Capitulo N° 23
Hay momentos en la vida cuando hay tanto por hacer que sientes como si ni siquiera tienes la oportunidad de tomar un respiro. Te levantas, te duchas y viste, el día es un borrón de eventos, trabajo, actividades, tareas, y luego antes de que lo sepas, tu cuerpo exhausto se está fundiendo contra la almohada y el colchón. Entonces, en lo que se siente como dos segundos después, tus ojos se ven obligados a abrirse ante el sonido de la alarma del reloj. Así es como fue mi vida durante las siguientes semanas. Porque no había mucho que hacer, me dejo llevar por mi neurosis por una noche y me quedo en la cama de Emmett hasta la mañana. Fue el miércoles tras el fin de semana con Eleazar y Victoria. Tan pronto como sonó el despertador, me quejé, empujé las mantas a un lado, y salté de la cama.
Al parecer, Emmett encontró mi manera de salir de la cama muy divertida. Vi sus hombros desnudos sacudiéndose mientras apretaba la cara contra la almohada.
Mis párpados pesados y la anticipación nerviosa de mi segundo día de trabajo en Douglas Cullen & Co no se había sumado a una gran cantidad de paciencia.
—No es tan divertido.
Emmett sacó su somnolienta y sonriente cara de la almohada.
—Nena, eres muy graciosa —dijo con su voz sexy, somnolienta y rasposa. Quería sumergirme de nuevo bajo las sábanas con él, pero tenía que prepararme para trabajar.
—Si no salto de la cama de inmediato, me caería de nuevo dormida. Lo que estás haciendo… yo no puedo hacerlo.
Se levantó para mirarme, la ternura en sus ojos deteniéndome en seco.
—Eres jodidamente adorable. Ya lo sabes, ¿verdad?
Su capacidad de hacer que me sonroje era ridícula. Nadie se había metido bajo mi piel como él lo hizo, o me hacía sentir menos como yo y aún más como yo misma. Miré hacia otro lado mientras vagaba fuera de la habitación al baño.
—Voy a ser más adorable después.
Esa fue lo conversación más de uno-a-uno que tuvimos entre sí en las siguientes dos semanas. En esa primera semana ambos habíamos empezado en nuestros nuevos puestos de trabajo (bueno, Emmett había empezado de nuevo en su antiguo puesto de trabajo), Eleazar y Victoria nos invitaron a cenar, vinieron al piso de Emmett para la cena, nos llevaron a los tres al cine, pasaron tiempo a solas conmigo y Ben, mientras Emmett se juntaba con Peetie y James, y generalmente se reunieron con nosotros tanto tiempo como pudieron. De buen agrado pasé tiempo con ellos, sin saber cuándo estarían regresando a los Estados Unidos. No me podía imaginar lo caro que era su factura del hotel en el Caledonian. Eleazar dijo que Carmen había heredado dinero de su abuela —parte de la discordia entre Carmen y su familia— y que ella había dejado ese dinero a Eleazar y Victoria cuando ella falleció. No era algo de dinero "para siempre," y el viaje a Escocia estaba comiéndose gran parte de él. Conocía a Eleazar lo suficientemente bien como para saber que no le gustaría seguir desperdiciando su dinero en facturas de hotel.
Por mucho que encontré a Victoria fácil de llevar, era la compañía de Eleazar que yo anhelaba. Como un verdadero padre, se negaba a dejarme pagar por nada, me dio consejos paternales, y se burló de mí sin piedad, justo como lo había hecho cuando era una niña. Estar cerca de él trajo de vuelta esa sensación de seguridad, y de ser aceptada por quién era.
También examinó todo el trabajo que había hecho en el piso y volvió a insistir en lo que Emmett había dicho con respecto a que tenía talento para ello. Nunca me había dicho nadie que tenía un talento para algo y ahora dos de los hombres más importantes de mi vida insistía en que lo tenía.
Era muy jodidamente brillante.
Durante la segunda semana vi menos a Eleazar y Victoria. Él había decidido que quería que ella viera un poco de su patrimonio, y por eso les había reservado en una posada en Loch Lomond y habían desaparecido por unos días. Eso dejó que me centrara en conseguir el truco en mi nuevo trabajo. No fue demasiado difícil. Edward me había establecido con un administrador y ayudaba en la recepción también. Era un lugar mucho más animado para trabajar, con agentes inmobiliarios en una habitación y administradores en otro. Todo el mundo estaba siempre yendo y viniendo, y había un número de jóvenes, chicos guapos que trabajaban como agentes inmobiliarios y les gustaba coquetear con el personal de administración.
