El cuero largo y fino del látigo serpenteó furiosamente contra la espalda del hombre, ya entrecruzada de marcas húmedas. La víctima gritaba a todo pulmón a cada golpe y retorcía frenéticamente las manos, atadas a un poste por cordones de cuero trenzado.

Charlie Dwyer miró a Edward , quien hizo una seca señal afirmativa. No tenía afecto a los castigos. Menos aún, respeto por los gritos afeminados del prisionero.

Charlie Dwyer cortó las ataduras y el hombre cayó sobre la hierba. Nadie hizo ademán de auxiliarlo.

– ¿Lo dejo? – preguntó Charlie .

Edward miró hacia el castillo, al otro lado de un valle estrecho. Había tardado dos semanas en encontrar a Walter Demari. El astuto hombrecillo parecía más interesado en jugar al gato y al ratón que en conseguir lo que deseaba. Desde hacía una semana, Edward estaba acampado ante las murallas, elaborando el ataque. Desde los muros había lanzado sus desafíos contra los guardias apostados ante el portón, pero nadie le prestaba atención. Empero, aun mientras él vociferaba, cuatro de sus hombres excavaban silenciosamente bajo las antiguas murallas. Pero los cimientos eran anchos y profundos. Tardarían mucho tiempo en penetrar y Edward temía que Demari se cansara de esperar su rendición; en ese caso podía matar a Renne .

Como si no tuviera suficientes problemas, uno de sus hombres, esa bestia gimoteante acurrucada a sus pies, había decidido que, puesto que era caballero de un Cullen , bien podía considerarse un poco Dios. Por lo tanto, Humphrey Bohun había cabalgado durante la noche hasta la aldea más próxima para violar a una muchacha de catorce años, hija de un comerciante; después de lo cual volvió al campamento con aire triunfal. Lo desconcertó la ira de lord Edward , enterado por el padre de la muchacha.

– No me importa lo que hagas con él, pero asegúrate de que yo no lo vea durante un buen rato – Edward tomó los gruesos guantes de cuero, que le pendían del cinturón– Envíame a Odo.

– ¿A Odo? – la cara de Charlie tomó una expresión dura –. ¿No estará mi señor pensando otra vez en viajar a Escocia?

– Es preciso. Ya lo hemos discutido, Charlie . No cuento con hombres suficientes para declarar un ataque a fondo contra el castillo. ¡Míralo! Parece que fuera a derrumbarse ante una buena ráfaga de viento, pero juro que los normandos sabían construir fortalezas. Creo que está hecho de roca fundida. Para entrar antes de fin de año necesito la ayuda de Emmett.

– En ese caso, dejad que yo vaya por él.

– ¿Cuánto hace que no vas a Escocia? Yo tengo alguna idea de dónde encontrar a mi hermano. Mañana por la mañana iré en su busca con cuatro hombres.

– Necesitaréis más protección de la que pueden daros sólo cuatro hombres.

– Cuantos menos seamos, más rápido viajaremos – dijo Edward

– No puedo dividir a mis hombres. He dejado ya la mitad con Isabella . Si me voy llevando a la mitad del resto, tú quedarás demasiado desprotegido. Sólo cabe confiar en que Demari no note mi ausencia.

Charlie reconoció que lord Edward tenía razón, pero no le gustaba que su amo partiera sin una buena custodia. De cualquier modo, sabía muy bien que de nada servía discutir con aquel hombre tan tozudo.

El hombre tendido a sus pies emitió un gruñido, llamando la atención.

– ¡Quítalo de mi vista! – ordenó Edward .

Y marchó a grandes zancadas hacia sus hombres, que estaban construyendo una , sin pensarlo, pasó un fuerte brazo bajo los hombros del caballero y lo levantó.

– ¡Y todo por culpa de esa pequeña buscona! – siseó el hombre, espumeando por las comisuras de la boca.

