La tormenta había pasado y el sol resplandecía en el cielo. Los rayos de luz se colaban entre los cristales golpeando en el melancólico rostro de Juvia que se desperezaba con lentitud. Sonrió al darse cuenta que había amanecido, tenía esperanzas en la idea de volver a ver a aquel extraño pirata.

Siempre se había sentido atraída por esa vida de libertad, por surcar los mares dejando todo atrás y viviendo aventuras, quizá lo único que no le gustaba era el daño que podían llegar a hacer a otras personas que trabajaban con dedicación y esfuerzo para que ellos simplemente… saqueasen todo como si no importase nada. Pensaba de los piratas que serían temibles, gente no muy educada, con malas pintas y mal carácter, eso había leído en sus libros, pero Gray era completamente lo opuesto a lo que había pensado que debía ser un auténtico pirata.

Era cierto que tenía su descaro, esa sonrisa de autosuficiencia como si todo le fuera a salir bien, ese porte victorioso y ese rostro dulce que le facilitarían mucho sus aventuras en la piratería. Lo único que la desconcertaba era intentar adivinar por qué su barco estaba tan cerca a la costa del reino del agua, no debería pasar ningún barco en sus proximidades.

El reino más cercano era el del hielo y no tenían trato alguno con ellos. El resto de reinos estaban tan lejanos que ningún barco se atrevía a hacer travesías tan largas cargados con valiosas mercancías, habrían sido víctimas fáciles de los piratas. El reino del agua no era una buena zona para la piratería, apenas llegaban barcos y los que salían de su puerto eran simples pescadores que rondaban las zonas cercanas a la costa en busca del tan preciado manjar.

Juvia bajó a desayunar junto a su padre, él ya llevaría despierto desde bien entrada la mañana intentando arreglar los problemas de Estado. Cuando entró Juvia por la puerta, vio a su padre desayunando en la gran mesa con unos documentos en su mano leyendo. Seguramente sería algo sobre la fiesta que quería preparar en palacio.

Aunque los dos se saludaron con cordialidad y con una agradable sonrisa, ninguno habló durante el desayuno. Su padre se marchó enseguida a seguir con los asuntos pendientes y Juvia pasó la mañana en la gran librería del palacio leyendo o eso intentaba. A veces sus ojos se desviaban a la gran cristalera de la biblioteca que daba al inmenso océano y agachaba la mirada hasta conseguir ver la playa. Las olas llegaban a la arena con suavidad, ya no quedaba ni rastro de la gran tormenta de anoche, pero no podía apartar sus ojos de la ventana esperando que aquel pirata estuviera bien y hubiera encontrado un lugar donde resguardarse. No podía dejar de mirar hacia la playa y hacia el reloj tratando de que el tiempo pasara más rápido, pero aquellas agujas se habían puesto en su contra retrasando el momento, apenas se movían y el tiempo de espera se hacía eterno.

La vida en palacio era realmente aburrida, al menos para ella. Su padre como dirigente siempre tenía trabajo acumulado y se entretenía, pero ella… no podía hacer absolutamente nada divertido por allí. Las sirvientas se ocupaban de sus quehaceres, su padre nunca estaba y lo más divertido que había en esas cuatro paredes era leer, pero tras tantos años de lectura y pese a gustarle, llegaba un momento en que se aburría de repetir siempre lo mismo.

Se bajó a los establos a ver cómo los encargados se ocupaban de ellos, a ver a los soldados prepararse y entrenar. Se sentó en uno de los grandes barriles y observó la batalla que estaba finalizando con una sonrisa. Allí estaba Gajeel entrenando con otro. Mucha gente decía que era muy bruto, una auténtica montaña, pero Juvia pensaba que no le conocían bien, era un hombre tierno y dulce cuando llegabas a él. La adoraba y fue el único niño con quien una vez pudo jugar cuando él se coló en el jardín del palacio para robar algo de comida para su familia. Tras aquello, forjaron una gran amistad y Gajeel decidió hacerse soldado para protegerla.

Gajeel acabó el entrenamiento y se acercó sonriendo hacia Juvia que movía sus piernas en el aire aún sentada en aquel barril.

