Esta vez pude actualizar con rapidez. Ya hemos atravesado el ecuador de esta historia. Solo nos quedan 4 capítulos para llegar al final, ¡Ánimo!


CAPITULO 6

NUEVAS ALIANZAS, NUEVOS OBJETIVOS


Ord Mantell

Para cuando la Valkyria errante abandonó la atmósfera del planeta, el indicador que se había iluminado en el panel de control hacía escasos segundos empezaba a parpadear con mayor frecuencia. Eida Mereel, concentrada en el pilotaje, trató de ignorarlo por completo, a pesar de que sabía de lo que se trataba.

–Tenemos que saltar al hiperespacio de inmediato –dijo Eida.

–Nuestras coordenadas de salto están fijadas para una aproximación desde el quinto satétile de Ord Mantell –explicó CU-TR

Eida soltó un juramento en voz baja y viró la nave para poner el rumbo que le había indicado el droide. El plan original era realizar un vuelo sublumínico hasta la cara oculta del satélite número 5 de Ord Mantell y una vez allí realizar un salto hiperespacial hasta el límite del Borde Medio y posteriormente a Tatooine. El viaje había sido programado minuciosamente para evitar que alguien pudiese interceptar su rumbo y no se había contemplado la posibilidad de que tuviesen que abandonar el planeta de manera inesperada, por lo que la situación se acababa de complicar bastante.

–Hay una luz en ese panel que parpadea cada vez con mayor rapidez –dijo Ramza, que se había acercado al asiento de Fibar, junto al panel de comunicaciones.

–Ez eze cazarrecompenzas –dijo el barabel

–Nos está recortando la distancia con una facilidad asombrosa –añadió Eida. –No sé qué modificaciones le habrá hecho a esa nave, pero es condenadamente rápida... oh, mierda.

Una alarma empezó a sonar en la cabina de la Valkyria errante y Eida aceleró al máximo para tratar de esquivar el torpedo de protones que les acababa de lanzar la nave mandaloriana. La Valkyria viró en un ángulo casi imposible para acercarse al satélite más cercano. Eida podía haberse librado del torpedo fácilmente activando las contramedidas, pero algo le decía que sería mejor guardarlas para una próxima ocasión, ya que no confiaba en que aquello se resolviese con rapidez. Eida apuró al máximo, mientras el torpedo se les echaba encima, mientras con los sensores trataba de buscar lo único que podría salvarles.

–Impacto en 8 segundos –dijo CU-TR con su entonación de voz habitual.

–Vamos, vamos.. –murmuró Eida en voz baja, mientras su mano derecha se deslizaba instintivamente hacia el interruptor de las contramedidas, esa baza que no quería usar aún.

–Impacto en 5 segundos –repitió CU-TR –Sugiero que usemos las contramedidas inmediatamente.

Finalmente, los sensores de la nave detectaron aquello que Eida buscaba y viró el carguero hacia la dirección en la que los sensores indicaban la presencia de una masa informe de metal, basura espacial que orbitaba los satélites. La Valkyria errante se adentró en el mar de escombros y con un viraje brusco, Eida logró interponer los restos de una vieja nave minera abandonada entre la popa de la Valkyria errante y el torpedo de protones. La explosión iluminó el firmamento y Eida lanzó un suspiro mientras volvía a aferrar el timón con ambas manos.

–Ha ido por un pelo

–¡Maldita chiflada! –gritó Ramza –¿Por qué no has usado las contramedidas?

–¡Porque esto no ha hecho más que empezar! –contestó Eida –Y las necesitaremos para salir de allí.

Ramza miró a través del transpariacero de la cabina, en la dirección que le había señalado Eida con un dedo. Una nube de partículas flotaban entre varios de los satélites que orbitaban Ord Mantell. Ramza comprendió de lo que se trataba y la idea no le gustó en absoluto.

–¿Vas a meternos en un campo de asteroides? ¡Estás loca!

–¿Se te ocurre algo mejor? Te quiero en la torreta ventral. ¡Ahora! –le ordenó Eida

–¿Y ezte qué hace? –preguntó Fibar.

Ezte se va a quedar sentado donde está y con la boca cerrada –le dijo Eida mientras orientaba la nave hacia el campo de asteroides. –¿En tu planeta tenéis dioses a los que rezar?

–Ezte no cree conveniente recurrir a los diozez –dijo Fibar con voz seria. –Zuz dezignioz zon caprichozoz.

Ramza suspiró y corrió hacia la única torreta que estaba operativa en la nave. La otra había sido destruida cuando el cazarrecompensas les atacó en el espaciopuerto y no volvería a estar operativa hasta que no la repusiesen por completo, lo cual iba a costar tiempo y créditos. No tardó mucho en atravesar el pasillo y descender por la escalerilla de mano que daba acceso al asiento de la torreta ventral. Se sentó de un salto, conectó los auriculares y le hizo a Eida una señal de que estaba preparado nada más observar la nave mandaloriana, que se encontraba ya peligrosamente cerca de ellos.

–¡La tenemos casi encima! –gritó Ramza por el micrófono, mientras la nave enemiga comenzaba a dispararles descargas laser.

