Por fin he logrado terminar esta segunda parte del inicio de la historia. La verdad que no tenía pensado retrasarme tanto para publicarlo. Tenía una idea clara de lo que quería que ocurriese. Tratar de mostrar ese "salto" en los personajes, pero también que siguiesen siendo ellos mismos. Me ha costado. A veces es algo complicado mantener ese equilibrio y realmente tampoco sé muy bien si lo he conseguido xD. En el próximo capítulo, que espero tener listo en breve, la historia empezará a fluir de verdad y ya veremos a dónde nos lleva.


CAPITULO 2

¿POR QUÉ LUCHAMOS? (PARTE 2)


Palacio de las Fuentes (Hapes)

Hapes era un planeta localizado cerca del centro del Cúmulo Estelar de Hapes, en el Borde Medio y el único planeta del sistema. Debido a que la luz se reflejaba en las siete lunas que orbitaban Hapes y la brillante nebulosa de las Nieblas Transitorias, los hapanos no conocían la noche verdadera. La superficie del planeta estaba marcada por enormes océanos, bosques y montañas, todo sumamente cuidado por sus habitantes, que eran grandes amantes de la naturaleza. Solo unas pocas ciudades pequeñas eran necesarias para satisfacer las demandas de la burocracia estatal y las instituciones comerciales y legales del Consorcio de Hapes, una monarquía hereditaria regentada por la Reina Madre y que constituía el gobierno de Hapes.

El Palacio de las Fuentes, también conocido como el Castillo de Per´Agthra, estaba considerado como la residencia real, a pesar de que las Reinas Madres solían pernoctar en otros palacios. El Palacio de las Fuentes era una fortaleza construida hacía siglos como símbolo de la autoridad de la monarquía. En la actualidad, era utilizado para organizar recepciones a embajadores de otros sistemas, ceremonias y demás actividades pomposas de la corte. Situado sobre un enorme risco, rodeado de exuberante vegetación y grandes lagos cuyas cristalinas aguas hacían que los rayos del sol se reflejasen en sus altas torres dotándolas de brillos imposibles que les conferían vida propia.

Aquella noche, las aguas estaban iluminadas con tonalidades blanquecinas y el Palacio de las Fuentes estaba vestido con sus mejores galas. La aristocracia de Hapes había sido invitada a una lujosa cena con motivo de la visita de varios embajadores de diversos sistemas del Núcleo interesados en afianzar sus relaciones comerciales con el Consorcio de Hapes. A pesar de que corrían tiempos difíciles en la galaxia, la guerra no había llegado a Hapes y la alta sociedad hapana vivía despreocupadamente gracias a la protección que estaban convencidos les iba a brindar la República. Más de mil invitados de diversos sistemas se habían dado cita aquella noche en el Palacio de las Fuentes, a pesar de que la Reina Madre había desestimado su presencia en el evento. El salón principal, una enorme superficie de suelos de mármol y altos techos había sido decorado minuciosamente con elementos culturales de diversos sistemas estelares y se había dispuesto, además, una amplia oferta gastronómica que haría las delicias de los paladares más exigentes.

Un férreo control de seguridad a la entrada del Palacio garantizaba que la velada transcurriese sin incidentes y sin la presencia de aquellos que no habían recibido invitación. Dos guardias reales elegantemente vestidos se encargaban de revisar las tarjetas de identificación de los invitados que iban llegando en caros aerodeslizadores que posteriormente eran conducidos por miembros del servicio hasta los hangares reales. Cuando un nuevo aerodeslizador, cuyo transpariacero reflejaba un diseño algo exótico, se detuvo frente a la entrada principal del palacio, uno de los guardias se acercó protocolariamente para abrir la puerta del vehículo. Una mano recubierta con un finísimo guante de seda color marfil se extendió desde el interior del aerodeslizador para aferrarse a la mano del guarda, que ayudó a la mujer a descender del vehículo.

–Señorita –dijo el guarda haciendo una reverencia.

