Capitulo N° 28
Afortunadamente Ben asumió que mi comportamiento apagado la mañana siguiente se trataba del silencio reinante entre Emmett y yo.
—Deberías hablar con él. —Me había aconsejado mi hermanito como si fuera la solución más obvia del mundo. Sólo le asentí y le prometí que iba a ir abajo para ver a Emmett antes de trabajar esta noche.
Emmett todavía no me había escrito.
Por otra parte, yo tampoco le había enviado algún mensaje de texto. En un estado de zombi por la falta de sueño, no hice mucho ese día. Cuando salí por algunos comestibles, sentí como si unos ojos estuvieran siguiéndome todo el tiempo, paranoica de que William me hubiera encontrado de nuevo. Me apresuré a casa y me quedé en el apartamento por el resto del día.
Cuando estuve segura de que Emmett habría regresado a casa del trabajo, me puse suficiente corrector en las ojeras debajo de mis ojos y bajé a su piso con piernas temblorosas. No sabía qué decirle, por dónde empezar… Me había preocupado hasta convertirme en un desastre nervioso que fue una especie de decepción descubrir que no estaba en casa.
No había sido un resultado que habría imaginado cuando había estado adivinando sobre cómo iba a desarrollarse la conversación. Sobre todo me esperaba que concluyera con una gran cantidad de disculpas de los dos, y con Emmett accediendo a nunca ver a Heidi de nuevo y luego tomándome salvajemente en su sofá.
Si él no estaba en casa, nada de eso iba a pasar.
Un poco desconcertada, malhumoradamente regresé al apartamento. Ben iba a cenar con Jamie después de la escuela y regresaba a casa más tarde esa noche. Estaba, por supuesto, bajo órdenes estrictas de informarme cuando regresara al apartamento. Con órdenes estrictas o no, él se había estado volviendo un poco flojo últimamente con mantenerme informada.
Bueno, con los pensamientos de William agitándome, el pequeño no conseguiría salirse con la suya con respecto al silencio de radio esta noche. Estaría sobre su espalda como el pelo en un gorila.
Decidida a por lo menos ver la cara de Emmett —extrañaba a ese tarado, maldita sea—, llamé a su puerta en mi camino al trabajo. Una vez más no hubo respuesta. Apoyé la oreja contra la puerta, pero no había sonido de movimiento, ningún sonido de la televisión, sin música.
¿Dónde estaba?
Eché un vistazo a mi teléfono mientras salía del edificio, preguntándome si debía enviarle un mensaje de texto, dar el primer paso, y vibró en mi mano.
Mi corazón saltó a mi garganta cuando el ícono de mensaje parpadeó. El alivio se precipitó atravesándome mientras deslizaba el bloqueo en la pantalla y vi el nombre de Emmett.
Creo que tal vez es el momento de hablar, cariño. ¿Puedes venir mañana al apartamento en la mañana? Por favor. Besos.
Aspiré el aire fresco, sintiendo por lo menos un peso levantarse de mis hombros. Asentí, como si estuviera allí delante de mí, y rápidamente le envié una respuesta.
Voy a estar allí. Besos.
Sólo acababa de subirme en el autobús para el trabajo cuando mi teléfono vibró de nuevo.
Sonreí y me acomodé en mi asiento. Una cara sonriente. Una cara sonriente era siempre una buena cosa, ¿verdad?
Bella aún estaba enferma, así que estaba trabajando con Sadie y Alistair de nuevo. Alistair preguntó inmediatamente si me sentía mejor, y le mentí diciéndole que estaba bien. Fue amable de su parte preguntarlo. Alistair era un chico dulce. Me alegré, sin embargo, de que habíamos estado tan ocupados la noche anterior que no se había dado cuenta de la aparición de William.
Si Alistair hubiera visto la interacción entre nosotros, habría sabido que algo estaba mal y me habría salpicado de preguntas. Él era un chico dulce, pero también era un bastardo entrometido, y si no le hubiera dado respuestas, las cuales no tengo, habría buscado a Bella por ellas. Bella entonces se hubiera involucrado y bueno… ella tenía una manera de sacar a la luz todos mis secretos.