–¿No me digas? –le respondió Eida mientras hacía un rizo para esquivar los disparos.

A su lado, CU-TR manejaba con rapidez los sensores para tratar de obtener la máxima información posible de su enemigo. El droide no estaba programado para sentir emociones tales como la sorpresa, pero sus circuitos notaron pautas extrañas en el diseño de aquella nave mandaloriana.

–Clase Firespray-31, 21,5 metros de eslora, dos cañones bláster. Sus motores sublumínicos probablemente hayan sido modificados. No es de mi agrado comunicar que es bastante más veloz que nosotros.

–Estupendo –contestó Eida con resignación. –Ahora veamos qué tal es su piloto.

La Valkiria errante se internó de lleno en el peligroso campo de asteroides e inmediatamente se vieron rodeados por enormes rocas que se movían a la deriva y otras, más peligrosas aún, que parecían tener vida propia al verse alteradas por múltiples campos magnéticos y gravitacionales. Los escudos de la nave estaban a máxima potencia y aguantaron sin problemas cuando pequeños fragmentos de rocas se volatilizaron al impactar sobre su casco. La tripulación de la nave apenas sintió aquellos impactos, pero todos sabían que impactos de mayor tamaño tendrían consecuencias desastrosas. Eida se concentró al máximo en su labor de pilotaje y dejó de escuchar lo que CU-TR le estaba diciendo acerca de las probabilidades de salir con vida de semejante campo de asteroides. La nave viró de un lado a otro, esquivando enormes rocas, algunas de ellas pasando a escasos centímetros del casco y otras rozando incluso los escudos, haciendo que el metal del casco crujiera como si estuviese a punto de reventar. Tan concentrada estaba en la tarea de esquivar asteroides que por un instante se olvidó de su perseguidor, que debería estar pasando por las mismas dificultades que ella, pero que los sensores seguían mostrándole en pantalla.

–Creo que me he equivocado en mis cálculos –dijo Eida a nadie en particular. –Supuse que a estas alturas nuestro amigo estaría ya volatilizado...

Dos disparos laser pasaron rozando la parte dorsal de la Valkyria errante, pero otro impactó en el lado de babor e hizo que los escudos de esa zona se pusiesen en rojo. La nave entera vibró y algo reventó en el pasillo central de la nave, que enseguida empezó a oler a humo a pesar de que los sistemas anti incendios no indicaban la presencia de fuego.

–¡Fibar, ve a ver lo que se ha roto y arréglalo! –ordenó Eida.

El barabel gruño algo en su idioma, pero se levantó de su silla en el acto y abandonó la cabina con rapidez, agitando su cola con nerviosismo

–Los escudos de babor están al 40% –informó CU-TR. –Si volvemos a recibir otro impacto en la sección A-23...

Eida alteró el ángulo de la nave y trató de proteger lo mejor que pudo toda la zona de babor de la Valkyria errante, que empezaba a estar seriamente amenazada, pero no estaba siendo una tarea fácil. Aquel cazarrecompensas era un excelente piloto que sabía desenvolverse a la perfección en el pilotaje extremo dentro de un campo de asteroides. Ramza trataba de mantener a raya a su perseguidor desde la torreta, pero ambas naves no paraban de moverse y de realizar giros imposibles, por lo que con la escasa maniobrabilidad de la que disponía en su puesto, acertar un disparo sería algo milagroso. Dos enormes rocas chocaron ante los ojos de Ramza y su corazón estuvo a punto de salírsele de su pecho cuando trató de imaginar cómo había logrado Eida que la Valkyria pasase por ese estrecho corredor y fue consciente de que todo podía terminar en cualquier instante. El muchacho volvió a accionar los gatillos que hacían que disparase el laser cuádruple que estaba manejando, más por inercia que otra cosa, ya que era incapaz de ver la nave mandaloriana. ¿Se había hecho pedazos al chocar contra el muro de roca que giraba ante él? No, podía sentir su presencia en la Fuerza y cuatro segundos más tarde volvió a ver a su enemigo aparecer tras una nube de polvo estelar, realizando un vuelo directo hacia la parte ventral de la Valkyria errante. Ramza vio pasar los disparos a su alrededor y repelió el fuego enemigo sin mucha fortuna. Se estaba dando cuenta de que la Fuerza no lo era todo y que también se necesitaba algo de habilidad para manejar aquellas torretas.

–¡Voy a intentar una cosa! –gritó Eida por la radio. –¡Rezad para que no se funda nada y no nos matemos!

