Gracias a todos por leer esta historia!

Epilogo

La paz me hizo pensar en retrospectiva y ya no ver esa pared que Emmett me había ayudado a escalar hacía mucho tiempo era indescriptible. Yo nunca estaría detrás de esa pared otra vez, o tendría mis colores apagados y mi personalidad atrapada bajo el control absoluto de mis inseguridades. Esta era yo. La vida de ahora en adelante consistiría en ser real, lo que de alguna manera era aterrador y liberador todo al mismo tiempo.

Ayudaba el que por una vez las piezas de mi vida estuvieran encajando bien en su lugar.

Ben pretendió ser indiferente ante la noticia de que nos estábamos mudando al apartamento de Emmett, pero me di cuenta por la forma en que había estado empaquetando entusiastamente, y lentamente moviendo algo nuevo al apartamento todos los días, que estaba contento con el nuevo acuerdo.

En cuanto a mamá… bueno… primero ella había enloquecido de cómo la estábamos abandonado, y cómo no me dejaría hacerle esto, y que yo no podía llevarme a Ben, y que era una puta egoísta, y bla, bla, bla…. Permitirle agotarse a sí misma en una diatriba pareció ser la mejor manera de lidiar con ella. De esa forma se cansó y no tuvo energía para pelear conmigo cuando calmadamente le dije que si no me dejaba mudar a Ben al piso de abajo, si incluso se atrevía a llamar a las autoridades, dejaría su trasero en el polvo y nunca miraría atrás. Le aseguré que de esta forma tendría contacto con ella, y si me necesitaba sólo estaba a una escalera de distancia. Su silencio fue un alivio agridulce y su pesada ingravidez me informó que había ganado esta discusión en particular.

Ella no había hablado con nosotros por tres semanas.

Secándome el sudor de la frente, exhalé entre mis labios ahora completamente curados y miré alrededor de la sala de estar de Emmett. Cajas me rodeaban por todos lados. Se suponía que Ben y yo íbamos a mudarnos oficialmente al piso de Emmett al día siguiente —un sábado— de modo que Emmett y los chicos pudieran ayudarnos con todas las cajas.

Sintiéndome un poco sobreexcitada por todo el asunto, y vagando incansablemente por el apartamento, había decidido llevar unas de las cajas más ligeras a su (nuestro) apartamento mientras él estaba en el trabajo. Ahora era el final de la tarde, mi costado estaba doliendo un poco, y había trasladado la mayor parte de las cajas a nuestro nuevo hogar.

Emmett regresaría del trabajo en una hora o así, y pocas horas después yo tenía que estar en el bar para uno de mis últimos turnos en el Club 39. Iba a extrañar a todos en el bar. Todavía vería a Bella, por supuesto, pero ese lugar había sido un hogar lejos de casa por demasiado tiempo, y había pasado tiempo allí con dos de las personas más importantes en mi vida.

Era el final de una era.

Sin embargo, me esperaba algo nuevo y emocionante. El tío Eleazar ya me había dado dos camisetas de trabajo con el nombre de su compañía en ellas: PINTURA Y DECORACIÓN E. HOLLOWAY. Me encantaban. Se veían muy bien con los nuevos overoles que Emmett me había comprado.

Tarareando para mí misma, saqué mi iPod y lo metí en el conector del estéreo de Emmett, subiendo el volumen cuando comencé a desempaquetar. El tiempo pasó rápidamente mientras cantaba a coro, bailando y moviendo el trasero mientras encontraba lugares para todas mis cosas, tratando de no abrumar el espacio de Emmett con las mismas.

Justo cuando estaba separando las cajas vacías, un par de fuertes brazos se deslizaron alrededor de mi cintura y me asustaron a muerte. Grité y di la vuelta para encontrar a un desconcertado Emmett sonriéndome. Hizo un gesto silenciosamente hacia la sala y todos los objetos nuevos.

—Me dejé llevar un poco —expliqué, hablando en voz alta para hacerme oír por encima de la música.