Estaba tan ocupada como lo había estado la noche anterior, y era un desastre nervioso. Mezclé órdenes de bebidas, se me cayó no uno, sino dos vasos; en general causando que Alistair elevara las cejas tantas veces que podría haber sido confundido con un Muppet.
Cuando el tiempo de mi descanso llegó, no podría haber estado más aliviada. Me lancé de nuevo el agua, manteniéndome alejada de cualquier cosa con cafeína, ya que probablemente sólo empeoraría mis nervios, y saqué mi teléfono. Ben todavía no me había enviado un mensaje de texto.
Lo llamé.
—¿Uh, hola?
—¿Uh, hola? —espeté. A veces preocuparme podría convertirme una cascarrabias malhumorada—. Se supone que me enviarías un mensaje de texto al llegar a casa. ¿Estás en casa?
Lo oí suspirar fuertemente y tuve que controlar mi temperamento para no gritarle.
—Sí, estoy en casa. Y cuándo vas a empezar a hablar con Emmett de nuevo para que puedas dejar de ser una total…
—Finaliza esa frase y mueres.
Silencio reinó en el extremo de la línea. Fruncí el ceño.
—¿Estás todavía ahí?
Él gruñó en respuesta.
—Tomaré eso como un sí. —Tiré del extremo de mi cola de caballo, envolviendo mi cabello alrededor de mi puño—. Haz asegurado la puerta, ¿verdad?
—Por supuesto. —Suspiró de nuevo—. Rose, ¿hay algo más que te molesta?
—No —le respondí rápidamente—. Sólo, ya sabes, me preocupo, así que la próxima vez que te pida que me mandes un mensaje de texto, mándalo.
—Está bien.
—Muy bien. Te veré en la mañana.
Con otro gruñido colgó.
Mientras soltaba el aire entre mis labios aliviada de que él estaba en casa y seguro, noté un sobre en la esquina superior izquierda de la pantalla de mi teléfono. Hice clic en el mensaje sin abrir. Era de Bella.
¡El Reinado del Vómito ha terminado! Espero que no me estés extrañando demasiado.
Me atraganté con una risa débil y le envié un mensaje de regreso.
¿Me estás diciendo que estás lo suficientemente bien como para trabajar, pero no estás trabajando? Tut Tut, señora Cullen, tut tut. Besos.
Dos segundos después, mi teléfono sonó.
Estaba bien hasta que me llamaste así :\
Es mejor que te acostumbres.
¡Mierda!
Me reí de verdad ahora, sacudiendo la cabeza. Era peor que un hombre. Pobre Edward tenía mucho trabajo por delante con esa.
Sintiéndose un poco mejor, volví al bar, orando porque la noche terminara rápidamente. Por las próximas horas, no pude dejar de analizar a la multitud en busca del rostro de William, pero a medida que avanzó la noche y él no se presentó, empecé a sentirme inquieta. Una parte de mí quería que apareciera para así poder conseguir nuestra confrontación de una vez. Entre más pronto se diera cuenta que ya no estaba con Royce y no tenía la cantidad de dinero que buscaba, más rápido saldría el cabrón de Edimburgo.
Anoche llamé a un taxi para recogerme en la puerta del bar, pero esta noche me sentía desafiante. Todavía estaba enojada conmigo misma por reaccionar a William como si tuviera diez años de nuevo y defendiéndome contra sus puños. No quería que supiera que le tenía miedo. No quería que pensara que tenía esa clase de poder sobre mí. Quería que pensara que nunca había dejado una huella en mí.
Así que —en retrospectiva, estúpidamente— tomé mi ruta usual a casa, caminando hacia Leith Walk, con la esperanza de tomar un taxi con su luz encendida una vez que estuviera allí.
Me quedé en Leith Walk durante cinco minutos, esperando un taxi que pasara por el camino. El único que lo hizo fue abordado por un pequeño grupo de chicos. Cuando el taxi se alejó, me quedé allí un momento, escuchando a dos chicas borrachas cruzando la calle gritándose nombres la una a la otra.
