Capitulo N° 4
—Lo siento, Royce. No puedo. —Noté que se me aceleraba el ritmo cardíaco mientras se me metía la ansiedad en las tripas para practicar kickboxing con mis nervios. Me sabía fatal rechazar su generoso ofrecimiento. Tan pronto empezaba yo a lanzar por ahí la palabra «no», normalmente las cosas empezaban a ir cuesta abajo.
—¿Estás segura? —dijo con calma desde el otro extremo de la línea—. No es hasta abril. Esto te da tiempo de sobra para encontrar a alguien que cuide de tu madre y de Ben durante el fin de semana.
Royce quería llevarme a París. Yo quería que me llevaran a París. No había salido nunca de Escocia, y supongo que era como la mayoría de las personas de mi edad: quería ver algo del mundo que había más allá de donde me había criado.
Pero eso no iba a pasar.
—No confío en nadie para cuidarlos.
Menos mal que el suspiro de Royce no sonó exasperado y, con gran sorpresa mía, fue seguido de estas palabras: —Lo entiendo, nena. No te preocupes.
Seguía preocupada, claro.
—¿Seguro?
—No te preocupes más. —Royce se rio bajito—. No es el fin del mundo, Rose. Me gusta lo mucho que te importa tu familia. Es digno de admiración.
Un arrebato de acaloramiento y de placer me subió desde el pecho hasta las mejillas.
—¿En serio?
—Pues claro.
De momento no supe qué decir. Me tranquilizaba que él se tomara tan bien mi negativa, pero seguía ansiosa. Aunque ahora por otra razón. A cada día que pasaba sentía más cariño por Royce. Eso esperaba yo, al menos.
El pasado me había enseñado que la esperanza era una cosa demasiado frágil para aferrarse a ella.
—Rose.
Uy.
—Perdona. Estaba en la luna.
—Pensando en mí, espero.
Sonreí burlona y hablé con voz de arrullo. —Después de trabajar puedo ir a tu casa para compensarte.
La voz de Malcolm se volvió más grave. —Nada me apetece más.
Colgamos y miré el móvil en mi mano. Maldita sea. Yo estaba esperando. Esperando que esta vez funcionara de verdad.
—Según Edward, te tendí una emboscada.
Sorprendida, alcé la vista mientras guardaba el bolso en la taquilla. Era un viernes por la noche, y el bar estaba ya de bote en bote. Como había llegado tarde, no había tenido realmente tiempo de charlar con Bella y Alistair, que sustituía a Craig y ya se ocupaba de la barra. Aprovechando una especie de tregua, me había escabullido para beberme un zumo y coger un chicle del bolso.
—¿Cómo?
Bella estaba apoyada en la entrada del cuarto del personal, con la música del bar sonando con fuerza a su espalda. Su rostro reflejaba contrariedad.
—Le he contado a Edward lo que te dije ayer y dice que te tendí una emboscada.
Sonreí. —A lo mejor un poco.
—Me ha dicho que aún tengo mucho que aprender.
Eso se merecía arquear una ceja.
—Él también, por lo visto.
—Sí. —Bella soltó un resoplido—. Ahora luce un cardenal como mi puño en el brazo izquierdo. Idiota condescendiente. —Se encogió de hombros—. Aunque también a lo mejor, quizá... quién sabe si tiene algo de razón.
Parecía tan incómoda que resultaba casi gracioso.
—Bella, intentabas ser una buena amiga.
—Según Edward, debo ser sigilosa. Lo que conlleva no usar la palabra «puta» bajo ningún concepto.
Tuve un estremecimiento.
—Sí, no estaría mal.
Bella dio un paso hacia mí; toda la seguridad en sí misma parecía haberse esfumado.
—Anoche todo salió mal, ¿no?
—¿Significa esto por casualidad que no vas a meter más las narices en mis asuntos?
Bella emitió un bufido.
—Ni hablar.
—Bella...
—Solo voy a hacerlo mejor. Menos emboscadas, más acorralamientos.
Otra vez esa palabra.
—Mira, me parece que si quisieras ser «sigilosa», no me hablarías de tus intenciones para apartarme del «camino que lleva a la desgracia».
Bella cruzó los brazos y me miró con los ojos entrecerrados.
—Menos entrecomillados, guapa.
Levanté las manos en señal de capitulación.
—Era solo por decir algo.
