Después de una noche de sueño intranquilo, Edward se despertó muy temprano. En el castillo había ya algún movimiento, pero los ruidos eran aún sordos. Su primer pensamiento fue para Isabella . Quería verla. ¿Sería cierto que el día anterior le había sonreído?

Se vistió apresuradamente con una camisa de lino y un chaleco de lana rústica, asegurado con un ancho cinturón de cuero. Se cubrió las piernas musculosas con medias de hilo y las ató a los calzones que usaba como taparrabo. Después bajó apresuradamente al jardín para cortar una fragante rosa roja, con los pétalos besados por perladas gotas de rocío.

La puerta de Isabella estaba cerrada. Edward la abrió en silencio. Ella dormía, con una mano enredada en la cabellera, que le cubría los hombros desnudos, y la almohada a un lado. El joven dejó la rosa en la almohada y apartó suavemente un rizo de su mejilla.

Isabella abrió los ojos con lentitud. Le parecía parte de sus sueños ver a Edward tan cerca. Le tocó la cara con suavidad,apoyando el pulgar en su mentón para tocar la barba crecida. Lo veía más joven que de costumbre; las arrugas de preocupación y de responsabilidad habían desaparecido de sus ojos.

– Pensé que no eras real – susurró, observándole los ojos, que se ablandaban.

El movió apenas la cabeza y le mordió la punta de un dedo.

– Soy muy real. Eres tú quien parece un sueño.

Ella le sonrió con malignidad.

– Al menos, nuestros sueños nos complacen mucho, ¿verdad? Edward , riendo, la abrazó con brusquedad y le frotó una mejilla contra la tierna piel del cuello, deleitándose con los chillidos de protesta de la muchacha, a quien la barba incipiente amenazaba desollar.

– Isabella , dulce Isabella – susurró, mordisqueándole un lóbulo – siempre eres un misterio. No sé si te gusto o no.

– ¿Te importaría mucho no gustarme. El se apartó y le tocó la sien.

– Sí, creo que me importaría.

– ¡Mi señora!

Ambos levantaron la vista. Jessica había irrumpido en la habitación.

– Mil perdones, mi señora – suplicó la muchacha, riendo entre dientes –. Ignoraba que estuvierais tan ocupada. Pero se hace tarde y muchos os reclaman.

– Diles que esperen – repuso Edward , acalorado, abrazando con fuerza a Isabella , que trataba de apartarlo.

– ¡No! – exclamó la joven –. ¿Quién me busca, Jessica ?

– El sacerdote pregunta si piensan vuestras mercedes iniciar el día sin misa. El segundo de lord Edward ,Charlie Dwyer , dice que han llegado algunos caballos de Chestershire. Y tres mercaderes de tela desean que se inspeccione su mercancía.

Edward se puso tieso y soltó a su esposa.– Di al sacerdote que allí estaremos. En cuanto a los caballos, los veré después de misa. Di también a los mercaderes...

Se interrumpió disgustado, preguntándose: "¿Soy el amo de esta casa o no?"

– ¿Y bien? – espetó a la flaca doncella –. Ya se te ha dicho qué debes hacer. Vete.

Jessica apretó la puerta a su espalda.

– Debo ayudar a mi señora a vestirse.

Edward comenzaba a sonreír.

– Lo haré yo. Tal vez eso aporte algún placer a este día, además de obligaciones.

Jessica sonrió burlonamente antes de deslizarse al corredor para cerrar la puerta.

– Y ahora, señora mía – agregó el mozo, volviéndose hacia su mujer –, estoy a vuestras órdenes.

Los ojos de Isabella chisporroteaban.

– ¿Aunque mis órdenes se refieran a tus caballos?

El gruñó, fingiéndose atormentado.

– Fue una riña tonta, ¿verdad? Yo estaba más enfadado con la lluvia que contigo.

– ¿Y por qué te enfadó la lluvia? – lo provocó ella, burlona. Edward volvió a inclinarse hacia ella.

– Me impidió practicar un ejercicio que deseaba mucho. Isabella le apoyó una mano en el pecho; su corazón palpitaba con fuerza.

– No olvides que el sacerdote nos está esperando.

Entonces él se apartó.

– Bien, levántate, que te ayudaré a vestirte. Si no puedo degustarte, al menos miraré a voluntad.

