Por fin he podido actualizar. Últimamente no he tenido mucho tiempo y se me ha alargado en exceso. espero subir en breve el siguiente capítulo
CAPITULO 4
RESISTENCIA
Cathar
Los primeros rayos de sol de la mañana despuntaron tras las copas de los árboles del bosque que les rodeaba y el escaso millar de soldados de la República que pertenecían a lo que quedaba del batallón Trueno se puso en marcha. Durante los primeros meses de la guerra, cuando Mandalore decidió invadir Cathar, un pequeño destacamento de la República se encontraba en el planeta realizando labores de aprovisionamiento en la ciudad de Icata, uno de los asentamientos más importantes del planeta, que estaba próximo a Vasto Veltd, un pastizal desprovisto de árboles, con abundante fauna salvaje, en donde se realizaban las famosas cacerías de sangre. En aquella época, la vía Hydiana aún se encontraba bajo el control de la República y las patrullas abundaban en la zona. Cuando estalló la guerra, los efectivos que la República tenía destinados en el sistema Quelii se agruparon en el hemisferio norte de Cathar, en el área opuesta al desembarco de las tropas mandalorianas. Superados ampliamente por el poderío naval del ejército invasor mandaloriano, las fuerzas de la República habían decidido llevar la batalla sobre el terreno. Ayudados por los guerreros de Cathar, habían logrado establecer una resistencia en el planeta.
Lo que en un principio no fue más que varios batallones de soldados desorganizados, pronto se convirtió en algo más parecido a un ejército con la llegada del teniente Darren Drayson, alias Razor, un hombre que había perdido a su familia al inicio de la guerra y que de darse la oportunidad, estaría encantado de matar a Mandalore el Máximo con sus propias manos. Razor se había puesto al mando de aquel variopinto ejército y había conseguido que los soldados recuperasen la moral perdida. Cathar se había convertido en el escenario de una guerra de guerrillas, en donde los comandos de la República asaltaban los envíos de suministros por tierra del ejército mandaloriano, se dispersaban y volvían a agruparse para sabotear un nuevo objetivo. Aquello no iba a hacer que la República ganase la guerra, es más, ni siquiera se contemplaba la posibilidad de arrebatar el control de Cathar a los mandalorianos. Pero la realización de aquellos actos había dado algo muy importante a todos aquellos seres: esperanza.
Las noticias sobre la resistencia que había nacido en aquel planeta ocupado por el enemigo pronto se extendieron por toda la Holored y Coruscant se sirvió de aquella historia para convertirla en propaganda militar. Miles de jóvenes a lo largo de toda la galaxia se habían alistado en el ejército de la República para tratar de emular a aquellos héroes que luchaban por la libertad en el lejano mundo de Cathar. Sin embargo, aquellos nuevos reclutas que hubiesen sido bienvenidos en Cathar, fueron destinados a otras regiones, todas ellas en el Núcleo, mediante la eterna promesa de formar parte algún día de la resistencia de Cathar. Así, podía decirse que los rebeldes de Cathar estaban solos y cada vez eran más escasos los envíos de tropas y suministros desde Coruscant. Quizás a causa de la sensación de abandono que sentían aquellos soldados, había nacido el batallón Trueno: un grupo de humanos y alienígenas bastante indisciplinado y más parecido a un ejército mercenario, que a pesar de ello, acataban sin dudarlo todas las órdenes dadas por el teniente Razor.
Razor se arrastró por la superficie de la colina, ajustó sus macrobinoculares y los enfocó sobre el cañón que atravesaba una enorme pared de roca. Los músculos de sus brazos se tensaron cuando vio el destello luminoso a un par de kilómetros de distancia, dirigiéndose hacia su posición. Su pulso se aceleró hasta que reconoció el viejo speeder de color cobrizo, pilotado por uno de los exploradores que habían partido del batallón hacía un par de horas.
–Regresa Tunig –dijo Razor mientras seguía con la mirada el rastro de polvo que dejaba el speeder a su paso.
–No es Tunig. Tunig sabe pilotar –dijo Hihdo, el rodiano, agachándose tras Razor y observando el rumbo errático del speeder. –Es ese twi´lek. ¿Cómo se llamaba?
–Megbefay –respondió un duro de piel grisácea, que se ocultaba tras una roca a un par de metros de distancia. –Le llamamos Quitapenas.
–¿Quitapenas? –preguntó casi sin aliento Vyn Omas, que acababa de llegar a la cima de la colina sudando copiosamente.
–Destila el mejor alcohol del Borde Exterior, señor –respondió el duro, que se llamaba Cadan.
–Ahora entiendo por qué es incapaz de pilotar en línea recta –dijo Vyn Omas cuando se acercó a Razor.
