Walter Demari estaba sentado ante una mesa de madera, en el gran salón de la finca de su padre. En otros tiempos esa mesa había sido un mueble finamente tallado, pero con el tiempo casi todas las cabezas de animales se habían roto y los cuellos ya no tenían relieve. Dio un puntapié distraído al pollo que picoteaba las calzas ceñidas a sus piernas flacas y cortas. Estudió el pergamino que tenía ante sí, negándose a mirar la estancia. Su padre se negaba a darle otra cosa que no fuera aquella vieja torre descuidada y decrépita. Sepultando profundamente su resentimiento, se concentró en su tarea. Cuando se casara con la heredera de Swan , su padre ya no podría tratarlo como si no existiera.

Ante Walter estaba Arthur Smiton, un hombre al que él consideraba su amigo. Arthur le había ayudado en cada ocasión, reconociendo que la encantadora heredera habríadebido ser de él y no de Edward Cullen . Para compensar a Arthur por su lealtad, Walter lo había nombrado segundo suyo. Había sido Arthur quien lograra capturar a lord Edward ,

– Arthur – se quejó Demari –, no sé cómo redactar el mensaje. Y si ella no viniera? Si en verdad odia a su esposo, ¿por qué ha de arriesgar tanto por él?

Arthur no dejó traslucir sus emociones.

– Os olvidáis de la vieja a la que tenemos prisionera. ¿No es la madre de la muchacha?

– Sí – dijo el joven. Y devolvió su atención al pergamino, No era fácil pedir aquello: quería casarse con lady Isabella a cambio de la libertad de su esposo y su madre.

Su segundo esperó un momento de pie tras él; luego se alejó para servirse una copa de vino. Necesitaba un estómago firme para soportar los gimoteos de Walter. Aquel joven enamorado le daba náuseas. Había vuelto de la boda entre Cullen y Swan tan apasionado por la novia que sólo podía hablar de ella. Arthur lo miró con disgusto. Aquel hombre lo tenía todo; tierras, fortuna, familia, esperanzas para el futuro. No era como él, que se había elevado desde el lodo en que naciera. Cuanto tenía había sido adquirido mediante inteligencia, fuerza física y, con frecuencia, traiciones y mentiras. De todo era capaz para conseguir lo que deseaba. Al ver al inútil de Walter embobado por una muchacha, Arthur había desarrollado un plan.

No tardó mucho en descubrir las riñas que había entre los desposados. Arthur, que sólo era un caballero de la guarnición de Walter, halló un oído atento al sugerir que la muchacha podía pedir la anulación de su matrimonio para casarse con Walter. A él nada le importaba la muchacha, pero las tierras de Swan valían la pena de combatir. Walter se había resistido a atacar a Robert Swan , pero Arthur sabía que ese hombre no se detendría ante nada para que su hija siguiera casada con un Cullen . Había sido fácil matar al viejo, una vez que este les franqueó su castillo, puesto que los tenía por amigos. Renne , la esposa, los siguió con docilidad. Arthur había reído, reconociendo en ella a una mujer bien domada. Cabía admirar a Swan por eso.

– Mi señor – anunció un sirviente, nervioso – afuera hay visitantes.

– ¿Visitantes? – repitió Walter con los ojos nublados.

– Sí, mi señor. Es lady Isabella Cullen rodeada por sus caballeros.

Walter se levantó de un salto, tumbando la mesa escritorio, y siguió a su sirviente. Arthur lo sujetó por un brazo.

– Os ruego que tengáis cuidado, mi señor. Tal vez sea una trampa. A Walter le ardían los ojos.

– ¿Qué trampa podría haber? Los hombres no combatirán, puesto que así pondrían en peligro a su señora.

– Tal vez la misma señora... Walter lo apartó de un empellón.

– Vas demasiado lejos. Si no andas con cuidado, te encontrarás en el sótano con lord Edward .