La mujer humana, que aparentaba algo más de treinta años de edad, abandonó el aerodeslizador y caminó decididamente hacia el control de acceso, compuesto por una mesa de duracero y una terminal de datos conectada a la división de inteligencia. Vestía un elegante vestido largo de color lapislázuli, con volantes, que le llegaba a la altura de los tobillos. Un escote no muy pronunciado y una gargantilla de metales preciosos realzaban su cuello y sus hombros desnudos sobre los que reposaban sus cabellos de color esmeralda. La mujer sacó una tarjeta de identificación de uno de sus bolsillos apenas visibles y se la entregó al guardia de seguridad, que la introdujo en el terminal de datos y esperó a recibir la confirmación. Al cabo de dos segundos, la autorización apareció en la pantalla y el guardia de seguridad devolvió la tarjeta a la mujer.

– Bienvenida al Palacio de las Fuentes, señorita Loran.

Preena Loran atravesó las puertas del Palacio y caminó por un amplio corredor bien iluminado, cuyo suelo estaba cubierto por caras alfombras hechas a mano. El duracero de las paredes estaba decorado con elaborados grabados en distintos tipos de metales y pinturas de grandes artistas con motivos de la historia hapana. Al fondo del pasillo, unas enormes puertas de madera barnizada, custodiadas por dos guardias daban acceso al gran salón del Palacio. Cuando Preena atravesó el umbral de la puerta se maravilló ante lo que contemplaban sus ojos. El gran salón era sencillamente enorme. Una estancia circular, de amplios techos, con capacidad para albergar a más de mil invitados que iban y venían entre las mesas llenas de comida y bebidas que habían sido cuidadosamente seleccionadas para aquella recepción. Los diplomáticos, empresarios y aquellos inversores deseosos de gastar sus créditos se movían de grupo en grupo, cerrando tratos por todo el territorio de la República, mientras en un extremo del salón, una orquesta de biths tocaba piezas clásicas bien conocidas en la galaxia.

Preena recorrió la balconada deslizando lentamente una mano sobre la barandilla, observando todo lo que yacía ante ella, en el nivel inferior: la distribución de los invitados entre las distintas mesas, la pomposa decoración de la sala, piezas de arte siendo exhibidas para la ocasión... Junto a la orquesta, se había dispuesto un pequeño bar y varias mesas estaban destinadas a acoger partidas de sabacc. A pesar de que los jugadores de sabacc tendían a mentir en exceso y a desconfiar unos de otros, era bien conocido que se habían cerrado importantes negocios en el transcurso de aquellas traicioneras partidas. La mujer llegó a las escaleras y descendió por ellas con suma elegancia, sintiendo cómo un par de miradas se posaban sobre su figura. Trató de acomodar sus pasos al ritmo de la música, consciente de que eso haría que llamase la atención, lo cual surtió efecto con dos hombres vestidos con lujosos trajes hapanos que le lanzaron una discreta mirada desde el pie de las escaleras. Preena se percató de ello y cuando pasó junto a ellos les sonrió, mientras se acariciaba con sensualidad el lóbulo de su oreja derecha.

–Estoy dentro. –dijo Preena en voz baja tras activar su intercomunicador.

–Te estoy viendo –respondió una voz masculina en el interior de su oreja. –Estoy en posición.

–¿Dónde estás?–preguntó la mujer mientras miraba con disimulo a su alrededor.

–Ala este –respondió la voz. –Junto a la terraza. Con una bandeja en la mano que contiene una especie de hongo acuático cultivado en Mon calamari.

–Empezaré por el ala oeste, entonces –dijo la mujer.

La mujer caminó entre los invitados, deteniéndose en contadas ocasiones a saludar a algunos de ellos, a pesar de que no conocía a ninguno. Una vez que entró en el ala oeste del salón, localizó rápidamente un grupo de humanos que dialogaban con varios cereanos junto a una mesa llena de botellas de distintos licores. La mujer se acercó a la mesa y le pidió al camarero que le sirviese una copa. Se percató de que uno de los hombres la observaba y cuando cogió su copa se dio la vuelta, descuidadamente, para chocar con él.

–Oh, perdone –se disculpó.

–Ha sido culpa mía –se apresuró a decir el hombre. –No tiene por qué disculparse, señorita...

–Preena Loran

–Creo que he oído antes ese apellido. –dijo el hombre, pensativo.

–Mi padre es Annaus Loran. Dirige una de las principales compañías de transporte de Kuat.

