Accidentalmente Cenicienta.

Capítulo 6: Esto no era lo que se esperaba...

Decir que Hitsugaya Toshiro estaba aburridísimo era decir poco. Él estaba completamente hastiado y francamente fastidiado.

Finalmente era el Gran Baile, donde se suponía que tendría que escoger a su futura esposa, y él solo podía pensar en Kurosaki Karin, una de las pocas mujeres de Karakura que no estaba ahí, y que por lo tanto no tenía interés en ser la elegida.

No tenía interés en casarse con él.

Ahora mismo estaba bailando con otra chica más, la vigésima desde que empezó el baile, y era otra más de las que no paraban de parlotear lo guapo que él era y lo buena esposa que podría ser. Era tan irritante…

Bueno, ya que la chica que era de su interés no estaba interesada en él y que sí o sí tendría que elegir esposa esa noche, planeaba solo elegir a la menos molesta de todas las mujeres con las que bailara esa noche. Aunque estaba siendo difícil, todas eran molestas.

La pieza de baile terminó y finalmente pudo despegarse de encima a la vigésima chica, pero de inmediato otra familia se acercó, una mujer rubia con tres hijas, que le ofreció bailar primero con la menor y luego con las otras dos para que no se sintieran despreciadas.

Tratando de ocultar su mal humor, le tendió la mano a la hija menor, que gustosa aceptó, y comenzaron a bailar.

Extrañamente la chica se mantuvo en silencio, no hablando para más que decir su nombre, lo cual la convirtió de inmediato en la menos fastidiosa que se había encontrado en toda la noche, tal vez esa pudiera ser… pero no, había algo demasiado siniestro en la mirada de la mujer rubia, y no le gustaría que una mujer tan desagradablemente altanera se convirtiera en su suegra, pero no descartó del todo a la chica.

Sus hermanas fueron un asunto completamente distinto, eran parlanchinas y creídas, convirtiéndose ambas en las más irritantes que había conocido en toda la velada.

La madre parecía consciente de las posibilidades de cada hija, porque en todo lo que hablaron solo le decía maravillas de la menor.

Estuvo un buen rato tratando de quitárselas de encima hasta que finalmente pudo seguir con su tortura y bailar con otras chicas.

Ya había perdido la cuenta de con cuantas chicas había bailado cuando la voz de Rangiku se alzó por sobre la música y todo el ruido.

-¡Reciban a la princesa Hinamori Momo-sama!- presentó con voz solemne.

Todos los invitados se tomaron un momento para inclinarse a su hermana, que resaltaba orgullosa siendo sin duda la mujer más bella en esa velada, lo que no era de extrañarse porque era la princesa y siempre tenía que resaltar y estar esplendida. Él estaba orgulloso de la belleza de su hermana y como se esforzaba y era importante para ella sentirse bonita, pero ahora también tendría que mantener un ojo en ella para asegurarse de que los buitres se mantuvieran alejados.

Se disculpó con su actual pareja de baile y se dirigió hacia su querida hermana para bailar con ella y finalmente descansar un poco de tanta chica entusiasta.

-Hinamori.- se inclinó un poco en cuanto la tuvo en frente.

-Shiro-chan.- sonrió con lágrimas en los ojos. –Finalmente es el día donde escogerás una esposa.- juntó las manos. –Pronto te convertirás en un hombre y un rey.- pareció a punto de empezar a llorar pero logró contenerse. –Estoy muy orgullosa de ti, y sé que la abuela lo estaría.- le colocó una mano en el hombro.

Hitsugaya sonrió un poco, las palabras de Momo realmente haciendo mella en él.

-Gracias.- susurró. -¿Quisieras…?...- estaba a punto de invitarla a bailar cuando Matsumoto volvió a hablar para todo el salón.

-¡Reciban… a la encantadora princesa Cenicienta!- presentó a la par que una mujer desconocida comenzó a bajar por las escaleras.

¿Cenicienta?, era un nombre extraño, pero todo el mundo pareció pasar eso por alto cuando obtenían un buen vistazo de la chica.