–¿Le importa echarse al suelo, capitán? –le preguntó Razor con cierta irritación en su voz, mientras seguía observando el terreno a través de los macrobinoculares. –Está delatando nuestra posición, señor.
El capitán Vyn Omas se echó al suelo junto a los demás y forzó su vista para observar el speeder que era ya claramente visible.
–¿Permite a sus hombres emborracharse en mitad de una guerra, teniente?
–Usted aún no ha visto a Quitapenas borracho, ¿verdad? –respondió Razor
–El maldito tiene una puntería endiablada cuando bebe –dijo Hihdo entre risas. –Es capaz de calcular los ángulos de disparo con una precisión asombrosa.
–Si no se mata en ese speeder tendrá ocasión de verlo con sus propios ojos, capitán –añadió el duro.
Razor guardó los macrobinoculares en su petate y se puso en pie ante la mirada extrañada del capitán, que se aferraba con ambas manos al arenoso suelo del que apenas despegaba su pecho.
–¿Qué está haciendo, teniente? –preguntó Vyn Omas con un semblante cercano al pánico.
–Nos vamos –respondió Razor con tranquilidad, mientras el rodiano y el duro se ponían también en pie.
–¡Van a delatar nuestra posición! –exclamó el capitán desde el suelo.
–Capitán... –dijo Razor agachándose junto al muchacho. –No hay nadie en kilómetros a la redonda.
Hihdo y Cadan trataron de ocultar sus risas mientras miraban el cuerpo del capitán tendido en el suelo. Después, empezaron a descender la colina, de vuelta al lugar en donde les aguardaba el resto del batallón. Razor sonrió al capitán Omas, que se levantó del suelo sin ocultar el enfado de su rostro.
–Teniente...
–Su ropa estaba impoluta, señor. –dijo Razor con seriedad. –No estamos aquí de vacaciones. Ahora sus hombres le respetarán algo más.
Los cuatro terminaron de descender la colina y se reunieron con el grueso del batallón Trueno, que llevaba algo más de una hora acampado en un pedregoso camino que se dirigía al norte. Los soldados se distribuían entre las depresiones del terreno circundante, para tratar de pasar desapercibido ante cualquier hipotética mirada indiscreta. Una docena de cañones desmontados y que reposaban sobre aerodeslizadores permanecían ocultos bajo lonas opacas en mitad del camino, así como los dos vehículos andadores de asalto que aún sobrevivían. Uno de ellos, en bastante mal estado, se atascaba con facilidad debido a un problema en los servomotores de las patas delanteras. El vehículo había sido apartado del camino y permanecía en el suelo como si de un animal herido se tratase. El ingeniero jefe, un hombre de mediana edad con bigote y cuyo rostro estaba lleno de grasa durante todo el día, se estaba peleando con una de las articulaciones del vehículo, lanzando juramentos a sus dos ayudantes, dos ugnauths de poco más de un metro de altura.
–¡No, no y no! –gritó el ingeniero. –¡Solo quiero que ande! ¡No me importa el sistema de refrigeración!.
–Grink nautrt trechiw!
–¡Porque quiero sacarlo de aquí! –volvió a gritar el ingeniero, gesticulando con sus brazos.
Uno de los ugnauths arrojó su atornilladora neumática a los pies del humano y empezó una discusión con su compañero mientras el ingeniero agarraba la atornilladora neumática y se dirigía hacia uno de los servomotores de locomoción.
–Partimos en 15 minutos, Tuercas –dijo Razor cuando pasó junto al ingeniero.
Tuercas se giró con la atornilladora en la mano y se acercó a Razor mientras con su mano libre señalaba a los ugnauths.
–La próxima vez que organice algo, teniente, consúlteme primero.
–Oh, vamos, esas criaturas tienen fama de ser los mejores mecánicos de la galaxia –contestó Razor poniendo cara de excusa.
–¡Y también las más irritables, maldita sea! –exclamó el ingeniero. Luego, se tranquilizó y volvió a su trabajo. –Estará listo en 10 minutos.
–Estupendo –asintió Razor e hizo un gesto con la mano a Hihdo. –Necesito un recuento de los exploradores. Confirma que no hay destacamentos mandalorianos a menos de una hora de nuestra posición.
–De inmediato, teniente –respondió el rodiano, y se marchó corriendo.
La mirada de Razor se cruzó con la de Vyn Omas, quien supuestamente estaba al mando del batallón Trueno a pesar de que a nadie le gustaba acatar sus órdenes.
–¿Desea aportar algo, capitán? –le preguntó Razor.
–Yo...ah, sí. –Vyn Omas se aclaró la voz y se dirigió a los soldados que estaban acampados a su alrededor. –¡Recojan sus cosas. Nos pondremos en marcha en 10..., no, 15 minutos!
