No recuerdo haber tardado nunca menos tiempo en escribir un capítulo. Esto no es nada habitual en mí xD. Pero quería ya que la historia comenzase a fluir, porque queda mucho que contar aún.
CAPITULO 3
TIEMPOS OSCUROS
Oscuridad. La galaxia es un lugar oscuro, frío, lleno de temores que ahondan en lo más profundo de nuestra alma. No hace falta viajar a las Regiones Desconocidas para sentirse perdido y desamparado. El Borde Exterior es un claro ejemplo de caos y anarquía en donde los lazos de la República se difuminan como la estela de un cometa moribundo. Una mera excusa utilizada por los seres más bajos de la sociedad para tratar de justificar sus crímenes, un grito de libertad hacia el sistema impuesto por esa República que ondeando la bandera de la democracia trata desesperadamente de instruir a todos sus hijos en aquello que es considerado como lo correcto. Pero las barreras que flanquean la democracia son débiles y fáciles de romper por aquellos que sucumben ante sus ambiciones, aquellos hijos de la República que son el potencial corazón de la misma, a pesar de haber olvidado la esencia que subyace en el interior de una idea. Y con el tiempo, esa República herida de muerte, infectada por sus propios miembros, es capaz de alimentarse de sus propios miedos y transfigurar su hipotético orden en el caos más absoluto. Poder, ambición, corrupción, ego... tal vez fuese Mandalore quien desató la guerra contra la República, pero el mayor enemigo de la República siempre fue ella misma. La República estaba consiguiendo devorarse a sí misma. Los sueños de los Fundadores y de muchos otros que en verdad creían en los valores de antaño, se estaban haciendo añicos.
La entropía en una galaxia siempre tiende a aumentar. El orden es frágil y lleno de fisuras por las que su esencia se desangra desde su mismísima creación. Durante milenios, la República había crecido hasta creer haberse convertido en la mismísima galaxia. Fue entonces cuando aconteció la Gran Guerra Sith, que mostró cuán vulnerable era aquella República y esa herida se abrió por completo. Durante los últimos 30 años, las diferencias entre las clases sociales y los distintos seres que habitaban la galaxia se habían acentuado. El Senado Galáctico se había convertido en un mero escenario donde representar obras teatrales tras las suculentas inversiones de créditos que garantizaban el éxito en una votación. Mandalore había visto eso y había sabido con certeza que ése era el momento adecuado para iniciar su guerra. La República, una burbuja de cristal fragmentada, apenas había necesitado un golpe para iniciar su proceso de autodestrucción.
Mandalore el Máximo sabía que su ejército no era rival para el de la República en un enfrentamiento directo, pero también sabía que la República no era la de antaño, unida siempre frente al enemigo común. Sabía que cuando la República fuese atacada, los sistemas del Núcleo tenían poder suficiente como para lograr que se mantuviese su ejército tras sus fronteras. Por eso Mandalore no había atacado directamente el Núcleo sino el Borde Exterior, en donde los recursos destinados por la República eran notablemente inferiores, lo cual se traducía en que la campaña estaba siendo un éxito. Uno tras otro, los distintos sistemas estaban cayendo bajo el mando del ejército mandaloriano y sumado a la oportuna ayuda de los hutt, Mandalore había logrado controlar las principales rutas comerciales de la galaxia, cortando de raíz los recursos de la República. El Núcleo se estaba asfixiando y las disputas internas por el poder se habían disparado. Muchos planetas del Borde Exterior ni siquiera oponían resistencia a las tropas mandalorianas cuando sus sistemas eran bloqueados. Otros, viendo la inminente tragedia que se avecinaba, habían optado por secesionarse y unirse voluntariamente a Mandalore. ¿Estábamos ante el final de la República?
Destructor estelar Lamento de los inocentes
(Sistema Horuset)
Kona Anquard jamás había estado en una nave de la envergadura de el Lamento de los inocentes. Había visto los holos de cuando la nave había atacado Taris, pero las grabaciones y los informes de inteligencia apenas hacían justicia a lo que era en realidad. Desde el exterior, había observado que el destructor estelar poseía varios hangares, lo cual no era nada extraño entre las naves de aquel tamaño, pero el mon calamari se quedó perplejo cuando, dirigidos por un rayo tractor, la corveta clase defender penetró en uno de los hangares y vislumbró la majestuosidad del mismo. Ante él se distribuían varios escuadrones de cazas, perfectamente alineados y listos para entrar en combate. Aquella nave, sin lugar a dudas, podría enfrentarse ella sola a una pequeña flota de la República. Si existiesen más naves como aquella, la guerra no iba a durar mucho.