Eida le imprimió mayor velocidad a la nave y los motores sublumínicos aumentaron su intensidad con tal furia que todo el casco del carguero comenzó a vibrar. La contrabandista se concentró en todo aquello que veía a través del transpariacero del casco e intentó pilotar dejándose llevar, cómo ella sabía. Con todos sus sentidos en alerta, estaba a punto de comprobar si sus reflejos seguían siendo tan buenos como ella presumía. Pilotar a tal velocidad en un espacio lleno de obstáculos era siempre una invitación a una muerte segura. Sin embargo, prefería mil veces morir estrellándose que abatida por un sucio cazarrecompensas, la escoria de la galaxia. La Valkyria errante hizo toda variedad de piruetas mientras las rocas parecían ser lanzadas contra ellos, acaso por la mano de un dios que estuviese jugando con todos ellos. Eida apenas conseguía diferenciar los obstáculos que les rodeaban. Tan sólo veía puntos y estelas marrones que se dedicaba a esquivar, reaccionando en milésimas de segundo. Era consciente de que la suerte jugaba un papel importante y como todo, acababa gastándose. No necesitó echar un vistazo a los sensores para saber que la nave mandaloriana seguía pegada tras ellos. Disparos de color rojizo pasaban de largo junto a la cabina, impactando en los asteroides cercanos. la cadencia de fuego de aquella nave era asombrosa. Cuando divisó un asteroide de mayor tamaño en la lejanía, supo que había llegado el momento de poner en práctica su estratagema. Un nuevo disparo impactó en la parte dorsal del casco, dejando los escudos en estado crítico y fue entonces cuando Eida dirigió la nave hacia el enorme asteroide, adoptando un rumbo errático, simulando una avería en la nave.

–¿Vamos a estrellarnos? –preguntó Ramza por el intercomunicador.

–¡Aún no! –gritó Eida, y luego añadió en voz baja. –Creo.

Una roca de mediano tamaño impactó en algún lugar del casco e inmediatamente una alarma empezó a sonar por toda la nave. En la bodega de carga se produjo una caída de la presión y los sistemas de emergencia tuvieron que sellar todo el nivel inferior para evitar la descompresión en la nave.

–Nos hemos quedado sin escudos –dijo CU-TR –El próximo impacto será el último.

–Solo un poco más cerca... –murmuró Eida, ignorando las palabras del droide. –Solo un poco más... ¡Ahora!

Cuando estaban a escasos segundos de impactar contra el enorme asteroide, Eida lanzó un misil de protones al centro de la enorme roca, donde impactó produciendo una enorme explosión que les cegó tanto a ellos como a su perseguidor. Eida aceleró la nave al máximo y no varió el rumbo ni un solo grado, ya que una explosión protónica tendía a la expansión de la masa que se situaba a su alrededor, por lo que el único problema era si habría espacio suficiente para que la Valkyria errante pasara. Sin embargo, ya no había marcha atrás y cuando Eida recuperó su visión, la nave se encontraba rodeada de rocas, algunas de ellas fundiéndose y emitiendo radiación a causa de su alta temperatura. Echó un vistazo rápido a los sensores y sonrió al descubrir a la nave mandaloriana pegada a su estela, tal vez tratando de encontrar el ángulo idóneo para darles el golpe de gracia. Eida sabía que eso no ocurriría ese día y pulsó con rabia el interruptor que lanzaba las contramedidas. Los tres pequeños cilindros, destinados a la intercepción de misiles, fueron expulsados desde la popa de la Valkyria errante y se distribuyeron formando un triángulo. Entonces, sus sistemas de detección se volvieron locos al detectar los altos niveles de radiación de los fragmentos de rocas incandescentes que les rodeaban, por lo que dos segundos después, las contramedidas habían impactado con diversos fragmentos de rocas, auto detonándose y provocando una explosión en cadena que engulló a la nave mandaloriana. La onda expansiva que originó la detonación golpeó con fuerza la popa de la Valkyria errante, desestabilizándola y haciendo que casi chocase contra un enorme asteroide que pasó demasiado cerca de ellos. El casco crujió y el duracero chirrió a lo largo de toda la nave, haciendo que sus tripulantes temiesen lo peor. Sin embargo, el carguero corelliano aguantó y todos respiraron aliviados.

–Jamás me volváis a dejar hacer algo así –dijo Eida, tratando de que los latidos de su corazón regresasen a la normalidad.

–Ezte te eztrangulará zi ozaz repetirlo –dijo Fibar Sebatyne tras entrar en la cabina con el rostro goteando aceite y sus garras, llenas de grasa, sujetando una llave neumática.

–Los sensores no detectan la nave mandaloriana –informó CU-TR. –Pero tras los daños sufridos su fiabilidad es inferior al 30%.

–Vamos, CUTTER, ten algo de fe –le respondió Eida y luego pulsó el intercomunicador. –Ramza, ¿sientes algo?

–¡Dolor de cabeza! –gritó el muchacho por el intercomunicador. –Se me han caído encima varios paneles y...

–Los sensores detectan algo –interrumpió CU-TR.

–¡Mierda! –exclamó Eida. –¿Cómo es posible?

Eida volvió a acelerar la Valkyria errante, dirigiéndola a través de un área en la cual la densidad de asteroides era menor. Sin escudos, permanecer más tiempo en aquel campo de asteroides era un suicidio, pero a pesar de que en el espacio abierto serían un blanco fácil era la única opción realista que tenían para sobrevivir al menos algunos minutos más.

–Vamos a abandonar este cementerio de rocas –les informó Eida. –Id pensando en qué hacer después para salir de ésta.

–Los sensores indican que la nave enemiga está fuera del campo de asteroides –dijo CU-TR

–¿Ha salido antes que nosotros? –preguntó asombrada Eida, mientras la nave dejaba atrás los últimos fragmentos de rocas.

