Estamos a punto de entrar en la recta final. Este capítulo se alargó en exceso y tuve que posponer una escena para el próximo capítulo, pero en definitiva, creo que más o menos salió como lo tenía pensado. A partir del próximo capítulo, los acontecimientos empezarán a precipitarse ya que entraremos de lleno en la primera parte del season finale.


CAPITULO 7

KYR´AM BAH JETIISE


Órbita del planeta Cathar

Cassus Fett contempló la grandeza de lo que estaba por venir desde el puente de mando de su nave insignia, Fauces de Mandalore. Hacía escasos minutos que había recibido un comunicado sumamente interesante, procedente de la superficie del planeta. El batallón Trueno había sido localizado y había llegado el momento de acabar con aquella chusma de la República para dar por terminada definitivamente la conquista de Cathar. Otra gloriosa victoria para honrar a Mandalore El Máximo, servida por su Mariscal de Campo más importante.

Los orígenes de Cassus Fett no eran conocidos entre el pueblo mandaloriano. Se desconocía quiénes eran sus ancestros ni de dónde provenía el clan Fett. Cuando Mandalore El Máximo ascendió al poder, tuvo que lidiar con la falta de orden existente en el pueblo mandaloriano tras la derrota en la Gran Guerra Sith. Los más grandes guerreros de la galaxia se habían convertido en poco más que un pueblo bárbaro y Mandalore el Máximo se vio obligado a encontrar a una serie de asesores que lograsen recuperar la grandeza del planeta Mandalore. Así fue como conoció a un joven talentoso que no destacaba por ser un gran guerrero, pero que poseía otro preciado don para la guerra. Cassus Fett demostró ser un brillante estratega y pronto se convirtió en ayudante de campo de Mandalore El Máximo. Con el paso de los años, aquel joven llegó a convertirse en alguien sumamente influyente dentro de la sociedad mandaloriana, tanto dentro como fuera del campo de batalla y logró convertir a los mandalorianos en una organización eficiente y bien reglamentada. A lo largo de su historia, los mandalorianos se habían caracterizado por ser feroces guerreros con ansias de conquista y destrucción, donde solo se contemplaba la aniquilación de los pueblos conquistados. Sin embargo, Cassus Fett se dio cuenta de que aquel pensamiento era erróneo y un planeta conquistado debería ser fuente de recursos, tanto materiales como de seres que sirviesen a Mandalore. El éxito obtenido tras la puesta en práctica de estos nuevos ideales había llevado a Cassus Fett a convertirse prácticamente en la mano derecha de Mandalore El Máximo y a liderar al nuevo culto que había surgido tras el orden instaurado: los Neo-Cruzados.

Los Neo-Cruzados podían considerarse la élite del ejército mandaloriano, sus más importantes paladines en el campo de batalla. Los mejores guerreros vestidos con impresionantes armaduras de diversas tonalidades según la posición que ocupasen en la escala de mando, todos ellos al servicio de Cassus Fett, quien les dirigía orgulloso bajo su dorada armadura. Los Neo-Cruzados aún no habían intervenido en la conquista de Cathar y permanecían a la espera en la flota que orbitaba el planeta, tensos, deseosos de aplacar su sed de sangre. Cassus Fett había decidido aprovechar el giro que acababan de dar los acontecimientos para satisfacer a sus soldados. Hubiese sido extremadamente sencillo arrasar al batallón Trueno mediante un bombardeo orbital, pero aquella sería una victoria sin honor que no le produciría ninguna satisfacción. Por eso había decidido enviar a los Neo-Cruzados a la superficie del planeta para que entablasen un combate terrestre. Su ejército perseguiría al batallón Trueno y los eliminarían uno a uno. Después, las cabezas de los oficiales de la República serían clavadas en lanzas que adornarían las puertas de Vast Veldt.

Cassus Fett ordenó que le preparasen su lanzadera para descender a Cathar a compartir la gloria con sus soldados. A pesar de que Fett no lucharía a no ser que fuese estrictamente necesario, siempre acompañaba a sus tropas al combate, y aquella batalla no sería una excepción. Sin embargo, cuando se disponía a abandonar el puente de mando del Fauces de Mandalore, uno de sus oficiales se dirigió a él con rapidez para comunicarle que habían recibido una transmisión urgente que requería de su inmediata atención.

–¿Quién osa interrumpirme cuando me dirijo hacia el campo de batalla? –preguntó Cassus Fett a su oficial.

Mand´alor –respondió el oficial en su idioma natal y Cassus Fett se dirigió de inmediato hacia sus aposentos privados.

Cassus Fett nunca había sido amante de los lujos y sus aposentos consistían en una sala diáfana con una pequeña cama y un proyector de mapas. Activó el holoproyector tan pronto como entró en la sala y se situó sobre el círculo metálico que había en el suelo para realizar la transmisión. El círculo se iluminó tenuemente y la intensidad lumínica de la sala descendió mientras un holograma de Mandalore El Máximo se materializaba en el centro de la sala, portando una ornamentada armadura parcialmente cubierta por una capa carmesí y su rostro oculto tras una máscara de oro.

–Mi señor –dijo Cassus Fett mientras hincaba una rodilla sobre el suelo.

