La casa solariega de los Vulturi era una mansión de ladrillo, de dos plantas, con ventanas de piedra tallada y cristales importados. A cada extremo de su estructura, larga y estrecha, había una ventana salediza cubierta de vidrieras. Atrás se extendía un encantador patio amurallado. Ante la casa había un bello prado de casi una hectárea, con el coto de caza del conde algo más allá.

De ese bosque privado estaban saliendo tres personas, que caminaban por el prado hacia la casa. Jocelin Laing, con ellaúd colgado del hombro, llevaba de la cintura a dos fregonas, Gladys y Blanche. Sus ojos oscuros y ardientes se habían nublado aún más tras la tarde pasada satisfaciendo a las dos codiciosas mujeres. Pero a él no le parecían codiciosas. Para Jocelin, todas las mujeres eran joyas que había que disfrutar cada una según su brillo especial. No conocía los celos ni la posesividad.

Por desgracia, no era ese el caso de las dos mujeres. En ese momento, a ambas les disgustaba abandonarlo.

– ¿ Para ella te han traído aquí? – preguntó Gladys.

Jocelin giró la cabeza para mirarla hasta hacerla apartar la vista, ruborizada. Blanche fue más difícil de intimidar.

– Es muy extraño que lord Aro te permitiera venir, porque tiene a lady Tanya como si fuera prisionera. Ni siquiera le permite salir a caballo, como no sea con él.

– Y a lord Aro no le gusta sacudir su delicado trasero a lomos de un caballo – gorjeó Gladys.

Jocelin parecía desconcertado.

– Pensé que tratándose de una alianza por amor, puesto que es una mujer pobre casada con un conde...

– ¡Por amor! ¡Bah! – rió Blanche –. Esa mujer sólo se ama a sí misma. Pensó que lord Aro era un patán al que podría usar a voluntad, pero él dista mucho de serlo. Nosotras, que vivimos aquí desde hace años, lo sabemos muy bien, ¿verdad, Gladys?

– Oh, sí – concordó su compañera –. Ella creyó que manejaría el castillo. Conozco a ese tipo de señoras. Pero lord Aro preferiría incendiar todo esto antes que darle rienda libre.

Jocelin frunció el ceño.

– ¿Por qué se casó con ella, en ese caso? Tenía mujeres para elegir. Lady Tanya no tenía tierras que aportar a la alianza.

– Pero es hermosa – respondió Blanche, encogiéndose de hombros –. A él le gustan las mujeres hermosas. Jocelin sonrió.

– Este hombre empieza a caerme simpático. Estoy plenamente de acuerdo con él.

Y dedicó a las dos muchachas una mirada lasciva que les hizo bajar los ojos, con las mejillas enrojecidas.

– Pero no es como tú, Jocelin – continuó Blanche.

– No, por cierto. – Gladys deslizó una mano por el muslo del joven. Su compañera le echó una fuerte mirada de reprimenda.

– A lord Aro sólo le gusta su belleza. Nada le importa de la mujer en sí.

– Y lo mismo ocurre con la pobre Constance – agregó Gladys.

– ¿Constance? – repitió Jocelin –. No la conozco. Blanche se echó a reír.

– Míralo, Gladys. Está con dos mujeres, pero le preocupa no conocer a una tercera.

– ¿O tal vez le preocupa que exista una mujer a la que no conozca?

Jocelin se llevó la mano a la frente, fingiendo desesperación.

– ¡He sido descubierto! ¡Estoy perdido!

– Sí que lo estás. – Blanche, riendo, empezó a besarle el cuello.– Dime, tesoro: ¿eres alguna vez fiel a una mujer?

El le mordisqueó la oreja.

– Soy fiel a todas las mujeres... por un tiempo. Así llegaron a la casa solariega, riendo.

– ¿Dónde estabas? – le espetó Tanya en cuanto Jocelin entró al salón grande.