Isabella le clavó la mirada por un momento. Hacía casi dos semanas que no hacían el amor. Tal vez él la había abandonado, apenas casados, para irse con su amante. Pero Isabella comprendió que en aquel momento era suyo y decidió aprovechar a fondo esa posesión. Muchos le decían que erahermosa, sin que ella diera importancia a los halagos. Sabía que su cuerpo curvilíneo se diferenciaba mucho de la flacura de Tanya Denali . Pero en otros momentos Edward había deseado aquel cuerpo. Se preguntó si podría hacer que sus ojos se oscurecieran otra vez.

Apartó poco a poco un borde del cubrecama y sacó un pie descalzo; después recogió el cobertor hasta la mitad del muslo y flexionó los pies.

– Creo que mi tobillo está bastante repuesto, ¿no te parece? Le sonreía con inocencia, pero él no la estaba mirando a la cara. Con mucha lentitud, Isabella descubrió su cadera firme y redonda. Después, el ombligo, en medio del vientre plano. Se levantó sin ninguna prisa y quedó de pie ante él, a la luz de la mañana.

Edward la miraba con fijeza. Llevaba semanas sin verla desnuda. Apreció sus piernas largas y esbeltas, sus caderas redondas, la cintura estrecha y los pechos llenos, de puntas rosadas.

– ¡Al diablo con el cura! – murmuró, alargando la mano para tocarle la curva de la cadera.

– No blasfemes, mi señor – advirtió Isabella , muy seria.

Edward la miró sorprendido.

– Siempre me asombra que quisieras ocultar todo eso bajo el hábito de monja – suspiró con fuerza, sin dejar de mirarla; le dolían las palmas por el deseo de tocarla –. Sé buena y busca tu ropa. No soporto más esta dulce tortura. Podría violarte ante los mismos ojos del cura.

Isabella se volvió hacia su arcón, disimulando una sonrisa. Se preguntaba si eso podía llamarse violación. Se vistió sin prisa, disfrutando de aquella mirada fija en su persona, del silencio tenso. Se puso una fina camisa de algodón, bardada con diminutos unicornios azules; apenas le llegaba a medio muslo. Después, las enaguas haciendo juego. A continuación apoyó un pie en el borde del banco donde Edward permanecía, duro comouna piedra, y deslizó con cuidado las medias de seda por la pierna, para sujetarlas en su sitio por medio de las ligas. Cruzó un brazo por delante de él para tomar un vestido de rica cachemira parda de Venecia, que tenía leones de plata bordados en la pechera y alrededor del bajo. A Edward le temblaban las manos al abotonarle la parte trasera. Completó su atuendo con un cinturón de filigrana de plata. Al parecer, no era capaz de manejar sola su simple hebilla.

– Lista – dijo, después de luchar largo rato con las dificultosas prendas.

Edward soltó el aliento que contenía desde rato antes.

– Serías muy buena doncella – rió la muchacha, girando en un mar de pardo y plateado.

– No – replicó él con franqueza – : moriría en menos de una semana. Ahora baja conmigo y no me provoques más.

– Sí, mi señor – respondió ella, obediente.

Pero le chispeaban los ojos.

Dentro del baluarte interior había un campo largo, cubierto de una gruesa capa de arena. Allí se adiestraban los Cullen y sus vasallos principales. De una especie de patíbulo pendía un monigote de paja contra el que los hombres lanzaban sus estocadas al pasar a lomos de caballo. También servía de blanco un anillo sujeto entre dos postes. Otro hombre estaba atacando un poste de diez centímetros de grosor, profundamente clavado en tierra, la espada sujeta con ambas manos.

Edward se dejó caer pesadamente en un banco, al costado de ese campo de adiestramiento, y se quitó el yelmo para deslizar una mano por el pelo sudoroso. Tenía los ojos convertidos en pozos oscuros, las mejillas flacas y los hombros doloridos por el cansancio. Habían pasado cuatro días desde la mañana en que ayudara a Isabella a vestirse. Desde entonces había dormido muy poco y comido aún menos; por eso tenía los sentidos muy ó la cabeza contra el muro de piedra, pensando que ya no podía pasar otra desgracia. Se habían incendiado varias cabañas de sus siervos, tras lo cual el viento había llevado las chispas hasta la granja lechera. El y sus hombres tuvieron que combatir el incendio durante dos días, durmiendo en el suelo, allí donde caían. Una noche se vio obligado a permanecer en vela en los establos, donde una yegua estaba dando a luz un potrillo mal colocado. Isabella lo acompañó durante toda la noche para sostener la cabeza del animal, entregarle paños y alcanzarle ungüentos antes de que él mismo los pidiera. Edward nunca se haba sentido tan próximo a alguien como en esos momentos. Al amanecer, triunfantes, ambos se incorporaron a la par, contemplando al potrillito que daba sus primeros pasos temblorosos.

