Hola.

Aquí estoy de nuevo.

Crepúsculo no es mío.

Pov. Bella.


Una rabia inmensa me sobrecogió. Ahora ya sabía quién era esa maldita puta. Odiaba a esa mujer con todas mis fuerzas. Algo me decía que me reuniría con ella muy pronto y necesitaba estar en condiciones. Bajé la mirada a mi vientre y supe que quizás no fuera tan pronto. De seguro, esa mujer estaba planeando algo y lo que sucedió ayer, no era más que una advertencia.

Entonces descubrí cual era el problema. El problema es que Edward le temía.

Si mi marido le demostrara que ya no le tenía miedo, quizás ella perdiera algo de compostura. Tenía que hacer algo y pronto.

― ¡Mamá, vamos! - llamó Anthony. Estaba feliz. Me sentía en familia, pero una nube llamada "Charlie Swan" opacó mi felicidad. Si tan solo comprendiera un poco…

Suspiré.

Tomé la tableta y caminé con cuidado hasta la barbacoa.

Mi estómago rugió pidiendo comida y yo fui por mi plato.

Me senté al lado de Edward, y él acaricio mi pierna, enviando oleadas de calor por todo mi cuerpo. Deseaba demasiado a mi marido.

Comí de todo lo que habían asado. También algo de pastel de chocolate.

―Bella… - giré la cabeza en dirección a Carl-. Tu madre dice que la llames en la noche- asentí.

―Está bien, gracias- apretó mi hombro y luego tomó mi plato con el trozo de pastel-. ¡Oye!- grité enfadada.

― ¡No me grites! No debes comer tanto chocolate. Cuando te de un caso de diabetes en pleno embarazo, no te quejes- se giró y se comió mi pastel. Bajé la mirada a mi panza y me arrellané en mi asiento. Odiaba cuando me negaban la comida.

―No te pongas así, Barrilito- me dijo Edward y besó mis labios. Lo fulminé con la mirada. Me había dicho que era tan gorda como un barril chiquito…

― ¿Barrilito?- pregunté indignada.

―Es de cariño, anda dime ¿Qué pasó?- preguntó acariciando mi cabello.

―Es que yo… detesto que me quite la comida. Siempre lo hace- me quejé. Carl era un tirano.

Siempre me había tratado con un cariño frio. Raro, pero era así... yo lo había aprendido a querer.

―Pero yo siempre te daré comida, Barrilito- cortó otro trozo de pastel y lo puso en su plato. Me dio su tenedor.

Pase por alto que me llamara de esa manera. Bueno… de una manera perversa me gustaba que me llamara de esa manera. Sabía que lo hacía de cariño.


**********Bella y Bestia*********


Eran las dos de la madrugada y Edward, tenía ganas de seguir jugando. Llevábamos haciendo el amor desde hace unas cuantas horas y al parecer este hombre no quería parar.

― ¡Edward!- grité cuando me penetró por enésima vez en esa noche. Lo besé y acaricié sus hombros. Estaba muy sensible a su toque. Lo abracé y cerré los ojos cuando lo sentí ir más adentro. Nunca creí que esto de hacer el amor fuera tan placentero. Pero lo más probable, es que me sintiera tan bien solo porque estaba con Edward.

Él siguió haciéndome el amor. Colmando mi cuerpo del más delicioso y ansiado placer.

En un intento por tener algo de control, lo hice girar y me coloqué sobre él. Lo miré a los ojos y pude ver que estaba enérgico, la lujuria en sus ojos me decía que aún no habíamos terminado.

―La ultima ¿sí? - pregunté cabalgándolo sin descanso. Estaba cansada. Mi marido, fresco como una lechuga.

Si seguíamos así, en unas horas no me podría ni levantar para ir a mi nuevo trabajo…

Bajé cada vez más y más rápido sobre él. Maldito fuera.

―Aún no estoy cansado…- hizo puchero y quise pegarle. Sonreí para que no se diera cuenta de que sabía sus planes y volví a besarlo. Se me olvidó toda la molestia al sentir ese rico placer y seguí haciéndole el amor. Sintiendo esa conexión. Eso que sólo él me hacía sentir.