Los dos caballeros jedi no opusieron resistencia y descendieron al hangar para encontrarse con un pelotón de soldados de asalto vestidos con armaduras negras y que les rodearon de inmediato, apuntándoles con sus rifles bláster. Los jedi alzaron sus brazos y entregaron ambos sables de luz a uno de los soldados. Al principio, Saquesh Dowmeia se mostró reticente, y Kona Anquard tuvo que recurrir a un impulso de la fuerza para que el orgulloso quarren entregase también su arma.
–Un jedi jamás se desprende de su sable de luz –dijo el quarren. –Hubiese preferido morir luchando.
–No hagas ninguna tontería y tal vez vivamos para ver lo que está sucediendo aquí –dijo en voz baja el mon calamari.
Los soldados de asalto se replegaron a los flancos de los jedi y un oficial vestido con un uniforme grisáceo se acercó a ellos.
–Caballeros –dijo el oficial. –La emperatriz les espera.
Los dos caballeros jedi fueron conducidos fuera del hangar, por un largo pasillo que Kona Anquard calculó que tendría casi dos centenares de metros y que terminaba abruptamente ante un turboascensor que conectaba con todos los niveles de la nave. Media docena de soldados de asalto y el oficial fueron sus únicos acompañantes durante el ascenso a donde quisiera que estuviese su emperatriz. A medida que ascendían, Kona sintió cómo algo le golpeaba con violencia en el pecho y al mirar a su compañero y ver la expresión que tenía el quarren en su rostro, con sus tentáculos faciales volviéndose locos, supo que algo iba realmente mal en la Fuerza. Kona Anquard había sentido el Lado Oscuro antes de pisar siquiera el hangar de aquella nave, pero a medida que se acercaban a ella iba sintiendo cómo la Fuerza disminuía en intensidad y era devorada por la oscuridad, a unos niveles que hacía que a los dos jedi les faltase el aliento durante unos instantes. Ningún jedi había experimentado algo parecido desde la época de Exar Kun. ¿Acaso habían vuelto aquellos tiempos oscuros?
Cuando las puertas del turboascensor se abrieron de nuevo, ante los jedi apareció una enorme sala, la sala del trono, situada un nivel por encima del puente de mando, en donde parte de sus muros estaban cubiertos de transpariacero a través de los cuales podía observarse la inmensidad del firmamento junto con parte de la estructura del destructor estelar, que lucía espléndido al ser observado desde su cota más elevada. Nada más poner un pie en la sala del trono, una iluminación tenue, de color carmesí, que emanaba del mismísimo duracero del suelo les mostró el camino que debían seguir hasta un hexagonal transpariacero que cubría el mamparo orientado hacia proa y en cuyo centro se erguía un trono de metal que en esos instantes les daba la espalda. El oficial, un hombre de casi cuarenta años y reclutado en Kuat, caminó hacia el trono hasta que se detuvo y se arrodilló en el primero de los seis peldaños que daban acceso al trono.
–Emperatriz, los jedi. –dijo el oficial con una rodilla hincada en el suelo y la mirada baja.
La emperatriz no dijo nada pero el oficial sintió en su interior cómo ella asentía y le ordenaba que se retirase. No se sentía cómodo cuando la emperatriz hacía aquello, pero hizo todo lo posible por ocultar su malestar. El hombre apenas llevaba un par de meses sirviendo a bordo de el Lamento de los inocentes, pero las historias que se contaban acerca de la emperatriz hacían que se le helase la sangre de sus venas. Sus muchachos decían que cuando la nave entraba en combate, la emperatriz usaba los trucos mentales de su Fuerza Oscura (que era como la magia que usaban los jedis pero cargada de maldad, según le había explicado su sargento) para introducirse en las mentes de la tripulación y mejorar su coordinación y capacidades para el combate. En algunos camarotes corrían rumores de que a más de uno se le había frito el cerebro durante aquellas contiendas. Él no creía demasiado en aquellas historias, pero las pocas veces que había estado en presencia de la emperatriz, él había sentido claramente cómo ella se introducía en su interior. El oficial depositó los sables de luz de los jedi a los pies del trono, se incorporó y se retiró, junto con los soldados de asalto.
–¿Vosotros sois los que decís traer la esperanza a la República? –dijo suavemente una profunda voz de mujer mientras el trono giraba lentamente hasta situarse frente a los caballeros jedi.
–Engendro de sith –murmuró Saquesh Dowmeia.
–Has corrompido todo aquello que significa ser un jedi y que representa a la República –dijo Kona Anquard. –¿Osas hablar tú de esperanza, Seela? ¿O debería llamarte Darth Asha?