- ¿Qué hace por estos lares, alteza? Debería estar en palacio – comentó mirando hacia el monumental castillo que se elevaba sobre ellos.

- Me aburría – comentó Juvia – y deja de llamarme así, sabes que no me gusta – frunció los labios Juvia en forma de disgusto.

- Ya lo veo. ¿Siguen preparando lo del baile? – preguntó Gajeel.

- ¿Cómo lo sabes?

- Los soldados estamos todos invitados, supongo que en parte es cortesía y en otra parte se siente más seguro su majestad al estar toda su guardia allí. Dicen que invitarán a esos traidores del reino del hielo.

- No son traidores – se quejó Juvia – sólo…

- Rompieron todas las relaciones diplomáticas, nos dejaron aislados del mundo. Silver llegó al punto de seducir a la esposa de nuestro Rey, a tu madre. ¿Y sigues pensando que no son traidores? ¿Cómo se puede hacer algo así?

- No lo sé – dijo Juvia entristecida sin saber qué pensar, intentando recordar lo agradable que había sido Gray y él venía del Reino del Hielo.

- La gente del país del hielo no son de fiar. No te acerques a ellos durante ese baile. Estarás más segura.

- ¿Podría salir a montar a caballo? – preguntó Juvia.

- No puedes salir, ya lo sabes. Tu padre es muy específico con sus órdenes. Podrías pasear sólo por el jardín de dentro.

- Eso es aburrido – comentó Juvia con disgusto – Ey, Gajeel, ¿cómo es el mundo ahí fuera? – preguntó mirando la gran puerta que daba a la salida hacia el pueblo.

Gajeel la miró algo entristecido, le habría encantado poder darle un caballo y salir con ella a pasear, le habría puesto los soldados que hubiera querido pero su padre no permitía que su hija saliera. Después de lo ocurrido a su madre, era demasiado protector con su hija.

- No te pierdes gran cosa – comentó Gajeel tratando de hacerle más fácil la estancia dentro, mintiendo sobre lo aburrido que era fuera – la gente trabaja en sus locales igual que vuestro padre trabaja en su despacho. Las mujeres suelen ocuparse de comprar en el mercado o de arreglar sus hogares, igual que hacen vuestras sirvientas y vuestra cocinera. Los niños corren a las escuelas y se pasan el día practicando su gran habilidad para controlar el agua, igual que usted hace – comentó.

- Ya controlo el agua, he leído toda la librería del palacio y ya no sé qué más hacer.

El superior de Gajeel le llamó y éste le comentó a Juvia que debía seguir con su ronda. Juvia ese día comió sola, su padre estaba demasiado ocupado y pidió que le llevasen las cosas a su propio despacho en el palacio. Cuando se hizo la hora, salió corriendo hacia la playa privada, allí ningún desconocido entraría… excepto uno, un apuesto pirata al que Juvia deseaba ver y escuchar, quería saber todo de sus aventuras, de sus viajes, quería conocer todo lo que había visto del mundo, quería darse cuenta… de lo diferentes que eran sus vidas.

Se cambió la ropa buscando en el almacén la ropa de las sirvientas, no quería que Gray la viera con su ropa habitual. Dejó un juego más escondido en los armarios del pasillo del sótano para poder cambiarse. Tuvo suerte una vez de llevar su vestido medio mojado y desarreglado para que Gray no la descubriera, pero no quería forzar una segunda vez, podría descubrirla. Se cambió en el solitario pasillo y salió hacia la playa.

Se descalzó sintiendo la suave arena correr entre sus dedos y caminó llevando sus zapatos en la mano. Iba hacia el sitio de encuentro… su corazón se iba a salir de la emoción y creía que sería la primera en llegar, que seguramente aquel pirata ni se acordaría de venir a ver a una simple sirvienta, pero sus ojos se abrieron de la sorpresa al verle allí sentado en una de las grandes rocas mirando el gran océano.

- ¿Ansiando la libertad? – preguntó Juvia a su espalda y Gray se giró a mirarla sonriendo.

- Algo así. Pocas veces bajo a tierra. Soy hombre de mar – comentó.