La reacción a mi llegada había sido casi cómica. ¡Un nuevo juguete para jugar! Excepto que mi interior coqueto había perdido mucho de su estilo desde que conoció a Emmett. Sí, podía sonreír y bromear con el mejor de ellos, pero la pasión que se vislumbraba en mis ojos y las promesas de mi sonrisa burlona habían desaparecido. Ya no estaba constantemente en busca de un plan de respaldo. No quiero un plan de respaldo. Todo lo que quería lo tenía, en un correcto, molesto, algo arrogante, amable, divertido, paciente, hombre tatuado.
Como estaba trabajando lunes, martes y miércoles en la agencia inmobiliaria y trabajando mi habitual martes, jueves y viernes por la noche en el bar, vi a Emmett muy poco, ya que él había empezado un nuevo proyecto en el trabajo que se estaba comiendo toda su reserva de tiempo. Había regresado a las clases de judo en la tarde, y así lo veía cuando aparecía en el piso para recoger a Ben para la clase. Yo había ido hasta él en la noche del martes, pero se había quedado dormido en la parte superior de su escritorio de dibujo para el momento en que había llegado allí. Tuve que despertarlo suavemente y asegurarme que llegara a su cama. Él envolvió un brazo sorprendentemente fuerte alrededor de mi cintura y me arrojó sobre la cama con él. Lo dejé hacerlo, disfrutando de estar cerca de él, aunque estaba inconsciente. Cuando su brazo se relajó, me las arreglé para salirme sin despertarlo.
Para cuando llegó el sábado, le echaba de menos. No quería ser esa clase de chica necesitada, empalagosa y no había pensado que lo era. Pero echaba de menos no verlo tan a menudo, y estaba acostumbrada a pasar tiempo juntos hablando y riendo, sentados en un cómodo silencio, o teniendo el sexo más increíble que hay.
Sólo había pasado una semana.
Cristo, era adicta.
Ese sábado era la noche de la fiesta de compromiso de Bella y Edward, y como yo había limpiado mi armario con la venta de la mayoría de mis bonitos vestidos en eBay, me iba a comprar un vestido nuevo con mi nuevo presupuesto, más reducido.
Para mi sorpresa, Emmett se ofreció a acompañarme. Se hizo evidente muy rápidamente que él odiaba ir de compras.
—¿Por qué has venido? —le pregunté, riendo cuando lo encontré meditando en la esquina de Topshop.
De inmediato tomó mi mano y me sacó fuera de la tienda.
—Porque te extraño —me dijo, completamente imperturbable ante la confesión—. Si tengo que soportar esto para pasar tiempo contigo, entonces que así sea.
Decidiendo que su valor merecía un beso, le planté uno muy caliente justo en el medio de la Calle Princess.
Cuando sus brazos se envolvieron firmemente alrededor de mí, sosteniéndome tan cerca como pude llegar, decidí que podría haber sido una mala idea. En el momento en que nos apartamos, escuchando los silbidos inmaduros de un grupo de niños pre-púberes insistiéndonos en que ¡consigamos una habitación!, nuestra piel estaba ardiendo. No habíamos tenido relaciones sexuales en una semana. Ése era un récord para nosotros. Un período de sequía que ambos queríamos al parecer poner fin, y pronto.
Ahora no era el momento.
—Esta noche —susurré contra su boca y de mala gana le dejé ir.
Traté de no hacerlo pasar por la tortura de comprar durante demasiado tiempo. Entramos en una de mis mejores tiendas favoritas en la Calle Castle, Emmett quejándose en voz alta acerca de la música pop a todo volumen del sistema de sonido, ya que era tan ensordecedora que era casi imposible escucharse los unos a los otros, mientras yo agarraba un montón de vestidos para probar. La señora en la entrada de la sala de probadores trató de detenerme de llevar a Emmett conmigo, pero la convencí, explicando que necesitaba el consejo de mi novio ya que era una noche muy especial, guiño, guiño. Ella podía tomar ese guiño, guiño de cualquier forma que quisiera, y lo hizo, con una sonrisa y dejándonos pasar. Para mi deleite, encontré la gran habitación de probadores vacía y tiré todos los vestidos en su interior. Señalé el taburete fuera de la cortina.
—Tú te puedes sentar allí.