Sin embargo, pese a toda esa proximidad espiritual, sus cuerpos estaban tan alejados como siempre. Edward tenía la sensación de que en cualquier momento enloquecería de tanto desearla.

Mientras se limpiaba el sudor de los ojos, vio que Isabella cruzaba el patio hacia él. ¿O era pura imaginación suya? Ella parecía estar en todas partes, aun cuando estaba ausente.

– Te he traído una bebida fresca – dijo, ofreciéndole un jarrito.

El la miró con atención. Isabella dejó el jarrito en el banco.

– ¿Te sientes mal, Edward ? – preguntó, aplicando una mano reconfortante a la frente del mozo.

El la sujetó con fuerza y la obligó a sentarse a su lado. Le buscó los labios con apetito, obligándola a entreabrirlos. No se le ocurrió que la muchacha pudiera resistirse; ya nada le importaba.

Isabella le rodeó el cuello con los brazos y respondió al beso con ansias iguales. A ninguno de los dos le importó que medio castillo los estuviera mirando: no existía nadie sino le deslizó los labios hasta el cuello, pero sin suavidad; actuaba como si pudiera devorarla.

– ¡Mi señor! – exclamó alguien, impaciente.

La muchacha abrió los ojos y se encontró con un jovencito que esperaba con un papel enrollado en la mano. De pronto, recordó quién era y dónde estaba.

– Edward , te traen un mensaje.

El no apartó los labios de su cuello. Isabella tuvo que concentrarse con trabajo para no olvidar al mensajero.

– Señor – dijo el muchachito –, se trata de un recado urgente. Era muy joven, aún lampiño; esos besos le parecían una pérdida de tiempo.

– ¡A ver! – Edward arrebató el pergamino al niño – Ahora vete y no vuelvas a molestarme.

Y arrojó el papel al suelo, para volverse una vez más hacia los labios de su esposa. Pero Isabella había cobrado aguda conciencia de que estaban en un sitio muy público.

– Edward – reprochó con severidad, pugnando por abandonar su regazo –, tienes que leer eso.

El levantó la vista para mirarla, jadeante.

– Léelo tú – pidió, en tanto cogía la jarrita de refresco que Isabella le había llevado, con la esperanza de que le enfriara la sangre. La joven desenrolló el papel con el entrecejo fruncido en un gesto de preocupación. Al leer fue perdiendo el color. De inmediato, Edward cobró interés.

– ¿Son malas noticias?

Cuando ella alzó la vista volvió a dejarlo sin aliento, pues una vez más había aparecido en sus ojos aquella frialdad. Sus pupilas cálidas y apasionadas le arrojaban dagas de odio.

– ¡Soy triplemente idiota! – exclamó con los dientes apretados, en tanto le arrojaba el pergamino a la cara. Giró sobre sus talones y marchó a grandes zancadas hacia la casa solariega.

Queridísimo:Te envío esto en secreto para poder hablarte libremente de mi amor. Mañana me casaré con Aro Vulturi . Ora por mí; piensa en mí como yo te tendré en mis pensamientos.

No olvides nunca que mi vida es tuya. Sin tu amor no soy nada. Cuento los instantes hasta que vuelva a ser tuya.

Con amor Tanya

– ¿Algún problema, señor? – preguntóCharlie Dwyer . Edward dejó la misiva.

– El peor de cuantos he tenido. Dime, Charlie , tú que ya eres maduro, ¿sabes acaso algo de mujeres?Charlie rió entre dientes.

– No hay hombre que sepa de eso, señor.

– ¿Es posible dar tu amor a una mujer, pero desear a otra casi hasta volverse loco?

Charlie movió negativamente la cabeza. Su amo, en tanto, seguía con la mirada la silueta de su esposa, que se alejaba.

– El hombre de quien hablamos, ¿desea también a la mujer que ama?

