Mientras observaba su reflejo en la ventana del tren Elizabeth meditaba, notaba las finas líneas de expresión que comenzaban a aparecer en su rostro, se veía a si misma como su madre hubiera querido verla, como una mujer de clase alta, con guantes de piel, sombrero de ala ancha y lentes redondos oscuros, sus labios carmín enmarcaban su palidez y sus mejillas rosas acentuaban su belleza, era tan natural y bella su presencia que los demás pasajeros la miraban de reojo preguntándose sino se trataba en realidad de una actriz de teatro o cine que viajaba de contrabando, tal vez para ver a alguno de sus amantes.

Pero su amante estaba ahí, a su lado, dormido como un niño de 5 años mientras ella observaba el paisaje, era igual o más hermoso que ella de cabello cetrino pues la luz reflejaba un poco el verdor de los asientos, labios suaves y rosas, aún sin arrugas. Guapo, encantador, amable, seguro ella era la envidia de todas las mujeres en el tren. Sonrió para si misma y regreso a ver el paisaje, sus pensamientos siguieron vagando de un lugar a otro sin llegar a ninguna parte.

Ya llevaban varios meses viajando, en cada lugar en donde se detenían Elizabeth se asombraba del miedo que inundaba a las personas cuando Johan las visitaba, la mayoría lo daban por muerto o esperaban que nunca despertara del coma, gracias a estas visitas el dinero sobraba, lamentablemente esto también significaba que debían huir cada cierto tiempo, pagaban en efectivo con cambio, nunca dejaban deudas, no daban sus nombres reales y en cada localidad se volvían invisibles, algunas veces Johan desaparecida por dos o tres días, nunca por más tiempo, al poco, comenzaban a emitirse noticias de misteriosos asesinatos, o suicidios que asombraban a familiares y amigos de los fallecidos, la mayoría eran políticos corruptos, policías, ex-militares e incluso dos o tres mafiosos. Elizabeth nunca preguntaba, no quería saber que pasaba.

Al final Johan le dijo que ya estaba listo para desaparecer.

-He borrado mi rastro, nadie me conoce, ni sabe que existo- dijo un día sin más.

-¿Entonces, a dónde iremos ahora?- respondió. Elizabeth ya no se imagina su vida sin seguir huyendo.

-Hay alguien a quien tengo que ver, pero no creo que te guste- Finalizó.

Elizabeth intuyó de quien se trataba, sabía que Johan sólo tenía un asunto pendiente y ese era hablar con su 'hermano', gruño para sí misma pero al final armo sus maletas como siempre. Pasara lo que pasara ella se quedaría con Johan.

Comenzaron a viajar de nuevo, esta vez en tren, al final estaban a menos de un día de sus destino: Hannover.

Elizabeth recordó su vida en ese lugar, había pensando que nunca más volvería, se entristeció al recordar todo lo que ahí había dejado.

Amigos, pacientes, profesores, incluso extrañaba a su secretaría. Extrañaba el olor del café y el pan que solía desayunar, las salchichas y col que solía comer y como siempre que iba por una copa terminaba sin pagar la cuenta pues varios hombres le invitaban tragos, se asombró de extrañar lo que antes consideraba molesto y denigrante, pero al final era humana y como cualquiera quería anclarse un poco a su pasado. Al llegar a Hannover se hospedó junto con Johan en un pequeño hotel con la misma excusa de siempre, una joven pareja en su luna de miel. Elizabeth temió que alguien pudiera reconocerla, por lo que consiguió un tinte para el cabello, era verdad que no cambiaba mucho, pero el tono ahora rojizo de su cabello le daba un aire tan sensual que pocos se atrevían a mirarla directamente. Johan sonreía cada que esto pasaba.

-Estas irresistible- le decía al oído.

Elizabeth no podía evitar sonrojarse.

Al final y después de unos cuantos días de salir a recorrer turísticamente una ciudad que ambos conocían de memoria, Johan se decidió.