– ¡Cállate! – ordenóCharlie –. No tenías derecho a tratar a esa niña como a una pagana. Yo te habría hecho ahorcar.

Llevó al hombre ensangrentado hasta el borde del campamento, medio a rastras. Allí le propinó un empellón que dio con él en el suelo, medio despatarrado.

– Ahora vete y no vuelvas.

Humphrey Bohun se quitó la hierba de la boca y siguió con la vista a Charlie , que se alejaba.

– Volveré, oh, sí. Y la próxima vez seré yo quien sostenga el látigo.

Los cuatro hombres se encaminaron hacia los caballos en completo silencio. Edward no había informado a nadie, salvo aCharlie Dwyer , de su viaje para ir en busca de Emmett. Los tres hombres que lo acompañaban habían combatido a su lado en Escocia y conocían esas tierras escarpadas y silvestres. Viajarían sin pompa y llevando muy poco peso, sin heraldo que llevara ante ellos el estandarte de los Cullen . Todos vestían de pardo y verde, en un intento de pasar tan inadvertidos como fuera posible.

Subieron en silencio a las monturas y se alejaron del campamento dormido, marchando al paso. Apenas se habían alejado quince kilómetros cuando los rodeó un grupo de veinticinco hombres, con los colores de Demari. Edward desenvainó la espada y se inclinó hacia Odo.

– Atacaré para abrir paso. Tú escapa y busca a Emmett.

– ¡Pero os matarán, mi señor!

– Haz lo que te digo – ordenó Edward .

Los hombres de Demari rodearon lentamente al pequeño grupo. Edward miró a su alrededor, buscando el punto más débil. Lo miraban con suficiencia, sabiendo que la batalla ya estaba ganada. Entonces Edward reconoció a Humphrey Bohun, El violador sonrió de placer al ver arrinconado a su antiguo amo.

De inmediato Edward supo cuál había sido su error: mencionar su viaje a Escocia delante de aquella bazofia. Hizo una señal afirmativa a Odo, desenvainó con ambas manos su larga y ancha espada de acero y se lanzó a la carga. Los hombres de Demari quedaron desconcertados: tenían órdenes de tomar prisionero a lord Edward y habían supuesto que, al verse superado en número por más de seis a uno, se rendiría con docilidad.

Ese momento de titubeo costó la vida a Humphrey Bohun y permitió que Odo escapara. Edward se arrojó contra el traidor, que murió antes de haber podido siquiera desenvainar. Otro y otro más cayeron bajo el acero de Edward , que lanzaba brillantes destellos bajo los rayos del amanecer. El caballo de Odo, bien adiestrado, saltó sobre los cadáveres y los animales relinchantes, para galopar hacia la protección de los bosques. Su jinete no tuvo tiempo de ver si alguien lo seguía. Mantuvo la cabeza gacha y se ciñó a la silueta del caballo.

Edward había elegido bien a sus hombres. Los dos que lo acompañaban hicieron que sus caballos retrocedieran, arracimándose; a los animales se les había enseñado a obedecer las órdenes dadas con movimientos de rodillas. Los tres combatieron con valor. Cuando uno de ellos cayó, Edward sintió que caía una parte de él mismo. Eran sus hombres; los unía una relación estrecha.

– ¡Parad! – ordenó una voz por encima del choque de los aceros y los gritos de angustia.

Los hombres se retiraron rápidamente. Al despejarse sus ojos comenzaron a apreciar los daños. Quince de los atacantes, por lo menos, estaban muertos o heridos, incapaces de sostenerse en las monturas.

Los caballos, todavía reunidos en el medio, se mantenían grupa contra grupa en forma de rueda. A la izquierda de Edward , su compañero tenía un profundo tajo en el brazo. Cullen , jadeante por el esfuerzo, estaba cubierto de sangre, pero muy poca de ella era suya.

Los restantes hombres de Demari contemplaron a aquellos combatientes en silencioso tributo.

