"Legolas."-llamó con suavidad Elladan, agarrándole de la cintura sin dejar de andar- "¿Estás bien?"
Legolas se pegó a él, agradecido.
"No es nada. Solo… no voy a permitir que nadie toree a mi padre."-respondió, sin embargo-
"No te preocupes, Hojaverde, resolveremos esto."-sonrió Elrohir, corriendo para alcanzarlos. Le revolvió el cabello a Legolas- "No le daremos oportunidad a esa tal Verylä. La cazaremos en el acto."
Legolas sonrió ante la seguridad de su amigo y asintió. Llegaron a la habitación de la mujer, si es que se podía llamar así, pero descubrieron que la sala estaba vacía. Le preguntaron dónde había ido al guardia que patrullaba los pasillos cercanos. Les dijo que había salido hacía unos minutos, y los tres jóvenes le siguieron el rastro usando como migas de pan a los distintos sirvientes de palacio. Las indicaciones les guiaron al exterior de palacio, pero no salieron sin armarse primero. Se negaron la opción de ir a caballo, pues el ruido de los cascos de estos pronto los descubriría. Y lo que interesaba era averiguar el motivo del por qué una muchacha habría de salir a esas horas de palacio.
La luna, casi llena, brillaba en el cielo, más allá de la capa de nubes que lo nublaba. El día de los muertos estaba cada vez más cerca, pero ellos estaban decididos a resolver el misterio antes de que se cumpliese la fecha. De ninguna manera iban a permitir que Verylä se saliese con la suya.
Los tres elfos avanzaban en silencio entre las sombras que les proporcionaban los árboles. No importaba el número de hojas muertas y ramitas que poblaban la superficie del bosque, los elfos avanzaban entre ellas sin provocar el menor crujido. Aquello podría haber sido fatal. Legolas, que iba delante, hizo una señal para que se detuvieran. Más adelante había un claro, iluminado por la tenue luz de la luna. Sabían de sobra que aquellos lugares eran perfectos para tender una emboscada, por lo que astutamente pensaron en rodearlo. No llegaron a hacerlo. Se dieron cuenta de que en aquella ocasión ellos serían los atacantes. Había alguien en el centro del claro. Pero cuando las nubes se retiraron y la luna iluminó cada rincón, algo les dijo que emboscar a aquella persona no sería una buena idea.
Había un elfo tumbado boca arriba, muerto. Legolas lo conocía, era uno de los guardias que más chucherías le habían dado cuando era niño, por eso se afectó más y tardó unos segundos más en percatarse de que no respiraba. Los gemelos ya se habían dado cuenta de que era imposible que tuviese pulso, principalmente porque no le quedaría ni gota de sangre. Alguien o algo le había desangrado como a los aldeanos. Y ese algo seguía sentado sobre él, desnudo, sonriendo con sus dientes de tiburón y pintándose el pecho con la sangre esmeralda del elfo.
El corazón de los tres elfos se detuvo del horror que sintieron al analizar a aquella irreal criatura. Su sexo no estaba del todo definido, pues aunque estaba desnudo, no presentaba atributos masculinos o femeninos. Su piel, blanca como la tiza, se pegaba a los huesos, convirtiéndolo en no más que un esqueleto. No tenía pelo, pero lo que más les aterrorizó mientras no les miró, fueron sus dientes. Su boca, anormalmente grande, dejaba asomar grandes y afilados colmillos, y sus labios goteaban de la sangre recién ingerida de su última víctima. Legolas bajó la mirada y estudió los ojos vidriosos del guardia brutalmente asesinado. Su rostro presentaba el mismo horror de la pobre gente del pueblo. Cuando, con la garganta seca, volvió a alzar la mirada, contempló con horror a la criatura sonreírle y mirarle con sus tenebrosos ojos color sangre. De su cuello colgaba un reluciente colgante del mismo color, de forma ovalada, y Legolas reconoció aquella silueta.
"Tú… eres quien atacó el pueblo."-acertó a susurrar, a sabiendas de que el monstruo ya sabía que estaban allí-
"Ah, ¿esto?" –habló con una voz rota y chirriante, de inframundo, señalando la joya- "Me gustó y lo cogí, pero no era tan idiota como para llevarlo puesto en el castillo. Sois muy listos, ¿sabéis? O tal vez demasiado idiotas. En el castillo no puedo hacer nada antes de recuperar la fuerza suficiente, pero no tendré problema aquí. Habéis sido muy amables al venir hasta aquí vosotros solitos. Me habéis puesto las cosas mucho más fáciles."
Mientras hablaba, se levantó y pasando sobre el cadáver de la desafortunada víctima, se fue aproximando a ellos con lentitud. La sangre carmesí seguía resbalando por su pálida piel.
"¿Eres Verylä?"-preguntó Elrohir-
"Ah, sólo es un nombre de quita y pega. Espero a que mi señor me dé uno, sería un gran honor."
"¿Quién es tu señor? ¿Qué eres? ¿Cuál es tu propósito?"-le gritó horrorizado Elrohir, interponiendo la espada entre ellos, a pesar de que todavía les separaba una distancia de varios metros-
"Mi señor es el único y más poderoso maiar que nunca jamás ha pisado Arda. Sauron es su nombre y deberíais temer al pronunciarlo. Soy uno de los seguidores más leales. En vuestro sucio lenguaje me llaman vampiro, ¡qué originales!"-resoplo, y luego volvió a sonreír- "Y obviamente, lo que pretendo es limpiar las tierras de mi señor. Vuestras asquerosas presencias han invadido sin pudor sus territorios y yo os lo haré pagar."