Salió ruidosamente de la vieja torre, apartando los jun cos secos a puntapiés. Las advertencias de Arthur habían penetrado en su cerebro; subió a la carrera las estrechas escaleras hasta lo alto de la muralla, para asegurarse de que en verdad fuera lady Isabella quien esperaba allí abajo.

No había modo de confundirla. El pelo rojo dorado que le flotaba a la espalda no podía pertenecer a nadie más.

– Es ella – susurró, excitado.

Y bajó como volando, para cruzar el baluarte hasta el portón principal.

– ¡Abre, hombre! – aulló al portero –. ¡Y hazlo rápido!

La pesada reja con puntas de hierro ascendió poco a poco, en tanto Walter esperaba impaciente.

– Mi señor – dijo Arthur a un lado –, no podéis permitir que ella entre con sus hombres. Son más de un centenar. Podrían atacarnos desde dentro.

Walter apartó los ojos del portón, que se levantaba con crujidos de protesta. Arthur estaba en lo cierto, pero él no sabía con certeza qué hacer. El segundo clavó sus ojos oscuros en aquel azul desteñido.

– Saldré a caballo para saludarla. Vos no podéis arriesgaros. Iré solo hasta la fila de arqueros. Cuando me haya asegurado de que se trata de lady Isabella , mis hombres y yo la escoltaremos adentro.

– ¿Sola? – preguntó Walter, ansioso.

– Puede entrar con una guardia personal, si insiste, pero nada más. No podemos permitir que todos sus caballeros entren en el castillo.

La reja estaba levantada y el puente levadizo, bajo. Arthur montó su caballo y salió, seguido por cinco caballeros.

Isabella , muy quieta en su montura, observaba el descenso del puente. Necesitó de todo su coraje para no huir. Aquel viejo castillo podía estar derrumbándose en parte, pero desde cerca parecía formidable. Daba la sensación de estar a punto de tragarla.

– Aún hay tiempo si queréis alejaros, señora – observó Charlie Dwyer , inclinándose hacia adelante.

Seis jinetes venían hacia ella. Sintió deseos de volverles la espalda y huir, pero en ese momento tuvo que tragar un súbito ataque de náuseas: su hijo le recordaba su presencia. El padre y la abuela del bebé estaban dentro de esas viejas murallas; si era posible, ella debía rescatarlos.

– No – dijo a Charlie con más fuerza de la que sentía – Debo intentar la misión.

Cuando el jefe de los jinetes estuvo cerca de Isabella , ella adivinó de inmediato que era el instigador de todo el plan. Recordaba a Walter como manso y suave; los ojos oscuros y burlones de aquel hombre, en cambio, no mostraban ninguna debilidad. En sus ropas centelleaban gemas de todos los colores, variedades y tamaños. Llevaba el pelo oscuro cubierto por una pequeña gorra de terciopelo, cuya banda ancha lucía cien piedras preciosas, cuando menos. Casi parecía una corona.

– Señora mía – saludó él, inclinándose sin desmontar.

Su sonrisa era burlona, casi insultante. Isabella lo miró fijamente. Le palpitaba el corazón. En aquellos ojos había una frialdad que la asustaba. Aquel hombre no sería fácil de dominar.

– Soy sir Arthur Smiton, segundo de lord Walter Demari, que os da la bienvenida.

"¡Qué bienvenida!", pensó Isabella , dominándose para no escupir la frase; pensaba en su padre asesinado, en su esposo y su madre, cautivos, y en varias vidas ya perdidas. Inclinó la cabeza hacia él.

– ¿Tenéis a mi madre cautiva?

El la observó con aire de especulación, como si tratara de justipreciarla. No se le había enviado ningún mensaje, pero ella sabía lo que tenía que hacer.

– Sí, mi señora.

– En ese caso, iré a verla.

Isabella azuzó a su caballo, pero Arthur sujetó las bridas. Los cien caballeros que rodeaban a la muchacha desenvainaron como un solo hombre.

Arthur no perdió la sonrisa.