-Es momento de que vayamos a verlo-

-¿Estas seguro de que estará ahí?- Después de todo era como si Johan supusiera algo imposible, había pasado casi un año desde que Adelbert Jr. y él se habían enfrentado. Las cosas no pudieron resultar menos bien para ella.

-Fue una promesa, le prometí que cuando fuera mayor lo traería a este lugar, sonrió melancólicamente -Nunca pude cumplirla-

Elizabeth dejo de hacer preguntas, rentó un auto en una agencia local y se puso en marcha, esta vez conducía Johan. El auto en cuestión era viejo pero útil de un color carmín que les daba un aire bohemio. Ambos llevaban lentes oscuros y cada que se detenían las personas volteaban a mirarlos. La belleza siempre llama la atención.

Fueron menos de 30 minutos en auto desde el hotel y a petición de Elizabeth pasaron frente a su viejo barrio Mitte, pudo ver que el edifico en donde solía dar consulta estaba en venta, el tiempo pasaba, ella no podía luchar contra eso, las partes a las que podía anclarse cada vez eran menos.

-¿Segura que podrás verlo?- Preguntó Johan sin rodeos, interrumpiendo las meditaciones de la ahora pelirroja.

-No lo se- Respondió Elizabeth sincera.

Al final llegaron a Klagesmarkt, Johan dio algunas vueltas extra para encontrar donde estacionar el auto, bajaron frente a un cementerio (ahora parque). El Cementerio Viejo de San Nicolás, Johan comenzó a buscar en los alrededores, suponía que una cabellera como la de Aldebert, sería fácil de localizar, para su desgracia había algunos paseantes en el lugar lo que dificultó su misión.

Al final localizó lo que venía a buscar, una tumba.

-Ludwig Christoph Heinrich Hölty- leyó en la lápida, a su alrededor no vio a nadie conocido -Debería estar aquí- susurró

Elizabeth se acercó lentamente, había comenzado a sudar frío, la presión de ver a quien casi la había matado no era fácil de soportar.

-¿Estás bien?- preguntó Johan preocupado.

-Creo que.. no-

-¡Elizabeth!- Gritó Johan antes de correr a detenerla, había estado a punto de desmayarse.

La sentó en una de las lápidas cercanas y comenzó a revisarla. Su rostro estaba pálido.

-Parece que sólo te bajo la presión, será mejor que descanses un momento- el rostro de Johan comenzó a mostrar preocupación- él no esta aquí tal vez me equivoque- susurró

-O talvez no- Una voz junto a ellos les tomó por sorpresa, junto a Elizabeth un hombre le ofrecía un pañuelo rojo para el sudor de su frente.

Elizabeth lo reconoció al instante. Sus manos comenzaron a temblar, pero aún así decidida tomo aquel pañuelo, al tacto se dio cuenta que era de seda, como vieja niña rica lamento el destino que tendría aquel trozo de tela cara, se seco el sudor al momento y siguió observando la escena.

-Adelbert- dijo Johan con sorpresa.

-Supuse que te vería aquí- sonrió el pelirrojo con timidez.- Al final ni siquiera pude vengarme de ti, en el fondo, parece que mi hermano será siempre mi hermano-

Johan miro con detenimiento el rostro de Adelbert mientras sostenía la mano de Elizabeth. Parecía que habían pasado diez años desde la última vez que se vieron. El rostro del pelirrojo lucía bastante diferente, sus rasgos antes infantiles habían alcanzado una rudeza que recordaba más al rostro de un campesino. Se veía cansado y quemado por el sol. Su piel rojiza en las mejillas y nariz indicaba que pasaba mucho tiempo al aire libre, seguramente visitando aquel cementerio diariamente buscándolo, había esperado bajo el sol durante días o meses, Johan no podía decirlo con exactitud.

-¿Cuanto llevas esperándome?- Preguntó.

-Casi dos meses, un día simplemente supuse que si quería verte tendría que venir aquí, después de todo una promesa es una promesa- Sonrió el joven.