Y Toshiro no era la excepción.

La chica estaba vestida con el Kimono más glorioso que había visto en sus años de vida, parecía cargar la más hermosa de las noches estrelladas con ella. Su cabello estaba acomodado en tres grandes bollos repletos de adornos, dejando caer solo dos gruesos mechones a los lados de su rostro tan pálido como la nieve con labios rojos como cerezas, probablemente todo era obra del maquillaje, pero realmente la hacía parecer una pequeña muñeca de porcelana. Aunque fueron sus ojos los que cautivaron al heredero al trono. Eran tan oscuros y brillantes… combinando a la perfección con su Kimono y su cabello. Ella bajaba las escaleras a paso lento con las manos juntas y la mirada clavada en el suelo.

Su hermana lo sacó de sus pensamientos al soltar una risita.

-Invítala a bailar.- le guiñó un ojo antes de ir a bailar con Ukitake, que a último minuto había decidido unirse a la fiesta.

El albino tragó saliva antes de dirigirse a la chica que acababa de llegar al borde de las escaleras y ahora miraba nerviosamente a su alrededor como si no supiera qué hacer ni a dónde ir.

Karin maldecía a todos los cielos su suerte. ¿Por qué se había dejado convencer de acceder a esto?

Ahora sentía su cabeza pesada de tantos adornos en ella, y su cara casi ni se sentía como suya de tanto maquillaje cubriéndola, era como tener una máscara, una bonita máscara.

Notó a Hitsugaya Toshiro acercarse a ella y su corazón se aceleró a la par que se inclinaba ante él.

-¿Quisieras bailar conmigo?- inquirió él también con una breve inclinación.

Por primera vez, pensó que era bueno llevar todo ese maquillaje, al menos cubría su rubor.

No dijo nada y simplemente tomó la mano que le ofrecía, por lo que de inmediato se dirigieron a la pista de baile, las demás parejas abriéndoles camino.

Harribel Tier y sus tres hijas observaban a la lejanía, con los ceños fruncidos.

-¿Acaso llamaron a esa princesa… una Cenicienta?- indagó Apacci confundida.

-Debe ser una princesa extranjera, por eso tiene un nombre tan raro y no sabe que aquí eso es un insulto.- se hizo la inteligente Mila Rose, alzando uno de sus dedos.

Sung-sun observaba a la "princesa extranjera", con el ceño fruncido y en silencio.

-No importa quién sea esa mujer ni el porqué de su nombre, solo esperemos que no logre conquistar el corazón del príncipe.- tajó el asunto Harribel.

A ninguna ni siquiera se le pasó por la cabeza que aquella hermosa "princesa" pudiera estar relacionada con la pobre mocosa desgraciada a la que apodaron Cenicienta.

Toshiro y Karin bailaban dando vueltas alrededor de la sala, él tratando de obtener un vistazo de sus ojos tan cautivadores, y ella evitando su mirada mientras que se concentraba en no pisarle los pies al príncipe.

Era una pésima bailarina.

-¿Cómo es tu nombre?- indagó él ya sin aguantar la curiosidad de si realmente se llamaba Cenicienta. Ella no contestó, por lo que volvió a repetir la pregunta, a lo que finalmente lo miró con esos ojos tan bellos y tan familiares… Cuando pasó un buen rato y ella continuó sin contestar, comenzó a extrañarse. -¿No puedes hablar, niña?- alzó una ceja fríamente.

Karin se mordió el labio.

Él no la había reconocido… eso no terminaba de gustarle a la vez que también lo consideraba ventajoso, pues así él nunca tendría modo de saber lo mucho que deseaba tener una oportunidad de ser la elegida, porque simplemente dudaba poder soportar que él se casara con otra mujer, si no sabía que era ella entonces nunca tendría un motivo para sospechar de que fuera la causa del dolor en sus ojos cuando se casara con otra mujer.

Decidida a no revelar su identidad, negó con la cabeza a su pregunta.

Toshiro se sorprendió, ¿acaso realmente era muda?