—¡Señoras! —Alistair asomó la cabeza—. ¡Necesito ayuda!
Cogí el chicle y pasé junto a Bella rozándola. Se me escapó una sonrisa al imaginar lo que le preocupaba realmente.
—Oye, no estoy enfadada contigo. —Miré hacia atrás y vi que me seguía.
Ella asintió y se encogió ligeramente de hombros como si le diera igual cuando no era así. Por eso no estaba enfadada con ella. —Vale, guay.
Llegamos a la barra llena de clientes. —Entonces, ¿tú y Ben vendrán igualmente a cenar el domingo?
Le sonreí burlona pensando en la familia Masen y en el delicioso asado de Esme.
—No me perdería esta cena por nada.
La casa de los Masen era la clase de casa en la que me habría gustado que Ben y yo hubiéramos crecido. No por el hecho de que el magnífico piso estuviera en Stockbridge —aunque esto habría estado bien, sin duda— sino porque estaba lleno de calidez y de verdadera solidaridad familiar.
Esmerald Masen era la madre de Alice. Siendo joven, se había enamorado perdidamente del padre de Edward, Douglas Cullen, y se había quedado embarazada. Douglas había roto la relación pero había ofrecido ayuda económica y una indolente suplantación de identidad como padre. Edward había entrado en escena y se había hecho cargo de su hermanastra pequeña y había asumido el papel de papá joven/hermano mayor. Los dos estaban muy unidos... tanto que, de hecho, Edward tenía una relación más íntima con Esme y su esposo Carlisle que con su propia madre. En cuanto a Douglas, había muerto hacía unos años dejando dinero a Alice y sus negocios a Edward.
Alice tenía dos hermanastros divinos: Vanessa, un año y medio mayor que Ben, y Seth, de once años. Como es lógico, cuando yo llevaba a Ben a esas cenas los dos adolescentes tímidos casi no hablaban. Quien siempre acaparaba el tiempo de Ben era Seth, en todo caso, que tenía una amplia colección de videojuegos con los que ambos se volvían zombis.
Hace unos ocho meses, salí una noche con Bella y Alice. Al cabo de cinco minutos, tuve la clarísima sensación de que me acogían bajo su manto protector. Alice enseguida me invitó a su cena familiar del domingo (Bella sonreía con aire de complicidad cuando veía a alguien recibiendo el «tratamiento de Alice») insistiendo en que llevara conmigo a Ben. Tras dos meses eludiendo la invitación, llegué por fin a la conclusión de que seguir rechazándola me hacía sentir grosera. Por fin acabé yendo con Ben, y lo pasamos tan bien que en lo sucesivo asistimos a la cena dominical de los Masen siempre que nos fue posible.
Me encantaba porque era el único rato en que Ben y yo podíamos ser nosotros mismos. Al margen de lo que Bella hubiera contado a la pandilla del domingo, nunca nadie preguntó por mamá, y Ben y yo podíamos relajarnos unas horas a la semana. Además, Esme era la personificación de la madraza, y como mi hermano y yo no habíamos conocido eso, por una vez disfrutábamos de un trato cariñoso.
En la cena del domingo solían estar los Masen, Alice y su novio, Jasper, Edward y Bella.
Mientras aguardábamos a que la cena estuviera lista, yo solía juntarme con Vanessa. En cuanto al aspecto, Nessie era una versión reducida de su estupenda hermana mayor. Pero ella era alta para su edad, y si no estaba siguiendo los pasos de su hermana, ya habría llegado a su altura máxima de metro setenta y pico. Era de veras deslumbrante: pelo rubio corto, grandes ojos castaños aterciopelados que miraban desde debajo de un elegante flequillo, y rasgos finos entre los que se incluía un adorable mentón puntiagudo. Con un gran busto como nunca sería yo, lucía ya un escote muy decente y marcaba una bonita curva en las caderas. Con casi dieciséis años, parecía tener dieciocho, y si no hubiera sido por su timidez, seguramente habría habido chicos echando la puerta abajo y provocándole a Carlisle un fastidio interminable.
Yo era un ratón de biblioteca, pero Nessie, a quien le gustaba refugiarse en la literatura y los deberes escolares, me superaba. Lástima, pensaba yo, que no fuera más extrovertida, pues tenía una personalidad alucinante. Era más lista que el hambre, cariñosa, graciosa, algo más irritable que su hermana mayor. Me había acostumbrado a sentarme en su gran dormitorio, mirando en los montones de libros mientras ella me hablaba de todo y de nada.