El escaso millar de soldados que permanecían acampados en los márgenes del sendero hicieron caso omiso de las palabras del capitán y todos volvieron sus rostros en dirección al teniente Razor, quien asintió con su cabeza. Los soldados se pusieron en pie y comenzaron a recoger sus petates. A pesar de que el batallón Trueno era conocido por su indisciplina, sus miembros formaban un equipo cuyos engranajes funcionaban a la perfección. En menos de 6 minutos, todos ellos estaban listos para partir y ya estaban borrando cualquier huella que pudiesen dejar atrás y que delatara su posición. Hihdo se reunió con los 3 exploradores que habían regresado, confirmando que no había tropas enemigas en las proximidades, y junto con Cadan y un cereano a quien llamaban Señales, decidieron no alterar el rumbo del batallón. A los 10 minutos exactos, tal y como había asegurado el ingeniero Tuercas, los servomotores de los dos vehículos andadores de asalto cobraron vida y comenzaron a caminar lentamente. Cuando el capitán Omas, acompañado por Razor, se dirigía hacia la cabeza del batallón, un alboroto a sus espaldas hizo que se detuviera en seco.
–¡Paso,!.¡Dejadme pasar! –gritó una voz de mujer. –¡Eh! ¿Quién me ha tocado el culo?¡Fadish, algún día te arrancaré esos estúpidos tentáculos que tienes en la cara!
–¿Qué es ese alboroto? –preguntó Vyn Omas.
–Nuestra oficial de comunicaciones. –contestó Razor. –Ya se acostumbrará a ella.
La columna de soldados que ocupaba la totalidad del sendero se fue abriendo para dejar paso a una mujer joven que portaba a sus espaldas una mochila de comunicaciones. Lea, la muchacha que se había encontrado con Razor en Onderon y que le había acompañado a Suurja era la mayor experta en comunicaciones de todo el batallón Trueno. Lea había sido capaz de descifrar los códigos encriptados de los mandalorianos y era capaz de intervenir sus transmisiones con frecuencia. Si el batallón Trueno había sobrevivido tanto tiempo en territorio enemigo, era en gran parte gracias a ella. Algunos de los soldados se mostraban reticentes ante la presencia de la muchacha entre ellos. No tanto a su presencia en sí, siempre bienvenida, sino por su peso dentro del batallón. Muchos de los seres allí reunidos no estaban acostumbrados a que sus vidas dependiesen de las habilidades informáticas lo que ellos llamaban una "cría". Lea corrió hasta Razor y estuvo a punto de arrojar la pesada mochila al suelo cuando se detuvo ante el teniente. Se apartó los cabellos oscuros llenos de sudor de su cara y tomó aire antes de hablar.
–Ya vienen
–¿Vienen? –repitió Vyn Omas
–Códigos de asalto encriptados –continuó diciendo Lea. –Fáciles de ocultar entre el ruido de fondo si no los rastreas de forma específica, lo cual he estado haciendo durante la última hora.
–¿Y bien? –preguntó Razor, impaciente.
–Una señal de origen orbital –explicó Lea mientras sacaba su datapad y la pantalla se iluminaba con algoritmos –Nunca creí que lograse interceptar las transmisiones de su flota.
–¿La flota va a atacar el planeta? –preguntó Vyn Omas, cuyo semblante palidecía.
–De momento, no. Enviaron un pulso que... ¿Sabíais que los códigos de transmisión mandalorianos usan un sistema análogo al de los droides astromecánicos? Lo que me hizo sospechar de ello fue... –Lea se detuvo en seco al ver la mirada de impaciencia de Razor y añadió –... fue algo que os puedo explicar más adelante porque ahora mismo deberíamos ocultarnos y...
Antes de que Lea terminara de explicar lo que sucedía, Hihdo y Cadan corrían ya entre el batallón, dando instrucciones a los oficiales. Los soldados abandonaron inmediatamente el camino y empezaron a buscar refugio entre las rocas que les circundaban. Tuercas dio varios gritos a los ugnauths, quienes inmediatamente treparon sobre los vehículos andadores de asalto y empezaron a cubrirlos con unas lonas que servían a modo de camuflaje termo–óptico. En el centro del batallón, Weist Azyra´fey, un bothan que había pasado la mitad de su vida comerciando en el mercado negro de Nar Shaddaa, posó en el pedregoso suelo el contenedor que cargaba a su espalda mediante unas correas de cuero y lo abrió. En su interior reposaba una vara metálica que inmediatamente ancló a un trípode que puso sobre el terreno. En el otro extremo de la vara, un orbe de cristal color turquesa había empezado a brillar y a emitir un leve zumbido.
