Por fin he podido terminar esta primera parte del season finale. Ahora es cuando uno se da cuenta de las cosas que quedan por suceder y que solo quedan dos capítulos para el final. Como consecuencia, este capítulo se ha alargado más que los anteriores y con los dos siguientes sucederá más de lo mismo. A ver cómo sale.


CAPITULO 8

EPIFANÍAS (1 DE 3)


Epifanía: Revelación, aparición.

"Entonces esta lucha es más que una guerra insignificante. Éste es un concurso de los dioses, en el que tú y yo somos meros instrumentos" –Harrar, sacerdote de la Diosa del engaño Yun-Harla – (27 DBY)


Dolor. Es la única palabra que conozco para describir este estado. Tan breve, sencilla y a la vez llena de un sentimiento infinito. Siento que he nacido en el dolor, vivo en su seno y no me dejará morir en tan ansiada liberación. Es como un viaje. Mi mente puede recordar lo que eso significa, porque tengo una mente, ¿no? Es difícil saberlo con certeza. Tal vez sólo sea un cúmulo de energía que vaga por la galaxia replicando los pensamientos de aquellos seres a los que da alcance. Pero no, creo que esa consciencia es mía. ¿Qué soy yo?. Hablo, hablan, hablamos, pero siempre es la misma voz. A veces discuten (discutimos) en interminables conversaciones sin sentido que parecen no tener fin. Como si el fin importase. Creo que no hay varios sino uno (una, ¿quién sabe?). Sería un eco vacío, una transmisión perdida de alguien que intenta comunicarse... (en mi cabeza). Existe, una mente. ¿Por qué?

Tal vez todo esto no sea más que un sueño o acaso algo póstumo a la muerte. Si distingo entre vida y muerte querrá decir eso que soy algo. Otra vez las voces (la voz) retumbando en mi cabeza. No hay muerte, porque la muerte debe ser algo más silencioso. Otra voz se ríe cuando pienso eso (el pensamiento equivale a una mente consciente). Siempre lo hace. Se ríe. Sabe que lo que está ocurriendo no es lo correcto. Una réplica a todos mis pensamientos, censura a cualquier tipo de sentimiento y luego vuelve a reírse. Ha enloquecido y vaga por un sendero una vez perdida la totalidad de su naturaleza. Así terminamos, así termina todo. Se cruza por mi consciencia, como un meteoro. Una lluvia radiante, de fuego y luz que me hace volver al punto de partida: dolor. Duele, siempre lo hace, y ese dolor es lo único que me despierta de esta locura que parece no tener fin. Si pudiese medir el tiempo, su origen estaría en la nada infinita, en una oscuridad revitalizadora privada de esa luz tan dañina. El orden deseado. ¿Así era todo? Después, una luz que atrae todo hacia sí, hacia el principio (aquí comienza todo). Estalla. De nuevo esa lluvia que ciega y hace que todo arda. Llamas que purifican y crean un nuevo mundo, que se expande y que parece no tener fin. Y vuelvo a ser consciente. Del tiempo, de todo y cuando la bruma se aclara y me permite ¿ver?, vuelve esa tediosa risa que me ciega y abandona su reino para llevarme de nuevo con ella. Puede que esto haya pasado más veces si es que hay un antes.

Otra vez el silencio, pero noto que algo ha cambiado. Soy consciente de ello y me aferro con todas mis fuerzas a esa imagen, ese pensamiento que me haga tangible. No quiero volver a perderme, por miedo a no encontrarme jamás. Miedo. Otro sentimiento que da más respuestas a mi preguntas. Sé que la luz cegadora va a volver a por mí y las voces volverán a hablar, porque siempre lo hacen, pero esta vez tendré una ventaja que no pienso desaprovechar. Tan solo una idea, difuminada, que baila entre la nada. Una sola idea, tentándome y alejándose. ¿Algo a lo que aferrarse? (lo intento. Volverá a cruzar ante mí. Todo gira pero seré capaz de encontrarlo, porque ahora sé lo que estoy buscando. Dejaré de medir el tiempo, pues me ha embaucado para alejarme del que debería ser mi verdadero objetivo (otra vez esa maldita risa). Se acerca, lo noto. Vuelve a estar ante mí y si tuviese un cuerpo (¿lo tengo?) me estiraría todo lo posible para alcanzarlo. A pesar del dolor, a pesar del intenso dolor que desconoce la fuerza que me está dando, consigo alargar un brazo, tocarlo y recibir la primera respuesta: Soy real.


Anchorhead (Tatooine)

El espaciopuerto de Anchorhead era tan austero como cualquier otra edificación de los alrededores. Grandes y deteriorados muros de piedra que tan solo delimitaban diversos espacios de tierra sobre el que aterrizaban las naves. Sin ningún tipo de cubierta y castigados continuamente por los dos soles que gobernaban el planeta, las reparaciones de los cascos de las naves solían ser bastante laboriosas para los seres no acostumbrados a las altas temperaturas del planeta.

Eida Mereel conocía bien Tatooine, como casi todos los contrabandistas y jamás hubiese elegido ese planeta para realizar reparaciones en su nave. Tatooine no destacaba por tener grandes espaciopuertos donde reparar una nave, sino más bien por todo lo contrario. Cualquier piloto conocedor de los entresijos del Borde Exterior evitaría a toda costa terminar en Tatooine tras una avería en su nave. Realizar reparaciones en el planeta era bastante costoso. Los recursos en Tatooine estaban controlados por los Hutt y no había nada más gratificante que exprimir a alguien que necesitase algo realmente para su supervivencia. Sin embargo, gracias a su geografía planetaria y posición en la galaxia, Tatooine era uno de los principales lugares de la galaxia en donde cualquier ser podría esconderse. Los lazos de la República no llegaban hasta Tatooine, donde las leyes venían marcadas por la habilidad en el manejo de un bláster. Si alguien quería desaparecer, Tatooine era el mejor lugar posible, aún a sabiendas de que tras pisar el planeta, si las cosas se complicaban, el término "desaparecer" podía llegar a tener un significado más literal.

Encontrar un hangar apropiado en Anchorhead no fue muy difícil, pero sí costoso. Eida tuvo que sobornar a un usurero bith para conseguir que la Valkyria errante atracase en el hangar 013 Oeste, ubicado en un lugar discreto, de rápida huida y alejado de zonas conflictivas. El calor que hacía en aquel hangar a cielo abierto y los estridentes chillidos del bith estuvieron a punto de desquiciar a la contrabandista, que acarició la culata de su bláster varias veces durante la negociación. No le quedó más remedio que enseñar su chip de créditos para agilizar el proceso, lo cual hizo que el bith se calmase y sus oídos descansasen. Cuando regresó a la nave, se encontró con la reina Schalla en la bodega de carga. La mujer estaba intentando enroscarse en la cabeza un paño a modo de turbante para tratar de ocultar parcialmente su rostro.

