—Lo siento, hermanita… Yo… esto… debo irme —Su voz sonaba entrecortada mientras observaba como el rostro de su hermana gemela cambió de un instante a otro: EL fulgor cegador propio de sus ojos se transformó lentamente en una capa cristalina y su radiante sonrisa en una colina que dejaría caer el agua de la cascada.
La pobre chica no pudo aguantar siquiera escuchar aquello y corrió. Corrió lo más que pudo, se alejó de la cabaña, de la seguridad, de su tío, de su hermano y del recién llegado que decía apreciarles, pero solo quería alejarle de su hermano. Corrió en dirección al horizonte, la puesta de sol, el infinito o simplemente el bosque.
Al rato de empezar esta huida sus piernas cedieron y cayó al suelo de rodillas, dejando en estas una ligera marca rojiza. Las lágrimas empezaron a emanar como si de una fuente se tratase, ella intentó mantenerlas alejadas, intentó protegerse de ellas, pero era demasiado tarde. Mientras las lágrimas brotaban y brotaban, se sentó junto a un árbol y abrazó la mochila que le había acompañado durante todo el verano.
El verano estaba a punto de finalizar y no podía creerlo. No. Era imposible.
Salvo que era cierto. Su cumpleaños estaba cada vez más y más cerca y eso solo significaba lo que más temía: crecer. Antes crecer le parecía increíble, divertido incluso, pero ahora cada vez se mostraba más oscuro y negativo. Sus amigas no estarían con ella el día de su cumpleaños, no las vería hasta el verano siguiente y lo peor, estaría completamente sola. Sola. Su hermano iba a quedarse con su tío recién llegado y no iban a crecer junto. ¿Dónde estarían los engaños de vestirse el uno como el otro? ¿Dónde quedarían sus fotos de anuario? ¿Dónde quedaría crecer juntos? ¿Dónde… dónde quedaría ella?
Atrás. Su tío no le había elegido porque era una inútil, un trozo de algo destruido, una persona dependiente, una media naranja que sola se podriría, un sol que sin la luna se apagaría. No era nada. Nada. Su hermano la dejaría atrás, sus amigas también, y junto con el verano ella sería olvidada con el paso de pocos años. ¿Quién recordaría a la estúpida cría del cerdo con suéteres coloridos? Nadie porque a NADIE le importaba.
El verano estaba a punto de finalizar y con ello finalizaba su infancia, sus amistades, sus relaciones, su felicidad. El verano estaba a puto de finalizar y con ello finalizaba ella.
—Yo puedo hacer el verano eterno para ti… —Un ligero susurro se escuchó desde su espalda y un hombrecito calvo con oro, locura y muerte en sus ojos—. Solo debes darme algo que quiero… —El hombrecito señaló una esfera que bien podría ser confundida con una bola de nieve si no fuese por las luminiscencias y reflejos de estrellas que en ella había.
La chica miró aquella esfera de la cual siquiera se había percatado hasta ese momento, ¿No era de su hermano? Miró intermitentemente al hombrecillo y aquella esfera. Limpió ligeramente sus ojos que habían dejado escapar gemas de tristeza y la tomó. La miró por unos segundos. Se la acercó al pecho unos instantes y, finalmente, se la tendió al hombre.
—Tenemos un trato.
De pronto todo se transformó en oscuridad. Noche. Vacío. Nada. Todos sus dolores, todas sus penas y toda su tristeza desaparecieron. Nada le dañaría, nada le preocuparía, nada le molestaría; nada ni nadie la dejaría atrás, nada ni nadie la olvidaría.
—Lo siento, Dip… Debía hacerlo.
Entonces luz.