Estaba empezando a ponerme incómoda parada allí sola. Normalmente nunca me molestó porque Edinburgh seguía tan vivo en este momento en esta área; la gente todavía estaba fuera de casa, testigos para detener intenciones nefastas de un extraño espeluznante. Pero tenía la piel de gallina y los pelos de la nuca erizados. Giré la cabeza, revisando hacia atrás el camino por el que acababa de venir. No pude ver a nadie mirándome.
Con un resoplido cansado, decidí ir caminando a casa. Era un paseo razonablemente corto a estas horas y particularmente no disfrutaba caminando por el largo London Road, pero no quería esperar más tiempo.
Estaba a punto de doblar la esquina a Blenheim Place cuando algo me hizo mirar hacia atrás. Digamos que un sexto sentido, un escalofrío por la columna vertebral, una advertencia…
Mi corazón se disparó en mi garganta.
Una silueta oscura estaba a pocos metros detrás de mí. Reconocí el modo de andar. Al crecer, lo llamamos el andar del "hombre duro." El contoneo suave pero forzado de los hombros, el pecho hinchado, los pasos deliberados. Era por lo general adoptado por los hombres cuando iban en una especie de "batalla". Sin embargo, mi padre había caminado así todo el tiempo. Una vez más, cada segundo de cada día él había tratado la vida como una gran batalla y todo el mundo como un enemigo.
William Hale me estaba siguiendo.
Rápidamente miré hacia adelante, y sin en realidad siquiera tomarme el tiempo para pensar en ello, tomé el camino por las calles adoquinadas de Royal Terrace en lugar de London Road. La calle corría adyacente a London Road en terrenos más altos, pero sabía que había un camino por la iglesia que me llevaría a Royal Terrace Gardens. Corrí hacia la entrada, y la subida quemó en mis músculos, pero seguí adelante, tomando el camino ancho que viraba bruscamente a lo largo de la periferia de Calton Hill. La vía precipitaba finalmente pendiente hacia abajo y me llevaría a Waterloo Place, y desde allí iría al oeste de nuevo en Princes Street. Luego iba al norte hacia Dublín Street.
Todo lo que realmente importaba era dirigir mal a William. Él no podía saber dónde vivíamos.
Estaba tan aterrorizada ante la idea de que él encontrara el piso que no pensé con claridad y no vi el error en mi plan.
Yo. Sola. En un áspero, camino oscuro y fangoso. De noche.
La adrenalina bombeaba a través de mí mientras marchaba hacia arriba. Traté de escuchar el sonido de pasos detrás de mí, pero mi corazón latía tan fuerte que mandaba impulsos de sangre corriendo en oleadas a mis oídos. Las palmas de mis manos y mis axilas estaban húmedas de sudor frío, y no podía respirar bien, mi pecho subía y bajaba con respiraciones entrecortadas. Me sentía enferma de miedo.
Cuando por fin oí los pesados pasos detrás de mí. Miré hacia atrás y vi el rostro de mi padre bajo la estela de la luna. Estaba cabreado. Toda la determinación que había tenido antes, de permanecer firme, enfrentarlo y mostrarle que no me asustaba simplemente desapareció. No podía dejar de lado a la niña que estaba aterrorizada de él. Y así, como ella, traté de correr.
Mis pies golpearon contra los escalones mientras corría calle arriba lo más fuerte y rápido que pude, deseando poder conjurar personas, testigos.
Pero no había nadie allí.
Estaba sola.
A excepción de los golpes de botas pesadas detrás de mí.
Ante el fuerte y cálido agarre de su mano alrededor de mi brazo, hice un fuerte ruido de angustia que fue ahogado rápidamente por la otra drástica mano sobre mi boca. El olor a sudor y el humo del cigarrillo inundaron mi nariz mientras luchaba contra él, mis uñas arañándole el brazo, mis piernas tratando de patearlo mientras era arrastrada fuera del camino. Perdí el agarre en mi bolso con mi espray de pimienta mientras peleaba con él.
