Encuentro II

― Castiel, Cas, no eres un ángel.

― Lo soy, te salvé la vida. Te saqué de las profundidades de ese lago y de vuelta con tu hermano, ¿no?

Sus voces se perdían con el correr del viento ese día, que golpeaba sus rostros suavemente y a veces furiosamente, elevando, meciendo las hojas caídas de los árboles ese día, cayendo algunas sobre la cara sin molestar, riendo nada más por las cosquillas que les producían al chocar de frente.

Ese día Dean conoció a su salvador, que oscilaba casi su edad y parecía que el verano no pasaba para él, vistiendo de shorts blancos, sudadera de franjas azules, no tanto como sus ojos y sonriendo a su lado con un helado de invitación, el que simplemente el rubio no dudó en aceptar.

Castiel Milton, como se presentó, era un chico como él y pronto entraría a la misma institución donde estudiaba, luego de mudarse a Lawrence según le contaba junto a su padre y hermana que aún no conocía. Se llamaba Anna, menor que él. Ellos eran casi sus vecinos, tal vez a unos cuantos kilómetros ¿quince? y agradece a su madre por mandarlo de compras para toparse con él, pues ese chico era más que agradable, era dulce, alguien genial, si venía del exterior de la ciudad que conocía.

Lo único vergonzoso de todo, es que insistía en ser un ángel y vino a salvarlo de morir ahogado. Incómodo si en ese parque, Castiel lo decía cada dos por tres, seriamente, justo al pasar algunas personas donde estaban.

― Eres tan testarudo. ― jadeo con molestia, colocando los ojos en blancos y estrechando después estos, dirigiendo una mirada amenazante al moreno al descubrirlo observándolo. ― Cas, deja de mirarme.

― Sólo digo la verdad. ―giró la cabeza, mirando hacia el cielo, sonriendo a las nubes sobre sus cabezas y escuchando a su lado como Dean maldecía, comiendo a más a gusto su paleta de helados antes que se derritiera por completo.

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Esa fue la primera vez que conoció a Castiel como debía ser, sin agua o posible muerte de por medio.

Dean realmente no tenía ánimos de ir a casa, no esa noche, luego de terminar de firmar los últimos papeles que le dio Joy y sin ganas de beber, conociendo muy bien el genio que adquiría Lisa al verlo llegar ebrio.

"No es buen ejemplo para los niños. Pueden despertar." diría ella y él, a duras penas para estar de pie, con la conciencia en su mente aturdida para entender esas palabras hasta la mañana siguiente.

No, era mejor morir dentro de su nena, en sus asientos de cuero y sosteniendo su firme volante, con ambas manos. Estacionado en el mismo parque en que pasó más de una hora con él, el que también tenía más recuerdos de los pensados y haciendo que apretara los párpados, echando la cabeza hacia atrás, alargando un bufido.

Estaba agitado, había gritado y dicho todo, totalmente turbado por lo ocurrido, incrédulo de lo vivido. Cas, Cas... lo había besado.

Sus labios aún hormigueaban la sensación de aquel beso, siendo rozado y acariciado de esa forma tan íntima, esa que pensó lo podía sentir con las chicas, con mujeres, no con hombres. Tomado de sorpresa en un beso que nunca imaginó que le daría Castiel, no al menos ya lo bastante maduros y no unos niños, cuando le robo su primer beso, pero no se colocó del mismo modo al no saber la importancia de ello. Y aunque no hubo más que un roce, no se lo podía perdonar. ¿A qué venía eso tan de repente?

Él simplemente vino a verlo, después de verlos unos días lo bastante extraño para preocuparse y ahora esto. ¿Qué le pasaba por su cabeza?

― Estás enfermo Cas, enfermo y loco. ―soltó sin reparos, casi en un gruñido y despreciando todo de él en ese momento. Lo escrutinio con la mirada y al no obtener respuesta, más que su cuerpo temblando por el frío o qué sabía él, de algo que bien Castiel tampoco le iba a contar por lo visto, se fue sin miramientos. Dejando atrás, cansado de sus estupideces en ese momento.

