"¿Cómo que te quedas?" –bramaron los gemelos entre las protestas de los soldados-
"Me quedo." –repitió el pequeño-
"Mi señor… no sería recomendable." –murmuró el capitán-
"Soy el príncipe, digo que me quedo y te ordeno que vuelvas con tus soldados al reino." –sentenció serio el sindar-
"Pero el rey…" –masculló de nuevo el mayor-
"No habrá problema con mi padre. Soy perfectamente capaz de defenderme."
La guardia pronto se retiró y preparó los caballos para obedecerle, sabiendo a la perfección que era un caso perdido. Sin embargo, Elladan y Elrohir permanecieron clavados en su sitio. Legolas les sostuvo la mirada con autoridad.
"Nos quedamos contigo, idiota."
El sindar no parpadeó y siguió el duelo de miradas durante unos minutos más. Entonces, dándolo por concluido, cerró los ojos, suspiró con pesadez y sonrió al fin.
"De acuerdo." - asintió, y los gemelos fueron por sus cosas también-
"¿Para qué quieres quedarte?" –preguntó Elrohir mientras caminaban hacia la plaza-
"Quiero descubrir lo que pasa aquí. Simplemente no lo puedo dejar pasar… Aunque esté fuera de los límites de mi reino, como dice mi padre, debo asegurarme de que el mal que asoló esta tierra no se extienda al resto." –murmuró en respuesta el príncipe.-
"¿Por dónde empezamos?"
"Investiguemos a fondo el pueblo y los rastros… Deberíamos intentar averiguar qué clase de criatura atacó."
"Será algo difícil. Acabemos lo que podamos aquí y luego volvamos a Mirkwood, investigaremos las bibliotecas." –asintió Elladan- "Y si no, siempre podemos preguntarle a nuestro padre o a nuestra abuela. Incluso Gandalf podría averiguar algo."
"Reunamos pistas."-ofreció su gemelo-
Los tres se separaron y entraron cada uno en las viviendas de su alrededor. Elrohir entró en el ayuntamiento y Legolas entró en cada una de las casas de los aldeanos. El primero no consiguió nada de interés, pero el segundo se vio a si mismo contemplándose en un caldero de agua. Los platos reposaban en los fregaderos, los graneros estaban abiertos. Las víctimas habían sido sorprendidas en medio de sus tareas domésticas, y el ataque había sido tan rápido que ni siquiera les había dado tiempo a huir, de otro modo, las cosas estarían, tal vez, tiradas por el suelo a causa de una huida desesperada al ver una horda de orcos acercarse serpenteando entre las colinas. Pero no, todo parecía estar tan… en calma, como si nada hubiese pasado. Los pájaros no cantaban y los gatos no les maullaban, todo estaba tan muerto. No había signos de lucha, tampoco se habían marchado por ellos mismos. Legolas no podía imaginar la solución, pero debía hacerlo, o podrían pasar siglos con el mismo pensamiento macabro en la cabeza. ¿Quién vengaría a todas aquellas personas si no eran ellos?
Subió a un piso interior, y entonces se percató de que estaba contemplando la misma habitación que aquella mañana a través de la ventana. Parecía que no era transitada muy a menudo, era una especie de desván cubierto por una espesa capa de polvo. Había una esquina que no tenía, pero no parecía ser una despensa o algo por el estilo. Había muchos botes. La mirada del elfo se dirigió al fondo de la habitación, donde horas antes le había parecido distinguir un brillo carmesí. Se acercó con lentitud. Sus pisadas, aunque silenciosas y ligeras, levantaban a cada paso una invisible capa de polvo. Había un armario con pomo de metal. Fue a abrirlo, pero al rozar sus dedos con él, no tuvo más remedio que retirarlos. Estaba frío, muy frío, tanto que le llegó a quemar. Y sintió algo extraño… como si se hubiese cortado con algo. El cosquilleo permaneció en su piel durante varios minutos. Los ojos grises de Legolas estudiaron al detalle la puerta del armario, pero no localizó nada que pudiese haber localizado aquél daño. Se atrevió a probar de nuevo, y agarró con firmeza el pomo. Nada ocurrió, y tiró de él para descubrir el interior.
Retrocedió de nuevo. Muerte, podía oler a muerte allí. Pero no había nada muerto. Había un cofre, y su cerradura había sido forzada con manos expertas. En su interior sólo había varios kilos de polvo, aunque se adivinada la silueta de un colgante con forma ovalada. Legolas supo que la muerte lo había cogido. Aquello que había ataco a los aldeanos también había robado aquella joya. Pero… ¿cómo había llegado hasta el mueble sin dejar marcas en el polvo? Cerró el armario y salió con rapidez de la casa, turbado.