El hombre le estrechó la mano y se presentó como un joven adinerado deseoso de invertir su fortuna en el sector minero. La guerra estaba disparando el precio del mineral debido a la enorme demanda existente, lo cual había derivado en un fuerte reclamo para posibles inversores. Ambos mantuvieron una conversación banal y despreocupada, tal como la mujer esperaba, pero tras varios minutos estaban ya inmersos en una conversación acerca de economía galáctica junto a los cereanos que parecían ser bastante expertos en la materia. Ninguno de los humanos poseía información de interés, y cuando la mujer estaba a punto de retirarse de la conversación, un comentario realizado por uno de los cereanos hizo que aquellos 15 minutos de aburrida conversación que acababa de mantener mereciesen la pena.

–LLegamos al primer punto crítico –dijo una voz de droide en el oído de la mujer, que se estaba despidiendo del grupo de economistas. –Os aviso para que estéis preparados.

–Dijiste que no habría ningún problema –dijo la mujer mientras buscaba una zona apartada para poder hablar mejor.

–Dije que había probabilidades de que saliese bien. Los códigos de acceso se reescriben cada hora –respondió el droide – El sistema de seguridad está a punto de comenzar el escaneo de los accesos, lo cual incluye tu falsa identificación.

–Supongo que si escanean mi identificación tendré problemas –dijo la mujer.

–Estoy haciendo que desaparezca momentáneamente del sistema –explicó el droide.

La mujer caminó junto a un enorme espejo en el que se vio reflejada y se arregló el pelo rápidamente.

–¿Era necesario teñirme el pelo de verde? –preguntó. –¿Estáis seguros de que este tinte de algas se quitará al lavarse?

–No podemos arriesgarnos a que alguien te reconozca, Eida –respondió el muchacho vestido de camarero que servía copas en el ala este.

–A veces se me olvida que desde Taris se emitió una orden de busca y captura contra mí...

–Sí, son poco tolerantes con el contrabando de holocrones sith.

–¿Aún sigues con eso, Ramza? –se quejó Eida mientras cogía otra copa de una bandeja y seguía caminado –No tenía ni idea de lo que transportaba. ¡No fue culpa mía!

–Identificación asegurada –dijo la voz del droide. – Tienes otra hora, alteza.

–Creo que me moriré si sigo mucho más aquí, CUTTER –respondió Eida y le dio un gran trago a su copa. –A pesar de que el alcohol que sirven es de calidad y esos canapés especiados que estoy viendo tienen una pinta...

–No estamos aquí por la gastronomía, Eida –intervino Ramza. –¿Has localizado ya a nuestro hombre?

–Puede –respondió Eida. –Uno de los cereanos me ha hablado acerca de un navegante que encaja en el perfil que buscamos.

–¿Era Gara Novar de Cinnagar, físico hiperespacial, 56 años, pelo castaño, con una leve cojera en su pierna izquierda? –preguntó CU-TR

– El cereano no me ha dicho su nombre –respondió Eida –Pero sí que debe ser un gran aficionado al sabacc.

–Ese dato no estaba en los informes –dijo CU-TR

–Voy hacia las mesas de sabacc –dijo Eida. –¿Te has conectado al sistema de vigilancia?

–Te tengo en la pantalla del monitor –respondió CU-TR

Eida Mereel, bajo la identidad ficticia de Preena Loran, apuró su copa y la depositó sobre una mesa antes de dirigirse hacia la zona en la que había dispuestas varias mesas de sabacc. En aquella zona, la música se escuchaba con mayor intensidad y el ambiente estaba algo más cargado. En el aire se podían distinguir tabacos de distintos rincones de la galaxia. Eida se movió entre las mesas siguiendo las indicaciones de CU-TR, que oculto en el aerodeslizador en el que habían llegado al Palacio de las Fuentes, revisaba minuciosamente las cámaras de seguridad, buscando varones humanos de mediana edad.

–Mesa limpias –dijo CU-TR

–Veo a varios hapanos –dijo Eida mientras observaba una zona con amplios sillones. –Pero alguien nacido en Cinnagar jamás se vestiría así.

–Junto a la barra, dos hombres –dijo el droide.

Eida desvió la mirada en la dirección que había indicado CU-TR y observó a dos hombres conversando animadamente junto a la barra, con un par de copas en las manos. Eida se acercó con disimulo a la barra y se colocó cerca de ellos para pedir una copa, con el oído puesto en la conversación que estaban manteniendo los dos hombres. Eida esperó a que le sirvieran su copa y después se apoyó distraídamente en la barra, simulando estar observando a los miembros de la orquesta, que se preparaban para interpretar una nueva pieza musical.

