Os subo nuevo capítulo antes de irme unos días a aprovechar las poquitas vacaciones que me quedan, espero que os guste, sé que de momento la acción va un poco lenta pero quiero asentar bien las bases del fic antes de ir a más.

Gracias por los comentarios que me habéis ido mandando, como siempre, se valoran un montón y me animan mucho a seguir escribiendo esta historia.


Cap. 3: Ciudad República

Nada más conocer el destino de su nueva misión, Korra comenzó con los preparativos de la misma: se haría pasar por una chica recién llegada de la Tribu del Agua del Sur y se le daría ropa más propia de aquella región.

Korra pasó dos días dedicada casi por completo al estudio de aquel lugar: geografía, tradiciones y todo lo que le pudiera ser útil. Lo más curioso del asunto era que por primera vez estaba aprendiendo algo de su tierra natal. No conocía mucho de su pasado, la mayor parte de sus recuerdos comenzaban y acababan en la sede del Loto Rojo, no recordaba ninguna otra forma de vida anterior que no fuera el extenuante aprendizaje al que había sido acostumbrada desde temprana edad.

Tuvo que negociar bastantes concesiones con Zaheer y los demás diligentes como por ejemplo que se le dejara espacio una vez estuviera en la ciudad, es decir; un piso franco de la organización en el que sólo estuviera ella y el más importante, debía poder llevarse a Naga.

Naga era su animal particular, no le consideraba una mascota porque no era tal cosa, era su amiga y compañera de batallas, aunque aquella compañera de batallas fuera un perro-oso polar enorme y de un insólito pelaje oscuro. Encontró a Naga en el polo Sur cuando era una poco más que una niña y el Loto Rojo la llevó a observar dónde se situaba uno de los portales espirituales. Una noche, Korra despertó al sentir una voz que le llamaba fuera de la tienda y sin pararse a pensar en ningún momento en si hacía lo correcto, salió en su búsqueda. Sola y muerta de frío fue como encontró una bolita peluda negra que se resguardaba del frío de la tundra. Korra la cogió en brazos, la metió dentro de su abrigo para mantenerla caliente y regresó al campamento donde todos la estaban buscando a la desesperada.

Aguantó la reprimenda por haberse ido sin permiso con estoicismo antes de revelar el bulto que ocultaba bajo el abrigo, uno de los reclutas del Loto Rojo amenazó con matar a aquel cachorro pero ante la insistencia y la testarudez de Korra, Zaheer cedió y le concedió acoger y criar al animal, haciéndola por completo responsable de los desastres que pudiera causar.

Naga no sólo había crecido mucho más que cualquier perro-oso polar conocido sino que había demostrado una gran inteligencia y lealtad hacia Korra, sin embargo ésta sabía que Naga no era un perrito al cual ponerle una correa y la dejaba correr libre por las montañas cercanas a su base, sabiendo que el enorme animal no se metería en ningún problema y que acudiría a ella si la necesitaba en cualquier momento.

Aunque en un primer momento habían sido reticentes a dejar que Naga viajara con ellos, tuvieron que ceder ante la amenaza de Korra de no asistir a la misión.

No se despidió de nadie en particular cuando dejó la sede del Loto Rojo aunque sabía que no iba a volver en una larga temporada, simplemente empacó su ropa y sus pocas pertenencias y salió de la montaña junto a algunos guardias sin mirar atrás, siempre escoltada por Naga.

Llegaron a Ciudad República en barco y durante todo el trayecto Korra se quedó en cubierta, era la primera vez que viajaba de día y a plena vista. Adoraba el mar y por suerte para ella debían dar un largo rodeo para simular que la ruta que seguían era la habitual para los barcos que venían desde el Polo Sur, de modo que un viaje que normalmente hubiera durado dos días, duró una semana.