-Espera un momento- Johan había dicho esto para Elizabeth, soltó su mano y camino unos pasos junto a Aldelbert.

Regresaron a la tumba que ambos había venido a ver.

Ha muerto, aquel que trinaba en mayo,

el cantarín,

el que con su canto alegraba el bosque,

¡ha muerto!

Comenzó a cantar Johan en voz baja.

Adelbert siguió la tonadilla.

Él, cuya melodía llenaba mi alma cuando,

junto al arroyo

que transcurría por el prado en el dorado ocaso,

yo me tumbaba sobre las flores.

-Era el poema favorito de papá- susurró Adelbert

Desde lo más profundo de su garganta

gorjeaba trinos de plata,

mientras el eco de la rocosa cueva

dulce le respondía.

Las canciones y gaitas de los campesinos

adornaban su canto,

mientras las muchachas en el ocaso

bailaban en corro.

-¿Sabes por qué lo era?- preguntó Johan

-Realmente no hablaba mucho con él, lo sabes-

-Por qué a tu madre le encantaba, solía llamarla mi pequeño ruiseñor, cantaba esa tonadilla muy mal entonada antes de que nacieras tu, decía que así lograrías ser un gran músico-

-Nada más distante de la realidad- Adelbert sonrió con tristeza

-El no te odiaba, lo entiendes-

-Me amaba tanto que no podía mirarme a los ojos-

-Había decidido morir, porque sabía que si no moría tu no tendrías una oportunidad, quería que fueras como ella: fuerte, decidida, sin miedo a nada-

-Al menos ya no tengo miedo a disparar un arma, todas las veces que salimos de casería, nunca pude hacerlo- Adelbert sonreía todo el tiempo, pero sus ojos reflejaban todo lo contrario. Se hizo un silencio incomodo en el cual ambos hermanos miraron a su alrededor. Johan no podía odiar a Adelbert, por más rencor que le guardara por lo ocurrido con Elizabeth. Adelbert no podía odiar a Johan, ni tampoco a su padre.

-He decidió irme de aquí- Soltó de pronto junior- Sabía que vendrías y quería despedirme antes. Me voy a América, he conseguido un empleo como profesor allá, al final todas las clases que tome con ustedes sirvieron de algo- Finalizó.

-Un nuevo lugar es un nuevo principio-

-Puede que este sea el final, el final de nuestra familia- el pelirrojo sonrió.

-Puede que sea así, quiero que sepas que no fui yo tu hermano, el que conociste era solo una parte de mí, la parte mala, monstruosa, pero al final ganó la otra, la humana fue por eso que no pude hacerles daño, no lo haría por que para mí tu y tu padre fueron mi familia. La única que conocí, la única que necesite hasta que encontré a Tenma y a Nina.-

-Yo lo se… creo que hay alguien con quien debo disculparme- Adelbert se esforzaba por no romper a llorar ahí mismo, caminó hacia Elizabeth y la ayudó a levantarse.-Se que tu no tenías la culpa, jamás terminare de lamentar lo que te hice, se que no podrás perdonarme, pero si algún día en el futuro, puedes recordar lo que sucedió sin sentir rencor será suficiente para mí-

Elizabeth no sabía que decir aún temblaba aunque menos que antes.

-Casi me matas- susurró- pero yo en tu lugar habría hecho lo mismo- Junior ofreció su mano a Elizabeth, la pelirroja se tensó, dudo unos segundos pero al final accedió. Estaba cerrando ese capítulo en su vida.

Johan los miró desde lejos, tantas víctimas habían ocasionado sus actos. De la mayoría no se arrepentía, pero de las dos personas ahí presentes, sí. Dio unos pasos hacía ellos, esperando terminaran lo que los unía.

-Quiero darte esto- Dijo Adelbert al verlo acercarse -Supuse que no tendrías donde quedarte- El joven sacó de su bolsillo un par de llaves oxidadas que ofreció a Johan -Jamás volví, pase toda mi niñez en distintos colegios de Alemania, ahora creo que pueden servirte más a ti que a mi, no tengo pensado regresar a ese pueblo-

Johan tomó las llaves en automático, sin razonar muy bien a donde pertenecían, al final se dio cuenta.

