La carrera por el bosque fue intensa y desbocada. Thranduil y Elladan seguían estando a la cabeza, mientras que Legolas y Elrohir, montados en el ciervo blanco, iban tras ellos sin perder el ritmo en ningún momento. Las uñas de Elrohir, clavándose en el vientre de Legolas por el estrés y la desesperación, casi desgarraban la ropa del príncipe por la tensión que guardaban. Elrohir, con los dientes apretados y la mirada fija en su hermano gemelo, no podía hacer otra cosa que rezar y rezar a los Valar que no se lo llevasen a los salones de Mandos.

Cuando al fin llegaron al palacio subterráneo, las puertas se abrieron para dejarles pasar y las patas de sus monturas armaron escándalo al correr sobre las losas de piedra que adornaban el hall. Antes de llegar a las escaleras que allí había, el caballo de Thranduil y aquél misterioso ciervo se detuvieron en seco. Elrohir bajó corriendo y cargó el cuerpo inerte de su hermano que el rey le tendía. Thranduil le dirigió una última mirada a su hijo antes de ir con el Peredhil a buscarle medicamento. Legolas, por su parte, bajó con cuidado del ciervo, pues durante el alocado trayecto le habían entrado desagradables náuseas, que aumentaban cada vez que sin querer, rememoraba los horrores que aquella noche había contemplado. Se apoyó en el musculoso cuello del animal, quien lo sostuvo sin importarle mucho las miradas que le dirigían los guardias.

"Gracias."-le susurró Legolas al animal, cuando se sintió con fuerzas-

El ciervo inclinó su gran cornamenta y luego se encaminó hacia la salida.

"Espera, ¡no te vayas! ¡Es peligroso!"-gritó el príncipe cuando pudo reaccionar, pero el ciervo simplemente desapareció entre los árboles.-

Legolas dejó escapar un suspiro. Aquél ciervo era un fantasma. Si no quería que lo viesen, nadie podría encontrarlo ni en un millón de años. Había vivido en el bosque sin ser perturbado durante siglos y ni siquiera las arañas habían logrado expulsarlo de su guarida, donde quiera que se escondiese. Algo muy profundo en él se regocijaba cada vez que lograba vislumbrarlo entre la maleza, y el haberlo montado le devolvía poco a poco el color a sus mejillas. Aquella vez su corazón le dijo que él estaría bien, que ningún mal podría hacerle alguien como Verylä. Por ello ordenó cerrar las puertas y se fue en busca de sus amigos. Sus pasos le condujeron directamente hacia la enfermería, y cuando estaba por llamar a la puerta, Thranduil la abrió.

"Están dentro. Quédate con ellos, yo tengo que… tengo que pedir ayuda a Gandalf, o a Galadriel… a cualquiera que pueda saber la causa del mal que acosa al muchacho… a cualquiera que sepa cómo curarle."-murmuró el monarca, invitándolo a entrar antes de desaparecer por el pasillo-

Legolas tragó saliva, y sólo después de respirar hondo varias veces se atrevió a obedecer a su padre. Se sentía muy culpable por lo de Elladan, no en vano se había lanzado este a protegerle. Temía por la situación del Peredhil, pero sabía que sólo había una forma de saber hasta qué punto le había dañado los afilados colmillos de la vampiresa.

Se adentró en la habitación y lo que vio le dejó sin aliento. Temió que las sábanas que cubrían a su amigo fueran igual de blancas que su rostro tras ser desangrado, pero luego consideró que sí, que había algo peor que eso. Elladan se convulsionaba en los brazos de su lloroso hermano pequeño. La herida de su cuello había sido taponada con unas gasas y blancas vendas rodeaban su cuello. Lo más horroroso era la clara visión de todas sus venas, que resaltaban en la piel cenicienta con un color ennegrecido. Sus ojos, inyectados de sangre y llenos de dolor, se clavaron en el príncipe en cuanto éste cruzó el umbral. Elrohir también lo miró.