–Es mejor que se quite eso, alteza –dijo Eida. –En este planeta, quien trata de ocultar su rostro tiene más posibilidades de recibir un disparo en el pecho.

Schalla pareció dudar en un primer momento, pero después asintió y volvió a depositar la prenda sobre el montón de trajes que había desechado. Iba vestida con unos pantalones del color de las rocas de Jundland y una fina camisa elaborada con las mejores sedas de Alderaan. Volvió a mirar su vestimenta, que seguía sin convencerla y se decantó por una capa grisácea que se ató sobre sus hombros, Tal vez si le sumase un paño del mismo color anudado a su cuello y que cayese sobre el pecho...

–Bastante mejor –asintió Eida. –Podría pasar por comerciante en el Borde Medio. La camisa luce demasiado. No nos interesa que piensen que tenemos créditos en abundancia.

–Supongo que podría cambiarme... otra vez –admitió Schalla con resignación.

–No tenemos tiempo para eso –dijo Eida mientras se acercaba a un contenedor de herramientas y agarraba una pesada llave neumática recubierta de décadas de suciedad. –Restriéguese esto por el cuerpo y será una más en este asqueroso planeta.

Diez minutos más tarde, la tripulación de la Valkyria errante se internaba en las calles de Anchorhead, que empezaban a agitarse debido a una inesperada tormenta de arena que azotaba desde el oeste. Todos los seres habían abandonado sus quehaceres diarios y corrían en busca de refugio mientras una enorme polvareda dificultaba la visibilidad entre las calles. Las tormentas de arena eran otro de los múltiples motivos por los que Eida odiaba Tatooine. Ser alcanzado por una tormenta en el exterior podía equivaler a la muerte si no se encontraba un buen refugio con rapidez, y a pesar de que los muros de Anchorhead protegían de los efectos más severos de una tormenta, no dejaba de ser algo extremadamente molesto y que podía llegar a inutilizar blásters y dispositivos electrónicos si no se protegían adecuadamente de la influencia de la arena. Avanzaron con rapidez, resguardándose entre las fachadas de los edificios, hasta que finalmente llegaron a su destino.

El portón de duracero de la cantina de Anchorhead se abrió con un golpe seco y muchos pensaron que aún quedaba algún necio a quien la tormenta había sorprendido en el exterior, por lo que pocas miradas se desviaron de las copas y cartas de sabacc. Sólo los más curiosos se percataron del variopinto grupo formado por dos mujeres, un droide y un barabel que acababan de entrar.

–¡Nada de droides aquí! –gritó el hombre situado tras la barra.

Eida se acercó y extendió su chip de créditos sobre la barra.

–Descuéntelo –dijo Eida señalando el dispositivo. –El droide es mi intérprete y lo necesito. Si causa problemas le pagaré un extra.

–Está bien –farfulló el hombre, aunque cogió gustoso los créditos.

Eida se dirigió hacia una apartada mesa en la que ya se habían sentado sus compañeros e hizo señas a la camarera para que viniese a atenderles.

–¿Es esta la idea que tienes de pasar desapercibidos? –le dijo Schalla a Eida mientras señalaba a CU-TR. –He leído que en este tipo de ambientes los droides no suelen ser bien recibidos.

–Lo sé –contestó Eida. –Pero no pienso dejar a mi mejor tirador ahí fuera.

–Ezte también pienza que llamamos la atenzión –añadió Fibar Sebatyne.

La camarera, una chica joven de cabellos oscuros se acercó al grupo con una bandeja y depositó sobre la mesa tres jarras llenas de un líquido rojizo que Schalla miró con asco.

–Oiga, no hemos pedido aún –dijo Schalla.

–En esta temporada solo servimos licor de Lum –contestó la camarera, y se marchó sin añadir nada más.

–Podría haber sido peor –dijo Eida mientras agarraba su jarra y observaba su turbio contenido.

Schalla repitió el mismo proceso con su jarra, pero tras olerla la dejo de nuevo sobre la mesa y la deslizó suavemente hacia el centro ya que no tenía intención alguna de probar semejante brebaje. Después, desvió la mirada hacia Eida, quien siguió contemplando la bebida que tenía en su mano hasta que finalmente le dio un trago. Torció levemente su gesto en señal de disgusto y volvió a dejar la jarra sobre la mesa.

–Cada año es peor que el anterior –dijo Eida mientras aún saboreaba el amargo licor.

–¡Estupendo! –exclamó Schalla y luego añadió –Ahora ya sé que no estamos aquí por la calidad de la bebida local. Señorita Mereel, ¿va a decirme qué es lo que estamos buscando en Tatooine?

–Información –contestó Eida. –CUTTER, ¿tienes cubierta la cantina?

–Mesa de la entrada. Dos humanos aparentemente desarmados. No me preocupan. El zabrak que está con ellos sí. –dijo CU-TR mientras movía de un lado a otro sus fotorreceptores.

–¿La mesa que tenemos detrás? –preguntó Eida. –Uno de los weequays se parece a...

–Malheus Rutherrs –dijo el droide. –Los otros tres desconozco quienes son.

–¿Crees que se acordará de nosotros? –preguntó Eida.

–Muy posiblemente –respondió CU-TR.

–¿Un viejo amigo? –preguntó Schalla.

–Algo parecido –respondió Eida. –Si surgen problemas dudo que se ponga de nuestra parte, pero por lo demás no nos dará problemas. Me preocupa la mesa que hay al fondo. No nos han quitado el ojo de encima desde que nos hemos sentado.

Schalla miró con disimulo hacia la mesa que tenía a su izquierda y vio a tres humanos y un rodiano jugando una partida de sabacc, lo cual parecía algo totalmente normal en aquel tipo de lugar.

–No les tengo en mi base de datos –dijo el droide. –Visten como granjeros de humedad.

–No montaría con ellos una empresa aquí –dijo Eida y después se puso en pie. –Mejor nos damos prisa.

–¿A dónde vas? –preguntó alarmada Schalla.

–A quejarme por la calidad de la bebida –respondió Eida, y a continuación comenzó a caminar hacia la barra.

Un hombre canoso de mediana edad, corelliano y rostro curtido por las inclemencias del tiempo permanecía apoyado sobre la barra con un vaso entre sus manos. Eida se situó junto a él e hizo señas al barman para que se acercara.

–Oiga, ¿no tiene algo mejor que ese veneno? –dijo la mujer cuando el hombre rechoncho se acercó.

–¿Demasiado fina para este local, señorita? –preguntó el barman.

–Oh, vamos –dijo Eida poniendo su mejor sonrisa y deslizando de nuevo su chip de créditos sobre la mesa. –Tan solo quiero impresionar a mis amigos.