– No podéis franquear nuestros portones con tantos hombres.

– ¿Pretendéis que entre sola? – preguntó ella, horrorizada. Era lo que esperaba, pero tal vez pudiera convencer a Smiton de que dejara entrar a algunos de sus hombres – ¿He de dejar a mi doncella? ¿Y a mi custodia personal?

El la observaba con atención.

– Un hombre y una mujer. Nada más.

Isabella asintió, sabiendo que sería inútil discutir. Al menos, tendría consigo a Charlie Dwyer .

– Jessica – llamó, al ver que la muchacha observaba atentamente a Arthur –, prepara la carreta con mis cosas y sígueme. Charlie ...

Al girar vio que él ya estaba dando órdenes para que se estableciera un campamento ante las murallas del castillo. Isabella cruzó a caballo el puente levadizo, bajo el arco de piedra, con la espalda muy erguida. Se preguntaba si podría salir con vida de entre aquellas murallas. Walter Demari esperaba dentro para ayudarla a desmontar. La muchacha lo recordaba joven y suave, ni hermoso ni feo, pero ahora veía en sus ojos azules un carácter débil; tenía la nariz demasiado grande y labios finos, de aspecto cruel. La miró con fijeza.

– Sois aún más hermosa de lo que yo recordaba.

Isabella se había vestido con cuidado. Una banda de perlas le rodeaba la cabeza. Contra el cuerpo llevaba una enagua de seda roja con un ancho borde de piel blanca. Su vestido era de terciopelo castaño, con el bajo bordado en oro. Las mangas eran estrechas, salvo en el hombro, donde el terciopelo se abría, dejando asomar la seda roja. Sus pechos se abultaban en el profundo escote, Al caminar levantaba la falda de terciopelo, dejando al descubierto la seda con borde de piel.

Logró dedicar una sonrisa a aquel traidor, aun mientras esquivaba las manos que le ceñían la cintura.

– Me halagáis, señor – dijo, mirándolo con los ojos entornados. Walter quedó encantado.

– Debéis de estar cansada y con necesidad de un refresco. Me gustaría tener un refrigerio preparado, pero no os esperaba. Isabella no quiso dejarle pensar en el porqué de aquella inesperada visita. Ante la mirada de adoración de Walter, comprendió que le convenía pasar por una joven tímida, una recién casada ruborosa.

– Por favor – dijo con la cabeza gacha –, me gustaría ver a mi madre.

Walter, sin responder, continuó observándola: las gruesas pestañas que tocaban sus mejillas suaves, las perlas de sufrente, que repetían la blancura de su Dwyer se adelantó un paso con los dientes apretados. Era corpulento; tan alto como Edward , pero con el aire macizo que dan los años. El gris de su pelo no hacía sino acentuar la dureza de su cuerpo.

– La señora desea ver a su madre – dijo con severidad. Su voz era serena, pero irradiaba poder.

Walter apenas reparó en él, absorto como estaba en Isabella . Pero Arthur reconoció el peligro. Habría que eliminar aCharlie Dwyer cuanto antes. Aquel hombre, libre en el castillo, podía causar muchos problemas.

– Por supuesto, mi señora – respondió Walter, ofreciéndole el brazo.

Cualquiera habría pensado que aquella visita se hacía por puro placer. Llegaron hasta la entrada de la torre, que estaba en un primer piso; en tiempos de guerra se cortaban los peldaños de madera, para que la entrada quedara a varios metros del suelo. Isabella estudió el interior mientras cruzaban el gran salón hacia los peldaños de piedra. El ambiente estaba muy sucio, sembrado con fragmentos de huesos entre los juncos secos que cubrían el suelo. Los perros hocicaban perezosamente aquellos desechos. Las ventanas no tenían postigos y en algunos lugares se habían desprendido las piedras, pues las grietas se estaban ensanchando. Tenía que averiguar si aquella estructura tan pobre era indicativa de una mala vigilancia.