—Este es bueno —señaló Nessie, y me volví desde la estantería y la vi alzando la vista desde el portátil. Por lo visto yo había hecho algo más interesante que sus amigos de Facebook.
—¿Este? —Agité ante ella el libro para adolescentes. La verdad es que yo no leía literatura juvenil, pero Bella se deshacía en elogios y decidí probar. Gracias a Nessie, mi bibliotecaria personal, me ahorraba una pasta.
Nessie asintió y sonrió, y se le formó un hoyuelo en la mejilla izquierda. Era una verdadera monada.
—Sale un tío atractivo.
Alcé una ceja.
—¿Edad?
—Veinticuatro.
Agradablemente sorprendida, sonreí y hojeé.
—Bien. ¿Quién iba a decir que la literatura adolescente llegaría a ser tan subida de tono?
—El personaje principal tiene dieciocho. Y no es soez ni nada.
—Bueno es saberlo. —Me levanté de mi postura arrodillada y me acerqué tranquilamente hasta la enorme cama y me dejé caer a su lado. —No me gustaría que corrompieras mi inocencia.
Nessie soltó una carcajada.
—Creo que eso ya lo ha hecho Royce.
Resoplé débilmente de regocijo.
—¿Qué sabes tú de esas cosas? ¿Ya te has fijado en un chico?
Como es natural, me esperaba que ella negara con la cabeza y frunciera el ceño como siempre que yo le hacía esta pregunta. Pero, oh, sorpresa, se ruborizó.
Interesante.
Me incorporé y le cogí el portátil y lo dejé sobre la cama para que me prestase toda la atención. —Cuéntamelo todo.
Nessie me dirigió una mirada sesgada.
—No se lo digas a nadie. Ni a Alice ni a Bella ni a mamá...
—Lo prometo —dije rápidamente sintiendo una andanada de emociones. Los primeros amores son excitantes.
Poniendo mala cara ante mi obvia anticipación, Vanessa meneó la cabeza.
—No es que salga con él.
Sonreí con aire burlón.
—¿Qué es, entonces?
Se encogió de hombros con gesto vacilante, los ojos de repente llenos de consternación.
—Yo no le gusto igual.
—¿A quién? ¿Cómo lo sabes?
—Es mayor.
Sentí una punzada en el estómago.
—¿Mayor?
Nessie debió de notar al tono de reproche en mi voz porque espantó mi inquietud con un gesto rápido de la mano. —Tiene dieciocho años. Está en último curso.
—¿Cómo os habéis conocido? —Aunque estaba dispuesta a ser amiga de Nessie, también quería detalles para decidir si había o no motivos de preocupación. Si hablábamos de chicos, Nessie tenía solo quince años, y yo no quería que nadie se aprovechase de ella.
Relajada, Nessie se volvió hacia mí, más cómoda al poder confiarme su historia.
—El año pasado, unos chicos empezaron a reírse de mí y de mis amigas. Cuando estábamos juntas, a nosotras realmente no nos molestaba. Se trataba solo de palabras, y ellos eran solo una panda de idiotas que hacían campana e intimidaban a los que querían ir a clase. —Puso los ojos en blanco ante la estupidez de los jóvenes de la especie humana—. En todo caso, un día del curso pasado perdí el autobús y eché a andar hacia casa. Me siguieron.
Agarré el edredón con los ojos como platos.
—¿Ellos...?
—No pasa nada —cortó para tranquilizarme—. Jacob los detuvo.
Apreté los labios mientras intentaba reprimir una sonrisa ante la bobalicona manera de pronunciar el nombre.
—¿Jacob?
Nessie asintió, ahora con una sonrisa algo más que tímida.
—Su padre es afroamericano, pero la familia de su madre es italoamericana con parientes en Escocia. Él es de Chicago, pero se mudó aquí el año pasado para vivir con sus tíos. Estaba con un par de amigos y vio que los otros me seguían y me hostigaban. Los ahuyentó, se presentó y me acompañó a casa aunque yo iba en dirección contraria a la suya.
De momento, bien.
Asentí animándola a continuar.