–Es uno de ellos –dijo Eida en voz baja mientras daba un pequeño sorbo a su copa.

–Por cierto, has ingerido ya tres copas de ese licor –dijo CU-TR

–Ahora sí –confirmó Eida mientras depositaba su copa vacía sobre la barra al ver que los dos hombres se alejaban de la barra en dirección a una mesa de sabacc.

–Ese licor se destila a partir de flores embudo de Tatooine –prosiguió CU-TR. –Las cuales son usadas por los tusken como una potente droga para cazar dewbacks.

–CUTTER, ¿me estás comparando con un asqueroso reptil?

–Bazta de cháchara –intervino enfadada una nueva voz en la conversación por radio –Eztoz vienen hacia aquí.

Eida siguió con la mirada a los dos hombres hasta que estos terminaron sentados en una mesa circular de sabacc junto con un duro y un rechoncho twi´lek de piel azulada. En la parte central de la mesa había una abertura en la que el cupier, un enorme barabel, mezclaba con habilidad las fichas con sus garras, algo que no se veía habitualmente.

–Fibar, el tipo del sombrero es Gara Novar –dijo Eida mientras caminaba hasta detenerse a escasos metros de la mesa de juego.

–Empieza el juego –dijo Fibar Sebatyne mientras comenzaba a repartir las fichas a sus jugadores.

Eida buscó de inmediato una buena posición desde la que observar el desarrollo de la partida sin llamar mucho la atención. Vio un hombre solo, vestido con terciopelos negros, algo mayor, cuyo cabello era completamente blanco y se acercó a él. Recurrió al viejo truco de confundir a su interlocutor con otra persona para iniciar una conversación que no tenía que llevar a ninguna parte, pero que debería servir para ganar tiempo. Tal como había esperado Eida, al hombre le gustaba alardear y hablar de sí mismo. Así, Eida, que se limitaba a asentir, sonreír y de vez en cuando decir alguna frase recurrente, podía estar cerca de la mesa de sabacc, controlando el devenir de la partida, simulando estar atenta a la larga y aburrida historia que le estaba relatando aquel hombre, que había resultado ser un adinerado diplomático de Coruscant.

La partida de sabacc avanzó según estaba prevista gracias a la habilidad para trucar las cartas que tenía Fibar Sebatyne, quien en el viaje de huída de Korriban hacía un año había comentado ser un gran tahúr, dato que fue recordado por Eida cuando se gestó la misión en la que estaban inmersos: conseguir la lista Meckhar. El acto en sí no tenía demasiadas complicaciones aparentemente. Un robo o un secuestro hubiese servido para obtener tal preciada información. Algo rápido y eficaz, pero a la vez inútil, ya que era imperativo que la operación se llevase a cabo sin ser descubiertos. La lista Meckhar estaba compuesta de una serie de rutas hiperespaciales que eran seguras en tiempos de guerra y que se habían gestado en el mismísimo corazón del sistema Emperatriz Teta, antes conocido como Koros Mayor. En Cinnagar, la capital, poseían una avanzada tecnología hiperespacial, lo que había favorecido el estudio de las rutas hiperespaciales de la galaxia a lo largo del último milenio. Gara Novar había sido representante electo del compendio de empresas que monopolizaban el estudio del hiperespacio y realizaban importantes misiones de exploración que a la postre servirían para trazar rutas seguras por toda la galaxia. Así pues, la lista Meckhar poseía una gran valor para las organizaciones dedicadas al transporte hiperespacial en los oscuros tiempos que se avecinaban, en los que los viajes hiperespaciales fuera de las regiones del Núcleo eran cada vez menos seguros.

Eida nunca se había considerado a sí misma como una ladrona. Según ella, Gara Novar estaba en Hapes para vender la información al mejor postor, lo cual significaba que la lista Meckhar terminaría con total seguridad en manos de alguien que tenía pensado utilizar dicha información para actividades ilícitas. Eida pretendía hacerse con la lista Meckhar, copiar la información y devolvérsela a su dueño sin que éste se enterase, impidiendo así que Gara Novar estuviese tentado de filtrar la información, invalidando así el contenido de la lista. Eida tenía un potencial comprador, un empresario que estaba muy interesado en la lista Meckhar para sacar adelante sus negocios tras la presión a la que estaban sometidas las principales rutas comerciales de la galaxia.

