Capítulo N° 7
Aunque estábamos a finales de febrero, apenas a un día de marzo, en Edimburgo hacía un frío que pelaba. El gélido aire marino subía presuroso hacia New Town, arremetiendo contra quienes desafortunadamente caminaban hacia el norte, sin protección de los edificios.
Royce y yo quedábamos fuera de los embates del glacial viento mientras paseábamos por George Street, entrando y saliendo de tiendas de ropa, y luego por Frederick Street y por la adoquinada Rose Street, una de mis zonas favoritas en Edimburgo, llena de restaurantes, pubs y boutiques. Almorzamos en un pub antes de continuar por Harvey Nichols, en St. Andrew Square.
—No, no, este es horrible —le dije a Royce a través de la cortina del probador. A estas alturas, ya me había probado al menos quince vestidos, y no nos poníamos de acuerdo en ninguno que nos gustara a los dos. Chelsea nos invitaba a cenar en el restaurante Martin Wishart, con sus estrellas Michelin y todo, y Royce insistía en comprarme algo nuevo para ponerme.
—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo? —dijo él, la voz más cerca de la cortina.
Me parecía increíble que Royce no estuviera ya más que harto, pero al parecer tenía bastante paciencia con las compras. De hecho, tuve el convencimiento de que incluso disfrutaba. O al menos disfrutaba mimándome demasiado... lo que era un verdadero placer.
Miré mi imagen en el espejo y torcí el gesto con desagrado. El vestido era tan transparente que casi se veían los pezones. Si a eso añadimos el hecho de que era corto y tenía una abertura en la espada, también podían haberme pegado en el pecho un papel que pusiera EN VENTA.
—Déjame ver.
—No. —Extendí el brazo para correr la cortina, pero llegué tarde.
Royce asomó la cabeza por la brecha abierta, y sus ojos oscuros brillaron maliciosamente mientras me recorrían de arriba abajo hasta acabar posados en mi pecho. La mirada pícara desapareció lentamente, y cuando volvió a mirarme a la cara tenía los ojos ardientes. —Si ahora mismo no estuviéramos en un probador...
Sentí una molestia en el vientre y pensé que igual era decepción. Imaginé que si hubiera sido el caso de Bella y Edward o de Jasper y Alice, estar en un probador habría dado igual. Edward y Jasper se habrían abalanzado sobre sus novias sin pensar en las consecuencias.
Ahuyenté esos pensamientos. Muy bien, Royce y yo no teníamos una relación apasionada y universal. Lo cual no quiere decir que no fuera fantástica.
Me obligué a mí misma a hacer una mueca de incredulidad. —¿Crees que esto es sexy?
—Para el dormitorio, sí.
—No creo que esta fuera la intención inicial.—Y bajé la vista al vestido con recelo.
—Pruébate el verde. Es del mismo color que esos preciosos ojos que tienes.
Apreté la boca a sus labios por el cumplido, y dejé que se descorriera la cortina y estuve otra vez sola en el cubículo.
El vestido recto verde era despampanante, desde luego.
Royce llamó a un taxi para ir a unos terrenos que quería visitar, y dio un rodeo para dejarme en casa. Él sabía que yo no le invitaría a entrar. Por otro lado, yo estaba ya lista para la cena con Emmtt y Chelsea del sábado. Bueno, lista al menos en cuanto a que tenía una armadura de diseño y a Royce para actuar como parachoques.
Esta noche, en el trabajo, ni Royce ni armadura de diseño.
Desprecié el sinfín de ruidos que empezaron a sonar en mi estómago ante la idea de trabajar con Emmett y todas las cosas que él podría decirme para dañar mí ya frágil ego.
Por lo visto, tenía que dejarme crecer una piel más gruesa.
Ya tenía un caleidoscopio de mariposas en el estómago cuando llegué al bar, y al entrar en la sala grande y ver a Emmett y Bella riéndose de algo mientras limpiaban vasos, las mariposas se me aglomeraron en el pecho y durante unos instantes me quedé sin respiración.