Blanche y Gladys corrieron a sus tareas en distintas partes de la casa. El juglar no se dejó perturbar.

– ¿Me habéis echado de menos, mi señora? – sonrió, tomándole la mano para besársela, tras haberse asegurado de que no había nadie en las cercanías.

– Nada de eso – le aseguró ella con franqueza –. En el sentido que tú le das, no. ¿Has pasado la tarde con esas malas pécoras, mientras yo permanecía sola aquí?

Jocelin se afligió de inmediato.

– ¿Os habéis sentido sola, mi señora?

– ¡Oh, sí, me he sentido sola! – exclamó Tanya , dejándose caer en un almohadón de la ventana. Era tan adorable como él la había visto en la boda de la familia Cullen , pero ahora tenía cierto aspecto refinado, como si hubiera perdido peso, y movía nerviosamente los ojos de un lado a otro. En voz baja, agregó:

– Sí, me siento sola. Aquí no tengo a nadie que sea amigo mío.

– ¿Cómo puede ser? Sin duda alguna, bella como sois, vuestro esposo ha de amaros.

– ¡Amarme! – rió ella –. Aro no ama a nadie. Me tiene aquí como a un pájaro en su jaula: no veo a nadie, no hablo con nadie, – La joven se volvió para mirar a una sombra del cuarto. Su bella cara se contrajo de odio.– ¡Salvo con ella! – rugió.

Jocelin desvió la mirada hacia la sombra, sin saber que hubiera otra presencia cercana.

– Ven, pequeña mujerzuela – se burló Tanya –. Deja que él te vea, en vez de ocultarte como ave de carroña. Enorgullécete de lo que haces.

Jocelin forzó la vista hasta distinguir a una joven que se adelantaba. Era de silueta esbelta; caminaba con la cabeza gacha y los hombros encorvados.

– ¡Levanta la vista, ramera! – ordenó Tanya .

Jocelin contuvo el aliento al ver los ojos de aquella joven. Era bonita, aunque no con la belleza de Tanya ni de la mujer a quien había visto casarse, aquella Isabella Swan . Aun así era bonita. Fueron sus ojos los que atrajeron la atención del mozo; charcos violáceos colmados con todas las aflicciones del mundo. El nunca había visto tanto tormento, tanta desesperación.

– El me la ha echado encima a manera de perro – explicó Tanya , recobrando la atención de Jocelin – No puedo dar un paso sin que me siga. Una vez traté de matarla, pero Aro la revivió, Amenazó con encerrarme todo un mes si vuelvo a hacerle daño. Y...

En ese momento Tanya notó que su esposo se acercaba. Era un hombre bajo y gordo, de gran papada y ojos pesados, soñolientos. Nadie habría pensado que tras aquella cara podía existir una mente que no fuera la más simple. Pero Tanya había descubierto, para su mal, una astuta inteligencia.

– Ven a mí – susurró ella a Jocelin, antes de que él saludara brevemente a Aro con la cabeza y abandonara el salón.

– Tus gustos han cambiado – observó Aro –. Ese no se parece en absoluto a Edward Cullen .

Tanya se limitó a mirarlo fijamente, De nada servía contestar. Tras sólo un mes de matrimonio, cada vez que miraba a su esposo recordaba la mañana siguiente a la de su boda: había pasado la noche nupcial a solas.

Por la mañana, Aro la había llamado a su presencia. No se parecía en nada al hombre que Tanya conocía.

– Confío en que hayas dormido bien – le dijo en voz baja; mantenía fijos en ella sus ojillos, demasiado pequeños para cara tan carnosa.

Tanya bajó coquetamente las pestañas.

– Me sentía... sola, mi señor.

– ¡Ya puedes abandonar tus patrañas! – le ordenó Aro , levantándose del asiento –. Conque crees poder mandar sobre mí y sobre mis fincas, ¿no?

– Yo... no tengo idea de lo que queréis decir – tartamudeó Tanya .