La hembra twi´lek le sonrió y se incorporó del trono lentamente hasta erguirse en su totalidad, acto que el mon calamari interpretó como un símbolo para demostrar su superioridad ante ellos. Parecía que la muchacha era engreída. Si aún seguía siendo una niña, sería peligrosa, sí, pero aún tendrían una oportunidad de salir con vida de aquella situación. Los dos jedis guardaron silencio mientras contemplaban la figura de aquella a quien llamaban emperatriz. La joven twi´lek de piel azulada vestía tan solo con una falda de cuero negro que le caía hasta los tobillos y unos protectores de duracero mandaloriano y de color oscuro que formaban un peto que solo cubría sus pechos. Aparte de su sable de luz colgado del cinturón y unos aros metálicos en sus muñecas, la muchacha no llevaba más ornamentos.
–Vosotros, los jedis, no sois una esperanza para nadie. Nunca lo habéis sido –dijo Darth Asha que parecía estar hablándoles directamente a su interior a pesar de que de sus labios brotaban las palabras.
–Entonces, ¿tú eres esa esperanza? –preguntó el mon calamari, quien con sus palabras estaba sometiendo a un examen a la antigua jedi.
–En esta galaxia ya no hay esperanza –dijo Darth Asha con solemnidad, y la manera en que pronunció esas palabras hizo que la piel del mon calamari estuviese a punto de agrietarse.
–La habrá en cuanto los jedi te derrotemos junto con tus amigos mandalorianos –intervino Saquesh Dowmeia.
Darth Asha soltó una carcajada que retumbó por toda la sala y aún con la sonrisa en su rostro comenzó a descender lentamente los peldaños de las escaleras para acercarse a los caballeros jedi.
–Pensáis en la República como en una madre que ama a sus hijos, que los cuida y los guía mientras ellos crecen. Orden y armonía. Felicidad. Donde el sufrimiento no tiene cabida. ¿Tengo razón?
Los jedi no respondieron a su pregunta, concentrados más en resguardarse de la cada vez más notable influencia del Lado Oscuro, que golpeaba aquella sala como si fuese las olas de un enfurecido océano. La hembra twi´lek se detuvo a escasos centímetros de los jedi y les miró fijamente, sintiendo cómo trataban de ocultar mediante la Fuerza el miedo que exudaba sus cuerpos. Volvió a sonreir y continuó con su discurso, mientras se movía alrededor de ellos.
–Pero la República es un recipiente vacío, sin vida. Habitaciones vacías en las que sus habitantes están verdaderamente muertos. Lágrimas que no encuentran consuelo, sueños rotos, el anhelo de una vida mejor... todo eso tiene que cambiar.
–¿Sembrar el caos es la solución? –preguntó Kona Anquard –¿Una guerra es la solución? ¿No aprendiste nada en la Orden Jedi?
–En la orden jedi aprendí muchas cosas Kona Anquard –le respondió Darth Asha. –Aprendí a observar el mundo que nos rodea, a contemplar el sufrimiento de los seres sin hacer nada por evitarlo. Meditación, contemplación, serenidad... esa es la Orden Jedi que yo conocí. ¿Cómo ayudan esas acciones a los seres de esta galaxia?
–Los jedi estamos al servicio de la República –dijo el mon calamari –Nos debemos a ella y a la protección de cualquiera de sus habitantes.
–La República no existe. Es una mera ilusión, un velo de traiciones. Los jedi sois unos necios que estáis viviendo el sueño de un necio. Ni siquiera sabéis por lo que lucháis. ¿Vuestra República? No se purificaría por completo ni aunque ardiera hasta sus cimientos.
–Los seres como tú son lo que le dan el mayor significado a la República –contraatacó Kona Anquard.
Darth Asha se detuvo junto al mon calamari y le miró fijamente. La expresión de la twi´lek había cambiado por completo y su sonrisa había abandonado su rostro.
–Mandalore nos ha proporcionado el impulso que necesitábamos. –dijo Darth Asha. –Haremos que la República pague por todos sus pecados e instauraremos un nuevo orden. Los antiguos siths han hablado. ¡El Imperio Sith se levantará de nuevo!
–Estás loca –dijo Saquesh Dowmeia. –Sólo dices estupideces.
Saq, sigue así y conseguirás que nos mate, le transmitió Kona a través de la Fuerza, y el quarren cruzó sus tentáculos faciales sobre su boca de inmediato, sin añadir nada más.
–¿Te crees capaz de instaurar un Imperio Sith? –preguntó el mon calamari.
–Esas fueron las palabras de Exar Kun –respondió Darth Asha, que se giró y comenzó a caminar hacia su trono.
–¿Exar Kun? –preguntó Kona –¿Que tiene que ver Exar Kun con...?