– ¡Desde luego! – respondió Edward –. Pero tal vez no... no de la misma manera.

– Ah, comprendo. Un amor sagrado, como el que se brinda a la Virgen. Soy hombre sencillo. Si de mí se tratara me quedaría con el amor profano. Creo que, si la mujer fuera deleitosa en la cama, el amor acabaría por venir.

Edward apoyó los codos en las rodillas y la cabeza en las manos.

– Las mujeres fueron creadas para tentación de los hombres. Son hechura del demonio.

Charlie sonrió.

– Creo que, si nos encontráramos con el viejo maligno, bien podríamos agradecerle esa parte de su obra.

Para Edward , los tres días siguientes fueron un infierno. Isabella se negaba a dirigirle la palabra y ni siquiera lo miraba. Seacercaba a él lo menos que le era posible. Y cuanta más altanería demostraba, más furioso se ponía él.

Una noche, en el momento en que ella iba a abandonar una habitación por haber entrado él, le ordenó:

– ¡Quédate!

– Por supuesto, mi señor – replicó Isabella con una reverencia. Mantenía la cabeza gacha y los ojos bajos.

En cierta oportunidad Edward creyó verle los ojos enrojecidos, como si hubiera estado llorando. Eso no podía ser, desde luego. ¿Qué motivos tenía esta mujer para llorar?

El castigado era él, no ella. Había dado muestras de que deseaba ser bondadoso, pero ella prefería despreciarlo. Bien, si eso se le había pasado en una ocasión, volvería a pasársele.

Pero transcurrieron los días sin que la muchacha dejara de mostrarse fría. Edward la oía reír, pero en cuanto él se presentaba, toda sonrisa moría en la cara de la muchacha. Sentía ganas de abofetearla, de obligarla a responderle; hasta el enfado era mejor que esa manera de mirar, como si él no estuviera. Pero no podía hacerle daño. Quería abrazarla y hasta pedirle disculpas. ¿Disculpas por qué? Pasaba los días galopando y adiestrándose exageradamente, pero por las noches no podía dormir. Se descubrió buscando excusas para acercarse a Isabella , sólo por ver si podía tocarla.

Ella había llorado casi hasta enfermar. ¿Cómo había podido olvidar tan pronto que él era un hombre vil? Sin embargo, pese a toda la angustia causada por la carta, le era preciso contenerse para no correr a sus brazos. Odiaba a Edward , pero su cuerpo se lo pedía en cada momento de cada día.

– Mi señora – dijo Jessica en voz baja. Muchos de los sirvientes habían aprendido a andar en puntillas cerca de los amos, en esos días –, lord Edward pide que os reunáis con él en el salón grande.

– ¡No iré! – replicó Isabella sin vacilar.

– Ha dicho que es urgente. Se trata de algo relacionado con vuestros padres, señora.

– ¿Mi madre? – exclamó ella, inmediatamente preocupada.

– No lo sé. El sól dijo que tiene que hablar con vos de inmediato.

En cuanto Isabella vio a su esposo comprendió que había algún problema muy grave. Sus ojos parecían carbones negros. Sus labios estaban tan apretados que se habían reducido a un tajo en la cara. De inmediato descargó su ira contra ella.

– ¿Por qué no me dijiste que habías sido prometida a otro antes que a mí?

Isabella quedó desconcertada.

– Os dije que había sido prometida a la Iglesia.

– Sabes que no me refiero a la Iglesia. ¿Qué hay de ese hombre con el que coqueteabas y reías durante el torneo? Debí haberme dado cuenta.

Isabella sintió que la sangre le palpitaba en las venas.

– ¿De qué debíais daros cuenta? ¿De que cualquier hombre hubiera sido mejor esposo que vos?

Edward dio un paso adelante en actitud amenazadora, pero Isabella no retrocedió.

– Walter Demari ha presentado una reclamación sobre ti y sobre tus tierras. Para apoyarla ha dado muerte a tu padre y tiene a tu madre cautiva.

Isabella olvidó inmediatamente todo su enfado. Quedó débil y aturdida, a tal punto que se aferró de una silla para no caer.

– ¿Que ha dado muerte...? ¿Que tiene cautiva...? – logró susurrar.

Edward se calmó un poco y le apoyó una mano en el brazo.

– No era mi intención darte la noticia de ese modo. Es que ese hombre reclama lo que es mío.

