Corona de Flores

La enorme luna de sangre aluzaba el camino que surcaba velozmente William Andry, patriarca tribal de uno de los pueblos que integraban los Helvecios. Tras estar ausente por un período de tres meses mientras unía sus fuerzas guerreras, junto a otros seis patriarcas para evitar la conquista y el sometimiento ante el imperio romano que deseaba sus territorios, cabalgaba lo más rápido posible para llegar a casa. Su hermosa esposa Rosse Marie esperaba a su cuarto hijo y seguramente con el cambio de fase lunar no tardaría en nacer.

Richard Grandchester y William Andry eran los équites de dos comunidades diferentes. El Clan Andry era más sanguinario que el clan Grandchester. Sus fuertes guerreros tenían un aspecto amenazador llevaban torques de oro en brazos y cuello, se tenían el cuerpo con tintura azul extraída de la planta glasto, para entrar en combate.

Los Andry son diestros en el uso de la espada, lanzas y hondas, aprendieron a protegerse con grandes escudos de bronce y madera. Los Grandchester también eran intimidantes pero a diferencia de los Andry su ética ofensiva en el combate creían que la pelea debía ser uno a uno, razón por la cual muchas veces perdían, es por esta razón que William accedió a ayudar a Grandchester a defender su territorio de la invasión. Defender las colindancias les daba a él la seguridad que su familia también estaría protegida.

Ambos patriarcas eran altos y robustos; de tez clara como la luna y ojos azules como el cielo, al igual que sus tribus sus cabellos eran dorados como el sol de largas ondas como las del mar.

-¡Replieguen los contingentes y marchen en retirada! – Gritó el comandante del ejército invasor. Esta fue la señal con la cual William dio por terminado el trato con Richard. Le prometió apoyarle en la defensa de su territorio el cual colindaba con el de su tribu.

-No más guerras, Grandchester. Dudo que deseen intentar conquistar de nuevo esta llanura…

-Te agradezco tu ayuda, Andry. Estaré en deuda contigo

-Sé que si yo necesito tú me ayudarás, somos hermanos, ahora es tiempo de volver a casa

Su gente de a caballo intentaba mantenerse cerca de él mientras cruzaba la llanura y atravesaba el río, todos tenían la emoción y esperanza en el niño que nacería esa noche.

William había sido bendecido con tres hijos varones, aunque pequeños eran igual de valientes que su padre, Albert, el mayor, era fuerte y alto, sus largas pestañas bordeaban sus extraños ojos azules, de una tonalidad más oscura al resto de la tribu, sus músculos marcados daban la impresión de ser una persona disciplinada y el perfecto manejo de la espada le sirvió para integrarse a las filas de hombres valientes de su padre cuando tenía solamente 14 años. Él era su único hijo engendrado fuera del matrimonio y que al cumplir ocho años su madre lo entregó a Willia para ser educado por éste. Stear, era el segundo de sus hijos, al igual que Albert era aguerrido y no mostraba temor ante la guerra pero a diferencia de su hermano mayor su padre no lo integró en su ejército. Thomas, era el menor por cuatro años de Stear, a él no le gustaban las armas, le gustaba estar con su madre y deseaba con todo su corazón que el hermano que nacería las odiara tanto como él. A pesar de los esfuerzos de su madre por integrarlo y entrenar con él, su resistencia duraría al menos un par de años más.

Las familias que se habían establecido a las orillas del lago de Ginebra provenían de Asia. Se enfrentaron en innumerables guerras por defender su territorio de pueblos cercanos, pero de manera común eran pacíficos dedicados a la agricultura y a la ganadería.

-Ya nació! – Los niños y mujeres corrían a recibirles gritando de emoción.

William se lavó la sangre antes de entrar a ver a su esposa y al nuevo integrante de su familia. Le correspondía al padre salir y decirles a los demás el sexo de la criatura…

Su esposa le recibió con una gran sonrisa y un pequeño bulto enredado en lienzos blancos el cual le entregó en sus grandes y robustas manos.