Pero ya no había tiempo para volver atrás y Eida se preparó para lo que estaba a punto de suceder. Sin escudos, con serios daños en el casco y con la potencia de sus motores sublumínicos algo mermada, la Valkyria errante era un blanco fácil para cualquier nave que decidiera atacarles en ese momento. Por un instante pasó por su cabeza realizar un salto a ciegas al hiperespacio, pero sabía con certeza que las probabilidades de sobrevivir a una maniobra así eran nulas, por muy corto que fuese el salto. Entonces, algo totalmente inesperado sucedió y un dispositivo del panel de comunicaciones se iluminó, indicando la existencia de una transmisión entrante.

–Intenta comunicarse con nosotros –dijo CU-TR

–¿Puedes verle? –preguntó Eida, mientras trataba de localizar visualmente la nave mandaloriana a través del transpariacero de la cabina.

–Se aproxima desde el sector lambda 12-4 –informó el droide.

–¿Cómo ha podido viajar tan lejos? –preguntó Eida perpleja, y luego le hizo un gesto a CU-TR para que aceptase la transmisión.

–...me escuchan? –crepitó la voz de un hombre por los altavoces de la cabina. –Valkyria errante, ¿me reciben?

–Aquí la Valkyria errante –contestó Eida con sequedad.

–Es un verdadero alivio verles sanos y salvos –contestó de nuevo la voz. –Cuando vimos la detonación en ese campo de asteroides nos temimos lo peor.

Tras escuchar aquellas palabras, Eida y CU-TR se miraron. Ramza entró inmediatamente en la cabina, preguntando qué es lo que sucedía, pero nadie supo darle un respuesta. Fibar se acercó al transpariacero y trató de otear algo en el firmamento y finalmente vio un destello luminoso, algo lejano que se iba acercando hacia ellos.

–¿Quién demonios es usted? –preguntó Eida.

–Perdonen, no nos hemos presentado aún –se disculpó el hombre. – Somos la Tantive Prime, de la Casa Real de Alderaan. Llevamos un tiempo buscándoles.

Todos se miraron con asombro en la cabina de la nave y como si hubiese estado todo orquestado, el destello luminoso que había detectado Fibar Sebatyne en la lejanía se fue haciendo más grande hasta que pudieron contemplar a una corveta corelliana de una longitud de unos 150m y dotada de 11turbinas iónicas en su popa.

–Sabemos que la República ha dictado una orden de busca y captura contra ustedes –dijo la voz, y antes de que Eida pudiese decir algo añadió. –No estamos aquí por eso.

–No sabe cuánto me alegra oírlo –dijo Eida, y luego desconectó momentáneamente el intercumunicador para pedirle a CU-TR el estado de los motores. – ¿En cuánto tiempo podemos salir de aquí?

–En esa nave hay un caballero jedi –dijo Ramza de repente. –Me ha comunicado algo con la Fuerza... debemos ir con ellos.

–En el momento actual, la probabilidad más elevada de supervivencia estiva en...

–CUTTER, ahora no... –le interrumpió Eida, y volvió a encender las comunicaciones. –¿Qué es lo que quieren de nosotros?

La respuesta no fue inmediata, sino que tardó alrededor de un minuto y Eida pensó que el sistema de comunicaciones de la nave había dejado de funcionar, pero finalmente una nueva voz respondió.

–Soy la reina Schalla de Alderaan. Tenemos que hablar.


El fuego no había sido tan importante como había creído en un principio, pero aún así tuvo que descargar dos extintores para salvar una de las turbinas del motor principal. El motor funcionaría, sí, pero corría el riesgo de estallar si se forzaba demasiado, por lo que la nave necesitaría urgentemente importantes reparaciones. Se acercó al terminal que controlaba la sala de máquinas y le pidió al ordenador central de la nave el resultado del chequeo a fondo que había ordenado hacía escasos minutos. El resultado fue bastante mejor de lo esperado. El casco de la nave no tenía fisuras importantes y la leve pérdida de presión en todo el sector dorsal de popa ya estaba siendo equilibrada.

Jyvora ascendió con rapidez a través de la escala que conducía de vuelta a la cabina. Los purificadores de aire habían filtrado la mayor parte del humo que había invadido media nave hasta hacía bien poco y que había hecho que se activaran los filtros de aire de su casco. Cuando se sentó de nuevo en el asiento del piloto, los sensores detectaban ahora la presencia de dos naves fuera del campo de asteroides. Jyvora tuvo la tentación de encender de nuevo los motores sublumínicos y lanzarse de nuevo hacia su presa, cuya nave estaba en bastantes peores condiciones, pero se detuvo cuando comenzó a leer el informe que apareció en la pantalla del ordenador de a bordo. La otra nave parecía ser una corveta corelliana, que en condiciones normales no le daría muchos problemas, pero en el estado actual de su nave corría el riesgo de poner en peligro la misión. No, no se dejaría llevar por la impaciencia. Ese era el fallo que cometían siempre los cazarrecompensas noveles. Así que esperó, con su nave posada sobre un enorme asteroide que la ocultaba por completo. Siguió leyendo los informes hasta que descubrió que la otra nave era la Tantive Prime, de la Casa Real de Alderaan.