Él asintió, su mirada yendo a la deriva sobre la repisa de la chimenea, donde una fotografía de Ben, él y yo ahora yacía junto a sus propios retratos. El elegante reloj de la repisa del piso de arriba ahora dominaba el centro, las fotografías distribuidas uniformemente a cada lado del mismo.

—Puedo ver eso.

—Nos ahorró hacer la mayor parte de eso mañana.

Sus ojos azules cayeron a mi costado y su mano se acercó, su palma presionando suavemente contra mis costillas. Ante la proximidad de su toque a mi pecho, sentí que mis pezones se elevaron contra mi camiseta humedecida por el sudor. No habíamos tenido relaciones sexuales desde antes del ataque. Juguetear por ahí mientras esperábamos a que mis costillas sanaran había sido divertido, pero mis hormonas estaban cada vez más impacientes por el juego que venía después del calentamiento.

—No te hiciste daño, ¿verdad? —preguntó Emmett, sus cejas frunciéndose con preocupación.

Mintiéndole un poco, negué con la cabeza en respuesta.

Como si lo supiera, frunció por completo el ceño.

—Muy bien, me entusiasmé excesivamente un poco. Es sólo porque estoy emocionada de venir a vivir contigo, cariño. —Traté de zafarme de la reprimenda por venir a punta de encanto. Funcionó. Poniendo los ojos en blanco, repentinamente sacó su otro brazo y me atrajo hacia él. Envolví mis brazos alrededor de su cuello mientras él me sostenía, apoyando la barbilla en su hombro. Respirar a Emmett, sentir su fuerza contra mí, y saber que podía estirarme y tener esto con él cuando quisiera me hizo hundirme más profundamente en él. Esos magros brazos musculosos suyos se apretaron a mi alrededor, no sólo reconfortándome, sino despertando otro grupo de frustradas y olvidadas hormonas.

Sin realmente tener la intención, comenzamos a balancearnos con la música y la melancólica voz de Rihanna nos cantó "Stay". La piel de gallina se despertó en todo mi brazo y me aferré a él con fuerza, girando la cabeza para que nuestras mejillas se rozaran. La canción llenó la habitación con tal significado que me dejó sin aliento, y al llegar al coro

Emmett susurró las letras en mi oído:

—… no puedo vivir sin ti…

Con el corazón palpitando a toda marcha por la profundidad de lo que él había confesado tan románticamente, me alejé lentamente para poder mirarlo a la cara, y sus ojos se grabaron a fuego en los míos. Lo decía en serio. Decía en serio cada palabra.

Yo estaba demasiado llena. Demasiado llena de emoción. Demasiado llena de amor. No había lugar para las palabras. En lugar de eso lo besé, arrojando cada sentimiento que tenía por él en ello, mi boca saboreando la suya con húmeda y fuerte desesperación. Emmett comenzó a movernos hacia atrás mientras nos besábamos, sus manos estirándose detrás de él mientras nos llevaba fuera de la sala de estar. Se dio la vuelta para guiarnos hacia el dormitorio, pero rompí el beso con un movimiento de la cabeza, tirando de su mano. Tropezando hacia atrás contra la pared del pasillo, lo halé hacia mí. Mi piel se sonrojó bajo su mirada cuando me saqué la camiseta y luego empujé hacia abajo mis mallas.

—Aquí —le dije, con la voz temblando de anticipación—. Donde todo comenzó.

La compresión destelló con la luz de la absoluta adoración en los ojos de Emmett, una adoración que nunca me cansaría de presenciar. Se movió hacia mí, mirándome mientras me desnudaba frente a él.

—¿Qué hay de tu costado? —murmuró—. No quiero hacerte daño.

Deslicé mis manos bajo su camiseta, forzándola hacia arriba y fuera de él, mi hambrienta mirada devorando la vista de su acordonado torso desnudo.