– ¡Apresadlos! – ordenó el que parecía jefe – Pero cuidad de que Cullen no sufra daño alguno. Se lo necesita con vida.

Edward volvió a levantar la espada, pero de pronto sintió un chasquido y sus manos quedaron inmovilizadas. Un fino látigo le sujetaba los brazos a los costados.

– Atadlo.

Aun en el momento en que lo desmontaban a tirones, su pie golpeó a uno de los atacantes en el cuello.

– ¿Le tenéis miedo? – acusó el jefe –. De todos modos, moriréis si no seguís mis órdenes. Atadlo a ese árbol. Quiero que vea cómo tratamos a los cautivos.

Isabella estaba arrodillada en la rosaleda, con el regazo lleno de pimpollos. Hacía ya un mes que Edward se había ido y diez días que no se tenían noticias de él. No pasaba un momento sin que ella mirara por alguna ventana o por la puerta, por si llegaba algún mensajero. Vacilaba entre el deseo de verlo y el temor de que retornara. El ejercía demasiado poder sobre ella, tal como lo había demostrado en la última noche. Sin embargo, ella sabía bien que Edward no experimentaba la misma ambigüedad en sus sentimientos hacia ella. Para él sólo existía la rubia Tanya . Su esposa era sólo un juguete que podía usar cuando necesitaba divertirse.

Oyó un entrechocar de armas: unos hombres estaban cruzando el doble portón que separaba el recinto interior del exterior. Se levantó deprisa, dejando caer las rosas a sus pies, y recogió sus faldas para echar a correr. Edward no venía entre ellos. Dejó escapar el aliento que contenía y soltó sus faldas, caminando con más calma.

Charlie Dwyer , a lomos de su caballo de combate, parecía mucho más viejo que al partir algunas semanas antes. El gris de sus sienes se había tornado más claro. Tenía los ojos hundidos y círculos oscuros bajo ellos. Un costado de su cota de malla estaba desgarrado, con los bordes enmohecidos por la sangre. Sus compañeros no tenían mejor aspecto: amarillentos, ojerosos, sucios y con las ropas desgarradas. Isabella los vio desmontar en silencio.

– Ocúpate de los caballos – dijo a un mozo de cuadra –. Que se los atienda.

Charlie lo miró por un momento; después, resignado, hizo ademán de arrodillarse para el besamanos.

– ¡No! – ordenó Isabella , presurosa. Era demasiado práctica para permitirle malgastar energías en un gesto inútil. Le rodeó la cintura con un brazo e hizo que se apoyara en sus se puso tieso, desconcertado por la familiaridad de aquella menuda ama. Por fin, sonrió con afecto.

– Ven a sentarte junto a la fuente – propuso ella, conduciéndolo hacia el estanque azulejado, junto al muro del jardín. Y ordenó;

– ¡Jessica ! Llama a otras doncellas y haz que alguien traiga vino y comida de la cocina.

– Sí, mi señora. Ella se volvió hacia Charlie .

– Te ayudaré a quitarte la armadura – dijo, antes de que él pudiera protestar.

Acudieron algunas mujeres desde adentro. Pronto los hombres estuvieron desnudos desde la cintura hacia arriba y las armaduras fueron enviadas a reparación. Cada uno de losrecién llegados consumió con voracidad el denso guiso caliente.

– No me habéis preguntado qué noticias hay – observóCharlie entre un bocado y otro. Mantenía el codo levantado para que Isabella pudiera limpiarle y vendarle la herida del costado.

– Ya me las darás – replicó ella –. Si fueran buenas, mi esposo habría regresado contigo, Para recibir malas noticias hay tiempo de sobra.

Charlie dejó el cuenco y la miró.

– ¿Ha muerto? – preguntó ella sin mirarlo.

– No sé – fue la respuesta serena –. Nos traicionaron.

– ¡Que los traicionaron! – exclamó ella. Y se disculpó al caer en la cuenta de que le habla provocado dolor.