–La nave de la reina Schalla –murmuró Jyvora.

Sabía que alguien importante había puesto un contrato sobre la reina Schalla para retirarla definitivamente de la política de la República tal y como habían hecho con sus padres. Aquella información era alto secreto y estaba solo en poder de la élite de los cazarrecompensas de la galaxia. Y Jyvora pertenecía a esa élite. Esperó pacientemente, observando a las dos naves a través del transpariacero de la cabina hasta que finalmente se pusieron en movimiento y saltaron al hiperespacio. Entonces, encendió los motores de su nave y lentamente abandonó el campo de asteroides para continuar con su misión.


Cathar

Los últimos días estaban siendo difíciles para el batallón Trueno. Habían montado un improvisado campamento en la aldea que había sido bombardeada por el ejército mandaloriano, donde poco más de dos centenares de sus habitantes habían logrado salvar sus vidas. A pesar de ello, los cathar habían perdido sus casas y sus alimentos, lo cual les condenaba a un triste final. La primera noche fue bastante dura. A pesar de la indiferencia con la que fue acogido el batallón trueno en la aldea, el capitán Vyn Omas ordenó a sus hombres que se centrasen en la búsqueda de supervivientes entre las ruinas. El brutal ataque había desintegrado la mayor parte de la aldea, reducida ahora a cenizas, por lo que las labores de rescate no se demoraron en exceso. Un anciano y dos malheridas mujeres fueron los únicos cuerpos vivos que se encontraron.

Si el batallón trueno se caracterizaba por la excelente moral de su tropa, aquella noche quedó en entredicho. Los soldados estaban acostumbrados a ser testigos de la barbarie de la guerra, y todos ellos llevaban mucho tiempo combatiendo. Sin embargo, esa noche todo el batallón permaneció prácticamente en silencio, contagiados por el aire de melancolía del teniente Razor, quien no era el mismo desde que llegaran a aquella aldea. Mientras se llevaban a cabo las labores de búsqueda y rescate, Razor había organizado un improvisado hospital en el templo del pueblo, el único edificio que seguía en pie y poco a poco, como si de peregrinos se tratasen, la mayoría de los habitantes se habían ido acercando a ese lugar para recibir atención médica. Klasik Tal´kina, un twi´lek de piel azulada que se había vuelto un experto en medicina alienígena atendiendo heridos en Cathar, y a quien todos apodaban "Doc", se había visto desbordado por la afluencia de pacientes y tuvo que recurrir a dos muchachos humanos quienes normalmente realizaban labores de exploración, pero que eran diestros a la hora de aplicar vendajes. Esa noche fue agotadora, pero a la mañana siguiente existía ya un fuerte vínculo entre los cathar supervivientes y el batallón Trueno.

Al amanecer del primer día, un errático Razor que había estado desaparecido durante gran parte de la noche entró en la tienda de mando con la intención de despertar al capitán Vyn Omas para tratar un asunto importante. Dentro de la tienda, el capitán permanecía sentado junto a una mesa llena de mapas, con la mirada ausente. Al ver al teniente, se sobresaltó y derramó sobre la mesa una jarra con agua. Ambos se miraron, sin decir nada, hasta que finalmente Razor habló.

–No podemos abandonarlos.

–No les abandonaremos –contestó el capitán, con ojos vidriosos por la falta de sueño.

En aquel momento, algo surgió entre los dos oficiales y Razor se dio cuenta de que aquel muchacho había cambiado drásticamente aquella noche. La decisión que había tomado no era fácil, ni siquiera aconsejable si se paraba a pensar en la supervivencia del batallón Trueno, pero dejar atrás a aquellos seres equivalía a ponerles bajo el fuego de un bláster de repetición. Hicieron recuento de los víveres de los que disponían y los oficiales del batallón Trueno fueron reunidos bien avanzada la mañana. Ninguno de ellos puso objeción alguna a aquellas órdenes y de inmediato comenzaron a distribuirse alimentos entre los supervivientes. Aquel gesto contribuyó a aumentar el ánimo entre los maltrechos cathar y alguien se aventuró a izar una bandera de la República en la torre más alta del templo.

A última hora de la tarde se había realizado un recuento más o menos exacto de las bajas que provocó el bombardeo mandaloriano. A las bajas iniciales fueron sumadas media docena de desaparecidos y a la mañana siguiente, tres más que habían fallecido en el improvisado hospital del templo. Razor le dio una palmada de ánimo en el hombro a Klasik Tal´kina cuando pasó a su lado para dirigirse a las escaleras de la torre que conducía hasta la sala de los Ancianos. Los Ancianos eran quienes gobernaban en la sociedad de Cathar. Sólo a los más sabios y de edad más avanzada se les otorgaba el honor de entrar en el círculo de los Ancianos. Toda ciudad, pueblo o asentamiento en Cathar contaba con la presencia de al menos un Anciano que se encargaba de tomar las decisiones que afectarían al resto de la comunidad. Cuando Razor irrumpió en la estancia del último Anciano que quedaba con vida en el pueblo, el cathar de blanco pelaje estaba sentado en un sillón de madera, parcialmente oculto por un montón de manuscritos que estaba revisando.