¿De qué iba todo eso?
Bajé las escaleras, pasé bajo el mostrador y entré en la barra, lanzándoles una sonrisa de hola antes de precipitarme al cuarto del personal. Dos segundos después, Bella estaba a mi espalda y la música empezó a atronar. Oí a Brian gritar a alguien que la bajara, y el volumen acabó en un nivel soportable.
—¿Qué pasa? Cuando has entrado parecía que te habías tragado un limón —señaló Bella.
Me quité la chaqueta con una sonrisita de complicidad.
—¿En serio? No me imagino por qué.
—Tienes miedo de que yo intente enrollarte con Em.
—¿Yo? No me imagino por qué.
Bella puso mala cara. —Vale, ya está bien de sarcasmo. Mira, no voy a hacerlo.
Me volví hacia ella al tiempo que me guardaba el móvil en el bolsillo de atrás. —¿Cómo es eso? ¿Dejas el papel de celestina antes de empezar?
Bella apretó la mandíbula un segundo antes de replicar. —Sí. Y es una promesa.
—¿Qué ha provocado este cambio de actitud? Y no estoy quejándome — me apresuré a decirle.
Totalmente inexpresiva y traumatizada, Alice me sostuvo la mirada de curiosidad. —Alice me hizo ver una adaptación de Emma, de Jane Austen, para enseñarme las normas de la alcahuetería. Después vino la superflua proyección de la película de adolescentes Fuera de onda, que casualmente está basada en la Emma de Austen. —Dejó que lo asimilara todo, instándome a todas luces a considerarlo tan horripilante como ella.
Intenté reprimir la risa. En serio.
Pero no con el suficiente empeño.
Eché hacia atrás la cabeza, que dio contra la taquilla en un ataque de risa tonta. No podía quitarme la imagen de la cabeza ni alcanzaba a entender lo seriamente que se había tomado Alice todo el asunto.
—Dios mío —decía yo entre jadeos—. Habrá sido doloroso para ti.
Le parpadeó en la cara una renovada aflicción, como si estuviera viviendo una escena retrospectiva. —Doloroso es poco. Hay algo peor que ver un drama romántico. ¿Sabes qué es?
—No.
—Analizarlo.
Y eso me hizo estallar otra vez.
—Ya está bien de reír. No tiene gracia.
—Oh, claro que tiene gracia. Te lo tienes bien merecido.
Bella resopló. —A lo mejor.
Una vez conseguí contener la risa, negué con la cabeza y me sequé las lágrimas.
—Todavía no entiendo por qué alguien que pone los ojos en blanco en las películas románticas escribe una novela románica.
Bella me fulminó con la mirada. —No es ningún rollo romántico. Es la historia de mis padres.
—Sí, tus padres, que tuvieron un idilio ardiente y apasionado.
Bella entrecerró los ojos peligrosamente. —No querrás que vuelva a ser la celestina.
Me estremecí. —Desde luego que no.
—Pues compórtate.
Ante su expresión beligerante, solté un bufido. A Bella le enfurecía que sus intentos por alejarme del "camino de la desgracia" hubieran resultado fallidos tan pronto.
—Mira, por si eso hace que te sientas mejor, Royce me importa de veras. Y ten por cierto que no estoy deprimida.
Se le oscurecieron un poco los ojos; cualquier resto de bromas entre nosotras desapareció de inmediato.
—Rose, lo que me preocupa es que tampoco eres feliz.
Volví a quedarme sin respiración por unos instantes. Miré más allá de su hombro la pared con el papel de nuestros turnos de la semana clavado en un tablón de anuncios lleno de notas del personal, recetas de cócteles y teléfonos de contacto. Cuando recuperé el aliento, arrastré la mirada de nuevo hacia la suya. —Sé que Royce me hará feliz.
Bella me lanzó una mirada que parecía encerrar un grito: ¿Hablas en serio?
—No pareces muy entusiasmada. En todo caso, lleváis juntos tres meses. Tiempo suficiente para que sepas si estás enamorada de él o no.
