Capitulo N° 20

―Hola, hermosa. —Una voz profunda y familiar hizo que levantara mi cabeza de la carta que estaba metiendo en un sobre.

Recibida por la visión de Royce, en la puerta de la zona de recepción del Sr. Meikle, sonreí. Mi corazón latió un poco más rápido mientras me devolvía la sonrisa afectuosa, todo perfecto e impecable en su traje de diseñador.

—Royce —respondí con gusto.

Sus ojos oscuros brillaron mientras caminaba casualmente hacia mí por la sala.

—Es bueno verte.

Me quedé congelada torpemente en mi lugar por un momento, mientras decidía lo que debía hacer, cómo debía saludarlo. Royce esperó al otro lado de mi escritorio, con las cejas levantadas en pregunta.

Después de ver su nombre en la hoja de citas de hoy, sentí que mi estómago comenzaba a dar volteretas. Estuvimos mandándonos mensajes de texto, pero esta sería la primera vez que nos veríamos en persona desde la ruptura. Ahora que estaba aquí, delante de mí, no sabía cómo reaccionar.

Riendo un poco de mi propio nerviosismo, me eché hacia atrás del escritorio y lo rodeé, con los brazos abiertos. De inmediato me atrajo en un fuerte abrazo que correspondí, sorprendida por lo contenta que estaba de verlo. Sin embargo, tuve que apartarlo, cuando sus manos empezaron a deslizarse lentamente por mi espalda. Mis mejillas estaban encendidas por la culpa de dejar que Royce se acercara lo suficiente como para tocarme de alguna manera remotamente más que amigable.

Habían pasado dos semanas desde el sábado con los padres de Emmett y habíamos estado saliendo por algo más de seis semanas. Seis semanas no sonaban como tanto tiempo, pero se sentía como desde siempre. Lo suficiente como para saber que este tipo de coqueteo con otro hombre molestaría a mi novio.

—Te ves bien. —Le di otra sonrisa rápida para cubrir mi abrupta partida del abrazo.

—Tú también. Supongo que, ¿estás bien?

Asentí, y me senté en mi silla, mirándolo con verdadero interés.

—¿Y tú?

—Sí. Estoy bien. Ya me conoces.

—¿Y cómo está tu soltera madre de un pequeñín?

Se rió secamente.

—Ah, terminamos. No encajábamos.

—Oh, siento escuchar eso.

—¿Y Emmett?

Mis mejillas se calentaron de nuevo y tuve que obligarme a mirarlo a los ojos.

—Está bien.

Royce frunció el ceño.

—¿Todavía cuidando de ti?

—Lo está.

—Bien. —Resopló suavemente entre sus labios, mirando a su alrededor, creo que tratando de parecer casual—. ¿Supongo que ha conocido a Ben y tu madre?

Mierda. Más culpa se apoderó de mí y me encontré atragantándome con la respuesta. De repente sentí pánico que si le decía la verdad, que Emmett sabía más de mi vida de lo que jamás le había dejado saber a Royce, le haría daño a este hombre, incluso más del que ya le hice.

Mi silencio ante la pregunta pareció dar mi respuesta. Sus ojos se apagaron mientras me miraba.

—Tomaré eso como un sí.

—¡Royce! —estalló el señor Meikle mientras abría la puerta de su oficina—. Rosalia no me dijo que habías llegado. Adelante, adelante.

Era la primera vez que había estado agradecida con mi áspero jefe. Me salvó de tener que responder a esa mirada herida en el rostro de Royce.

Durante todo el tiempo que Royce estuvo en la oficina de Meikle miré la puerta como un halcón, masticando mi labio, mi rodilla saltando arriba y abajo con ansiedad mientras esperaba que volviera a aparecer. Pasé veinte minutos preparándome para su reacción y, al final, salió por la puerta, me lanzó una sonrisa casual, y me dijo que hablaría conmigo pronto. Luego se fue.

Me marchité contra mi silla, la tensión drenándose de mi cuerpo.

—Rosalie.

Me di la vuelta, sorprendida no sólo de que el señor Meikle había dicho mi nombre correctamente, sino también porque lo había pronunciado en un tono que era mordaz, incluso para él. Estaba de pie en su puerta, con los ojos entrecerrados en mí, con una expresión casi de incredulidad.

—¿Señor?

—¿Tú rompiste con Royce King?

Mis uñas lastimaron un poco la palma de mis manos, por la inapropiada pregunta, mientras mi cerebro maldecía a Royce hasta el infierno.

—Señor.

—Chica tonta. —Negó con la cabeza, casi como si sintiera lástima por mí. Mi corazón empezó a latir con fuerza preparándose para el insulto que sabía iba a venir, mi sangre ya calentándose con ira—. Una chica con tus limitados talentos debería pensar más detenidamente en el futuro antes de tirar la oportunidad de apegarse a sí misma a un hombre rico como Royce King.

Su cruel ataque me llevó de nuevo al pasado.

¡Fuera de mi camino! —gritó papá, pateándome un poco, alcanzando mis nalgas con su bota de trabajo al pasar. Tropecé, la humillación y el dolor me hicieron girar y mirarlo en desafío. Su rostro se ensombreció y dio un amenazante paso hacia mí—. No me mires así. ¡Qué no lo hagas! No eres nada. Absolutamente sin valor.

El recuerdo, convocado por la condescendencia del señor Meikle, me inmovilizó en mi asiento. Mi piel se puso caliente con renovada humillación.

Es difícil de creer que no eres inútil cuando un padre pasa la mayor parte de tus años de formación diciéndote que no vales nada. Absolutamente nada. Sabía que llevaba eso conmigo. No se necesita ser un genio para entender por qué tenía esa baja autoestima, o por qué tenía muy poca fe en mí misma.

O por qué, probablemente nunca la tendría.

Sin embargo, había crecido tan acostumbrada a pensar de esa manera acerca de mí, que cuando otros lo pensaban también no me parecía mal. Aunque Bella había pasado los últimos meses tratando de hacerme ver que no era correcto, nunca realmente llegó a través de mí.

Hasta Emmett.

Él quería que me exigiera más de mí. Se enojó cuando no lo hice, y se ponía furioso cuando otras personas me menospreciaban. Me dijo de sutiles maneras, casi todos los días, que pensaba que yo era especial.

Minimizó mis inseguridades sobre mi inteligencia, mi personalidad, y aunque todavía estaban allí, habían sido suprimidas por su apoyo. Todos los días se fueron aplastando más y más en las cavernas de mis preocupaciones.

Emmett decía que yo era más. ¿Cómo se atreve alguien que no me conoce en absoluto a decirme que soy menos?

Me aparté de mi escritorio, mi silla chocó a toda velocidad con los archivadores metálicos detrás de mí.

—Renuncio.

El señor Meikle parpadeó rápidamente, el color de sus mejillas se profundizó a un color rosa rojizo.

—¿Perdón?

Frunciendo el ceño hacia él, saqué mi bolsa del piso y tiré mi chaqueta del perchero cerca de mi escritorio. De pie en la puerta del área de recepción, mantuve mis ojos en él con desafío mientras me ponía mi chaqueta.

—Dije, renuncio. Encuentre a otra persona para insultar con su lengua viperina, enano viejo fanfarrón.

Me di la vuelta con las piernas temblorosas y lo dejé escupiendo a mi rastro, mientras me apresuraba hacia la puerta, bajaba las escaleras y salía por la puerta principal. La adrenalina bombeaba a través de mí, mientas caminaba por la calle impulsada por la ira y la santurrona indignación.

El aire frío sopló a través de mi cabello y en mis mejillas hasta que el ímpetu comenzó a decaer y mi temblor aumentó.

Acabo de renunciar a mi trabajo.

El trabajo que Ben y yo necesitábamos.

El aliento salió disparado de mí y me tropecé contra una verja de hierro forjado, luchando por llevar aire a mis pulmones. ¿Qué íbamos a hacer?

No podíamos sobrevivir con el salario del bar, y los trabajos no eran precisamente fáciles de conseguir. Había un poco de dinero guardado, pero ese dinero era para Ben, no para gastarlo mientras trataba de encontrar un nuevo empleo.

—Oh, mierda —murmuré, con lágrimas pinchando las esquinas de mis ojos mientras me empujaba fuera de la verja, mirando hacia atrás el camino por el que había llegado. Podía sentir los ojos de los transeúntes en mi cara, a medida que sentían mi angustia y probablemente se preguntaban si necesitaba ayuda—. Tengo que volver. —Di dos pasos hacia la oficina, y luego me detuve, apretando los puños a los costados.

Me detuve por orgullo.

¿Yo? ¿Me detuve por orgullo?

Di un resoplido de risa histérica y me agarré el estómago, luchando contra el impulso de enfermarme.

No podía volver. Meikle ni siquiera me tomaría de vuelta después de lo que acababa de decirle.

—Oh, Dios. —Empujé una mano temblorosa por mi cabello, tragando tanto aire como podía.

Y entonces me di cuenta.

Esto era culpa de Emmett.

Mi atracción por él había causado que dejara a un tipo apuesto y rico, amable, que sabía que se preocupaba por mí. ¡Y ahora dejaba mi trabajo!

¿Y por qué? Porque Emmett era lo suficiente encantador para hacerme sentir especial, para hacerme sentir mejor conmigo misma. ¿Y qué hay de algo real? Y qué hay de decirme que me amaba, ¿eh?

Habían pasado sólo seis semanas, pero yo sabía que lo amaba. ¿No debería saber él que me amaba? No era que él no fuera capaz de hacerlo. ¡Jodidamente había amado a Heidi!

Más lágrimas temblaron en mis pestañas. Estaba arruinando mi vida por él. Tomando impulsivas y estúpidas decisiones que iban a destruir cualquier esperanza de un futuro financiero seguro para Ben.

Oh, dios… Ben.

Lo dejé acercarse a Ben también.

¿Quién hace eso?

¿Quién juega a la ruleta rusa no sólo con sus propias emociones sino con las de un condenado niño?

Tenía que hacer algo. Rápidamente. Necesitaba espacio. Tiempo para reevaluar antes de que fuera demasiado tarde.

Necesitaba ver a Emmett.

A pesar de mi alarmante paso, la distancia normal de cuarenta minutos que cubrí en veinticinco minutos seguía pareciendo una eternidad, y tuve que evitar caminar hasta el departamento de Bella en la Calle Dublín cuando la pasé. Tal vez hablar sobre esto con un amigo ayudaría, aclararía toda mi confusión, pero temía que Bella, quien era Team Emmett, sólo me convencería de que estaba siendo histérica.

Y tal vez lo era.

De hecho, en algún lugar en mi interior, estaba bastante segura que lo era, pero en este momento la ira y el pánico hacían caso omiso de la lógica.

Lógica que probablemente Bella habría utilizado para convencerme. Pero Bella se estaba escondiendo de Alice en este momento, porque Ali había exagerado con los planes para la fiesta de compromiso que se iba a llevar a cabo en dos semanas. Con su cerebro a punto de explotar a causa de Alice en modalidad de celebración, Bella me había dicho la otra noche en el trabajo que había llegado a no responder a su puerta durante el día.

¿Cinco semanas de planes para una fiesta? Si yo fuera Bella me habría escondido también.

Sin nadie que me hablara condescendientemente y con mis emociones disparándose por todo el lugar, irrumpí en mi edificio y subí pisando fuertemente las escaleras, sin aliento para el momento en que llegué al apartamento de Emmett. Puede que haya golpeado su puerta más fuerte de lo necesario.

—Jesucris… —interrumpió Emmett sus palabras en seco al verme cuando abrió la puerta para encontrarme ahí, despeinada y sin aliento—. ¿Rose? ¿Qué estás…? ¿Por qué no estás en el trabajo?

Mis ojos le dieron un vistazo completo. Estaba algo bien vestido para Emmett.

La camiseta Diesel que usaba parecía nueva y estaba un poco más ajustada que sus habituales camisetas, esculpiendo las esbeltas líneas de músculos en su firme cuerpo. Y, ¿esos eran jeans nuevos? Mis ojos cayeron a los Levi's negros y estaba casi aliviada de ver que estaba usando sus desgastadas botas negras de ingeniero. ¿Por qué estaba semi arreglado?

Se veía caliente.

Fue tan excitante cuando me miró con esos cálidos ojos azules, incluso cuando estaban preocupados y afectados como lo estaban ahora.

—¿Rose? —Salió de su apartamento, tratando de agarrarme. Quería inclinarme hacia él, dejarlo sostenerme, inhalarlo, sentir sus labios en mi piel. Quería eso para siempre.

¡No, maldición! Retrocedí, tomándolo por sorpresa. Necesitaba espacio.

Cada vez que estaba cerca de él, aturdía mi cerebro.

Él frunció el ceño, dejando caer su brazo.

—¿Qué está mal?

De pronto tuve unas ganas tremendas de llorar. Me mantuve a raya y miré a cualquier parte menos hacia él.

—Renuncié a mi trabajo.

Silencio cayó entre nosotros por un momento y luego él contestó:

—Eso es bueno.

Mi mirada lo atravesó hasta la pared detrás él.

—No. No es bueno. No es jodidamente bueno, Emmett.

—Está bien, nena, cálmate. Obviamente algo ha sucedido. —Suspiró profundamente y pasó una mano por su cabello—. Y estoy a punto de hacer que sea mejor o peor. Tengo que decirte algo.

Sacudiendo mi cabeza, di un paso hacia las escaleras que me llevarían a mi piso.

—No quiero saber. Emmett… —Respiré profundamente, buscando profundo en mi interior la fuerza que necesitaba para decirlo—. Necesito espacio para pensar.

Pareció aturdido, casi como si lo hubiera golpeado.

—¿Espacio?

Asentí, mordiéndome mi labio fuertemente.

Y entonces los ojos de Emmett se oscurecieron, toda su expresión cada vez más tensa con la ira surgiendo. Comencé a carcomer mi labio cuando dio un paso amenazante hacia mí.

—¿Espacio de mí?

Asentí.

—A la mierda con eso —gruñó, sus manos extendidas para alcanzarme antes de retirarlas con moderación—. ¿Qué demonios pasó hoy?

—Tú pasaste —respondí tan tranquila como pude.

Sus ojos sólo ardieron más azulados. Aparentemente el estar tranquila sólo exacerbaba su ira.

—¿Yo?

—Sigo tomando éstas decisiones precipitadas y siendo completamente egoísta y eso no es justo para Ben.

Emmett arrugó la cara.

—¿Decisiones precipitadas? ¿Soy una puta decisión precipitada? ¿Es eso lo que estás diciendo?

—¡No! —exclamé, horrorizada por el dolor en sus ojos—. No. No lo sé. — Alcé las manos, tan confundida que quería que el suelo se abriera y me tragara entera—. ¿Lo eres? ¿Lo somos? Quiero decir, ¿qué estamos haciendo aquí? Sigo esperando…

—¿Esperando qué?

—Que simplemente te despiertes un día, te des cuenta que estás muy aburrido, y lo termines.

Un silencio muy tenso cayó entre nosotros otra vez, lo contemplé con creciente nerviosismo mientras Emmett luchaba para controlar su frustración.

Finalmente encontró mi mirada y preguntó en voz baja: —¿Alguna vez te he dado esa impresión? ¿Qué sólo estoy jugando? Te llevé a conocer a mis padres, por el amor de Cristo, sin mencionar lo que he hecho hoy mismo. Esa mierda está en tu cabeza y yo no la puse ahí, así que, ¿qué está pasando?

Alcé mis manos nuevamente, con las lágrimas brillando en mis ojos.

—No lo sé. Renuncié a mi trabajo y enojarme conmigo no me llevó a ningún lugar, ¡así que tenía que estar enojada contigo! Y estoy en mi período, por lo que podría estar un poquito emocional. —Absorbí mis lágrimas.

Sus labios se estremecieron ahora, con la ira aflojándose de su expresión.

—¡No es divertido! —Pisoteé con mi pie como una niña malhumorada.

Con un gruñido, Emmett respondió arrastrándome de las escaleras a sus brazos. Automáticamente envolví mis brazos a su alrededor y enterré mi ardiente cara en su cuello.

—¿No más charlas sobre necesitar espacio? —preguntó con voz ronca, su cálido aliento en mi oído.

Asentí en acuerdo y sus brazos se apretaron.

—¿Por qué renunciaste?

Me aparté y él me estabilizó sobre mis pies, aunque no me soltó. Ahora que estaba tan cerca de él tampoco quería soltarlo.

Jesús, yo era un verdadero desastre.

—Averiguó que terminé con Royce y me dijo cosas horribles.

El rostro de Emmett se ensombreció.

—¿Qué cosas horribles?

Me encogí de hombros.

—Básicamente dijo que era estúpida por dejar a un hombre rico cuando eso era como lo mejor que conseguiría en mi vida.

—Voy a matarlo. Primero, vas a denunciarlo por falta de ética laboral, y luego voy a matarlo.

—No quiero tener nada más que ver con él.

—Rose, cruzó la línea.

—Sí, lo hizo. Pero no tengo tiempo de sobra para pasar por el embrollo de llevarlo ante algún tipo de mísera justicia. Tengo que encontrar un trabajo.

—Edward.

—Nop. —Apreté los labios.

Emmett sacudió su cabeza.

—Eres tan malditamente terca. —Y entonces besó mi apretada boca, sus labios suaves al principio y luego presionando más fuerte, provocándome profundamente en su demanda por más.

Cuando finalmente me soltó para respirar, su expresión era casi dolorosa.

—No me hagas esto otra vez, ¿de acuerdo?

Sintiéndome avergonzada por mi comportamiento, y prometiendo estar absolutamente segura de una decisión antes tirar algo tan importante como una ruptura sobre Emmett, presioné otro beso en sus labios, con mis manos ahuecando sus rasposas mejillas tiernamente, esperando que entendiera más en ese beso lo que estaba tratando de decir.

—Lo siento —susurré.

—Estás perdonada. —Él apretó mi cintura.

Alisando con mis manos su camiseta nueva, fruncí mis cejas en reflexión.

—¿Por qué estás arreglado? Y, ¿qué quisiste decir con "sin mencionar lo que he hecho hoy mismo"?

—Ah. —Emmett me apartó un poco—. Hay alguien aquí que quiere verte.