La miró avergonzado y murmuró sus disculpas por haber sido grosero, a lo que solo asintió sin ni en un solo momento dejar de verse muy nerviosa.

Que dama tan curiosa…

Aun así, era agradable bailar con esta mujer silenciosa, y ella era muy hermosa… incluso se atrevía a decir que era la más bella del baile, y no por menospreciar a su hermana, pero esta mujer silenciosa era simplemente tan enigmática y encantadora como la noche, haciéndole honor al magnifico Kimono que portaba.

La pieza terminó y la mujer hizo ademan de irse, pero Toshiro, sin saber muy bien el porqué de sus actos, sujetó con más firmeza su mano y su cintura, a lo que la chica lo miró confundida.

Otro hombre, joven y apuesto, aparentemente de buena familia, se acercó a Cenicienta con una sonrisa galante.

-¿No gustaría bailar conmigo, señorita? Sí al príncipe le parece, claro.- se inclinó hacia él.

-Es mi pareja.- rechazó al sujeto, que se vio confundido pero murmuró sus disculpas y se retiró a invitar a otra jovencita. La chica en sus brazos alzó una ceja y Hitsugaya sonrió levemente, un poco tímido. –Lamento haber hablado por ti, pero… ¿Me concederías otro baile?- preguntó a la par que otra pieza comenzó a sonar.

Karin estaba realmente agradecida por el maquillaje ahora.

¡Él le había sonreído!

Nunca antes lo había visto sonreír, pero esa sola pequeña y breve sonrisa fue suficiente para hacerla incapaz de seguirlo negando más.

Estaba enamorada del príncipe. Enamorada de Hitsugaya Toshiro.

Esbozó una gran sonrisa sin poder evitarlo, asintiendo con la cabeza a la pregunta del príncipe.

Dejó caer su cabeza contra su pecho cuando volvieron a dar vueltas bailando alrededor del salón, sintiéndose cómoda y segura.

Seguía sin estar dispuesta a revelar su identidad, pero al menos quería disfrutar de este momento con el chico del que estaba enamorada, este momento tan… mágico… antes de volver a la realidad.

Toshiro no dejaba de sorprenderse de sí mismo y su afán de no querer dejar ir a esta chica, ya llevaban bailando cuatro piezas seguidas, y al terminó de cada una un joven se presentaba con intenciones de ser el próximo en bailar con Cenicienta, pero era expulsado inmediatamente por él.

Es que solo… se sentía tan bien permanecer al lado de esta chica… como si fuera el lugar a donde pertenecía, donde debía estar.

Tal vez ella… fuera la ideal para convertirse en su esposa.

Pero así como la idea no terminaba de desagradarle, tampoco terminaba de gustarle.

Esta muchacha era hermosa y lo hacía sentirse bien, pero en su corazón sabía que él ya tenía una elegida, y casarse con cualquier otra mujer que no fuera ella… simplemente le sabía a que sería una tortura.

Ahora que realmente encontró una mujer con la que "toleraría" casarse, solo podía pensar lo mucho en lo que realmente quería casarse con la chica de la que accidentalmente se había enamorado, Kurosaki Karin.

Por más que ella no quisiera casarse con él, una parte de él que ya no podía acallarse le gritaba que al menos lo intentara, que debía luchar antes de darse por vencido, que debía proponérselo antes de tomar a cualquier otra mujer como esposa.

Paró de bailar y miró a la chica entre sus brazos, que le devolvió la mirada sumamente expectante.

Por mientras, en una esquina del salón donde se llevaba a cabo el baile, Rangiku y Momo miraban con una sonrisa cómplice a la pareja, contentas de haber logrado su objetivo de unirlos, sintiéndose ambas como unas exitosas casamenteras.

-¿Crees que finalmente le propondrá el ser su esposa?- inquirió Matsumoto a la princesa cuando los vieron frenar su danza.

-Espero que sí, ¿te imaginas lo felices que serán? ¡Y podrían darnos sobrinos pronto después de que se casen!- celebró apenas conteniéndose de chillar ante la idea.