–Fett, mi buen Mariscal –dijo Mandalore El Máximo. –Tu hora ha llegado.

Cassus Fett sintió cómo todos los músculos de su cuerpo se tensaban bajo su armadura al comprender el significado de aquellas palabras y supo que el juego de Cathar había llegado a su final para él. Su verdadera misión estaba a punto de empezar. Los preparativos se habían estado desarrollando durante meses y todas las flotas mandalorianas se habían desplegado estratégicamente por el Borde Exterior, preparándose para aquel momento. Cassus Fett guardó silencio y esperó pacientemente a que su Mand´alor le diese las instrucciones.

–Los preparativos han concluido –dijo Mandalore El Máximo. –Nuestra alianza con el Imperio Sith ha acelerado los acontecimientos. El doctor Demagol ha conseguido crear al fin una nueva división de Neo-Cruzados con habilidades jetii.

Cassus Fett arrugó su semblante cuando escuchó aquello y se alegró de llevar puesto su casco, con lo que Mandalore El Máximo no pudo observar la expresión de su rostro cuando escuchó el nombre de Demagol, aquel científico que jugaba a ser un dios. Fett siempre había creído en el orden de las cosas y no era partidario de los experimentos genéticos que realizaba Demagol. Modificaciones genéticas para crear al guerrero perfecto capaz de enfrentarse a un jedi en combate cuerpo a cuerpo en igualdad de condiciones, usando sus mismos trucos mentales. Aquello chocaba con el estilo de lucha mandaloriano, aquello que honraba a su pueblo, y por eso a Cassus Fett no le gustaba. Por otro lado, tampoco le agradaban los favores que Mandalore El Máximo pudiera otorgarle a Demagol como recompensa por sus descubrimientos. La historia y la tradición decían que Mand´alor era siempre un gran guerrero, pero los tiempos estaban cambiando y Fett estaba convencido de que el próximo Mand´alor sería alguien con poder y una gran influencia. Él estaba bien posicionado en esa línea sucesoria y no iba a permitir que Demagol se interpusiese.

–Será un honor liderar a esos Neo-Cruzados en batalla –respondió Cassus Fett.

–Los usaremos, pero a su debido tiempo –dijo Mandalore El Máximo. –¿Las flotas están situadas en las coordenadas acordadas?

–Tal y como lo planeamos, mi señor –contestó Cassus Fett. –La Primera y Segunda flota permanecen en órbita sobre Manda´yaim. La Tercera flota está desplegada en el sector corporativo, en el Brazo Tingel. La Cuarta y Quinta en el Espacio Hutt. La Sexta abandonó Tion hace 10 días estándar y la Séptima Flota continúa estacionada en Korriban. El resto de flotas menores aguardan órdenes en las coordenadas asignadas.

–Excelente –dijo Mandalore El Máximo con satisfacción. –Ordena a las flotas que inicien el ataque. Que guíen nuestro destino con fuego y con sangre que bañe nuestra gloria. Los días de la República terminan hoy.

–Así se hará, mi señor –dijo Cassus Fett lleno de orgullo.

Kyr´am bah jetiise –dijo Mandalore El Máximo en su idioma natal, que en básico se traducía como Muerte a la República.

–¡Kyr´am bah jetiise! –exclamó Cassus Fett, golpeando con su puño el frontal de su armadura.


Cathar

–Yo he contado ya 17 transportes –dijo Hihdo mientras observaba el horizonte con sus macrobinoculares. –¿Están buscando algo en esa aldea?

Razor contempló en silencio cómo la nave mandaloriana describía un círculo en el aire antes de descender para tomar tierra en la lejanía, junto a la aldea que habían abandonado el día anterior.

–No son naves de batalla –dijo Razor. –Son transportes de tropas y material.

–Saben que abandonamos la aldea –dijo el rodiano. –¿Qué sentido tiene el despliegue de más efectivos?

–Solo hay una cosa que a los mandalorianos les guste tanto como la guerra –dijo Razor mientras guardaba sus macrobinoculares. –Cazar.

–¿Cazar? –preguntó Hihdo.

–Y nosotros somos su presa –añadió Razor mientras sacaba un comunicador del bolsillo de su chaqueta y lo activaba. –¿Capitán, me escucha?

–Espero que me de buenas noticias, teniente –se escuchó la voz de Vyn Omas.

–La buena noticia es que no van a lanzar un ataque aéreo sobre nuestra posición –dijo Razor.

–¿Y la mala? –preguntó Vyn Omas.

–Que el ataque será terrestre –contestó Razor. –Capitán, tenemos que movernos, ya.