–Date prisa, Warlock –dijo un hombre con la cabeza afeitada, en cuyas manos sujetaba una pesada batería.
El bothan, a quien apodaban Warlock, asintió con la cabeza y cuando el humano puso la batería junto al trípode, la conectó a la vara metálica. El orbe brilló ahora con gran intensidad y su luz turquesa comenzó a expandirse rápidamente a su alrededor hasta que la totalidad del batallón Trueno quedó cubierta por aquella cúpula de energía.
–Estamos ocultos –dijo Warlock cuando el campo de energía turquesa se estabilizó.
Cincuenta y siete segundos más tarde, el batallón Trueno fue sobrevolado por una escuadra de cazas y cargueros ligeros mandalorianos que no notaron ninguna anomalía sobre el terreno en el que se ocultaban las fuerzas republicanas y siguieron su vuelo sin reparar en ellos.
–El día que el juguete de Warlock deje de funcionar tendremos un problema –le dijo Razor al capitán Vyn Omas, que ante la mirada de extrañeza que puso le explicó. –Es un generador de campo de señal. Nos hace indetectables a cualquier tipo de escaneo desde el aire, siempre que no nos estén buscando con mucho ahínco.
–Por suerte, no nos buscaban a nosotros –añadió Hihdo, que sudaba copiosamente cuando se reunió con los dos oficiales.
–Lo cual me hace pensar que... –dijo pensativo Razor, pellizcándose la barba. –Volaban demasiado bajo como para...
Lo primero que sintieron fue un temblor bajo sus pies, y menos de un segundo después, escucharon una serie de explosiones no tan lejanas como les hubiera gustado. El batallón Trueno permaneció agazapado, sus soldados sin mover un solo músculo de sus cuerpos, hasta que Razor sacó sus macrobinoculares de su mochila y buscó una posición elevada desde la que observar los alrededores. Cuando ascendió la pequeña loma, las columnas de humo que serpenteaban en el horizonte le confirmó sus sospechas. Las naves mandalorianas habían atacado un objetivo, al otro lado de las montañas que se situaban al este.
–¡Hihdo! –gritó Razor, pero el rodiano se encontraba ya a su lado.
–Lo del desfiladero no me gusta mucho –dijo Hihdo. –Pero Quitapenas ha dicho que es transitable.
–Bien. Esperemos que no haya bebido demasiado esta mañana –dijo Razor mientras guardaba sus macrobinoculares.
–¡Espere un momento! –gritó el capitán Omas situándose frente a Razor .–¿Piensa dirigirse hacia allí?
–Capitán –dijo Razor inclinando levemente su cabeza. –¿Dará usted la orden o tendré que hacerlo yo?
Ord Mantell
Ord Mantell era conocido como el corazón de la Joya Brillante, la estrella ubicada en el centro del sistema, en el Borde Medio. El planeta estaba rodeado por nubes de cometas, dos grandes lunas y 13 satélites. El conjunto le confería a Ord Mantell un peculiar tono rosáceo al ser visto desde el exterior. Este fenómeno acabó convirtiéndose en un reclamo turístico para aquellos a quienes no les importaba la fama de mala reputación que tenían ciertos sectores del planeta. A pesar de estar bajo el control de la República, el mercado negro de Ord Mantell estaba en continua expansión. El planeta era conocido por sus abundantes espaciopuertos en los que se podía realizar cualquier tipo de reparación o mejora en una aeronave mediante la instalación de dispositivos legales o ilegales en muchos sistemas. Debido a esto, muchas organizaciones criminales y grupos de contrabandistas elegían Ord Mantell para realizar las reparaciones que necesitasen ya que en aquellos espaciopuertos no se solían hacer demasiadas preguntas.
Aquella tarde nublada, apenas había actividad en el espaciopuerto de Ruslandha, una pequeña ciudad industrial incrustada en un pequeño valle entre las altas montañas de las que se extraía el mineral que era el principal sustento de sus habitantes. Las densas nubes de humo que emanaban las chimeneas de sus factorías ocultaban los débiles rayos de sol que osaban colarse entre la bruma, lo cual confería a la ciudad su característica tonalidad ceniza. Ruslandha se encontraba bastante apartada de los principales núcleos urbanos de Ord Mantell, y su espaciopuerto no disponía de capacidad suficiente para albergar grandes naves, pero sí que era un lugar muy útil para reparar pequeños cargueros que quisiesen pasar inadvertidos.
