Al fin he podido subir este capítulo. No ha sido nada fácil y he tenido un gran dilema estos últimos meses. La historia estaba planificada para que terminase en el capítulo 10, pero me di cuenta de que el final quedaba demasiado compactado y los acontecimientos muy precipitados. En el boceto inicial tuve que quitar varias cosas que realmente me gustarían que ocurriesen, por lo que decidí cambiar la estructura y añadirle a la historia un par de capítulos más. Creo que el resultado va a ser mucho más satisfactorio ya que no quiero dejar tramas inconclusas o resueltas con un wtf (que a fin de cuentas es lo que yo más suelo criticar de las historias xD). Si no surge ningún imprevisto, espero subir en breve el siguiente capítulo.


CAPITULO 9

EPIFANÍAS (2 DE 3)


Taris

A lo largo de la historia acontecen hechos de tal trascendencia que son recordados durante milenios, grabados en infinidad de láminas de plastifino y holoarchivos. Lo que aquel día aconteció en el Sector Ojoster iba a suponer uno de los golpes más duros que había recibido la República en toda su historia. Hasta aquel preciso instante, a pesar de que técnicamente la República llevaba cerca de un año estándar en guerra contra Mandalore, la guerra tan sólo había golpeado al Borde Exterior, planetas considerados como bárbaros para la mayoría de los habitantes del Núcleo a quienes poco les importaba lo que sucediera en aquellos mundos tan alejados de la ley, que acogían a piratas y contrabandistas. Sin embargo, Taris lo cambió todo. La única ecumenópolis capaz de rivalizar con la mismísima Coruscant iba a sumergirse de lleno en la guerra.

Las naves mandalorianas que emergieron del hiperespacio rodeando por completo al planeta podían contarse por cientos de miles. Naves capitales fuertemente armadas, acorazados, cargueros pesados y una infinidad de cargueros ligeros y cazas de combate que casi lograban eclipsar la luz solar en el lado iluminado del planeta acababan de materializarse bloqueando cualquier tipo de escapatoria del Sistema. Las dos flotas que la República había destinado al sistema Ojoster y que se habían desplegado formando un anillo alrededor de Taris incluían a naves tan ilustres como el Auge del Ocaso, que había participado en el asalto a Yavin IV para derrotar a Exar Kun años atrás. Existencia, Emperadora de Sueños y la Vengativa, que había sobrevivido a varias batallas estelares durante la Gran Guerra Sith. Oscuridad de Ébano, una antigua nave de guerra mandaloriana que había sido capturada y remodelada hacía más de 50 años. La Danzarina, conocida por ser una de las fragatas HT-5000 más veloces jamás construidas, pero dotada de una potencia de fuego que no tenía nada que envidiar a la de una nave capital. El Manifiesto de Justicia, Nube de la ilusión y Llama de cristal, cruceros clase cabeza de martillo que duplicaban en tamaño a los de su clase y que eran las tres primeras naves construidas de su generación. Muchas otras naves, cuyas historias eran menos conocidas conformaban también la flota de la República. Naves cuyos nombres no significaban mucho en aquel momento pero a buen seguro estaban a punto de hacerse un hueco en los archivos históricos de la galaxia tan solo por haber estado en aquellas coordenadas aquel fatídico día. Así, miles de años más tarde, serían bien conocidos nombres como Redención, Claridad de Bespin, Anillo estelar, Azote del crepúsculo, Sombra de Taris, Áureo, Aguas estancadas, Desgarradora, Crisol de esperanza, Hacedora de mentiras, Sendero de plenitud, Salvadora, Lucero del alba, Vórtice de nebulosa, Dolor de hielo, Ruina de los cielos, Destello de ilusión, Juiciosa, Lluvia de arena, Verdad de lapislázuli, Amanecer de la tormenta, Pensadora, Encadenado, Favor de valkyria, Grandeza de Ruusan, Heraldo de Yavin, Resplandor ignoto, Icarus, Promesa infinita...

Tres minutos y cincuenta y siete segundos fue el tiempo que permaneció en la batalla de Taris el Promesa infinita, nave de guerra de clase valeroso perteneciente a la Segunda Flota del ejército de la República. Su amplia superficie en forma de disco, reluciente gracias a la luz reflejada de las estrellas más próximas hizo que las naves mandalorianas pudiesen fijar el blanco con relativa facilidad. Dos torpedos de protones dirigidos a los hangares ventrales hicieron que los tres escuadrones de cazas que albergaba el Promesa Infinita se volatilizaran antes de poder abandonar su nave comandante. Las fragatas republicanas que formaban a su alrededor no sufrieron mejor suerte. Para cuando el Promesa Infinita empezaba a agonizar, casi un centenar de naves habían estallado por completo, convirtiendo aquel sector en un mar de fuego y escombros metálicos. El sector 17-J había caído y tras siete minutos de combate, los sectores 34A al 76-Z estaban copados por un enjambre de naves mandalorianas que avanzaban entre los restos de las defensas de la República.