El barman miró el reluciente chip que descansaba sobre la barra y cambió drásticamente la expresión de su rostro. Eida mantuvo su sonrisa, pensando en lo fácil que era conseguir cualquier cosa cuando había créditos de por medio y contempló con satisfacción cómo el barman esbozaba una sonrisa.

–Tal vez esté usted de suerte, señorita –dijo el barman al fin. –Creo que aún me queda algo de calidad del último envío que me hicieron de Nar Shadaa.

A continuación, el barman abandonó su puesto en la barra y se dirigió hacia las escaleras que descendían hacia el almacén de la cantina.

–Tardará un par de minutos en regresar –dijo Eida mientras se apoyaba distraídamente en la barra.

–Me ha alegrado saber que sigues de una pieza –dijo el hombre que tenía a su lado. –Cuando supe quién te perseguía me temí lo peor.

Eida mantuvo su distraída mirada lejos de la del hombre que bebía a su lado, dando la espalda al resto de los integrantes de la cantina que jamás podrían imaginar que aquellas dos personas estaban conversando. Anchorhead podría tener muchas localizaciones ocultas orientadas a favorecer cualquier tipo de actividad ilícita, pero Eida sabía que uno de los pocos lugares en donde se podía mantener una conversación libre de dispositivos de escucha era la barra de la cantina de Anchorhead. Su dueño tenía instalado un inhibidor que anulaba cualquier dispositivo de grabación sonora, lo cual había propiciado que sobre aquella barra se hubiesen orquestado un sinfín de asesinatos y operaciones de contrabando. Aquella madera desgastada había escuchado más secretos allí que en los aposentos privados de un canciller supremo.

–Los cazarrecompensas nunca me han preocupado –dijo Eida. –Aunque el último me lo hizo pasar mal.

–Harías bien en preocuparte, Eida –continuó diciendo el corelliano. –Bruggosh ha vuelto a subir el precio por tu cabeza.

–¿Te ha tentado para que me entregues, Mal? –preguntó Eida sonriendo.

–Les sugerí que te buscasen en el Corredor de Ison –contestó Mal.

–Gracias por haberlos enviado al otro extremo de la galaxia –respondió Eida.

El hombre asintió y dio un nuevo trago a su vaso. De un bolsillo de su chaqueta sacó un datapad que sólo él y Eida podrían observar. La contrabandista vio las distintas gráficas superpuestas en el plano estelar que le estaba enseñando aquel hombre y el semblante de su rostro se volvió más serio.

–¿Me crees tan loca como para realizar un salto entre dos supernovas? –preguntó Eida.

–Es la única entrada al sistema Horuset por donde no se esperarán una visita –dijo Mal. –No sé qué se te habrá perdido en Korriban, pero como amigo mi consejo es que visites a un médico porque realmente has perdido la cabeza.

–Se lo debo a alguien, Mal –dijo Eida con voz seria. –Tengo que descubrir cómo entrar allí.

Mal suspiró con resignación y realizó un leve gesto de asentimiento con su cabeza. Después, durante 27 brevísimos segundos, puso al día a Eida de la distribución de los controles mandalorianos a lo largo de las rutas que sólo conocían los contrabandistas.

–Es complicado, pero puede hacerse –dijo Mal y luego añadió. –Una cosa más. Alguien en Coruscant está poniendo mucho empeño en que esta información no llegue a los servicios de inteligencia de la República, así que ten mucho cuidado.

–Sabes que siempre lo tengo, Mal –contestó Eida mientras con su mano derecha golpeaba suavemente el bláster que llevaba enfundado en su muslo.

El hombre que se hacía llamar Mal sonrió y en aquel preciso instante, varias cosas sucedieron al unísono en la cantina de Anchorhead. El barman acababa de subir las escaleras del almacén con una botella de vino especiado en la mano que a juzgar por la cantidad de polvo que tenía, o estaba avinagrado o poseía un gran sabor. Se la enseñó a Eida mientras se acercaba a la barra, pero se detuvo en seco al ver lo que sucedía tras la contrabandista. Un rodiano flanqueado por tres humanos avanzaba con decisión hacia la espalda de Eida, quien no necesitó darse la vuelta para saber que las cosas estaban a punto de complicarse.

–Chidha Chattza –dijo Mal en voz baja. –A veces trabaja para mí y le pago bien.

Eida se volvió lentamente y permaneció recostada sobre la barra, con ambas manos apoyadas y observando al grupo que tenía frente a ella. Nadie había desenfundado sus blásters, pero había manos que no estaban a la vista y eran bastante sospechosas.

–Nichka Mereel –dijo el rodiano. –Anuts nchiga shalawi nothtza?

–No sabe cuánto nos alegramos de tenerla por aquí, señorita Mereel –tradujo uno de los humanos.

–Entiendo el rodiano –dijo Eida, e hizo un ademán de marcharse. –Parece que últimamente soy muy popular.

–¡Truzchá, Eida! –gritó el rodiano mientras desenfundaba su bláster y apuntaba a la mujer.

Eida no se movió y esperó a que una mesa volase por los aires e impactase contra la espalda de los humanos. Uno de ellos cayó al suelo, inconsciente, y los otros dos se giraron y desenfundaron sus blásters para encontrarse cara a cara con un droide que les apuntaba con un rifle bláster de repetición. CU-TR permaneció apuntando a los humanos mientras Fibar Sebatyne, de pie junto a él, apuntaba hacia la mesa donde estaban sentados los weequays, que habían aferrado sus armas pero acababan de detenerse en seco. Schalla contempló toda escena sentada en su silla, sin saber muy bien cómo reaccionar, pero se suponía que debía aparentar ser uno de ellos y dejar atrás todo tipo de comportamientos que pudiesen levantar sospechas sobre su persona, por lo que se armó de valor, se puso en pie de un salto, desenfundó su bláster y apuntó hacia una mesa en la que estaban bebiendo varios ortolanos de pieles azuladas.

–¡Que nadie se mueva! –gritó Schalla

Los ortolanos se taparon los ojos con sus manos y agitaron sus trompas con nerviosismo mientras emitían ininteligibles sonidos desde sus trompas. El barabel dio un par de pasos para ponerse junto a Schalla.

–¿Qué eztá haziendo? –le susurró a la mujer.

–Pues... no lo sé muy bien –contestó Schalla. –Es mi primer tiroteo en una cantina.

–Apunta al zabrak –le ordenó Fibar mientras señalaba a otra mesa y Schalla cambió de objetivo mientras los ortolanos lloraban y lanzaban suspiros de alivio entre sus sollozos.

El rodiano y los humanos que quedaban en pie contemplaron toda la escena sin bajar sus blásters, pero recularon en busca de posiciones defensivas para cuando empezase el inevitable tiroteo. Pero aquella distracción e instantes de duda fue todo lo que necesitó Eida para llevar a cabo su plan. Desenfundó rápidamente su bláster y atrajo a Mal hacia sí mientras le hundía el cañón del bláster en el pecho.