Renne estaba en un pequeño cuarto abierto en los gruesos muros del segundo piso, sentada en una silla. En un brasero de bronce ardía un fuego de carbón, pues la torre había sido construida antes de que se inventaran los hogares.

– ¡Madre! – susurró la muchacha, corriendo a apoyar la cabeza en las rodillas de la mujer.

– Hija mía – exclamó la madre. Tomó a la joven entre sus brazos, pero el llanto no les permitió hablar durante un rato –. ¿Estás bien?

Isabella asintió. Después miró a los hombres que permanecían allí presentes.

– ¿No podemos hablar en privado?

– Desde luego – Walter se volvió hacia la puerta – Vos también debéis salir – dijo aCharlie Dwyer .

– No dejaré sola a mi señora.

Walter frunció el entrecejo, pero no quiso alterar a su visitante. Isabella esperó a que Walter y Arthur hubieran salido y dijo con severidad:

– Debiste haber salido con ellos.

Charlie se sentó pesadamente en una silla junto al brasero.

– No os dejaré solas.

– ¡Pero quiero cierta intimidad para hablar con mi madre!Charlie no respondió. No la miró siquiera.

– Es terco – elijo la muchacha a Renne , disgustada.

– ¿Soy terco porque no cedo ante lo que vos mandáis en cualquier oportunidad? – preguntó él –. Vos, por lo terca, podríais rivalizar con un toro.

Isabella abrió la boca para contestar, pero se lo impidió la risa de su madre.

– Ya veo que estás bien, hija mía. – Se volvió hacia Charlie .– Isabella es tal como yo deseaba que fuera y más aún – dijo con cariño, acariciando la cabellera de la joven – Cuéntame ahora a qué has venido.

– Yo... oh, madre – balbuceó la muchacha, lagrimeando otra vez.

– ¿Qué pasa? Puedes hablar libremente.

– ¡No, no puedo! – exclamó ella, apasionada, echando un vistazo a Dwyer .

Charlie la miró con ceño tan adusto que estuvo a punto de asustarla.

– No debéis dudar de mi honestidad. Conversad con vuestra madre en la seguridad de que no repetiré una palabra de cuanto oiga.

Sabiendo que podía confiar en él, Isabella se sentó en un almohadón a los pies de su madre. Necesitaba desesperadamente confesarse.

– He roto una promesa que hice a Dios – dijo con suavidad. La mano de Renne se detuvo un momento sobre la cabeza de su hija.

– Explícate – susurró.

Las palabras se atropellaron. Isabella contó que había tratado, una y otra vez, de lograr algo de amor en su matrimonio, pero que todos sus esfuerzos habían sido en vano. Nada de cuanto hiciera podía aflojar el lazo que unía a Edward con Tanya Vulturi .

– ¿Y tu voto? – preguntó Renne .

– Juré que no le daría nada por propia voluntad. Pero la noche antes de que él viniera hacia aquí me entregué a él libremente. – Se ruborizó al pensar en aquella noche de amor, en las manos de Edward , en sus labios.

– ¿Lo amas, Isabella ?

– No lo sé. Lo odio, lo amo, lo desprecio, lo adoro. No sé. Es tan grande que me devora. No puedo pasarlo por alto. Cuando entra en una habitación la llena por completo. Aun cuando más lo odio, cuando lo veo abrazando a otra mujer o leyendo una carta de ella, no puedo liberarme de él. ¿Es eso amor? – preguntó, clavando en su madre una mirada suplicante –. ¿Es amor o sólo posesión diabólica? El no es bueno conmigo. Estoy segura de que no me tiene cariño alguno. Hasta me lo ha dicho. Sólo se porta bien conmigo en...

– ¿En el lecho? – Renne sonreía.

– Sí. – Isabella apartó la vista, ruborizada.

Pasaron varios segundos antes de que Renne replicara.

