El paseo hasta el puerto no fue precisamente agradable para Natsu. Sabía que encontrarse con Gray sería complicado y más aún si trataba de convencerle de ir al palacio. Si Gray no quería ir, no le quedaría más remedio que inventar algo para que el barco no pudiera zarpar ya que el Silver necesitaba la oscuridad que la noche proporcionaba para poder salir de palacio sin ser reconocido de inmediato.
Natsu podía divisar en la lejanía los barcos que se encontraban amarrados a puerto. No podía distinguir el suyo desde donde se encontraba pero a medida que se acercaba, su corazón latía con mayor fuerza sabiendo lo que le esperaba cuando Gray apareciera frente a sus ojos.
Cruzó el pueblo perdiendo de vista por primera vez el mar. Makarov le miraba en completo silencio sabiendo que algo le preocupaba pese a haber conseguido su objetivo. No quiso comentarle nada y dejó que aquel silencio continuase. Conocía a esos dos chicos desde que eran unos renacuajos, desde que apenas empezaban a saber caminar y los conocía demasiado bien. No eran malos chicos aunque habían elegido un camino complicado embarcándose en el arte de la piratería.
Al llegar a la plaza del pueblo, centro administrativo de todo el lugar, Makarov se despidió de un absorto Natsu que apenas se dio cuenta cuando le hablaban. Se despidió fingiendo una de sus sonrisas, tratando de aparentar serenidad frente a su intranquilidad. Makarov sonrió al verle marcharse hacia el puerto, le conocía demasiado bien como para saber que algo le pasaba por la cabeza, que estaba preocupado, aun así, también sabía que sus intenciones eran buenas y Gray acabaría entendiéndolas, esos dos siempre se habían comprendido perfectamente pese a sus continuas discusiones.
Natsu no tardó en llegar al puerto y cruzar sus ojos con los de un molesto Gray que le esperaba de pie frente a la pasarela del barco. Ni siquiera le dio tiempo a disculparse con él cuando sintió que Gray se lanzaba a abrazarle. Seguramente había estado preocupado por si le había ocurrido algo.
- Lo siento, Gray – se disculpó Natsu correspondiendo aquel abrazo.
- No vuelvas a desaparecer así. ¿Me oyes?
- Tenía algo importante que hacer.
- Cuéntamelo por el camino, hay que irse cuanto antes.
- Es que… no podemos irnos aún. Necesito que hagas algo por mí.
- ¿Qué ocurre?
- Quiero que vayas a palacio.
- Estás loco – sonrió Gray – si voy por allí me apresarán, volveré a la prisión y no me apetece mucho volver a ese lugar. No bromees con esas cosas y sube al barco.
- Gray… es importante, no eres quién crees que eres.
- ¿De qué estás hablando?
- Eres… alguien importante.
- Deja de decir tonterías y sube al barco, Natsu.
- Esperemos hasta esta noche, por favor. Si no quieres ir a palacio al menos espera un par de horas antes de partir.
- No sé en qué estás pensando ni lo que planeas pero está bien, sólo un par de horas.
Aquellas horas que tan lentas pasaban para Gray, eran demasiado rápidas para un Natsu que sólo hacía que mirar hacia el otro extremo del muelle tratando de cruzar su vista con la de la persona a la que esperaba, pero esa persona no parecía llegar nunca. Quizá ni siquiera pudiera salir del palacio, había tantas cosas que podían salir mal y tan poco tiempo para convencer a Gray que no podía evitar estar nervioso.
Escuchaba las órdenes de su capitán tras él arreglando el barco para zarpar en breve pero Natsu seguía allí sentado en aquellos barriles esperando el milagro que parecía no llegar. Cuando Gray le indicó que el tiempo había pasado, Natsu trató de sacarle algo más de tiempo pero Gray ya se estaba impacientando demasiado. Al final no le quedó más remedio que subir al barco. Por suerte para Natsu, aquella figura encapuchada apareció cuando estaba llegando al final de la plataforma.
Gray miró también hacia el final colocándose al lado de Natsu sin entender aún muy bien lo que ocurría allí.
- ¿Le conoces? – le preguntó Gray.
- Es a la persona que esperaba – dijo Natsu como única información – Deberías hablar con ella.
La figura se acercó hasta ambos chicos y se apartó la capucha dejando ver el rostro del Rey. Aquello aún dejó más impactado a Gray que no esperaba ni por asomo encontrarse con alguien de tan alta categoría allí en un mugriento muelle que apestaba a alcohol y orina.
- ¿Majestad? – preguntó Gray mirando atónito hacia Natsu.
