Suzanne Collins es dueña del mundo y los personajes. Yo sólo los sofoco en seiscientas palabras.

Esta historia participa en el minireto de Febrero del Torneo entre Distritos del foro Hasta el Final de la Pradera, para el que escogí el tema de Mayo: festividades.


Hazlo por los pescados


—No quiero ir —El abuelo ha muerto y eso significa que tendrán que bajar a las cuevas a la ceremonia y ella, por si no ha quedado claro, no quiere ir.

—No importa —dice su madre en tono severo—. Tienes que hacerlo corazón, es la tradición.

—¡Al diablo la tradición! —exclama Wiress—. Estoy segura que al abuelo no le habría gustado ser un puerco hervido tampoco.

La madre de Wiress se lleva la mano a la boca— ¿Qué has dicho? —Entonces llega su padre y pone una mano en su hombro, sonriente le da un apretón, consiguiendo que su esposa levante las manos y salga de la habitación dejando que él maneje el asunto.

—Ressie, sabes lo importante que es esto para tu madre. Además después de la ceremonia iremos al lago, quizás consigamos pescados —Wiress abre mucho los ojos. Le encanta el lago, nadar y por encima de todo adora la receta especial de pescado de su padre. A veces bromea diciéndole que es una hija del mar, como él y Wiress desea en vano poder conocer el distrito cuatro de donde es él.

Una hora después su familia espera a la salida de una de las cuevas más grandes a los que atenderán al funeral del abuelo, con unas túnicas de tela tan delgadas que el viento matinal le provoca escalofríos, pero eso no durará mucho. De la boca de la cueva salen volutas de vapor caliente que contribuyen a que la piel se le ponga de gallina.

Una vez que todos han llegado y se han puesto las mismas túnicas, entran uno por uno a la cueva. Mamá entra primero, con Darren de la mano, después entra papá y le dedica una sonrisa apremiante. Wiress toma una última bocanada de aire fresco y entra a la cueva, de inmediato comienza con su ejercicio mental de imaginarse en otro lado para no pensar en el sofoco.

El abuelo está sobre una estructura de piedra y madera, debajo hay piedras volcánicas hirviendo y cada tanto el sacerdote les hecha agua para que generen vapor. El abuelo lleva una túnica mucho más adornada y toda clase de objetos en el cuerpo. Han puesto su desarmador favorito y un par de juegos de video, porque el abuelo era así de raro.

A penas han pasado quince minutos y ya está empapada de sudor, la túnica y el cabello se le pegan a la piel y no hay forma de quitárselo. El lugar está oscuro, iluminado sólo por un par de antorchas en las paredes, como si la habitación necesitara más calor. Por turnos cada quién habla de cómo el abuelo marcó sus vidas, pasándose unas hierbas olorosas por el cuerpo para después aventarlas a las piedras, cuando llega el turno de la mamá de Wiress el olor dulzón de la albahaca y el romero parece que nunca se irá de su organismo, la temperatura ha subido tanto que cree que va a desmayarse.

Después de casi dos horas, en las que ha estado a punto de salir corriendo no menos de veinte veces, la ceremonia se termina y es la primera en salir y dar un gran trago de aire puro. El sacerdote le corta el rollo con un balde de agua fría en la cabeza. Sabe que es para que no se enferme y para que "la muerte no se le pegue al cuerpo", pero desearía que le avisaran antes de cambiar la temperatura de su cuerpo de golpe.

—Hazlo por los pescados —repite su padre con una sonrisa, empapado de pies a cabeza. Wiress suspira, sólo por los pescados.