– Me preguntas por el amor. ¿Quién sabe menos que yo sobre ese tema? Tu padre también tuvo ese poder sobre mí. ¿Sabes que una vez le salvé la vida? La noche anterior me había castigado. Por la mañana salimos juntos a caballo; yo tenía un ojo amoratado. Paseamos solos, sin escolta. De pronto, el caballo de Robert se encabritó y lo arrojó a un pantano, en el límite norte de una de las fincas. Cuanto más se movía, más se hundía. A mi me dolía todo el cuerpo por la paliza; mi primer pensamiento fue alejarme y dejarlo morir, pero no pude. ¿Sabes que, cuando lo hube salvado, se rió de mi y me trató de tonta?

Hizo una breve pausa antes de continuar:

– Te cuento esto para que sepas que comprendo ese poder. Es el mismo que mi esposo tenía sobre mi. No puedo decir que fuera amor. Tampoco puedo decir que en tu caso lo sea.

Permanecieron un momento en silencio, con la vista fija en el brasero.

– Y ahora yo vengo a rescatar a mi esposo como tú lo hiciste con el tuyo – observó Isabella –. Pero el tuyo vivió para volver a pegarte. El mío, en cambio, volverá a otra mujer.

– Sí – dijo Renne con tristeza.

– El hecho de tener un hijo, ¿cambia las cosas?

Renne quedó pensativa.

– Tal vez en mi caso habrían cambiado si los primeros hubieran vivido, pero los tres nacieron muertos: tres varones. Después viniste tú: una niña.

– ¿Crees que las cosas habrían sido distintas si hubiera sobrevivido el primer varón? – insistió Isabella .

– No sé. No creo que él castigara a su primera mujer, que le dio hijos varones. Pero por entonces era más joven – se interrumpió abruptamente –. ¡Isabella ! ¿Esperas un hijo?

– Sí, desde hace dos meses.

Charlie se levantó de un salto con estruendo de armadura.

– ¡Habéis hecho todo este viaje a caballo estando embarazada!

– acusó. Hasta entonces se había mantenido tan callado que las mujeres ya no recordaban su presencia. Se llevó una mano a la frente –. Ahorcarme será poco. Lord Edward me hará torturar cuando se entere de esto. Y lo merezco.

Isabella se levantó de inmediato, lanzando fuego de oro por los ojos.

– ¿Y quién se lo dirá? ¡Tú has jurado guardar el secreto!

– ¿Cómo pensáis mantener esto en secreto? – inquirió él, con voz densa de sarcasmo.

– Cuando sea evidente pienso estar muy lejos de aquí – los ojos de la muchacha se suavizaron - No le dirás nada, ¿verdad, Charlie ?

La expresión de Dwyer no cambió.

– No intentéis esas triquiñuelas conmigo, señora. Ahorradlas para ese canalla de Walter Demari.

Los interrumpió la risa de Renne . Era bueno oírla reír; las carcajadas eran muy escasas en su desdichada vida.

– Me hace bien verte así, hija mía. Temí que el matrimonio venciera tu espíritu.

Isabella no le prestaba atenció había oído demasiado. Ella acababa de decir demasiadas cosas íntimas en su presencia y ahora sus mejillas se iban manchando de rojo.

– No – dijoCharlie con un suspiro –, hace falta mucho más que un simple hombre para domesticar a esta mujer. No roguéis más, criatura; no diré nada de lo que he oído a menos que vos me lo pidáis.

– ¿Ni siquiera a Edward ?

El la miró con preocupación.

– Todavía no lo he visto. Daría cualquier cosa por saber dónde lo tienen y si está bien.

– Isabella – dijo Renne , atrayendo la atención de ambos –, aún no me has dicho a qué has venido. ¿Acaso Walter Demari mandó buscarte?

Charlie se sentó pesadamente.

– Estamos aquí porque lady Isabella dijo que teníamos que venir. No escucha razones.

– No había otra solución – respondió Isabella mientras volvía a sentarse –. ¿Qué te han dicho? – preguntó a su madre.