Descubrió el pequeño rostro de cabellos amarillos y un ligero caminito de puntitos marrones sobre la fina naricita… -Es una hermosa niña! Traed cerveza para todos… esta noche es noche de alegría… vencimos al ejército invasor y el cielo me ha dado una corona de flores… la paz por fin ha llegado

Hubo grande júbilo por las buenas nuevas. Los Druidas le hicieron una corona de muérdago sagrado y le bendijeron.

El nacimiento coincidía con la fiesta de Beltayne así que la celebración en agradecimiento a los dioses por haber protegido el fuego del hogar culminaba con el momento de sacar a las manadas de sus invernaderos, esta fiesta anunciaba la llegada de la primavera.

¡Qué mejor momento para nacer!

La tribu Andry celebraba con baile, cerveza y abundancia de comida. El corazón del équite estaba lleno de gozo por la llegada de su hija – Te llamaré Candice, Candice Andry.

Pasados los días, cuando todo regresaba a su cotidianidad, la familia Grandchester presentó sus respetos por la familia Andry en gratitud por el apoyo recibido y por la llegada del nuevo integrante a la familia.

La madre de William, la anciana Elroy les preparó los mejores alimentos dignos de la realeza que se sentaba a la mesa. Eleonor, la hermosa mujer de Richard Grandchester cargó en sus brazos a la pequeña Candice, profirió para ella los mejores augurios deseándole larga vida y felicidad, así como un buen hombre digno de ella –Tendrá que pasar por encima de mí y de mis hijos antes que la entregue en matrimonio – Bromeó William

-Tengo tres hijos, William, cualquiera de ellos podría ser un buen esposo para tu hija – Richard continuó la broma

Archiwalt era el mayor de tres hermanos. Terrence el segundo y Markus el tercero. Los tres constaban entre los diez y los seis años de edad. No se destacaba en ellos el carácter bélico como a su padre y los dos jóvenes hijos de William.

-Porque los tiempos de guerra cesen – William levantó su tarro y brindó

-Por la paz – Respondieron los presentes.

La paz estuvo presente.

Cada tribu o familia se dedicó a vivir en paz entre ellos y sus vecinos.

-Candice, acompáñame

-No corras tan rápido John, no te alcanzaré – Habían transcurrido cinco años y John Carlright era el mejor amigo de Candice. Thomas no le tenía paciencia por ser niña y prontamente se interesó en las armas.

William creía que sin importar los tiempos de paz era mejor estar preparado para cualquier momento que se presentara como una amenaza para los suyos.

Las anécdotas tribales de los Andry los seguían caracterizando como amantes de encuentros sangrientos. Hombres sin piedad y sin temor.

-Anda, date prisa porque no verás a las cabras salvajes en las montañas…

-Mi madre me reprenderá si se entera que vengo contigo a las cordilleras

-Mañana no pasaré por ti

-No, yo si quiero venir pero mi madre cree que debo aprender a cuidar al ganado de otra forma…

-Te enseñaré a ordeñar a una cabra para que pruebes su leche, sabe más rica que la leche de las ovejas.

-Pero no tenemos una tina para poner la leche

-Entonces mañana

-¿Tú la traerás?

-No, la traerás tú

-Me retarán y no me permitirán venir contigo.

-Ven, no pienses en mañana… vamos a atrapar una cabra.

Jugaban corriendo detrás de los peligrosos animales. Más de una vez los corretearon hasta que terminaron en lo más alto de los árboles.

Poco a poco las cabras monteses se familiarizaron con la presencia de los dos pequeños que disfrutaban jugar midiendo sus fuerzas con la de los animales más pequeños.

Ordeñaban a las cabras y a escondidas metían la leche a la cabaña principal en la cual vivía Candice.

-Ven Candice, te enseñaré a hacer queso y mantequilla

-Abuela Elroy, ¿puede ser en otro día? Le prometí a John que le acompañaría a – Recordó que sus aventuras eran secretas y clandestinas

-¿A dónde huirás en esta ocasión?