Emmett suspiró y encorvó su cuerpo alto en el taburete. Cuando le sonreí, sus labios temblaron.
—Es la primera vez que realmente te escucho llamarme tu novio.
Arrugué la cara en señal de protesta.
—Uh-uh.
—Mmm-hmm.
—¿En serio?
Sonrió.
—En serio.
Me preparé cuando le pregunté:
—¿Cómo te pareció?
Su sonrisa se suavizó y él asintió.
—Muy bien.
Compartimos un momento y me encontré cada vez más incandescente por dentro.
—Bien —suspiré, tratando de no parecer una cariñosa adolescente enamorada—. Voy a tratar de ser rápida.
Después de cerrar la cortina, me apresuré a salir de mi ropa y entrar en el primer vestido. Pensé que era demasiado corto. Emmett estuvo de acuerdo.
—Este es simple. —Sonreí y corrí detrás de la cortina. Hubo una sucesión de veredictos de "no" y "tal vez" hasta que finalmente me probé un vestido liso azul de encaje oscuro, elegante y con clase, pero tan ajustado al cuerpo que era muy sexy a la vez.
—¿Qué piensas?
Me giré en torno a Emmett mientras salía de detrás de la cortina. Sus ojos se dirigieron desde la punta de mis dedos de los pies hasta mi cara, cada vez más candente a medida que lo hacía. Luego se limitó a asentir.
Levanté una ceja interrogativa.
—¿Bueno?
Cuando él sólo asintió otra vez, me encogí de hombros y me volví detrás de la cortina. Me quedé mirando mi reflejo por un momento. Bueno, a mí me gusta.
Estaba a punto de llegar a la cremallera, cuando la cortina se abrió detrás de mí y Emmett se deslizó dentro, cerrándola detrás de él. Sentí que mi corazón empezó a acelerarse, mi piel ya sofocada con anticipación. No tenía necesidad de preguntarle lo que estaba haciendo. Conocía esa mirada en su rostro muy bien.
De pronto, no importaba que estuviéramos en un probador, en una tienda, en público. Emmett deslizó su mano por mi mandíbula, hacia la parte posterior de mi nuca, atrayéndome hacia él para darme un beso que literalmente hizo que todos mis nervios colapsaran. Temblé contra él como si fuera nuestro primer beso, estimulando en lo profundo, el calor húmedo de su boca, probándolo a él y a la menta que él había masticado antes. Lo arañé, y tropecé con mi pila de ropa, mi espalda golpeando la pared de espejos.
Emmett se apartó, los párpados bajos, su boca hinchada.
—Date la vuelta —demandó con voz ronca en mi oído, para que así pudiera oírlo por encima de la música. La tosquedad climatizada de su tono hizo que mi cuerpo reaccionara como si él hubiera deslizado dos dedos dentro de mí. Mi pecho subía y bajaba con respiraciones excitadas, me di la vuelta. Tiró de la cremallera del vestido y empezó a quitarlo de mi cuerpo. Lo observé en el espejo mientras lo echaba en el montón de mi propia ropa—. Cómpralo —aconsejó y me estremecí al sentir su aliento en mi piel mientras sus manos cálidas apretaban mis pechos desnudos.
Mordiendo mi labio para contener el gemido que estaba desesperada por liberar, me arqueé ante su toque, mis manos sobre las de él mientras pellizcaba mis pezones. Podía sentir su pecho contra mi espalda, su respiración no controlada mientras empujaba mi ropa interior hacia abajo.
Cayeron a mis muslos y las apresuré para que bajaran, pateándolas de mis tobillos mientras el sonido de Emmett abriendo la cremallera llegó a mis oídos. Mientras su ropa crujía, sus pantalones negros caían a sus tobillos, Emmett lentamente deslizó dos fuertes dedos en mi canal y me incliné contra el espejo como apoyo, mis ojos en él. Él observó sus dedos entrar y salir de mí, fascinado y excitado, y eso sólo me hizo ponerme más húmeda.
—Emmett —gemí suavemente, y como si me escuchara, su cabeza se alzó, sus ojos encontrando los míos en el espejo. Resplandecieron ante la expresión de mi rostro. Me sujetó contra el espejo, con una mano plana sobre la mía y la otra acunada a mi cadera. Se deslizó dentro de mí con un gruñido ahogado y me tragué mi jadeo.