Razor desconectó el comunicador y le hizo un gesto a Hihdo para que le siguiera. Descendieron corriendo la pequeña loma sobre la que habían estado apostados, vigilando la retaguardia mientras la tropa compuesta de soldados y civiles se tomaba un pequeño descanso tras la dura caminata de las últimas horas. Subieron a sus speeders y se movieron rápidamente a través del polvoriento camino que habían estado siguiendo hacia el sur desde que abandonaron la aldea bombardeada días atrás. Apenas tardaron un par de minutos en llegar a una pequeña depresión en el terreno, cercana a una montaña y que había sido elegida como campamento improvisado. Cuando Razor y Hihdo bajaron de sus speeders, el desorden que reinaba en el campamento era importante. Se había instalado un puesto improvisado para repartir algunos alimentos entre los civiles y éstos habían rodeado el pesado speeder de carga que transportaba la mayor parte de las provisiones mientras varios soldados trataban en vano de que la muchedumbre mantuviese el orden. Machos cathar peleándose por míseras raciones de comida, niños llorando...algunos caían al suelo y eran pisoteados por los demás. Un cabo devaroniano acompañado de dos fornidos bothan se internó entre la multitud y empezó a poner orden antes de que se pudiese producir el primer motín de la historia del batallón Trueno. Tuvieron que tumbar a varios cathar y asestar algún que otro puñetazo pero sin serias consecuencias. Finalmente, rifles en mano, lograron calmar a la multitud y que empezasen a distribuirse en pequeños grupos.

Cuando los ánimos estaban calmándose, Razor llegó al puesto de mando para reunirse con su capitán. Vyn Omas no tenía muy buen aspecto. Apenas había logrado dormir un par de horas desde que llegasen a la aldea bombardeada y el cansancio estaba empezando a hacer mella en el joven humano. Saludó a Razor rápidamente y sin esperar una respuesta le mostró al teniente un datapad.

–Los víveres vuelan a una velocidad asombrosa –dijo el capitán. –O se hicieron mal los cálculos o alguien los está robando.

–Capitán... –trató de decir Razor.

–Nos quedaremos sin agua en 36 horas –continuó diciendo Vyn Omas. –El Anciano dice que tan al sur no cree que encontremos ningún pozo hasta atravesar los páramos.

–En esas montañas tiene que haber agua –respondió Razor mientras señalaba al sureste.

–Creemos que existen manantiales por encima de los mil metros de altitud –dijo el capitán mientras consultaba su datapad. –Sitios de difícil acceso para los speeders con lo que se torna imposible transportar los miles de litros de agua que necesitaríamos. Teniente, creo que necesitamos un milagro para salir de ésta.

Razor asintió con su cabeza ante la afirmación del capitán. La situación se complicaba por momentos. Sabía que las raciones de comida se podían dosificar, que podían permitirse pasar algo de hambre con tal de sobrevivir más días, pero el tema del agua era distinto. Sus cuerpos necesitaban cubrir unas necesidades mínimas diarias y aquello era vital para su supervivencia. Sin agua estaban acabados.

–Voy a hablar con el Anciano. –dijo Razor de repente. –Tiene que haber alguna solución.

–Teniente... –dijo Vyn Omas con voz cansada. –¿Hacia dónde nos dirigiremos?

Razor observó cómo su capitán estaba a punto de derrumbarse ante él, si no lo había hecho ya. El hombre que se había estado forjando desde que aterrizó en Cathar se estaba ahora diluyendo como un riachuelo que termina muriendo en un desierto de arena oscura.

–Hacia el sur –contestó Razor, no de manera meditada sino porque fue lo primero que le vino a la mente. La respuesta rápida que su capitán necesitaba. Que los dioses les ayudasen. Después se marchó.

Encontró al Anciano antes de lo que había imaginado, apartado de la muchedumbre, rodeado de su guardia personal, cuatro fieros guerreros que serían incapaces de tumbar a más de media docena de mandalorianos. Se los encontró formando un pequeño círculo, arrodillados en el suelo, con los ojos cerrados. El Anciano se percató de la presencia de Razor pero no dijo nada. Se limitó a abrir sus ojos y observarle en silencio.

–No es momento para meditar –dijo Razor. –Volvemos a ponernos en marcha.

–Estamos rezando, teniente –explicó el Anciano. –Preparamos nuestras almas para lo que está por venir.

–Los mandalorianos han llegado antes de lo que pensábamos –admitió Razor. –Pero eso no significa que vayamos a rendirnos.

–Y no nos rendiremos –dijo el Anciano. –Lucharemos, como hizo hace dos mil años Ushuk Tha con la última de las tribus libres. Su muerte unió a todos los cathar. La historia se repite en estos días, Ushuk Tha se ha reencarnado en nosotros. Él también contempló las montañas Kuayac antes de la última batalla.

Razor miró hacia las montañas que estaban al sureste y quiso preguntarle al Anciano por el problema del agua, la verdadera razón por la que había ido a buscarle, pero sin embargo, se sorprendió cuando de sus labios brotaron otras palabras.

–¿Ushuk Tha se internó en esas montañas? –preguntó Razor, señalando hacia el sureste. ¿Por qué diablos preguntaba algo así?

–Así es –dijo el Anciano. –La leyenda dice que combatieron durante tres días y tres noches en el Aveh sukkar, el ocaso de las almas, lugar donde murió.

–¿Qué es el Aveh sukkar? –preguntó Razor.

–Nadie lo sabe –contestó el Anciano. –Esas montañas son sagradas y no está permitido internarse en ellas.

