El sol resplandecía en lo más alto del cielo pero Gray no había querido salir de aquellas cuatro paredes del dormitorio que le habían preparado para Juvia cuando llegó. Habían dejado que descansase tras el incidente pero no había despertado en toda la noche. Aún seguía durmiendo aunque a Gray no era algo que le extrañase después de todo lo que había vivido el día anterior.

Gray miraba por la ventana en dirección al pueblo. Podía ver a algunos aldeanos comenzar con sus labores cerca del palacio, labrar y preparar los campos que estaban surgiendo tras el deshielo. En unos días serían más fértiles que nunca, podrían empezar con las cosechas que les mantendrían hasta el siguiente frío invierno.

La puerta sonó dejando entrar al Rey. Gray sonrió levemente aunque no se separó de la ventana, quizá aún no terminaba de sentirse en casa pese a que todos le insistían en que ése era su verdadero hogar. Le costaba tanto creerse que había pasado de ser un pescador a un pirata y de allí, a futuro Rey, era casi impensable, toda una locura que no podía meter en la cabeza de la noche a la mañana.

- ¿Aún duerme? – preguntó Silver.

- Sí. Ayer fue un día duro.

- Lo bueno es que cuando despierte, habrá salido de ese infierno. Ya no tiene que casarse por obligación y te verá a ti – sonrió Silver hacia su hijo.

- Tanto tiempo pensé en nuestra diferencia social, en que jamás podríamos estar juntos. Llegamos a pensar en escaparnos juntos, en cómo sufriríamos huyendo siempre de todo el mundo y ahora… todo parece tan simple.

- Es simple, Gray. Aún no eres Rey pero siendo príncipe puedes casarte perfectamente con ella aunque deberías convencer a su padre.

- Entonces no creo que arreglemos nada – comentó Gray – me he criado como hijo de pescadores, digamos que mi educación para moverme por la corte no es precisamente la mejor.

- De eso no te preocupes. Te pondré tutores, los mejores profesores y profesionales del reino, te enseñarán las formalidades de las etiquetas, te enseñarán los idiomas que necesites, la cortesía, la diplomacia y yo mismo estaré a tu lado para ayudarte.

- No estoy a la altura de la educación de Juvia.

- Eso no le importa a ella. Además, si te casases, ella te ayudaría, recibió una buena educación. Aprenderás, Gray, todo lo que necesitas es tiempo y unos buenos profesores.

- He sido pirata tanto tiempo – contestó Gray mirando el horizonte, el amplio mar que se extendía ante sus ojos.

- Un día me contarás todo lo que has visto – sonrió Silver.

- Sí, algún día.

- Tengo asuntos que tratar todavía con el personal del consejo.

- ¿Tu esposa y tu hijo Lyon? – preguntó Gray.

- Sí. Están juzgando sus crímenes. Hazme saber cuando despierte Juvia. Su padre debe estar de camino desde el Reino del agua.

Silver salió del cuarto dejando a Gray nuevamente solo en la estancia. Miró nuevamente el mar durante unos segundos, haciéndose a la idea de que no volvería a surcarlo libremente, que no volvería a huir de su hogar, de su tierra natal. Corrió la cortina evitando que entrase demasiada luz al cuarto y caminó hasta la cama tomando entre sus manos la mano derecha de Juvia, sentándose en el sillón de su lado.

Sin soltar su mano, acarició con la izquierda el rostro de Juvia apartando un mechón de su flequillo, sonriendo al sentirla tan cerca, sabiendo que finalmente estaban a la misma altura y podrían estar juntos. Sólo necesitaba despertar de aquel profundo sueño. La mano de Gray bajó por su cuello hacia su clavícula hasta que sus dedos chocaron contra el colgante, ese colgante que él le había regalado, sobre el que él había prometido su regreso para buscarlo. Gray sonrió cogiéndolo entre sus dedos.

- ¿Has vuelto por él? – preguntó Juvia abriendo los ojos lentamente.