-Si te digo ¿Prometes guardarme el secreto?

-Si no estás en peligro, sí. Sabes que a tu padre le enfada que pases mucho tiempo con John

-Quiero atrapar un pez con las manos como lo hace John

-No debes acercarte al río – Dijo atemorizada ya que los celtas le temían a las profundas aguas marinas – La corriente podrá llevarte

-No, ya me he metido pero no he atrapado ninguno, cuando intento atraparlos nadan muy rápido

-Promete llegar pronto, antes que tu madre regrese del campo con las demás mujeres y promete que no te meterás al agua…

Corrió suplicando que sus piernas fueran más largas y fuertes para llegar lo más pronto posible. –Creí que no vendrías

-No he faltado ni un día

-Bien, amárrate esta raíz a tu cintura y yo la ataré al árbol

-Sí. John, quiero atrapar un pez así de grande – Abrió sus bracitos indicando un tamaño exagerado – Para asarlo en el fuego y que mi padre coma.

-Está bien, te ayudaré

Ese día Candice atrapó un enorme pez el cual le costó mucho trabajo sacar debido a la resistencia que el animal ponía para salir del agua.

Lo llevó en brazos orgullosa de su trabajo. ¡Por fin! Podía llegar a casa, después de unas horas de aventuras, con algo en las manos.

Para su sorpresa su familia había llegado temprano y su padre estaba furioso y preocupado, Elroy le había comentado sus planes de atrapar un pez y le habían ido a buscar a la rivera más cercana sin hallarles –Ya llegué abuela, mira lo que atra—pé – Se encontró con la mirada severa de su padre

-¿En dónde estabas? – Le gritó

-Fui de pesca, mira, lo he traído para ti – Corrió hacia el fogón y empujó con la punta de su pie un vara encendida para que el fuego se avivara – Lo limpiaré como John me ha enseñado y lo asaré, te encantará, padre. – Candice a diferencia de sus hermanos no llamaba a su padre con el respeto que sus hermanos hacían. Tenía una extraña mezcla al referirse a él.

Su padre hizo a un lado su enojo y valoró el esfuerzo de su hija –Albert tráeme el cuchillo, ayudaré a tu hermana a limpiar el pescado

–Prontamente su hermano mayor le acercó a su padre un balde con agua y sal, así como la herramienta solicitada

Rosse Marie y los demás prepararon vegetales y ensaladas.

Parecía una fiesta. Todos estaban contentos con la pesca de Candice. Al término de los alimentos le explicaron el porqué de su temor de estar cerca del río.

-Es por tu bien aprender cosas que corresponden a una mujer, tu madre te enseñará a defenderte blandiendo la espada, la agricultura y un poco de ganadería

-La abuela y mi madre me enseñan a cocinar, a cuidar animales, darles de comer… pero eso me aburre, yo prefiero ser como John, subir las montañas y tomar leche de las cabras salvajes mientras jugamos con sus cabritos

-¿Qué haces qué?

-Padre, no se disguste, aún son unos niños y pronto dejarán de hacer travesuras.

Ese pronto que Albert mencionó estaba más cerca de lo que se imaginaban – Ya no podremos jugar más, mi padre me enseñará a blandir la espada.

-Mi madre me enseñará a ayudar a parir a las ovejas, me prometió enseñarme a usar la espada pero solo me ha dado una lanceta – Dijo triste

-Debemos encontrar la forma de seguir juntos y te enseñaré a usar la espada -John no quería ver a su amiga triste. Habían estado mucho tiempo juntos y aunque los dos tenían deberes qué realizar siempre encontraban la forma de estar juntos -Te hice esta corona con las flores silvestres que encontré para que te alegres.

-Está hermosa.

-Se te ve bien, pareces una ninfa

-Mi madre siempre me dice que debo sujetarme las trenzas con más fuerza porque siempre tengo mechones sueltos.

-Cada día te regalaré una corona nueva.