Elladan había encontrado la iglesia. La luz apenas entraba a través de los huecos de las paredes, por lo que casi a oscuras –su visión élfica le ayudaba mucho- tanteó la antorcha de la pared y la encendió. Con el fuego en alto, intentó darle luz a toda la sala. No era muy grande. Se sobresaltó cuando la puerta se cerró en cuanto se separó de ella, pero no quiso darle mucha importancia. Avanzó en silencio entre los bancos. Parecían unos humanos muy devotos, porque dentro de lo que cabía, la iglesia estaba limpia, demostrando que recibía visitantes a diario. Las paredes de roca y piedra hacían eco de sus pasos tanto como podían, pero se oía más el chispeo de las llamas en la antorcha. Llegó hasta el altar de la iglesia.
Había copas y muchos candelabros, y una pintura adornaba la pared. Algo le llamó la atención. Un pequeño trozo de pergamino descansaba en unos de los bancos del frente. Lo cogió y yol leyó.
Visteis la masacre. Visteis el ojo. Tú eres el mayor, Peredhil, decide. ¿Continuaréis?
Elladan tragó saliva. ¿Cómo demonios había llegado eso allí? La persona que lo había escrito… ¿Cómo sabía quién era? ¿Cómo sabía que había nacido cinco minutos antes que su hermano? Lo importante: ¿Cómo lo había diferenciado de su gemelo? ¿Cómo había estado tan seguro de que sería él quien entrase en aquél lugar? Un escalofrío subió por su espalda e hizo arder sus mejillas, latir con furia su sien. Con las pupilas convertidas en pequeños puntos negros en un universo azul por el miedo, miró a su alrededor con el sudor frío recorriéndole la frente. Para empeorarlo todo, un viento frío le sacudió e hizo revolotear sus cabellos. Se volvió con brusquedad en esa dirección, y se asustó al distinguir una muñeca de trapo sentada en el altar. ¿De dónde había salido? La muñeca se cayó hacia atrás. Algo o alguien apagó la llama de Elladan, y éste, pálido como un fantasma, empezó a correr con desesperación hacia la salida.
Elrohir y Legolas le miraron interrogantes cuando los alcanzó en un par de zancadas y tiró de sus camisas.
"Vámonos… ¡Vamos, tenemos que largarnos!" –exclamó incitándolos a subirse a sus caballos-
"¿Qué ocurre?" –preguntó exaltado Elrohir-
"¡Esa cosa! ¡Esa cosa sigue aquí! ¡EN LA IGLESIA!" –gritó con horror Elladan-
Los demás reaccionaron con rapidez con los ojos abiertos al máximo por el pánico, e hicieron galopar al máximo a sus caballos. Cuando ya salían del pueblo acertaron a mirar atrás un segundo. Tras ellos, una figura blanca como la leche emergía de las sombras de la iglesia.
Legolas gritó y empezó a correr más rápido. El cielo, de la nada, se había llenado de nubes negras, que relampagueaban de vez en cuando, amenazando con dejar suelto todo un diluvio. Efectivamente, no tardó ni un segundo más en empapar hasta los huesos a los tres elfos.
Un relámpago relució y al instante un atronador trueno rebotó en las colinas y los campos. Los caballos, asustados, se pusieron a dos patas, se resbalaron con el barro y cayeron de espaldas. Sus jinetes se soltaron en el alboroto y contemplaron cómo sus monturas huían sin ellos.
"¿¡Qué hacemos ahora!?" –preguntó a gritos Elrohir para dejarse oír entre el bramido de los truenos sobre su cabeza.-
"¡A los árboles, a los árboles!" –gritó también Legolas-
Comenzaron a correr hacia la arboleda que se erguía a un kilómetro de distancia. Al menos allí podrían refugiarse un poco de la lluvia y de aquello que podría perseguirlos, pues ninguna criatura es capaz de encontrar a un elfo en el bosque si este no quiere que lo encuentren. Tardaron media hora en dejar de correr a toda velocidad para adentrarse en el bosque lo más posible, y sólo cuando sintieron que se ahogaban entre el esfuerzo, la lluvia y los troncos supieron que estaban lo suficientemente adentrados. Jadearon, y Elrohir se retiró los mechones mojados de la frente, mirando a su alrededor.
"No creeréis que nos seguirá, ¿verdad?" –preguntó-
"Reza porque no lo haga, hermanito."
"Debemos encontrar un lugar para guarecernos de la lluvia, es demasiado intensa." –Legolas señaló una cueva que se distinguía en las montañas, no muy lejos de allí.- "Se ha hecho de noches."