—Valdrá la pena el dolor. —Me estiré hacia atrás para desabrochar mi sujetador y cuando cayó al suelo, Emmett se lanzó a la acción. Se quitó las botas, manejando torpemente sus jeans. Empujó su ropa interior y sus pantalones hacia abajo, sin esperar un segundo más antes de levantarme por el trasero. Mis piernas se envolvieron alrededor de sus caderas con fuerza y mis manos se aferraron a sus hombros cuando nos empujó contra la pared.

De repente me reí, deteniéndolo. La frente de Emmett se frunció con perplejidad.

—¿Rihanna? —Me reí entre dientes mientras me explicaba—. ¿Te sabes la canción de Rihanna?

La boca de Emmett se curvó de forma sexy y arrogante. No estaba en absoluto avergonzado de saberse las canciones de Rihanna.

—Tú te sabes las canciones de Rihanna. Yo sólo presto atención.

—Siempre consigues una respuesta para todo, cabrón engreído.

Él se rió contra mi boca.

—Creo que te gustan mis respuestas. —Al parecer incapaz de esperar ni un minuto más, Emmett se empujó dentro de mí. Grité ante la gruesa invasión, mis músculos internos aferrándose ávidamente a su pene mientras él lo sacaba casi por completo y luego bruscamente lo metía de golpe.

—Te extrañé, nena —gimió él, usando una mano para apoyarse contra la pared mientras la otra mano aferraba mi nalga en su duro agarre.

—Yo también te extrañé. —Gemí mientras él volvía a empujar dentro de mí, con mis uñas clavándose en los músculos de su espalda—. Más fuerte —le rogué, sintiendo que se estaba conteniendo debido a mi lesión.

—Rosalie… —Él negó con la cabeza.

—Por favor —le supliqué al oído en un ronroneo. Le mordisqueé el lóbulo y sentí su control romperse.

Tiempo después, me llevó a nuestro dormitorio, me puso en la cama y comenzó a besar su camino hacia arriba por mi cuerpo. Conmigo asegurándole que Ben estaba disfrutando de los primeros días de sus vacaciones de verano en la casa de Jamie, Emmett decidió que tenía todo el tiempo del mundo. Él besó, lamió, y chupó hasta casi dejarme seca.

Después de lo que parecieron horas de juego previo, envolvió mis piernas alrededor de su cintura y se apoyó encima de mí mientras me besaba. Sus besos fueron profundos y lentos. Rozaba su boca sobre la mía con besos de mariposa un segundo, y luego la apretaba sobre la mía al siguiente. Sus besos nunca se apresuraron, nunca se hicieron más fuertes… en cambio él se deleitó en el erótico aumento de la anticipación mientras nuestras lenguas se reunían en un húmedo vals sin aliento. Cuando eventualmente chupó con fuerza mi lengua, provocando pequeñas sacudidas de reacción en mi vientre, presioné por más. Parecía imposible, pero estaba lista para otro orgasmo.

Nos besamos, desnudos en su cama, por quien sabía cuánto tiempo, su erección frotándose sobre mi sexo, provocando mi clítoris, mientras su cuerpo se movía con sus besos. Él apretó mi pecho, su pulgar frotando el sensible pezón que había chupado antes: lo chupó y lo lamió tan diligentemente que sólo había tenido que rozar el pulgar sobre mi clítoris para llevarme al clímax.

Mientras me atormentaba con la seductora cercanía de su erección, gimoteé contra su boca y su sonrisa en respuesta fue petulante. Se retiró y pasó los dedos por mi pómulo, sus ojos nunca dejaron los míos mientras empujaba lentamente su polla dentro de mí. Cambió de posición, apoyando las manos a ambos lados de mi cabeza, y luego comenzó a moverse. Sus embestidas fueron suaves en esta ocasión, lánguidas, y la tensión se enroscó hasta un nivel insoportable.

—Te amo —susurró ásperamente.

Empujé las rodillas más arriba, permitiéndole entrar más profundo, mientras acunaba su rostro entre mis manos.

—También te amo.

Jadeé cuando él giró sus caderas, comenzando a perder el enfoque cuando las sensaciones de nuestra cópula ganaron el dominio.