-Estará en ruinas- susurró

-Es probable- contestó Adelbert- No se si lo sabes, pero después de lo que ocurrió una hermana de Nana se hizo cargo de mi, tenía la herencia de mi padre y pude tomar mis propias decisiones, al final creo que si me volví un joven fuerte, la convencí de mudarnos ella era viuda y no se negó, después de todo gracias a ese dinero pude darnos una vida digna, incluso su hija Ana se convirtió en enfermera.-

-No tenía idea, pensé que el estado se habría hecho cargo de ti- Johan dijo esto muy bajo.

-Tampoco hubiera estado mal- continuó junior desganado.- Hasta donde se el rancho sigue en pie, a veces recibo cartas de Ana ella regresó al pueblo al morir su madre, se han industrializado un poco pero la casa sigue ahí, junto con mis recuerdos-

-Iré- musitó Johan- Elizabeth y yo ya no necesitamos huir, viviré ahí, la reconstruiré si es preciso y si así lo deseas podrás ir a visitarnos… hermano-

Aldebert sonrió, al fin se sentía en paz con su pasado. Quizá Johan tenía razón, esto era un nuevo comienzo.

Los tres se despidieron poco después de eso, ya no tenían más cosas que hablar.

-Todos te escuchaban hasta que

las campanas del Ángelus

mientras Héspero, como un dorado copo,

aparecía ente las nubes.- Recitó Adelbert antes de irse. Dio la mano a su hermano de nuevo y se despidió para siempre con un ademán.

-Entonces, todos regresaban con el fresco mayo

a sus cabañas,

con el alma llena de buenos deseos

de dulce paz.- Finalizó Johan el poema, venían tiempos de paz, de eso estaba seguro.

Tomo del brazo a Elizabeth mientras esta apretaba el pañuelo. No notó hasta mucho tiempo después que ese fino trozo de seda tenía la frase Lo siento con hilo dorado en uno de sus lados.

….

Kenzó estaba muy nervioso, después de todo era la primera vez que se casaba. Caminaba de un lado a otro sin saber bien que hacer, sus manos sudaban un poco y sentía asfixiarse por la corbata en moño que traía puesta.

Reichwein lo observaba divertido- Tranquilo Kenzo, no te va a dejar plantado en el altar- Reía el anciano.

Para sorpresa de Tenma esta posibilidad lo puso aún más nervioso soltó una risa forzada y siguió caminando.

-¿Están listos?- Dieter entraba, engalanado en su mejor traje sin pedir permiso- Todo esta listo allá afuera, parece que es hora de que salgas- el adolescente mostraba una sonrisa de oreja a oreja.

-Estoy listo- susurró Tenma, un último vistazo al espejo, sonrío, su vida estaba a punto de cambiar para siempre.

-Luces bastante bien- comentó su amigo Julius Reichwein. Era cierto, Kenzo portaba un frac negro muy elegante, una corbata de moño de seda igualmente negra, y de su bolsillo asomaba un pañuelo color paja, todo previamente planeado para combinar con el vestido de las damas de honor.

Su viejo amigo el Dr. Gillen le había regalado un par de mancuernillas de oro blanco con el centro en negro se veían finas y de excelente calidad,

finalmente sus mocasines eran de diseño exclusivo, le habían costado una fortuna pero Nina había insistido en que si se iban a casar debían hacerlo bien, con bombo y platillo. Habían pasado apenas seis meses desde que vieron a Johan, el y Elizabeth habían huido poco después. Desde ese momento la paz reinaba en sus vidas y Nina como había prometido a Kenzo comenzó inmediatamente los preparativos de la boda.