– Uno de los caballeros de la guarnición, un hombre nuevo llamado Bohun, escapó en la noche para revelar a Demari que lord Edward planeaba partir al amanecer en busca de su hermano, de quien esperaba recibir ayuda. Lord Edward no se había alejado mucho cuando lo rodearon.

– Pero ¿lo mataron? – susurró Isabella .

– Creo que no. No encontramos su cadáver – respondióCharlie bruscamente, volviendo a su comida – Dos de los hombres que acompañaban a mi señor fueron asesinados... asesinados de un modo que me pesa, ciertamente. El hombre con quien tratamos no es normal: ¡es un demonio!

– ¿No se ha entregado ningún mensaje pidiendo rescate? ¿No se ha sabido si lo tienen prisionero?

– Nada. Nosotros cuatro debimos de llegar momentos después de la batalla. Aún quedaban algunos hombres de Demari. Combatimos.

Ella ató el último nudo del vendaje y levantó la vista.

– ¿Dónde están los otros? No es posible que resten sólo cuatro.

– Siguen acampados ante los muros de Demari. Vamos en busca de lord Jasper y sus hombres. La pierna de lord Jacob no ha tenido tiempo de soldar.

– ¿Y crees que Jasper podrá liberar a Edward ?. Charlie , sin responder, se concentró en el guiso.

– Anda, bien puedes decirme la verdad.

– El castillo es fuerte. Sólo se lo puede asaltar sin refuerzos si lo sitiamos.

– ¡Pero tardaríais meses enteros!

– Sí, mi señora.

– ¿Y si Edward y mi madre están prisioneros allí? ¿No serían los primeros en morir si faltara la comida?.Charlie clavó la vista en su escudilla.

Isabella se levantó, apretando los puños y clavándose las uñas en la palma de las manos.

– Hay otra manera – dijo serenamente –. Iré hacia Walter Demari.

Charlie levantó bruscamente la cabeza con una ceja arqueada.

– ¿Y qué podéis hacer vos que no puedan los hombres? – preguntó cínico.

– Lo que se requiera de mí – fue la tranquila respuesta.

Charlie estuvo a punto de arrojar su cuenco. La sujetó por el brazo con tanta fuerza que le hizo daño.

– ¡No! Vos no sabéis lo que estáis diciendo. ¿Creéis acaso que tratamos con un hombre cuerdo? ¿Creéis que él liberará a lord Edward y a vuestra madre, mi señora, si vos le dais lo que desea? Si vierais cómo dejó a los hombres que acompañaban a lord Edward no pensaríais siquiera en entregaros a ese Demari. No había necesidad para semejante tortura, pero él pareció hacerlo sólo por goce. Si él fuera un hombre, quizá yo tomara en cuenta vuestra idea, señora, pero no lo es.

Ella sacudió el brazo hasta hacerse liberar.

– ¿Y qué otra cosa se puede hacer? Un sitio sería la muerte de los prisioneros, sin lugar a dudas, y tú dices que el sitio es el único ataque posible. Si yo entrara al castillo, quizá podría hallar a Edward y a mi madre para organizarles la fuga.

– ¡La fuga! – bufó é había olvidado que estaba hablando con lady Isabella , su ama; en esos momentos la veía simplemente como a una muchacha sin experiencia – ¿Y cómo saldríais vos? Hay sólo dos entradas, y las dos están bien custodiadas.

Isabella echó los hombros hacia atrás y levantó el mentón.

– ¿Acaso tienes alternativa? Si Jasper llevara a cabo un asalto, Demari mataría a Edward , sin lugar a dudas, y también a mi madre. ¿Tan poco amas a Edward que no te importa si muere o no?