– Tú... todos vosotros, toda Inglaterra... Me creéis tonto. Esos musculosos caballeros con los que te revuelcas me creen cobarde porque rehúso arriesgar la vida peleando por el rey. ¿Qué me importan las batallas ajenas? Sólo me importan las mías.

Tanya quedó muda de desconcierto.– Ah, querida mía, ¿dónde está esa sonrisita llena de hoyuelos que dedicas a los hombres que babean por tu belleza?

– No comprendo.

Aro cruzó el salón hasta un armario alto y se sirvió un poco de vino. Era una estancia grande y aireada, situada en el último piso de la encantadora casa de Vulturi .

Todo el mobiliario era de roble o nogal finamente tallados; los respaldos de las sillas estaban cubiertos con piel de lobo o de ardilla. La copa de la que él bebía estaba hecha de cristal de roca, con un pequeño pie de oro. El hombre puso el cristal contra el sol. En la base había varias palabras latinas que prometían buena suerte a su poseedor.

– ¿Sospechas acaso por qué me casé contigo? – No dio a Tanya oportunidad alguna de responder.– Sin duda eres la mujer más vanidosa de toda Inglaterra. Probablemente pensaste que me tenías tan ciego como a ese enamorado Edward Cullen . Cuando menos, no te extrañó que un conde como yo quisiera casarse con una pobretona capaz de yacer con quienquiera que tuviese el equipo necesario para complacerla.

Tanya se puso de pie.

– ¡No voy a seguir escuchando!

Aro le dio un rudo empellón para obligarla a sentarse otra vez.

– ¿Quién eres tú para decidir qué harás y qué no? Quiero que entiendas una cosa: no me he casado contigo porque te amara ni porque me abrumara tu supuesta belleza.

Le volvió la espalda para servirse otra copa de vino,

– ¡Tu belleza! – se burló –. No me explico qué podía hacer Cullen con un muchacho como tú, si tenía a una mujer como esa Swan . Esa sí es una mujer capaz de agitar la sangre a un hombre.

Tanya trató de atacar a su marido con las manos convertidas en zarpas, pero él la apartó sin dificultad.

– Estoy harto de estos juegos. Tu padre posee ochenta hectáreas en medio de mis tierras. Ese viejo mugriento iba a venderlas al conde de Weston, que desde hace años es enemigo mío y fue enemigo de mi padre. ¿Sabes qué habría sido de mis fincas si Weston poseyera tierras entre ellas? Por allí pasa un arroyo. Si él le pusiera un dique, yo perdería varias hectáreas de cosechas y mis siervos morirían de sed. Tu padre fue muy estúpido y no cayó en la cuenta de que yo sólo quería esa propiedad.

Tanya no podía sino mirarlo fijamente. ¿Por qué no le había mencionado su padre esas tierras que Weston deseaba?

– Pero, Aro ... – balbuceó con su entonación más suave.

– ¡No me dirijas la palabra! Te hago vigilar desde hace meses. Sé de cada hombre que has llevado a tu cama. ¡Y ese Cullen ! Te arrojaste a sus brazos incluso en el día de su boda. Sé lo de la escena del jardín. ¡Suicidarte tú! ¡Já! ¿Sabes que la novia vio tu pequeño juego? No, ya imaginaba que no. Me emborraché hasta el estupor para no oír las risas con que todo el mundo se burlaba de mí.

– Pero, Aro ...

– Te he dicho que no hables. Seguí adelante con el proyecto de casamiento porque no soportaba que Weston se apoderara de sus tierras. Tu padre me ha prometido las escrituras cuando le des un nieto.

Tanya se reclinó en la silla. ¡Un nieto! Estuvo a punto de sonreír. A los catorce años se haba descubierto embarazada; una vieja bruja de la aldea se encargó de retirar el feto. Tanya estuvo al borde de la muerte por la hemorragia, pero fue una alegría deshacerse del crío; nunca hubiera arruinado su esbelta silueta por el bastardo de un hombre. En los años transcurridos desde entonces, pese a todos sus amoríos, no había vuelto a quedar embarazada. Hasta entonces se había alegrado de que aquella operación la hubiera dejado estéril. Ahora comprendía que acababa de caer en el infierno.