-¡Eso sería fantástico, Momo-chan!- ambas sonrieron expectantes viendo al príncipe tomar ambas manos de Karin, pero luego sus sonrisas se borraron y sus mandíbulas cayeron ante la escena que se dio entre la pareja después.

Cuando Hitsugaya Toshiro tomó sus manos, la Kurosaki sintió su rostro arder y su corazón palpitar a mil por segundo.

Él la miraba seriamente, sus ojos tan intensos que apenas podía sostenerle la mirada.

Por un momento, todo fue perfecto, sus ojos encontrados, turquesa contra negro brillante, él concentrado solo en ella y viceversa.

Pero luego el príncipe abrió su gran bocota.

-Eres hermosa.- la felicitó y ella bajó la cabeza. –Eres la mujer más hermosa que he conocido.- continuó y la pelinegra se sorprendió de que fuera posible sentir su rostro arder aún más. –Te pediría que te casaras conmigo…- los ojos de ella se agrandaron. –Pero me temó que no puedo.- él suspiró, ignorando el gesto de dolor que cruzó el rostro de la chica. –Porque… estoy enamorado de otra mujer.- Karin cerró los ojos, las palabras del príncipe como dolorosas cuchillas enterrándose en su pecho. –Y quisiera proponerle matrimonio a ella antes que a cualquier otra, pero dudo que ella me corresponda, así que si me rechaza, te prometo que te tomare a ti como mi esposa.- Hitsugaya trató de consolar a Cenicienta cuando la vio mirarlo tan herida.

Si hubiera sido otra mujer, probablemente estaría extasiada en felicidad de que le diera esa oportunidad, deseando con todas sus fuerzas que la primera opción del príncipe lo rechazara para así poder convertirse en la reina de la nación.

De ser otra mujer la hubiera llenado de esperanza e ilusión.

De ser otra mujer estaría feliz.

Pero no era otra mujer.

Era la orgullosa Kurosaki Karin.

Y sus palabras la llenaron de indignación.

¡Ella no iba a ser la segunda opción de nadie! ¡¿Pero quién se creía que era?! ¡A la mierda que fuera el príncipe, nadie la iba a tratar de esa forma! Ya tenía suficiente con los maltratos de las tiranas, pero esto era demasiado…

Con los ojos llenos de lágrimas, no pudo evitar perder la compostura.

-¡IDIOTA!- gritó tirando su brazo hacia atrás antes de lanzarlo con fuerza hacia adelante, aterrizando una bofetada que resonó dolorosamente por sobre el ruido de la música al impactarse contra el atónito rostro del príncipe.

Él volteó a verla con ojos desorbitados.

-¿Karin?...- susurró incrédulo.

-¡TE ODIO!- gritó una última vez antes de darse la vuelta con las lágrimas ya resbalando por su rostro, arruinando todo el maquillaje en el que la princesa y su institutriz habían trabajado tan duramente.

Y correr.

Correr lejos de aquel salón, de la gente murmurando, y de la mentira de ella pudiendo ser más que solo una simple Cenicienta.

Ella había pensado que él era diferente… pero estaba enamorado de otra… y no iba a permitir que la tratara de ese modo. ¡Ella no era un objeto que se podía usar al antojo de nadie! ¿Acaso creía que ella no tenía dignidad y que iba a aceptar su estúpida oferta?

Ya tenía mucho, muchísimo más que suficiente siendo tratada como basura por las tiranas, muchas gracias.

Ella realmente… por un momento… pensó que él era diferente… realmente lo pensó.

Las lágrimas nublaron su visión mientras salía de la mansión y bajaba por las escaleras, se las secó como pudo con las grandes mangas del Kimono, pero en una de esas el maldito tacón de los condenados zapatitos le cobró factura a su distracción y terminó tropezándose con las gruesas capas de tela, rodando varios escalones antes de ser capaz de frenarse debido a su destreza física.

Se sentó en la escalera, quitándose con rabia los zapatos, cuando lo oyó.