De prontoCharlie comprendió que ella tenía razón. Y supo también que sería él quien la entregaría a las manos sanguinarias de Walter Demari. La joven le había llegado al corazón al mencionar el amor que merecía lord Edward .Charlie no habría amado más a ese joven si hubiera sido su propio hijo. Isabella estaba en lo cierto al decir que existía la posibilidad de salvar a lord Edward si ella se entregaba. Aunque el amo lo hiciera ahorcar por poner en peligro a su esposa, a él no le quedaba sino obedecer.

– Buscáis un martirio – observó en voz baja – ¿Qué impedirá a Demari mataros a vos también?

Isabella le sonrió y le apoyó las manos en el hombro, pues sabía que había ganado.

– Si él me matara, perdería las tierras de Swan . Al menos he descubierto a qué extremos llegarán muchos hombres por mis propiedades – sus ojos centellearon por un momento – Ahora acompáñame a la casa para que hablemos con más libertad. Tú y yo tenemos muchos planes que trazar.

El la siguió aturdido. La muchacha actuaba como si estuvieran planeando un almuerzo en los bosques y no su entrega a un carnicero, como la del cordero para el sacrificio.

Ella quería partir inmediatamente, peroCharlie la convenció de que era preciso esperar para que él y sus hombres descansaran un poco. En verdad, tenía esperanzas de quitarleesa locura de la cabeza y hallar otra solución, pero la lógica de Isabella lo desconcertaba. Por cada motivo que él aducía para no entregarla, Isabella le daba diez más sensatos por los que tenía que hacerlo. Y él estaba de acuerdo en que no veía otra posibilidad de salvar a los prisioneros... si aún vivían.

Pero ¡cuánto temía la ira de lord Edward ! Así lo confesó a lady Isabella . Ella se echó a reír.

– Si él está en condiciones de enfadarse, le besaré la mano como señal de agradecimiento.

Charlie sacudió la cabeza maravillado. Aquella mujer era demasiado astuta. No envidiaba a lord Edward la tarea de domarla.

No podían llevar una escolta demasiado numerosa; muchos de los caballeros de Edward estaban ante el castillo, y no se podía dejar la finca desguarnecida. Cabía agradecer que sólo hubiera dos días de viaje hasta la propiedad de Demari.

Isabella trabajó enérgicamente mientrasCharlie descansaba y comía. Ordenó cargar varias carretas con cereales y carnes en conserva, para ser consumidos en el campamento. Dedicó otra carreta a sus ropas: las sedas más bellas, los terciopelos más finos, brocados, cachemiras y un arcón grande lleno de joyas. CuandoCharlie murmuró algo sobre la ostentación de las mujeres, Isabella lo llamó al orden.

– Walter Demari desea a una mujer a la que cree hermosa, ¿Quieres que me presente vestida de telas rústicas? El cambiaria de idea y me arrojaría al fondo de un pozo. Ha de ser hombre vanidoso para exigir que una mujer a la que apenas conoce repudie a su marido y la reclame como a su amor verdadero. Por lo tanto, halagaré su vanidad usando para él mis ropas más exquisitas.

Charlie la miró durante un momento. Luego le volvió la espalda. No sabía si elogiarla o enfurecerse por no haber pensado antes en lo que ella acababa de decir.

Pese a la faz que mostraba al mundo, Isabella estaba asustada. Pero por mucho que se esforzara, no se le ocurría otro plan. Pasó toda la noche despierta, pensando. Demari no había enviado ningún mensaje pidiendo intercambio de rehenes. Tal vez ya había matado a Edward y a Renne , y ella estaba a punto de entregarse sin utilidad alguna.

Se pasó las manos por el vientre; aún se conservaba duro y plano, Ya estaba segura de que esperaba un hijo de Edward . ¿Era ese bebé parte de la causa por la que tanto se empeñaba en salvar a su esposo? Cuando salía el sol, Isabella se vistió lentamente con un práctico traje de lana. Estaba extrañamente serena, casi como si fuera hacia una muerte segura, Bajó a la pequeña capilla para oír misa. Rezaría por todos ellos: por su esposo, su madre y su hijo por nacer.