Razor volvió a mirar hacia las montañas. Su mente se había convertido en un hervidero: raciones de comida, falta de agua, el ejército mandaloriano... un sinfín de problemas para los que aún no había encontrado solución alguna. ¿Estaba a las puertas del fin? ¿Les mataría la sed, el hambre o los mandalorianos? Por primera vez en mucho tiempo se encontraba perdido, sin ideas y con la mente embozada. Necesitaba pensar con rapidez, buscar una solución como siempre hacía. Si por algo se destacaba Razor era por encontrar una solución a cualquier problema que se le presentase. El humano sabía salir airoso de cualquier situación. Se había estrellado con su caza en Onderon y había sobrevivido. Había luchado en ese planeta y había logrado regresar a Suurja, solo para encontrar los cadáveres de su mujer y su hija. Apretó con rabia sus puños cuando recordó aquello y dejó que la ira hacia los mandalorianos le invadiese de nuevo. Aquello no podía ser el fin. No podía terminar así porque él tenía una misión y la iba a cumplir. Cathar solo había sido el principio. Cathar era el símbolo de la esperanza en el seno de aquel despiadado enemigo y Cathar no podía caer en el olvido. Su lucha no podía caer en el olvido. De pronto, una fugaz imagen le vino a la mente. ¿Qué hubiera hecho Ushuk Tha ante aquella situación? Instintivamente su cuerpo se orientó hacia el sureste y contempló aquel macizo montañoso en silencio. Sin pensárselo dos veces activó su comunicador y se lo llevó a los labios.

–Capitán, cambio de rumbo. Nos dirigiremos hacia el sureste. Vamos a internarnos en esas montañas.


Taris

El planeta más importante del Borde Medio apenas había cambiado en apariencia durante el último año y Ramza lo encontró tal y como lo recordaba. Una ecumenópolis hasta donde alcanzaba la vista. Pero a pesar de que el muchacho no había encontrado grandes cambios, Taris había cambiado bastante durante ese año. Tras la brecha en la seguridad que hizo posible que el destructor estelar conocido como Lamento de los inocentes se colara en la atmósfera del planeta con suma facilidad y atacase el templo jedi, la República había intensificado notablemente las medidas de seguridad en el planeta. Una nueva red de seguridad secundaria se había conectado al sistema global existente y hacía que complejos sistemas informáticos revisasen todos los protocolos de seguridad existentes cada hora. Así se había descubierto que aquella operación que en principio se creyó que había sido propiciada solo por la traición de un padawan fue en realidad producto de un complejo entramado que se había estado desarrollando durante varios años desde distintos puntos del planeta. Taris había sido infectada por sus conspiradores enemigos hacía tiempo y habían conseguido ubicar a numerosos agentes en puestos de relativo poder y con acceso a las más importantes infraestructuras.

Una nueva división de agentes de seguridad venidos directamente de Coruscant había tomado temporalmente el control del sistema de defensa de Taris y se había dedicado a neutralizar las distintas amenazas que aún permanecían en el seno del planeta. Se realizaron numerosas detenciones, la mayoría de las cuales terminaban en desintegraciones o apartamentos que volaban por los aires tras una potente explosión detonada por algún miembro de las células infiltradas y que borraba el posible rastro dejado por los enemigos de la República. Los pocos supervivientes eran sometidos a duras sesiones en interrogatorios que apenas obtenían algún dato de interés para la República y los presos solían aparecer muertos en sus celdas a los pocos días ya fuese debido a suicidios o asesinatos clandestinos cometidos por colaboradores que aún permanecían en puestos importantes. Las células terroristas estaban bien aleccionadas. La República lograría desmantelarlas, sí, pero no obtendrían ningún tipo de información acerca de sus objetivos o cualquier otro dato de interés que les pudiese ser beneficioso en la guerra.

La escasez de resultados había desembocado en operaciones de captura cada vez más masificadas, muchas veces incluso basadas en leves sospechas que solía terminar con la detención de inocentes. Maniobras de distracción orquestadas por los enemigos de la República que habían conseguido que en Taris se estuviese llevando a cabo una caza de brujas en la que cualquiera podía ser sospechoso de estar conspirando contra la República. Todo esto había hecho que los habitantes de Taris viviesen en un estado permanente de incertidumbre. A pesar de que la guerra no había llegado a sus fronteras, estallaron revueltas contra el gobierno, muchas de ellas aplacadas con gran violencia por las nuevas fuerzas de seguridad. Se aprobaron nuevos decretos para la regulación del flujo de información en el planeta, lo cual hizo que sus habitantes se sintiesen más observados aún, sus vidas en el entramado forjado por la República. Todas estas acciones eran secundadas por un hermetismo casi absoluto ante el resto de sistemas estelares. La Holored nunca mostraba los disturbios que se habían generado por todo el planeta ni las maniobras represivas que les seguían. No se hablaba de células terroristas, ni de detenciones, ni de sospechosos que se suicidaban o desaparecían de las celdas de confinamiento. La Holored seguía vendiendo Taris como un planeta idílico ya fuese para hacer negocios o para pasar un período vacacional. Taris seguiría siendo esa joya que había sido a lo largo de los siglos y su imagen de algo puro perduraría. La vida seguía adelante en Taris, quizás con más secretos y mentiras que nunca, pero de cara al exterior, Taris seguía siendo Taris.