–Vuelve a ganar el zeñor –dijo Fibar Sebatyne mientras arrastraba las fichas de los jugadores hasta un pequeño montón en el que se contabilizaban las ganancias de Gara Novar, quien con su mano izquierda no paraba de manosearse el objeto que tenía en uno de los bolsillos de su traje.

–Parece que hoy estoy en racha –dijo el humano con una sonrisa en su rostro.

El rechoncho twi´lek lanzó un bufido y agitó sus lekkus como signo de desesperación. El duro se mostraba impasible y daba pequeños sorbos a una copa sin mostrar ningún tipo de expresividad en su rostro. Eida, por su parte, permanecía a escasos metros de la mesa, aguantando la eterna conversación del diplomático de Coruscant, quien le parecía que llevaba horas hablando.

–Tenemos un problema –dijo CU-TR.

–Genial –dijo Eida sin darse cuenta e inmediatamente después estuvo a punto de taparse la boca con ambas manos. Por suerte, el diplomático no había notado nada extraño y seguía con su verborrea.

–Han cambiado los protocolos de los códigos de seguridad –prosiguió CU-TR.

–¿Lo cual significa?–preguntó Ramza.

–No puedo hacer que desaparezcan las identificaciones falsas del sistema. Tenéis 7 minutos para salir de ahí antes de que os detecten.

–Genial –repitió Eida sonriendo al diplomático.

Tras escuchar las palabras de CU-TR, Fibar Sebatyne supo que tenía que agilizar el devenir de los acontecimientos y entrar de lleno en la parte más delicada de la misión.

–Ze duplican laz apueztaz, zeñorez.

Gara Novar sonrió tras ver sus cartas e invadido por una repentina euforia apostó la mitad de sus ganancias. El resto de jugadores le observaron con recelo pero se sumaron igualmente a la arriesgada apuesta tal como Fibar sabía que harían tras la distribución de sus cartas.

–Enzeñen zuz cartas –dijo Fibar Sebatyne

Tras escuchar aquellas palabras, Eida se deshizo rápidamente del diplomático y se dirigió hacia la mesa de sabacc. Al mismo tiempo, Ramza recogía una bandeja con bebidas que tenía preparada y caminaba hacia la zona donde tocaba la orquesta.

–Quedan 6 minutos –les recordó CU-TR

Los 4 jugadores enseñaron sus cartas y tal y como Fibar había preparado, Gara Novar perdió su apuesta, a pesar de las excelentes cartas que tenía. El duro, inexplicablemente, tenía una mano mejor, cosa que Gara Novar jamás había visto en una partida sin descartes. ¡Parecía algo increíble!

–No puede ser –dijo Gara Novar mirando una y otra vez las cartas del duro y olvidándose por primera vez en toda la noche del objeto que tenía en su bolsillo. –Es imposible.

–El zeñor ha perdido –dijo Fibar Sebatyne mirando fijamente a Gara Novar en el preciso instante en el que Eida pasaba junto a la mesa e introducía su mano en el bolsillo del humano.

–Lo tengo –dijo Eida mientras se dirigía hacia el escenario de la orquesta, junto al que Ramza estaba colocando varias botellas de licor sobre una de las mesas.

–5 minutos –dijo CU-TR

Eida se acercó a Ramza y le pidió una copa. Éste le lleno una copa a Eida y se la entregó mientras ella deslizaba el pequeño dispositivo cuadrangular de almacenamiento de datos hacia el interior de una de las mangas de la camisa de Ramza, quien escondió el dispositivo entre sus dedos. Eida agarró su copa y bebió distraídamente mientras se colocaba de espaldas a Ramza, cubriéndole y ocultándole de miradas indiscretas para que el muchacho pudiese introducir el dispositivo, un objeto de un par de centímetros, en el datapad que había adosado magnéticamente bajo la bandeja de las bebidas.

–Se está copiando. –dijo Ramza.

–Date prisa –dijo Eida mientras miraba lo que sucedía en la mesa de sabacc. –Nuestro amigo se está poniendo nervioso.

–Os quedan 4 minutos

–Ya casi está –susurró Ramza.

–Zeñor, aquí no ze hacen trampaz –dijo Fibar. –Le zugiero que ze tome una copa para tranquilizarse.

– Ramza... tu turno –dijo Eida mientras Gara Novar se levantaba enfadado de la mesa.