Él tomó asiento y me abrazó. Me tomó del cabello y guió mi cabeza hacia atrás. Se dedicó a morder y chupar mi cuello. Lamio mi cuello y jadeó cuando mis paredes vaginales apretaron su miembro- Eres mía- gruñó-. Dilo- urgió.

― ¡Soy tuya!- grité y me dejé ir. Lo sentí empujar unas cuantas veces más hasta que se vació dentro de mí.

Caímos desparramados en la cama con respiraciones erráticas. Para ser sinceros, ya no sentía mis piernas y sentía algo de malestar en la entrepierna. Edward esta noche estaba insaciable.

―Sé lo que planeabas, pero te aseguro que…- no pude decir nada más porque me quedé dormida.


************Bella y Bestia**************


Me desperté al escuchar los insistentes gritos de Anthony.

― ¡Mamá!- llamaba por medio de un altoparlante.

― ¡Ya voy!- le hice saber con un grito.

Traté de rodar en la cama para poder ir al baño, cuando me vi apresada por mi esposo. Se había enredado en mi cuerpo.

― ¡Suéltame!- grité enfadada. Ese tarado…

― ¡No vas a ir!- gritó él.

No lo podía creer. Se estaba comportando como un mocoso latoso.

― ¡CARLISLE!- llamé―. ¡CARLISLE! – Edward nos cubrió con las mantas y yo seguí revolviéndome.

Escuché los pasos de alguien por las escaleras, seguí revolviéndome. No era justo.

―No vas a ir a ningún lado. Te lo dije.

La puerta se abrió y por ella entraron Carlisle y Esme- . Edward… no te comportes como un cavernícola- regañó su madre- me tendió la mano y justo cuando la iba a tomar, él lo impidió.

Eso duró un rato.

Media hora después…

Estaba en el auto tomando mi desayuno. Edward, estaba a mi lado. Furioso.

Lo ignoré.

Para lograr que él me soltara, tuve que permitir que me acompañara a mi primer día de trabajo, que escogiera la ropa más fea que yo tenía y por si fuera poco, hablar con los muchachos para acordar todos los términos de mi contrato laboral.

Otro que no le fue tan bien fue a mi hijo.

Estaba castigado hasta quien sabe.

―Fuiste demasiado duro con Anthony- le regañé.

―Yo soy su padre, me desafió. Y tú también estas castigada- giró el rostro.

Hablando de castigos, mi madre lo había hecho con mi padre.

Se había mudado a mi apartamento, dejando a mi padre con su enorme casa. Por más que le pedí que lo reconsiderara, no me hizo caso. Dijo que no era justo y que él cedería.

Esperaba que mi decisión no acabara con el matrimonio de mis padres porque allí si me sentiría culpable.

Por más que mi marido fuera un completo imbécil, yo lo amaba. Y sabía que ese imbécil, era el amor de mi vida y que juntos podríamos formar una familia para barrilito bebé.

Suspiré con cansancio.

Ya no podía hacer mucho.

Si yo cedía ante las demandas de mi padre, le estaría negando a mi bebé la oportunidad de tener una familia.

Llegamos a la empresa y eran las siete y cuarenta de la mañana.

Dejé mi desayuno en el asiento y me acerqué a mi muy furioso marido.

―Amor…- besé sus labios y él no me correspondió-. Sabes que me quieres…- mi mano fue hasta sus piernas… -… aunque yo también estoy molesta. Me chupeteaste el cuello y me marcaste como fuera ganado. Edward, yo estoy embarazada. No soy tan atrayente- bajó la mirada ruborizado.

―Eres muy atrayente. No sé qué rayos pasa, pero al parecer todo lo que comes se va a tus pechos o a tus caderas y trasero. Y las piernas que te estas jalando últimamente me… ¡argh!- gruñó.

Bajé la mirada y miré mis piernas. -. Bueno…

― ¿Ves?- preguntó fuera de sí.

―Es que Edward… estas piernas son solo tuyas, al igual que todo mi cuerpo, amor- me senté sobre sus piernas y besé su mejilla-. Pero… según Anthony, Tanya se presenta ante ti mostrándote unas piernas bronceadas y un escote bien pronunciado y yo a ti no te digo nada- espeté furiosa.