Lo peor de todo... es que no olvidó la sensación esa vez, por más que le tomara de esa forma brusca en un beso, cuando insistía a decirle que había de mal en él, qué era lo que le pasaba. Gimiendo con pesar al sentir un tormento pesado en el pecho, llevando una mano ahí y reconocer con dificultad, que tenerle cerca no sería bueno. Estaba mal y era extraño. Por un lado quería exigir al igual que en su juventud una respuesta de su huida, pero por el otro nada más que una distancia para su bien.

Deja de rasguñar la pared de lo que desconoces, viejo. Vas mal. ―se decía mentalmente, bajando la mano hacia la llave, girando y encendiendo el motor, decidido a ir a casa y olvidar todo.

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Por la mañana era Domingo. Castiel la verdad creía que no había dormido nada, que tan sólo en un parpadeo las horas habían pasado y el desayuno, al menos era bueno porque su hermana se lo había preparado con dedicación.

Él sonríe en agradecimiento, observando con cariño a Anna con el cabello recogido en una coleta alta, vistiendo de jeans junto a una holgada blusa de flores con fondo blanco, que haces que su piel resalte más al igual que sus ojos, moviéndose de un lado a otro en la cocina con la radio a un volumen moderado, escuchando unas canciones de los setenta. Muy a diferencia de él en cuanto a ánimo, por más bañado y vestido que estuviera.

― No puedo creer que trabajes hoy, es Domingo.

No alzó la vista hacia Anna, los waffles que preparó para él llamaron su atención, preocupado del corte bañados en miel y soltando un sonido extraño con la boca, avisaba que la oía al menos. Hacía tiempo que no comía comida casera, tal vez años, luego de que Anna volviera a esa ciudad a la que él visitaba por trabajo, el que él empezaba ese Domingo.

― Trabajo es trabajo y ya quedé con Hannah para vernos a medio día. ―dijo antes de dar un mordisco, soltando un gemido a gusto en el paladar. ― Hay que terminar pronto, no es cualquier caso, Anna.

― Lo sé, lo sé. El deber es primero. ―encogió de hombros y resopló, sentándose en la pequeña mesa cuadrada frente a él, dispuesta también a probar su desayuno. ― Deberías visitarme más seguido, sin trabajo de por medio, Castiel.

El mayor no pudo evitar mirarle con cariño.

― Lo haría, sabes que sí, es sólo... ya sabes. Complicado. ―carraspeó, incómodo y la colorina no hizo más que soltar un jadeo, asintiendo con la cabeza en comprensión. Ya estaba por terminar el waffle, el que disfrutaba bien con café.

― Ok... ―pensaba ella decir algo, pero omitió. No le iba a dar la cátedra de la vida y los Winchester, cuando sería peor que ver película repetida, una y otra vez. Desvió la mirada a la despensa y con una sonrisa, supuso que no le haría el día fácil a su querido hermanito. ― Sabes, hoy tengo una cita importante y necesito de tu ayuda, ¿harías las compras antes de ir a trabajar? ―Juntó las manos, colocando el más dulce rostro para él, asombrando todavía a Castiel que lograra callarlo, convencerlo. ―Por favor... es nada más ir al minimarket y sería.

― ¿Hoy?

― Sí.

― ¿No puedes ir tú después? ―Insistió.

― Para nada, por favor. La nevera está casi vacía y has llegado, Castiel, por favor... ―El nombrado suspiró.

― Está bien.

Y fue así como terminó en un mini-market, apreciando con desgana y pronto, tranquilidad, los llamativos anuncios de productos a montón, con precios y ofertas, en tanto se adentraba con una canasta bajo el brazo y la otra la lista que le dio Anna antes de salir.