Una hora después, cuando Jocelin dejó de tocar para varias fregonas, le dio por pasear a lo largo del gran salón, junto al muro. La tensión en el castillo de Vulturi era casi intolerable. Los sirvientes eran desordenados y deshonestos. Parecían mirar con terror tanto al amo como a su señora, y no habían perdido tiempo en contar a Jocelin los horrores de la vida allí. En las primeras semanas siguientes al casamiento, Aro y Tanya habían reñido con violencia. Por fin (contó uno de los sirvientes, riendo), el amo descubrió que a lady Tanya le gustaba la mano fuerte. Entonces lord Aro la encerró para apartarla de todos, le impidió cualquier diversión y, sobre todo, le vedó el disfrute de su riqueza.

Cuando Jocelin preguntaba qué motivos había para esos castigos, los vasallos se encogían de hombros. Tenía algo que ver con la boda de la heredera Swan y Edward Cullen . Todo había comenzado entonces; con frecuencia se oía gritar a lord Aro que no aceptarla el papel de tonto, Ya había hecho matar a tres hombres que, supuestamente, eran amantes de Tanya .

Al ver que Jocelin se ponía blanco como un pergamino, todo el mundo se echó a reír. En esos momentos, al alejarse de todos los sirvientes, el juglar juró abandonar el castillo de Vulturi al día siguiente. Aquello era demasiado peligroso.

Un sonido levísimo, que provenía de un oscuro rincón de la sala, le hizo dar un respingo. Después de calmar su corazón precipitado se burló de su propio nerviosismo. Sus sentidos le indicaban que había una mujer entre las sombras y que ella estaba llorando. Al acercarse él la muchacha se retiró como una bestia acorralada.

Era Constance, la mujer a quien Tanya tanto odiaba.

– Tranquilízate – dijo Jocelín en voz baja y ronroneante –. No te haré daño.

Adelantó cautelosamente la mano hasta tocarle el pelo, Como ella lo mirara con temor, al juglar se le partió el corazón. ¿Alguien podía haberla maltratado al punto de hacer de ella un ser tan medroso?

La muchacha se apretaba el brazo contra el costado, como si le doliera algo.

– Déjame ver – pidió él con suavidad, tocándole la muñeca. Ella tardó algunos momentos en aflojar el brazo lo suficiente para que él pudiera echarle una mirada. No tenía la piel abierta ni huesos rotos, como él había sospechado en un principio, pero la luz escasa le permitió ver una zona enrojecida, como si alguien le hubiera dado un cruel pellizco. Sintió deseos de abrazarla y de prodigarle consuelo, pero el terror de la muchacha era casi tangible. Temblaba de miedo, Jocelin comprendió que seria más bondadoso dejarla en libertad, sin seguir imponiéndole su presencia. Dio un paso atrás y la joven huyó sin pérdida de tiempo, El la siguió con la mirada durante largo rato.

Era ya muy tarde cuando se deslizó en la alcoba de Tanya , Ella lo esperaba, ansiosa y con los brazos abiertos.

Pese a toda su experiencia, Jocelin quedó sorprendido ante la violencia de sus actos. La mujer le clavaba las uñas en la piel de la espalda, lo buscaba con la boca y le mordía los labios. El juglar se apartó, frunciendo el entrecejo, y la oyó gruñir de irritación.

– ¿Piensas dejarme? – acusó ella, entrecerrando los ojos –. Ha habido otros que trataron de abandonarme. – Sonrió al verle

la expresión.– Veo que estás enterado – rió –. Si me complaces, no habrá motivos para que te reúnas con ellos.