Cerré la portezuela de la taquilla de golpe y me dispuse a ir a la barra. Pensé en el probador de Harvey Nichols y me puse a la defensiva.
—Mira, no todas las relaciones son como la que tenéis tú y Edward o la de Alice y Jasper. No todas se basan en la adoración absoluta y el sexo apasionado. A veces las cosas son más lentas, seguras y afectuosas. Pero no por ello menos valiosas.
Bella pasó por mi lado con la nariz arrugada de irritación.
—¿Lento, seguro y afectuoso? No estamos hablando de un viejo con tacataca y una manta en el regazo. Sino de sexo y amor.
—¿Quién habla de sexo y amor? —La voz grave y áspera de Emmett tiró de mi bajo vientre.
Al ponerme detrás de la barra, no era capaz de mirarle.
Yo tenía la esperanza de que esas últimas veces en su compañía hubieran sido una anomalía, pero saltaba a la vista que no era así: cerca de él, mi cuerpo parecía vibrar y revitalizarse, y esa atracción ya empezaba a hacerme sentir culpable.
—Rose y yo —respondió Bella, aún con tono brusco. Se apoyó en el mostrador y me miró con una expresión inescrutable bajo la tenue luz.
Emmett levantó una ceja y me lanzó una mirada igualmente insondable. —¿Problemas de familia?
Como esta vez no aprecié desdén en su voz, meneé la cabeza y me digné a responderle. —No, no pasa nada. A Bella le ha dado uno de sus "ataques".
Bella refunfuñó en voz baja, pero los clientes empezaron a entrar, primero poco a poco y luego en masa, y pronto estuvimos demasiado ocupados para poder conversar.
Durante las dos primeras horas, de algún modo milagroso conseguí evitar a Emmett, que permaneció en un extremo de la barra. Yo trabajaba en el otro extremo y Bella en medio, y charlaba esporádicamente con ella sobre tonterías cada vez que estábamos lo bastante cerca para poder oírnos por encima de la música. Entraron Edward, Alice y Jasper, que ocuparon su mesa habitual justo delante de nosotros, para que Edward y Bella pudieran devorarse con los ojos. Por mi parte, fingí a la perfección que mi cuerpo entero no era consciente de todos y cada uno de los movimientos de Emmett, de todas y cada una de las sonrisas perversas que dirigía a una clienta atractiva, del modo en que sus vaqueros se le ceñían al delicioso culo cada vez que se inclinaba para coger algo, o de la camiseta que se le subía para mostrar unos tensos abdominales cuando alcanzaba una botella de Jack Daniel's.
Ahí debajo todo era puro músculo.
Me pregunté cómo sería tenerlo estirado y desnudo en la cama, el cuerpo duro y la piel dorada allí dispuestos para que yo los saboreara. Comenzaría con la atractiva V de sus caderas, lamiendo a lo largo, estampando húmedos besos en el esculpido torso, y luego jugueteando con sus pezones y sintiendo que se le ponía dura contra mí... —¡Rose!
Salí del ensueño dando una sacudida, y derramé el zumo de naranja que acababa de sacar de la nevera. Miré a Bella boquiabierta, con las mejillas coloradas de vergüenza. Ella me miraba con una sonrisa socarrona.
—Has desaparecido un minuto. ¿Adónde has ido?
El rojo de mis mejillas se intensificó y eché una mirada rápida a Emmett, que estaba ocupado sirviendo a un cliente. Menos mal que la escasa luz disimulaba mis mejillas rojo cereza, pero por desgracia Bella seguramente captó la turbación en mis ojos y el rápido y no tan furtivo vistazo que había dirigido a Emmett. Miró a Emmett, en la otra punta de la barra, y luego me miró a mí.
—Ah, vale. —Y sonrió abiertamente.
Gruñí para mis adentros y me volví para servir a mi cliente su Alabama Slammer.
Dos minutos después, la multitud del bar empezó a menguar. Yo ya estaba preparándome para aguantar las despiadadas burlas de Bella cuando la oí maldecir en voz baja.