-¡Karin!- apenas pudo salir del shock, Toshiro la había seguido fuera del salón, con su hermana y su institutriz pisándole los talones.

La había visto caer por las escaleras y su corazón casi se detuvo del miedo de que le haya pasado algo, aliviándose profundamente cuando vio que estaba bien.

Había gritado su nombre corriendo hacia ella, solo para congelarse a medio camino al ver su mirada tan llena de desprecio y los rastros de lágrimas en sus mejillas.

-¡TE ODIO!- gritó una vez más ella, poniéndose en pie y arrojándole uno de los zapatitos de cristal a la cara antes de volver a salir disparada corriendo lejos, el otro zapatito en mano.

El albino maldijo cuando sintió el tacón clavarse dolorosamente contra su mejilla. Miró interrogante el zapatito, reconociéndolo como un souvenir que le había obsequiado a su hermana hace años, pero decidió preocuparse por eso luego y corrió tras la chica Kurosaki que ya apenas podía vislumbrarse a la lejanía.

¿Cómo pudo no reconocerla? Más importante, ¿por qué ella había reaccionado de ese modo a sus palabras? Examinándolas correctamente tal vez había sido demasiado arrogante y muy ofensivo para una mujer como ella, pero… ¿por qué parecía haberla lastimado tanto? ¿Y por qué había fingido ser otra persona? Centenas de preguntas rondaban su cabeza, pero la duda que más lo asaltaba era el motivo de porqué había ido al baile que tenía como objetivo encontrarle una esposa y porqué había aceptado bailar con él… ¿acaso ella… ella si estaba interesada en él?

Bueno, si eso era así, entonces algo le decía que acababa de meter la pata y a lo grande.

Corrió tras ella con la esperanza de aclarar las cosas, pero, maldición, la chica corría rápido, y no pasó mucho antes de que la perdió de vista.

Llegó a la plaza central de la ciudad y miró a su alrededor con la esperanza de verla. Pero ella parecía haber desaparecido por completo, no podía encontrarla…

-¡KARIN!- la llamó desesperado. –Por favor…- ahora su voz salió en nada más que un susurro. –Déjame explicarte…- miró el zapato en su mano y se frotó la mejilla inconscientemente. –Tú eres la mujer de la que estoy enamorado…- cerró los ojos dolorosamente.

Se quedó allí ahogándose en su miseria hasta que su hermana y su institutriz llegaron, instándolo a volver a la mansión, a lo que él solo les pidió explicaciones, enseñándole el zapato a Hinamori, que comenzó a explicarle que fueron ellas las que convencieron a Karin de ir al baile. Ambas se vieron sorprendidas tanto de que él no haya podido reconocer a la de ojos oscuros como de que ella no haya revelado su identidad.

-¿Pero por qué se fue así de molesta?- inquirió la voluptuosa mujer llevándose las manos a las caderas.

-Bueno…- tuvo que decirles lo que le dijo. –…Sé que estuvo mal… pero no sé por qué reacciono así.- se cruzó de brazos luego de terminar su relato.

-¡Pues porque te ama, idiota!- regañaron ambas mayores, encogiéndolo en su lugar ante su mirada feroz.

-¡Cómo pudiste decir algo así!- se escandalizó su hermana.

-¡A ninguna mujer le gusta ser segunda opción! ¡Ni siquiera por el príncipe!- zapateó Rangiku.

-¡Pues lo siento, de acuerdo! ¡Yo no sabía que era Karin! ¡Es con ella con quien quiero casarme!-

-Bueno, supongo que los dos tienen un poco de culpa por esto.- Momo juntó las manos, comprensiva.

-¡No, es absolutamente su culpa, joven príncipe!- lo miró mal la mayor sin ninguna pizca de piedad en sus ojos claros. -¡Ahora busque a la chica y arregle este lío!- se cruzó de brazos.

Toshiro suspiró, claro que quería arreglarlo, pero…

-¿En serio… en serio siente algo por mí?- indagó un poco inseguro.

-¡QUE SÍ!- rodaron los ojos las féminas.