Durante el transcurso de aquel año, el Templo Jedi había recuperado el aspecto que tenía antes del ataque del Lamento de los inocentes. La sala del Consejo, ubicada en lo alto de la Torre Jedi, había sido completamente remodelada y recubierta de transpariacero exquisitamente pulido que reflejaba los rayos solares con mayor intesidad que antaño. Tras el ataque habían corrido rumores de que el Consejo se trasladaría a Coruscant, un lugar menos vulnerable, pero realizar tal acción había contribuido a reconocer las fragilidades de aquella cada vez más débil República y los pocos miembros del Consejo que permanecieron en Taris desecharon rápidamente aquella opción. En ausencia de Nomi Sunrider, el liderazgo de la Orden se le había ofrecido a Vandar Tokare por su avanzada edad, sabiduría y comunión con la Fuerza. Sin embargo, el anciano maestro jedi rechazó la propuesta alegando que él no era el más indicado para conducir a la Orden en tiempos de guerra. Se decidió entonces que el puesto permanecería vacante hasta el regreso de Nomi Sunrider, quien a pesar de estar en paradero desconocido seguiría siendo la legítima líder de la Orden jedi y las decisiones importantes las seguiría tomando el Consejo por votación.

Una transmisión a primera hora de la mañana fue la causante de que se convocara aquella reunión de urgencia del Consejo Jedi. El maestro jedi Mot Kinto se había puesto en contacto con el Templo Jedi para comunicar que tenía bajo su custodia al proscrito padawan Ramza Morne. El maestro Lucien Draay, quien era el principal responsable de seguridad en el Templo Jedi de Taris fue quien contestó a Mot que entregara al muchacho a las fuerzas de seguridad de la República, ya que eran ellos quienes tenían potestad en aquellos casos que atentaban directamente contra la seguridad en el planeta y había sido la República quien había dictado la orden de busca y captura de Ramza por cargos de traición. Sin embargo, el nautolano contestó que no había traído al muchacho para entregarlo a la República sino para demostrar su inocencia. Lucien Draay había resoplado tras escuchar aquellas palabras y se había mostrado en desacuerdo con la desafortunada idea que albergaba Mot Kinto. Sin embargo, su condición de maestro jedi le otorgaba el derecho de convocar al Consejo y solicitar una revisión del caso, como era la intención del nautolano. Después, el Consejo tomaría su decisión y lo que dictaminasen sería irrevocable.

Aterrizaron en una pequeña lanzadera sobre la plataforma sur del Templo Jedi. Se había corrido la voz de su llegada y en el interior del Templo se había formado un gran revuelo a pesar de que eran pocos los caballeros que permanecían en aquellas instalaciones. Corrían tiempos turbulentos y eso mantenía a los caballeros jedi diseminados por toda la galaxia. Cuando Mot Kinto puso los pies en la plataforma de aterrizaje, lo primero que vio fue a dos caballeros jedi, un humano y un cereano, que salieron a su encuentro. Le saludaron con respeto, no así a Ramza cuando descendió de la lanzadera, a quien ni siquiera se dignaron a mirar. Para ellos, era un criminal que había entregado a Nomi Sunrider a los sith.

–Eso no será necesario –dijo Mot Kinto cuando el humano le enseñó los grilletes que sujetaba entre sus manos.

–Tenemos órdenes, maestro Kinto –explicó el cereano.

El nautolano miró a Ramza un segundo y luego asintió. El muchacho extendió sus brazos con timidez y el caballero jedi le colocó los grilletes sobre sus muñecas. Tras un sonido metálico, se activaron y se iluminaron tenuemente de un resplandor azulado. Después, los dos jedis se apartaron y les indicaron que caminasen por la plataforma hacia el turboascensor que les llevaría al interior del Templo. Caminaron escoltados por los dos jedis cuyos sables de luz permanecían a la vista como si estuviesen a la espera de que su prisionero se escapase y tuviesen una justificación para abatir a aquel traidor que tanto daño había hecho a la Orden Jedi. Entraron al turboascensor. Las puertas se cerraron con un sonido hidráulico y ascendieron con suavidad. El viaje fue corto y pararon a los pocos niveles. Un amplio corredor se abrió ante ellos, una ruta prefijada, de acceso restringido a padawans y en la que tan solo se cruzaron con algún que otro caballero jedi que les miró con frialdad. Tras un par de minutos de caminata llegaron a otro turboascensor cuyas puertas estaban ya abiertas, esperándoles. El cereano les hizo un gesto de que entraran. Mot Kinto no había pisado el Templo Jedi de Taris desde que decidió permanecer al servicio de la Casa Real de Alderaan, pero recordaba perfectamente a dónde llevaba aquel turboascensor. Se encontraban en la base de la Torre Jedi y cuando las puertas volvieran a abrirse, se encontrarían ante el Consejo.

–No creo que esto vaya a salir bien –dijo Ramza en voz baja, a pesar de que estaban solos en el turboascensor.

–Saldrá bien –contestó Mot Kinto. –La Fuerza está con nosotros.

–Sí, eso hubiese dicho el maestro Rhysode –repuso Ramza y luego añadió. –Pero luego las cosas solían complicarse.

