Disclaimer: Suzanne Collins es dueña del mundo y los personajes. Yo sólo los vuelvo paganos.

Aviso: Este fic participa en el Torneo entre Distritos del foro Hasta el Final de la Pradera. (600 palabras)


El que todo lo sabe.

Beetee quiere que alguien le pase un cable para electrocutar a su escolta.

Normalmente Alegricco es un hombre agradable y risueño que insiste en darle chocolate como primer alimento a los tributos y que casi siempre logra tratados de muerte piadosa para el Distrito Tres con los profesionales, algo que él y Wiress agradecen profundamente una y otra vez. Pero como todos los escoltas, es un mono cilindrero que carece del sentido común necesario como para no aparecerse con el atuendo que lleva puesto.

Voltea a ver a Wiress y ve que sus dedos juegan rápidamente con una serie de objetos que se transforman a velocidad alarmante en una granada de fragmentación. Beetee le da un leve codazo y Wiress guarda su invento a medio terminar entre los pliegues de su vestido y comienza a construir una harmónica en su lugar.

Y es que el vestuario puede haber venido desde el corazón de Alegricco como una forma de honrar al Distrito pero lo que no sabe es que para ellos, es el peor de los insultos. Los cientos de ojos apagados que pueblan año con año la plaza durante la Cosecha se han encendido con odio en cuanto Alegricco subió al escenario con su sombrero verde de serpiente, su traje blanco adornado con motivos sagrados que no podía ni empezar a entender y el colmo, los ojos alterados para parecer de reptil. Su escolta se había vestido de Itzamná y no había peor ofensa para ellos que ver a su Dios llevándose a sus niños a la muerte.

El Distrito Tres era un Distrito curioso, eran gente a la que desde pequeños les inculcaban que la razón y la lógica son las herramientas más poderosas. Entonces, en un mundo de competencia tecnológica ¿cómo es que eran tan espirituales? ¿por qué cada año antes de la cosecha el templo estaba lleno de padres, hijos y hermanos que meditaban bajo la sombra de la enorme pirámide? Era algo que al Capitolio le causaba mucha curiosidad, y algo que nadie, bajo ninguna clase de tortura lograba explicar.

—Es Itzamná —le había dicho a su entonces escolta cuando fue a dar las gracias por haber ganado los Juegos. Estaban parados frente al altar de piedra, las paredes mostraban escenas del viaje a la iluminación del sacerdote, su camino hacia la divinidad—. El Dios del conocimiento.

—Era de esperarse —murmuró Alegricco y le dio un par de palmadas en la espalda—. Tu Dios te ha bendecido Beetee, eres el Vencedor más inteligente que conozco —había agregado y Beetee no se molestó en explicar que Itzamná no era sólo cuestión de inteligencia o de la sabiduría de los libros y la ciencia. Sino de entendimiento propio y del entorno, de ser curioso, de llevar el cambio allá donde vayamos.

No, ni su escolta ni nadie del Capitolio entendería jamás que el hombre más sabio es el que se conoce a sí mismo, que sólo logrando la armonía con tu propio pensamiento podías empezar a transformar tu entorno.

Beetee había dejado el momento pasar y ahora era tarde para explicarle a Alegricco que Itzamná era intocable, sobretodo por alguien tan tremendamente ignorante como él. El daño estaba hecho. Un par de personas invitaron a su escolta al templo la Cosecha siguiente, después de un año particularmente violento para los tributos del Tres y le hicieron probar la bebida de los Dioses, hasta la fecha Beetee no sabe qué lo cambió y no quiere preguntarle, después de todo, ningún Dios entiende tanto de venganza como uno que todo lo conoce, que todo lo planea, que todo lo sabe.