El albino frunció el ceño, ahora sin ningún rastro de dudas ni por sus sentimientos ni por los de ella.

-Bien, entonces volvamos a la mansión y vamos por Madarame, él tiene que saber dónde vive Karin.- mandó determinado a encontrar a la chica de la que estaba enamorado y aclarar las cosas.

Las mayores compartieron una sonrisa cómplice.

-Es lindo ver que estés llamando por su nombre a alguien, Shiro-chan.- rió Hinamori.

-¡Cállate!-

Mientras el príncipe, la princesa y su institutriz emprendían su camino de vuelta a la mansión, Karin, que había tomado su camino por el bosque que rodeaba gran parte del pueblo, corría desesperada hacia la casa de Harribel, sabiendo que no iba a encontrar ningún consuelo allí pero no teniendo a dónde más ir.

Santo cielo… ¿qué se había metido en ella para reaccionar de ese modo? Se había sentido ofendida, sí, se había sentido lastimada, es verdad, se había sentido con el puto corazón roto, cierto, pero… ¿por qué había reaccionado así?

Abofeteó al príncipe, lo insultó, corrió de él, le gritó que lo odiaba, ¡y también le arrojó el zapato!

Que infantil e inmaduro… ¿Por qué actuó de esa manera?

Él no la reconoció, ok, eso valía el insulto, él la ofendió pensando que estaba bien siendo su segunda opción, tal vez compensaba la bofetada, él estaba enamorado de otra mujer, eso podía explicar su odio, pero ¿por qué jodidos corrió de él y le arrojó el zapato? No se le ocurría ninguna excusa para eso.

Se abrazó a sí misma finalmente desacelerando su paso al estar acercándose a la casa de las tiranas y haber salido del bosque, pudiendo soltar los bordes del Kimono que había estado protegiendo de las cortantes ramas. Era tan hermoso… y no era suyo. Planeaba devolvérselo a la princesa y a Matsumoto Rangiku en cuanto tuviera la oportunidad. Maldijo por lo bajo al ver algunos pequeños rasguños en las mangas, esperaba que pudieran reponerse.

Llegó a la casa y no entró por la puerta principal, sino que la rodeó en busca de una fuente de agua donde lavarse el maquillaje y las lágrimas que tan solo hacía poco recién habían frenado.

Una vez segura de que su cara estaba limpia, comenzó a quitarse todos los adornos del cabello, guardándolos entre los pliegues del Kimono, ya que también planeaba devolverlos.

Finalmente se decidió a entrar a la casa, mirando con amargura el zapatito de hielo/cristal en su mano.

Subió al ático y deshecho en la alfombra los numerosos adornos, dejando el zapatito encima de su cama y quitándose el Kimono, colgándolo en el gancho que utilizaba para dejar su ropa, su "armario".

Ya era media noche, las tiranas llegarían pronto… pero eso no le importó y, apenas estuvo vestida de nuevo en una de sus andrajosas Yukatas, se lanzó a su pequeña cama, hundiendo el rostro en su dura almohada y sollozando su vida en cada lágrima, lamentándose no solo por esa noche, sino que por cada segundo de su miserable existencia desde que había sido adoptada.

Quería ver tanto a sus hermanos… poder recibir un abrazo cariñoso de ellos… sentirse realmente amada.

-¡Cenicienta!- la puerta del ático voló abierta a la par que Harribel entraba, sus tres hijas y el jardinero detrás de ella. -¡Pequeña zorra asquerosa!- se acercó amenazante a ella, que recién comenzaba a pararse y secarse las lágrimas del rostro.

Aunque Karin no esperaba la bofetada.

Se sobó la mejilla afectada y miró a Tier con sorpresa. Era la primera vez que la golpeaba directamente… las otras veces prefería simplemente empujarla para que se golpeara con muebles o cosa así, una vez incluso había hecho al fornido jardinero golpearla, pero nunca la golpeaba directamente seguramente para no arruinar sus perfectas uñas. El golpe no le dolió tanto como todas las otras veces, pero sí que la sorprendió. ¿Qué la habría molestado tanto para instarla a golpearla por sí misma?