- Por supuesto, no volvería sólo por una fea como tú – sonrió Gray.

- Eres idiota.

- Idiota enamorado.

- ¿Así que estoy tratando con el futuro Rey del Reino del hielo? – preguntó sonriendo.

- Eso parece. Quédate un rato más en cama si quieres, pero no tardes mucho en levantarte, tu padre viene de camino. Está cruzando el mar que nos separa.

- ¿Crees que aceptará que nos casemos? – preguntó Juvia sorprendiendo a Gray.

- Yo…

- ¿Es que no quieres casarte conmigo?

- Claro que sí, Juvia, me encantaría pero… Tú mejor que nadie sabes quién he sido, quién soy. ¿Cómo voy a presentarme ante el Rey del Reino del agua así sin más? ¿El hijo inculto de un pescador?

- No es cierto, Gray.

- Vamos, Juvia… mi padre verdadero es posible que sea Rey pero… ¿Qué soy yo? Me educaron unos pescadores y estoy orgulloso de ello pero no es suficiente para pedir tu mano. ¿Qué pensará tu padre de mí?

- Que te quiero y que me salvaste. Es lo único que necesita saber, que yo te he elegido a ti.

- Juvia… es Rey, no verá el compromiso si no tengo algo que ofrecerle.

- Pero es que lo tienes, tienes todo un Reino, puede que no te hayan enseñado los modales suficientes para la realeza pero eso se aprende. Mi padre es un gran Rey y una mejor persona, tienes algo que ofrecerle y además me quieres, eso es suficiente para él.

- Te quiero.

Juvia abrió los ojos al escuchar aquellas palabras, no esperaba algo tan directo de parte de Gray. Sonrió con dulzura tocando la mejilla de un sonriente Gray. Las cosas parecían volver a su cauce con lentitud. Elevó su rostro hacia el de su chico uniendo sus labios con los suyos.

- Todo estará bien con mi padre. Ve a recibirle mientras me visto – sonrió Juvia haciendo sonreír también a Gray.

- Vale. Yo le recibiré hasta que estés preparada.

Gray se marchó tras volver a besar con suavidad a Juvia. Pese a estar nervioso por encontrarse con el padre de Juvia, no le quedaba más remedio que seguir adelante y verle, enfrentarse también a sus pecados, porque él al fin y al cabo, fue quien secuestró a Juvia para llevarle a ese frío Reino. Para sorpresa de Gray, aunque llevó al padre de Juvia a una sala más acogedora para hablar de todo el asunto, se sorprendió cuando en vez de echarle la culpa, le abrazó por haber hecho feliz a su hija, haciéndole prometer que seguiría haciéndola feliz.

Cuatro meses después:

Los dedos de Gray tocaban aquel colgante mientras sus labios se curvaban en una elegante sonrisa. Por fin se habían casado y aquel vestido de novia que le habían diseñado especialmente para ella le sentaba mucho mejor que el anterior. Juvia sonreía tumbada en aquel colchón dejándose embelesar por la sonrisa de su ahora esposo.

- Eres un idiota – le sonreía Juvia - ¿Cómo se te ha ocurrido esta absurda idea?

- ¿Cómo que absurda? – preguntaba Gray – Tú siempre me decías que querías viajar, vivir aventuras. ¿Conoces un mejor viaje de novios que éste?

- Gray… estamos en un barco de la armada del Reino del hielo, con tus antiguos compañeros piratas como "honrados marines militares". ¿Crees que podría disgustarme este viaje? Aunque sigue siendo una locura, ni siquiera sé cómo conseguiste el permiso de tu padre y el mío para semejante locura.

- Les prometí que no ocurriría nada en el viaje y volveríamos en un par de semanas. Disfruta de la aventura ahora que podemos, aún no tenemos que hacernos cargos de ambos reinos.

- Eres un zalamero, tu padre te malcría y te da todo lo que quieres – le sonrió Juvia.