La tripulación del barco era amable pero la trataban con cierto miedo, algo a lo que Korra estaba de sobra acostumbrada y no le molestaba en absoluto ya que no era una persona aficionada a banales charlas ni a compañía constante a no ser que viniera por parte de Naga o alguna amante ocasional.

La llegada a Ciudad República fue acorde al horario establecido y desde el momento en el que desembarcó lo observó todo con ojos muy abiertos. Había visto muchas ciudades, pero ninguna como aquella, era una maravilla tecnológica, las calles bullían de actividad y en todas partes había gente atareada en sus asuntos o simplemente perdiendo el tiempo. Según lo que Korra había leído el gran crecimiento de la ciudad se debía al esfuerzo cooperativo entre personas de todas las naciones, el resultado había sido una próspera y viva metrópoli que se extendía en todas las direcciones.

Los guardias del Loto Rojo la guiaron por la ciudad hasta el lugar donde estaban establecidos. La organización contaba con pisos francos repartidos por toda la ciudad, situados en puntos clave de la misma, a Korra se le dejaría un pequeño apartamento cercano a la bahía de Yue. Había conseguido quedarse en aquel apartamento sola aunque se le había dejado bien claro que al menos tres noches a la semana debía reunirse con el resto de los integrantes del Loto Rojo para reuniones tanto estratégicas como rutinarias.

Cuando se hubo instalado en el lugar, recorrió junto a un par de reclutas la ciudad. A simple vista pasaba desapercibida, parecía una chica más de las Tribus de Agua acompañada por dos amigos, lo que llamaba la atención era el gigantesco animal que caminaba a su lado. Era consciente que resultaría un espectáculo a la vista, al fin y al cabo no muchos habrían visto un perro-oso polar en su vida, ni qué decir que negro o domesticado, ya que por lo que sabía Korra ella era la única que había conseguido tan hazaña.

Durante todo el día le llenaron la cabeza de nombres de calles, edificios y datos de toda la Ciudad: líderes políticos, nombres de personas influyentes e incluso comentarios acerca del crimen organizado que actuaba en la ciudad. Korra se dejaba guiar pacientemente, algo que los reclutas parecieron agradecer puesto que no querían importunar al Avatar; y escuchó con atención cada palabra que decían grabándola a fuego en su cerebro.

Atardecía cuando la escoltaron de nuevo a su piso y le dieron algunas cosas que necesitaría: comida suficiente, una bolsa con dinero del que podría disponer a su antojo y una serie de documentos que le serían útiles en los que detallaban la investigación que habían estado realizando los últimos meses acerca de los Igualitarios. Korra les agradeció el servicio prestado antes de que los dos hombres se fueran y la dejaran por fin a solas.

Investigó un poco por aquel apartamento, no era algo espectacular pero era lo más grande que había tenido para ella sola en toda su vida: constaba de una habitación, una pequeña cocina comunicada con una sala de estar, un cuarto de baño y una pequeña sala que emplearía como estudio particular. Lo mejor sin duda eran las vistas de su habitación, constaba de un amplio ventanal que dejaba ver toda la bahía de Yue, podía ver la estatua erguida en honor al avatar Aang, la isla en la que se situaba el Templo del Aire y un estrambótico y luminoso edificio que, según le habían dicho, era la Arena del pro-control, una especie de deporte en el cual equipos formados por un maestro de agua, uno de fuego y uno de tierra competían entre ellos para ganar un título y el dinero que ello conllevaba. Era una práctica que le intrigaba, tal vez podría ser divertido ir a echar un vistazo aunque aquella noche debiera estudiar la información que se le acababa de dar…

Korra era disciplinada, no cuestionaba órdenes de superiores directos pero nadie le había prohibido que se tomara sus libertades de vez en cuando y después de la larga reclusión a la que había estado expuesta durante aquellos años consideraba aquello como una señal. Era hora de que explorara el mundo que le rodeara por su cuenta, sin guardias ni mentores. Era perfectamente consciente de que hiciera lo que hiciera, no debía exponer su condición como Avatar ni, por supuesto, al Loto Rojo; tanto ella como la organización debían permanecer ocultos al mundo por el momento y ella no era estúpida. Se le había asesorado desde niña que en público únicamente empleara una forma de control y jamás había tenido ningún problema para cumplirlo. Pese a que prefería usar el fuego control para salir más rápidamente de los apuros, decidió que mientras estuviera establecida en Ciudad República sería únicamente maestra del agua, lo más acorde a su aspecto.