Kona Anquard no necesitó terminar de formular aquella pregunta, puesto que su astuta mente ya había encontrado la respuesta que necesitaba. Durante la reunión que mantuvo el Consejo Jedi antes del incidente de Taris se habló de la existencia de un holocrón sith. Se creía que los holocrones sith habían desaparecido durante la Gran Guerra Sith hacía más de 30 años y la reciente aparición de este objeto había puesto en alerta a la Orden Jedi ante la amenaza que podría suponer que tales conocimientos cayeran en manos de un Señor Oscuro. Un holocrón sith podía albergar el legado de todos los Señores Oscuros que habían existido a lo largo de milenios, lo cual sería una fuente ilimitada de conocimiento acerca del Lado Oscuro. ¿Significaba aquello que Seela Tarn poseía un holocrón sith? Desde luego, la muchacha no había vivido en los tiempos de Exar Kun y mucho menos haber aprendido de él en la Orden jedi, donde el tema era un tabú.
Exar Kun, el último gran Señor Oscuro del Sith había puesto en jaque a la República y había estado a punto de lograr instaurar su Imperio. Quién sabe si ese Imperio en verdad fue creciendo a espaldas de la República y la Orden Jedi tras la muerte del Señor Oscuro y hubiese estado esperando al inicio de esta guerra para darse a conocer. Kona Anquard tenía sus sospechas sobre ello, pero de una cosa sí que estaba seguro: Si Exar Kun estaba detrás de todo aquello, la amenaza a la República y la Orden Jedi era más que importante y había que informar de ello al Consejo Jedi cuanto antes.
–Ha sido un verdadero placer charlar con ustedes –dijo Darth Asha mientras se sentaba en el trono y después, pulsó un pequeño interruptor del panel de control que había en su reposabrazos.
Una porción del duracero del suelo se abrió tras los jedi y dejó al descubierto la plataforma de un elevador que contenía a una docena de soldados de asalto y dos contenedores metálicos.
–Son contenedores de confinamiento. –dijo Darth Asha –Son inocuos. Una mera formalidad para transportarles de manera segura hasta su destino.
–¿Transportarnos a dónde? –preguntó el quarren.
–No es algo de mi agrado, caballeros, pero ciertas circunstancias exigen tener que desarrollar acciones desagradables –les explicó Darth Asha. –Además, admito que estoy intrigada por ver los resultados de los trabajos del doctor Demagol.
–¿Nos vas a entregar a ese demente? –preguntó Saquesh Dowmeia mientras los soldados abandonaban la plataforma y se dirigían hacia los dos jedi con los rifles en la mano. –Eres escoria.
–Mmm, ¿es ira lo que estoy notando? –preguntó intrigada Darth Asha, mientras se acariciaba el mentón. –Sí.. es ira.
–No estarías tan tranquila si estuviésemos en un campo de batalla... emperatriz –contraatacó el quarren, agitando con desprecio sus tentáculos faciales cuando pronunció la palabra "emperatriz"
–Saq... cálmate –intervino Kona Anquard, que sentía cómo la Fuerza se agitaba en el interior de su compañero.
–No, está bien. Me gusta –dijo Darth Asha haciendo un gesto con la mano al mon calamari, quien sintió cómo todo su cuerpo se paralizaba y era incapaz de moverse ni articular palabra. –Muéstrame lo que sabes hacer, jedi.
–¿Qué? –preguntó extrañado Saquesh Dowmeia.
–Te garantizo que los soldados no abrirán fuego –dijo Darth Asha, y los soldados se detuvieron y bajaron inmediatamente sus rifles.
Darth Asha desvió la vista hacia los sables de luz que estaban depositados a los pies del trono e hizo que uno de ellos levitase hasta posarse suavemente sobre la mano abierta del quarren, que estaba estupefacto ante el devenir de los acontecimientos. Saquesh aferró con fuerza su sable de luz e invocó con intensidad a la Fuerza, tratando de descubrir qué oscuro truco yacía tras lo que acababa de hacer la twi´lek. Pero la Fuerza no le indicó que en aquella acción hubiera algo anómalo y eso le infundió del valor y la energía que necesitaba en aquel momento. El quarren pulsó suavemente el interruptor de su sable de luz y una hoja amarilla cobró vida con un suave siseo.
–Adelante –le instó Darth Asha. –Acaba conmigo. ¡Destruye mi imperio, jedi!
–El orgullo de los sith –dijo Saquesh Dowmeia mientras blandía su sable de luz. –Tu reinado acaba aquí.