John no era el único que dedicaba tiempo en aprender a defenderse y empuñar la espada, aunque era un pequeño aprendiz tenía en Candice una excelente alumna, al igual que Richard se encargaba de enseñar a sus hijos a usar las armas de guerra y hacer estrategias para enfrentarse a los enemigos.

- Terrence, debes sujetar con más fuerza y no parpadees mientras asestas

-Sí, padre

-Markus, más firmeza en las piernas, plántate bien…

-Está bien, padre.

Cada día entrenaban duramente sin descanso hasta satisfacer las peticiones inquebrantables de Richard.

El territorio en donde se establecieron estaba en constante peligro de invasión aunque habían disfrutado cinco años de paz.

Así pasaron los años, forjando su fuerza y tomando experiencia en un combate ficticio del cual hacían torneos con las tribus vecinas, se abstenían de invitar a participar en las luchas a la tribu Andry por la experiencia que les antecedía, pero los invitaban como espectadores y jueces de la competencia.

-¿Has visto cómo te sonríe Susana Marlow?

-Sí, es hermosa

-Viene para acá, seguramente a desearte suerte.

Markus no se había equivocado, Susana Marlow se interesaba en Terrence y le deseaba lo mejor cada torneo anual del cual esperaba que saliera vencedor.

¿Qué opinas de mi hijo, William?

-¿De cuál de los tres?

-Te pregunto por Archiwalt

-Creo que expresa mucho coraje desde el principio y arroja toda su fuerza, no logrará ganar… creo que tiene más potencial Terrence

-Markus es más fuerte que Terrence aunque es menor que éste

-En la batalla no se trata únicamente de fuerza

-Lo sé, pero creo que Terrence es arrogante y su temperamento no le permite aprender más

-Sí, se nota que confía en sus habilidades… déjame ponerlo a prueba con Thomas, el menor de mis hijos, eso le ayudará a Terrence a comprender que debe mejorar sus estrategias.

-¿Lo dices en serio? Sabes que cualquiera de tus hijos puede acabar con los míos juntos

-No los subestimes, tienen virtudes dignas de cualquier guerrero.

-Está bien, los pondremos en una competencia justa.

-Le haré saber a Thomas para que se prepare

-William, recuerda que no es a muerte, es demostrar sus capa…

-Lo sé, hombre, lo sé… -Rió por la preocupación que Richard expresó por su hijo.

Thomas desarmó en un santiamén a Terrence quien no tuvo oportunidad de demostrar el resultado, según él, de su práctica.

Arrojó la espada a los pies de Thomas y salió enfurecido del torneo - ¿Qué te hace enojar tanto Terrence?

-Neil… lárgate de mi vista – Le dijo al hijo menor de la hermana de su madre.

-Está bien, solamente quería que supieras que cualquiera pierde en contra de la tribu Andry, no te sientas mal… toma – Le extendió un tarro con cerveza –Archiwalt también hubiera perdido

-¿En realidad lo crees?

-Sí, te lo puedo asegurar… has mejorado bastante… mejor hay que divertirnos con las mujeres.

Terrence se prometió entrenar más cada día hasta dominar la espada como un Andry. Todo lo que hacía lo hacía con ese objetivo, ser mejor que Thomas Andry.

Después de cada duro entrenamiento Susana Marlow estaba presente para entregarle un balde con agua fresca del pozo más cercano.

Susana era una hermosa pelirroja de ojos azules como la mayoría de los integrantes de la Tribu Grandchester a excepción de Terrence que tenía el cabello oscuro y la tez blanca.

-Le traje un poco de agua para calmar su sed

-Mi sed me la calmaría si bebo los besos de tu boca

-Señor – Los hijos de Richard así como los de William, por ser patriarcas, eran considerados como realiza a las que todos los integrantes les rendían respeto – Sabe que si lo desea puede hacerlo – Bajó la mirada sonrojada por la petición de Terrence

Así dio inicio una relación sin compromiso y sin anuncio, solamente los más cercanos a él sabían que entre ellos había algo especial.