No era lo suficientemente fuerte, y ahora estaba desarmada. William me estrelló contra la rocosa ladera cubierta de hierba y el dolor atravesó mi cabeza antes de empujarse todo el camino hasta la punta de mis dedos. Las lágrimas escaparon de mis ojos mientras él me sostenía allí, su gran mano alrededor de mi garganta.
Gruñí contra la otra mano que aún estaba tapándome la boca.
Él apretó mi garganta y dejé de retorcerme.
A pesar de que su rostro estaba bajo la oscuridad en su mayoría, todavía podía distinguir la ira que se extendía en sus tensas facciones.
—¿Tratando de evadirme? —siseó.
No le respondí. Estaba demasiado ocupada pensando mórbidamente qué iba a hacerme. Mi cuerpo empezó a temblar con fuerza, y perdí el control total de mi respiración. Él sintió las respiraciones entrecortadas detrás de su palma y sonrió.
—No voy a hacerte daño, Rose. Sólo quiero ver a mi hijo.
Sabiendo que eso me traería dolor físico, aún así, sacudí la cabeza, "no". La sonrisa de William se volvió una sonrisa de suficiencia, como si hubiera ganado algo.
—Supongo que es mejor llegar a un acuerdo entonces. Voy a quitar mi mano de tu boca y no vas a gritar. Si lo haces, no dudaré en volver a hacerte daño.
Asentí, esperando al menos tener una de sus asquerosas manazas fuera de mí. Mientras lo miraba a la cara, vi no por primera vez cómo no había nada detrás de sus ojos. No creía que nunca hubiera conocido a nadie en toda mi vida que fuera tan cruelmente egoísta como este hombre. ¿Era realmente mi padre? No había otra conexión entre nosotros que no fuera la de agresor y víctima.
Para mí, él había sido el motivo del nudo en mi estómago cada vez que escuchaba el traqueteo de su cacharro de auto avanzar hacia la casa. El cariño que había sentido por Eleazar, el afán de verlo, la cálida alegría de la seguridad que me daba, era exactamente lo que debería haber sentido por este hombre. Pero un hombre era todo lo que alguna vez había sido para mí. Un hombre con ojos de odio y puños aún más malos. Durante mucho tiempo me desesperaba que no me amara como un padre debería. Me pregunté si había algo mal en mí. Mirándolo ahora, me preguntaba cómo podía habérmelo preguntado a mí misma. Yo no era el problema. Él lo era. Él era el que daba pena, no yo.
Aspiré una respiración profunda cuando dejó libre mi boca, pero puso más presión sobre la mano alrededor de mi garganta como una advertencia extra para estar tranquila.
—Ahora. —Él se inclinó hacia mí y pude oler la cerveza y cigarrillos en él. No había estado en el Club 39, pero obviamente había estado en uno de los bares cercanos a él, esperando por mí—. Yo podría renunciar a mi derecho de ver al hombrecito si tu novio hace que valga la pena. ¿Digamos cien mil dólares?
Lo sabía. Y directo al grano. Ni siquiera le importaba. Él era tan desalmado como siempre había sido. ¿Cómo podía alguien ser de esa manera? ¿Nació sin alma, con un negro corazón podrido? ¿O la vida lo hizo de esa manera? ¿Cómo podrías herir a tus propios hijos y no sentirte como un monstruo? Tal vez un monstruo había ido demasiado lejos para darse cuenta de que él se había convertido en un…
—Dejé de ver a Royce hace meses. No estás de suerte.
Me apretó la garganta y el pánico me inundó. Agarré su mano automáticamente, mis uñas clavándose en su piel. Él no pareció darse cuenta.
—Estoy seguro de que puedes persuadirlo de alguna manera. —Él empujó su cara a la mía, su aliento apestaba a humo y cerveza rancia—. Hice por mí mismo una niñita bien parecida. Ella es jodidamente inútil pero bien parecida. Es una mercancía, Rose. Úsala o vendré por Ben. —Me soltó y aspiré una respiración, mis dedos rozando mi cuello para asegurarme de que su mano definitivamente no estaba ahí—. Si quisiera, podría convertirme en una plaga en sus vidas, muchacha.