No tardaron mucho en llegar allí. Estaban tensos, con la piel de gallina y los pelos de punta. Les habría gustado escuchar los pasos de algún ciervo, el grito de alguna lechuza que buscaba un hueco en los árboles para no mojarse. Pero no, todo estaba en silencio como lo había estado idea. Se sentían observados. Caminaron rápido y en un silencio sepulcral como el que los rodeaba. Treparon sin reparo por la roca húmeda, y aunque a su paso dejaban caer alguna que otra piedra, llegaron sin problema a la cueva.
Cuando llegaron, se dieron una sorpresa.
"Bienvenidos, elfos. ¿Por qué unos jóvenes como vosotros estáis solos en estos tiempos aciagos?" –les saludó una pequeña anciana de pelo y barba blanca-
"Eres… una enana." –masculló Elladan-
"así es, y vosotros unos niños que necesitáis mi consejo, como puedo ver. ¿Os encontrasteis con la bestia?" –los elfos se miraron entre sí, y la anciana sólo sonrió- "Ya veo que no, de otro modo no seguiríais en este mundo… Venid, venid, muchas de vuestras cuestiones encontrarán respuesta en el interior."
Les invitó a pasar al interior y los tres accedieron. Descubrieron allí una vivienda que debió de haber construido ella misma. Les sirvió sin que le dijesen nada unas tazas de té y unos pastelitos.
"¿Sabía usted de la masacre en la aldea cercana?"
"Sí. Me llaman vidente allí, soy una bruja para ellos, una adivina. Una pena, esta enorme pérdida, pero ni siquiera yo fui capaz de ver lo que se avecinaba."
"¿Una adivina?" –preguntó algo escéptico Elrohir-
La anciana sonrió y creó varias arrugas más en sus hoyuelos al hacerlo.
"Así es, poseo la Visión. Como también la posee vuestro padre, el señor Elrond. Soy una enana y mi caso nunca se dio en el pasado, por ello me separé de mi gente y del mundo."-aclaró con voz serena-
"Mis perdones." –susurró Elrohir- "Dijisteis… Que nuestras preguntas tendrían respuesta. ¿Son en relación con… la cosa… que estaba en el pueblo?"
"Oh, sí. Poco sé al respecto, pero hasta mis oídos llegó una profecía que os convendría aprender también. La llegada del ser fue anunciada hace tiempo… Dice así." –su voz se tornó neutra, como en trance, recitó las palabras que escucharon con algo de incertidumbre sus invitados- "Malos augurios cantan los espíritus para la noche de los muertos, pues aquello que refleja el corazón volverá a vestirse de carmesí, y su llegada no significará más que una masacre de bienvenida para su señor."
"La noche de los muertos…" –masculló Legolas- "Pero la masacre ya sucedió…"
"Sólo fue el aperitivo, para tomar fuerza. Será la noche de los muertos cuando lleno de poder, atacará a aquellos que desafiaron a su señor." –respondió la anciana-
"Su señor… dibujó un ojo dentro de un anillo. Si esa es la representación de su señor…"
"Sauron." –sentenció Elladan- "Por supuesto."
El silencio invadió la cueva, y la anciana paseó la mirada por el techo.
"Debemos avisar a mi padre." –dijo Legolas incorporándose-
"Con la bestia suelta, las noche se han tornado más oscuras. Viajad siempre de día, podéis quedaron aquí hasta el amanecer." –negó la anciana, y Legolas volvió a sentarse-
Decidieron al fin pasar la noche allí, pero no pudieron dormir. La amenaza de la bestia blanca que por poco los había atrapado llenaba sus mentes. Elladan no podía cerrar los ojos sin ver de nuevo la silueta blanca en la iglesia, el papel que le había dejado, la muñeca, el cómo había apagado la antorcha. Sabía que si hubiese querido, ahora mismo podría estar muerto. Elrohir sintió su agonía y se acercó a él, abrazándolo y apoyando la mejilla en la suya. Legolas se acomodó entre sus pechos, temblando suavemente.
"¿Qué vamos a hacer? La noche de los muertos es dentro de tres días."-susurró a media noche-
"No lo sé, principito. No lo sé." –murmuró Elladan, acariciándole el cabello-
La mañana llegó después de lo que les pareció una eternidad mirando el cielo nublado en la entrada de la vivienda. Se despidieron de la anciana y se disponían a bajar ladera cuando ella los llamó una última vez.
"Usad las escaleras esta vez, bonitos."
Los tres elfos sonrieron sin remedio al descubrir el caminito que había justo a unos dos metros del lugar por dónde habían trepado.
Les esperaba una larga caminata hasta el palacio, pero esperaban llegar antes del mediodía. ¿Cuántas sorpresas debían soportar? Muchas más, desde luego, y la primera de ellas les aguardaba sentada en la sala del trono.