–¡Un movimiento en falso, Chidha y te quedarás sin tu mayor proveedor! –gritó Eida

Uno de los humanos apuntó a Eida con su bláster, pero un grito del rodiano le hizo detenerse antes de disparar. Chidha Chattza lanzó un grito enfurecido ante el giro que habían dado los acontecimientos. Quería a Eida Mereel y cobrar la suculenta recompensa por su cabeza que ofrecía Bruggosh el Hutt, pero no tenía intención de sacrificar a uno de sus mejores clientes. Eida observó el odio que irradiaban los ojos del rodiano, pero supo que su estrategia había dado resultado.

–Y ahora, vamos a salir por esa puerta y a marcharnos de aquí –dijo Eida en voz alta para que le escuchasen en toda la cantina.

Fibar le hizo un gesto a Schalla y ambos se dirigieron hacia la puerta de la cantina sin bajar sus armas, con CU-TR a un par de metros, tras ellos, protegiendo la retaguardia con su rifle. Eida se acercó también a la puerta, sujetando aún el cuerpo de Mal.

–Con esta ya te debo dos –le susurró al oído a su amigo, y después lo alejó de un empujón algo más brusco de lo que ella hubiese deseado.

Fibar abrió la puerta de la cantina y un torbellino de arena entró en el interior. Schalla se cubrió su rostro con un paño y se situó tras el barabel, que con su enorme cuerpo podía protegerla parcialmente de la ventisca. La visibilidad era escasa cuando Eida y su droide pisaron la calle y tuvieron que apresurarse para no perder de vista a sus compañeros, quienes seguían corriendo mientras la arena azotaba sus cuerpos. Zigzaguearon entre varias calles mientras Eida trataba de discernir si alguien les perseguía, y miró en repetidas ocasiones a CU-TR para que éste le confirmase que sus fotorreceptores no captaban señal alguna. Eida sintió cómo su rostro empezaba a arder como consecuencia de la fricción de la arena y supo que sus compañeros no estarían en mejores condiciones. Las juntas del droide se verían afectada por los efectos de la arena y algunos de sus sistemas correrían el riesgo de desactivarse. El único que permanecía impasible ante los efectos de la tormenta era Fibar Sebatyne, cuyas robustas escamas de reptil protegían todo su cuerpo. Doblaron a la izquierda y se internaron en la calle que les llevaría a la puerta trasera del hangar en donde estaba atracada la Valkyria errante. La visibilidad seguía siendo escasa pero Eida se percató de que algo estaba fuera de lugar. Un aerodeslizador permanecía estacionado en medio de la calle, encajado entre los edificios. Eida no recordaba haberlo visto con anterioridad y le pareció extraño que alguien lo hubiese dejado allí en plena ventisca.

–Esto me da mala espina –dijo Eida, pero a causa del ruido de la tormenta solo CU-TR fue capaz de escucharla.

Y entonces, los temores de la contrabandista se hicieron realidad. Se encontraban a escasos metros del aerodeslizador cuando éste estalló e iluminó la calle con una enorme bola de fuego que ascendió hacia el cielo. Los cuatro se detuvieron en seco y empezaron a recular hacia la otra salida de la calle, aquella por la que acababan de entrar.

–¡Tenemos que salir de aquí! –gritó Eida mientras trataba de discernir algo entre la tormenta. –¿CUTTER, ves algo?

El droide se situó en el centro de la calle y realizó un giro de 360 grados mientras posaba sus fotorreceptores en todos los ángulos posibles. Capto un destello, que duró poco más de un segundo, y supo de qué se trataba. Avisó a sus compañeros, pero sus palabras quedaron silenciadas por la enorme explosión que se produjo a sus espaldas, cuando el misil impactó contra la fachada de un edificio y fuego y rocas llovieron sobre ellos. Eida rodo por el suelo y vio cómo una densa nube de polvo barría el lugar en donde se encontraba CU-TR y se lo llevaba. Trató de ponerse de rodillas, desorientada por los efectos de la explosión, y se apoyó en algo que se movía. Era Fibar, que acababa de posar sus garras sobre sus hombros y le decía algo que era incapaz de oír. Se volvió en la dirección que le indicaba el barabel y miró hacia los tejados, a tiempo de ver algo luminoso que se movía de un tejado a otro. Un jet–pack. Es ese maldito mandaloriano, pensó Eida, y desenfundó su bláster.


Senado Galáctico (Coruscant)

La enésima reunión extraordinaria que se celebraba durante las últimas semanas en la cámara del Senado transcurrió de la misma manera que sus predecesoras. El nerviosismo y la insensatez se estaban apoderando del corazón de la República y la sesión de aquel día fue la primera de la historia a la que no acudió ningún representante del Borde Exterior. Las votaciones de las distintas cuestiones que se planearon en aquella sesión estuvieron, una vez más, condicionadas por los designios de los senadores de los sistemas del Núcleo, que aprobaron tan sólo aquellas propuestas que les satisfacían, rechazando cualquier tipo de ayuda solicitada por los sistemas del Borde Medio. La mayor discusión se inició cuando el representante del planeta Duro afirmó que sus sistemas de inteligencia habían detectado la presencia de naves espías mandalorianas en el sector Tapani, hecho que fue corroborado por el senador de Fondor, que con el apoyo del planeta Belgaroth consiguieron que se sometiese a votación una medida de excepción para dotar al sistema de una flota militar. La propuesta fue aprobada a pesar de que todos los sistemas del Borde Medio votaron en contra, y la Sexta Flota de la República, estacionada en Taris, partiría al día siguiente rumbo al Núcleo. Varios senadores abandonaron la cámara durante el transcurso de la votación, propinando fuertes insultos hacia los sectores del Núcleo y una vez más, el senado se convirtió en un recinto más propio de los bajos fondos que de una cámara electa en donde se discutía el destino de la República. El canciller supremo tuvo que intervenir de nuevo para tratar de apaciguar unos ánimos cada vez más exaltados, que se calmaron parcialmente cuando su escaño, situado sobre una torre en el mismísimo centro de la cámara se iluminó.

–Senadores, mantengan la calma –dijo el canciller supremo extendiendo sus brazos hacia el resto de la cámara. –Será sólo una medida cautelar.

–¡Su política está condenando al Borde Medio! –gritó Rathries Grure, senador de Taris, que vestía con un caro traje de terciopelo púrpura.

–Es importante que reforcemos la seguridad en el sector Tapani –continuó explicando el canciller supremo. –Y la Sexta Flota está situada de manera idónea para realizar una maniobra disuasoria en la mayor brevedad de tiempo.

–¡A costa de dejar desprotegido Taris! –contraatacó Rathries Grure.