"Legolas, por favor, ayúdame. Está muy enfermo. Le inyectó veneno, esa zorra…"-le suplicó-

Legolas corrió a su lado, y con un brazo lo abrazó dándole su cariño, mientras con el otro acunaba a Elladan y lo erguía un poco. Se subió al lecho por comodidad y revisó a su amigo de arriba abajo, abriéndole el camisón y descubriendo que aquellas venas negras no alcanzaban ni siquiera la mitad de su pecho. Legolas rezó para que su veneno no alcanzara su corazón, pues parecía que se las tomaban largas para corromper cada milímetro en la piel del elfo, quien sabe si también sus interiores.

"Está avanzando."-susurró Elrohir- "Si llega a su corazón yo… yo…"

Justo cuando su hermano comentaba aquello, Elladan se revolvió y sacando la cabeza fuera de la cama, vomitó todo lo que había comido. Afortunadamente el contenido de su estómago acertó en el urinal que había cerca del pie de la cama. Mientras sus arcadas continuaban, Legolas recolocó a Elladan mientras Elrohir cogía el urinal y lo colocaba sobre las piernas de su gemelo, para que vomitase con comodidad. Le recogió el cabello para que este no se ensuciase, y le dio ánimos juntando sus frentes y besándole la sien, que latía de una forma tan violenta que incluso le contagió el dolor de cabeza. Legolas se estremeció al ver que el orinal se llenaba con una sustancia de color rojo oscuro, muy espeso para ser sangre, aunque sabía que de eso se trataba.

"¿Cómo lo curamos?"-susurró el príncipe.-

En ese preciso instante, Thranduil entró en la habitación.

"Matando al causante, por supuesto. He enviado un cuervo a Elrond, una lechuza a Galadriel y una paloma a Gandalf. Si el acabar con Verylä no es suficiente, alguno de esos tres sabios nos dará una respuesta. Deberían estar en camino por la fiesta, espero por Eru que no tarden más que unas horas en llegar. Hasta entonces necesitamos mantener a flote a Elladan, conseguir cuanta información podamos de ese bicho y atraer a Verylä hasta nuestra trampa. Le pondremos un cebo."

"No creo que podamos reunir mucha información sobre ella, Ada."-se lamentó Legolas-

"Yo… la escucho."-se oyó la tenue y rota voz de Elladan. Todos le miraron- "Me llama… quiere que vaya a su lado… pero no quiero… ¡No quiero!"

Se agarró la cabeza y empezó a gritar a todo pulmón.

"¡Me hará como ella! ¡Quiere que me una a su aquelarre!"-empezó a llorar, y de sus ojos no brotaron lágrimas sino sangre. Se estiró de los cabellos cuervos y entre sus dedos quedaron enganchados preocupantes cantidades de pelos-

Elrohir y Legolas lo abrazaron con todas sus fuerzas, y al fin lograron calmarlo. Elladan alzó sus ojos vidriosos hacia Thranduil.

"Si no voy, ella vendrá a por mí. He de ser yo… su cebo."-susurró, antes de desmayarse.-

Elrohir se asustó todavía más y miró dudoso a Thranduil.

"No te preocupes, Elrohir, no dejaremos que le toque. Ella no tocará a nadie más."-le calmó acercándose y colocándole una mano en el hombro- "He ordenado que todos se refugien en las mazmorras. La recibiremos en la sala del trono."

El castillo estaba en silencio. Verylä sonrió, complacida, cuando las puertas se abrieron silenciosas con el simple empujón del viento que la vampiresa llevó con ella. Los pasillos estaban desiertos. El rey seguramente habría ordenado a todos a esconderse, pero su instinto le daba la capacidad de oler la sangre de todas aquellas suculentas presas, por muy bajo tierra que estuvieran. Gracias al vínculo que guardaba con su nuevo siervo, sabía todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor, aunque cuando se desmayó el muchacho dejó de serle de utilidad. ¡Se lo tenía bien merecido, por desobedecer sus órdenes!