La furia de que pudiera hacerme esto a mí, a Ben, después de tanto tiempo, después de pensar que éramos libres, tomó lugar y el miedo quemó al infierno en una llamarada de rabia.
—Mercancía es una gran palabra bonita para ti, William. Parece que por fin alguien te enseñó a leer. —Rebeldemente esperé que mis ojos transmitieran mi condescendencia con claridad incluso en las sombras—. Pero leer no hace inteligente a un hombre. No tengo dinero. Tendrás que prostituirte a ti mismo con un antiguo compañero de prisión.
Apenas vi el borrón de su puño viniendo hacia mi rostro. Mi cabeza voló hacia atrás, los músculos de mi cuello gritando con el impacto y el calor ardiente de su puño golpeando mi boca propagándose en mi mejilla y mandíbula inferior. Lágrimas de dolor cayeron de mis ojos mientras traía mi cabeza lentamente hacia él, mi labio sintiéndose un millón de veces más grande que lo normal. El goteo caliente de la sangre manó de un corte ya picando en mi labio inferior, donde mis dientes se habían enganchado en la piel.
No hubo nada detrás de sus ojos cuando su otro puño voló bajo y me golpeó con fuerza en el intestino, haciéndome inclinar sobre mí. Todo el control se me escapó mientras entraba en pánico, tratando de inhalar aire. Golpeé el suelo de rodillas primero y él aprovechó para darme una patada en el costado, enviando un increíble dolor ardiente a través de mis costillas mientras me desplomaba en el sendero embarrado, las piedras sueltas y la suciedad corroyendo mi piel.
Mi cuerpo no podía decidir si no podía respirar o se iba a enfermar.
Fuertes dedos pellizcaron mi barbilla y yo chillé, el aire corriendo en mis pulmones. Cada músculo, cada nervio, cada pieza de hueso se sentía como si estuviera en llamas. Aferré mis costillas mientras William sostenía mi cabeza en alto por mi barbilla.
—Consígueme ese dinero, muchacha. Estoy alquilando el piso por encima de Halfway House en Fleshmarket Close durante unos días. Tienes dos días para llevarme ahí el dinero. ¿Entiendes?
El dolor en mis costillas era increíble. Apenas podía concentrarme en lo que estaba diciendo.
—¿Quedó claro?
Asentí débilmente, suspirando de alivio cuando él repentinamente soltó mi barbilla.
Y luego se había ido.
El espeso aroma de cerveza y cigarrillo había desaparecido. Estaba tumbada en el suelo frío, mi labio palpitante, mis costillas adoloridas y mi cabeza gritando con furia. Hacia él. Hacia mí misma.
Debería haber tomado esas clases de defensa personal de Emmett.
Ante el pensamiento de Emmett me puse a llorar, acunando mi costado dolorido mientras me levantaba sobre mis temblorosas piernas. Me tambaleé contra la ladera, sintiéndome mareada. Mi cuerpo empezó a temblar incontrolablemente.
Creo que estaba en shock.
Sacudí la cabeza, tratando de aclararla. No tenía tiempo de entrar en shock. Tenía dos días para conseguir el dinero para William. Una explosión de adolorida energía me impulsó hacia adelante. Royce me daría el dinero. Royce me daría una mirada en este estado y me daría el dinero, no hay problema. Era tan buen tipo.
Me tambaleé de vuelta por el camino que había corrido, recogiendo mi bolso caído, la desesperación y la adrenalina haciendo mi progreso apresurado a pesar de lo adolorida que estaba. Podía llamar a Royce, conseguir que viniera a buscarme.
Su nombre dio vueltas en mi cerebro cuando salí de los jardines e hice un cambio de sentido en Leopold Place en la parte superior de London Road. Seguí entre los árboles en donde podía y luego entre la sombra tanto como era posible en caso de que me encontrara a alguien en mi camino.