La Valkyria errante llevaba dos días atracada en el hangar número 3 del espaciopuerto de Ruslandha. A pesar de que el carguero ligero había llegado hacía tres días estándar a Ord Mantell, Eida había decidido permanecer en una órbita del planeta, camuflados entre naves comerciales, hasta que quedase libre el hangar que ella siempre usaba cuando realizaba reparaciones en la Valkyria errante. La principal ventaja que tenía el hangar número 3 era su ubicación. En primer lugar, estaba algo apartado del edificio principal en donde se situaban el resto de hangares. En segundo lugar, y más importante aún, el hangar número 3 era una plataforma de aterrizaje localizada en lo alto de una torre, sin cubierta y orientada hacia el paso aéreo de las montañas del este, el cual era la ruta más rápida para entrar y salir de Ruslandha por el aire. En caso de que hubiera que salir rápidamente de Ruslandha, tener una nave atracada en el hangar 3 era la opción más ventajosa.
Las reparaciones en la Valkyria errante fueron sencillas y según lo previsto. Tras haber entregado la lista Meckhar, Eida había decidido invertir parte de los créditos obtenidos en un nuevo modelo de hiperimpulsor. Durante los últimos meses, el hiperimpulsor había hecho varios amagos de dejarles tirados en mitad de la galaxia y había sobrevivido a duras penas gracias a unos chapuceros arreglos que le había hecho CU-TR. La instalación había sido rápida y satisfactoria y el nuevo modelo se había integrado a la perfección en el viejo sistema informático de la Valkyria. Durante el último día, CU-TR y Fibar se habían dedicado a la reparación de las pequeñas grietas que aparecían con mayor frecuencia en el casco de la vieja aeronave, lo cual serviría para paliar el problema durante los próximos meses. Cuando dieron por finalizadas las reparaciones, Fibar se subió a la parte dorsal de la Valkyria y realizó una última comprobación en los sectores que le iba indicando CU-TR desde la cabina de la nave.
–Proa 43–z –dijo Fibar tras presionar el intercomunicador que llevaba adherido sobre su hombro derecho. –No hay variazión.
–Sí que la hay –contestó la voz metálica de CU-TR –Variaciones de onda tras nueve ciclos con un error del 95%. Recomiendo una nueva revisión.
–Malditoz droidez –escupió Fibar mientras volvía a abrir uno de los paneles e introducía sus manos entre el amasijo de cables. –Eida eztá al llegar y deberíamoz haber revizado ya todoz loz zeztorez.
Mientras Fibar Sebatyne seguía maldiciéndose por tener que trabajar con droides, las puertas del turboascensor que daban a la plataforma de aterrizaje del hangar 3 se abrieron y aparecieron Eida y Ramza, seguidos de un droide de carga que portaba varios contenedores de suministros para la Valkyria errante. Eida revisaba una vez más en su datapad la lista de recambios que iban a necesitar durante los próximos meses, en los que iba a ser complicado encontrar un espaciopuerto seguro para realizar reparaciones y aprovisionamientos.
–Me sigue pareciendo caro –dijo Eida mientras se guardaba el datapad en un bolsillo de su chaleco. –La mitad de los créditos han volado ya.
–Aún tienes que saldar tu deuda con Bruggosh el hutt –añadió Ramza
–Lo sé, lo sé –dijo Eida gesticulando con sus manos. –Pasaremos por Nar Shaddaa antes de ir a Tatooine. Con suerte, no nos matarán antes.
–La verdad, jefa, si no nos han matado ya con todo lo que nos ha pasado...
–Te he dicho que no me llames jefa, niño –le dijo Eida mientras le lanzaba una mirada seria al muchacho. –Me hace mayor.
–Perdone usted, señorita Mereel –se disculpó Ramza, simulando una reverencia con una sonrisa en su rostro.
–¡Maldita sea! –exclamó Eida mientras miraba lo que estaba sucediendo en su nave y les gritó –¿¡Todavía estáis así!?
–Eztaba todo controlado –respondió Fibar, en pie sobre la nave, con una atornilladora neumática que simulaba ser un bláster entre sus garras. –Tu droide ez irazible. En mi planeta zería ya chatarra para adornar mi nido.
–Maldito reptil –masculló Eida. –¡Fibar, quiero largarme ya de este planeta!
–¡Ezte no puede trabajar azí, jefa!
–¡Que no me llames jefa!
Ramza suspiró y se dirigió hacia la rampa de la bodega de carga mientras Eida y Fibar seguían enzarzados en su discusión. Sabía por experiencia que las discusiones que solían mantener la contrabandista y el barabel podían alargarse y terminaban con ambos arrojándose toda clase de objetos como si de dos niños pequeños se tratara.
–¡Como me lances ese panel te juro que me haré unos zapatos con tu pescuezo!