- Pocas veces surco en barco – dijo Juvia – soy mujer de tierra aunque suene irónico controlando el agua – sonrió y Gray sonrió también - ¿Encontraste un lugar donde refugiarte de la tormenta?

- Sí, encontré también a mi tripulación, aunque aún estoy en busca de un lugar donde esconder el barco. No creo que sea prudente tenerlo en la bahía con la bandera pirata y el pueblo al lado – comentó.

- Hay un lugar cerca de aquí donde podrías esconderlo, nadie lo conoce – comentó Juvia – En esas rocas de ahí, bajo ellas hay una gran cueva, el agua la erosionó hace mucho. Hay un pequeño camino que recorre la pared, si tenéis cuidado para subir y bajar, nadie os molestaría ahí.

Gray miró hacia las rocas que le decía, tenía fácil acceso a esta playa, estaba casi al lado. No sabía cómo Juvia conocía aquel lugar, quizá lo había investigado, no quiso preguntar por miedo a ser descortés. Sonrió y movió su mano hasta dejarla frente a ambos. Juvia la miró sorprendida cuando vio cómo empezaba a crearse algo en ella. Cuando acabó, comprobó que había diseñado una rosa de hielo.

- Para ti – comentó Gray.

- Es preciosa.

- Siento que no tenga olor pero es una cualidad que el hielo sigue sin tener – comentó divertido y ella sonrió.

- Me gusta más así – dijo Juvia – aunque no sé si podré mantenerla, en el palacio no tenemos un lugar tan frío.

- Mantenla hasta mañana – comentó Gray – y te prometo que todos los días que te vea, te regalaré una.

- Gracias. Oye, Gray… quizá no debería preguntar esto pero siento una gran curiosidad. ¿Cómo acabó tu navío en esta isla? Nadie comercia con nosotros.

Gray se tensó levemente por la pregunta, sabía perfectamente que no podría decirle la verdad y mentir sería complicado. Buscó una excusa rápida y al final encontró algo.

- El país del trueno está detrás del vuestro, se ataja mucho por un pequeño canal. No queríamos dar la vuelta a todo el Reino del agua y de la Luz para llegar a él. Eran muchos días navegando.

- Pero… ese canal es muy peligroso, nadie lo cruza.

- Bueno… quería intentarlo – dijo Gray sonriendo.

- Estás loco.

- La tormenta me sorprendió antes de llegar a él. Me tocará quedarme un mes en esta isla hasta que el barco pueda navegar de nuevo.

- ¿Un mes? Entonces aún estarás aquí para el baile.

- ¿El baile?

- En palacio se organiza una gran celebración, invitarán a todos los altos dirigentes de los otros Reinos.

- Eso suena a algo grande. ¿El Reino del hielo asistirá también?

- Está invitado, sí.

- Vaya, es toda una sorpresa.

Gray miró hacia el horizonte nuevamente y Juvia también miró intentando adivinar qué podía pasar por la mente de ese chico. Habría pagado lo que fuera por saber qué pensaba.

- ¿Sabes algo del país del Hielo? – preguntó Gray sin mirarla.

- No. Todos los libros sobre ellos fueron quemados, no quieren que tengamos relación. La gente del Reino del Agua os odia.

- Te contaré lo que quieras sobre mi Reino. Aunque poco puede ser – sonrió – sólo soy el hijo de un pescador.

- ¿De un pescador? Creí que serías el hijo de un pirata – sonrió Juvia.

- No. Empecé ayudando a mi padre con su negocio y cuando fallecieron, me uní a una tripulación. Al final, aquí estoy, tripulando mi propio navío. Tuve suerte de encontrar a los compañeros que tengo.

- Cuéntame entonces cosas de tu Reino.

Gray sonrió antes de colocar su cálida mano en la mejilla de Juvia y acercarla a él hasta besarla con suavidad. Juvia sintió tan extraño aquello, era un hombre que venía del Reino más frío, que creaba hielo y en cambio, su cuerpo y sus labios eran cálidos, tiernos y dulces.

- ¿Por qué haces esto? – preguntó Juvia alejándose.

- Es el pago que recibo por darte la información – sonrió Gray – Siéntate y te contaré lo que quieras saber.