Kenzo caminó lentamente fuera del cuarto, respiro profundo y salió para colocarse en su lugar, lo sorprendió ver la iglesia a reventar. La mayoría de los presentes eran conocidos de Tenma de sus viejas andanzas: médicos, compañeros, algunas enfermeras y muchos pacientes. Nina en cambio había llenado su lado de amigos y colegas de la universidad, jóvenes de su edad a los que ella consideraba su nueva familia.

Para él todo había sido un poco más difícil, nunca se había llevado bien con su familia y cuando les aviso que se iba a casar pareció no importarles mucho. Unos días después sin embargo recibió para su sorpresa un arreglo floral de estilo japonés con las felicitaciones correspondientes. Ese día además su madre pese a la gran oposición de su padre había decidido asistir. Kenzo la recibió días antes abranzandola con ternura, hacían años que no se veían cara a cara y las llamadas ocasionales no llenaban el vació que había sentido al dejarla. Era una mujer de facciones finas, muy tradicional, seria y reservada; desaprobaba totalmente que su hijo viviera fuera de su país, que se hubiera comprometido con una alemana en lugar de con una japonesa y que después la hubiera dejado para comprometerse con otra alemana que además era casi 20 años menor que él, se había enterado también de sus problemas con la ley y pese a que Kenzo fue liberado de toda culpa, este hecho era el que había mermado más la relación de su hijo con su esposo quien tenía un puesto ligeramente importante en el gobierno japonés y cuyas decisiones durante la Segunda Guerra Mundial avergonzaban a Kenzo más que a nadie. A los ojos de su padre, Kenzo no era más que un inútil liberal idealista que nunca llegaría lejos y mucho menos tendría el dinero suficiente para mantener una familia. A los ojos de su hijo, su padre no era más que un viejo terco ya demasiado enfermo para viajar y al que solo le esperaba la soledad de la muerte. Su madre varios años más joven que el anciano se había mantenido neutral en el conflicto por lo que pudo asistir a la boda aunque desaprobara el hecho. Al conocer a Nina y pese a su inicial rudeza cambio un poco de parecer, más por que siempre que ella entraba a la habitación la cara de su único hijo se iluminaba de tal manera que ella no podía creer lo que veía: amor.

Al salir Kenzo para colocarse en su respectivo lugar, mando una sonrisa a su madre que mantenía pese a todo su rostro serio. Sonrió después hacia los rostros conocidos que se encontraban más cerca. Gillen, Ditier que ya había tomado su asiento y por supuesto a algunos de sus conocidos de médicos sin fronteras.

El comienzo de las marchas nupciales lo tomo desprevenido, pero al iniciar enfoco toda su atención al largo pasillo engalanado con flores. Pudo ver las puertas de la iglesia abrirse y al Dr. Reichwein de la mano de Nina, él la entregaría en el altar. El viejo bonachón lucia feliz y orgulloso, pero Nina, Nina lucía hermosa, las miradas de los invitados se centraron en la novia. Portaba un vestido strapple decorado con pedrería fina, con corte arriba de la cintura en donde un hermoso cinturón decorado separaba la falda de la parte alta del vestido, su falda era larga y en varias capas, de la última se desprendía la cola del vestido bastante larga, que detenían dos pequeñas niñas hijas de una amiga de Nina. Sobre sus hombros y torzo portaba una una ligera torera de encaje y en el cuello una gargantilla en oro blanco; había escogido un sencillo peinado al estilo de las estrellas de oro del cine alemán, dos aretes en forma de gota engalaban su rostro y en su tocado un ligero detalle azul indicaba que Nina seguía la tradición. El velo era del mismo encaje que su torera y completaba perfectamente el atuendo. Kenzo al mirarla no podía sentirse más cerca del paraíso.