–Senador Grure, Taris cuenta con dos flotas y varios centenares de fragatas de refuerzo –dijo el canciller supremo. –Y déjeme que le recuerde quién le dio permiso para distribuir a su antojo las fuerzas destinadas para la defensa del Borde Medio.

El senador de Taris se calló en el acto y no añadió ninguna réplica más. Por orden del senado y con el beneplácito del canciller supremo, Rathries Grure había sido designado para dirigir un comité especial de logística que tenía como misión distribuir las fuerzas de la República por el Borde Medio y se había asegurado que la mayor parte de los efectivos fuesen destinados a la defensa de Taris.

–Ahora, senador Grure, si me lo permite, presentaré ante esta cámara el sistema de cuotas asignado para sufragar los gastos de esta guerra –continuó diciendo el canciller supremo. –Dejemos a un lado las críticas infundadas y luchemos todos juntos por la libertad y la democracia de esta nuestra República.

Libertad, democracia y República son tres términos de difícil coexistencia.

El canciller supremo se detuvo tras oír aquellas palabras que no supo muy bien de donde habían salido pero que había escuchado con total claridad. Volvió la vista hacia sus ayudantes, cuyos rostros estaban sembrados de dudas. En la cámara del senado se había hecho el silencio y tan solo fue roto por el ruido que hicieron las gigantescas puertas de la cámara cuando comenzaron a abrirse, dejando entrar un haz de luz proveniente del exterior y que iluminó intensamente el suelo de la cámara. Todos los senadores desviaron la vista en aquella dirección, extrañados porque jamás se interrumpía de aquella manera una reunión del Senado. ¿Tal vez se había producido una situación de emergencia? La ausencia de sirenas o alboroto en el exterior no hizo más que aumentar su preocupación, la cual se tornó en curiosidad cuando una figura entró caminando con decisión en la cámara, seguida de otras dos figuras más corpulentas. La cámara del Senado era enorme y desde las alturas no se podía distinguir con claridad quienes eran aquellos tres intrusos hasta que uno de ellos habló.

–Senadores, lamento haber irrumpido sin avisar, pero he de tomar la palabra –dijo una voz de mujer.

La figura, envuelta en una túnica negra, iba flanqueada por dos corpulentos guerreros massassi, armados con lanzas y vestidos con sendas corazas doradas. Se acercó a una plataforma metálica que comenzó a ascender cuando sus tres invitados estuvieron a bordo. Ningún guardia fue capaz de salir a su encuentro y ni siquiera eran visibles en el interior de la cámara. Cuando la plataforma se detuvo, permaneció suspendida en el aire, en el extremo opuesto al que se encontraba el canciller supremo, y cuando todas las miradas de la sala estaban sobre ella, la mujer se quitó su capucha y dejó al descubierto su rostro verdoso y sus dos lekkus que cayeron sobre sus hombros.

–Soy la emperatriz Darth Asha, del sistema Horuset.

Un murmullo de preocupación se extendió por la cámara del Senado, pues todos habían escuchado la historia del renacimiento del Imperio Sith, y a pesar de que pocos creían aquella historia, la twi´lek que se erguía ante ellos envuelta en un aura de terror que había embargado a todos los senadores estaba poniendo a prueba la verdadera fe de aquella cámara. Muchos intentaron huir, pero pronto descubrieron que se encontraban paralizados y eran incapaces de moverse. ¿Y dónde estaban las fuerzas de seguridad de Coruscant?

–Usted es sólo una terrorista –dijo el canciller supremo, aunque sus palabras sonaron con menos seguridad de la que le gustaría.

–No me haga reír, canciller –respondió Darth Asha. –Usted preside un sistema político fundamentado en el amparo de una ley que se utiliza para someter a los pueblos a los designios de una República forjada en beneficio de sus creadores.

–¡La República mantiene la democracia en la galaxia! –contraatacó el canciller. –Somos conocedores de sus actos, señorita, y de sus alianzas con Mandalore. Por todo ello, responderá ante la justicia. ¡Guardias!

Las palabras del canciller supremo reverberaron a lo largo y ancho del Senado, pero nadie acudió a la llamada. Las fuerzas de seguridad de Coruscant habían desaparecido del edificio gracias a una simple intervención mental de Darth Asha, que se había asegurado de que nadie les molestase. Mantener la ilusión en todas aquellas mentes era una tarea costosa, que requería una gran concentración solo alcanzable gracias al poder y conocimientos que le había otorgado la esfera de meditación sith.

–¿Ha escuchado alguna vez el llanto de un niño, canciller? –preguntó Darth Asha. –No me refiero a un niño que llora porque su madre no le compró aquel dulce caramelo, sino aquel que llora porque no tiene hogar, que ha visto morir a sus padres y que será vendido como esclavo. Un niño que pasa hambre y que por cada dos créditos que gana le tiene que entregar uno y medio a un señor del crimen bajo la protección de su República gracias a una pequeña tasa. Una tasa que sirve para financiar sus campañas políticas, sus gobiernos y sus democráticos sistemas. Dinero manchado de sangre y gracias al cual todos ustedes están sentados en esta cámara hoy en día.

Darth Asha guardó silencio y esperó a que el canciller supremo o alguno de los senadores allí presentes hiciesen alguna crítica a sus palabras. Ni una sola palabra salió de sus rostros marcados por el terror. El Senado de Coruscant, el organismo con mayor poder en la galaxia conocida estaba ahora a merced de la joven twi´lek. Sintió cómo el legado del Imperio Sith que corría por sus venas se agitaba y milenios de historia la empujaban a que subiese a aquel nuevo trono, se hiciese con el poder y moldease aquella República a imagen y semejanza de su Imperio. Los senadores de aquella cámara tenían miedo, mucho miedo y además estaban lo suficientemente corrompidos como para tener algún principio moral. Si ella se alzara como líder del Senado, ellos la seguirían. Sonrió. Aquello era tan divertido, y a la vez tan triste. Hacerse con el poder, proclamar el Imperio Sith con el apoyo del Senado y declarar a la Orden Jedi enemigos del nuevo sistema establecido. Demasiado fácil y demasiado sencillo. Darth Asha quería que sufrieran más, que contemplasen cómo la República se desintegraba. Ya no estaban a salvo. Que sintiesen el sufrimiento de verdad.

Darth Asha cerró los ojos e invocó al lado oscuro. El edificio empezó a vibrar cuando el duracero de la estructura comenzó a contraerse. Abrió sus ojos y miro hacia el techo de la cámara, donde le aguardaba, desafiante, el emblema de la República, grabado en el centro de la cúpula y que empezó a desgarrarse por su contorno como si unas enormes garras invisibles estuviesen cortando un trozo de carne hasta que finalmente se desprendió de la estructura, dejando a la vista el cielo de Coruscant.