—Me dijo que cada vez que perdiera el autobús me acompañaría a casa. Entonces, una vez terminaban las clases, empezó a rondar por allí con sus amigos para ver si yo cogía el autobús. Las dos veces que lo perdí, cumplió su palabra y me acompañó.
¿Qué buscaba ese chico?
—¿Te ha pedido que salgas con él?
Nessie emitió un suspiro teatral.
—Aquí está la cosa. Lo único que hace es protegerme, como si yo fuera su hermanita o algo así.
Vale, a lo mejor es solo un buen chico.
—¿Es por tu timidez? ¿No hablas con él?
Nessie soltó una carcajada, un sonido adulto tan resabiado que tuve que recordarme a mí misma que estaba hablando con una adolescente.
—Esta es la cuestión. Yo me corto con otros chicos, y pensarás que con lo atractivo que es no soy capaz de decirle nada. Pero la verdad es que lo pone fácil. Es muy campechano.
—¿Cómo sabes que no le gustas?
Se mordió el labio mientras sus mejillas adquirían un rojo más intenso y parpadeaba y apartaba los ojos.
—Nessie...
—Quizá le he... beee... ao —susurró.
Me acerqué más sospechando que ya sabía la respuesta a mi siguiente pregunta.
—¿El qué?
—Quizá le he besado —respondió de mal humor y con las mejillas otra vez brillantes.
Sonreí con gesto burlón. Si se trataba de sus enamoramientos, la pequeña Nessie tenía la impulsividad de su hermana. Alice me había hablado de la noche en que se lanzó en brazos de Jasper. Jasper era el mejor amigo de Edward, y por respeto a este se distanció de Alice durante un tiempo. Alice no se lo puso fácil. —¿Cómo fue todo?
La frente de Nessie se arrugó mientras miraba al suelo.
—Él me devolvió el beso.
—¡Yupi! —Di un puñetazo al aire como una tonta.
—No. —Nessie negó con la cabeza—. Luego me apartó, no dijo una palabra y durante todo el mes ha estado evitándome.
Con un dolor en el pecho ante lo alicaída que estaba, le pasé el brazo alrededor de los hombros y la atraje hacia mí. —Nessie, eres bonita, y lista, y divertida, y habrá montones de chicos que no te apartarán.
Sabía lo vacías que eran mis palabras. No hay palabras que valgan para aliviar el dolor de un amor adolescente no correspondido, pero Nessie me abrazó también agradeciéndome igualmente el esfuerzo.
—¿Qué pasa? —Levantamos la cabeza al oír la preocupada voz de Alice, que estaba de pie en el umbral con los delgados brazos cruzados sobre el pecho y los arrugados ojos revelando inquietud. Llevaba el pelo negro mucho más corto que de costumbre. Después de la operación, durante unas semanas había llevado un pañuelo en la cabeza para tapar la parte del cuero cabelludo que había sido afeitada. Con el pelo ya crecido, se lo había cortado para parecer un elfo sexy, y ahora lo detestaba. Le llegaba al mentón y era tan überchic como el de Nessie.
Noté la tensión de Nessie, a todas luces temerosa de que yo contara el secreto de su enamoramiento del escurridizo Jacob. Me compadecí de ella. Él no parecía intrigante. Tenía que ser duro andar reprimida tras un misterioso y atractivo afroamericano, italoamericano o italoescocés sin que tu fastidiosa familia lo supiera todo al respecto.
—Solo estaba hablándole a Nessie de mi primer amor, John, y de cómo me rompió el corazón. Me estaba abrazando para mostrar su solidaridad.
Los dedos de Nessie me apretaron la cintura como dando las gracias mientras Alice se quedaba boquiabierta. —Nunca me has hablado de John.
Como no quería entrar en el asunto, me incorporé en la cama y me llevé a Vanessa conmigo. —En otro momento. El olor a comida sube por la escalera, lo que significa que pronto estará lista.
Alice pareció algo decepcionada al dejarnos salir. —¡Pues claro! Este mes tendremos una noche de chicas para hablar de nuestro primer amor.
—¿No estáis saliendo tú y Bella con los vuestros?
Se le dobló la boca hacia abajo en las comisuras. —¿Solo el tuyo, entonces?
Hice una mueca. —Será un rato divertido.
—Cada vez que andas con Nessie te vuelves un poco más sarcástica. Voy a prohibirte su compañía.