Pasó analizando los productos en los pasillos de forma lenta, no muy convencido de las compras que hacía por los precios. Se le hacía raro, nada muy él, en más al no entender la comparación de productos semejantes por marcas o precios del modo que le aconsejó Anna si todos al final cumplían la misma función.

Viva el mercado y el marketing ―pensó con sarcasmo, observando pocas personas dentro que no fuera el personal y echando algunos productos sin mirar mucho con tal de terminar rápido; no obstante, algo le decía que seguiría en retraso al toparse con alguien conocido y sentir el pecho reprimido al toparse con esos ojos verdes tan sorprendidos como él.

― ¿Cas?

― Dean... ― Tragó en grueso, parpadeando y dando un paso atrás para erguirse, estudiando la situación de cómo llegó ahí.

El rubio estaba separado de él por un metro o menos, con el carro de compras entre ellos y empujando, vistiendo una musculosa bajo una camisa cuadrille y tejanos, sin poder evitar ver que además de llevar productos en el carro, en el asiento superior -para niños-llevaba una pequeña niña rubia hermosa, ojos muy parecidos a los de Dean y la que se volteaba para verlo, regalándole una pequeña y dulce sonrisa, suponiendo que se trataba...

― Dean, ¿podemos llevar las papas y suflitos? Los escondemos y no diré nada a mamá.

Una tercera voz lo despertó, girando la cabeza como lo hicieron los otros dos a un niño moreno que pareció notar la incomodidad del momento y pedir disculpas con la mirada a Dean, el que cerró los ojos junto a suspirar, volviendo a sonreír para ese chico y sentirse fuera de lugar.

― Dale, hecha. La ocultaremos en el carro. ―empleó un tono neutro, pero lo suficiente para tranquilizar al chico que sonríe de felicidad y mete lo que trae en mano al carro, viendo otra vez a Castiel, que carraspea.

― Tus hijos. ―logra decir con dificultad, intentando sonreír y mirarle a los ojos.

― Mis hijos. ―No fue una pregunta, pero afirmó Dean, mostrándose como ayer en la comisaría con semblante imponente. ―Ben y Mary.

Debió haber salido a investigar como lo tenía planeado, en vez de pasar en ese lugar. No se sentía bien, nada de bien. Empuño la mano donde traía la lista y arrugó el papel, queriendo que de su boca saliera otra palabra más y no se notase tan patético, sin desmoronarse a lo que ya en años pensó sería inmune.

Le temblaban las piernas.

― ¿Traje? ¿Vas a trabajar un Domingo? ―Lo sacó de su estupor, Dean, que no evitó fijarse en sus ropas muy iguales o tal vez las mismas a las de ayer en él.

― Sí. En fin... ―Miró a todos lados, respirando hondo, recordando la compra de Anna. Anna, la muy... su hermana debía saber de ello. ― Compraré unas cosas y seguiré en ello, nos vemos Dean.

Movió los pies con agilidad, pasando por el lado del carro y darle una última mirada, dando la espalda a perderse en algún rincón de los pasillos, deteniéndose frente a los congelados sin pensarlo, observando hacia abajo los productos sin verlos. Lo único que deseaba es que el corazón parará de latir.

Por otro lado, Dean por más firme que se había impuesto delante de Castiel, no entendía por qué sus piernas no se movían. Cerró los ojos con pesadez, como si un cansancio enorme se instalará en ellos, culpando a su estado a Lisa por sacarlo temprano un Domingo de la cama por las compras en venganza de llegar medio borracho a casa anoche.

― ¿Estás bien, Dean? ―le habló Ben, que lo miraba fijamente. Que la verdad de no ser por él, pensó Dean, seguiría como una estatua estancada ahí, palmeando su cabeza en respuesta sin mucho cuidado. ―Aush... duele.

― Te llevó años de ventaja para que me trates de ese modo, Ben. ― espetó firme y autoritario, empujando nuevamente el carro, sintiendo los pies de su niña golpearle bajo los antebrazos suavemente. ― Los niños de ahora... ―masculló, sonriendo levemente al oír a Ben quejarse y luego callar, ayudando con las compras para ir pronto a casa.