—Me encanta follarte —me susurró al oído, con la voz ronca por la emoción—. Pero también me encanta hacerte el amor.

Asentí, entendiendo completamente.

Emmett me besó profundamente una vez más, sus embestidas cada vez más frenéticas mientras la tensión aumentaba en nosotros. Nuestra piel estaba húmeda y pegajosa por el sudor mientras nos deslizábamos uno contra el otro, la respiración jadeante mezclándose mientras nuestros labios se rozaban de un lado a otro con el movimiento de su cuerpo sobre el mío.

Persiguiendo el clímax, incliné mis caderas hacia arriba con fuerza, encontrando el siguiente empuje de Emmett con un golpe que rompió la espiral en mi interior. Saltaron chispas por todos lados a raíz de su destrucción y grité su nombre cuando llegué, mi sexo palpitando a su alrededor, la parte inferior de mi cuerpo temblando por el clímax.

De repente Emmett puso mis manos sobre mi cabeza en la cama, bombeando dentro de mí más fuerte mientras me sujetaba. Acabó con un gutural grito de mi nombre, sus caderas sacudiéndose contra las mías mientras inundaba mi vientre con su liberación.

Se derrumbó sobre mí y sentí una punzada de dolor en las costillas. Casi como si también lo sintiera, Emmett rodó a su lado, todavía dentro de mí, y me atrajo hacia él, enganchando mi pierna sobre su cadera.

Sentí otra chispa de placer entre mis piernas cuando su pene se sacudió dentro de mí.

—La espera valió la pena—suspiró felizmente.

Asentí contra su pecho, pensando en todos los sujetos equivocados con los que había salido antes que él.

—Definitivamente.

Dos Semanas Después

Apartamento De Emmett Y Rosalie

Sudorosa, cansada y cubierta de pequeñas manchas de pintura esparcidas del rodillo, entré en nuestro piso y me recosté contra la puerta con un suspiro de satisfacción.

Tío Eleazar me había dejado en casa después de nuestro primer día en el trabajo en conjunto. Estábamos decorando una de las casas muestras en el nuevo complejo para el que Eleazar había sido contratado. Hoy pintamos todos los techos. Mañana y al día siguiente estaríamos pintando más y luego continuaríamos con el papel tapiz que el diseñador había elegido.

—Estoy en casa —llamé, quitándome mis botas de trabajo y soltando las correas de mi overol de modo que colgaba en mí como pantalones anchos.

—Estoy aquí —respondió Emmett desde el dormitorio.

Recorrí el pasillo, sacándome el pañuelo de la cabeza y pensando en lo agradable que era sentirse así de agotada. Era una especie de cumplido agotador y me encantaba. Me detuve en la puerta de la habitación para encontrar a Emmett sentado en el borde de la cama con las manos detrás de la espalda.

Nuestra habitación era ahora una mezcolanza extraña de mis cosas y las suyas, pero no me importaba. Simplemente me encantaba que cuando me despertaba en la mañana tenía envuelto un cálido brazo alrededor de mi cintura y normalmente una bienvenida erección matutina empujándome en el trasero.

No lo cambiaría por nada.

La mudanza había ido bien en su mayor parte. Ambos estábamos sobrellevando de forma relajada todas las cosas pequeñas, por lo que compartir el espacio no era realmente un problema para mí y Emmett, y Ben se había recreado su dormitorio del piso de arriba en el dormitorio de invitados de Emmett en tiempo récord. Él parecía estar muy feliz con su nueva casa, y contento de que nuestra habitación estuviera en el otro lado de la suya en el piso.

Me alegraba eso también.

Mamá, por otro lado, siguió adelante con el tratamiento del silencio, negándose a hablar conmigo cada vez que aparecía arriba para traer sus provisiones y limpiar el lugar.

La culpa no me iba a encontrar. No a causa de ella.