Silver observó a Gray con detenimiento. Aquel cabello oscuro, aquellos ojos azules tan típicos de la familia real del Reino del hielo. Se acercó hasta Gray acercando su mano al rostro de Gray para levantar levemente su flequillo y ver aquella cicatriz en su frente, esa que se hizo cuando era niño y se golpeó contra una de las mesas. Makarov fue quien tuvo que ponerle puntos aquella vez.
Gray ni siquiera sabía lo que ocurría, miraba atónito a todos lados, primero a Natsu y luego a su Majestad. Podía ver cierto brillo en los ojos de Silver pero ni siquiera podía identificar qué estaba ocurriendo allí hasta que sintió el fuerte abrazo del Rey estrechándolo entre sus brazos, cómo hundía su rostro en la clavícula de Gray intentando no llorar aunque las lágrimas se desbordaban sin remedio.
- Mi niño – susurró Silver.
Gray se quedó completamente paralizado sin saber cómo debía reaccionar ante aquel suceso. Se suponía que la mayoría de los Reyes le buscaban para colgarle en una horca por piratería y en cambio… el Rey del Reino del hielo le estaba abrazando y llorando. No entendía lo que ocurría allí y miró a Natsu confundido tratando de encontrar una respuesta lógica a todo aquel comportamiento.
- Es tu padre, Gray – le aclaró Natsu consiguiendo que Gray abriera los ojos ante tal sorpresa.
- Deja de bromear – dijo soltándose del agarre – no tiene ninguna gracia. Mis padres eran unos simples pescadores y yo soy un pirata. Vámonos de aquí, ahora – gritó hacia su tripulación.
- Espera, Gray, déjame explicarte lo sucedido en el pasado – le pidió su padre obligándole a detenerse a mitad de la pasarela.
- Tiene cinco minutos para convencerme antes de que parta de este puerto para no volver – comentó Gray sin mirarle. Silver sonrió al ver que le daba la oportunidad de explicarse – Sígame hasta el camerino, estaremos más tranquilos allí.
Silver le siguió. Sabía que podía ser una muy mala idea, que eran piratas y podían raptarle para sacar algún beneficio por su secuestro pero por alguna extraña razón, había confiado en aquel chico de extraño cabello rosado que le había traído hasta aquí. ¿Qué probabilidad había de que aquel chico moreno no fuera su hijo? Tenía la pulsera, tenía esa cicatriz que se hizo frente a sus ojos, tenía los ojos azules como los suyos y se parecían en todos y cada uno de sus rasgos físicos.
Siguió a su hijo hacia el camerino principal del capitán y cerró la puerta tras él viendo cómo Gray apoyaba su mano izquierda un segundo sobre la gran mesa de madera donde había un plano extendido. Seguramente el plano donde quería irse para no volver. Silver observó la espalda de su hijo, ni siquiera le daba la cara y estaba seguro que pensaba en todo lo que había ocurrido en este momento. Tenía dudas, todos aquí las tenían ahora mismo tras ver al mismísimo Rey allí en su barco.
- Lamento haber sido tan brusco con este asunto pero tu amigo me pidió que viniera. Sabía que no accederías a venir a palacio.
- Soy un pirata, si entro en palacio me arrestarían de inmediato y sería condenado a la horca. Más si se entera tu hijo de eso.
- Mi hijo eres tú, Gray.
- Te olvidas entonces de Lyon.
- Lyon es el hijo de mi segundo matrimonio – comentó Silver – Tú siempre fuiste el primogénito, el fruto del mayor amor que jamás sentí.
Gray se giró por primera vez a mirarle con ojos entre sorpresa y tristeza por la voz con la que había empezado a relatar su historia Silver. Tenía ese tono melancólico, un simple recuerdo de lo que una vez fue felicidad. Casi le hacía recordar a su historia con Juvia sabiendo que ese amor jamás llegaría a nada más. Por un momento quiso conocer toda la verdad detrás de aquel hombre. Vio cómo Silver buscaba una silla y se sentaba, por lo que él se sentó en una esquina de la mesa echando un poco el mapa a un lado.