–¿Desea algo, teniente? –preguntó el Anciano sin apartar la vista de un viejo manuscrito.

–Hemos hecho un recuento de los víveres de los que disponen y en la situación actual...

–Sé cuál es la situación actual, teniente –le interrumpió el Anciano. –Creo que mi conversación con el capitán Omas fue lo suficientemente clara.

–No pueden quedarse aquí –dijo Razor.

–Este es nuestro hogar, teniente. Pertenecemos a este lugar. Su historia...

–¿Historia? Mire por esa ventana. Su historia acaba de ser reducida a cenizas.

–Pero la historia aún pervive en nosotros –añadió el Anciano. –Y así seguirá siendo. Construiremos de nuevo este pueblo y volveremos a empezar de nuevo. Cathar seguirá luchando.

Alguien golpeó levemente en la puerta y Razor se percató en ese instante de que él había entrado bruscamente y sin llamar primero. La puerta se abrió y dos guerreros cathar que portaban sendas lanzas se presentaron ante el Anciano. Razor se apartó lentamente mientras ellos hacían una reverencia y luego le entregaban un datapad al Anciano. Leyó la información con detenimiento, una y otra vez, mientras Razor le observaba atentamente y veía cómo la expresión del Anciano iba cambiando hasta parecer muchísimo más mayor ahora. Finalmente, dejó el datapad sobre la mesa y les hizo un gesto a los dos guerreros para que se retiraran. Luego, sus hundidos ojos se posaron en Razor.

–Han capurado a Jorass Rumth –dijo el Anciano. –Ya no queda nadie en el norte capaz de luchar.

–¿Quién es Jorass Rumth? –preguntó Razor.

–El miembro más importante de los Ancianos en el norte –explicó el Anciano. –Los mandalorianos saben que si capturan a los Ancianos el pueblo dejará de luchar y eliminarán todo tipo de resistencia en el planeta.

Razor sabía a lo que se refería el Anciano. Los cathar eran feroces guerreros cuya sociedad tenía implantado un sistema de castas bastante férreo. Ninguna decisión era tomada a la ligera y todo giraba alrededor de los Ancianos. Sin Ancianos, Cathar se rendiría y Mandalore habría conquistado definitivamente el planeta. Todo aquello por lo que había luchado el batallón Trueno desaparecería.

–Usted ahora es más importante si cabe en esta guerra –le dijo Razor. –¿Cuántos Ancianos quedan con vida? ¿Es usted el último?

–No disponemos de informes precisos –respondió el Anciano, cuya mirada parecía perdida.

El sonido de una lejana explosión interrumpió la conversación y Razor se asomó inmediatamente a la ventana para ver qué había sucedido. Hacia el este, en el cielo, a un par de kilómetros de la aldea vio cómo algo envuelto en llamas se precipitaba hacia el suelo, donde impactaba levantando una enorme polvareda.

–Tenemos problemas.

La voz de Lea rompió el silencio que había en la sala y Razor activó el intercomunicador que llevaba instalado en el brazalete metálico de su brazo derecho.

–He visto caer un objeto –dijo Razor a través del intercomunicador.

–Una nave de reconocimiento mandaloriana –respondió Lea entre ruidos de estática. De fondo se escuchaba un gran alboroto. –Quitapenas le ha derribado de un solo disparo. Por suerte estuvo bebiendo anoche.

–El día que esté sobrio tendremos un problema –comentó Razor con media sonrisa en el rostro.

–Teniente... –continuó diciendo Lea, que luego cambió su voz a un tono más familiar. –Razor, no conseguimos derribarle antes de que delatara nuestra posición. Saben que estamos aquí y van a lanzarnos todo lo que tengan.

Razor sabía que Lea no se equivocaba. El batallón Trueno había sido un quebradero de cabeza para el ejército mandaloriano y no perderían la oportunidad de poder aniquilarlo. Con la mayoría de los Ancianos fuera de combate, el batallón Trueno era la única esperanza que tenía Cathar para sobrevivir. Razor miró al Anciano, que a pesar de seguir con la mirada perdida había escuchado perfectamente la conversación.

–Teniente Razor... –dijo el anciano con voz débil, como si despertara de un largo sueño. –Dígale al capitán Omas que aceptamos su propuesta. Iremos con ustedes.

Razor asintió y volvió a activar su intercomunicador.

–Lea, que Hihdo empiece a mover a la tropa.

–Estamos en ello –contestó la muchacha entre jadeos, ya que estaba corriendo de vuelta hacia la tienda de oficiales.