Nessie sonrió contenta ante la idea de que pudiera haber influido en mí, y yo no pude menos que reír, el pecho rebosando afecto.
—Solo caballos salvajes, Alice. Solo caballos salvajes.
En cuanto estuvimos sentados a la mesa, deambulo alrededor para asegurarse de que todos estábamos bien servidos.
—¿Seguro que no quieres más salsa, Rose? —preguntó, mientras el cuenco de la salsa rondaba en el aire precariamente sostenido por sus dedos.
Sonreí ante una patata y meneé la cabeza.
—Ben...
—No, gracias, señora Masen.
Al ver sus magníficos modales el corazón me dio un respingo, y le di un codazo cariñoso sonriéndole burlona. Ben me lanzó una mirada que decía claramente «qué idiota eres» y siguió comiendo.
—¿De qué estabais hablando tú y Nessie tanto rato en su habitación? — preguntó Esme mientras tomaba asiento en un extremo de la mesa. Carlisle se sentaba en el otro extremo. Alice, Jasper, Bella y Edward estaban delante de mí, y yo me ubicaba entre Ben y Nessie, con Seth al otro lado de Ben. Aunque Esme fingía no importarle demasiado lo que habíamos estado hablando, en realidad se moría de ganas de saberlo.
—De libros —contestamos Nessie y yo al unísono, por lo que Carlisle rio entre dientes.
—Supongo que no era de libros. —Jasper dirigió a Nessie una mirada de niño y ella se sonrojó. Estas chicas y su susceptibilidad ante un escocés pícaro... De repente me sentí afortunada de que Royce no fuera así en lo más mínimo. Todo el drama y la angustia... ¿Le gusto, no le gusto? ¿Está solo flirteando? ¡No, gracias!
—Qué astuta deducción, Jasper. —Edward torció la boca y tomó un sorbo de café.
Bella sonrió ante su tenedor.
Jasper lanzó una mirada imperturbable a su amigo por encima de la mesa.
—Creo que hemos de encontrar una expresión infantil para «a la mierda».
—¿A la tienda? —propuso Ben. —Exacto. —Jasper hizo un gesto con el tenedor—. Edward, a la tienda, sarcástico tabardo.
Alice soltó una risita. —¿Tabardo?
—Por no decir «bastardo» —señaló Nessie amablemente.
La risotada de Carlisle quedó interrumpida de golpe por el rebote indignado de Esme. —Vanessa Masen. —Tomó aire—. No vuelvas a pronunciar nunca esta palabra.
Nessie soltó un suspiro de resignación. —Es solo una palabra, mamá. Se refiere a una persona cuyos padres no estaban casados cuando nació. Solo convertimos la palabra en insultante al dar a entender que eso encierra algo moralmente malo. ¿Estás sugiriendo que tener un hijo fuera del matrimonio es moralmente inaceptable?
Se hizo el silencio en la mesa mientras todos mirábamos a Nessie con malicioso regocijo.
Esme emitió un pequeño resoplido para romper el silencio y se volvió hacia Carlisle fulminándolo con su penetrante mirada. —Di algo, Carlisle.
Carlisle hizo un gesto de asentimiento y se dirigió a su hija. —Creo que, a pesar de todo, deberías incorporarte al equipo de debate, cariño.
La sonora risotada de Edward fue el catalizador para el resto. Todos nos reímos y la mueca de Esme se desvaneció al tiempo que nuestro buen humor la envolvía. Suspiró cansada. —Seguramente es culpa mía por haber criado a una chica lista.
Más que lista. Nessie era una superestrella, y me alegraba de que estuviera rodeada de personas que le decían cada día lo especial que era.
Entablamos conversaciones separadas, y todo acabó siendo un parloteo. Yo estaba preguntando a Ben si había terminado su libro de cómics cuando Bella pronunció mi nombre.
La miré y vi que los ojos le bailaban traviesos. Me puse enseguida a la defensiva. —¿Sí?
Bella sonrió con descaro.
—Adivina quién estuvo en el bar anoche.
Lo de adivinar nombres siempre se me ha dado fatal.
—¿Quién?
—El tío bueno de la exposición de mierda.
—¿Tío bueno? —Edward interrumpió su conversación con Carlisle.
Bella puso los ojos en blanco. —Solo es un adjetivo y un nombre juntos, lo prometo.