A Jocelin no le gustaron esas amenazas. Su primer impulso fue dejarla, pero en ese momento parpadeó la vela puesta junto a la cama y le hizo cobrar aguda conciencia de lo hermosa que era: como de frío mármol. Sonrió, centelleantes los ojos oscuros.

– Sería un tonto si os dejara, mi señora – dijo en tanto deslizaba los dientes a lo largo de su cuello.

Tanya echó la cabeza atrás y sonrió, clavándole nuevamente las uñas. Lo deseaba cuanto antes y con toda la fuerza posible. Jocelin sabia que le estaba haciendo daño, pero también sabía que ella disfrutaba de ese modo. Por su parte, ese acto de amor no le proporcionaba ningún placer: era una egoísta demostración de las exigencias de la mujer. Sin embargo, obedeció; de su mente no estaba muy lejos la idea de abandonar a aquella mujer y aquella casa por la mañana.

Por fin ella emitió un gruñido y lo apartó de un empellón.

– Ahora vete – ordenó, apartándose.

Jocelin sintió pena por ella. ¿Qué era la vida sin amor? Tanya jamás sería amada, porque no sabía amar.

– Me has complacido, si – dijo en voz baja, en el momento en que él abría la puerta. Jocelin distinguió las marcas que sus manos habían dejado en aquel fino cuello; sentía la espalda despellejada –. Te veré mañana – agregó ella.

"Si puedo escapar, no", prometió Jocelin para sus adentros, en tanto caminaba por el corredor oscuro.

– ¡Oye, muchacho! – llamó Aro Vulturi , abriendo bruscamente la puerta de su alcoba, con lo cual el corredor se inundó de luz –. ¿Qué haces ahí, acechando en el pasillo por la noche?

Jocelin se encogió ociosamente de hombros y se reacomodó las calzas, como si acabara de responder a una llamada de la naturaleza.

Aro lo miró fijamente; después clavó la vista en la puerta cerrada de su esposa. Iba a decir algo, pero luego se encogió de hombros, como indicando que no valía la pena insistir con el tema.

– ¿Puedes mantener la boca cerrada, muchacho?

– Sí, mi señor – respondió el joven, precavido.

– No me refiero a asuntos sin importancia, sino a algo más vital. Si callas, ganarás un saco de oro – entornó los ojos –. Si no lo haces, ganarás la muerte. Ahí – indicó Aro , dando un paso al costado para servirse una copa de vino –, ¿Quién iba a pensar que unos pocos golpes podían matarla?

Jocelin se acercó de inmediato al lado opuesto de la cama. Allí yacía Constance, con la cara desfigurada por los golpes hasta lo irreconocible y las ropas arrancadas, colgando de su cintura por una única costura intacta. Tenía la piel cubierta de arañazos y pequeños cortes; en los brazos y en los hombros se le formaban grandes cardenales.

– Tan joven – susurró Jocelin, cayendo pesadamente de rodillas.

Ella tenía los ojos cerrados y el pelo enredado en una masa de sangre seca. Al inclinarse para tomarla suavemente en brazos, sintió que su piel estaba helada. Le apartó con ternura el pelo de la cara sin vida.

– Esa perra maldita me desafió – dijo Aro a espaldas del juglar, mirando a la mujer que había sido su amante –. Dijo que prefería morir antes que volver a acostarse conmigo – lanzó un bufido de desprecio –. En cierto modo, sólo le he dado lo que deseaba.

Bebió su vino hasta las heces y fue en busca de más. Jocelin no se atrevió a mirarlo otra vez. Sus manos se habían apretado bajo el cuerpo de la muchacha.

– ¡Toma! – exclamó Aro , arrojándole un saco de cuero –. Quiero que te deshagas de ella. Átale algunas piedras y arrójala al río. Pero que no se sepa lo que ha pasado aquí esta noche. La noticia podría causar problemas. Diré que ha vuelto con su familia – bebió un poco más –. Maldita ramerilla. No valía el dinero que se gastaba en vestirla. El único modo de que se moviera un poco era pegándole. De lo contrario se dejaba montar con la inmovilidad de un tronco.