La miré al punto, y le vi la mandíbula apretada y le seguí la mirada entrecerrada. Una morena con muchas curvas se había sentado junto a Edward y se había puesto a hablar con él. Edward parecía mostrarse solo educado, pero la chica se sentaba inquietantemente cerca. Me encontré con la mirada de Alice, en la que se leía "cuidado".
Bella tenía demasiado estilo para enzarzarse en una pelea a bolsazos, sobre todo con una tía que solo estaba sentada demasiado cerca de su novio. La chica debería...
Oh, no. La mano de la morena había ido a parar al muslo de Edward. —Vuelvo enseguida —farfulló Bella furiosa al pasar por mi lado.
Bella estaba demasiado ofuscada mientras salía de la barra, con su mirada fría y su furia creciente, para advertir que Edward ya había retirado la mano del muslo.
Me incliné con los codos apoyados en la barra, instalada para ver el espectáculo.
Lástima estar demasiado lejos para oír a Bella. Con sus palabras podía desollar vivo a alguien, y hacerlo con una gran dosis de aplomo. Siempre envidié su capacidad para enfrentarse a un agresor sin ponerse hecha un basilisco y hablar atropelladamente.
Se acercó un cliente a la barra, y de mala gana aparté la mirada de la escena.
Mientras servía el whisky al tío, el familiar y atractivo olor de Emmett se infiltró en mi sistema olfatorio y juraría que me tambaleé un poco.
Noté en el oído su cálido aliento y me temblaron los dedos al apartar la botella del vaso. Percibía el calor de su cuerpo en todo mi costado izquierdo, como si realmente estuviera arrimado a mí. —Lamento haber sido un gilipollas —murmuró con una voz grave que denotaba sinceridad.
La vibración de sus palabras en mi piel me bajó por la columna provocándome escalofríos. Me puso a cien. Solo conseguí reprimir un grito ahogado de sorpresa.
Desconcertada, me volví y vi que estaba ciertamente pegado a mí. Tardé un rato en asimilar su disculpa.
Emmett exhaló un suspiro, con la barbilla hundida de tal modo que nuestras respectivas narices casi se tocaban. Se me enredaron los ojos con los suyos y supe que no sería capaz de moverlos aunque quisiera.
—No te conozco —prosiguió él, buscándome el rostro con la mirada—. Y no tenía que haber imaginado tanto. —Esa mirada exploradora acabó por fin en mis labios, y cuando sus ojos se volvieron líquidos de tanto deseo sexual, entre mis piernas se despertó otra oleada de cosquilleos inesperados. Me lamí los labios preguntándome a qué sabría su boca, y se le entrecortó la respiración.
Emmett se apartó, con unos ojos recelosos al cruzarse con los míos. Vi la consternación que encerraban, y se me tensó todo el cuerpo. Emmett se sentía tan atraído hacia mí como yo hacia él, pero se resistía a aceptarlo.
¿Por qué? ¿Yo estaba por debajo?
Sentí una punzada de dolor en el pecho y aparté la mirada y la centré en la bebida que estaba preparando. Y como me había pasado la noche anterior sermoneando a mi hermano pequeño para que fuera noble, asentí. —Acepto las disculpas.
—Entonces, ¿por qué tienes que cuidar de tu hermano? ¿Dónde están tus padres?
Me di la vuelta y pasé rozando a Emmett para servir la copa al cliente. Cobré, abrí la caja registradora y devolví el cambio. Justo al volverme para responder a Emmett, entró otro cliente.
El bar se llenó otra vez, y Bella se metió dentro de la barra para echar una mano. Mientras yo atendía a un cliente, vi que Alice, Jasper y Edward se marchaban.
Dirigí a Bella una sonrisa burlona.
—¿Lo has echado?
Se encogió de hombros.
—Si va a atraer a tías buenas a quienes no importa si él tiene novia o no, pues, sí, lo he echado.
—¿Y si va a otro bar? Por ahí habrá más mujeres atractivas que quieran ligárselo.