Los sectores 145A y 67-H abarcaban una gran parte del que en aquellos momentos era el lado nocturno de Taris. Doscientos setenta y seis cruceros clase cabeza de martillo trataron de replegarse en formación defensiva ante dos oleadas de cazas mandalorianos que precedían a sus naves capitales con una potencia de fuego tal que un mero impacto era capaz de arrancar casi la mitad de la superficie del casco de los cruceros republicanos. Los cazas de la república zigzaguearon entre sus naves comandante, pero los cazas enemigos les superaban en un número de diez a uno, por lo que uno tras otro fueron abatidos sin poder oponer excesiva resistencia. Y el ejército mandaloriano siguió avanzando hacia Taris.


La estación espacial Discordia era la encargada de la coordinación de las defensas planetarias de Taris y de la totalidad del sector Ojoster. Situada en la órbita más próxima al planeta, fue testigo de cómo en apenas unos minutos, las flotas mandalorianas que habían salido del hiperespacio rodeándoles por completo habían aniquilado la primera línea defensiva que el ejército de la República había orquestado alrededor de Taris. El almirante Saul Karath nunca había visto caer una primera línea de defensa en tan poco tiempo y tuvo que hacer grandes esfuerzos para mantener la calma ante el espectáculo que se desplegaba en las pantallas del puente de mando de la estación espacial Discordia.

-Informes de sector –ordenó Saul karath

-¡Sectore prácticamente aniquilados, señor! –contestó un duro que manejaba una pantalla con sensores.

-¡El sector Z acaba de caer, almirante! –gritó una mujer humana desde otra consola.

-¡Maldición! –exclamó Saul Karath mientras golpeaba con sus puños la mesa sobre la que se desplegaba un holograma del sector Ojoster.

-Su potencia de fuego es abrumadora –dijo Ghenko Adhar, el comandante mon calamari que gobernaba Discordia en ausencia del almirante.

Saul Karath no dijo nada. Su rostro se volvió más taciturno de lo habitual y volvió a pasarse su mano derecha por su cabello rubio, como solía hacer cuando trataba de pensar la solución a un problema, y en aquellos momentos, tenían uno realmente gordo. El almirante Karath fijó su mirada sobre el holograma que inundaba el centro de la sala de control de la estación espacial, donde cada punto rojo representaba una nave enemiga y en azul, las naves de la República. Lo que Saul Karath estaba contemplando en aquel instante, lo recordaría durante el resto de su vida. En el centro del holomapa, una esfera de color verdoso representaba al planeta Taris, al que se acercaba desde todos los vectores posibles una nebulosa rojiza, como si se acabase de generar una supernova en el sistema solar. Un fuego rojizo que abrasaba todo a su paso y avanzaba inexorablemente hacia el centro, el planeta Taris, que estaba a punto de ser engullido. Por cada minuto que pasaba, se estaban perdiendo miles de vidas. había que tomar decisiones y había que tomarlas rápido.

-Jefes de sector, ordene a todas las naves que se replieguen a la órbita interna del planeta.

-¿Almirante? –preguntó extrañado el mon calamari. –Deberíamos reforzar esas líneas y...

-Comandante Adhar –dijo Saul Karath con voz calmada. –¿Tiene miedo?

El mon calamari tembló levemente cuando las palabras del almirante dieron en la diana. Aún así, se mantuvo firme junto al almirante e incluso se permitió el lujo de sacar pecho con orgullo. Estaría muerto de miedo, sí, pero los mon calamari eran una especie honorable a la par que orgullosa, y ese orgullo hizo que apartara su miedo momentáneamente y contestará a su almirante con voz firme y enérgica.

-No, señor. No tengo miedo.

-Pues debería tenerlo, comandante. –dijo el almirante con solemnidad. –Está usted contemplando la mayor ofensiva de la historia..


Los turboláseres abrieron fuego una vez más y aniquilaron por completo el remanente de naves de la República que había sido incapaz de abandonar a tiempo el sector 36-K. La trampa que Cassus Fett había ideado para atraer al grueso de naves capitales de la Segunda Flota del ejército de la República no había dado resultado y contempló con indignación cómo sus enemigos, en vez de ayudar a aquellas naves en apuros, se retiraban hacia la órbita más interna de Taris. Aquella cobardía era precisamente lo que destruiría a la República pues un verdadero guerrero jamás huía de un combate. ¿Acaso había una gloria mayor en la vida que morir en una batalla? Por cada jornada que transcurría de aquella guerra, Cassus Fett odiaba más a sus enemigos, cuyos actos pedían a gritos su aniquilación total. El mariscal abrazó con más fuerza aún los dogmas de Mandalore y se regocijó por aquella purga que se estaba realizando en la galaxia. Sonrió bajo su máscara de beskar y caminó por el puente del Fauces de Mandalore hacia la mesa en dónde un holograma mostraba el devenir de la batalla naval. Contempló en silencio, desde distintos ángulos la destrucción de la flota de la República, mientras a su alrededor los técnicos y analistas procesaban los datos que les proporcionaban los sensores acerca de la contienda. En efecto, las naves de la República se estaban replegando, formando un anillo cerrado en la órbita interna de Taris, dejando la atmósfera a sus espaldas, lo cual dificultaría la maniobrabilidad de sus enemigos. Cassus Fett asintió. Podía despreciar a sus enemigos por su cobardía, pero también admiró la estrategia que adoptaba el almirante Saul Karath, porque aquella maniobra era sin duda idea de alguien como el almirante Karath, quien de momento estaba consiguiendo que la flota de la República no se descompusiera. Era un buen estratega y alguien apto para estar a las órdenes de Cassus Fett si el almirante sobreviviera a aquella batalla.