El quarren invocó a la Fuerza y con un rápido movimiento saltó sobre las escaleras que daban acceso al trono mientras enarbolaba su sable por encima de su cabeza. Aterrizó frente a la twi´lek, cuyo rostro mostraba una pérfida sonrisa, y agarró con ambas manos su sable de luz para asestar a la muchacha la fatal estocada. Kona Anquard, incapaz de mover un musculo ni de reaccionar tras el control al que le había sometido Darth Asha, no pudo detener a su compañero, que sin saberlo, había sellado ya su destino. El quarren atacó con todas sus fuerzas, sintiendo que con aquella estocada podría partir por la mitad el mismísimo destructor estelar. En aquel acto no había calma ni serenidad. Un jedi siempre analizaba meticulosamente la situación antes de iniciar una confrontación con su enemigo. Saquesh Dowmeia se había dejado llevar por la pasión, olvidando todo aquello que había aprendido en la Orden Jedi, por lo que no había considerado la posibilidad de que su ataque fuese rechazado por un enemigo que aparentemente mantenía la guardia baja. La hoja se detuvo a escasos centímetros del rostro de Darth Asha, iluminando su semblante con un tono ambarino. El quarren invocó a la Fuerza con mayor intensidad, tensando todos los músculos de su cuerpo, pero fue incapaz de hacer que su sable de luz avanzase siquiera un milímetro a través de la invisible barrera que parecía haber detenido la estocada.
–¿Ese es tu mejor ataque? –preguntó Darth Asha.
El quarren retiró su sable de luz y esta vez realizó una estocada horizontal, con la intención de ensartar a la twi´lek en el trono, pero la muchacha alzó el dedo índice de su mano izquierda, señalando al sable de luz, y la estocada se detuvo frente a su pecho. Sintió cómo la ira del caballero jedi iba en aumento, mientras apoyaba el peso de su cuerpo sobre su arma y sus pies resbalaban sobre el duracero del suelo sin que el quarren pudiese avanzar lo más mínimo hacia su enemiga.
–Suficiente.
Darth Asha realizó un gesto con su mano y el sable de luz del quarren fue desviado hacia el suelo. En aquel momento, la ira que sentía el caballero jedi se fue diluyendo tras una cortina de miedo cuando observó cómo la hembra twi´lek se alzaba de su trono, con las llamas del Lado Oscuro devorando su alma. Darth Asha, emperatriz del Imperio Sith, aferró el sable de luz que llevaba colgado de su cinturón, lo encendió y con un rápido movimiento decapitó a Saquesh Dowmeia.
–Con un contenedor bastará –dijo Darth Asha tras desconectar su sable de luz carmesí.
Kona Anquard contempló la escena sin poder hacer nada para ayudar a su compañero, cuyo cuerpo sin vida se desplomó sobre el duracero y su cabeza rodó por los escalones hasta ir a parar junto al mon calamari, que jamás en su vida olvidaría aquella mirada inerte.
Coruscant
La reina Schalla de Alderaan contemplaba el edificio del senado desde la terraza del apartamento que regentaba la delegación de Alderaan en Coruscant. A pesar de haber caído ya la noche en la ciudad galáctica, todos los edificios circundantes permanecían iluminados y el tráfico aéreo se mantenía como si fuese la hora punta del día. Schalla añoraba su planeta, el aire puro y las montañas que rodeaban al palacio real, que poco tenían que ver con el bullicio de aquella ecumenópolis que parecía no descansar jamás. La brisa nocturna hizo que sus cabellos ondeasen al viento y el finísimo traje que llevaba puesto se le pegase al cuerpo. Sintió un escalofrío y se encogió, frotándose con sus manos sus hombros desnudos. Schalla había tenido desde pequeña el sueño ligero y aquella noche no estaba logrando pegar ni ojo tras lo acontecido en la cámara del senado el día anterior. No sabía con certeza qué hora era, pero aún faltarían un par de horas para el alba.
Schalla se apoyó contra la barandilla de duracero, con la mirada perdida, recapacitando todo lo que acababa de suceder. La negativa del senado a aumentar las tropas destinadas al Borde Medio, la acusación del senador de Cato Neimoidia sobre el asesinato de sus padres, la creación de una Federación de Comercio... ¿hacia dónde se estaba dirigiendo la República?
A pesar de que Schalla había pasado toda su vida en la política, en aquellos momentos sentía miedo. Si sus padres estuviesen aún con vida, estaba segura de que serían capaces de manejar aquella situación que ella sentía que se le escapaba de sus manos. La joven reina no estaba preparada para soportar la carga de gobernar a todo un planeta y estaba convencida de que Alderaan necesitaba a alguien mejor que ella en el trono, con más experiencia y determinación, que no fuese tratada como una niña mimada en el Senado Galáctico. Sin embargo, los acontecimientos se estaban precipitando y ella era la reina de Alderaan, en definitiva. Una guerra había estallado en una parte de la galaxia que parecía muy remota, pero que azotaba al núcleo como una tempestad que luchase por borrarlos de la existencia. Mientras en el seno de la República se jugaba a un juego de poderes en donde todo era permitido en pos de las ambiciones personales, Schalla veía con claridad cómo la República se estaba corrompiendo ante sus ojos.