Sin dedicarle un segundo más, se preparó para salir del apartamento antes de notar el húmedo hocico de Naga dándole un golpecito en el codo. Miró a aquella enorme bola de pelo y le rascó las orejas.

-No puedo sacar esta noche, chica, llamaríamos demasiado la atención y en teoría me estoy escapando…-le dijo mientras le rascaba tras las orejas.- Te traeré algo rico de comida, pero debes quedarte aquí.

Naga dio un corto ladrido y se tumbó donde estaba, dándole a entender que no pensaba moverse de allí.

-Buena chica.-murmuró antes de salir del apartamento.

Deambuló por las calles con paso lento, no sabía orientarse aún por la ciudad sin embargo era capaz de sentirla al completo. Había sido consciente desde el primer momento de lo especial que era aquella ciudad y sabía por qué Aang la había construido en aquel preciso lugar: rebosaba energía espiritual allá donde fuera, desde el momento en el que había puesto un pie en el lugar sintió que la propia ciudad le daba la bienvenida, sintiendo el poder que rezumaba en cada esquina. Se sentía más en contacto consigo misma simplemente por estar allí aunque tal vez se debiera a que una gran parte de su vida pasada habría transcurrido allí mismo.

Tal vez no conociera las calles pero podía ver a través de las vibraciones de energía que le devolvían las enredaderas espirituales que se extendían a lo largo de toda la ciudad, de alguna forma ellas le guiaban.

En poco tiempo llegó ante el enorme edificio que habían dedicado como Arena del Pro Control y lo miró con ojos muy abiertos, era una auténtica maravilla arquitectónica, le asombraban las cosas que podían llegar a construirse aquellos días.

Se unió al afluente de gente que pugnaba por entrar al interior para ver el espectáculo y tomó asiento lo más cerca del ring de combate que pudo, esperando pacientemente. Nadie pareció reparar mucho en su presencia, lo cual agradecía, le gustaba la tranquilidad. Por fin las luces se apagaron, dejando únicamente iluminado el ring central que se levantaba sobre una enorme piscina que parecía de varios metros de profundidad.

Aunque el precepto del pro-control era sencillo, se descubrió disfrutando enormemente de cada combate entre los equipos, observando un auténtico despliegue de habilidades de control. La cooperación entre los tres miembros de cada equipo era asombrosa y de ella dependía enormemente la victoria de los mismos.

Dos horas después de que se sentara dio por finalizado el evento, al parecer aquello eran unas jornadas clasificatorias de cara a un campeonato bastante importante según parecía. Mientras salía de la Arena se prometió que asistiría en alguna otra ocasión.

Deambuló de nuevo por las calles, dejándose llevar por el espectáculo que era la ciudad por la noche y ya de paso buscando algún sitio donde coger algo de comer puesto que estaba hambrienta. Por fin encontró un puesto de fideos y se comió una enorme ración sin mediar palabra con ningún otro cliente, consciente de las miradas de desconfianza que recibía sin parar salvo por parte de lo demás comensales a excepción de la camarera que parecía flirtear con ella, en otras circunstancias le habría seguido el juego encantada, pero una misión era una misión y debía mantener la cabeza clara.

Mientras caminaba de vuelta a su apartamento escuchó revuelo a sus espaldas pero no le prestó atención hasta que notó un cosquilleo subiendo por su pierna hasta el hombro, algo le había trepado por la ropa. Giró la cabeza y se encontró cara a cara con un animalito de pelaje rojizo que tenía un panecillo en la boca.