– ¿Vuestro? – Isabella lo miró fijamente.– Mi padre ha sido asesinado, mi madre secuestrada, mis tierras usurpadas... ¿Y vos os atrevéis a mencionar lo que habéis perdido?

El se apartó un paso.

– Conversemos razonablemente. ¿Fuiste prometida de Walter Demari?

– Nunca.

– ¿Estás segura?

Ella se limitó a fulminarlo con la mirada.

– Dice que sólo liberará a tu madre si te reúnes con él Ella giró de inmediato.

– En ese caso, iré.

– ¡No! – Edward la obligó a sentarse nuevamente. –¡No puedes! ¡Eres mía!

Ella lo miró con fijeza, concentrada en sus problemas.

– Si soy vuestra y mis tierras son vuestras, ¿cómo piensa este hombre apoderarse de todo? Aun cuando luche contra vos, no puede luchar contra todos vuestros parientes.

– No es esa su intención – los ojos de Edward parecían perforarla –. Le han dicho que no dormimos juntos. Pide una anulación: que declares ante el rey que te disgusto y que lo deseas a él.

– Y si hago eso, ¿liberará a mi madre indemne?

– Eso dice.

– ¿Y si no declaro eso ante el rey? ¿Qué será de mi madre? Edward hizo una pausa antes de responder:

– No sé. No puedo decirte qué será de ella.

Isabella guardó silencio un instante.

– En ese caso, ¿debo elegir entre mi esposo y mi madre? ¿Debo elegir si ceder o no a las codiciosas exigencias de un hombre al que apenas conozco?

La voz de Edward tomó un tono muy diferente a los que ella le conocía: frío como acero templado.

– No. Tú no elegirás.

Ella levantó bruscamente la cabeza.

– Tal vez riñamos con frecuencia dentro de nuestras propias fincas, hasta dentro de las alcobas, y quizá yo ceda muchas

veces ante ti. Puedes cambiar los cebos para halcones y yo me enfadaré contigo, pero ahora no has de entrometerte. No me interesa que hayas estado prometida a él antes de nuestro casamiento; ni siquiera me interesa que hayas podido pasar la infancia en su lecho. Ahora se trata de guerra y no discutiré contigo.

– Pero mi madre...

– Trataré de rescatarla sana y salva, pero no sé si podré.

– Entonces dejad que vaya y trate de persuadirlo. Edward no cedió.

– No puedo permitirlo. Ahora tengo que reunir a mis hombres. Partiremos mañana a primera hora.

Y abandonó la habitación.

Isabella pasó largo rato ante la ventana de su alcoba. Su doncella entró para desvestirla y le puso una bata de terciopelo verde, forrada de visón. Isabella apenas notó su presencia, La madre que la había amparado y protegido toda su vida estaba amenazada por un hombre que Isabella apenas conocía. Recordaba vagamente a Walter Demari: un joven simpático, que había conversado con ella sobre las reglas del torneo. Pero tenía muy claro en la memoria que, según Edward , ella había provocado a ese hombre.

Edward , Edward , siempre Edward . Todos los caminos conducían a su esposo. El exigía y ordenaba lo que se debía hacer, sin darle alternativa. Su madre sería sacrificada a su feroz posesividad. Pero ¿qué habría hecho ella, de contar con la posibilidad de elegir?

De pronto, sus ojos chisporrotearon en oro. ¿Qué derecho tenía ese hombrecillo odioso a intervenir en su vida, a fingirse Dios haciendo que otros se sometieran a sus deseos? "¡Luchar!", gritaba su mente. La madre le había enseñado a ser orgullosa. ¿Acaso a Renne le habría gustado que su única hija se presentara mansamente ante el rey, cediendo a lavoluntad de un payaso presumido sólo porque ese hombre así lo decidía?

¡No, nada de eso! A Renne no le habría gustado semejante cosa. Isabella giró hacia la puerta; no estaba segura de lo que iba a hacer, pero una idea le daba coraje, encendida por su indignación.