Dieron el sí frente a casi 100 personas, al final solo unas 70 se quedaron a la recepción que a falta de recursos fue en un viejo hotel en los suburbios cercano a la ahora casa de ambos. La comida fue sencilla y el pastel delicioso. Kenzo no tuvo ningún problema durante la boda religiosa, la familia de su madre era de las pocas en Japón que practicaba abiertamente en cristianismo, por lo cual el había sido educado en dicha religión e incluso había sido bautizado pese a la oposición de su padre, pues durante la Segunda Guerra Mundial era muy mal visto ser cristiano e incluso llego a prohibirse. De igual manera la familia adoptiva de Nina se había preocupado por ese aspecto en la vida de su joven hija, por lo cual tuvieron una boda bastante tradicional. Ninguno de los dos era religioso pero creyeron importante celebrar una fiesta como lo haría cualquier pareja normal, les ayudaba a lidiar con su pasado. La boda civil que realizó en el lugar de la recepción.

Al final del día Nina y Kenzo estaban cansados y felices, habían bailado hasta morir y brindado con todos sus invitados. El doctor Gillen les dio la noticia de que sería papá y eso los había alegrado aún más. Eran felices y todo funcionaba a la perfección en su vida. Después de un día ajetreado habían decidido retirarse. Rentaron la habitación más lujosa del viejo hotel para pasar su primer noche de esposos.

Reichwein hospedó a la mamá de Tenma de tal forma que no hubiera contratiempos y despidió a los invitados en nombre de la pareja. Cuando menos se dieron cuenta ya estaban ambos en la habitación cansados pero felices.

-Te amo- Dijo Kenzo al oído de su ahora esposa mientras lentamente se deshacía del vestido de la novia

-Y yo a ti Kenzo, mucho mucho de verdad- sonreía Nina. Se había quitado el velo y su peinado ligeramente desarreglado le daba un aire hermosamente casual.

Nina quedo pronto sin vestido con sus senos al aire y una ligera ropa interior, aún portaba su ligero, medias blancas y tacones. La imagen no podía excitar más a Tenma, su esposa era hermosa, solo por eso había valido la pena pasar todo lo que habían vivido juntos, por ese momento. Contemplaba el cuerpo semidesnudo de su mujer. Su mujer. Se repitió a si mismo, a partir de ahora y para siempre.

-Eres la mujer más hermosa del mundo- susurró mientras la tomaba en sus brazos para besarla y cargarla, estaba tan ligera, había perdido peso debido a los nervios de la boda, Kenzo no había comentado nada para no molestarla de más, pero los pequeños huesos que asomaban por su cadera servían de evidencia, Kenzo la acostó sobre la cama, con cuidado beso sus labios, su cuello, sus senos, su cadera. Se deshizo lentamente de su ropa interior pero dejo las medias. Estaba muy excitado. Con ayuda de Nina se fue deshaciendo el también de su ropa, su camisa de seda, su corbata de moño, su chaleco negro. todo fue quedando lentamente en el piso. Nina comenzó a acariciar el pecho de su ahora esposo, se sorprendió a si misma, pese a los años Kenzo conservaba un cuerpo envidiable, delgado y con músculos definidos. Nina soltó unas cuantas lagrimas lloraba de felicidad.

-Al fin- susurró mientras Kenzo la penetraba.

-Vamos a estar juntos para siempre- dijo Nina entre gemidos.

-Para siempre-

El resto de la noche, los dos ahora esposos, no durmieron ni un sólo momento. La vida era tan corta y sus esperanzas tan grandes.

-Hola, Adelbert me dijo que vendrían- Una joven regordeta vestida con un traje casual de verano saludo a la joven pareja. Su hermano, no de sangre, pero si en educación le había avisado que una joven pareja conocida suya había rentado la antigua casa de su padre, la casa estaba casi totalmente en ruinas pero la condición de Adelbert fue rentarla sólo a quienes pretendieran reconstruirla y dejarla como en los años de su niñez. Para tal fin Ana había ido a recibir a los nuevos propietarios.- Soy Ana, Ana Blume-

-Hola, mucho gusto yo soy Elizabeth, Elizabeth Liebheart- Saludo una pelirroja ofreciendo su mano, estaba enfundada en un traje sastre demasiado pesado para el clima de los suburbios. Portaba un elegante sombrero de ala ancha, lentes oscuros y sus labios estaban pintados de carmín. Ana se sonrojó un poco, la joven pareja no se veían como viejos o nuevos granjeros, parecían más dos estrellas de cine. Los motivos para mudarse a ese lugar tan despoblado los desconocía totalmente.- Mi esposo- señalo después.