La respuesta le llegó con otra bofetada esta vez de Apacci.

-¡Tú eras la zorra que estaba bailando con el príncipe!- reclamó.

Oh, con qué era eso… Bueno, debió imaginárselo, con tantos gritos que pegó seguramente reconocieron su voz.

-¡Miren! ¡Ahí está el Kimono que esa zorrita seguramente robó!- Mila Rose señaló al Kimono regalo de la princesa y su institutriz.

-¿Con qué sí?- Harribel sonrió con crueldad antes de tomar el Kimono de su gancho y las tijeras de un bolsillo del jardinero.

Ahora sí que la Kurosaki se alarmó.

-¡No, por favor! ¡No es mío, pero no lo robe! ¡Pertenece a la princesa y a su institutriz, ellas me lo prestaron!- trató de hacer entrar en razón a la rubia.

-¡Cierra el pico, sucia Cenicienta!- Mila Rose la empujó con la suficiente fuerza para hacerla caer al piso, de modo que no pudo hacer nada para evitar que Harribel comenzara a cortar el hermoso Kimono rebajándolo a un montón de pequeños trapos inservibles en el suelo del ático.

-¡No!- los ojos se le llenaron de lágrimas y, por segunda vez en esa noche, perdió la compostura. -¡MALDITAS DESGRACIADAS!-

Sin poder contenerse, pateó a una horrorizada Mila Rose en el estómago, giró sobre sí misma para asestarle una patada en la mejilla a Apacci, y estrelló su puño en la mandíbula de Harribel.

Miró mal a una shockeada Sung-sun pero no la golpeó, ella nunca había hecho más que darle ordenes y mirarla con desprecio, pero se lo dejaría pasar.

Se arrodilló desolada ante las tiras del Kimono que había sido un regalo de la reina, en silencio rogando por alguna vez ser capaz de obtener el perdón de Matsumoto Rangiku y Hinamori Momo por no evitar que lo redujeran a un montón de trapos. Tomó el zapatito y lo escondió entre su ropa, dispuesta a mantener por lo menos eso a salvo.

En eso pensaba cuando el jardinero la tomó de la cintura y se la cargó al hombro como costal de papas.

Harribel, sujetándose la mandíbula, con la boca chorreante de sangre y una mirada feroz, estaba ladrando órdenes al jardinero, que la obedecía sin una pizca de duda.

-¡Sostenla bien, Yammy! ¡No dejes que esa mocosa se te escape!- decía con rabia pura.

-¡Has que la mate, has que la mate!- exigían Mila Rose y Apacci, las dos limpiándose la sangre de la boca.

-¿Y arriesgarme a ser arrestada solo por esta basura? No mis niñas, no.- sonrió enseñando sus dientes ensangrentados. –Tengo algo mucho más eficaz y que aparte nos hará ganar dinero.- su sonrisa se agrandó. –Vamos, Yammy, sácala de la casa, vamos a llevar a esta zorra al prostíbulo que es donde se merece estar.- la sangre de Karin se congeló en sus venas.

¿Acaso ella sería capaz…?...

-No…- susurró mientras el jardinero comenzaba a salir del ático para llevarla fuera de la casa. -¡No!- se retorció tratando de escapar, pero el agarre de un hombre tan fornido como Yammy era de hierro, y aún con todos sus conocimientos sabía que no podría librarse, ¡había sido una estúpida en bajar la guardia y dejar que la agarrara! -¡Por favor no!- golpeó con sus puños y pies el estómago y la espalda de Yammy, pero parecía no afectarlo en nada. -¡NO, NO!- la desesperación comenzó a carcomerla. -¡POR FAVOR NO!- y sin darse cuenta comenzó a rogar, rogar a Harribel otra oportunidad, desechando su dignidad al decir que haría lo que fuera, pidiendo disculpas por su rebeldía, llorando desesperadamente.

Pero todo fue inútil. La rubia se mostró inflexible, iba a venderla al prostíbulo, iba a convertirla en una prostituta y luego iría y dormiría tranquilamente en su cálida cama.