–Ya está –dijo Ramza, y le entrego a Eida el dispositivo de Gara Novar cuando ella se giró para dejar la copa sobre la bandeja.

–Va hacia el bar –dijo Fibar Sebatyne –Interceptadlo.

–Voy –respondió Ramza mientras agarraba su bandeja llena de copas y se dirigía hacia el humano.

Eida esperó tres segundos y caminó tras Ramza, que ataviado como uno de los camareros se disponía a interceptar a Gara Novar. El humano estaba enfadado y empujó descuidadamente a varios de los invitados en su huída hacia la barra del bar, pero Ramza fue más rápido y logró interceptarle.

–¿Una copa, señor? –preguntó Ramza mientras colocaba la bandeja frente al humano.

Gara Novar miró con desprecio al camarero que le estaba ofreciendo una copa y estuvo tentado de hacer caso omiso de él y dirigirse hacia el bar, pero se lo pensó mejor tras observar a una preciosa mujer con cabellos verdosos que caminaba en su dirección. Gara Novar cogió una copa y miró disimuladamente a la mujer, que cuando pasó junto a él le rozó levemente con su cuerpo el muslo de su pierna derecha y sintió la calidez de sus brazos desnudos. El hombre se estremeció y los músculos de su cuerpo se tensaron. Volvió su vista lentamente hacia la mujer, que se alejaba y sus ojos se posaron disimuladamente sobre su trasero. Dio un pequeño sorbo a su copa mientras pensaba que la noche aún era joven, que tal vez tuviese ocasión de hablar con ella aquella noche y...

–Faltan 2 minutos –dijo CU-TR –Les recomiendo a todos que salgan de ahí inmediatamente.

–Eztoy fuera –dijo Fibar Sebatyne mientras abandonaba el salón principal por uno de los accesos de empleados.

–El paquete está devuelto –dijo Eida mientras se dirigía al ala este. –Pero no me dará tiempo a salir por la entrada principal. CUTTER, dime que el turboascensor del ala este está conectado con el hangar

–Lo está –confirmó CU-TR tras un par de segundos.

–Bien –dijo Eida cuando las puertas del turboascensor se cerraron. –Porque ya estoy dentro y voy hacia ti.


Bajo el ala este del Palacio de las Fuentes se encontraba uno de los tres hangares de los que disponía el Palacio. El hangar era de uso civil y se usaba normalmente para albergar las naves y aerodeslizadores de los invitados a los distintos eventos que se organizaban para la alta sociedad. El hangar tenía forma ovalada, con una única salida orientada hacia el sur. Cuando Eida salió del turboascensor, trató de buscar con la mirada la ubicación del aerodeslizador en el que habían llegado y en donde había permanecido CU-TR durante toda la misión.

–Suroeste, 75 grados –dijo CU-TR

–Te veo –respondió Eida cuando vio el aerodeslizador en la dirección que le había indicado el droide.

–Acaban de bloquear las puertas de acceso al salón principal –informó CU-TR. –Están registrando a los invitados. Dadme vuestra posición.

–Camino hacia ti junto a un enorme reptil –dijo Ramza

–Muy graziozo –masculló Fibar Sebatyne.

El humano y el babarel giraron a la izquierda en una intersección, junto a un carguero ligero estacionado y se unieron a Eida.

–¿Algún problema? –preguntó la contrabandista cuando se cruzó con ellos.

–Todo ha salido según el plan. –respondió Ramza, mientras se quitaba el transmisor de su oído.

–Larguémonos de una vez –dijo Eida mientras frente a ellos un aerodeslizador abría sus puertas y aparecía CU-TR con sus armas.

Eida agarró su bláster pesado y apoyó su pierna derecha sobre un lateral del vehículo para enfundar el bláster en la cartuchera que había improvisado con una finísima tela sobre su muslo derecho, bajo el vestido.

–Me sentía completamente desnuda sin esto –exclamó, dando unas palmaditas a su arma.

Fibar asintió mientras agarraba un rifle bláster y Ramza hizo lo mismo con su sable de luz. Una vez entregadas las armas, CU-TR volvió al interior del vehículo y ocupó el puesto del piloto. Fibar y Ramza, embarcaron tras él, pero antes de que lo hiciese Eida, una profunda voz sonó tras ellos.

–Mira a quién tenemos aquí.