Aunque, es cierto que, algunos días eran más fáciles que otros. Sin embargo, todo lo demás había resultado sin problemas. Todo el mundo estaba feliz por nosotros. Bueno, a excepción de Heidi, me imagino, pero dado que Emmett había cumplido con su palabra de romper el contacto con ella, yo no lo sabía con certeza. La única discusión que habíamos tenido hasta ahora fue hace una semana en la que habíamos estado viendo una película y Royce me había llamado. Tomé la llamada. Royce sólo había querido charlar, una charla en la que le dije que me fui a vivir con Emmett. El silencio había caído al otro lado de la línea y cuando Royce habló finalmente, ofreciéndome felicitaciones, fue con esa falsa alegría que yo sabía que le había hecho daño.

Una vez más. Antes de que pudiera responder —no es que yo sabía qué decir—, él había inventado sus excusas y colgó.

Cuando regresé de la cocina, fui arrastrada con prontitud por Emmett en el dormitorio, donde intentó con calma (y tuvo éxito en esa labor) preguntarme lo que Royce quería. Eso terminó en una discusión. Emmett argumentó que dado que él dejó de hablar con Heidi, yo debería dejar de hablar con Royce. Yo argumenté que no era lo mismo, ya Heidi estaba enamorada de él. Emmett argumentó que Royce estaba enamorado de mí. Y como pensé que podría estar en lo cierto, le dejé ganar la discusión, asegurándole que no hablaría más con Royce. No pensé que eso fuera un problema. Tuve la sensación de que era la última llamada que alguna vez recibiría de Royce.

Tan feroz como la discusión había sido, una vez que terminó, terminó. Nos instalamos en nuestras rutinas rápidamente, y hasta ahora, yo diría que la mudanza en su lugar era un éxito absoluto. El sábado siguiente íbamos a tener una pequeña fiesta de inauguración del apartamento para que todos nuestros amigos pudieran visitarnos y hacer comentarios sarcásticos sobre cuán asquerosamente enamorados estábamos.

¡Yo no podía esperar!

Mirando a Emmett con sospecha, pensando que su comportamiento era muy extraño mientras estaba allí sentado en el extremo de la cama, le pregunté:

—¿Qué estás haciendo? ¿Dónde está Ben?

—En McDonald con sus amigos. Le dije que podía ir.

—Está bien. Tal vez deberíamos pedir comida en lugar de cocinar, entonces.

—Me parece bien.

Parecía apagado.

—¿Estás bien?

—¿Cómo estuvo el primer día? —respondió él, sonriendo de pronto ante mi estado.

—Maravilloso. Quiero decir, mi cuello y espalda duelen y tengo pintura en mis pestañas, pero fue maravilloso. —Terminé de entrar en la habitación y me dejé caer a su lado, dándole un beso suave en su boca.

Cuando me retiré, Emmett me dio una media sonrisa. Lo estudié, sin duda cada vez más con la impresión de que algo no estaba del todo bien. ¿Se veía nervioso?

—En serio, ¿qué está pasando?

—Tengo un regalo para ti. —Sacó la mano de detrás de la espalda y sostuvo el paquete del regalo rectangular envuelto para mí.

Le sonreí.

—¿Qué es esto? —Tomé el regalo y pasé los dedos sobre él, preguntándome qué podría ser.

Los labios de Emmett se elevaron en las comisuras ante mi emoción.

—Es algo para conmemorar tu primer día como uno de los pintores y decoradores de M. Holloway.

Me reí, dándole otro beso rápido, antes de pasar a mi regalo. Poco a poco lo desenvolví, metiendo el papel detrás de mí mientras daba vuelta al regalo. Era una brocha… y no cualquier brocha. Era una de las mejores y más caras, brochas profesionales.

—Oh, Emmett. —Suspiré ante su consideración a medida que abría con cuidado el plástico para llegar a ella—. No deberías…

Las palabras de repente quedaron atrapadas en mi garganta cuando la luz capturó un brillo en la punta de la brocha. Le lancé una mirada de incredulidad antes de clavarla en el mango. Suavemente saqué la brocha de su plástico y me quedé boquiabierta al ver el objeto que él había colocado a través de la punta del mango.