– Nada. Me... trajeron aquí tras la muerte de Robert. Hace una semana que no hablo con nadie. Ni siquiera la doncella que retira la bacinilla me dirige la palabra.

– Eso significa que no sabes dónde tienen a Edward .

– No. Sólo hace un momento he deducido de tus palabras que él también está prisionero. ¿Qué pretende lord Demari?

– A mí – respondió la muchacha con simplicidad.

Después, con los ojos bajos, explicó brevemente el modo en que Walter planeaba anular su boda.

– Pero si estás embarazada de Edward no hay modo de anularla.

– En efecto – dijo Isabella , mirando aCharlie –. Es uno de los motivos por los que es preciso guardar el secreto.

– ¿Qué harás, Isabella ? ¿Cómo piensas salvar tu vida, la de Edward , la de Jessica y la de este hombre? ¿Cómo vas a vencer estos muros de piedra?

Charlie gruñó en señal de acuerdo.

– No lo sé – fue la exasperada respuesta –. No hallé alternativa. Al menos ahora tengo la posibilidad de sacaros. Pero primero necesito hallar a Edward . Sólo así...

– ¿Has traído a Jessica ? – le interrumpió su madre.

– Sí – respondió ella, sabiendo que su madre tenía una idea.

– Haz que Jessica busque a Edward . Si se trata de buscar a un hombre, nadie mejor que ella. Es poco más que una perra en celo.

Isabella asintió.

– ¿Y en cuanto a Walter Demari? – insistió Renne .

– Sólo lo he visto unas pocas veces.

– ¿Es de confianza?

– ¡No! – exclamó Charlie –. Ni él ni ese sabueso suyo.

Isabella no le prestó atención.

– Demari me encuentra hermosa. Mi plan es seguir siendo hermosa hasta que pueda hallar a Edward y planear la fuga. Renne miró a su hija, tan encantadora a la luz de las brasas.

– Sabes muy poco de hombres – observó –. Los hombres no son libros de contabilidad, en los que una suma las cifras y obtiene una cantidad invariable. Son diferentes... y mucho más poderosos que tú y que yo.

De pronto,Charlie se levantó para acercarse a la puerta.

– Vuelven.

– Escúchame, Isabella – dijo Renne apresuradamente – Pregunta a Jessica cómo debes tratar a Walter. Ella sabe mucho de hombres. Prométeme que seguirás sus consejos y no te dejarás llevar por tus propias ideas.

– Yo...

– ¡Promételo! – exigió la madre, sujetándole la cabeza.

– Haré lo que pueda. No puedo prometer más.

– Me conformo con eso.

La puerta se abrió con violencia. No se habló más. Jessica y una de las criadas del castillo acudieron en busca de Isabella , que debía prepararse para cenar con Su Señoría. La muchacha se despidió apresuradamente de su madre y siguió a las mujeres, conCharlie pegado a sus talones.

En el tercer piso estaba la residencia de las mujeres: un cuarto amplio y bien ventilado, que había sido objeto de una limpieza reciente y tenía juncos frescos en el suelo y las paredes encaladas, casi como si se esperara a una invitada. Isabella quedó a solas con su montaba guardia ante la puerta. Cuando menos, Walter confiaba en ella al punto de no ponerle espías. Jessica le llevó una tinaja con agua caliente.

– ¿Sabes dónde tienen a lord Edward ? – preguntó el ama mientras se lavaba la cara y las manos.

– No, señora – dijo Jessica , suspicaz, pues no estaba habituada a que su ama la interrogara.

– ¿Podrías averiguarlo? Jessica sonrió.

– Sin duda. Este castillo está lleno de chismosos.

– ¿Necesitarás monedas de plata para conseguir esa información?

Jessica quedó asombrada.

– No, señora. Bastará con que pregunte a los hombres.

– ¿Y te lo dirán con sólo preguntar?

Jessica iba ganando confianza. Su encantadora ama sabía poco de lo que no fueran cuentas y fincas.