-Hola, que tal, soy Emanuel, Emanuel Liebheart- El hombre ahí presente sonrió de forma tan seductora que Ana comenzó a sudar nerviosa.

-Mu…Mucho gusto- finalizó mientras se daba aire con su mano. -Acompañenme por favor, les mostrare el lugar, debe asombrarles un poco el calor pero llegan en pleno verano las estaciones son muy marcadas en esta parte de Alemania- Siguió contando Ana.

-Si, parece un buen clima- comentó Elizabeth.

-Adelbert me dijo que vendrían, fue muy extraño que se contactara conmigo le perdí al pista mucho tiempo, poco después de que murió nuestra madre, pero al final familia es familia no creen, yo regrese aquí hace ya casi 3 años, mi esposo es médico uno no muy bueno para ser franca- Ana rió por lo bajo seguro su esposo el buen Frederich Blume la odiaría por tal comentario- Pero entre los dos mantenemos una clínica local, yo soy enfermera seguro Adelbert se los comentó, cuando es necesario llamamos especialistas de las ciudades cercanas, por supuesto-

-Vaya que interesante- fingió el joven de pelo rubio- En cuanto estemos instalados les haremos una visita, últimamente mi salud deja mucho que desear- sonrió

-Claro, no lo dude, además nuestros precios son económicos, buscamos ayudar más que ganar dinero, usted sabe somos unos pequeños idealistas- rió

Elizabeth y Emanuel rieron a la par, pensaron que lo de pequeños era evidentemente por la baja estatura de la joven. Caminaron un poco más a por el terreno polvoso de los suburbios al final encontraron la camioneta de Ana y su marido, era una vieja camioneta de uso rudo de color azul, subieron sus cosas detrás y se acomodaron con algunos esfuerzos en la parte delantera. Ana condujo casi treinta minutos la casa que la joven pareja iba a rentar estaba muy por las afueras del pueblo, cuando llegaron notaron la verdadera magnitud del paso del tiempo.

-Talvez sería mejor que se quedaran en el hotel local por un tiempo- susurró Ana.

La casa estaba en muy malas condiciones, con parte del techo resquebrajado y con la cerca que la rodeaba totalmente destruida, Emanuel como tentando el terreno había buscado un pozo con la mirada, al parecer al menos tendrían agua pensó al encontrarlo.

-De momento creo que estaremos bien- susurró Emanuel mientras comenzaba a bajar las cosas. El rostro de su mujer por otra parte parecía un poco más afectado por la noticia de que iba a dormir en ese lugar.

-Bueno, parece que el granero esta casi completo- comentó Ana, podrían pasar la noche ahí.

Elizabeth lanzó una mirada asesina que de no haber traído lentes oscuros seguro hubiera fulminado a la enfermera.

Emanuel rió contento- Si puede ser, es temprano así que probablemente necesite ir al pueblo por materiales, sabes donde podría rentar un auto por aquí- finalizó.

-¿Lo harán ustedes solos?- Se asombró Ana.

-Bueno, lo cierto es que… realmente no tenemos nada más que hacer- esta vez fue Elizabeth la que habló.

-Ya veo, en ese caso, si me permiten regresare al pueblo por mi marido, tenemos dos autos y estoy segura no le molestará rentarles esta camioneta unos días-

-En ese caso permitame pagar por adelantado sus servicios- Emanuel sacó de su cartera un par de billetes, Ana los aceptó un poco apenada por la cantidad, parecía evidente que esos dos jóvenes no tenían ni idea de lo que era vivir en el campo. Se despidió pocos minutos después y regresó una hora más tarde con su marido en otro auto. Dejaron la camioneta en casa de la pareja cargada con algunas cosas de primera necesidad y lo indispensable para que pudieran dormir esa noche en el granero. Habían pensando que sería una buena idea que hasta el segundo día, ya instalados, se dedicaran a las reparaciones.