-Abra un enlace con la flota –ordenó Cassus Fett a su segundo oficial. –Sitúe el Fauces de Mandalore en vanguardia y que la Primera y Segunda flota avancen en formación con nosotros.

El segundo oficial cumplió la orden de su mariscal lleno de orgullo por adentrarse de lleno en batalla. En escasos minutos, centenares de naves capitales mandalorianas empezaron a formar alrededor del Fauces de Mandalore, que había puesto sus motores iónicos a máxima potencia, con su proa orientada hacia Taris y los cientos de naves y plataformas de defensa que se agolpaban en la órbita inferior del planeta, formando una frágil red que no sería rival para la potencia de fuego mandaloriano. En menos de veinte minutos entrarían en batalla.

-Naves saliendo del hiperespacio, señor –interrumpió el oficial de comunicaciones.

Cassus Fett dejó de observar el holomapa y se volvió para encarar al oficial de comunicaciones. El hecho de que una nave llegara tarde al combate se consideraba una deshonra merecedora de una pena capital. Su oficial de mayor rango sería ejecutado en el puente de su nave, ante la presencia del resto de oficiales.

-Indentificación –ordenó Cassus Fett

-Es el Lamento de los inocentes junto con media docena de fragatas –respondió nervioso el oficial.

-La sith –dijo Cassus Fett.

- Recibimos una comunicación entrante, señor

Cassus Fett permaneció en el puente de mando, observando a través del transpariacero la grandeza del destructor estelar que se aproximaba a su posición. Los mandalorianos eran un pueblo que raramente sentían admiración por otras especies, menos aún por los twi´leks, a quienes consideraban una raza menor que sólo servían para procurar esclavos y prostitutas a la galaxia. Pero aquella hembra twi´lek era distinta a todo lo que él había conocido. Era osada y poderosa. Se había autoproclamado Emperatriz del renacido Imperio Sith. Era despiadada, una gran guerrera llena de ira y que ansiaba la destrucción de la República por encima de todo. Y eso era algo que Fett admiraba. Le hizo un gesto a su oficial para que aceptaran la transmisión.

-Mariscal, disculpe mi tardanza. –la voz de Darth Asha se escuchaba a través de la megafonía del puente de mando, pero todos podían sentirla también en su interior. –Tuve que hacer una intervención en el Senado.

-Emperatriz, es un honor que se una a la batalla –dijo Cassus Fett

-El Lamento de los inocentes está a su entera disposición, Mariscal –dijo Darth Asha. –Sin embargo, yo tengo asuntos que atender en la superficie del planeta. Necesitaré que me abra un vector de entrada a través de las defensas de la República.

-Considérelo hecho, emperatriz

Cassus Fett cortó la transmisión y aguardó a que sus analistas le dieran el mejor vector de aproximación posible a Taris. Las coordenadas se recalcularon en las pantallas centrales y al cabo de unos minutos se había fijado ya el nuevo rumbo hacia el sector más débil de las defensas de la República. Volvió a dirigirse a la flota para que adoptasen una formación de cuña que concentrase la mayor potencia de ataque en el sector 39-N. Quince minutos de aproximación en los que la República no tendría tiempo suficiente para reposicionar sus defensas. Atacarían con toda la potencia de fuego disponible y abrirían una brecha para que la sith pudiese entrar en el planeta y hacer lo que quisiera que tuviera que hacer allí abajo. Después, la República conseguiría cerrar la brecha y el combate orbital continuaría. Cassus Fett tuvo que apoyarse sobre una mesa para controlar su excitación. Realmente iba a disfrutar muchísimo en aquella batalla.


Cathar

Un leve temblor de tierra seguido por un sonido monótono hizo que el polvo acumulado durante miles de años volviese al aire cuando los generadores geotérmicos de la fortaleza fueron nuevamente activados por el batallón Trueno. Aquel lugar, el Aveh sukkar, según las palabras del Anciano, era la fortaleza en donde Ushuk Tha había combatido a los invasores hacía dos mil años. Allí había muerto y su leyenda había unificado a todas las tribus de Cathar. Excavada en la roca, se internaba en las profundidades de la montaña. Sin embargo, no tenía ninguna otra salida al exterior, por lo que el batallón Trueno y los cathar no tendrían ninguna otra vía de escapatoria en cuanto el ejército mandaloriano irrumpiese por la única abertura del valle.