Eida se dio la vuelta rápidamente mientras echaba una mano a su muslo derecho en busca de su bláster, colocado estratégicamente junto a la abertura lateral que tenía la falda de su vestido, y se encontró frente a un macho fosh de plumaje rojizo y azulado, que jugueteaba con un bláster entre sus manos. Los fosh eran criaturas similares a aves, de alrededor de 1,40m de altura, con torsos delgados y cubiertos de un fino plumaje que solía terminar en alargadas crestas sobre sus cráneos. No eran muy comunes en la galaxia y Eida reconoció de inmediato a aquel fosh.

–Bhe Tanth –dijo Eida con media sonrisa en su rostro. –De haber sabido que había un número cómico me hubiese quedado hasta el final de la velada.

–Eida Mereel y su sentido del humor. Acabarás muerta algún día.

–Deja que lo adivine... ¿me vas a matar tú?

–Ofrecen una suculenta cantidad de créditos por tu cabeza –dijo el fosh. –No me lo tengas en cuenta. Son sólo negocios.

–Oh, vamos, Bhe. Dile a Bruggosh que le pagaré lo que le debo en cuanto termine un par de trabajos que tengo pendientes.

–Eso nos dijiste hace 6 meses. Ya sabes que en este negocio hay que mantener las apariencias. ¿Qué pensaría la gente del gran Bruggosh el Hutt si no pudiese garantizar el trabajo de sus contrabandistas?

–¡Me atacó una sith! –le gritó Eida. –¡Ese imbécil de Slyssk ni siquiera me advirtió lo que transportaba!

–A veces surgen contratiempos, Eida. Esa carga era muy valiosa y Bruggosh está muy enfadado.

–Está bien –dijo Eida con resignación. –Tengo aquí mismo algo muy valioso que...

Mientras Eida estaba hablando, se percató de que una de las garras del fosh no manoseaba el bláster, sino que permanecía oculta tras un bolsillo de su túnica, que se movía ligeramente. Entonces, Eida desenfundó su bláster y disparó al pecho del fosh, que cayó al suelo mientras su disparo pasaba bastante lejos del rostro de Eida y un pequeño detonador termal rodaba por el suelo hasta perderse bajo un aerodeslizador cercano. Por suerte, Bhe Tanth no había tenido tiempo de activarlo.

–¡Le ha disparado! –gritó un hombre que caminaba por el hangar y se encontraba a escasos metros del cuerpo sin vida del fosh.

–¿Tú quien eres, el narrador? –le dijo Eida con acritud.

–Debemos irnos de inmediato –apremió CU-TR desde el aerodeslizador.

Eida miró una vez más el cadáver del fosh, como si se fuese a levantar de nuevo con algún nuevo truco tan característico de los granujas de aquella calaña y tras unos segundos enfundó de nuevo su bláster. El hombre permanecía atónito contemplando la escena, posando sus ojos sobre el cadáver del fosh y luego de nuevo sobre Eida.

–Si alguien pregunta, di que yo disparé primero. –dijo Eida y tras saludarle, embarcó en el aerodeslizador.


Cato Neimoidia (2 días más tarde)

La Valkyria errante salió del hiperespacio frente al enorme planeta y Eida fijó inmediatamente un vector de aproximación. La huída de Hapes había transcurrido sin incidentes y podía decirse que prácticamente habían pasado desapercibidos ya que no habían tenido ningún desafortunado encuentro con agentes de la República. Tras el incidente de Taris, la Valkyria errante había sido puesta en busca y captura por las autoridades. Eida confiaba en que la descripción de su nave no hubiese llegado mucho más lejos del sector Ojoster, ya que la República tenía entre manos asuntos mucho más importantes que perseguir a contrabandistas. Aún así, Eida tomaba sus precauciones y evitaba atracar en los principales espaciopuertos de la galaxia para minimizar los controles de la República.

–¿Hemos llegado? –preguntó Ramza, que acababa de entrar a la cabina de la nave.

–Tal como estaba previsto –respondió Eida. –Entregaremos la lista Meckhar y nos largaremos con nuestros créditos tan pronto como podamos.