–He ahí vuestra frágil República, arrancada de vuestros corazones –dijo Darth Asha, mientras hacía que su plataforma descendiese hasta el suelo. –¿Podréis vivir con ello?

Darth Asha se cubrió de nuevo con su capucha y caminó hacia la salida de la cámara junto a sus dos guerreros massassi, mientras el escudo de la República flotaba sobre el Senado ante las atónitas miradas de los allí presentes. Cuando Darth Asha abandonó el Senado, el pesado emblema de miles de toneladas cayó sobre la plataforma central en la que estaba el canciller supremo. El canciller y sus ayudantes apenas tuvieron tiempo de gritar ante lo que estaba sucediendo cuando el emblema se abalanzó sobre ellos, destrozando tanto la plataforma como la torre que la sustentaba y aplastando contra el suelo a todos sus integrantes, que murieron en el acto ante la mirada atónita del resto de senadores de la cámara.


Cathar

En las montañas Kuayac la fauna y la vegetación escaseaban. Los bruscos cambios en su climatología hacían casi imposible que lo que llegase a crecer en aquella región viviese el tiempo suficiente. Su piel de roca, desnuda, azotada por las terribles tormentas que podían generarse en cualquier instante mostraba surcos y dibujos imposibles a lo largo de sus laderas y escarpados picos como si fuesen señales dejadas por seres ancestrales para prevenir a todo aquel que osara internarse en aquellas sagradas montañas. Según contaba la leyenda, Ushuk Tha lo había hecho hacía más de mil años, y ahora, el batallón Trueno trataba de emularlo de nuevo.

El paso entre las montañas era angosto, complicado y bastante más difícil de lo que Razor había creído en un principio, a pesar de que no había vegetación que les ralentizase el paso. Sin embargo, pronto descubrieron que los speeders y los dos vehículos andadores de asalto que aún les quedaban tenían cada vez mayores dificultades para atravesar los peligrosos desfiladeros y estrechos túneles que se encontraban en la travesía. Sin un rumbo fijo ni un objetivo en concreto, el batallón Trueno se limitaba a seguir el camino principal que serpenteaba entre las montañas y se internaba cada vez más en ellas, descartando aquellos senderos que parecía que ascendían hacia los altos picos. Razor estaba seguro de que los mandalorianos les estaban recortando terreno y si les alcanzaban en aquel paso de montaña sería una auténtica carnicería. Había mandado exploradores por delante, pero sus informes eran siempre los mismos. No había ningún refugio ni estructura desde donde poder tender una emboscada al enemigo, ni tampoco se vislumbraba el final de aquella cordillera. Por todos esos motivos, Razor y el capitán Vyn Omas tomaron la decisión de sacrificar uno de los vehículos andadores para cerrar la entrada del túnel que acababan de atravesar. A los mandalorianos les llevaría un par de horas despejar el camino de aquel vehículo saboteado que no volvería a funcionar jamás. Ganarían algo de tiempo y tal vez, con un poco de suerte, aquellas montañas sagradas obrasen el milagro que todos estaban esperando.

El día avanzó bajo un sofocante calor, que unido al desánimo que reinaba en el batallón hizo que el viaje se sumiera en un silencio impropio de aquellos soldados curtidos en mil batallas. Razor y Hihdo caminaban en vanguardia, a paso ligero, intercambiando sus temores acerca de lo que se les venía encima cuando vieron cómo uno de los exploradores corría hacia ellos agitando los brazos. El joven humano tropezó varias veces y a punto estuvo de caer al suelo. Finalmente, se detuvo ante Razor, que tuvo que sujetar al muchacho mientras éste trataba de recuperar el aliento.

–...Algo... –logró decir el muchacho entre jadeos.

–¿Qué has visto? –le preguntó Hihdo agarrando con fuerza su rifle.

–A poco más de medio kilómetro –dijo el muchacho y luego se rindió ante un ataque de tos.

Razor le alcanzó una cantimplora con agua y el chico bebió copiosamente hasta que su teniente tuvo que arrebatársela de las manos, derramando el agua sobre su rostro. El muchacho se recompuso y empezó a respirar con más normalidad, a pesar de que era notable su estado de excitación.

–El sendero se bifurca, hacia esa montaña cuyos picos están cubiertos por la niebla –dijo el muchacho señalando al este. –Pero no asciende, sino que la bordea adentrándose en un valle que... tiene que verlo, teniente.

Razor asintió y ordenó a los oficiales que acelerasen la marcha. Por obediencia o por cansancio, nadie alzó una sola voz de desaprobación y todos caminaron en pos del nuevo objetivo que parecía tener ahora el batallón Trueno. Las montañas parecían juntarse por momentos y el camino desaparecía a menudo entre enormes riscos. Sin embargo, tal como había informado el explorador, bordeaba aquella montaña de aspecto tan aterrador y poco a poco, el camino parecía incluso descender, hasta que finalmente llegaron a un estrecho paso entre dos paredes verticales de roca, envuelto entre las sombras pero en cuyo extremo más alejado se podía contemplar una intensa luz. ¿Se encontraba allí aquello que buscaban?. La excitación en Razor aumentó y caminó más aprisa aún, hasta que se encontró corriendo hacia aquella luz llena de esperanza. Cuando llegó al final del paso de montaña, tuvo que apoyarse en la roca para no caer al suelo ante lo que estaba contemplando. Pestañeó varias veces para que sus ojos se acostumbrasen a la radiante luz del día que iluminaba con gran fuerza el valle que se abría ante él. Escuchó pasos a su espalda, pero fue incapaz de volverse, hipnotizado ante lo que estaba contemplando.

–¿Qué demonios...? –Hihdo no terminó de realizar la pregunta y miró a Razor, esperando a que él dijera algo.

Pero Razor fue incapaz de pronunciar una sola palabra y siguió contemplando el escenario que se abría ante él. El valle era una gran explanada de escasa vegetación que estaba incrustada entre las montañas como si un dios hubiese golpeado con su puño aquel territorio. Un valle que se extendía a lo largo de varios kilómetros y cuya única vía de acceso era el paso de montaña por el que habían venido. Camino que ya no podrían desandar. Aquel era el final del viaje, para bien o para mal.

–La jodimos –dijo el rodiano. –Nos cazarán como a ratas womp.

–Hihdo, mira al otro extremo del valle –dijo Razor y esperó a que el rodiano sacase sus macrobinoculares y lanzase un juramento en su idioma natal.