–Organizad a los civiles en grupos. Se vienen con nosotros


Estación espacial Bosque de Ithor (Sistema Ottega)

Siguiendo las indicaciones que les habían dado desde la Tantive Prime y a pesar de la reticencia de Eida, la Valkyria errante atracó en uno de los hangares de la estación Bosque de Ithor. La estación era famosa por ser uno de los principales puestos de abastecimiento del sistema Ottega. Con una capacidad de algo más de mil pasajeros y casi dos mil tripulantes solía estar a menudo por encima de su capacidad estimada. Bajo el control de la República, que se llevaba parte de los beneficios a modo de impuestos en Bosque de Ithor se podía realizar casi cualquier operación de compraventa o incluso acceder a un hangar destinado a la reparación de aeronaves. Eida pensó que a la Valkyria no le vendría bien darle un buen repaso ya que a pesar de las reparaciones realizadas en Ord Mantell, el episodio del cazarrecompensas había dejado inutilizada la torreta dorsal y bastante comprometidos varios sectores del casco. Sin embargo, tenía tantas ganas de estar en aquella estación espacial como la que menos y a pesar de que Ramza confiaba en el supuesto jedi que había a bordo de aquella nave alderaaniana, ella aún no estaba convencida de que aquel asunto se resolviese de manera satisfactoria y así se lo hizo saber a sus compañeros en cuanto posó la nave sobre el hangar y apagó los motores.

–No me gusta nada todo esto.

–He comprobado el transpondedor de su nave –dijo CU-TR. –Son quienes dicen ser.

–En esa nave viaja un caballero jedi –añadió Ramza. –No nos engañarían.

–Ramza, querido. Tienes muchas cosas que aprender aún sobre este negocio –dijo Eida mientras se levantaba de su asiento y se dirigía hacia el corredor principal de la nave.

–Pero.. ¡podían habernos capturado! –añadió Ramza. –Cuando abandonamos el campo de asteroides pudieron habernos abordado. La Valkyria estaba hecha pedazos... aún lo está.

–¡Ey! –le gritó Eida deteniéndose y levantando un dedo para que el muchacho guardara silencio. –Esta nave tiene unas alas formidables y aún me quedaba algún as en la manga. No lo hubiesen tenido fácil.

–Aún así... –siguió diciendo Ramza mientras Eida descendía ya hacia la bodega de carga.

–Te diré lo que no me gusta, Ramza. –dijo Eida deteniéndose de nuevo frente al muchacho –Primero, sabían quiénes éramos a pesar de que llevamos un transpondedor falso. Segundo, si son quienes dicen ser...¿No deberían entregarnos a la República como es su deber hacer?

Ramza hizo un gesto con su cara, a modo de excusa, sin saber muy bien qué contestar a aquello.

–Y tercero, si se han saltado las leyes de la República por nosotros es porque quieren meternos en algo turbio. ¿No te parece que ya tenemos suficientes problemas, chaval?

–No perdemos nada por escucharles –dijo Ramza poniendo su mejor cara.

–¡Malditos jedis! –exclamó Eida –¡Fibar! ¿Vienes o no?

–Eztoy aquí –respondió el barabel, que apareció en la bodega sujetando dos rifles.

–Con uno bastará –le dijo Eida. –No queremos llamar mucho la atención.

–¡Pues deberías ver el aspecto que tiene tu nave! –gritó Ramza desde el exterior. –¡Doy gracias porque sigamos con vida!

Eida soltó un juramento y activó su intercomunicador para darle instrucciones a CU-TR. El droide permanecería en la Valkyria errante realizando las reparaciones más urgentes y preparado por si tuviesen que salir de allí rápidamente. El resto se dirigió hacia la salida del hangar en dirección a la cantina de la estación espacial en donde se celebraría la reunión. Al abandonar el hangar se encontraron con algo que Eida temía. Un puesto de control requisaba cualquier tipo de arma ya que en el interior de la estación estaban prohibidas.

–Esto mejora por momentos –dijo Eida mientras le entregaba su bláster a un soldado con uniforme de la República.

–Alégrate de que no nos hayan pedido ningún tipo de identificación –comentó Ramza en voz baja.

El trío dejó sus armas en el puesto de control y se encaminó hacia un turboascensor que conectaba con el nivel superior en donde se distribuían los puestos de compraventa formando un anillo que bordeaba toda la estación. En la parte central, un espacio diáfano de altos techos había sido adecuado a modo de cantina y en él se distribuían varias docenas de mesas destinadas al ocio o el cierre de transacciones comerciales. Era habitual que la cantina estuviese abarrotada de seres y aquel día no era una excepción. Los tres se internaron entre el gentío y se dirigieron hacia la barra circular que estaba desplegada en el centro de la cantina. Sin embargo, Ramza les detuvo y les indicó la dirección que debían seguir.

–Sexta mesa desde la izquierda –le dijo Ramza a Eida.

–¿Cómo sabes..? –empezó a preguntar Eida, que lo comprendió al instante. –Ah, sí. La Fuerza. Fibar, ve delante.

El barabel se dirigió hacia la mesa que había indicado Ramza y los dos humanos le siguieron. Por el camino se cruzaron con seres de al menos cinco especies distintas, que buscaban mesas libres a las que sentarse a tomar algo. Cuando llegaron a su destino, se encontraron con un nautolano y una mujer humana cubiertos por capas de viaje y sujetando sendos vasos de un refrigerio típico de Ithor. El nautolano les hizo un gesto para que tomaran asiento y los tres se sentaron sin mediar palabra. Finalmente, Ramza no pudo aguantar más y rompió el tenso silencio.

–Eres un caballero jedi – le dijo el muchacho al nautolano.

–Me llamo Mot Kinto y estoy al servicio de la Casa Real de Alderaan –dijo el nautolano. –Ella es la reina Schalla.