No quería involucrar a la policía. Si tenía a la policía involucrada podrían empezar a buscar en toda mi vida familiar y… yo no podía correr el riesgo. Si Royce pagaba, todo esto desaparecería. Antes de darme cuenta, estaba de pie fuera del edificio familiar.
A la vista del mismo, empecé a llorar más fuerte, la respiración sibilante mientras mis dientes atrapaban mi labio reventado.
Royce no pagaría.
Royce no pagaría porque no quería que Royce me ayudara. No quería a nadie más que a Emmett.
Entré en nuestro edificio y subí por la escalera, decidida a llegar hasta él y arrojar mis brazos alrededor de él. Lloré más fuerte. Necesitaba sentirme segura y sólo Emmett me podía dar eso.
Golpeé ligeramente a su puerta, y contuve el aliento mientras la agonía se disparaba a través de mí. Levantar el brazo era como rasgar un punto a través de mis costillas. Mi cuerpo se movió hacia delante para apoyarse en el marco y la puerta se abrió de un tirón repentinamente. Mi corazón fue arrancado de mi cuerpo con ello.
Parpadeando, traté de descifrar la imagen frente a mí. Sacudí la cabeza para despejarla, pero no desapareció.
Heidi se quedó sin aliento al verme ensangrentada y llorando.
—¿Rose? ¿Qué ocurrió?
Mis ojos viajaron a lo largo de ella, de arriba abajo, y arriba otra vez.
Su corto cabello estaba húmedo y rizado alrededor de su mandíbula y llevaba puesta la camiseta QOTSA de Emmett. Ella era tan pequeña que le caía justo encima de sus rodillas. Sus rodillas desnudas. Sus piernas desnudas.
¿Heidi estaba en casa de Emmett con el cabello mojado, vestida sólo con su camiseta a las dos y media de la mañana?
—Oh, Dios mío. —Ella intentó alcanzarme y yo me tambaleé hacia atrás—. Emmett está en el baño. Voy a buscar… ¡Rose!
Yo ya estaba corriendo, trastabillando, cayendo, tropezando mi camino de vuelta por las escaleras. En ese momento no podía estar en cualquier lugar cerca de este edificio. No podía ir a casa con Ben así, y Emmett…
Me tiré al lado de los contenedores de basura. Limpiando mi mano sobre mi boca, levanté la vista a la carretera.
Necesitaba un taxi.
Necesitaba a mi amiga.
Si Emmett… Ahogué un sollozo, corriendo alrededor de la esquina y hasta London Road… si Emmett no estaba… entonces tenía que ir a un lugar que fuera seguro.
Lo único bueno que me sucedió esa noche llegó en la forma de un taxi con la luz encendida. Saqué mi mano y el taxista se detuvo. Aún sosteniendo mis costillas, me metí temblorosamente.
—Dublín Street —le dije, hablando torpemente con mi labio partido.
Él me miró con recelo.
—¿Estás bien? ¿Necesitas un hospital?
—Dublín Street.
—Estás en un estado un poco…
—Mis amigos están en Dublín Street —insistí, las lágrimas pinchando mis ojos—. Ellos me llevaran.
El momento de vacilación del taxista fue lo suficientemente largo para que Emmett llegara deslizándose alrededor de la esquina en camiseta y jeans, sus ojos enloquecidos buscando de arriba abajo por la calle antes de girar a encontrarse con los míos en el taxi. Con las facciones pálidas y demacradas, se trasladó hacia mí justo cuando el taxi se alejó, su grito ahogado llegó hasta mis oídos por encima del sonido del motor.
Mi teléfono sonó segundos después. Contesté, pero no dije nada.
—¿Rose? —gritó, la palabra saliendo con un bufido que me indicó que estaba sin aliento, probablemente de correr detrás de mí—. ¿A dónde vas? ¿Qué pasó? ¿Heidi dice que has sido atacada? ¿Qué está pasando?
Oír el miedo en su voz no hizo nada para calmar mi destrozado corazón o sofocar la amargura que sentía por él en ese momento.
—Supongo que ya no es de tu incumbencia —respondí, aturdida y colgué con el sonido de sus gritos frenéticos.