No hubo tiempo para que el nautolano contestase a aquella afirmación, ya que las puertas del turboascensor se abrieron y ante ellos apareció la cámara circular del Consejo Jedi. Solo tres miembros se encontraban aquel día en Taris y ellos serían los encargados de dictaminar el futuro de Ramza Morne. El humano Lucien Draay se encontraba sentado en el asiento presidencial, con el maestro Vandar Tokare sentado a su derecha y la maestra Atris a su izquierda.

–Maestros –les saludó Mot Kinto haciendo una reverencia.

–Maestro Kinto, me alegra volver a verle después de tantos años –dijo Lucien Draay. –A pesar de que su visita venga envuelta en estas... extrañas circunstancias.

–Vengo a demostrar ante el Consejo la inocencia de este padawan –dijo Mot Kinto señalando a Ramza quien permanecía a su lado con la cabeza baja.

–Un padawan acusado de traición –añadió Lucien Draay con rostro serio.

–Que toda la verdad conocemos suponer no debemos –dijo Vandar Tokare. –La defensa de el maestro Kinto sobre el muchacho escuchada por este Consejo será.

A continuación, la maestra Atris accionó un interruptor de su asiento y en un lateral de la sala apareció un holograma mostrando una serie de datos y códigos numéricos que parpadeaban y cambiaban de intensidad a medida que generaban complejas gráficas que Ramza fue incapaz de entender.

–La información recopilada hace un año –explicó la maestra Atris. –Contrastadas nuestras investigaciones con las de los agentes de la República, ambas llegaron a las mismas conclusiones. Un sabotaje exterior en el sistema de comunicaciones de Taris hizo que las defensas planetarias dependiesen del sistema de emergencia instalado en el Templo. Ese sistema fue inhabilitado desde el interior del Templo.

Atris manipuló de nuevo el control del holoproyector y las gráficas desaparecieron para dar paso a una serie de imágenes de baja calidad.

–Los sistemas de videovigilancia del Templo fueron alterados –indicó Atris. –Probablemente mediante el uso de un dispositivo electromagnético o incluso el uso de la Fuerza. Aún así, las imágenes muestran a un varón humano cuyo aspecto coincide con el de Ramza Morne.

–Media docena de testigos aseguraron haberle visto abandonando su habitación minutos antes del incidente –añadió Lucien Draay. –En dirección a zonas restringidas del Templo.

Ramza intentó decir algo en su defensa, ya que él era incapaz de recordar todo aquello, aunque en su interior sabía que había ocurrido tal y como los miembros del Consejo estaban relatando. Él era culpable de todas aquellas acusaciones, de eso estaba seguro, pero quería defenderse de alguna manera. Sin embargo, Mot Kinto le detuvo y le hizo un gesto para que guardara silencio hasta que el Consejo terminara la explicación de los hechos.

–Tras la desactivación de los sistemas de emergencia, la defensa planetaria fue inutilizada –continuó diciendo la maestra Atris. –Lo cual propició el ataque del destructor estelar mandaloriano, cuyo objetivo era el Templo Jedi.

–Y el secuestro de la maestra Sunrider –dijo Lucien Draay mirando fijamente a Ramza. –La República te acusa de alta traición, cuya pena es la muerte. Las pruebas recopiladas por la Orden no indicaron lo contrario.

–¡Pero no recuerdo haber hecho nada de eso! –gritó Ramza dando un paso al frente.

–Hay pruebas suficientes para condenarte –dijo la maestra Atris. –¿Intentas negar la evidencia de los hechos?

–No he dicho que no fuese yo –admitió Ramza en voz baja. –Pero no recuerdo haberlo hecho.

Se hizo un breve silencio en la sala. Los miembros del consejo se miraron entre sí y cruzaron un par de palabras que Mot Kinto no llegó a escuchar desde donde se encontraba.

–Los hechos están claros –dijo Lucien Draay. –Y el acusado acaba de admitir su culpabilidad, así que...

–Antes de un veredicto dictaminar, el maestro Kinto como defensa hablar debe –interrumpió el maestro Vandar Tokare.

Mot Kinto le hizo un gesto de respeto al maestro Vandar y se colocó en el centro de la sala ,frente al Consejo. Ramza se apartó unos pasos para dejar espacio al corpulento nautolano de piel verdosa.

–Maestros, lo que ha dicho Ramza es cierto. No podemos negar la evidencia de los hechos. Este muchacho saboteó los sistemas de defensa del Templo Jedi. Sin embargo, no fue él.

Lucien Draay y Atris se miraron con desconcierto, claramente contrariados por lo que acababan de escuchar. El maestro Vandar Tokare permaneció sereno, sentado tranquilamente en su asiento, mirando al nautolano con gran interés, incluso parecía sonreír.

–Un padawan no tiene acceso al tipo de códigos que introdujo en el sistema. –continuó diciendo Mot Kinto. –Fue una conspiración a niveles más altos de los que creemos. Ramza solo fue usado como un simple instrumento.

–¿Puede presentar alguna prueba en su favor, maestro Kinto? –preguntó Lucien Draay.