- No te creas, no le hace mucha gracia eso de que me aleje de él después de todo el tiempo que estuvimos separados, pero este viaje es sólo para nosotros.

Juvia tomó entre sus manos el rostro de Gray para besarle con pasión. Los suaves movimientos de las olas chocando contra el casco del barco les mecían con sutileza y elegancia. Quizá Juvia no estaba muy acostumbrada al constante movimiento de un barco, pero se acostumbraba rápido soñando con las aventuras que le esperaba al lado de aquel atractivo pirata propietario de su corazón.

Con una gran y sugerente sonrisa, Gray besó y mordisqueó los labios de Juvia mientras su mano derecha recorría la espalda de la joven en busca de la tan sugerente cremallera del vestido de novia. Ninguno de los dos podía parar de reírse, por fin eran simplemente felices, sin obstáculos de por medio.

El ruido de la cremallera bajando con lentitud no consiguió que los labios de ambos se despegasen ni por un segundo, ni siquiera que abrieran los ojos. Ambos disfrutaban de las caricias mutuas que recibían. Gray bajaba con dulzura el fino tirante blanco del vestido de Juvia por sus hombros, desnudándola con delicadeza y sutileza, dejando besos por su cuello y por su clavícula hacia su pecho.

- ¿Estás deseando un pequeño Gray? – susurró Juvia.

- ¿Por qué no? – Le sonrió Gray – si eres tú quien me lo da, estaré feliz.

- Te daré veinte si es lo que quieres – le sonrió Juvia haciendo sonreír aún más a Gray.

- ¿No te parecen muchos?

- Si salen tan guapos como tú, serían pocos.

- No quiero tanto Gray – comentó Gray besando a Juvia con delicadeza – también quiero alguna pequeña Juvia que sea tan guapa y aventurera como tú.

Juvia aún sonriendo, desabrochó el cinturón de Gray bajando la bragueta. Gray cogió la cintura de Juvia girándola para ponerla encima de él mientras ambos reían sin poder contenerse. Finalmente felices. Juvia ayudó a Gray a quitarse el vestido justo antes de que las manos de ésta bajasen hacia la intimidad de su pareja ofreciéndole placer, excitándole en su noche de bodas.

Tras minutos de silencioso placer donde sus labios se buscaban una y otra vez sin intención alguna de separarse, Juvia se sentó a horcajadas sobre la cintura de Gray buscando una mejor colocación. Ambos estaban excitados y Gray no tardó en mover su mano hacia su intimidad conduciéndola con delicadeza hacia la entrada de su esposa, profundizando y abriéndose camino entre aquellas estrechas paredes escuchando los ligeros suspiros, seguramente de algún pequeño dolor antes de sentir el placer una vez consiguió llegar a lo más profundo de su ser.

Se movió en su interior con cuidado y delicadeza hasta que Juvia empezó a acoplarse perfectamente a sus movimientos. En aquel momento, ella misma ayudó moviéndose sobre la cadera de Gray para buscar una mayor profundidad y tratar de buscar más placer.

Gray disfrutó aquel momento aunque seguía pensando en lo felices que iban a ser, sobre todo pensaba en los hijos que podrían tener juntos, en las aventuras que vivirían, en cómo sería su vida después de todo lo que habían vivido. Ambos reposaron durante unos segundos mientras Juvia se acurrucaba en el pecho de Gray tras haber disfrutado de aquella íntima relación, por fin estaban casados y aquello nublaba la mente de Juvia, no podía pensar en otra cosa en aquel momento. Ambos sonrieron mientras Gray acariciaba la espalda desnuda de su esposa con las yemas de los dedos y miraba por la ventana el extenso mar. Seguramente Natsu estaría mareado por algún rincón del barco y Laxus al timón como de costumbre, hasta Gajeel, el mejor amigo de Juvia se había alistado en su tripulación. El horizonte era su destino, ni siquiera sabían dónde iban pero les daba igual, para vivir una aventura no hacía falta saber el lugar al que se dirigían.

Fin