Cuando empezó a moverse, me empujé hacia atrás contra sus embestidas lentas, y nuestros ojos se mantuvieron conectados en el espejo mientras me follaba. A medida que la tensión comenzó a erigirse dentro de mí, Emmett agarró mis caderas, su polla tan profunda en mi interior que era casi doloroso. De repente se dejó caer de rodillas, tirando de mí hacia abajo con él.
Asentada sobre su regazo, con la mano aún pegada al espejo, sus manos acariciando mis pechos, comencé a moverme contra sus estocadas. Sentí su mejilla contra mi espalda mientras perseguíamos el clímax, mi orgasmo espoleado por los necesitados, rugidos bajos, guturales que él estaba haciendo en la parte posterior de su garganta.
Sintiendo que estaba a punto de acabar, Emmett se preparó detrás de mí, moviendo la mano de mi pecho para cubrir mi boca. El intenso calor apretó resguardando mi piel y mis músculos quemaron y explotaron a su alrededor, mi grito de liberación amortiguado contra su palma.
Emmett me siguió hasta liberarse segundos más tarde, mis ojos mirándolo en el espejo mientras se ponía rígido, los músculos de su cuello tensándose. Su boca se abrió en un silencioso gemido mientras sus caderas se sacudían contra mi trasero y acabando, el calor acogedor de su liberación inundándome.
—Mierda —susurró, apoyando su cabeza contra la mía.
—Um, ¿todo bien ahí? —llamó la dependienta en voz alta. Su repentina interrupción filtrándose a través de la cortina, tan cerca que nos tensamos el uno contra el otro.
Oh, ¡santo infierno! Me había olvidado de dónde estábamos.
—Sí —respondí, mi voz quebrada por el cansancio postcoital y la vergüenza de que me perdí tanto en este hombre que había olvidado que estábamos enrollándonos en el suelo de un vestidor.
—¿Necesitas que te consiga otra talla, o ese vestido está bien?
¡Vete! Mis amplios ojos se encontraron con los de Emmett en el espejo y no me dio ninguna indicación de lo que debería hacer. Él todavía estaba dentro de mí, por el amor de Cristo. Casi me reí de eso y volví la vista hacia la cortina.
—Todo está grandioso. De hecho… todo encaja perfecto.
Ante la insinuación, Emmett se derrumbó contra mi espalda, su risa ahogada en mi cabello, sus hombros temblando con diversión. También hizo que empujara dentro de mí, lo que desencadenó pequeñas réplicas de lujuria.
—De acuerdo… —Su voz se fue apagando mientras se alejaba de la cortina.
—¿Crees que nos hayan escuchado?
Soltó una baja carcajada.
—Me importa una mierda.
Y lo decía en serio.
Con tierna dulzura, salió de mí y me ayudó a ponerme de pie. Sus manos acunando mis mejillas, me llevó hacia él para un lánguido y sensual beso que hizo que me doliera el pecho de emoción.
Te amo.
Limpié el pensamiento de mis ojos cuando Emmett se apartó para mirarme.
—Afortunadamente escogimos un vestido porque no hay manera de que pueda probarme otra cosa antes de darme una ducha.
Algo oscuramente sexual ardió en sus ojos y supe que él estaba pensando que había algo ardiente en que tuviera que caminar a casa con su sudor en mí y su simiente en mi interior.
—Bella está en lo cierto —murmuré—. Eres todo un hombre de las cavernas.
Emmett no se ofendió por eso. En su lugar, se tomó su tiempo ayudándome a vestir, sus nudillos rozando todas mis partes sensibles hasta que tuve que golpear su mano para que pudiera vestirme sin quererlo atacar de nuevo.
Mis mejillas ardían mientras le entregaba de vuelta los vestidos a la sospechosa asistente de ventas. No podía mirar a Emmett porque cada vez que lo hacía, me dirigía una sonrisa maliciosa que me daba ganas de reír con igual cantidad de euforia y mortificación. Tan pronto salimos de la tienda con mi vestido nuevo, me apoyé contra el costado de Emmett, riendo fuertemente mientras él envolvía su brazo a mí alrededor.
—No puedo creer que hicimos eso —suspiré.
—Sí, no puedo decir que hice eso antes.
—Será mejor que no se lo digas a James y Peetie. —Mi advertencia no mantuvo mucho impacto ya que aún estaba sonriendo como una tonta.
—¿Por qué no? Esa es una maldita buena historia de sexo.