–El muchacho estuvo cautivo en Korriban, bajo la influencia de un Señor Oscuro y diversas sustancias administradas por el infame Demagol. Su mente fue castigada, usurpada y quién sabe qué más. ¿Ramza es culpable de ello?

–No sabemos exactamente qué le hicieron en Korriban –dijo la maestra Atris. –Sólo sabemos que ha colaborado con los siths.

–Los siths le manipularon –contraatacó Mot Kinto. –Ramza no recuerda nada de lo que hizo. Es como si durante ese tiempo su mente no hubiese existido y alguien hubiese ocupado ese vacío. Alguien con acceso a los códigos del sistema y con los conocimientos suficientes como para desactivar las defensas del Templo.

–Maestro Kinto, ¿está sugiriendo que la mente de Ramza Morne fue manejada desde el exterior para cometer el sabotaje? –preguntó Lucien Draay.

–Eso es lo que he tratado de explicar –dijo Mot Kinto. –El Señor Oscuro fue quien orquestó el ataque y usó a Ramza desde el interior del Templo. No tengo ningún motivo para dudar de la palabra de este padawan. No he percibido mal alguno en su interior. La Fuerza me dice que es inocente. El maestro Rhysode creía en él y yo también creo en él.

–No deberíamos guiarnos por las intuiciones del maestro Rhysode –dijo Lucien Draay. –Su última padawan se ha convertido en la mayor amenaza a la que se enfrenta la Orden Jedi.

Mot Kinto tuvo que morderse la lengua para no contestar. Garik Rhysode había sido como un hermano para él y el despreció que le acababa de hacer Lucien Draay estaba fuera de lugar. Mot Kinto creía firmemente en su amigo y en su comunión con la Fuerza. No importaba lo que opinasen los demás. Su misión ahora era demostrar la inocencia de Ramza y no meterse en una discusión con el maestro Draay. Es lo que hubiese deseado Garik y es lo que iba a hacer, por lo que Mot Kinto ignoró el comentario de Lucien Draay y prosiguió con su defensa.

–Debemos escuchar a la Fuerza, maestros. ¿Habita el Lado Oscuro en este muchacho? La Fuerza debe determinar su inocencia o culpabilidad.

–Sus acciones han sido guiadas por el Lado Oscuro, maestro Kinto. De eso no hay duda alguna –dijo la maestra Atris.

–Y el Lado Oscuro es traicionero –añadió Lucien Draay. –Puede ocultarse a nuestros ojos y pasar desapercibido hasta mostrarse con una ferocidad implacable. No podemos corroborar que Ramza Morne no siga al servicio de los siths.

–Este Consejo ha escuchado a la defensa, maestro Kinto –dijo la maestra Atris. –Por mi parte, no observo indicios que sustenten la inocencia de este padawan.

Se acabó, pensó Mot Kinto. Dos miembros del Consejo se habían posicionado ya en contra. El Consejo jedi no iba a proclamar la inocencia de Ramza. ¿Qué haría él cuando entregasen al muchacho a la República? El nautolano sabía que no podría hacer nada para evitar el fatal desenlace. Era un maestro jedi y no podía desafiar ni al Consejo Jedi ni a la República.

–Padawan Morne, ¿Acercarte a mí podrías? –preguntó el maestro Vandar Tokare.

A Ramza aquello le pilló por sorpresa, pues el Consejo Jedi ya había declarado su veredicto y el muchacho sabía cuál sería su destino. Caminó dubitativo hacia el maestro jedi, que hizo un gesto para que el muchacho se arrodillara ante él para situarse a la altura del pequeño maestro jedi. Ramza se agachó frente a Vandar Tokare y éste puso sus manos de tres dedos sobre las sienes del muchacho. Ramza observó cómo el anciano maestro jedi cerraba sus ojos para concentrarse y comenzó a sentir un repentino calor que se extendía por toda su cabeza y descendía luego por su cuello y espalda, llegando hasta sus extremidades. Sintió cómo la paz le invadía mientras Vandar Tokare invocaba a la Fuerza con intensidad y se introducía en la mismísima alma del muchacho, un alma completamente desnuda, incapaz de ocultar nada al poder de la Fuerza. Los ojos de Ramza se cerraron. Volvía a sentir a la Fuerza como nunca antes lo había hecho y sin embargo supo que la Fuerza siempre había estado presente en él, esperando su llamada. Cuando el maestro Vandar Tokare retiró sus manos, el calor de su cuerpo comenzó a desvanecerse. Sin embargo, la paz y la tranquilidad seguían habitando el interior de su cuerpo. Ramza volvió a abrir los ojos cuando el maestro Vandar Tokare habló.

–El Lado Oscuro en el muchacho encontrado no he –dijo Vandar Tokare. –Verdad en sus palabras había. El padawan inocente es.

Una oleada de júbilo invadió a Ramza, que se puso en pie y se retiró hasta la posición que ocupaba Mot Kinto. El maestro Vandar Tokare había proclamado su inocencia. ¿Significaba aquello que el Consejo Jedi le liberaría de los cargos? Ramza miró a Mot Kinto, cuyo semblante seguía serio.

–El Consejo se ha pronunciado –dijo Lucien Draay –Con un voto a favor y dos en contra, por lo que Ramza Morne sigue siendo culpable de los hechos.