Durante la primera hora, tras conseguir que la energía volviese a fluir por el complejo, Razor y Hihdo comprobaron minuciosamente las defensas de las que disponía aquel lugar. Lo que a primera vista parecía ser una mera brecha excavada en una montaña, pronto resultó ser una estructura amurallada provista de torretas con cañones iónicos perfectamente distribuidos a lo largo de todo el perímetro. A pesar del paso de los años, la mayoría de ellos estaban funcionales y Razor ordenó de inmediato a los técnicos ugnaughts que se pusiesen a trabajar en ellos. El capitán Omas instaló el puesto de mando en una sala interior, cuyas paredes estaban recubiertas de duracero y que disponía de varias mesas con monitores que no funcionaban y un holomapa en el centro de la sala que hizo que varios paneles del techo se desprendiesen cuando Vyn Omas intentó activarlo.

Lea, la mujer de Onderon experta en comunicaciones consiguió dotar de energía varias salas destinadas al control de las defensas de la fortaleza y en escasas horas había conseguido que los sistemas funcionasen casi al 80% de su capacidad. Todo aquello contribuyó a elevar el ánimo de soldados y civiles, que empezaban a vislumbrar una leve esperanza de sobrevivir en aquella guerra. Los cathar fueron trasladados hacia el interior de la montaña, hacia cuevas que antaño habían servido para el almacenaje de recursos y que actualmente sólo contenían chatarra inservible. Era lo más parecido a un hogar que habían tenido en los últimos días.

Cuando las últimas luces del atardecer desaparecían y más sistemas funcionaban en el Aveh sukkar, el capitán Omas reunió a sus oficiales en el puesto de control para hacer un primer balance de la situación actual. Al no disponer de sillas, se sentaron sobre los contenedores de suministros que estaban distribuidos de manera desordenada por toda la sala. Vyn Omas carraspeó y encendió el datapad que portaba entre sus manos. Todos guardaron silencio de inmediato, a la espera de las palabras de su capitán y Razor asintió levemente con su cabeza al comprobar cómo finalmente el joven capitán Omas se había ganado el respeto del batallón Trueno.

-Señores, esto es lo que tenemos –dijo Vyn Omas mientras agitaba levemente su datapad. –Los sistemas están funcionales al 80%. El perímetro de defensa ha sido revisado y al menos 7 torretas funcionan correctamente. Reposicionaremos dos de ellas para poder cubrir la mayor superficie posible.

-Tuercas cree que es posible instalar el armamento de uno de nuestros vehículos andadores junto al acceso principal –añadió Hihdo. –Es más, dice que lo instalará igualmente ya que tuvo que cargar con él desde el paso de montaña.

-Ingenieros... –suspiró Razor.

-Respecto al suministro de energía –continuó diciendo Vyn Omas. –Los sistemas deflectores están seriamente dañados por lo que no podremos generar ningún campo de energía.

-Genial –murmuró Hihdo. -¿Qué hacemos si nos disparan torpedos?

-No lo harán –intervino Razor. –Si quisieran bombardearnos ya lo hubiesen hecho.

-Estoy de acuerdo con el teniente –añadió Vyn Omas. –El ataque será terrestre. Avanzarán por el valle y se plantarán ante nuestra puerta. Las defensas aguantarán un tiempo, pero se sobrecargarán ante un ataque continuo.

-Tenemos que pensar cómo vamos a combatirles cuando entren en la fortaleza. –dijo Razor. -Si tenéis alguna idea éste es el momento de exponerla.

Antes de que contestara el capitán Omas, las puertas de la sala se abrieron y entró Lea sujetando un equipo entre sus manos que depositó ruidosamente sobre el suelo en el centro de la sala. Activó un panel de control y tecleó una serie de códigos en él hasta que finalmente el aparato se activó y proyectó un holograma azulado que representaba la fortaleza.

-Desconozco si estos planos están actualizados –dijo Lea con media sonrisa en su rostro. –Pero dudo que se hayan hecho reformas en los últimos...¿dos mil años?

-Tendrán que servir –dijo Razor mientras se ponía en pie y se acercaba al holograma.

Hihdo le imitó y se puso en el otro extremo de la holoproyección, observándola con detenimiento.

-Estos dos pasillos centrales serán difíciles de defender –dijo el rodiano. –Podríamos establecer barricadas... aquí y aquí.

-Ganaríamos algo de tiempo para replegarnos –añadió Razor.

-¿Replegarnos hacia dónde? –preguntó Lea. –Por esas puertas entrarán cientos..., miles, como si fuesen un enjambre geonosiano. Nos van a masacrar

Razor y Hihdo fueron incapaces de hacer ninguna réplica a las palabras que acababa de pronunciar Lea, porque la chica tenía razón. Se mirase como se mirase, lo único que estaban haciendo era alargar lo inevitable. El ejército mandaloriano iba a aniquilarles. Era sólo cuestión de tiempo.

-Supongo que a estas alturas la rendición no es una opción –aventuró Hihdo

Razor sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo su amigo rodiano. Sobrevive hoy para luchar otro día. Sin embargo Mandalore no consideraría a los miembros del batallón Trueno como unos prisioneros cualquiera después de todos los problemas que le habían causado. El ejército mandaloriano que avanzaba hacia ellos tenían órdenes de acabar con ellos completamente, y destruir así el símbolo de esperanza que la resistencia en Cathar había supuesto para la República y la galaxia. Aquello serviría de escarmiento y Mandalore lanzaría su mensaje a la galaxia: Toda resistencia sería inútil. Razor desvió la vista hacia su capitán. Luchar o rendirse muy posiblemente llevasen a un idéntico final, pero sería el capitán Omas quien decidiese lo que iban a hacer.