Caminó despacio. No le tenía mucho interés a aquellos elfos. Sabía que planeaban matarla, pero sabía que les sería imposible. Ciertamente, sólo había regresado a aquél espantoso castillo para matar a ese incordioso elfo rubito y llevarse al Peredhil de paseo. Le hacía rabiar pensar cada vuelta que le habían hecho hacer esos principitos. ¡Las molestias que se había tomado por ellos! Nunca pensó que aquella semana que iba a estar por su cuenta se le haría tan larga.

Y sin embargo, sonrió cuando llegó a la sal del trono, y sus amados elfos le esperaban. Elladan seguía desmayado en el suelo, temblando a causa de su veneno. Estaba arropado por una gruesa manta y acunado por su hermano gemelo. Legolas estaba a su lado y Thranduil en frente de ellos, amenazándola con una larga y brillante espada plateada.

"Ah, ¿qué tenemos aquí? Hermoso espectáculo, pues cuando acabe con vosotros podré subir a ese trono que tienes ahí, Thranduil, y ver cómo vuestra sangre limpia toda la mugre de estos pasillos, y vuestro cuerpos pálidos y fríos adornan adecuadamente esta sala que no merece menos."-esbozó una mueca y miró a su alrededor-"No tenéis sentido del gusto, he de decir."

Thranduil frunció el ceño, intentando ignorar su indignación.

"Nos ocuparemos de que no vuelvas a ver estos salones… y nada en general. Pero podríamos mostrarnos algo compasivos… si nos descubres la forma de volver a Elladan a su estado normal antes de que te lo sonsaquemos de maneras ciertamente poco amables."-gruñó el monarca, alzando la espada contra su pecho-

La risa de Verylä, fría y sin gracia, resonó por todos los rincones del reino. Como una sombra, recorrió cuantos metros le separaban del grupo.

"Qué aburrido."-bostezó-"No hay forma de retornarle de su estado, chico alce. ¿Puedo mataros ya?"

Sin permitir un diálogo algo más estudiado, se abalanzó con un chillido sobre Thranduil, quien blandió la espada para cortar su vientre. Lo único que consiguió fue distinguir la tenue estela blanca que dejaba ella tras de sí al moverse a tal velocidad. Verylä le provocó unas profundas heridas en la mejilla al arañarle la cara. Sin embargo, Thranduil, sonriente, retiró el hechizo que cubría su cicatriz en esa parte.

"¡Tonta! Hace siglos que no siento dolor en el lado izquierdo de mi rostro."

"¡No creas que no puedo desangrarte por otra parte de tu cuerpo, larguirucho!"

La vampiresa cumplió y en menos de diez segundos la lujosa ropa del rey quedó hecha unos harapos y manchada con la roja sangre que brotaba de los múltiples arañazos de su cuerpo. Pero Verylä había cambiado algo, también. El rey había logrado rasparla con su espada una o dos veces, pero grande había sido su decepción cuando no parecía haberla afectado para nada. No, lo que ahora brillaba en aquellos tenebrosos ojos sangre era el hambre que tenía. Si bien se había saciado con la gente del pueblo y aquél guardia despistado, la sangre noble de Thranduil se le antojaba más que sabrosa. El problema era que por muy debilitado que estuviera, este nunca le permitiría acercarse. A no ser, claro, que ella sacase sus encantos.

Thranduil se quedó petrificado, jadeando audiblemente, cuando vio que ante él se alzaba una muchacha de rostro joven y ovalado. Tenía los labios carnosos y la nariz algo puntiaguda. Balanceó sus largas pestañas sobre sus ojos grises como la plata, causando un hermoso efecto. Sus cabellos, largos y cuervos, caían por su espalda y sobre sus hombros, tapando sus pechos. Thranduil se maravilló, cayendo en el hipnotizante movimiento de sus caderas desnudas, de todas aquellas curvas. Su espada cayó al suelo con estrépito al contemplar su figura pálida, que tanto le recordaba a su difunta esposa, por la cual su corazón todavía lloraba. Dejó escapar un leve suspiro, y se acercó con lentitud a la mujer, añorando esos labios con sabor a fresa, ya olvidando que estos escondían unas armas letales.