–Un momento –dijo Mot Kinto. –Al no haber habido unanimidad en la votación del Consejo puedo usar mi derecho como maestro jedi a intervenir en la votación, si es que esa norma sigue vigente aún.

Lucien Draay y Atris intercambiaron unas palabras y después asintieron.

–Hacía mucho tiempo que el Consejo no dictaminaba una sentencia sin la aprobación de todos sus miembros –dijo Atris. –Y sí, esa ley sigue en vigor. Sin unanimidad, los maestros jedi que no estén en el Consejo pueden participar en la votación.

–Sin embargo, con el voto del maestro Kinto tenemos un empate, lo cual sigue sin proclamar la inocencia de este padawan. –aclaró Lucien Draay. –La defensa necesitaría ser apoyada por otro maestro jedi...

–¡Yo también voto por la inocencia de Ramza!

La voz de una mujer retumbó en la sala y todos los presentes desviaron la vista hacia las puertas abiertas del turboascensor del que una mujer humana acababa de salir. Avanzada en la treintena, de cabellos oscuros y cuerpo atlético, vestida con un traje de cuero blanco rematado con hombreras y un pequeño peto en el pecho. De su cinturón colgaba un sable de luz. Avanzó con pasos decididos hacia el centro de la sala.

–¡Celeste Morne! –exclamó Lucien Draay –¿Qué haces tú aquí?

–¡Hermana! –gritó Ramza.

–Tenía asuntos que atender en Taris y decidí hacerle una visita a mi hermanito –dijo Celeste Morne mientras le guiñaba un ojo a Ramza.

–No tienes el título de maestra jedi –intervino la maestra Atris. –No puedes votar.

–Eso no es del todo preciso –dijo Celeste Morne. –Renuncié al título de maestra jedi por mi posición en la Orden y la incompatibilidad con mis misiones. El maestro Draay aquí presente puede dar fe de ello.

Atris miró a Lucien Draay y el hombre asintió. Celeste Morne formaba parte de un grupo de élite de caballeros jedi cuyas identidades eran conocidas por tan solo unos pocos dentro de la Orden. Eran conocidos como sombras, y a ellos se les encomendaban la realización de misiones secretas extremadamente peligrosas que no podían ser atendidas por maestros jedi.

–No tendré el título de maestra jedi, pero debido a mi posición en la Orden estoy capacitada para votar en este Consejo.

–La jedi Morne razón tiene –intervino Vandar Tokare. –Su voto en este Consejo validez tiene. Con su voto, la inocencia de este padawan declaramos.

Ramza miró con indecisión a su alrededor y luego posó su vista en Mot Kinto, quien asintió con una sonrisa en su rostro. El Consejo Jedi había proclamado su inocencia, el Lado Oscuro no habitaba en su interior y ahora sí, volvía a sentir a la Fuerza en toda su intensidad.

–Hay algo más –dijo Celeste Morne, e hizo un gesto con su mano derecha.

Del turboascensor salió una figura envuelta en una túnica aterciopelada de color púrpura que avanzó hasta situarse junto a Celeste Morne. Dejó caer sobre sus hombros la capucha que cubría parcialmente su rostro para descubrir a una mujer joven, de semblante pálido y cabellos oscuros, cuyos ojos estaban cubiertos por un paño de tela dorada a quien todos identificaron como una miraluka. Los miraluka eran una especie casi humana sensible a la Fuerza. Se diferenciaban de los humanos en que sus ojos no tenían ni pupilas ni iris, sino que eran blancos en su totalidad, privados del sentido de la vista. Sin embargo, los miraluka podía "ver" a través de la Fuerza la radiación que emitía todo cuanto les rodeaba.

–Alhana se crió en el templo Jedi de Tython –dijo Celeste Morne. –Me pidió que la escoltara hasta Taris. Nadie sabe que está aquí.

La mujer miraluka caminó hacia los miembros del Consejo, abrió su túnica y extrajo un pesado libro encuadernado en cuero. Aquello era algo que pocos habían visto en sus vidas ya que la escritura en libros databa de tiempos anteriores incluso a la República y los pocos ejemplares que se conservaban en la actualidad estaban fuertemente custodiados en las más importantes bibliotecas de la galaxia. Alhana entregó el libro a Lucien Draay, quien lo abrió con sumo cuidado y observó sus hojas apergaminadas sin atreverse a tocarlas siquiera por temor a que se desintegrasen. El libro parecía escrito en un idioma que él no logró entender en su totalidad.

–Es algo muy antiguo –dijo Lucien Draay.

–Es la profecía sobre aquel que traerá el equilibrio a la Fuerza –dijo Alhana.

–Conozco la profecía –respondió Lucien Draay. –Es tan solo una leyenda antigua.

–Maestro Draay, está usted sujetando el texto original, escrito hace miles de años –explicó Alhana. –Me he pasado años estudiándolo y traduciéndolo. Hay partes que no se mencionan en la leyenda popular que todos conocemos.

–¿Qué partes son esas? –preguntó la maestra Atris, que también era historiadora y aquel libro había despertado su interés.

–Quien traiga el equilibrio a la Fuerza destruirá a la Orden Jedi.