―Ya sé- me besó-. Vamos a hablar con esos desgraciados- me tomó en brazos y me bajó del auto. Ya una vez sobre mis pies, él tomó mi mano y me guió al elevador.

Así empezó mi calvario diario.


*******BELLA Y BESTIA*********


Ya tenía cuatro meses y medio de embarazo y gracias a Dios, no sabíamos nada de Victoria.

Maldita perra.

La odiaba.

Había traumado a mis dos hombres. El que más me preocupaba por ahora, era Anthony. No era capaz de interactuar con mujeres. Solo la pasaba con Esme o conmigo.

Suspiré, por lo menos había accedido a ir a un psicólogo.

Acaricié mi vientre y sonreí al saber, con certeza, que era una niña. Tal y como lo había predicho Edward. Estábamos todos más tranquilos porque eso quizás supondría que Victoria no se sintiera amenazada.

Eso nos daba más esperanzas.

Después de mi primer día de trabajo, en el cual Edward, había bajado mi tiempo de trabajo a cuatro horas diarias y escasos eventos sociales, con cero viajes, todo había ido de maravilla. A los muchachos no les había agradado y menos a Riley que era el que peor humor se jalaba. Sin embargo, yo me sentía más relajada. Eso se reflejó en mi última consulta para desagrado de Edward.

Los chicos estaban satisfechos con mi trabajo y ya les había devuelto el orden.

Gracias a este trabajo, había conocido a mi gran amiga Stephanie François, una hermosa francesa de cabello negro y ojos grises. Tenía cuarenta años y un hijo de veinte años llamado Felipe. Lo había conocido un día en el almuerzo. Era algo rebelde, pero adoraba a su madre y ella a él.

―Querida estás divina- alabó. Hoy llevaba un traje por encima de la rodilla en color coral, con unas medias color carne y zapatos de tacón rojo al igual que el encaje que hacían de tirantes.

Mi vientre estaba grande, y mi beba muy sana y creo que demasiado alimentada para mi gusto.

―Gracias Phanie- ella señaló el despacho de Riley-. ¿Pasó algo?- pregunté preocupada.

―Está molesto. No ganaron la licitación- puse los ojos en blanco. Yo se lo había dicho a Riley, pero no me hizo caso. Le dije que cambiara algunos puntos que eran demasiado dañinos para el medio ambiente, pero fue un cabeza dura y testarudo.

―Ya habrá otras- tomé asiento y encendí la computadora.

Hoy estaba feliz porque mi querido esposo cumplía años en unos días. Y ya sabía lo que iba a hacer.

La mañana pasó sin inconvenientes y para la hora del almuerzo, a Riley le dio por mandarme a hacer un montón de cartas.

―Me lo hubieras dicho hace un rato, ahora es mi hora de salida y tendré que hacerlas mañana- se enfadó.

― ¿Para qué estás aquí? No te vas de aquí hasta que las hagas- las tiró en el escritorio. Yo no tenía la culpa de su mal humor.

En eso me llegó una llamada de mi marido.

¿A qué hora piensas bajar? Quedamos en algo Isabella- gruñó molesto.

―Ya voy a bajar, Edward- miré a Riley.

―Te ordené algo, Isabella- gruñó.

― ¿Crees que no me di cuenta de que lo hiciste a propósito? Tú no escribiste estas diez cartas en dos minutos.- Tomé los papeles y pasé el dedo sobre la tinta. No pasó nada-. La tinta no es reciente- la coloqué sobre el escritorio-. Dime si te molesta que esté aquí y me voy. Solo me quedo porque se lo prometí a Alec- iba a hablar cuando sentí una fuerte patada. En ese mismo instante, Edward, entraba en la planta-. ¡Ah!- me tomé el vientre.

― ¿Estas bien, Bells?- preguntó Stephanie. Edward se acercó a mi preocupado y fulminó con la mirada a Riley.

Estiré mi mano hacia mi esposo y la coloqué en mi vientre. Volvió a patear y sonreí a Edward.

Nuestra Amanda, estaba defendiéndome del amargado de mi jefe.

Gracias por leer y espero que les haya gustado. espero perdonen que publique un día después de lo acordado.

para los que leen mi Dramonie, no lo voy a abandonar, espero poder actualizar en estos días.

Nos leemos pronto.