- Tenía dieciocho años cuando me enamoré, era un adolescente que pensaba que gobernar sería algo fácil y rutinario – empezó Silver. – Me obligaron a casarme a los veinte años con una chica tan indómita como el mismo océano – sonrió y Gray sonrió también al recordar a Juvia – una auténtica hija del Reino del hielo, soberbia y con una elegancia que sólo en ella había visto. Era extrañamente cálida para ser de esta zona pero a la vez podía llegar a ser tan fría como el hielo, un duro carácter que atraía a más de uno. No me atraía a mí en lo más mínimo – sonrió de nuevo. – Recuerdo el día de la boda, ninguno de los dos nos queríamos casar pero nos obligaron, así que no opusimos resistencia. Los días en palacio se hacían largos y monótonos, ni siquiera nos dirigíamos la palabra hasta que un día… ella estaba en el jardín trasero del palacio. Ese día había dejado de nevar y el sol salió como un buen primer día al finalizar el invierno. La vi agacharse hasta tocar una pequeña flor que trataba de salir y me quedé embelesado escuchando la dulce canción que entonó. Ese día me enamoré de ella. Un invierno más tuvo que pasar hasta que finalmente nos dimos la oportunidad de amarnos como deberíamos y la mejor de las noticias llegó en primavera cuando me informó que estaba embarazada. Ambos fuimos muy felices.
- ¿Qué ocurrió con ella? – preguntó Gray con voz melancólica.
- Fue durante el parto. Todos creímos que estaría bien, todo había salido bien pero por la mañana… el médico que entró a su dormitorio la encontró muerta. Dijeron que fue a causa del cansancio del parto, de la pérdida de sangre, no sé… dijeron tantas cosas y yo en aquel momento sólo pensaba en que había perdido a la mujer a la que amaba. Sólo me quedabas tú en brazos jugando con la pulsera que una vez fue de ella. Decidí que a ella también le habría gustado que la tuvieras tú, así que te la dejé pese a que te venía enorme – intentó sonreír y Gray sonrió levemente. – Volví a casarme poco tiempo después, no porque quisiera, más bien tu abuelo, que en paz descanse, quiso que así fuera. El reino siempre necesita a sus gobernantes. Tenías apenas un año cuando ella se quedó embarazada de Lyon, pero yo no la amaba, pese a amar también a Lyon, no podía evitar que mi corazón sintiera algo especial por ti, eras el vivo retrato de tu madre, me la recordabas todos los días. Quería verte crecer, soñaba con que tu carácter también saliera a tu madre pero aquel accidente con la Reina del Agua lo cambió todo.
- ¿La madre de Juvia?
- ¿Juvia es la chica que está ahora en palacio? – preguntó Silver.
- Sí, es la mujer de la que me enamoré, pero la he traicionado. Tan sólo la saqué de su jaula dorada para meterla en otra jaula con un león atrapado dentro junto a ella.
- No sé qué hacía la Reina del agua en ese barco. Sé que los rumores cuenta que teníamos una aventura, pero nada de eso es cierto. Ella estaba felizmente casada con el Rey del Agua y yo… yo sólo tenía ojos para mi difunta esposa y para ti. Quizá vino a negociar algo con la actual Reina y… algo salió mal.
- Quizá a alguien le salió bien la jugada.
- Llegué a pensar que todo había sido un plan de la Reina para deshacerse de ti mientras el mundo se fijaba en el rumor de la Reina del Agua. Todos tenían puestos sus ojos en aquel naufragio y nadie dentro de palacio. Decidí sacarte de allí por si acaso y buscarte cuando todo se solucionase. Un leal soldado te sacó y te entregó a una familia, o esa era la idea. Cuando quise ir a buscarte me llegaron rumores de que te habías caído al agua helada y falleciste al no soportar el frío. La desesperación y la tristeza me inundó hasta tal punto que gobernar ya no me importaba.
- La Reina actuó por ti todo este tiempo – comentó Gray – y su hijo se convertía en el heredero al trono sin mi presencia.
- Lamento haber tenido que sacarte de esta forma y los rumores que se causaron tras el naufragio, pero ni siquiera hay pruebas de que ella hiciera todo eso. No puedo acusarla sin más.
- Tú no tienes pruebas, pero yo sí las tengo en su contra. Ella me contrató para secuestrar a Juvia, ella y su hijo pretendían desde el principio casarles para gobernar ambos reinos. Si el pueblo sabe la verdad… si ellos saben que yo soy el auténtico heredero y la que trató de asesinarme en aquella cárcel, que si no llega a ser por el trato de Juvia me habría ahorcado… eso sería suficiente para condenarles.
- Sí, eso sería lo necesario.
- ¿Aún estoy a tiempo de llegar a la boda? – preguntó Gray – tengo que impedir que Juvia se case con él.
- La boda es mañana. Puedo darte pleno acceso al palacio, aún tengo guardias leales que podrían oponerse a la Reina. Te ayudarían a entrar.