– ¿Por qué la conservabais, entonces? – preguntó Jocelin en voz baja, mientras se quitaba el manto para envolver con él a la muerta.

– Por esos condenados ojos. Lo más bonito que he visto en mi vida. Los veía hasta en sueños. Le encargué vigilar a mi mujer e informarme de lo que pasaba, pero la muchacha era mala espía: nunca me decía nada. – Rió entre dientes –. Creo que Tanya le pegaba para asegurarse de que no hablara. Bueno, ya se te ha pagado – agregó, volviéndole la espalda –. Llévatela y haz con el cadáver lo que gustes.

– El sacerdote ..

– ¿Ese viejo saco de gases? – rió Aro –. Ni el arcángel Gabriel podría despertarlo después de tomarse su diario frasco de vino. Si quieres, échale tú mismo alguna bendición, pero no llames a nadie más, ¿Has entendido? – Tuvo que contentarse con un mero ademán afirmativo.– Y ahora vete. Estoy harto de ver esa fea cara.

Jocelin no dijo palabra. Sin mirar siquiera a Aro , tomó a Constance en brazos.

– Oye, muchacho – observó el caballero, sorprendido –, te dejas el oro.

Y dejó caer el saco sobre el vientre del cadáver.

Jocelin empleó hasta el último resto de sus fuerzas en mantener los ojos bajos. Si el conde hubiera visto el odio que ardía en ellos, el juglar no habría estado vivo a la hora de huir, por la mañana. Salió en silencio de la alcoba, cargando con el cadáver; bajó la escalera y salió a la noche estrellada.

La esposa del mozo de cuadra, una vieja gorda y desdentada a quien Jocelin trataba con respeto y hasta con afecto, le había dado un cuarto sobre los establos, para que se alojara en él. Era un sitio abrigado, entre parvas de heno, íntimo y tranquilo; pocas personas conocían su existencia.

Llevaría a la muchacha allí para lavarla y preparar su cuerpo para la sepultura. Por la mañana saldría con ella del castillo yla enterraría más allá de las murallas. Aunque no pudiera reposar en tierra sacra, bendecida por la Iglesia, al menos descansaría en un sitio limpio y libre del hedor que reinaba en el castillo de Vulturi .

El único modo de llegar a su cuarto era trepando por una escalerilla puesta contra la pared de los establos. Acomodó cuidadosamente a Constance sobre sus hombros y la llevó arriba. Una vez dentro, la depositó tiernamente sobre un lecho de heno suave y encendió una vela junto a ella. Si verla en el cuarto de Aro había sido un golpe desagradable, ahora le daba espanto.

Hundió un paño en un cántaro de agua y comenzó a limpiarle la sangre coagulada en el rostro. Sin que él se diera cuenta, los ojos se le llenaron de lágrimas al tocar aquella carne castigada. Sacó un cuchillo de la cadera para cortar los restos del vestido y continuó lavando las magulladuras.

– Tan joven – susurró –. Y tan hermosa...

Era hermosa o lo había sido. Aun en esos momentos, en la muerte, su cuerpo resultaba encantador: esbelto y firme, aunque quizá se le vieran demasiado las costillas.

– Por favor...

Esas palabras habían sido un murmullo tan leve que Jocelin casi no las oyó. Al volver la cabeza vio que la muchacha tenía los ojos abiertos; uno de ellos, al menos; el otro permanecía cerrado por la hinchazón.

– Agua – jadeó ella, con la boca seca y ardorosa.

Al principio él sólo pudo mirarla fijamente, incrédulo. Después sonrió de oreja a oreja, invadido de pura alegría. Vive – susurró – ¡Vive!

Se apresuró a traer un poco de vino con agua y le alzó cuidadosamente la cabeza en el hueco del brazo, llevándole una taza a los labios partidos.