-Teniente –dijo Vyn Omas dirigiéndose a Razor. –Que sus hombres preparen las defensas. Va a ser una noche muy larga.


Cuando la oscuridad de la noche se cernió sobre la fortaleza y el valle tan solo estaba tenuemente iluminado por el reflejo de las dos lunas de Cathar, la alarma saltó en uno de los puestos de vigilancia. Un joven muchacho llamado Tharas Dremine, cuyas escasas aptitudes para el combate contrastaban con su gran ingenio que le había convertido en uno de los principales proveedores de suministros del batallón, observó con sus macrobinoculares cómo las primeras unidades del ejército mandaloriano hacían su aparición por la abertura del valle. A los pocos minutos, la totalidad del batallón Trueno había acudido a los puestos de combate que se les habían asignado y cuando Razor llegó a la zona de la muralla en donde estaba apostado Tharas Dremine, cientos de mandalorianos inundaban el valle. El muchacho le tendió los macrobinoculares a su teniente, que se apoyó en un saliente para disponer de un mejor ángulo de observación.

-No paran de entrar... –dijo el muchacho con un tono de miedo en su voz.

Razor siguió observando a sus enemigos y calculó que habría ya más de un millar en aquel valle. Y seguían apareciendo por la grieta. A sus espaldas escuchó el ruido de sus hombres cargando las armas y distribuyéndose a lo largo de la muralla, entre los baluartes defensivos que se habían estado construyendo durante las últimas horas.

-Teniente, informe de la situación –ordenó Vyn Omas a través del intercomunicador.

-Veo a miles de ellos, señor –dijo Razor. –Se están distribuyendo por el valle en formación abierta, sin avanzar directamente hacia nosotros.

-Para ellos no es más que un juego –dijo Hihdo desde su posición en el extremo norte de la muralla.

-¿Cuántos.. son? –se escuchó la voz de Lea, quebrada por el intercomunicador.

-Es el fin –dijo alguien tras Razor quien cada vez agarraba con más fuerza sus macrobinoculares.

Razor no supo a ciencia cierta durante cuánto tiempo permaneció observando lo que estaba sucediendo en el valle que se extendía ante ellos. El ejército mandaloriano no disponía de vehículos de asalto, ni de armamento pesado y tampoco se observaba ningún tipo de apoyo aéreo. Solo eran soldados que iban a pie y que de momento no habían hecho ningún ademán de iniciar el ataque contra la fortaleza. Tan sólo avanzaban para permitir que más soldados entrasen en el valle. Razor decidió que ya había visto suficiente y le devolvió los macrobinoculares al muchacho. Después, volvió a activar su intercomunicador.

-Capitán, sugiero que descansemos un poco. No atacarán hasta el amanecer.

-¿Cómo sabe eso, teniente? –preguntó Vyn Omas.

Razor no lo podía asegurar con certeza, pero tenía la corazonada de que los guerreros mandalorianos no atacarían bajo el amparo de la oscuridad, sencillamente porque no lo necesitaban. Disfrutaban con la guerra y alargarían aquella caza el máximo posible. Al batallón Trueno se le iba a conceder una noche más. Razor miró a los soldados que le rodeaban. Muchos de ellos, demasiado jóvenes para estar allí, se habían convertido en adultos durante los últimos meses y habían consumido demasiadas etapas de su vida en tan poco tiempo. ¿Cuál sería su premio ante tal sacrificio? Todo se estaba precipitando hacia su inevitable conclusión.

-Capitán, necesito pedirle algo –dijo Razor

-Le escucho –contestó Vyn Omas tras un fuerte sonido de estática que le indicó a Razor que las baterías de su intercomunicador se estaban agotando.

-Deles la noche libre a los muchachos.

-¡¿Qué?! –exclamó Vyn Omas. –Teniente, ¿se ha vuelto loco? ¡Estamos rodeados por el enemigo!

-Precisamente por eso se lo pido, capitán. –contestó Razor con voz tranquila. –Para muchos va a ser su última noche.

-Teniente... –intentó protestar Vyn Omas, pero entendía perfectamente a lo que se estaba refiriendo Razor. –Está bien. Confío en su criterio. Que cada uno pase la noche como desee, pero quiero a todo el mundo sobrio y en sus puestos antes del alba.

-Gracias, capitán –dijo Razor y a continuación cortó la comunicación.