– Conque los espías de Demari han informado de que no dormimos juntos, de que nuestro matrimonio podría ser anulado – murmuró mientras caminaba por el pasillo desierto. Sus convicciones se mantuvieron firmes hasta que abrió la puerta del cuarto que ocupaba Edward . Lo vio ante la ventana, perdido en sus pensamientos, con una pierna apoyada en el antepecho. Una cosa era hacer nobles baladronadas de orgullo; otra muy distinta enfrentarse a un hombre que, noche a noche, hallaba motivos para evitar el lecho de su esposa. La bella y gélida cara de Tanya Denali flotaba ante ella. Isabella se mordió la lengua, para que el dolor alejara las lágrimas. Había tomado una decisión y ahora debía respetarla; al día siguiente, su esposo marcharía a la guerra.

Sus pies descalzos no hicieron ruido sobre los juncos del suelo. Se detuvo a un par de metros de él.

Edward sintió su presencia, más que verla. Se volvió lentamente, conteniendo el aliento. El pelo de Isabella parecía más oscuro a la luz de las velas; el verde del terciopelo hacía centellear la riqueza de su color, y el visón oscuro destacaba el tono de su piel. El no pudo decir nada. Su proximidad, el silencio del cuarto, la luz de las velas eran aún más que sus sueños. Ella lo miró fijamente; luego desató con lentidud el cinturón de su bata y la dejó deslizar, lánguida, hasta caer al suelo.

La mirada de Edward la recorrió entera, como si no lograra aprehender del todo su belleza. Sólo al mirarla a los ojos notó que estaba preocupada. ¿O era miedo lo que había en su expresión? ¿Miedo de que él... la rechazara? La posibilidad lepareció tan absurda que estuvo a punto de soltar una carcajada.

– Edward – susurró ella.

Apenas había terminado de murmurar el nombre cuando se encontró en sus brazos, rumbo a la cama. Los labios de su esposo ya estaban clavados a los de ella.

Isabella no tenía miedo sólo de él, sino también de sí misma, y él lo sintió en el beso. Había esperado largo rato verla acudir. Llevaba semanas lejos de ella, con la esperanza de que Isabella aprendiera a tenerle confianza. Sin embargo, ahora la abrazaba sin sensación de triunfo.

– ¿Qué pasa, dulce mía? ¿Qué te preocupa?

Ese interés por ella hizo que Isabella tuviera ganas de llorar. ¿Cómo explicarle su dolor?

Cuando él la llevó a la cama, dejando que la luz de las velas bailaran sobre su cuerpo, olvidó todo, salvo su proximidad. Se desembarazó velozmente de su ropa y se tendió a su lado. Quería saborear el contacto de su piel, centímetro a centímetro, lentamente. Cuando la tortura le fue insoportable, la apretó contra sí.

– Te echaba de menos, Isabella .

Ella levantó la cara para un beso. Llevaban demasiado tiempo separados como para proceder con lentitud. La mutua necesidad era urgente. Isabella aferró un puñado de carne y músculo de la espalda de Edward , que ahogó una exclamación y rió con voz gutural. Ante un segundo manotazo, le sujetó ambas manos por encima de la cabeza.

Ella pugnó por liberarse, pero no pudo contra su fuerza. Ante la penetración lanzó un grito ahogado y levantó las caderas para salirle al encuentro. Hicieron el amor con prisa, casi con rudeza, antes de lograr la liberación buscada. Después, Edward se derrumbó sobre ella, aún unidos los cuerpos.

Debieron de quedarse dormidos, pero algo más tarde despertó a Isabella un nuevo movimiento rítmico de su esposo. Mediodormida, excitada sólo a medias, empezó a responder con sensuales y perezosos movimientos propios.

Minuto a minuto, su mente se fue perdiendo en las sensaciones del cuerpo, No sabía qué deseaba, pero no estaba satisfecha con su postura. No supo de la consternación de Edward cuando lo empujó hacia un costado, sin separarse. Un momento después él estaba de espaldas y ella, a horcajadas.

Edward no perdió tiempo en extrañezas. Le deslizó las manos por el vientre hasta los pechos. Isabella arqueó el cuello hacia atrás, blanco y suave en la oscuridad, lo cual lo inflamó más aún. La aferró por las caderas y ambos se perdieron en la pasión creciente. Estallaron juntos en un destello de estrellas blancas y azules.

Isabella cayó sobre Edward , laxa, y él la sostuvo contra su cuerpo. La cabellera envolvió a los dos, empapados en sudor, como en un capullo de seda. Ninguno de los dos mencionó lo que les pasaba por la mente: por la mañana Edward se marcharía para dar batalla.