Suzanne Collins es dueña del mundo y los personajes. Yo sólo vuelvo a sus abuelos espías en seiscientas palabras.
Esta historia participa en el minireto de Febrero del Torneo entre Distritos del foro Hasta el Final de la Pradera, para el que escogí el tema de Junio: espías.
Lo siento
Conocí a tu madre en la feria de la tecnología. Era un evento masivo del Capitolio en el que el distrito mostraba sus productos y conseguía dinero para financiar nuevas ideas, como sabes, el Tres era uno de los más prósperos, por toda la comodidad y diversión que dábamos a cambio.
Ella llevaba un vestido floreado y me pareció la cosa más linda en todo Panem, supe en ése segundo que estaba perdido. Nuestro amor estuvo lleno de visitas ilegales a su mansión del Capitolio y de excursiones clandestinas por los talleres del Tres, de gardenias silvestres y promesas al calor de las fundidoras de metales.
Pero las cosas no duraron para siempre, porque su padre le puso precio a mi cabeza por haberme osado fijar en su única hija, y porque estalló la guerra. Los Días Oscuros fueron malos para todos, pero para mí fueron el infierno.
No podía verla, ni saber cómo estaba, y tampoco sabía qué sería de ti, mi preciosa hija.
Me había informado su embarazo una semana antes de que el Capitolio cerrara sus fronteras, y yo no podía seguir viviendo sin saber cómo estaban. Hice muchas cosas estúpidas, pero al final llegué a su lado y nos pudimos colar fuera de la ciudad. Tu tía Agatha nos ayudó a traerte al mundo y a pesar de estar medio muertos, estábamos llenos de felicidad. Gracias a Wiress sabes lo que es ser madre y lo mucho que deseas proteger a tus hijos de los horrores de la vida.
Tu madre no era perfecta, aunque yo lo creyera. Ella pensaba que la guerra era una lucha sin sentido y que los distritos estábamos siendo demasiado codiciosos, que producir recursos era como nos había tocado vivir, que no estábamos tan mal.
—Tu no estabas mal, tenías una gran compañía y gente trabajando para ti. Ibas al Capitolio cada año y jamás te faltó nada —me reprochaba constantemente—. ¿Por qué permitiste que ésto pasara?
Intentaba hacerle entrar en razón, decirle que yo era parte del uno por ciento que vivía en condiciones humanas, pero ella no quería escuchar. Quería llevarte de vuelta a casa, a su casa, y darte la vida que merecías. Creía que estaba haciendo lo correcto. Murió creyendo que hacía lo correcto.
No quiero que la odies o le guardes rencor, porque no cabe duda que de haberla dejado llevarte estarías viviendo en la opulencia y no con éste viejo moribundo en éste distrito moribundo, en éste mundo moribundo.
Lo siento mucho hija mía, siento haberle ganado a tu madre aquella batalla, y siento haber sido el que causara su muerte al delatar su espionaje con los rebeldes, pero debes comprender que el simple hecho de perderte me habría terminado de arrancar el alma. Lamento saber que todos mis esfuerzos fueron en vano, que aún así perdimos la guerra y que te condené a ésta vida, pero si algo puedo hacer ahora que me reuniré con tu madre en el más allá es protegerte lo mejor que podamos.
Ahora tienes dos ángeles ahí arriba.
Te amo. Tu madre te ama.
Lo siento.
Papá.
Wiress metió la carta de su abuelo en su bolsillo antes de ir a la cosecha. Desde que su madre se la había dado a los quince, la llevaba cada año como amuleto. No porque pensara que aquello la mantedría a salvo de los Juegos, sino porque la mantenía a salvo del miedo. Su familia creía en el amor a pesar de todo y ella también lo hacía, fuera o no a los Juegos, muriera o no siempre los tendría a ellos.