Un nuevo escalofrío recorrió su cuerpo y pensó que ya había contemplado aquella ciudad por bastante tiempo aquella noche y se estaba arriesgando a pillar un resfriado. Por la mañana, partirían de vuelta a Alderaan y todo aquello quedaría apartado por los asuntos cotidianos de su planeta, al menos hasta que se convocase la próxima reunión del senado. Schalla regresó al interior de su apartamento y agradeció que la temperatura dentro fuese tan acogedora. Realmente sí que había refrescado en el exterior. Caminaba descalza por la sala principal que llevaba a su alcoba, tratando de no hacer ruido para no despertar al servicio, cuando escuchó un sonido proveniente de la cocina. Parecía que alguien más tampoco podía dormir aquella noche. Supuso que sería Mot. El nautolano parecía que nunca descansaba durante los viajes oficiales, siempre alerta, a la espera de cualquier contratiempo. Los caballeros jedi eran así. Aunque Mot siempre era muy sigiloso, así que tal vez en la cocina estuviese realmente algún miembro del servicio preparando ya el desayuno. Quizás fuese ya temprano, supuso Schalla, que no había mirado la hora en toda la noche.
Su estómago le confirmó a dónde debería dirigirse en aquel momento. Tal vez con el estómago lleno lograse descansar el poco rato que debía faltar para el amanecer. Caminó con sigilo hasta la cocina y se extrañó de que quien estuviese allí anduviese a oscuras. Cuando Schalla entró en la cocina, escuchó un ruido seco y chocó contra algo pesado que hizo que perdiese el equilibrio y cayese al suelo. Schalla ahogó un grito mientras permanecía agarrada al objeto que le había arrastrado al suelo y que supo que era un cuerpo, que reconoció como el de Sirin Ayhier, una de sus sirvientas, que usaba un característico perfume de Naboo.
–¿Sirin? –le preguntó Schalla mientras la sujetaba por los hombros y trataba de incorporarla. –¡Sirin, despierta! ¿Qué te ocurre?
La muchacha no respondió y parecía que había perdido el conocimiento. Schalla estaba pensando que había sido una afortunada casualidad que ella hubiese entrado justo en ese momento y haber sujetado el cuerpo de Sirin, cuando se dio cuenta de que algo no iba bien y que en aquella cocina había alguien más con ellas. Apoyó a Sirin en el suelo con delicadeza y se incorporó, tratando de buscar el interruptor de la luz, que no recordaba muy bien en donde estaba en aquella cocina de corte clásico, cuyo diseñador había optado por suprimir las activaciones por voz al considerarlo como algo no glamuroso. Entonces vio la sombra que se movía. Un tenue destello metálico fue todo lo que necesitó ver Schalla para saber que quien quiera que estuviese allí con ellas, acababa de desenfundar un bláster. Schalla se lanzó instintivamente al suelo y rodó tal y como le habían enseñado las fuerzas reales de seguridad en Alderaan. Dos disparos de láser de color rojizo impactaron en el mamparo en donde se ubicaban los interruptores de iluminación de la cocina. Si Schalla hubiese tardado un segundo más en reaccionar, ahora estaría muerta. Se ayudó de los codos para ponerse de rodillas y gateó lo más rápidamente que pudo, buscando algún mueble u objeto de ornamento tras el que poder cobijarse. Su atacante volvió a disparar e impactó sobre el suelo, cerca del rostro de Schalla, que quedó momentáneamente iluminado, revelando con claridad la posición de la mujer, tal y como el asesino había previsto. Schalla chocó contra un mamparo metálico y se giró para ver a aquella silueta apuntándola con su bláster y tuvo la certeza de que aquello era el fin. Fue entonces cuando la puerta del apartamento se abrió de repente y una conocida figura irrumpió enarbolando un sable de luz de color púrpura. El asesino se giró y disparó una, dos y hasta tres veces contra el caballero jedi. Los disparos fueron desviados sin ningún problema por Mot Kinto, que con un ágil salto alcanzó a su enemigo y le cercenó el brazo que empuñaba el arma.
–¿Estás bien? –preguntó Mot Kinto
–Sí...gracias –logró responder Schalla mientras trataba de recuperar el aliento.
Después, el jedi invocó a la Fuerza y accionó los interruptores de iluminación del apartamento. La luz se hizo y reveló a un varón humano, arrodillado en el suelo, con los ojos vidriosos y un halo de espuma blanquecina escapando por la comisura de sus labios.
–¡Maldición! –exclamó Mot Kinto arrodillándose junto al asesino, cuyo cuerpo se estaba convulsionando.
–¿Qué le ocurre? –preguntó Schalla mientras se ponía en pie.