– Despacio – recomendó, siempre sonriendo –, muy despacio.

Constance se recostó contra él, con el entrecejo fruncido por el esfuerzo de tragar, dejando a la vista oscuros moretones en el cuello. El le deslizó una mano por el hombro y vio que aún estaba helado. ¿Qué tonto había sido al darla por muerta sólo porque Aro así lo decía! La muchacha se estaba congelando; sólo por eso se la sentía tan fría. La única manta que había estaba debajo de ella. Como Jocelin no conocía otro modo de calentar a una mujer, se acostó junto a ella y la envolvió en sus brazos, levantando la manta para cubrirla con gran preocupación. Nunca antes había sentido eso al tenderse junto a una mujer.

Despertó ya tarde, con la muchacha entre sus brazos. Ella se movía en sueños, haciendo muecas por los dolores del cuello. Jocelin se levantó y le puso un paño frío en la frente, que acusaba el principio de la fiebre.

A la luz del día comenzaba a ver la situación con realismo. ¿Qué hacer con la muchacha? No era posible anunciar que estaba con vida. Aro volvería a adueñarse de ella en cuanto la supiera repuesta, y había pocas probabilidades de que la chica soportara una segunda paliza. Si el marido no la mataba, lo haría la mujer. Jocelin estudió el cuartito con una mirada nueva. Era íntimo, difícil de alcanzar y silencioso. Con un poco de suerte y muchísimo cuidado, tal vez pudiera mantenerla oculta allí hasta que se recuperara. Si lograba conservarla viva y a salvo, más adelante se preocuparía de qué hacer con ella.

Le levantó la cabeza para darle más vino aguado, pero su garganta hinchada aceptó muy poca cantidad.

– ¡Joss! – llamó una mujer desde abajo.

– ¡Maldición! – exclamó él para sus adentros, lamentando por primera vez en la vida estar tan asediado por las mujeres.

– Sabemos que estás ahí, Joss. Si no bajas, subiremos nosotras. Se abrió paso por entre un laberinto de fardos hasta la entrada y sonrió hacia Blanche y Gladys.

– Qué bella mañana, ¿verdad? ¿Y qué podéis desear de mí, encantadoras damiselas?

Gladys rió agudamente.

– ¿Quieres que lo digamos a gritos, para que se entere todo el castillo?

El volvió a sonreír. Tras echar una última mirada hacia atrás, descendió la escalerilla y echó un brazo al hombro de cada muchacha.

– Hoy me gustaría conversar con la cocinera – dijo – Estoy muerto de hambre.

Los cuatro días siguientes fueron un infierno. Jocelin nunca se había visto obligado a guardar un secreto; los subterfugios constantes eran agotadores. De no haber sido por la esposa del mozo de cuadra, no habría tenido éxito.

– No sé qué tienes oculto allí arriba – dijo la vieja – pero a mi edad ya nada me sorprende. – Lo miró con la cabeza inclinada, admirando su belleza.– Supongo que ha de ser una mujer – y rió al ver su expresión –. Oh, sí, ya veo que es una mujer. Ahora tendré que aplicarme a adivinar por qué es preciso mantenerla oculta.

Jocelin abrió la boca para hablar, pero ella levantó una mano.

– No tienes nada que explicar. Me encantan los misterios como a nadie. Déjame resolver el misterio y yo te ayudaré a impedir que las otras mujeres suban a tu cuarto. Aunque no será fácil, siendo tantas las que te persiguen. Alguien debería conservarte en vinagre, muchacho. No conozco a otro capaz de complacer a tantas como tú.

Jocelin le volvió la espalda exasperado. Estaba afligido por Constance y casi todo el mundo notaba su distracción. Exceptuando a Tanya , claro está, que cada vez le exigía más y más; lo llamaba para que tocara su laúd y le ordenaba ir todas las noches a su cama, donde la violencia por ella deseada lo dejaba día a día más exhausto. Por añadidura, era preciso oírle hablar sin pausa sobre el odio que le inspiraba Isabella Swan , y sobre la visita que Tanya pensaba hacer al rey Enrique VII para recuperar a Edward Cullen .