-¿Y tú quién eres?-le preguntó.

El animal movió las orejas emitiendo un agudo ruido que fue eclipsado por una voz a sus espaldas:

-¡Alto al ladrón!

Korra se giró para ver llegar a un hombre de avanzada edad corriendo hacia ella hecho una furia, el hombre se paró ante ella y resopló un par de veces antes de apuntarle con el dedo.

-¿Esa asquerosa rata es tuya?-le dijo con voz enfadada.

-La verdad es que no y sinceramente no entiendo este revuelo.-dijo ella cruzándose de brazos.

-¡Me ha robado ese panecillo! ¿¡Te parece poco?!

-… ¿Eso es todo? ¿Un panecillo?

-¡Gracias a esos panecillos me gano el sueldo!-le gritó el hombre con la cara enrojecida por la rabia.

-Pues para ser tu negocio no lo tienes demasiado bien vigilado, de todos modos enfadarse así con un hurón es bastante lamentable.

-¡Pero serás…!

-Lo primero de todo tranquilícese y lo segundo…-metió la mano en uno de sus bolsillos.-no se preocupe tanto, yo le pagaré el estúpido panecillo.

Tiró una moneda a lo alto y el hombre la cogió entre sus manos, mirándole aún rojo.

-Como vuelva a ver a esa rata cerca de mi puesto, le convierto en sopa.-le amenazó dándose la vuelta.

Cuando el hombre se hubo alejado lo suficiente, miró al pequeño animal que seguía en su hombro mordisqueando el pan.

-Para ser un hurón de fuego, te metes en demasiados problemas.-le dijo rascándole en la frente.

-¡Paaaaaaaabuuuuuu!-gritó la voz de un chico a lo lejos.

Un chico se paró frente a ella jadeando con las manos apoyadas en las rodillas mientras luchaba por recuperar el aliento. El hurón saltó desde el hombro de Korra hasta el del chico, que se puso en pie mirándole con una sonrisa de disculpa.

-Asumo que es tuyo.-le dijo ella.

Él asintió.

-Lo siento mucho, le perdí un segundo de vista y cuando me di cuenta estaba corriendo con el panecillo en la boca y el dueño del puesto iba a detrás.

-No pasa nada, ya me he encargado de ello.

-¿En serio? Muchísimas gracias, en serio.-respiró aliviado extendiendo una mano mientras esbozaba una enorme sonrisa.-Soy Bolin, por cierto.

Korra le estrechó la mano con fuerza estudiándole en silencio, tenía el pelo moreno y ojos verdes, su expresión era bonachona y sincera. Bolin le devolvió la fuerza del apretón de manos con entusiasmo, no había duda de que era fuerte.

-Mi nombre es Korra. Ahora que lo pienso, yo te he visto antes, ¿tú no participas en el Pro-control?

La sonrisa del chico se ensanchó mientras su pecho se hinchaba con orgullo.

-Pues sí, formo parte de los Hurones de fuego junto a mi hermano y un amigo… no es por presumir pero si has estado atenta a los anteriores combates podrás suponer que tenemos muchas posibilidades de llegar alto este año.

Korra se encogió de hombros.

-La verdad es que es el primer combate que veo, soy nueva en la ciudad…

-Ah, pues entonces has encontrado a la persona ideal, me he criado aquí, si quieres ir a ver cualquier cosa cualquier día sólo tienes que pasarte por la Arena, vivo allí y estoy casi siempre, sólo tienes que preguntar por mí.

Frunció el ceño de forma casi imperceptible, no entendía tanta amabilidad desinteresada pero tal vez aquel chico le resultara útil en un futuro, la verdad es que le vendría bien estar con alguien que conociera la ciudad.

-Muy bien, cuenta con ello.-le respondió.

Bolin se dio la vuelta, despidiéndose con un gesto de la mano y ella retomó su camino, comprando antes de volver un premio para Naga tal y como había prometido.