Familia.

Él tiene una familia. Los labios se tensaron en una línea y Castiel hizo lo posible por contener la tristeza que sus ojos querían soltar, llevando una mano al rostro, palmeando una mejilla al recordar que no estaba ahí por mero sentimentalismo. Procediendo a seguir en lo suyo e irse, lo más pronto, a saber si era del minimarket o de la ciudad, sólo lo más lejos, de él o lo que sea que le hiciese daño.

Giró sobre sus pies y casi tropieza al darse sin querer con otra persona, chocando contra el frigorífico en exposición, topándose con unos ojos azules frente a él, sonriendo con cierta ¿curiosidad? Interrumpiendo su espacio personal.

― Eh, ¿disculpa? ―habló, esperando una respuesta y pronto tener una mano frente a él, sin llegar a entender del todo lo que sucedía. El tipo eso sí sobrepasaba su altura y algo le decía que no era americano.

― Estás entre el salmón y yo, ¿te hacés un lado... por favor? ― Castiel se avergonzó, giró la cabeza para corroborar este hecho y se apartó, aunque le extrañó que todavía le extendiera la mano. Lo que el rubio pareció entender.― Oh, te estoy saludando. Dudo mucho que los salmones den la mano, moreno.

― Oh... ―dudo, pero estrechó su mano, ignorando su acento insinuante. El tipo aquel parecía todo un personaje, si hasta al hablar sus facciones resaltan mucho. ―Un gusto, me llamo Castiel.

― El gusto es mío, moreno. ―río el otro, suponiendo que le hacía gracia que le molestara claramente le dijera moreno. Más soltó su mano después de saber su nombre. ―Me llamo Lucy, ejem... ―carraspeo.― no tienes buena cara y no recuerdo haberte visto antes por la ciudad. ¿Nuevo?

― Se podría decir. ―dijo severamente, viendo como este sacaba el salmón entre otras cosas mientras le hablaba, preguntándose después cómo terminó paseando gran parte del mimarket con él. Oh, sí, sabe cómo comprar. ―Em... tu acento es extraño, ¿eres de otro país? ―Le escudriño y este sonrío aún más, al parecer muy emocionado de tener una charla con él.

― Sí, vengo del país del buen té y de los estirados con clase con un bastón en el culo. ―ronroneo para nada orgulloso, más parecía burlarse al moverse con cierta gracia con la canasta de Castiel bajo el brazo. ―Vengo de Inglaterra. Viaje de vacaciones, paseando por los estados por algo de diversión. ―canturreo, frotando el chorizo que agarró de carnicería de un modo que el moreno comprendió y nada más asintió, sonrojado sutilmente. Tenía el presentimiento que mucha comida en aquel lugar no lo vería con los mismos ojos.

Sin saber cómo llegó a caja, recién supo por qué aquel tipo parecía feliz con tener compañía. Lucy no era mal parecido, pero su sarcasmo e ironía, teniendo en cuenta su humor negro británico, espantaba y en más al saber su nombre real al pasar el carnet junto a otro documento, pasaporte seguro al pagar con tarjeta.

― ¿Lucyfer? ¿En serio? ―inquirió, mirando de reojo al más alto. Este asintió y soltó una carcajada, agradeciendo a la cajera además de esperarlo que sus productos pasarán. ―Cool. ―No evitó exclamar, siendo sincero y sonreír. El tipo era un completo desconocido y extraño, loco, más agradece su presencia ese momento, porque lo acaparó de tal modo en la compra, que olvidó por un momento a Dean para preocuparse si se lo toparía en cualquier minuto.

Más, lejos de donde estaba, en quién pasaba por su mente, también pasaba por la suya y lo observaba a la distancia. Mordiendo la mejilla inferior, queriendo sacarse la sensación perturbadora en su ser.