Mis mejillas se calentaron de nuevo y Emmett se rió, acurrucándome contra su pecho mientras me reía. Estaba tan atrapada en la tierra de la felicidad que lo que sucedió en los siguientes momentos fue más que un golpe frío de vuelta a la tierra.
Emmett se detuvo bruscamente y lo agarré para mantener mi equilibrio, mi cabeza alzándose de golpe para estudiar su rostro. El color había dejado su rostro y sus ojos estaban muy abiertos con sorpresa absoluta.
—¿Emmett? —susurré, sintiendo algo duro comenzando a formarse en mi estómago. Seguí su mirada a la joven que estaba de pie frente a nosotros, sus hermosos ojos tan amplios como los de Emmett.
—¿Emmett? —suspiró ella, dando un paso hacia nosotros, al parecer ni siquiera era consciente de que yo estaba allí.
—Heidi —respondió él con voz ronca.
Sentí que mi cabeza dio vueltas ante el sonido de su nombre, mis ojos inmediatamente examinándola, procesando todo de ella. Para mi sorpresa, no era en absoluto lo que había estado esperando. La había imaginado en mi mente como una alta, exótica maravilla con un aire de misterio. En lugar de eso era más baja que Bella, su cuerpo delgado y pequeño. Llevaba una camiseta con una banda sobre una camiseta blanca de manga larga, jeans raídos que le quedaban muy bien y botas como las de Emmett. Tenía el cabello corto negro que enmarcaba su lindo rostro delgado. Sus amplios ojos castaños eran su mejor característica, enmarcados por unas largas pestañas negras. Aturdimiento mezclado con anhelo atormentaban a esos lindos ojos, y sentí mi mano envolverse en un puño alrededor de la chaqueta de Emmett.
—Es bueno verte. —Ella le dio una sonrisa dulce.
Emmett asintió, se aclaró la garganta, y sacudió la incertidumbre atrapada en la expresión de sus ojos.
—Uh, igualmente. ¿Hace cuánto tiempo que regresaste a Edimburgo?
—Hace pocos meses. Pensé en buscarte, pero no estaba segura… —Su voz se apagó cuando finalmente registró que yo estaba enterrada en el costado de Emmett. Ella me acogió, con una expresión abatida en su rostro, la decepción en sus ojos. ¿Decepción de Emmett? ¿De elegir a alguien como yo?
Me enfadé ante el pensamiento y el brazo de Emmett se apretó a mi alrededor.
—No, deberías haberlo hecho. —Emmett me sorprendió cuando lo dijo.
Todo el rostro de Heidi se iluminó.
—¿En serio?
—Sí. —Emmett dejó caer su brazo de mi lado para sacar su teléfono de su bolsillo—. Ten, dame tu número y nos arreglaremos para ponernos al día.
¿Qué?
Los observé mientras intercambiaban números, la cabeza de Emmett se inclinó sobre la de ella, y mi cerebro empezó a gritarme. ¿Qué demonios estaba pasando? ¡Él estaba arreglando las cosas para ponerse en contacto con el ex-amor de su vida! ¿Qué absurda realidad era esta? Para empeorar las cosas, él ni siquiera me había presentado.
Me quedé allí, tratando de parecer tranquila y despreocupada. Él se rió suavemente ante algo que ella dijo, y ella lo miró como si fuera una especie de milagro.
Él era un milagro. Era mi milagro y si él no me presentaba yo iba a…
—Heidi, esta es mi novia, Rose —dijo Emmett mientras metía su teléfono. Él me dio una sonrisa tranquilizadora que no le regresé.
—Encantada de conocerte. —Me las arreglé para darle una pequeña sonrisa, mientras que por dentro estaba arrojando cada palabrota que podía pensar hacia ella.
Ella no me devolvió la sonrisa.
—Igualmente.
Cuando nuestras miradas se encontraron, tuvimos una conversación silenciosa entre nosotras. No me agradas, dijo ella. Creo que te odio, repliqué. Él era mío primero, respondió ella. Ahora es mío, gruñí.
Una fuerte tensión cayó entre los tres hasta que Emmett rompió el silencio con algunas preguntas corteses.
Después de arreglarse para hablar el uno con el otro pronto, dejamos a Heidi para seguir caminando a casa por la Calle Princes. Para mi creciente pánico, Emmett no trató de alcanzarme esta vez. Caminamos a casa uno al lado del otro, sin tocarnos o hablar. Parecía que él había desaparecido en algún lugar dentro de sí y temí ese lugar casi más de lo que temía cualquier otra cosa.