—Ya, pero al menos no voy a verlo.
—Bien pensado —murmuré, y entonces vi a Emmett inclinado sobre la barra para que una mujer pudiera decirle algo al oído.
La inesperada explosión de celos que me atravesó por dentro cuando él se apartó y le sonrió con esa descarada petulancia sexual casi me tira al suelo.
¿Qué estaba haciendo yo? ¿Qué estaba haciendo mi cuerpo?
Salía con Royce. Era feliz con Royce.
Tras decidir que ya era hora de hacer una pausa, avisé a Bella y me escondí diez minutos en el cuarto del personal. Me regañé a mí misma un buen rato y conseguí poner mis cosas mentalmente en orden antes de volver al trabajo. En la barra había otro rato de calma; Bella y Emmett estaban apoyados en el mostrador, hablando. Aspiré hondo y resolví ser una adulta.
—¿Qué pasa? —pregunté de buen rollo mientras me acercaba.
Bella me dirigió una mirada sorprendentemente preocupada. —Emmett me ha preguntado por tu familia. Creía que tú ya le habías contado. Lo siento.
Di un respingo, y las náuseas posteriores me provocaron una sensación de picor. "Le había contado..."
Al darse cuenta de qué pensaba yo que quería decir ella, Bella se apresuró a aclarar el asunto. —Sobre la enfermedad de tu madre y que tienes que ocuparte de ella y de Ben.
Me invadió una inmediata oleada de alivio y solté un profundo suspiro. —Vale.
Por desgracia, me había delatado demasiado. Cuando me aventuré a mirar a Emmett, advertí que sus recelosos ojos pasaban de mí a Bella y viceversa. Acababa de abrir la boca probablemente para formular otra pregunta cuando Bella se le anticipó: —¿Y tú qué, Em? ¿Tu familia es de aquí?
Pese a tener aún juntas las cejas debido a la curiosidad, asintió. —Mis padres viven en las afueras de Edimburgo, en Longniddry.
Qué bien, pensé. Longniddry era un pueblo precioso situado junto al agua. Un lugar fantástico con playas agrestes y casas antiguas. Me pregunté cómo sería criarse en un sitio así.
—¿Hermanos o hermanas dominantes? —Bella proseguía con el interrogatorio—. ¿Accidentes de coche, drogadicciones, problemas médicos?
Reprimí un resoplido.
Emmett se encogió de hombros con gesto afable. —No que yo sepa.
Desconcertada, Bella lo miró suspicaz. —¿Estás diciéndome que eres un individuo equilibrado?
Emmett le dirigió su seductora sonrisa, y yo sucumbí a otra llamarada de atracción sexual. —Quiero pensar que sí.
Bella me miró como diciendo Bueno, al menos te tengo a ti antes de negar con la cabeza ante Emmett indicándole más o menos que le había decepcionado. —Y yo que creía que éramos amigos.
Emmett se echó a reír. —Si quieres, me invento un pasado trágico.
—También podrías sacar a la luz algún secreto familiar antiguo y sombrío que yo convertiría en un libro.
—Ya te diré algo. —Sonrió y acto seguido me miró con cuidado, bajando un poco las pestañas. Para ser un hombre, tenía unas pestañas tremendamente largas—. Cometí el error de decirle a Chelsea que tenía este sábado libre, y por lo visto ha reservado una mesa para cuatro en Martin Wishart.
Sí, seguro que lo que menos quieres tú es sentarte a comer conmigo.
—Ya me lo dijo Royce.
—Así que cenaremos juntos.
Bella se rio entre dientes, y al volverse para atender a un cliente dio un consejo bastante inútil: —Intentad no arrancaros el moño uno a otro.
Esbocé una sonrisa de complicidad, miré a Emmett e inmediatamente lamenté haberlo hecho. Daba la impresión de que Emmett intentaba descifrarme, como si yo fuera un puzle misterioso que él sintiera la atracción de resolver.
Ante su atención, mi cuerpo se encendía de placer, pero mi cerebro me gritaba que me alejara todo lo posible.