En algún lugar desconocido

He llegado a entender que las sensaciones describen lo que somos y aquello en lo que estamos destinados a convertirnos. Lo primero que sentí (¿al nacer?) fue dolor y esa sensación ha perdurado en el tiempo. Siempre ha estado aquí, conmigo. El dolor estaba enmascarando el resto de sensaciones, por eso cuando me acostumbré a él, conseguí apartarlo y deshacerme de esa sensación. Un nuevo mundo estaba empezando a abrirse ante mí. Seguía incapaz de ver lo que había a mi alrededor. La hiriente luz cegadora me cubría con un velo que me apartaba de la realidad, de lo que somos. Pero he comenzado a sentir. Tengo una forma física definida y soy capaz de sentir mi cuerpo. Consigo moverme.

Algo me aprisiona y limita mis movimientos. Vuelvo a sentir ese dolor infernal cada vez que trato de moverme. Mi espalda arde y siento que poseo unas piernas que están entumecidas. Intento moverme un poco más, haciendo un esfuerzo terrible, sin importarme el olor que siento, pero el resultado es el mismo de siempre, acompañado de ese sonido metálico de algo que se arrastra por el suelo. ¿Son cadenas? Sí, creo que lo son, porque siento como si mis tobillos estuviesen a punto de desgarrarse. Están apresados por algo frío que me impide separarlos. Trato de escapar de esta prisión, de esta cárcel del destino. ¿Seré capaz de hacerlo yo sola? He intentado varias veces abrir los ojos, pero soy incapaz de ver nada. O más concretamente, podría decir que soy capaz de verlo todo, pero no con la mirada. Es extraño. Veo sin necesidad de usar mis ojos. Me concentraré en eso.

El tiempo sigue pasando. Días, semanas, meses...contribuyendo a aumentar mi locura. Mi mente sufre sus efectos, mi cuerpo también. De mi mente, me encargo yo. Estoy aprendiendo muchísimas cosas, ¿quizás recordando lo que ya sabía? Gracias a eso, a pesar de esta prisión, soy capaz de viajar por la galaxia que hay ahí fuera. Pero me vigilan, sobre todo Ella. Ella tiene mucho poder, un poder maligno, oscuro y frío. Un poder que se está extendiendo por la galaxia. Hay una guerra, una guerra que va a cambiarlo todo. He visto cosas, pero Ella no me deja ver más. Su presencia me aprisiona más que estas cadenas que me impiden moverme. ¿Por qué no acaba conmigo de una vez? Sería tan fácil...

Cuando mi cuerpo está a punto de colapsarse, suele enviar a alguien para que me inyecte más vida. Más tiempo que me permita seguir aquí, en mi cautiverio, sufriendo. Viene, me suministra algún tipo de sustancia que hace que mi cuerpo no se colapse y después se va. Sin decir ni una palabra, pura inercia. En esos momentos, mientras la cura hace efecto, es cuando mi cuerpo físico vuelve a nutrirse de nuevo y recupero parte de mi poder. A pesar de que cada vez duran menos sus efectos, me da esperanza de que tal vez sea capaz de pensar en cómo salir de aquí antes de que todo termine para siempre.

El tiempo sigue pasando y he desistido ya en intentar medirlo. Necesito toda la concentración posible para resolver este problema. Cada vez domino mejor mi poder. Viajo más lejos y mis capacidades para sentir la presencia de Ella están mejorando considerablemente. Hace algún tiempo he aprendido a "esconderme" de ella y he conseguido viajar sin que Ella lo note. Soy más consciente del mundo que me rodea y ahora soy capaz de "tocar" a otros seres. Peligrosos, en su mayoría, controlados por Ella. No me ayudarán y tengo que evitarlos a toda costa. Pero mis habilidades han mejorado mucho y ellos son incapaces de percibir mi presencia. Si me detectasen...se lo dirían a Ella y entonces...¿todo terminaría? Tal vez fuese lo mejor.

Algo ha cambiado. He sentido a seres que no están controlados por Ella. Débiles, incapaces de ayudarme, pero proporcionándome la esperanza y el deseo de que tal vez en la galaxia quede alguien que no esté bajo su yugo. Eso hace que me concentre con más fuerza aún. Tengo que encontrar a alguien, tengo que encontrar a alguien, tengo que encontrar...

Débil, pero lo siento. No sé dónde está, pero también está en problemas, como yo. Ha sufrido tanto... pero es fuerte. Siento su energía, muy debilitada, pero luchando intensamente por mantenerse con vida. Tengo que contactar con él, tengo que ser capaz de hacerlo porque quizás él sea mi única esperanza. Viajo hasta él, lo pierdo durante unos instantes y luego vuelvo a encontrarlo. Él también se encuentra al límite, prisionero de Ella. Necesito su ayuda.

¡Necesito tú ayuda! ¡Ayúdame!