"¿Ada?"-gimió Legolas, que observaba petrificado toda la escena, un poco más allá. Vio que Verylä alzaba sus manos y que sus uñas casi arañaban ya el cuello de su padre. Tuvo la certeza de que volvía a utilizar la forma de su madre para debilitar a Thranduil desde dentro, y aquello le llenó de furia-"¡No te atrevas a tocarle!"

Rugiendo de ira, corrió hacia ellos y por el camino agarró la espada de su abuelo, blandiéndola en dirección del pecho de la vampiresa. Sin embargo, la mujer estaba demasiado cansada de él como para seguir jugando con él.

"¿Otra vez tú, mocoso?"

Estaba decidida a matarle de una vez por todas, y con un simple movimiento de mano, desarmó al príncipe, que no era rival para su fuerza. En menos de lo que dura un parpadeo, Legolas se vio despatarrado en el suelo, con aquél monstruo albino cerniéndose sobre él. Sonrió levemente porque creía que así su padre estaría libre del hechizo, pero no fue así. Thranduil lo observaba como quien observaba una piedra, tan indiferente que a Legolas le dolió aquella expresión en lo más profundo de su alma. El rey contemplaba la escena sin expresión su rostro pálido, todavía con la cicatriz al descubierto.

"¡Papá!"-gritó con desesperación Legolas, intentando liberarse del mortal agarre de Verylä. Sabía que Elrohir no podía ayudarle, estaba demasiado preocupado por su hermano, cuyos ojos se volvían cada vez más y más negros-"Ada, por favor… ¡Ayúdame, me matará! ¡Por favor, despierta! ¡No es mamá! ¡No es mamá!"

Legolas empezó a llorar por la desesperación y su padre pareció ver sus lágrimas, porque algo cambió en su mirada.

Su niño, su niño estaba llorando. ¿Por qué? Tenía a su amada madre sobre él, viva de nuevo. Debían de ser lágrimas de alegría, eso… tenía que ser eso. Pero el niño pataleaba y pataleaba, y le gritaba, y en sus ojos grises no había más que miedo y dolor. "No es mamá" escuchó que le decía. ¿Cómo que no era su amada esposa? Thranduil estudió con atención a aquella mujer a la que tanto amaba. Vio que sus uñas se clavaban en la piel de Legolas y le hacía sangrar. Su mirada se endureció, y con algo de esfuerzo deshizo el hechizo que le mantenía inmerso en aquella ilusión. Su esposa nunca le haría daño a su querido hijo. ¡Nunca se le ocurriría herirlo de aquél modo! Entonces supo que su hijo le decía la verdad, que ella no era su amada esposa.

Thranduil gruñó y recogiendo la espada, avanzó hacia aquella impostora. ¡¿Cómo se atrevían a torearle de aquella manera?! ¡A él, al rey del Bosque Negro! Al notarlo cerca, Verylä alzó la mirada, algo consternada. Vio a Thranduil alzando la espada con intención de degollarle, y se apartó de su trayectoria.

"Pero… amado mío… ¿Por qué me atacas? ¿No ves que acabo de regresar a tu lado?"-murmuró con la voz más seductora que tenía-

"¡IMPOSTORA!" –rugió el rey

Legolas se irguió tembloroso y se abrazó a la pierna de su padre, quien se agachó y le frotó la espalda, reconfortándolo.

"Está bien, Legolas. Ahora, acabemos con ella."

Verylä gruñó, molesta consigo misma. No pensó en cómo aquél elfo se había liberado de su hechizo. Simplemente se maldijo por no haber acabado con todos ellos a la primera oportunidad, y haberse permitido el lujo de jugar un poco con sus presas. Desde luego, aquello no iba a durar mucho más. Flexionó sus músculos, preparada para saltar y desgarrar aquellos esbeltos cuellos.