—¿Qué tío bueno? —Alice miró a Bella más allá de Jasper, ignorando lo que su madre estuviera diciéndole.
—Estaba ese tío bueno... —Bella rectificó—. Quiero decir un tío al que se podría considerar o no ligeramente atractivo. Pero no lo digo yo, que no notaría el atractivo sexual de ningún hombre salvo el de mi maravilloso y, oh, guapísimo novio, que me llena de...
—Vale, vale, no hace falta exagerar. —Edward le dio un golpecito con el hombro y ella le hizo ojitos en señal de fingida inocencia antes de dirigirse nuevamente a Alice.
—En la cosa esa de la galería de arte, que tú te perdiste, estaba ese tipo que iba a repasando a Rose de arriba abajo. —La mirada de Bella recorrió la mesa y acabó posada en mí—. Pues resulta que Emmett buscaba trabajo y Rose le ha conseguido uno en el bar. Anoche le enseñé cómo funcionaba todo.
Bueno, había sido rápido. Sentía un nudo en el estómago ante la idea de tener que trabajar con Emmett, de verle otra vez.
—Es el novio de Chelsea. Me lo pidió ella como favor.
Bella asintió. —Él me lo explicó. Parece un tipo majo. —A nadie se le escapaba el entusiasmo en su voz, y yo supe exactamente qué se proponía. ¿Formaba eso parte del acorralamiento? ¿Jugar a casamentera con un tío al azar solo porque nos vio mirándonos? Eché la culpa a Alice. Había influido, sin duda.
—¿Debo preocuparme? —preguntó Edward a la mesa, y yo me eché a reír. Parte de la tensión iba disminuyendo.
Bella le hizo un gesto de rechazo como si la pregunta fuera idiota. —Solo estoy diciendo que nuestro compañero recién llegado es muy guay y que será bueno para Rose trabajar con alguien nuevo.
Alice frunció el ceño.
—¿Por qué hablas así?
—Está intentando liarme con Emmett pese a que tengo novio. Y él tiene novia. Pero es que además, cuando estuvimos hablando, Emmett me trató como una mierda. —Toma. Ya lo había dicho.
Edward juntó las cejas, y en los ojos le vi un destello oscuro que sin duda vería también en los de Jasper si me tomaba la molestia de mirar.
—¿De qué estás hablando?
—Sí. —Bella se inclinó hacia delante apoyada en los codos, pintada en la cara la frase «¿qué culo tengo que azotar?»—. ¿De qué estás hablando?
Me encogí de hombros, súbitamente incómoda por toda la atención que despertaba. Me hacía sentir especialmente mal lo tenso que se había puesto Ben.
Notaba en mí su mirada expectante. —No fue muy agradable, eso es todo.
—¿Y aun así le has conseguido un empleo? —preguntó Esme, a todas luces perpleja.
—Le hacía falta.
—Bueno, anoche parecía de lo más agradable y dijo estar agradecido por haberle dado su número a Su.
Ahora me tocaba a mí fruncir el ceño. —¿Ah, sí?
Bella asintió y se recostó en la silla. —A lo mejor lo malinterpretaste.
No, no había malinterpretado la actitud de Emmett, pero como ahora estaba acompañada por dos hombres sobreprotectores, un hermano pequeño sobreprotector y una amiga sobreprotectora, decidí que era mejor mostrarme de acuerdo.
—Sí, igual tienes razón.
Se hizo el silencio en la mesa durante un instante, y entonces...
—Es muy interesante —susurró Bella mientras masticaba un trozo de suculento pollo.
—¿Quién? —preguntó Alice.
—Emmett.
Edward se atragantó con un sorbo de café.
—Bella —refunfuñé—. Basta. Estoy saliendo con Royce.
—Ah, Bella está haciendo de casamentera. —Esme por fin lo pilló. Asentí, y ella arrugó la nariz ante Isabella—. No se te da muy bien.
Bella encajó la afrenta y se sorbió la nariz.
—Bueno, dame una oportunidad. Es mi primera vez.
Nessie rio entre dientes frente a un vaso de agua. —Eso es lo que tú dices.
Todos nos quedamos paralizados y entonces Jasper resopló y casi se ahoga de tanto reír. Y luego todos, tal cual, como fichas de dominó. Todos menos Esme, que se quedó reclinada en la silla con un semblante de absoluto desconcierto.
—¿Qué? ¿Qué me he perdido?