Eida levantó una mano para atraer la atención de un camarero droide al que solicitó una copa de un licor local. Un droide similar a un astromecánico se acercó rápidamente y le sirvió una copa que Eida se bebió de un solo trago ante la mirada atónita de Schalla, a lo que Eida replicó.

–Que una reina quiera entrevistarse conmigo es algo que me pone realmente nerviosa –dijo la contrabandista. –Desde que nos encontrasteis vivo con la sensación de que en cualquier momento se me echarán encima agentes de la República. No es una sensación agradable.

–Lo entiendo, señorita Mereel –dijo Schalla –Si quisiésemos entregarla ya estaría bajo arresto.

–Entonces, ¿van a decirnos de una vez qué es lo que quieren de nosotros? –preguntó Eida haciendo un gesto al droide con su copa vacía.

–Garik Rhysode era nuestro amigo –dijo Mot Kinto. –Fue mi compañero y mi hermano durante años.

–¡Conociste al maestro Rhysode! –exclamó Ramza excitado.

–Garik me envió un mensaje desde Taris tras el ataque del Señor Oscuro –explicó Mot Kinto. –Justo antes de partir en busca de la maestra Sunrider. Garik sabía que las cosas podrían no salir bien, que los siths podrían vencer. Me dijo que estuviese preparado para lo que pudiera venir si él fracasaba.

–El maestro no nos dijo nada de todo eso –dijo Ramza con nostalgia, recordando el triste episodio del destructor estelar.

–Él creía que si no podía derrotar al Señor Oscuro vosotros seríais nuestra única esperanza porque la Orden Jedi sería incapaz de abordar esta amenaza a tiempo. Los miembros del consejo siempre fueron testarudos –continuó diciendo el nautolano.

–¿Nosotros? Se refería a mí y a ... –iba a decir "Seela" pero aquel nombre se quedó congelado en su garganta y fue incapaz de pronunciarlo.

–He de admitir que lo de Seela ha sido algo inesperado que ha alterado bastante la ecuación.

–Yo diría que la ha reventado por completo –comentó Eida mientras apuraba su segunda copa, y al percatarse de que todos la observaban añadió. –Continuad, por favor.

–La Orden Jedi se encuentra en una situación delicada –siguió diciendo Mot Kinto. –Los jedis están desperdigados por toda la galaxia buscando a Nomi Sunrider y empiezan a perder el apoyo de la República por negarse a entrar en la guerra. Por otro lado, está el caballero jedi Revan y su grupo de revanchistas, participando abiertamente en la guerra y creando un cisma dentro de la Orden.

–La situación en el seno de la República es crítica –dijo Schalla. –Cada día más sistemas caen bajo el control de Mandalore. Si no hacemos algo pronto podemos dar por perdida la República.

–Garik me encomendó terminar lo que él empezó –dijo Mot Kinto –Y eso es lo que haré. Ramza, has de venir a Taris conmigo.

–¿A Taris? –preguntó Ramza, incrédulo. –Pero si yo... estoy acusado de traición y...

–El Consejo Jedi me escuchará –dijo el nautolano. –Demostraré tu inocencia y te convertirás en mi padawan para enfrentarnos al Imperio Sith. Eso fue lo que me pidió Garik.

–¿El maestro Rhysode te pidió eso? –a Ramza aquello le había pillado completamente por sorpresa. ¿Ser un jedi?. Había sido el sueño de su vida y pensaba que era algo imposible ya de realizar.

–¡Un momento! –interrumpió Eida. –¿A mí también me quitarán la orden de busca y captura?

–Me temo que eso llevará algo más de tiempo –dijo Schalla.

–¿Entonces nos habéis reunido sólo para decirnos que me arrebatáis a un miembro de mi tripulación? –preguntó Eida con seriedad.

–Y para contrataros –añadió Mot Kinto

–Continúa. –dijo Eida con interés y dio un nuevo sorbo a su copa.

–Alguien está intentando atentar contra la reina –explicó Mot Kinto. –Alderaan no es un sitio seguro y recientemente sufrimos un ataque en la mismísima Coruscant. No puedo protegerla a la vista de todo el mundo. Ha de desaparecer.

–Entiendo –asintió Eida. –Conozco a un par de tipos que tal vez conozcan a alguien en algún planeta apartado que...

–Quiero que se quede con vosotros –interrumpió el nautolano.

–¡¿Qué?! –preguntó Eida, incrédula.

–Lleváis un año entero huyendo de las autoridades. Creo que sabéis manejaros bien –dijo Mot Kinto. –Señorita Mereel, usted es una experta en desaparecer y eso es precisamente lo que andamos buscando.

–¿Vamoz a dezaparezer?–preguntó Fibar Sebatyne mirando a sus compañeros.

–Escuche –dijo Eida. –Yo tengo mis negocios y en estos momentos...

–Os pagaremos treinta mil créditos.

Eida estaba apurando su tercera copa cuando escuchó aquello y estuvo a punto de atragantarse. Finalmente depositó la copa sobre la mesa y trató de esbozar la mejor de sus sonrisas.

–Bienvenida a bordo, alteza.