Epílogo
-Es raro que haga tanto calor- susurró una chica joven, perezosamente coloco la palma de su mano para cubrirse de los rayos solares, sabía de antemano que si no hacía eso se quemaría la nariz, era una de las desventajas de su tono de piel, poseía un tono blanco pálido, la clase de tono que hace notorias las venas de las manos y las piernas, que nunca permite un buen bronceado y que al recibir sol pasa del pálido absoluto a un tono rojo camarón, causando ampollas y quemaduras de segundo grado. Su cabello era por el contrario cobrizo paja, hacía pensar que alguien le había prendido fuego a una pelirroja, se veía en otras palabras chamuscado. No era una chica hermosa, era más bien una chica normal, algo pasada de peso, algo alta, con unos lentes enormes y unos ojos verdes que brillaban más que cualquier otra cosa, tenía una sonrisa sincera que inspiraba confianza y unas manos absolutamente perfectas. Sostenía un portafolio de piel de una marca costosa, sin embargo su ropa era barata y su ligero abrigo de verano sin duda era de segunda mano. Caminaba con pausa sobre la calle Ha–ydnstraBe en Leipzig, Alemania. Había ido a buscar un nuevo cuaderno de partituras a una tienda cercana a su universidad la gran Hochschule für Musik und Theater "Felix Mendelssohn Bartholdy" Leipzig, estaba a dos pasos de encontrar su tienda favorita, aquella que vendía exactamente el cuaderno con pasta dura que le gustaba tanto, cuando se quedó boquiabierta.
Frente a sus ojos se encontraba un chico que probablemente tenía su edad, era alto 1.85 como mínimo y tenía el porte suficiente para ser un modelo, un príncipe o el embajador de algún país extranjero. Sostenía un mapa en una mano y un trozo de papel en la otra y miraba desorientado en varias direcciones. Estaba parado justo frente a la tienda donde la chica pensaba entrar. Intentó pasar desapercibida, era bastante insegura y encontrarse con alguien a quien no podía menos que considerar hermoso la avergonzaba mucho, sin embargo como si de una mala broma del destino se tratará, justo cuando ella se disponía a entrar a la tienda el joven la miró directamente a los ojos. Entonces lo notó, sin duda se trataba de un extranjero, tenía el cabello castaño pero su tono no cuadraba con el del alemán promedio, tenía los ojos rasgados y de un brillante color azul, una nariz larga y aguileña que más que ser un defecto acentuaba todas sus virtudes, el cabello le caía lacio hasta los hombros, pero el corte era totalmente masculino. Una mezcla de razas bastante interesante. Dudo por un segundo pero al final entendió el mensaje: el chico esta perdido.
-Excuse me, are you lost?- dijo en un perfecto inglés, fue el primer idioma que le vino a la mente. El joven sonrió agradeciendo la ayuda y ella se sonrojó mirando hacía otro lado.
-Ohh, yes, could you help me?- Mostró el trozo de papel a la joven.
-GrassistraBe 8- leyó en voz alta. Su mente conectó todo, era época de exámenes y era común ver a estudiantes extranjeros presentar sus entrevistas y solicitudes de ingreso a su universidad- That's easy! You are looking for the university, just turn left in Ferdinand Rhode, walk two blocks and that's all.
-Really?-
-Yes, i´m studying right there too-
-Well, i'm not a student yet-
-Ohh yes, you're right… well good luck- La chica observo detenidamente a su interlocutor pensó, que dado su tono de voz, el entraría a estudiar canto; segundos después notó el estuche de violín que él mantenía apoyado en su rodilla. Se entristeció, tanto canto como los instrumentos de cuerda estaban en la Facultad 1, ella sin embargo estudiaba Piano que estaba en la Facultad 2, sabía que lo vería seguido, pero no tan seguido como le habría gustado.-Solo si lo aceptan, claro- Pensó; se despidió dispuesta a entrar a la tienda, el chico le ofreció la mano a modo de saludo, ella aceptó nerviosa, él atrevidamente la jaló hacía si mismo dándole un beso en la comisura de los labios -What are you doing?!- escuchó salir de sus labios entre reproche y asombro. Estaba roja de pies a cabeza y miraba al suelo sin saber que hacer.
-You know, si no me quedo en esta universidad, será la última vez que te vea- contestó el chico en perfecto alemán.
-¡Por dios santo!, creí que eras extranjero, diablos, sólo te estabas burlando de mí-
-Para nada, de verdad estaba perdido- sonrío el joven- Bueno, debo irme, mi entrevista es en media hora, me salvaste, llevaba cuarenta minutos dando vueltas sin llegar a ninguna parte- El joven tomó su violín y apresuró el paso.