Ramza se sentó en el asiento del copiloto, que estaba vacío y contempló cómo la nave se aproximaba a la atmósfera del planeta. Guardó silencio mientras Eida manejaba los controles de la nave e intentaba que no se estropease nada al atravesar la atmósfera. A pesar de que Eida podía maniobrar la Valkyria con los ojos cerrados y mantener una conversación al mismo tiempo, Ramza permaneció en silencio hasta que la contrabandista guió la nave hasta Zarra, la capital del planeta y aterrizó sin incidencias en un apartado hangar del espaciopuerto de la ciudad, tal como habían acordado con su comprador.

–Ha pasado ya un año –dijo Ramza en cuanto aterrizaron.

–Lo sé –contestó Eida mientras desconectaba los motores.

–Nuestro trato era...

–Sé cuál es nuestro trato, chaval. –Eida se puso en pie y salió de la cabina seguida por Ramza.

–He usado mis habilidades jedi para timar, engañar y robar –dijo Ramza –Y esas acciones implican la expulsión inmediata de la Orden Jedi.

–Probablemente te expulsasen de la orden cuando anulaste los sistemas de defensa de Taris.

–¡Pero ése no era yo! –exclamó Ramza indignado –Ese Señor Oscuro del Sith me controló de alguna manera... lo que me hicieron en Korriban...

–Me gustaría ver cómo defiendes eso ante un consejo de guerra por traición.

Eida y Ramza atravesaron una pequeña sala de reuniones en donde CU-TR y Fibar jugaban una partida al ajedrez holográfico. Eida les hizo un gesto para que se preparasen y descendió a la bodega de carga junto con Ramza.

–¿Cuántos créditos has ganado este año gracias a mí? –preguntó Ramza.

–La verdad, no se te da mal el negocio –dijo Eida mientras pulsaba el interruptor de apertura de la rampa de embarque.

–Entonces, hasta cuando...

–¡Ya basta, joder! –gritó Eida, enfadada. –¡Te dije que te ayudaría y lo haré!

–¿Y a qué estás esperando?

–¿Tantas ganas tienes de morir, Ramza?. ¿Tan importante es ella para ti como para embarcarte en un viaje que es un suicidio? Porque eso es lo que va a pasar, ¿sabes?¡Nos matarán a todos!

Eida guardó silencio tras sus palabras, esperanzo una contestación de Ramza que no se produjo. El muchacho permaneció impasible, sereno, observando a Eida sin decir ni una sola palabra y sin alterar un ápice la expresión de su rostro. Finalmente, Eida lanzó un suspiro de resignación y siguió hablando.

–Malditos jedi. ¿Sois todos así de cabezotas?

–El maestro Rhysode me enseñó que en la vida hay que hacer siempre lo correcto, sin importar en las repercusiones que pudiese tener sobre nuestras vidas. ¿Me ayudarás a encontrar a Seela o no?

Eida desenfundó su bláster pesado y comprobó el cargador. Luego, volvió a enfundarlo y descendió lentamente de la nave, mientras echaba un vistazo a su alrededor para tratar de localizar cualquier cosa sospechosa que pudiese haber en aquel hangar. Cuando comprobó que el sitio era seguro volvió a dirigirse a Ramza.

–Vamos a entregar la lista Meckhar y con el pago saldaré mi deuda con Bruggosh el Hutt. –dijo Eida –Ya estoy harta de los malditos cazarrecompensas. Conozco a alguien en Tatooine que podría...

–Eida... –interrumpió Ramza

–No he terminado. –dijo Eida levantando su dedo índice ante el rostro del jedi. –Decía que conozco a alguien en Tatooine que podría facilitarnos atravesar las líneas mandalorianas y llegar al sistema Horuset, pero una vez allí, estaremos solos.

–Si lo que dicen las frecuencias de la República es cierto, Seela estará allí.

–Si lo que dicen es cierto, moriremos en cuanto salgamos del hiperespacio.

Eida y Ramza se miraron en silencio. Ambos comprendían muy bien el peligro al que se iban a enfrentar. Atravesar las líneas enemigas para buscar a alguien que no sabían con exactitud en qué podría haberse convertido no auguraba precisamente un viaje muy apacible. Aún así, ambos lo harían. Ramza se lo debía a Seela, por la que seguía sintiendo algo muy especial. La encontraría y la traería de vuelta. Eida lo haría porque se lo debía al muchacho. Había trabajado duro durante todo el año y se había ganado con creces su ayuda en aquella empresa. Y, en definitiva, lo harían porque ambos se lo debían al maestro jedi Garik Rhysode, allí donde quisiera que estuviese su alma.