Pasaron un par de semanas y ya estaba más que hecha a la vida de la ciudad, ocasionalmente iba con Bolin a recorrer sin descanso las calles, aprendiendo del chico y de su lacónico hermano, Mako, al cual no se parecía en absoluto tanto en carácter como en apariencia: compartían el pelo moreno, pero era más delgado y de ojos anaranjados; facciones propias de una persona de la nación del fuego. Presentía que su hermano no se fiaba de ella del todo aunque no podía culparlo en absoluto.

Pasaba casi todos los días entrenando por las mañanas en unos apartados almacenes en los cuales habían establecido una base secreta el Loto Rojo y podía seguir practicando sus habilidades junto a otros reclutas; por las noches se encargaban de misiones de reconocimiento de los Igualitarios. Habían descubierto varios sitios en los que solían reunirse y es que muchos de ellos no se molestaban en ocultarse lo más mínimo, sin embargo por el momento los Igualitarios no parecían hacer otra cosa que no fuera perseguir Tríadas y la verdad es que aquello distaba mucho de disgustar a Korra.

Había sido testigo de varios altercados entre Igualitarios y criminales aunque por norma no intervenían a no ser que estuviera en peligro alguna de sus vidas, el objetivo era mantenerse en secreto a todos hasta que a los Igualitarios se les ocurriera pasarse de la raya. Korra recordaba con particular interés una noche en la que los miembros de una Tríada conocida como la Triple Amenaza casi acaba con un grupo de Igualitarios que acabaron por desaparecer misteriosamente, seguramente habrían huido por el alcantarillado.

Los miembros del Loto Rojo sospechaban de las actuaciones de los Igualitarios ya que hasta el momento no se habían manifestado demasiado, pero parecían estar envalentonándose poco a poco y aquello les preocupaba y la propia Korra compartía aquella preocupación, sin embargo por el momento no podían hacer nada.

Al margen de aquellas experiencias, llevaba una vida bastante normal… dentro de lo que cabía.

Una de las pocas mañanas que pasaba sola decidió salir a dar una vuelta con Naga, por fortuna la gente parecía haberse ido acostumbrando a la presencia del enorme animal y por lo menos ya no se apartaban con pánico de ellas, incluso algunas personas que llevaban los puestos de comida del mercado principal le saludaron mientras pasaba. Le gustaba sacar a Naga, no quería dejarla encerrada en un espacio tan pequeño durante mucho tiempo. El gran animal caminaba un poco por detrás de ella, lista para protegerla si era necesario y lo observaba todo con inocente curiosidad.

Korra notó como Naga empezaba a removerse nerviosa, olisqueando el ambiente con creciente nerviosismo aunque no le dio demasiada importancia, nada malo iba a ocurrir a la luz del día y de ser así estarían preparadas. Sin previo aviso, el animal empezó a correr persiguiendo algo.

-¡Naga, vuelve aquí!-le gritó echando a correr detrás de ella.

Una cosa es que se hubieran acostumbrado a ella pero otra distinta era que dejara correr a Naga por la ciudad con el peligro que ello conllevaba. Si querían pasar una estancia tranquila, debía evitar que Naga fuera aterrorizando a los ciudadanos por las calles.

Naga se movía con una rapidez prodigiosa y con sorprendente habilidad para ser un animal tan pesado, en más de una ocasión Korra temió que echara por tierra a algún viandante o algún puesto, sin embargo los evitó ágilmente.

La carrera duró unos cinco minutos antes de que viera como el animal pasaba peligrosamente cerca de una chica y haciéndole perder el equilibrio.

-¡Te la vas a cargar, Naga!

Dio un sprint para coger a la chica en brazos mientras caía, evitando que llegara al suelo. La chica le miró y Korra se encontró mirando dos grandes ojos del color de la esmeralda en los que brillaba una expresión confundida.