Siguió rogando y suplicando, sin embargo, porque la única cosa que se le ocurría que era peor que ser esclava de Harribel, la única cosa, era justamente esa, terminar en el prostíbulo, ser una prostituta, esa era la única mierda que le faltaba en su miserable vida.

Pero todo fue en vano, siguieron en marcha a pesar de todos sus gritos, mientras Harribel y sus hijas se carcajeaban.

Aunque solo dos de sus hijas, las dos mayores, solo ellas la habían seguido a acompañarla a vender a su "esclava".

Y ninguna se había dado cuenta de la falta de la hija menor.

Ninguna había notado que Sung-sun se quedó enclavada en la casa, en el ático, pensando.

Ella estaba sorprendida, sorprendida de que Kurosaki Karin no haya querido golpearla, y también, debía admitirlo, un poco agradecida, los golpes que le había dado a su madre y hermanas se veían dolorosos…

Cuando su padre murió, estuvieron teniendo muchos problemas de dinero, y por eso se vieron obligadas a recortar el personal, a lo que su madre decidió adoptar a una chica para que fuera su sirvienta, y Sung-sun estaba contenta por eso, porque ella de ninguna manera quería comenzar a limpiar, aunque si le molestaba que su madre haya elegido a una niña justamente de su misma edad.

¿Por qué no eligió una de la edad de alguna de sus hijas mayores? ¿Eso quería decir que de no haber encontrado a la niña la habría puesto a limpiar a ella? De todas formas no le dio importancia.

Ella nunca había realmente insultado a Kurosaki, nunca le había hecho daño físicamente, pero sí era probablemente una de las que más la sobrecargaban con tareas, así que, teniendo la oportunidad, ¿por qué no la golpeó a ella también?

Eso la hacía sentir un poco… confundida… y culpable.

Recordaba los gritos de súplica de la chica rogando porque su madre no la vendiera, y un poco de vergüenza le llegó porque su madre fuera capaz de vender a una chica de su misma edad sin remordimiento alguno, ¡una chica de su misma edad!

Ese era un trato tan cruel… incluso para una sirvienta.

Sung-sun se consideraba a sí misma más lista que sus hermanas, pero siempre respetó mucho a su madre, aun así… dudaba que aquello estuviera bien, era demasiado cruel, incluso retorcido.

Miró a las tiras del Kimono hecho trizas en el suelo y una idea la golpeó.

Juntando todo su valor, tomó su abrigo y salió de la casa, emprendiendo camino a la mansión donde había sido la fiesta, dispuesta a buscar al príncipe que había bailado con Kurosaki Karin.

Sí ella realmente había conquistado el corazón del príncipe, entonces dudaba que le gustara lo que su madre planeaba hacer con la chica, así que lo que iba a hacer era por el bien de todos.

Iba a alertar al príncipe, fueran cuales fueran las consecuencias.

Continuara...

Holaaa! :D

Así q... cap largo y lleno de muchas cosas, eh? xD Como habrán notado, el cap no tenía narrador predeterminado, o bueno, sí, pero no indicaba los cambios con los puntos simplemente porque habrían sido muchos cada pocos parrafos y como q no daba o.o

Espero q no haya mareado a nadie y q se haya entendido xP

Y bueno... tambien espero q no haya sido demasiado raro o3o

Toshi-kun fue muy baka en no reconocer a Kari-chan, que fue muy baka al no entender que él estaba enamorado de ella uwu Pero bueno, pronto veremos q les depara el destino a esos dos bakas owo

El proximo cap probablemente sea el último... a menos q quieran o yo quiera hacer alguna especie de epilogo...

Por cierto!

Pueden creer que todo este fic solo se me ocurrió por la escena en la que Karin le tira el zapato en la cara a Toshiro? XD

Bien, como sea, los personajes de Tite Kubo!

No sé cuando pueda volver a actualizar, no se sorprendan si tardo un poco, he estado ocupada ultimamente :c

COMENTEN! *o*

CELESTE kaomy fueraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!