Korriban

Kona Anquard abrió lentamente sus ojos, con la esperanza de que todo hubiese sido un mal sueño, pero inmediatamente reconoció aquel techo y supo que seguía en el laboratorio de Demagol, el científico mandaloriano que había estado experimentando con él durante las últimas semanas, desde que fue capturado por Darth Asha. El mon calamari estaba parcialmente desnudo, tumbado sobre una mesa metálica a la que estaba atado mediante varios grilletes. Intentó forcejear, en vano, pues sus fuerzas estaban seriamente mermadas y volvió a invocar a la Fuerza una vez más. Nada. Se sentía como si alguien le hubiese vaciado por dentro. ¿La Fuerza podía desaparecer de los seres?. Kona Anquard no lo creía posible, ni había ningún indicio de ello a lo largo de la historia. Al menos, en la Orden jedi no existían registros que corroborasen que tal hecho fuese posible. La Fuerza existía en todos los seres de la galaxia y eso era un dogma. Entonces...¿cómo podía explicar lo que le estaba sucediendo? La respuesta parecía estar clara: Demagol

El mandaloriano llevaba tiempo tratando de averiguar los misterios de la Fuerza para usarla en su propio beneficio. No eran pocos los jedis que habían desaparecido en los últimos tiempos para caer en las garras de aquel individuo. Y durante el último año, gracias a la nueva emperatriz, Darth Asha, había podido disfrutar de numerosas muestras para llevar a cabo sus experimentos. Eso era lo que los jedis significaban para Demagol. Una simple muestra de tejido vivo del que obtener datos que le ayudasen a finalizar su estudio.

Aquel pensamiento enfureció al mon calamari al recordar a sus compañeros desaparecidos, que muy posiblemente habrían sido arrastrados hasta aquel lugar, como él. No había visto a nadie más, ni había sentido a ningún otro jedi allí, y a juzgar por el deterioro que había sufrido su cuerpo desde su encarcelamiento, las esperanzas de que en aquellas instalaciones quedase algún otro jedi con vida eran nulas. Estaba solo y si quería sobrevivir tendría que pensar en algo con rapidez. Pero estaba tan débil...

¡Necesito tu ayuda! ¡Ayúdame!

Volvía a oír voces. El principal efecto que producían en su cuerpo las sustancias que le inyectaba Demagol era una alteración casi completa de la percepción de la realidad. Muchas veces no lograba saber si estaba en aquel lugar (donde quisiese que fuese) o vagando perdido a lo largo de la galaxia. Demagol podía fragmentar una mente con relativa facilidad y diseccionarla para extraer todo su contenido.

Eres... ¿un jedi?

-Soy un jedi –respondió instintivamente Kona Anquard, seguido de un gesto de dolor cuando su propia voz desgarró su garganta.

¡Puedes oírme!¡Lo he logrado!

-¿Quien... eres? –logró preguntar el mon calamari, mientras pensaba que había perdido definitivamente la cordura.

Yo también estoy prisionera

-¿Dónde? –preguntó Kona

Aquí. Eres el único que puedes ayudarme

-No creo que esté en condiciones de ayudar a nadie –dijo el mon calamari. Los músculos de su cuerpo protestaban cada vez que intentaba moverse.

Pero eres un jedi...

-Ya ni siquiera sé lo que soy o lo que queda de mí. Demagol me ha...

¡Cuidado! ¡Vienen!

Las puertas del laboratorio se abrieron súbitamente y dos humanos vestidos con trajes aislantes entraron en la sala. Kona Anquard cerró instintivamente sus ojos, se recostó en la camilla y permaneció inmóvil. Los humanos avanzaron hacia él y pasaron de largo.

¡No te muevas!

El mon calamari hizo caso a la advertencia de aquella voz femenina que le hablaba directamente a su mente y escuchó cómo los humanos conversaban tras él. Abrió lentamente uno de sus ojos y con su visión periférica observó a los dos humanos, de espaldas, revisando una serie de datos que mostraba un monitor.

Tienes que deshacerte de ellos. ¡Es tu única posibilidad!

¿Cómo?, pensó el mon calamari, que permanecía atado a la mesa del laboratorio. Miró a su alrededor y vio una vibrodaga sobre una plataforma que contenía distintos recipientes de vidrio. Los grilletes apenas le dejaban estirar los brazos. Inalcanzable.

¡Ahora!

Cuando la voz gritó en su cabeza, los grilletes se soltaron y Kona Anquard quedó libre. No dudó un instante y saltó de la mesa hacia donde estaba la vibrodaga. Hizo ruido y supo que los humanos le habían oído. Alcanzó la vibrodaga y se volvió rápidamente, tratando de dejar a un lado el dolor que sentía por todo su cuerpo y que estaba a punto de hacer que perdiera el conocimiento. Vio los rostros de los dos humanos, perplejos, sin saber muy bien qué hacer. No eran guerreros y eso iba a jugar en favor del jedi. Tal vez tuviese una oportunidad.

¡Usa la mesa!

El mon calamari empujó la mesa metálica contra los humanos, a quienes golpeó y dejó aprisionados contra un mamparo. Unos segundos valiosos que no podía desperdiciar. Uno de ellos tenía un blaster. Kona se abalanzó sobre él y le hundió la vibrodaga en su garganta mientras la mano del humano se agitaba y el blaster se disparaba hacia el techo. Mientras, el otro humano había conseguido zafarse y corría hacia la puerta.

¡No dejes que escape o habrá terminado todo!