Echó un vistazo para ver si alguien lo vigilaba y subió la escalerilla hasta su pequeño pajar. Por primera vez, Constance estaba despierta. Jocelin la vio incorporarse, sujetando la manta contra el cuerpo desnudo. En las atenciones que le había prodigado, él había llegado a familiarizarse tanto con el cuerpo de la muchacha como con el propio. No se le ocurrió pensar que para ella era un extraño.

– ¡Constance! – exclamó, gozoso, sin caer en la cuenta de su miedo. Se arrodilló a su lado –. ¡Cuánto me alegra ver tus ojos otra vez! – Le tomó la cara entre las manos para examinar sus cardenales, que estaban cicatrizando rápidamente, gracias a su juventud y a los cuidados del juglar.

El quiso apartarle la manta de los hombros desnudos para examinar las otras heridas.

– No – susurró ella, ciñéndose la manta. Jocelin la miró sorprendido,

– ¿Quién eres?

– Ah, tesoro, no me temas. Soy Jocelin Laing. Me has visto con lady Tanya , ¿no recuerdas?

Ante el nombre de Tanya , los ojos de Constance volaron de un rincón al otro. Jocelin la tomó en sus brazos, sitio donde ella había pasado mucho tiempo sin saberlo. Ella trató de liberarse, pero estaba demasiado débil.

– Ya ha pasado todo. Estás a salvo. Estás aquí, conmigo, y yo no dejaré que nadie te haga daño.

– Lord Aro ... – murmuró ella contra su hombro.

– El no sabe que estás aquí. Nadie lo sabe. Sólo yo. Lo he ocultado a todos. El cree que has muerto.

– ¿Qué he muerto? Pero...

– Calla – le acarició la cabellera –. Ya habrá tiempo para conversar. Antes tienes que curarte. Te he traído sopa de zanahorias y lentejas. ¿Puedes masticar?

Ella asintió; si bien no se la veía relajada, tampoco estaba tan tensa. Jocelin la sostuvo con el brazo estirado.

– ¿Puedes sentarte?

La muchacha volvió a asentir. El sonrió como si estuviera presenciando una verdadera hazaña. Jocelin había tomado la costumbre de escamotear cacerolas calientes hasta el pajar. A nadie parecía extrañarle que él llevara el laúd al hombro y el estuche en los brazos. El caso es que todas las noches llenaba el estuche de alimentos, con los que esperaba dar fuerzas a la febril Constance.

Le acercó el cuenco y empezó a darle de comer como si ella fuera una criatura. La muchacha quiso tomar la cuchara, pero le temblaba demasiado la mano y no pudo sostenerla. Cuando no pudo comer más, los ojos se le cerraron de agotamiento; hubiera caído de no sostenerla Jocelin. Demasiado débil para protestar, se dejó acunar por el muchacho y se adormeció con facilidad. Se sentía protegida.

Al despertar estaba sola. Tardó algunos minutos en recordar dónde se encontraba. El joven de las pestañas negras que le canturreaba al oído no podía ser algo real. Lo real eran las manos de Aro Vulturi ciñéndole el cuello, y las de Tanya torciéndole los brazos o tirándole del pelo; cualquier método para causar dolor que no dejara huellas.

Horas más tarde volvió Jocelin y la tomó en sus brazos para acurrucarse con ella bajo la manta. Ya no tenía conciencia del paso del tiempo. Por primera vez en su vida no lo gobernaba el deseo de mujer alguna. La completa dependencia de Constance con respecto a él le provocaba una emoción que hasta entonces había ignorado: el comienzo del amor. El amor que había distribuido entre todas las mujeres se estaba concentrando en una pasión ardiente y feroz.

Pero Jocelin no era libre. Había otros que lo vigilaban.