedo
