Capitulo N° 22

Ben ya había recibido el resumen completo sobre el tío Eleazar. Había tenido sólo tres años cuando Eleazar se fue, así que no lo recordaba, pero él pareció estar bien acerca de conocerlo, habiendo aprendido lo suficiente de mí durante años para saber que una vez había pensado que el hombre caminaba sobre el agua.

Decirle a mamá había sido una historia diferente. De hecho, había temido decirle, aterrada de que la noticia fuera un detonante. Para mi sorpresa, ella aceptó la noticia con calma y accedió a salir y hablar con Eleazar cuando llegara. Creí que incluso la había oído tomar una ducha mientras revisaba los sitios de trabajo en la computadora de Ben.

Para cuando Ben llegó a casa de la escuela, mis manos sudaban. Mamá había estado tranquila antes, pero eso podría cambiar cuando pusiera sus ojos en Eleazar. El golpe en la puerta hizo que mi corazón diera un vuelco. No sé por qué la gente describe eso en las novelas románticas como si fuera algo bueno.

Cuando tu corazón da un vuelco te deja sin aliento, te sientes un poco mal, y definitivamente fuera de sí.

—Lo lograron. —Extendí mis labios en una débil sonrisa mientras abría la puerta al tío Eleazar y Victoria.

Victoria se echó a reír.

—¿Estamos tan mal?

—No, no, no. —Me apresuré a tranquilizarlos, haciéndome a un lado para dejarlos entrar.

—No somos nosotros por los que está preocupada —murmuró Eleazar para ella, y le lancé una sonrisa conocedora pero desgastada por encima de mi hombro mientras los conducía a la sala de estar.

—Sólo quítense sus abrigos. Siéntanse como en su casa. ¿Puedo traerles un té o café? ¿Agua, jugo?

—Café —respondieron al unísono.

Asentí, llena de energía nerviosa.

—Ningún problema.

Pero la aparición de Ben en la puerta me detuvo en seco. Puse mi brazo alrededor de sus hombros y lo conduje hacia Eleazar y Victoria.

—Ben, este es Eleazar y su hija, Victoria.

Eleazar sonrió y le tendió la mano. Ben la tomó vacilante.

—Encantado de conocerlos —murmuró él, dejando que su cabello colgara en sus ojos para así no tener que verlos directamente.

—A ti también. Jesús, eres la viva imagen de tu padre cuando tenía tu edad.

—No es para nada como papá —dije secamente.

Las cejas de Victoria se elevaron y lanzó una mirada a su padre antes de que dijera en modo amonestador:

—Bien hecho, papá.

Viéndose incómodo, Eleazar suspiró.

—No quise decirlo de esa manera.

Así se hace, Rose.

—Lo sé. —Lo desestimé, sintiéndome mal por mi mordacidad—. Soy un poco sensible en torno a ese tema.

—Entendido.

—Ben, soy Victoria. —Ella estiró su mano y los pómulos de Ben se sonrojaron un poco mientras se estrechaban manos—. Es un placer conocerte. —Ella miró alrededor de la sala de estar, con los ojos llenos de aprobación—. Ustedes tienen un lugar muy agradable.

—Rose hace toda la decoración. —Ben me sorprendió cuando le informó sobre eso casi con entusiasmo—. El papel tapiz, pintura, lijado… todo.

—Estoy impresionado.

Sentí los ojos sonrientes de tío Eleazar sobre mí.

—Toda mi enseñanza se quedó contigo, ¿eh?

Avergonzada, me encogí de hombros.

—Me gusta la decoración.

—Sí, lo sabemos. —La voz de mamá me había quitado el aliento mientras todos nos volvimos para verla arrastrarse dentro de la sala de estar—. Lo haces lo suficientemente a menudo. —Ben y yo intercambiamos miradas, totalmente sorprendidos por su apariencia. No sólo se había duchado; se había arreglado. Llevaba el cabello cuidadosamente liso, tenía un poco de maquillaje puesto y llevaba un par de jeans que se veían sueltos sobre su frágil cuerpo, y una camisa de seda negra que le había comprado para Navidad, aunque nunca pensé que la usaría. Para nosotros se veía mejor de lo que lo había hecho en mucho tiempo, pero cuando miré hacia atrás a tío Eleazar pude ver el impacto en sus ojos por su apariencia.

Él dio un paso por delante de nosotros y se abalanzó sobre mamá, quien le dio una pequeña sonrisa.

—Lilian. Es bueno verte.

Ella asintió, su boca temblando un poco.

—Ha pasado un largo tiempo, Eleazar.

—Sí.

—Te ves casi igual.

—Tú no, querida —respondió él en voz baja, con algo parecido a angustia en su voz.

Mamá se encogió de hombros en un gesto de resignación.

—Hice lo que pude.

El tío Eleazar no dijo nada, pero pude ver por la postura rígida de su mandíbula que no creía que hubiera hecho lo suficiente. Nosotros estaríamos de acuerdo en eso.

—Papá. —Victoria se movió a su lado, tomando su mano para tranquilizarlo, y sentí el último de mi resentimiento hacia ella desaparecer. ¿Cómo iba a resentirme con alguien que tan obviamente adoraba a Eleazar?

El tío Eleazar apretó su mano alrededor de su hija.

—Lilian, esta es mi niña, Victoria.

Y justo así, todo se fue al trasto.

Mamá frunció los labios mientras sus ojos se desviaban sobre Victoria.

—Sí, se parece a esa cosa americana con la que tenías algo.

Apreté los ojos ya cerrados, mortificada, y oí el gemido de Ben a mi lado.

—Lilian —la reprendió Eleazar.

—Papá, no importa.

—Pfft. —Mamá miró más allá de ella hacia mí—. Me dijiste que sería sólo él. Voy a volver a la cama. Llévame algo de cenar más tarde.

Asentí, mis músculos tensos mientras esperábamos a que se fuera. Cuando cerró la puerta del dormitorio de golpe, suspiré.

—Lo siento, tío Eleazar. Eso es casi lo mejor que se puede obtener de ella. Victoria, lo siento…

—Olvídalo. —Victoria lo desestimó—. No es un problema.

—No puedo creer que sea la misma mujer. —Eleazar sacudió la cabeza mientras caminaba por la habitación para tomar asiento, su cuerpo pareciendo pesado por la impresión—. Simplemente no puedo creerlo.

Pensé en cómo mamá en realidad se había comportado bastante bien, al menos hasta que vio a Victoria, pero no quería decirle eso a Eleazar.

—Créelo.

Al igual que una tortuga que asoma la cabeza por un poco de sol, sólo para descubrir que está lloviendo, mamá se retiró de nuevo en su caparazón aún peor que antes. Rara vez salía de su habitación, una caja de alcohol fue entregada a la casa, y la única manera que sabía que estaba viva era que la comida para ella iba desapareciendo. Cada vez que llamé para ver cómo estaba, me gruñía para que me fuera. Quería que fuera blanco y negro. Quería odiarla por golpear a Ben, y que no me importara una mierda si vivía o moría, pero encontré que no podía abandonarla por completo.

Emmett me dijo que llegaba un momento en que tenemos que dejar que algunas personas se fueran. No había ayuda para ellos, e intentar ayudar sería simplemente embrollarse con ellos. Era más fácil decirlo que hacerlo. A pesar de todos nuestros encuentros desagradables, era mi madre y había una parte de mí que quería que se preocupara más por nosotros de lo que lo hace sobre sí misma. Sabía que tenía que dejar que se vaya. Lo sabía. Por Ben y también por mí. Cuando llegara el momento de dejarla, lo haría. Pero llevaría la culpa conmigo.

Tío Eleazar había dicho que quería pasar tanto tiempo conmigo como fuera posible y no había mentido.

Ese sábado Ben, Emmett, Victoria, Eleazar y yo nos encontramos en el Grassmarket para un almuerzo en un pub. Me enteré de que Victoria había sido una bibliotecaria en los Estados Unidos, pero al igual que Emmett, había quedado desempleada debido a cuestiones presupuestarias. Victoria era cálida y divertida, y era muy difícil que no te gustara, y pude imaginar que se llevaría bien tanto con Bella como con Alice.

El almuerzo fue divertido y me di cuenta de que Eleazar aprobaba la estrecha amistad entre Ben y Emmett, mientras me lanzaba miradas que decían cuánto. Dimos un paseo por las ocupadas calles primaverales de la ciudad, vagando por la Calle Victoria hasta el puente George IV, y luego llevando a Victoria por la Royal Mile. Tomé algunas fotografías de ella y Eleazar parados en la Mile y más a medida que paseábamos hacia New Town. Caminamos a lo largo de Princes Street Gardens y tomé unas fotos de ellos juntos por la Fuente de Ross con el Castillo de Edimburgo por encima en el fondo. Fue un buen día, un día de relajación, y mientras caminaba detrás de ellos, con el brazo de Emmett alrededor de mi cintura, me olvidé de todas mis preocupaciones por un momento.

El domingo, Esme estaba en su elemento. Después de haber escuchado a Alice sobre el Tío Eleazar y Victoria, los había invitado a almorzar. Cuando llegamos, descubrimos que Esme había encontrado una segunda mesa en algún lugar y la colocó al final de la que ya estaba allí. Su casa se llenó de conversación y risa mientras todos charlaban, para conocerse. Vi a Victoria y sentí un nudo en la garganta al ver la alegría en su rostro, el rubor en sus mejillas, y la chispa en sus ojos. Alice se había abalanzado sobre ella casi inmediatamente y me di cuenta que ya se habían pegado la una a la otra. Alice tenía una manera de hacer eso con la gente.

Sentada en la mesa junto a Bella, me dio un codazo y se inclinó para susurrarme:

—¿Alguna vez pensaste que serías parte de algo como esto?

Miré a mi alrededor a todas las caras, mis ojos parando en Emmett, quien estaba riendo sobre algo que Edward había dicho. Me volví hacia ella, sacudiendo la cabeza.

—Nunca ni en un millón de años.

Ella sonrió, y me sorprendió la emoción en sus ojos cuando bajó la mirada al simple diamante en el anillo de compromiso en su dedo.

—Yo tampoco.

—¿Estás bien?

Bella asintió.

—Más que bien.

Le sonreí y estaba a punto de gastarle una broma para borrar tanta seriedad cuando Edward llamó:

—¿Rose, necesitas un trabajo?

Puse mis ojos en blanco y disparé a Emmett una mirada impaciente.

—Iba a preguntarle.

—Bueno, te estabas tomando tu tiempo.

Suspirando, asentí a Edward, mis mejillas se ruborizaron por tener que pedir algo así.

—Si tienes un puesto a tiempo parcial disponible, te lo agradecería.

Sus intensos ojos verdes buscaron los míos y me sentí vulnerable bajo su escrutinio. Edward tenía una manera de despojar a una persona, como si pudiera ver en lo más profundo de ellos. No sabía cómo Bella había resistido tanto tiempo antes de finalmente rendirse a sus sentimientos por él.

Seguramente él lo había sabido todo el tiempo.

—Rose, ven a nosotros siempre que necesites, por favor.

Tragué saliva, pero logré asentir.

—Voy a preparar algo mañana, para ver si podemos hacerte empezar el martes.

—Gracias —susurré agradecida.

Cuando la conversación se reanudó una vez más, Bella se rió por lo bajo.

—Da miedo, ¿verdad?

—¿Edward?

—Sí. Él ve más que la mayoría de la gente. —Ella me miró con atención—. ¿Pasa algo contigo que no sepamos? ¿Estás bien con Emmett?

Pensé en todas mis inseguridades y la lucha que estaba teniendo con ellas casi al diario.

—Sólo familiarizándonos entre sí.

—Claro. Bueno, creo que él es bastante genial. Es decir, antes de que lo conocieras nunca habrías aceptado un empleo de Edward.

—Sí, no me lo restriegues.

—Jesús, mujer, no creía que nadie fuera tan orgullosa o tan testaruda como yo.

—Bueno, te equivocaste —respondí secamente.

Bella se echó a reír.

—Sí, y ahora tienes tu propio hombre de las cavernas para… sacudir un poco de esa terquedad.

Sentí que mis mejillas se calentaban con la idea de Emmett sacudiendo mi terquedad esta noche. Venían buenos tiempos.

Bella resopló.

—Conserva ese pensamiento para ti misma.