Casi a la hora del mediodía, el lugar estaba atestado de personas, carros y por un segundo pensó Castiel que el trabajo podía esperar. Un Domingo sin trabajar, pensó en ello que Lucy le hacía reír con algún comentario absurdo.

Y las cosas seguirían yendo bien, de no ser por un grito de mujer que se oyó de trasfondo junto a un llanto lastimero, llamando completamente la atención de todos, en donde los guardias del lugar ya estaban con ellas y recién daba cuenta que se movían de un lado a otro, en tanto unas mujeres que trabajaban ahí la consolaban. Interrumpió al rubio su charla, que sin explicar se fue acercando, moviéndose entre las personas y al llegar, toparse con Dean también que se apresuró a ver.

― ¿Qué ha pasado? ―Mostró la placa a uno de los guardias, obteniendo la información en ello que miraba de reojo a la mujer y a Dean charlando con otros de seguridad.

― Un niño se perdió. Lo común en estos casos, pero... ―su voz se notó con cierto pesar, quizás complicado en contar.― no lo hemos encontrado, sólo sus ropas en la parte de comida de mascotas. Nunca nos ha pasado algo como esto y no damos con él.

Castiel pensó lo peor y preguntó.

― ¿Qué edad tiene el niño?

―Según su madre, 13 años. ¿Se habrá escapado? Los niños no son los de antes.

El moreno sólo enmudeció, agradeció al guardia por la información y a saber que de un modo u otro, tendría que hablar con Dean, fue el primero. Tenía el presentimiento que la situación era su caso.

― Winchester. ―llamó en tono autoritario, logrando que este volteara a verlo y dejara en pausa la charla con los guardias, obteniendo su atención.

― Sea lo que digas, este es mi caso y encontraré al niño. He llamado a una patrulla para que venga por la madre. No te metas. ―chasqueo la lengua, afilando la mirada sobre él.

― Es mi caso, Dean. Es el mismo modus operandi.

― Ve con tu no sé quién, ¿quieres? Yo me encargo. ―quiso voltearse nuevamente para dar órdenes, más el tirón en el hombro evitó que lo hiciera. ― ¿Qué?

― Disfruta tu Domingo y ve por tus hijos. Yo veré el asunto e iré a la comisaría lo más pronto posible. ―dictó, sonriendo al ver ese rostro desaprobando lo que dijo. ― Cuida de los tuyos, llevalos a que estén seguros... y déjame trabajar. ―advirtió, soltando su hombro y sin esperar a que le dijera algo, volver donde el rubio que no parecía haberse movido del lugar y chismeaba con dos cajeras a su lado junto a otra señora. Las que se fueron cada uno por su lado al ver que se acercaba.

― Lo siento guapas, otro día continuamos con el chisme. ―acotó a estás, logrando hacerlas sonreír. ― ¿Se puede saber qué pasó? ... o la gabardina que te he visto usar desde que te conocí hace menos de media hora... ¿es porque eres el Inspector Gadget?

― Algo así... ―No supo qué responder, tomando las bolsas que le correspondían. ―Lo siento mucho, Lucy, pero debo irme. Tengo trabajo.

― ¿Un Domingo?

― Sí.

― Pecador. ―chistó como niño berrinchudo.

― Es raro que lo digas siendo que tu nombre es Lucyfer. ―No supo porqué le guiño, pero no le dio tiempo de protestar o decir nada, avanzando apresurado a salir de ahí con bolsas en mano y ponerse al tanto con Hannah al entrar a su carro.

Al parecer no tendría días de descansos, ni horas por lo visto.

Continuará.

Nota Autora:

Sí, me dirán que estoy loca por meter a Lucy en esto y con Cas, pero... es que no quería a Balthazar como el típico personaje con él.

Aún faltan varios por salir y las mejores situaciones, que la verdad espero no se me haga eterno. La idea está, pero no escrita.

Lamento las demoras, pero la musa no está muy cooperativa conmigo (?) Nos estamos leyendo!