Era un anillo de diamantes.

Un anillo de oro blanco con un simple diamante corte princesa fijado en puntas levantadas en el centro de la banda.

Mi corazón se aceleró como loco ante la implicación, poco a poco volví la cabeza para mirar a Emmett con asombro estupefacto. Él casualmente tomó la brocha de mi mano y sacó el anillo del mango. Se levantó de la cama y cayó sobre una rodilla delante de mí.

—Oh, Dios mío —suspiré, mi mano derecha temblando contra mi garganta mientras mi pulso latía a una velocidad súper rápida.

Emmett tomó mi mano izquierda temblorosa en la suya, su mirada sincera mientras miraba a mis ojos.

—Rosalie Hale, amor de mi vida, no quiero volver a pasar otro día sin despertar a tu lado. —Llevó el anillo hasta mi mano—. ¿Quieres pasar el resto de tu vida conmigo? ¿Quieres casarte conmigo?

Me di cuenta ahora, después de años de esperar que los hombres antes de Emmett me hicieran esa pregunta, que decir que sí a cualquiera de ellos habría sido sin duda la peor decisión que habría hecho nunca.

Había una certeza que había aprendido en los últimos meses: cuando un hombre te hace esa pregunta, sólo había una cosa que tenías que preguntarte. ¿Podría vivir sin él?

Si la respuesta es no, entonces la respuesta es sí.

Asentí, con la boca temblorosa mientras las lágrimas comenzaban a caer.

—Sí. Me casaré contigo.

Con un gemido de alegría, Emmett me atrajo hacia él para darme un beso tan profundo que me quedé, literalmente, sin aliento cuando él me dejó ir. Jadeé contra su boca, sonriendo torcidamente.

—¿Sabes lo que significa esto?

Los ojos de Emmett brillaron, y me sentí abrumada por la felicidad en ellos.

—¿Lo que quiere decir?

—Nunca vamos a ser capaces de vivir con Bella después de esto. Creerá que es la Señora Casamentera.

—Tendré que hablar con Edward. Él la va a mantener a raya. —Él sonrió infantilmente—. Somos buenos en eso.

—Ustedes dos piensan que están a cargo, ¿no?

Se encogió de hombros, pero sus ojos decían: Sí… sí, lo hacemos. Acunando su rostro entre mis manos, le di una sonrisa condescendiente pero simpática.

—Oh, cariño, tu ingenuidad es tan entrañable.

Riendo, Emmett rodeó con sus brazos mi cintura y mientras se levantaba, me levantó y me arrojó sobre la cama.

—Esta noche, al menos, yo estoy a cargo. —Empezó a desvestirme lentamente mientras me sentaba, apoyada en los codos para observarlo, mi cuerpo ya volviendo a la vida en anticipación—. Ahora dime otra vez que me amas, señora pronto-a-ser-McCarty.

Suspiré felizmente ante el sonido simultáneo de mi pronto-a-ser apellido y la cremallera de sus pantalones bajando. Mientras me preparaba para darle lo que quería, me sorprendió la facilidad con que esas palabras surgieron después de haberme llevado tanto tiempo encontrar el valor de decírselas a él en primer lugar. Al igual que hice con Ben, me prometí a mí misma en ese momento que Emmett no viviría un día de su vida sin saber lo que yo sentía por él.

—Te amo, Emmett McCarty.

Con una sonrisa arrogante, Emmett bajó sus pantalones hasta el suelo.

—Yo también te amo, señorita Hale-pronto-a-ser-McCarty. —Y entonces supe mientras estaba acostada en la cama mirando su familiar y hermoso rostro que tenía algo que nunca antes había tenido. Yo tenía a alguien que no iba a dejar que pasara ni un solo día de mi vida sin saber lo mucho que yo era amada.

Creo que una de mis partes favoritas de todo era el hecho de que encontrar lo que teníamos juntos no nos había costado a ninguno de los dos un solo centavo.

Bueno… con la excepción de un anillo de compromiso y una nueva paleta de colores para nuestro piso.