– Importa mucho como se pregunte a un hombre.

Isabella se había puesto un vestido de tejido plateado. La falda se dividía en la parte delantera, dejando al descubierto una amplia superficie de satén verde intenso. Las gran des mangas, en forma de campana, caían graciosamente desde la muñeca hasta la mitad de la falda, también forradas de satén verde. Cubrió su cabellera con una capucha francesa al tono, bordada con flores de lis de plata.

Se sentó en un banquillo para que Jessica pudiera acomodarle la capucha.

– ¿Y si una mujer quisiera pedir algo a lord Walter?

– ¡A ese hombre! – exclamó la doncella, acalorada – Yo no confiaría en él, aunque ese sir Arthur que lo sigue como un perro no es mal parecido.

Isabella se volvió para enfrentarse a su doncella.

– ¿Cómo puedes decir eso? Arthur tiene ojos muy duros. Cualquiera puede darse cuenta de que es codicioso.

– ¿Y no diréis vos lo mismo de lord Walter? – Jessica obligó a su ama a girar la cabeza. En aquellos momentos se sentía bastante superior.– Es igualmente codicioso, traicionero, brutal y egoísta. Es todo eso y más aún.

– En ese caso, ¿por qué...?

– Porque Arthur es siempre igual. Una sabe qué esperar de él: lo que más convenga a sus intereses. Con eso una puede manejarse.

– ¿Y no es el caso de lord Walter?

– No, mi señora. Lord Walter es un niño, aunque sea hombre. Cambia con el viento. Ahora quiere una cosa, pero cuando la tenga dejará de quererla.

– ¿Y eso vale también para las mujeres?

Jessica se dejó caer de rodillas ante su ama.

– Tenéis que escucharme con atención. Conozco a los hombres como a nada en el mundo. Lord Walter arde ahora por vos. Está loco de deseo, y en tanto tenga esa furia dentro de sí, vos estaréis a salvo.

– ¿A salvo? No comprendo.

– Ha matado a vuestro padre, señora. Tiene a vuestra madre y a vuestro esposo como prisioneros, sólo por esa pasión. ¿Qué será de todas vuestras mercedes cuando se apague ese fuego?

Isabella seguía sin comprender. Cuando ella y Edward hacían el amor, el fuego se apagaba sólo por algunos minutos. En verdad, cuanto más tiempo pasaba ella en su lecho, más lo deseaba. Jessica empezó a hablar con exagerada paciencia.

– No todos los hombres son como lord Edward -dijo, adivinando los pensamientos de Isabella –. Si vos os entregarais a lord Walter, dejaríais de tener poder sobre él. Para los hombres de ese tipo, la caza lo es todo.

La joven comenzaba a entender.

– ¿Y cómo puedo evitarlo?

Estaba plenamente dispuesta a entregarse a cien hombres si con eso salvaba la vida de sus seres amados.

– El no os forzará. Necesita creer que ha cortejado y conquistado. Vos podéis pedirle mucho y él lo concederá con gusto, pero es preciso actuar con astucia. Será celoso. No sugiráis que lord Edward os interesa. Dejadle creer que, por elcontrario, os inspira desprecio. Mostradle la zanahoria, pero no le permitáis morderla.

Jessica se puso de pie y estudió con mirada crítica el atuendo de su señora.

– ¿En cuanto a sir Arthur? – insistió Isabella .

– Lord Walter manda sobre él... y en el peor de los casos se le puede comprar.

La joven se levantó sin dejar de mirar a su criada.

– ¿Crees que alguna vez aprenderé tanto sobre los hombres?

– Sólo cuando yo aprenda a leer – dijo Jessica . Y se echó a reír ante lo imposible de esa situación –. ¿Para qué queréis vos saber tanto sobre hombres si tenéis a lord Edward ? El vale más que todos los míos.

Al descender la escalera hacia el gran salón, Isabella pensaba: "¿Tengo en verdad a Edward ? ¿Lo deseo?"