No parecía querer conversar mucho más, pues flexionó su cuerpo, dispuesto a saltar. Legolas, con sus buenos reflejos, acertó a clavarle una flecha en el abdomen y otra en el corazón, y con eso consiguió detener el ataque. Sin embargo, Verylä, con un gesto de fastidio, se arrancó las dos flechas sin rastro de dolor. Los dos agujeros que estas habían dejado desaparecieron pocos segundos después, sin gotear ni una gota de sangre. Los gemelos tragaron saliva y retrocedieron un par de pasos, mientras se daban cuenta de que sus espadas tampoco servirían contra aquella criatura.
"¡Al castillo!"-gritó Legolas, y empezó a correr en dirección a su única salvación, con los gemelos pisándole los talones-
Verylä sonrió con diversión. Si algo le gustaba más que corrieran como conejillos asustados, era que gritaran y suplicaran por su inútil vida. Les dejó algo de ventaja antes de lanzarse tras sus presas, saltando a la velocidad del rayo sobre las copas de los árboles. Legolas sintió su corazón desbocarse cuando oyó un rugido sobre su cabeza, y les dio el tiempo justo para apartarse de la trayectoria del vampiro y huir de nuevo.
No sabían cuánto duró aquella persecución, pero presintieron que era sólo porque a Verylä le gustaba aquél juego. Su velocidad no entraba en los límites de percepción de los tres elfos, y con frecuencia eran alcanzados por el vampiro. Una y otra vez cambiaron de dirección, intentando despistarlo mediante todos los medios, sin resultados. A un lado o a otro, los tres pobres elfos distinguían el brillo mortal de los ojos rojizos de su cazado, su silueta pálida, sentían sus afiladas garras tratando de agarrar sus largos cabellos. Los ojos de Legolas se llenaron de lágrimas. Sabía que iba a morir, pero no quería. No quería dejar sólo a su padre. Necesitaba verlo una vez más. Sólo para pedirle perdón.
Entonces, Verylä areció cansarse. Si no gritaban no tenía gracia. Los hizo detenerse en seco eliminando todas las salidas posibles. Los observó con una enorme sonrisa. Hoy tendría un menú completo. Se relamió, tenía ganas de probar aquella sangre, joven e inocente. Aunque luego de tantos siglos en ayuno, cualquier cosa habría servido para saciar su apetito, incluso aquél mugroso pueblo. Recordándolo, tomó la decisión de saltar sobre Legolas primero, pues él había sido quien primero le había visto entonces.
Al ver la muerte lanzarse a su cuello, Legolas gimió e intentó cubrirse, pero un cuerpo se interpuso entre ellos. Elrohir gritó cuando vio a su hermano en las garras de Verylä. Éste se había lanzado queriendo protegerlo, poniéndose en peligro. Por suerte, aquella nueva presa suicida no estaba en los planes del vampiro, por lo que no acertó a matarlo al instante. Sin embargo, Legolas contempló cómo los afilados colmillos de Verylä se hundían en el cuello de Elladan. El Peredhil se movió con desesperación en un principio, intentando soltarse, pero tres segundos después colgaba inmóvil en los brazos del vampiro. Con un grito, Elrohir se lanzó al rescate de su hermano y entre él y Legolas consiguieron que lo soltara.
Los tres, rezando porque sus espíritus fuesen bien recibidos en los Salones de Mandos, se acurrucaron llorando en el suelo. Elrohir abrazaba a su hermano, sollozando en su hombro, mientras notaba la sangre carmesí brotar de su cuello. Legolas se acurrucó junto a ellos, cerrando los ojos y esperando el final mientras la sombre del vampiro se cernía sobre ellos.
De pronto, un grito de guerra sonó entre los árboles, y Thranduil, montado en su nuevo caballo, emergió de la oscuridad y le asestó un golpe al monstruo con su espada.
"¡Subid, rápido!"-rugió, tendiéndoles la mano-
Elrohir, todavía medio cegado por las lágrimas, se ayudó de Legolas para subir a Elladan al caballo. El elfo había perdido mucha sangre en aquellos diez segundos que habían transcurrido. Si no se daban prisa, Elladan perdería la vida. Antes de que ni siquiera pudiesen plantearse que si el alce podría con ellos cuatro, un esbelto ciervo blanco apareció también al rescate. Pasó por encima del vampiro y esto les proporcionó algo más de ventaja. Legolas y Elrohir se subieron al él y se agarraron con desesperación donde pudieron. El ciervo era diferente al caballo: no paraba de saltar ágilmente, en vez de galopar. Los dos jóvenes que lo montaban lo hacían encogidos, pegados a su lomo para evitar darse en la cabeza con las ramas.
Legolas oía a Elrohir sollozar tras su espalda. Podían ver al rey más adelante, sujetando entre sus brazos el cuerpo inerte de Elladan. Sin embargo, no se atrevieron a mirar atrás. No querían ver esos ojos carmesís de nuevo.
Verylä se levantó con lentitud, con la vista fija donde habían desaparecido sus presas. Decidió no perseguirles. Si lograba esperar unas pocas horas, un nuevo siervo atacaría el castillo desde el interior.