Así era la nueva vida de Ramza Morne, un muchacho que desde niño había querido seguir los paso de su hermana y convertirse en un gran caballero jedi. Pero las cosas no habían salido como hubiese deseado. Su último maestro había muerto y en toda la Orden Jedi no existía un maestro que le desease como padawan. La única mujer en la galaxia por la que había sentido lo que él creía que era "amor", había sucumbido al lado oscuro. Y él, a pesar de los ideales que le había inculcado la Orden, trabajaba con un grupo de contrabandistas, realizando todo tipo de actividades ilegales por toda la galaxia. Sí, en eso se había convertido su vida.
Ramza siguió ensimismado en sus pensamientos, mientras a lo lejos escuchaba ruidos metálicos de todo tipo de objetos golpeando la plataforma de aterrizaje, los gruñidos de Fibar y los gritos de Eida. Pero tras todo aquello había algo más y de pronto sus ojos se abrieron como platos cuando sintió una gran perturbación en la Fuerza. Se giró, descendió la plataforma de la bodega de carga y corrió hacia Eida, quien en su mano derecha sujetaba una llave de gran calibre que movía en círculos. Ramza invocó a la Fuerza como hacía tiempo que no lo había hecho y se sintió aliviado cuando comprobó que ésta no le había abandonado definitivamente. En menos de un segundo se encontró saltando hacia Eida, agarrándola por los hombros y rodando junto con ella sobre la plataforma de aterrizaje mientras el droide de carga estallaba y lanzaba por los aires, envueltos en llamas, los contenedores que transportaba.
Eida vio cómo todo giraba a su alrededor e intentó ponerse en pie a duras penas. Sus oídos le pitaban, se sentía mareada y con ganas de vomitar. Se apoyó en algo cálido, que evitó que cayera al suelo, y al enfocar la vista vio que era Ramza quien le agarraba con ambas manos y movía los labios a pesar de que de éstos no salía ningún sonido. Tras él, una columna de humo emanaba de lo que hasta hace apenas unos instantes eran los suministros que habían adquirido y que se habían volatilizado a escasos metros de la Valkyria errante.
–¿Qué ha pasado? –logró preguntar Eida, quien escuchaba su propia voz aún demasiado lejana debido al efecto de la explosión.
–Nos han lanzado una granada –respondió Ramza, quien ya tenía en su mano su sable de luz.
Eida desenfundó inmediatamente su bláster y apuntó instintivamente a turboascensor, que era el único acceso al hangar 3, a no ser que se accediera por el aire, ya que el hangar no tenía cubierta. La puerta del turboascensor permanecía cerrada y en el hangar no había nadie más. Eida miró entonces a su alrededor, hacia el cielo nublado, pero allí arriba tampoco había nada.
–¿Qué demonios sucede aquí?
–Ya viene –dijo Ramza mientras encendía su sable de luz
Entonces, Eida empezó a escuchar el sonido de un motor de reacción, que fue aumentando su intensidad hasta que finalmente supo de qué se trataba. El ataque no había venido desde arriba, sino desde abajo. Algo estaba ascendiendo a gran velocidad por el exterior de la torre sobre la que se situaba la plataforma del hangar. Y su enemigo apareció. Rápido, sin titubear, envuelto en una armadura de mandaloriano y propulsado por un jet-pack adosado a su espalda, acababa de aparecer por el oeste hasta elevarse por encima de ellos. Cuando detuvo su ascenso, permaneció menos de dos segundos suspendido en el aire y después desenfundó dos blásters. Primero apuntó a Ramza, y cuando Eida comenzó a moverse, buscando la cobertura que le proporcionaba el casco de la Valkyria, el mandaloriano le disparó. Eida se lanzó al suelo antes incluso de que el mandaloriano disparase y rodó hacia el tren de aterrizaje de la nave mientras los disparos caían a su alrededor. Ramza dio un salto lateral y se interpuso en la línea de tiro, bloqueando el resto de los disparos con su sable de luz.
Mientras el joven jedi desviaba los disparos del guerrero mandaloriano, Fibar Sebatyne corría sobre el casco de la Valkyria hasta alcanzar su rifle bláster que reposaba junto al contenedor de herramientas que había dejado cerca de la torreta dorsal. El barabel agarró su rifle y disparó contra el mandaloriano, que esquivó el disparo realizando una acrobacia aérea. No era fácil pillar desprevenido a un mandaloriano, ya que sus cascos eran algo más que una protección para la cabeza o algo ritual. El interior del casco de aquel mandaloriano poseía un complejo sistema informático que permitía a su portador recibir todo tipo de información sobre el entorno en tiempo real, así como una visión de 360 grados. Fibar volvió a disparar, pero el mandaloriano volvió a esquivar el disparo sin grandes dificultades. Después, inclinó levemente el cuerpo en dirección al barabel y de su espalda brotó un torpedo que se dirigió raudo hacia la Valkyria errante. El barabel apenas tuvo tiempo de saltar, ayudándose de los poderosos músculos que tenía en sus patas y cuando el torpedo impactó sobre la torreta dorsal de la Valkyria, desintegrándola por completo, Fibar voló por los aires y su cuerpo cayó pesadamente sobre el transpariacero de la cabina del piloto para después resbalar hacia la plataforma de aterrizaje.