El nautolano sujetó el cuerpo del humano hasta que se detuvieron sus convulsiones y luego extrajo una pequeña cápsula oscura de entre sus labios.
–Está muerto –dijo el caballeo jedi poniéndose en pie y luego enseñó la cápsula a la reina. –Parece que no querían que supiésemos quién le enviaba.
Schalla no dijo nada y contempló en silencio el cadáver del asesino. Su corazón aún latía aceleradamente. Trató de tranquilizarse, pero se acordó de Sirin, tendida en el suelo de la cocina y corrió tras Mot Kinto, quien con su sable de luz aún encendido, sondeaba con la Fuerza a la muchacha, que tan sólo se había desvanecido por la inhalación de alguna sustancia narcótica. Schalla se arrodilló junto a Sirin y comprobó que su sirvienta estaba recuperando el conocimiento y trataba de articular alguna palabra.
–Mot, ayúdame a llevarla al dormitorio.
–Permanece agachada y no te muevas –le ordenó el nautolano, mientras abandonaba la cocina y recorría el apartamento en busca de más amenazas.
La puerta que comunicaba el apartamento de la reina con el del servicio se abrió y apareció un hombre con aspecto soñoliento, a quien el alboroto le había despertado. El nautolano le hizo un gesto para que regresase a su apartamento y el hombre obedeció de inmediato. Mot Kinto recurrió a la Fuerza para tratar de ver aquello que sus ojos no le mostraban, pero no encontró nada fuera de lo común.
–Te dije que no te movieses –dijo Mot Kinto mientras se dirigía al balcón del apartamento.
Schalla y Sirin permanecieron en pie, abrazadas en silencio mientras el caballero jedi revisaba el mamparo exterior del edificio y echaba un rápido vistazo hacia los edificios colindantes. Sintió que algo no iba bien en la Fuerza, pero fue incapaz de localizar el origen de la amenaza. Regresó al interior del apartamento, en donde Sirin le explicaba a la reina que el asesino le había rociado con algo que le hizo perder el conocimiento.
–¿Cuántas veces te disparó? –preguntó Mot Kinto a Schalla.
–No sé... tres...¿cuatro?
–A un asesino profesional le hubiese bastado con un disparo. –dijo el caballero jedi. –Pero no hubiese sido capaz de atravesar los controles de acceso de este edificio. Enviaron a alguien de dentro, sin experiencia.
–¿El asesino era alguien de nuestra delegación? –preguntó Schalla
–O de las fuerzas de seguridad de Coruscant. –respondió Mot Kinto. –Alguien con acceso a este apartamento y fácilmente sobornable.
–Y por suerte para nosotros, poco profesional –dijo Schalla casi en un susurro
Un acto poco profesional, sí. El nautolano sospechaba desde hacía tiempo que la vida de Schalla corría peligro. Alguien había asesinado a los reyes de Alderaan. Schalla había sobrevivido tan solo porque aquella tarde no se encontraba en la reunión junto con sus padres, tal como estaba previsto. Alderaan se estaba ganando muchos enemigos políticos durante los últimos años al posicionarse en contra de distintos sistemas con gran poder en el seno de la República. La casa real de Alderaan siempre se había destacado por tener unas excelentes relaciones diplomáticas con el resto de sistemas y luchar siempre a favor de las causas justas, denunciando la corrupción y ayudando a todos los sistemas que lo necesitasen a pesar de que ello les causara perjuicios económicos. Y Alderaan había tenido mucho peso en la República, por lo que sus acciones perjudicaban enormemente a aquellos que tenían intereses menos altruistas y más de carácter ilegal. Al final, sus enemigos habían pasado a la acción y habían decidido quitarse de en medio a la nueva reina, pero aún así todo aquello parecía...
Demasiado poco profesional para alguien que intenta asesinar a una reina, pensó Mot Kinto, y la inquietud que sentía en la Fuerza confirmaba también aquel presentimiento. ¿Por qué no enviar a un droide asesino? Sería fácilmente detectable, pero aún así sus probabilidades de éxito hubiesen sido mayores. La mente del nautolano funcionaba a máxima velocidad, tratando de descifrar aquella cuestión. ¿Sobornar a un guarda de seguridad para perpetrar un atentado era la opción elegida por alguien que posiblemente fuese capaz de poder contratar a los mayores asesinos de la galaxia? Aquello no tenía mucho sentido y el nautolano era consciente de ello.
–Tenemos que marcharnos de aquí –dijo Mot Kinto y sintió algo en la Fuerza que le urgía a ello. –¡Ahora!