En el extremo opuesto del valle, frente a su única entrada, una estructura excavada en la roca hacía miles de años brillaba dándoles la bienvenida. Enormes pilares de piedra que habían sido tallados sobre la pared de la mismísima montaña, formando una estructura amurallada, una auténtica fortaleza en el interior de la propia montaña. Un lugar en el que defenderse, luchar e incluso tener una mínima oportunidad de sobrevivir. El lugar que Razor buscaba cuando decidió internarse en las montañas Kuayac. El capitán Vyn Omas llegó a su lado, acompañado del Anciano, cuyos pelajes estaban llenos de polvo y suciedad. El cathar comenzó a murmurar palabras ininteligibles y las lágrimas brotaron de sus ojos. Razor se volvió para mirarle. Sabía lo que significaba todo aquello.

–El Aveh sukkar –dijo el Anciano. –La leyenda hecha realidad. Hace dos mil años, en este lugar luchó...

–Lo sé –le interrumpió Razor. –Y aquí lucharemos nosotros también. ¿Capitán?

–Es nuestra mejor baza –admitió Vyn Omas y se internó en el valle, caminando hacia la fortaleza.

Razor siguió a su capitán, pero se detuvo cuando el Anciano le agarró del brazo. Se volvió y vio cómo aquel cathar le miraba con profundo respeto y admiración.

–Gracias por haber traído aquí a mi pueblo –dijo el Anciano.

–Yo no he hecho nada. –contestó Razor. –Tomamos este camino como pudimos haber tomado cualquier otro.

–No, no hubiésemos tomado otro camino, sino éste mismo. –continuó diciendo el anciano. –Si volviésemos al inicio de esta marcha, volverías a tomar las mismas decisiones que nos condujeron aquí.

–¿Cómo puedes estar tan seguro de ello? –preguntó Razor, quien no profesaba la misma fe que el Anciano.

–Lo sé –afirmó el Anciano. –Porque en tus ojos veo a Ushuk Tha reencarnado.


Templo Jedi (Taris)

La biblioteca del Templo Jedi de Taris era un lugar frío y tenuemente iluminado, de altos techos. Transmitía una agradable sensación de calma y sosiego, y era uno de los lugares predilectos de los caballeros jedi para el retiro y el estudio. La sala era rectangular y sus paredes estaban cubiertas por numerosas estanterías que contenían holoarchivos que abarcaban una infinidad de campos de estudio de toda la galaxia conocida. A lo largo de la parte central de la sala, varias hileras de mesas dispuestas de manera ordenada servían a modo de habitáculos para la revisión de los holoarchivos y normalmente solían estar bastante concurridas. Debido a la guerra, y con la mayoría de los caballeros jedi dispersos por la galaxia, la biblioteca del Templo Jedi de Taris estaba completamente vacía aquel día, a excepción de su sala anexa, una estancia en cuyo interior había una mesa circular con retroiluminación y en donde cinco jedis llevaban horas revisando libros antiguos y holoarchivos que aportasen algo de luz al trascendental asunto que tenían entre manos.

–Aquí viene una vaga referencia –dijo la maestra Atris mientras deslizaba hábilmente sus dedos sobre un monitor. –Poco antes del Segundo Gran Cisma volvió a surgir la creencia de un ser que trajese el equilibrio a la Fuerza.

–Casi 3000 años después de la anterior –añadió pensativamente Lucien Draay.

–Una relación cíclica establecer podríamos –dijo Vandar Tokare. –Pues otros 3000 años pasado han.

–Pero tan sólo son vagas referencias, maestros –explicó Alhana, la mujer miraluka. –Se habla de la profecía pero no de la existencia de aquel que traerá el equilibrio a la Fuerza.

Celeste Morne se llevó una mano a la boca para ocultar un bostezo y volvió a mirar disimuladamente la hora. Aquella sesión se había iniciado antes del amanecer y su estómago rugía impacientemente a medida que pasaban las horas. Ella no era una erudita ni sentía la pasión jedi por los estudios. Su habilidad estaba en el manejo del sable de luz y no en la investigación, por lo que se sentía completamente fuera de lugar en aquella sala. Permaneció en silencio, tratando de evitar que los demás se percatasen de su aburrimiento.

–¿Sería posible que el elegido existiera sin tener plena conciencia de lo que es? –preguntó Mot Kinto.

–Interesante teoría –dijo Lucien Draay –Y también peligrosa.

–Un jedi desconocedor del poder que posee impredecible ser puede. –añadió Vandar Tokare. – El lado oscuro en él intenso hacerse podría.

–Seela. –dijo Mot Kinto en voz baja, pero que todos escucharon con claridad.

–Tonterias –replicó Lucien Draay.

–Esa padawan se pasó al lado oscuro y se ha autoproclamado emperatriz del Imperio Sith –dijo la maestra Atris. –Todos pudimos sentir su poder hace varios días. Resonó por toda la galaxia.

–El miedo la ha despertado –dijo Mot Kinto. –Esa muchacha ha sufrido muchísimo. El maestro Rhysode consiguió encerrar dentro de ella recuerdos que si despertasen acabarían con ella... como así ha sucedido.

–Esa padawan tan sólo ha sido seducida por el lado oscuro –dijo enfadado Lucien Draay. –No saquemos conclusiones precipitadas.

Todos los presentes guardaron silencio durante unos instantes, mientras las palabras pronunciadas por Lucien Draay resonaban en la sala y el maestro Vandar Tokare hacía un gesto de negación con su pequeña cabeza. La profecía de aquel que estaba destinado a traer el equilibrio a la Fuerza era una leyenda conocida desde los orígenes de la Orden Jedi y que apenas había sido investigada ya que se creía que era una mera historia acerca del misticismo que envolvía a la Fuerza. ¿Un cuento o una realidad?

–Alhana, tú llevas años estudiando esa profecía –dijo la maestra Atris. –¿Podemos relacionarla de algún modo con lo que está ocurriendo ahora en la galaxia?

La miraluka hizo un gesto de asentimiento con su cabeza y abrió con delicadeza el antiguo libro que tenía entre sus manos. Pasó las hojas con cuidado, sin apenas tocarlas y se detuvo cuando encontró lo que buscaba.

–La profecía no está redactada de una manera clara. Habla de la naturaleza del ser y de la Fuerza como sentimiento –explicó Alhana. –La Fuerza engloba una miríada de sensaciones. Es un texto muy confuso. No hace distinción entre el Lado Oscuro y el Lado Luminoso.

–¿Cómo es eso posible? –preguntó sorprendido Lucien Draay. –El equilibrio en la Fuerza sólo se alcanzará cuando el lado oscuro sea erradicado.

–La profecía es anterior a todo eso –continuó diciendo la mujer miraluka. –Habla de una Fuerza unificada.

–Esa teoría por nuestra Orden difícil de aceptar será –dijo Vandar Tokare. –Demasiado arraigados en nuestras creencias estamos.

Ninguno de los presentes se atrevió a rebatir aquellas palabras, y aunque a todos se les pasó la misma idea por la mente, tan sólo Mot Kinto se atrevió a exponerla ante sus compañeros.