Eida, que se había agazapado instintivamente bajo el casco de la nave vio cómo a su alrededor caían piezas del casco envueltas en llamas, y a continuación el cuerpo del barabel, que parecía conservar aún todas sus extremidades. Cuando comenzó a arrastrarse hacia Fibar, un sonido metálico a su espalda hizo que se girase y se encontró con el guerrero mandaloriano, apuntándole con un bláster. El guerrero disparó, pero el disparo fue interceptado por el sable de luz de Ramza, que después cortó por la mitad el bláster, lo cual hizo que el mandaloriano reculara y que el jedi reparase entonces en la marca que llevaba en un lateral del casco, una marca que sólo podía haber sido producida por un sable de luz. A pesar de que Ramza no había visto jamás a aquel mandaloriano, lo conocía muy bien gracias a la descripción que le había dado el maestro jedi Garik Rhysode sobre lo acontecido hacía un año en la sala del consejo del templo jedi de Taris. Aquel mandaloriano era quien había luchado contra Garik y secuestrado a Nomi Sunrider.
–¡Eres tú! –gritó Ramza mientras agarraba con ambas manos su sable de luz.
El mandaloriano pareció dudar unos instantes y después volvió a activar su jet-pack para buscar un sitio donde tener mayor movilidad, pero Ramza se le adelantó y se lanzó contra él enarbolando su sable de luz. El mandaloriano usó un brazalete de duracero magnetizado para detener la estocada del muchacho, pero la fuerza del impacto le lanzó al suelo. Inmediatamente después se puso en pie con agilidad y se elevó por los aires, fuera del alcance de Ramza. Eida, al ver que el mandaloriano les daba aquella pequeña tregua supo que no deberían desperdiciarla.
–¿Quién ez ezte tipo? –preguntó Fibar, que había logrado ponerse en pie y parecía no tener heridas muy graves. –¿La guerra ha llegado ya al núcleo?
–Esto no tiene nada que ver con la guerra –contestó Eida. –Me busca a mí. Es un cazarrecompensas.
–Fantaztico –gruñó el barabel.
–¿Puedes correr? –preguntó Eida
–Zí –contestó Fibar.
Eida corrió hacia la rampa de embarque de la Valkyria errante, seguida de cerca por Fibar. Cuando subieron por la rampa, se encontraron con CU-TR, que se dirigía hacia ellos portando un bláster en cada mano.
–Suelta eso, CUTTER. Abandonamos la fiesta.
–¿Nos vamos? –preguntó CU-TR
–Somos un blanco demasiado fácil. No pienso dejar que destroce la Valkyria. –Eida se volvió y le gritó a Ramza. –¡Ramza, nos largamos!
–¿Estás de broma? –preguntó el muchacho, girando levemente su cabeza en dirección a la nave, pero sin perder de vista al mandaloriano que planeaba sobre él. –¡Él secuestró a la maestra Sunrider! ¡Él nos puede llevar hasta ella!
–¡No nos llevará ante nadie si nos vuela por los aires! –gritó Eida, y desapareció en el interior de la nave.
Ranza sintió entonces un torbellino de emociones a través de la Fuerza. El destino había hecho que se topasen por casualidad con alguien que podía ser la pista que necesitaba encontrar la Orden Jedi para dar con el paradero de Nomi Sunrider. Y ese alguien estaba justo ante él, a medio centenar de metros de altura, inalcanzable. Tan cerca y a la vez tan lejos. Sintió crecer la ira en su interior, producto de la desesperación, pero logró controlarla. Eida tenía razón. Si aquel mandaloriano disponía de más torpedos o había traído compañía, todos ellos morirían allí. Ramza usó el flujo de la Fuerza para encontrar la paz y la armonía en su interior. la precipitación solía conducir al fracaso y en aquellos tiempos que corrían, el fracaso podía ser algo fatal. Entonces, el muchacho apagó su sable de luz y corrió hacia la rampa de la Valkyria errante.
Jyvora observó cómo el jedi desaparecía en el interior del carguero corelliano y la compuerta se cerraba tras él. Cuando aceptó el trabajo, nadie le había dicho que para llegar a su objetivo debería enfrentarse a un jedi. Aquello le había pillado totalmente por sorpresa. Un jedi solía equivaler a problemas, y tras lo sucedido hacía un año, convenía mantenerse a una distancia prudencial de los jedis. Aún así, la reacción que había tenido el jedi era preocupante. ¿Realmente le había reconocido?