Mot Kinto agarró a ambas mujeres y se impulsó con la Fuerza para atravesar de un salto todo el apartamento en el preciso instante en el que un proyectil atravesaba la puerta abierta del balcón. El proyectil detonó en el centro de la sala y una llamarada barrió suelos y paredes, calcinando el mobiliario y derritiendo parcialmente los mamparos metálicos. El jedi consiguió sacar a las dos mujeres del apartamento un instante antes de la explosión y los tres rodaron por el suelo del corredor principal del edificio mientras tras ellos las llamas brotaban desde la puerta del apartamento.
–¿Qué ha sido eso? –preguntó Schalla mientras Sirin la ayudaba a ponerse en pie.
–El verdadero ataque –respondió Mot Kinto. –El guardia de seguridad no era el asesino. Llevaba encima un localizador y sólo tenía que marcar tu posición.
Una docena de agentes de seguridad de la delegación de Alderaan irrumpieron en el corredor con los blásters en la mano y se dirigieron hacia la reina.
–¿Alteza, se encuentra bien? –preguntó el oficial de mayor rango.
–Estamos bien, Jeopardy –respondió Schalla. –Pero ha faltado poco para...
–Jeopardy –interrumpió Mot Kinto. –Abandonaremos Coruscant de inmediato.
–Sí, señor
–Quiero que preparen el transporte oficial junto con otro aerodeslizador no identificado. Viajaremos en ése y usaremos el oficial como señuelo. Iremos al espaciopuerto por una ruta alternativa.
–Entendido, señor Kinto –asintió Jeopardy –Pero...¿de dónde saco un aerodeslizador sin identificación?
–Tiene 10 minutos, teniente
Nar Shaddaa (Club Escapade)
La guerra no había llegado a Nar Shaddaa de la misma manera en que lo había hecho en otros sistemas del Borde Exterior. Los hutt habían forjado una alianza con Mandalore, la cual además de garantizarles suculentos ingresos, había salvado al planeta de sufrir cualquier tipo de bloqueo, por lo que Nar Shaddaa era uno de los pocos planetas del Borde Exterior que continuaba viviendo al margen de la guerra e incluso enriqueciéndose gracias a ella. El planeta nunca había destacado por contener demasiados efectivos de la República (a excepción de un insignificante control aduanero debidamente sobornado por los hutts), y desde el inicio de la guerra no había quedado ni rastro de ellos. A los habitantes de Nar Shaddaa nunca les había extrañado ver a mandalorianos pasearse por su planeta y estos tiempos de guerra tampoco serían una excepción. A fin de cuentas, la guerra no se había trasladado al planeta, y todo aquel que viniera a hacer negocios era siempre bienvenido. Por eso, cuando un mandaloriano vestido con su armadura metalizada y su casco cubriendo su rostro entró en el club Escapade, lo que en otros planetas hubiese desencadenado un posible tiroteo, en Nar Shaddaa fue tomado como un hecho cotidiano y sin relevancia.
El mandaloriano, quien había decidido mantener sobre su casco una quemadura vertical producida por el sable de luz un jedi, atravesó el local principal y se dirigió a la zona de los reservados para encontrar a su contacto, sentado junto a una mesa, bebiendo una extraña bebida que no consiguió identificar. El mandaloriano, cuyo oficio le había enseñado a ser precavido, quitó disimuladamente el seguro de uno de sus blásters y se sentó junto a su interlocutor.
–Llegaz tarde, Jyvora –dijo el trandoshano.
–Siempre es un placer volver a ver tu rostro, Slyssk –dijo el mandaloriano inclinando levemente su cabeza.
–Yo no puedo dezir lo mizmo –contestó Slyssk señalando al mandaloriano –Ziempre eztáz traz eze eztúpido cazco.
–Así son las tradiciones de mi pueblo –respondió Jyvora, haciendo un gesto de disculpa con sus manos.
–Puez ezpero que eza tradición no ze eztienda cuando conquiztéiz la República –repuso el trandoshano. –No quiziera tener que llevar mi cabeza metida en un cubo.
–Esta guerra no va conmigo, Slyssk. Me dedico sólo a los negocios.
–LLevaz un año dezaparezido –dijo Slyssk
–Mi último trabajo resultó más complejo de lo habitual –respondió el mandaloriano, sin dar más explicaciones y cambió rápidamente de tema. –Dijiste que tenías un contrato para mí.
–En efezto –dijo el trandoshano, y deslizó un datapad sobre la mesa. –Bruggozh te pagará el doble de lo habitual por ezto. Zu nombre ez Eida Mereel. Noz da igual que la traigaz viva o muerta, pero Bruggozh quiere el cuerpo. Nada de dezintegracionez.
El mandaloriano recogió el datapad y leyó en silencio la información que aparecía en la pantalla. Después, volvió a mirar al trandoshano y asintió.
–Considéralo hecho.