–¿Y si estábamos equivocados? –aventuró el nautolano. –¿Y si al no aceptar la Fuerza unificada produjimos la escisión del lado oscuro y la aparición de un Imperio Sith?

–¡Ya basta de tonterías! –gritó Lucien Draay. – Los caballeros jedi hemos combatido a los siths durante milenios. Su ambición corrompió La Fuerza, no nos engañemos. Esa teoría de la Fuerza unificada es completamente absurda y como líder en funciones de la Orden Jedi prohíbo tajantemente cualquier tipo de insinuación al respecto. ¿Acaso no sois conscientes del cisma que podría producirse en la Orden si esa teoría saliese de esta sala?

–Seguramente tendría tantos partidarios como detractores –intervino Celeste Morne, a quien el tema parecía interesarle. –Podría destruirnos desde dentro. Incluso podría desembocar en una guerra civil jedi. La creencia en un dogma tiene mayor poder destructivo que diez flotas estelares.

–Estoy de acuerdo –dijo Atris y después hizo un gesto a la miraluka para que continuara.

–Se habla de llamas que consumen al mundo –dijo Alhana. –Un mundo, una galaxia...

–Una guerra –interrumpió Mot Kinto. –La guerra en la que ya estamos inmersos.

–Sí –contestó Alhana. –Y aunque el texto es confuso, todo parece indicar que esas llamas nacen del Elegido... o Elegida.

Mot Kinto dio un respingo en su asiento y tuvo que controlarse para evitar que sus tentáculos faciales sufriesen espasmos. Todos habían sentido el enorme poder oscuro de la padawan Seela Tarn, que ahora se hacía llamar Darth Asha, emperatriz del Imperio Sith. ¿Acaso era ella la destinada a traer el equilibrio a la Fuerza? ¿Un equilibrio a costa de la destrucción de la Orden Jedi y de la República? Su amigo Garik Rhysode le había hablado en ocasiones del inmenso poder en la Fuerza que albergaba su padawan en su interior, pero nunca le había oído decir nada acerca de la profecía.

–Creo que necesitamos tomarnos un descanso –dijo Lucien Draay. –Todo este asunto se nos está yendo de las manos. Continuaremos nuestra reunión esta tarde.


La esfera dio un giro sobre sí misma y la posición del visor se alteró 180 grados en busca de su enemigo. Descendió poco más de un metro y disparó dos rápidas descargas que fueron interceptadas por la hoja del sable de luz. Ramza pivotó y se escabulló por debajo de la esfera de entrenamiento, mientras ésta trataba de volver a fijar el objetivo. Sin embargo, el muchacho era muchísimo más rápido y lograba interceptar cada disparo con gran habilidad. A pesar de que hacía más de un año que no había entrenado en el templo con aquel tipo de dispositivo, parecía que hubiese sido ayer su última sesión. Alzó su mano derecha e invocó a la Fuerza para aumentar el nivel de dificultad del entrenamiento, y al instante la esfera comenzó a girar a gran velocidad y a disparar en infinidad de ángulos. Ramza conseguía esquivar unos disparos y reflectar otros, mientras sus músculos se tensaban y sentía cómo todo su cuerpo estaba bañado en sudor. Tras varios minutos de saltos y volteretas, desconectó su sable de luz y dio por finalizado el ejercicio. Se sentó en el suelo, jadeando y se puso a meditar, para sentir su comunión con la Fuerza como hacía tiempo que no la sentía.

–Me alegra ver que sigues en forma –dijo Mot Kinto, que acababa de entrar en la sala de entrenamiento del templo jedi.

–Maestro Kinto –saludó Ramza poniéndose en pie. –¿Cómo fue la reunión?

–Complicada –contestó el nautolano.

Ramza aguardó unos instantes a que su nuevo maestro continuara con la explicación de lo sucedido en la biblioteca, pero el rostro del nautolano denotaba una gran preocupación y no aparentaba tener el ánimo para dar explicaciones en aquel momento, por lo que Ramza no insistió más sobre el tema.

–Nos marcharemos mañana –dijo de repente Mot Kinto.

–¿Mañana? –preguntó Ramza, perplejo.

–Tenemos que encontrar a Nomi Sunrider. Ahora más que nunca necesitamos su sabiduría para afrontar la delicada situación que tenemos entre manos.

–Sí, maestro, pero... –Ramza se calló al instante y sus pupilas se dilataron mientras fijaba su vista sobre su maestro.

–¡¿Lo sientes?! –preguntó alarmado Mot Kinto

–¿Es... es ella? –preguntó Ramza con dificultad.

El nautolano agitó sus tentáculos faciales con nerviosismo y agarró instintivamente su sable de luz.

–¡Tenemos que avisar a todo el mundo!


Centax-3 (Coruscant)

Centax-3 era una de las lunas que orbitaba Coruscant, con poco valor estratégico y aún menos formas de vida o recursos valiosos. Sin embargo, desde hacía casi 200 años, la República había estado construyendo sobre su superficie uno de los principales puntos de seguimiento del Núcleo. Sus múltiples sensores y sistemas de detección habían convertido a Centax-3 en un enorme satélite que era capaz de recoger información de casi cualquier punto de la galaxia. En tiempos de guerra, Centax-3 se convertía en la principal fuente de inteligencia para detectar movimientos de flotas y durante las últimas horas se habían venido registrando una serie de anomalías a las cuales los técnicos de Coruscant aún trataban de encontrarle un patrón. Los sensores, que solían ser bastante fiables, habían detectado numerosos fallos de masas al unísono en distintos puntos de la galaxia. Anomalías que solían ser habituales, pero cuyas coordenadas indicaban que algo estaba fuera de lo normal. Las anomalías se tradujeron en masas que muy posiblemente fuesen flotas de combate desplazándose a través del hiperespacio. Flotas enemigas que podrían asaltar cualquier mundo y que cuando todas al unísono desaparecieron de los sensores, hizo que las alarmas del Centro de Control de Coruscant resonasen por toda la sala.

–¡Las hemos perdido, señor! –gritó un técnico bothan.

–¡Reposicionen los sensores! –ordenó el comandante humano Thresir Arasi. –¡Me da igual si hay que barrer toda la galaxia!

–¡Señal negativa, señor! –exclamó un joven duro mientras tecleaba rápidamente varios códigos sobre una pantalla.

–¡No pueden haber desaparecido 6 flotas mandalorianas al unísono! –gritó el comandante. –¡Quiero que...!

–¡Señor! –interrumpió una hembra bothan en cuyo monitor se desplegaba un mapa estelar. –¡Contacto positivo! Tres, cuatro... oh dios mío. ¡Todas las flotas mandalorianas han emergido del hiperespacio en el mismo sector!

–¿Qué... sector? –logró preguntar el comandante con la voz quebrada.

–Sector Ojoster, señor. –respondió la hembra bothan. –Están atacando Taris.