Disclaimer: Suzanne Collins es dueña del mundo y los personajes. Yo sólo intento rendirles tributo.

Aviso: Este fic participa en el Torneo entre Distritos del foro Hasta el Final de la Pradera. (597 palabras)


Parthenon

Wiress mira la consola de mando sin poder creerlo. Puede ver la mirada de disculpa de Seeder, pero ambas saben que no hay nada que cambie el hecho de que su tributo ha traicionado a Lever y la ha dejado a merced de los mutos. Se fuerza a quedarse unos segundos más, para transferirle a Beetee el poco dinero que había logrado juntar, que ahora no le servirá para nada y se levanta con los puños apretados. Nadie la mira, todos los demás Vencedores saben por lo que está pasando.

Sale del Centro de Control y camina por Panem hasta detenerse en un edificio con techo a dos aguas y columnas de mármol. Llama a la puerta con dos golpes secos y duros. Un hombre muy anciano la recibe con una mueca triste y la deja pasar.

—Acabo de verlo —comenta poniéndole una mano en el hombro—. Lo lamento mucho.

Sochin Ambrusso es un hombre extraño si de Capitolinos hablamos. Tiene la más grande colección de los Juegos del Hambre con la que alguien pueda soñar. Fotos de los tributos, estadísticas, cartas y demás objetos preciados por las familias de caídos y Vencedores por igual. Ésta colección estaba celosamente guardada por una seguridad de primera, hecha por Beetee exclusivamente para él. Wiress no entendía cómo Beetee podía haber alimentado el morbo de aquél hombre durante tantos años, hasta que le conoció.

Sochin veneraba a Dioses muy antiguos, a los que les había erigido aquél templo, con doce nichos puestos en semicírculo en el jardín. Uno para cada uno de los Dioses Olímpicos, como les llamaba él. Y bajo cada nicho, descansaba su vasta colección. Para él cada Distrito tenía su Dios específico, pero no ponía objeción cuando algún Vencedor colocaba el nombre de su tributo caído bajo otro Dios.

Era aquella práctica de dejar que los Vencedores viniesen a rendir tributo a sus niños lo que había hecho crecer su colección, y no las subastas masivas o ninguna de las otras horribles prácticas de los Capitolenses para hacerse con algún objeto conmemorativo de los Juegos. Y era su corazón piadoso y su absoluta discreción lo que lo hacía inmune a cualquier represalia, pues en el gobierno sabían que en cuanto asesinaran al hombre, muchos Vencedores lo tomarían como la gota que derramaría su vaso.

Incluso los más fieles y leales Profesionales tenían la debilidad ocasional de grabar en el sólido mármol el nombre de algún niño que los hubiera marcado, un nombre que no querían que fuera una tumba más, que merecía algo especial.

Wiress sacó de uno de los bolsillos de su túnica un anillo de compromiso hecho con un engrane de acero, tradicional de su Distrito y a penas puede contenerse de gritar al recordar las palabras de Lever.

—Me ha propuesto matrimonio, ha dicho que en cuanto regrese nos casaremos —dijo con los ojos hinchados de llanto—. Pero no voy a regresar ¿verdad?

Wiress se había encargado de darle esperanzas, de pedirle que peleara con todas sus fuerzas. Y que se aliara con el chico del nueve. Ella no había hecho nada mal, excepto confiar en su mentora.

Se dirigió al nicho de Atenea, donde usualmente colocaba a sus tributos, pero con el rabillo del ojo vio el nicho de Hefesto y su corazón supo que la brillante Lever, con su habilidad tan extraordinaria para crear maravillas inimaginables con un pedazo de metal y un poco de fuego, con su enorme creatividad, su andar inseguro y su buen corazón debería estar para siempre bajo la protección de aquél Dios, justo al lado del suyo.