Su jet-pack poseía sólo un torpedo que ya había sido lanzado, por lo que atacar el carguero corelliano quedaba descartado. Si no hubiese sido por el jedi, la mujer estaría ya muerta, y su cuerpo rumbo a Nar Shaddaa para cobrar la suculenta recompensa que le habían ofrecido. Contempló con ira cómo los motores sublumínicos del carguero se encendían violentamente y la nave despegaba, rumbo al este, hacia el paso de las montañas que le sacaría de Ruslandha y, por consiguiente, de Ord Mantell. Jyvora entonces comenzó a teclear una serie de códigos en un diminuto teclado que se acababa de desprender de su antebrazo izquierdo, mientras se posaba suavemente sobre la plataforma de aterrizaje del hangar 3. El dispositivo de su antebrazo emitió un pitido de confirmación y a los pocos segundos, las compuertas del hangar 4, situado un centenar de metros bajo el hangar 3, se abrieron y de sus entrañas salió una nave de clase Firespray-31 que ascendió la torre en posición horizontal hasta llegar a la altura del hangar 3. La nave se mantuvo en suspensión hasta que Jyvora embarcó y tras sentarse en la cabina de pilotaje, la nave adoptó una posición vertical y se dirigió hacia el este, con los motores rugiendo a máxima potencia, en pos de su presa.
Cathar
A pesar de que era noche cerrada y las columnas de humo que se elevaban al cielo ocultaban a la mayoría de las estrellas, los fuegos de lo poco que no había sido desintegrado en el bombardeo que había sufrido la aldea iluminaban la desesperación de cuanto les rodeaba. El batallón Trueno acababa de cruzar las puertas del infierno. Apenas quedaban edificios en pie y ninguno de ellos se encontraba intacto. Acaso un pequeño templo de culto a algún extraño dios que tampoco se había apiadado de los habitantes de aquella aldea. El suelo, tierra del color de la ceniza, estaba sembrado de innumerables cuerpos que contenían las escasas esperanzas de supervivencia que le quedaba a aquellos seres. Los que habían sido afortunados deambulaban entre los escombros que hasta hacía apenas unas horas habían sido sus vidas. Algunos se volvieron, acaso extrañados, cuando vieron aparecer en la noche a los primeros miembros del batallón Trueno, a los que ignoraron para volver a deambular entre los cráteres, en busca de sus pertenencias y seres queridos. Pocos miembros del batallón Trueno se sorprendieron ante la escena que estaban contemplando. La mayoría había visto ya demasiadas aldeas arrasadas por las tropas mandalorianas y conocía bastante bien las barbaries de la guerra. Sin embargo, cuando el capitán Vyn Omas llegó a lo que quedaba de las derruidas murallas que habían protegido aquella aldea tiempo atrás, se derrumbó y apenas pudo contener las lágrimas ante lo que contemplaban sus ojos.
–Es su primera vez –dijo Razor, que estaba a su lado. –Pronto se acostumbrará a ello.
–Pero...no lo entiendo. Aquí no hay ningún asentamiento militar. Es tan solo una aldea... de civiles.
–Civiles que no aceptaron someterse a Mandalore –continuó explicando Razor. –Se negaron a ser sus esclavos.
–Pero...¿por qué Mandalore...? –preguntó Vyn Omas. –¡No suponían una amenaza!
Razor se giró hacia su capitán, con el semblante serio, iluminado por las llamas. Aquellas llamas también habitaban en su interior, por todo lo que había visto, por todo lo que había vivido. Aquella guerra...
–Para Mandalore solo hay dos opciones. Someterse o ser aniquilado. –dijo Razor, cuya voz tenía ahora un tono más profundo. –Esto no es Coruscant, señor. Aquí no hay burocracia ni política de estado. Aquí solo hay esto. Hay guerra. Una guerra donde Mandalore no dudará en asesinar a todo aquel que se oponga a él. Una guerra en donde pierdes a tu mujer, a tu hija... donde pierdes todo aquello que has querido. Una guerra donde te desangras mientras en el Senado son incapaces de ponerse de acuerdo para tomar ninguna decisión. Éste es el mundo al que usted ha sido destinado, capitán. Bienvenido al primer día de su nueva vida.
El capitán Omas fue incapaz de decir nada y contempló cómo Razor se alejaba de las llamas, en silencio, hasta perderse entre las sombras de la noche. Entonces, Vyn Omas se sintió abrumado por la destrucción que se cernía a su alrededor, sus rodillas comenzaron a flaquear, cayó al suelo y comenzó a llorar.