Emanuel los miró complacidos, les pago los materiales que habían traído, más la renta de la camioneta y una gran propina.

Elizabeth por su parte estaba perdida bajo la sombra de un gran árbol sentada sobre su maleta espantando las moscas. Se veía acalorada y de malas.

-Esta seguro que su esposa estará bien, se ve… no se como decirlo más citadina- había preguntado el Sr. Blume antes de irse.

-No se preocupe, ya se acostrumbrará- Emanuel se despidió de la pareja Blume con un ademán y regreso a cargar las cosas que habían traído para meterlas a su nuevo hogar.

-En que habrá estado pensando tu hermano al rentar la casa a ese par- decía Frederich ya en el auto.

-Mira que es verdad, vaya pareja más extraña, no tienen nada que hacer en este pueblo- Reía Ana divertida.

-Pero la verdad es que la mujer es muy guapa- Admitió el Sr. Blume

-Y el joven no se queda atrás- susurró Ana más para si que para su marido recordando esa sonrisa celestial con un sonrojo.

Por su parte en la vieja casa de junior. Johan y Elizabeth habían dejado sus rostros felices de un lado.

-Mira que es cansado fingir felicidad todo el tiempo- Decía Elizabeth mientras comenzaba a deshacerse del saco de su traje sastre, para dar pie a una ligera blusa sin mangas de tela blanca.

-Somos recién casados no lo olvides, mi Elizabeth- sonrió Johan quien aún se ocupaba de cargar las cajas de los materiales que habían traído.

-Recién casados que duermen en el granero- Un aire sarcástico salió de la boca de su mujer.

-Parece ser que sí- Johan sonreía divertido, la vida sin el monstruo le resultaba fascinante, extraña, agotadora pero sobre todo excitante- A partir de ahora y para siempre somos solo nosotros dos-

-Nosotros dos- sonreía con complicidad Elizabeth, esta vez decidida a ayudar, había mucho trabajo que hacer para que la vieja niña rica, se volviera una mujer de campo.


Hola, yo aquí de nuevo publicando, bueno, pues me di cuenta que en el capítulo pasado no puse ningún comentario debajo por lo que recibí varios reviews preguntando si era el final del fic, la verdad es que podría ser por que al final todo el hilo dramático por así decirlo esta resuelto, pero mi idea era plantear que pasaba después de Johan, no solo cuando Kenzo y Nina lo perdonarán si no también después de eso, cuando el se perdonara a si mismo. Y los siguientes capítulos serán sobre eso. La parte feliz de la historia por así decirlo. Aunque claro tengo planeado integrar más personajes propios y serán a lo mucho otros 3 capítulos dependiendo cuanto me extienda en cada uno. Creo que este es corto pero lo arme lo más rápido posible para comenzar a abrir campo a esta nueva etapa de fic.

Ahora la parte de las notas.

El título del cap. es el título del poema que aparece, este poema si se busca en su traducción del aleman al inglés menciona que el ruiseñor que muere es una hembra, por lo que podría aplicar para la muerte de la madre de Adelbert, pero al traducirlo al español se pierde esto y se menciona solo como un ruiseñor. A mi me pareció un poema que habla de la muerte y la esperanza y además es una canción por lo cual se presto para la historia. El cementerio que menciono es un lugar real, el poeta también y la tumba de dicho poeta si esta localizada en ese cementerio. El motivo de añadir dicho poema era simplemente por que yo tenía la idea de que Johan y Adelbert se reunieran en un cementerio y bueno después de un poco de información es te fue el más fácil de localizar y del cual encontré más datos útiles para el fic. y al final todo se unió de esa manera.

Espero disfruten el capítulo, y muchas gracias de verdad por sus comentarios por que siempre me recuerdan que pese a lo ocupada que este debo dedicarme un tiempo de vez en cuando para actualizar esta historia que he disfrutado mucho escribir.