-¿Estás bien?-le preguntó a la chica.- Siento el golpe, has debido llevarte un buen susto.

La dejó de nuevo en el suelo y mientras la chica se alisaba las arrugas de la ropa le observó: tenía la piel pálida e inmaculada, contrastando con una cabellera negra como el azabache. Era unos centímetros más alta que ella, y no se debía únicamente a los tacones que llevaba; y era muy atractiva. Había algo en ella que le era muy familiar… demasiado familiar.

-No te preocupes, no ha sido nada aunque gracias por salvarme.-le dijo ella sonriendo y tendiéndole la mano.- Me llamo Asami.

Clic. Algo encajó en su cabeza y no pudo evitar que se le escapara una media sonrisa.

-Soy Korra.-le dijo ella estrechándole la mano.

La sonrisa de la chica se ensanchó mientras se recogía un mechón de pelo tras la oreja.

-Ha estado cerca, ¿eh?-comentó.-Aunque para ser sincera no sé ni qué ha pasado.

Korra sonrió mientras le hacía un gesto para que se diera la vuelta y la chica lo hizo. Tras ella se encontraba Naga, que había vuelto con expresión arrepentida. La chica pareció asustarse porque dio un brinco y un paso atrás, Korra observó que al apoyar el talón hacía una mueca de dolor.

-Lo que ha pasado es que aquí mi amiga no sabe obedecer una simple orden y se pone en plan cazadora por la ciudad.-dijo Korra regañando al animal.

Asami la miró y señaló a Naga.

-¿Eso es tuyo?

-¿Eso? Ella más bien.-puntualizó dando un par de palmadas en el cuello de Naga.-Se llama Naga y se ha quedado sin premios por una temporada.

Naga agachó la cabeza con un gemido triste y Korra miró a Asami, que observaba al animal con curiosidad.

-Vaya, es enorme… y preciosa, la verdad. ¿Qué es?

-Es un perro-oso polar, probablemente de las pocas en nacer con el pelaje oscuro y sin lugar a dudas la primera en ser adiestrada en toda la historia.-dijo sin evitar presumir un poco.-Puedes acariciarla si quieres, no es peligrosa si no se le enfada.

Asami comenzó a rascarle tras las orejas y Naga comenzó a mover la cola complacida. La chica le miró sin borrar la sonrisa y Korra le devolvió una media sonrisa sin ser apenas consciente, sin embargo se obligó a cambiar el gesto.

Carraspeó antes de hablar:

-¿Quieres que te acompañemos a algún lado?

-¿Eh?-dijo distraída.-Ah, no es necesario, seguro que tenéis cosas que hacer.

-En absoluto, de hecho pareces tú mucho más ocupada que yo.

Asami se encogió de hombros antes de acceder y comenzó a andar cojeando.

-¿Eso te lo hemos hecho nosotras?-le preguntó Korra señalando su pierna.

La chica de pelo moreno sacudió la mano restándole importancia.

-No es nada, no te preocupes, se me pasará.

-Lo que tú digas, Naga, al suelo.

Naga se tumbó, quedando a la altura justa como para que Asami se subiera encima, sin embargo la morena no parecía tan convencida.

-O te subes o te subo.-le dijo Korra a modo de amenaza.

Asami se encogió de hombros mientras dejaba que Korra le ayudase a subir a lomos de Naga, que acto seguido comenzó a trotar alegremente.

La morena les fue guiando por la ciudad y mientras tanto iban hablando entre ellas.

Pasaron frente un puesto que le llamó la atención a Korra: un niño anunciaba en voz alta que vendía rosas, sin embargo cuando les echó un vistazo vio que no eran rosas normales, sino de metal. Se paró frente aquel humilde puesto y les echó un vistazo.

-Hermosas, ¿quién las hace?-preguntó al niño.

-Las hago yo.-respondió orgulloso.

-Vaya, esto requiere una habilidad impresionante.-le dijo mientras observaba una con detenimiento, no les faltaba el mínimo detalle.