El mon calamari trató de correr hacia él, pero sus piernas fallaron y cayó al suelo, golpeándose contra una estantería con diverso instrumental médico que cayó sobre él. Frascos que se rompieron a su alrededor y le salpicaron de fragmentos de vidrio y diversos líquidos. Una bandeja metálica le golpeó en el pecho, pero logró agarrarla con su mano derecha. El humano estaba a punto de insertar el código de apertura de la puerta. Kona Anquard aferró con fuerza la bandeja metálica y la lanzó contra el humano, golpeándole en la nuca. El hombre cayó al suelo, sin sentido o muerto.

El mon calamari trató de recuperar el aliento, sin perder la vista de la puerta, que podría abrirse en cualquier momento tras el jaleo que acababa de organizar. Entonces, todo acabaría. Tuvo que ayudarse del mobiliario cercano para ponerse en pie, ignorando el dolor que sentía.

Nadie te ha oído. ¡Ahora es tu oportunidad!

-De acuerdo –logró articular Kona, que empezaba a ver una diminuta luz de esperanza.

El mon calamari se acercó a una estantería llena de medicamentos y buscó algo que le calmase el dolor y le mantuviese despierto. No tardó mucho en encontrar lo que buscaba y se inyectó una mezcla de analgésicos que en pocos segundos empezaron a hacerle efecto. Al menos podría caminar con ciertas garantías. Buscó a su alrededor y en un ríncón encontró tirada en el suelo su túnica de jedi junto con su sable de luz. Se vistió con rapidez, se acercó a la puerta y descubrió que su huída no iba a ser tan fácil.

-Mierda, tiene un código.

65AZ68

-¿Cómo sabes eso? –preguntó Kona mientras insertaba el código.

No tengo ni idea, pero sé que ese código abre la puerta

La puerta del laboratorio se abrió con un débil siseo y el mon calamari salió a un oscuro corredor que olía a polvo. ¿Dónde estaba aquella instalación? Seguía ciego en la Fuerza y cada vez se daba más cuenta de lo que suponía perder la principal manera que tenían los jedis de ver el mundo. Avanzó por el corredor, en silencio pero con rapidez. Su cuerpo empezaba a sentirse mejor y eso era bueno. LLegó a una bifurcación y se decantó por el camino de la derecha.

Izquierda

Kona hizo caso a la voz que hablaba en su cabeza y tomó la dirección que le indicó. Siguió avanzando hasta una nueva bifurcación donde el duracero era sustituido por la roca y varias antorchas colgadas de las paredes iluminaban la sala. Estaba en una especie de templo y aquello no tenía muy buena pinta. Escuchó voces tras él. Gritos que iban en aumento.

Saben que has escapado. ¡Tienes que darte prisa!

El mon calamari corrió, sin importarle ya el ruido que pudiese causar. tenía que salir de aquel lugar cuanto antes. Una nueva intersección apareció ante él.

¡Detente!

Kona se detuvo en seco y a punto estuvo de resbalar.

¡Agáchate!¡Ahora!

El mon calamari se agachó contra una pared de roca mientras escuchaba el sonido de pisadas que iba en aumento. Un grupo de media docena de guerreros massassi pasaron corriendo por el corredor que tenía ante él y volvieron a perderse entre la oscuridad. Si la voz no le hubiese prevenido, se hubiese topado de lleno con ellos y ahora estaría muerto.

¡Corre!

Kona Anquard corrió, atravesó la intersección y se encontró con unas escaleras de piedra que ascendían. El aire cambió y supo que aquel camino llevaba hacia el exterior. Tropezó varias veces con los escalones y tuvo que apoyarse en la pared de roca para no caerse, pero siguió avanzando sin mirar hacia atrás hasta que finalmente el corredor desembocó en el exterior. Un aire seco y frío le golpeó en el rostro y castigó su delicada piel, que a estas alturas estaba bastante deshidratada. Era de noche y eso le favorecía. Miró a su alrededor y supo inmediatamente dónde se encontraba. Estaba en la cima de un ziggurat. Aquello tenía que ser Korriban, el corazón del Imperio Sith.

-Muy bien, Kona –dijo el mon calamari. -¿Cómo piensas salir de aquí?

Pero entonces sintió algo que hacía mucho tiempo que no sentía. El lado oscuro era extremadamente intenso en aquel planeta y fue capaz de sentir toda la maldad y odio que emanaba a su alrededor. Pero también sintió algo más. Muy débil, pero no muy lejano. La Fuerza. El mon calamari se dio la vuelta y trató de vislumbrar lo que tenía a su alrededor, ayudado por la luz que emitían las estrellas. Vio cómo el ziggurat estaba construido en el interior de un desértico valle rodeado por montañas de angostos picos y desprovistas de vegetación ¿Estaba sintiendo el lado luminoso de la Fuerza en aquellas montañas? ¡Sí, lo estaba sintiendo!

¡Rápido! ¡Tienes que ayudarme!¡No nos queda mucho tiempo!

Era aquella voz. Ahora sabía de dónde provenía. La mujer que hablaba en su cabeza estaba allí, en algún lugar entre las montañas. Era un diminuto punto luminoso entre la inmensidad de la oscuridad. Entonces, Kona Anquard abrió completamente sus ojos y sus palabras salieron instintivamente de su boca.

-¿Maestra Sunrider?