-Muchas gracias, mi padre me enseñó.

-¿Puedes controlar los metales?

-Somos de Zaofu, ahí es muy normal.

-Pues felicítale de mi parte, ha hecho un trabajo excelente enseñándote.

El niño miró al suelo con expresión apesadumbrada.

-Mi padre murió hace un par de años en un accidente en la fábrica en la que trabajaba, hago estas rosas para ayudar a mi madre y a mi hermana.

Korra le miró en silencio.

-Me llevo una, ¿cuánto cuestan?

-Cinco yuans.

Cogió una rosa de color rojo brillante antes de rebuscar en su bolsillo y sacar unas cuantas monedas que le tendió al niño. Él las cogió y le miró atónito.

-Pero aquí hay…-le dijo.

-Mucho más de la cuenta, lo sé, pero dáselo a tu madre, seguro que lo agradecerá.

-Muchas gracias.-dijo con ojos brillantes.

Korra le dio los buenos días antes de proseguir su camino.

-Eso que has hecho… ha sido bonito aunque un poco imprudente.-le dijo Asami pasado un rato.

-¿Imprudente?-preguntó Korra mirándole con curiosidad.

-A lo mejor te estaba estafando.

Ahogó una carcajada.

-No mentía, te lo aseguro.

-¿Cómo estás tan segura?

-No me equivoco nunca en estas cosas, hazme caso.-le dedicó una sonrisa antes de volver a mirar al frente.

Y tanto que no se equivocaba, uno de sus infiltrados en el Reino de Tierra le había enseñado a leer la verdad en las personas, precisamente un hombre que trabajaba en Zaofu, Aiwei. Pero por motivos evidentes no podía contarle aquello a Asami.

Por fin llegaron al barrio en el que estaba estacionado el coche de Asami, que bajó con cuidado de Naga con la ayuda de Korra.

-Gracias por traerme, la verdad es que ha sido una mañana muy agradable incluso con el accidente.-le dijo Asami con una sonrisa.

-Me alegro que no nos guardes rencor, Naga no es mala, simplemente se deja llevar a veces.

-Sé que no lo es.-dijo mientras le rascaba el cuello al animal.

Korra les miró y jugueteó con la rosa que aún llevaba en las manos… no perdía nada. Le tendió la pieza de metal a Asami antes de decir:

-Toma, como compensación por haberte atropellado antes.

Asami la miró con cierto rubor en las mejillas.

-No tienes que darme ninguna compensación.

-Lo imaginaba, pero de todos modos quiero hacerlo.-insistió.

La morena cogió la rosa y sonrió mientras se cruzaba de brazos.

-La aceptaré con una condición.

-Tú dirás.-respondió Korra enarcando una ceja.

-Yo acepto la rosa, pero a cambio de que vengas a cenar conmigo un día.

Korra meditó un segundo en silencio.

-De acuerdo, ¿cuándo y dónde?

-Hmmm, ¿mañana en el Kwong's cuisine?

-¿No es el restaurante carísimo y súper exclusivo de la ciudad?

Asami se rio.

-Sí, yo no lo hubiera descrito así pero… sí, es ese.

-Ya… me temo que no tengo ropa apropiada para ese lugar… y mucho menos el suficiente dinero.

-No te preocupes, yo me ocupo de todo, sólo tienes que venir y ya lo resolveré todo.

-Está bien, ahí me tendrás.-se rindió, levantando las manos.

-Perfecto.-dijo mientras abría la puerta del coche.-A las 9 en la puerta, ¿de acuerdo?

Korra asintió con la cabeza y Asami se metió al automóvil, despidiéndose con la mano antes de arrancar el vehículo. Korra le vio perderse tras una esquina y se giró hacia Naga, dándole una palmada en el lomo mientras sus labios se curvaban en una sonrisa.

-Vamos progresando, Naga. Juraría que mañana tengo una cita con una Igualitaria.