-¡¿Pero si tienes un mapa?!- gruño la chica pensando que eso también era parte del engaño.
-¡Es un mapa de Munich, compre el equivocado en la estación!- gritó mientras agitaba la mano. La pelirroja no podía dejar de tocarse la mejilla con la palma de la mano, justo donde había caído el beso, aún estaba muy avergonzada.- eh, por cierto me llamo Eldwin, Eldwin Tenma, mucho gusto-
Usando todas sus fuerzas la chica contestó -Soy Lisa, Lisa Liebheart- dijo también agitando la mano y entró aún un poco avergonzada a la tienda de música.
...
La vida de Lisa era tal vez una de las vidas más extrañas de toda Alemania.
Su timidez no era fruto de una infancia disfuncional, era fruto de lo que ella llamaba con humor una carencia de infancia.
Cierto martes, y eso si lo recordaba, era martes, había despertado desorientada en la camilla de un hospital rural, tenía en brazo izquierdo roto y cientos de pequeños rasguños en su cuerpo de los cuales conservaba aún en su vida adulta un par de cicatrices, desorientada y sin saber muy bien que hacer hizo lo primero que le vino a la mente: pedir agua.
A su encuentro llegó una mujer regordeta con la bandeja típica de hospital, pero que contenía comida que se veía mucho más apetecible, un par de huevos revueltos, las típicas tiras de tocino, agua y un gran vaso de leche tibia.
-¿Cómo te sientes?- preguntó la enfermera.
-Bien-
-¿Te duele algo en particular?-
-No-
-¿Sabes cómo te llamas pequeña?- soltó la mujer en tono maternal, sin obtener respuesta, acariciando el cabello de Lisa para sentir su temperatura corporal y monitorear los signos vitales de la pequeña.-
-¿Dónde estoy?- preguntó Lisa que para ese momento contaba con aproximadamente 8 años.
-En un hospital- contestó la enfermera señalando la férula del brazo de Lisa- Tu padre, tu hermano y tú tuvieron un accidente, ¿lo recuerdas?-
-No- hubo un silencio incomodo en la habitación, la enfermera cuyo nombre no era otro que el de Ana Blume miró al techo intentando encontrar las palabras justas para lo que iba a decir a continuación.
-Estábamos esperando a que despertaras- susurró con cautela.
-¿Por qué?-
-Verás, como te dije antes pequeña, tuviste un accidente… hicimos todo lo que pudimos sabes… de verdad lo hicimos- la voz de Ana comenzó a quebrarse un poco pero se contuvo, a pesar de ser una persona muy profesional con su trabajo, había días en los que no podía ocultar sus sentimientos- Como te iba a diciendo, en el accidente, tu padre… pues verás, el no logró sobrevivir, y tu hermano, esta grave, él te salvó sabes, hizo todo lo que pudo para que no te pasara nada…-
-¿Y mi mamá?- Ana Blume notó entonces que la mente de Lisa funcionaba de una forma un poco diferente, no lloraba ni preguntaba donde estaba su hermano, no había reaccionado a la muerte de su padre, es más parecía como si ni siquiera entendiera de lo que le estaban hablando, ella se limitaba a seguir comiendo su desayuno usando torpemente la mano derecha, la única que tenía libre, lo que dejaba ver que era zurda.
-Pensábamos que tu nos podrías dar sus datos- Susurro Ana.
-Yo… no lo recuerdo- respondió Lisa- Pero si tengo un papá y un hermano, debo tener una mamá- finalizó.
-Tenías un papá…- corrigió Ana Blume.
-¿De qué habla?- Lisa parecía como ida -Usted dijo que iba con mi papá y con mi hermano- Ana Blume no supo muy bien como responder a eso, le acarició la cabeza de nuevo y dejo a la pequeña comer. Llamó entonces a su esposo, salió del cuarto y le comentó lo ocurrido.
-Es normal, debe ser por el shock- contestó el señor Blume- se que no es lo más adecuado cariño- dijo después en un tono preocupado- pero deberías llevarla a ver a su hermano-
-¡Pero que dices!, si el pobre chico está irreconocible, todo lleno de vendas y además en coma, sería muy triste para ella verlo así, muy triste-
-Yo sé.. yo sé… Pero verás, la verdad dada su situación actual…He hecho todo lo que he podido te lo garantizo, pero dada la cantidad de daño, no creo que pase de unos cuantos días- susurró para que la pequeña niña con cabello de paja no escuchara. La señora Blume entonces soltó un chillido que se extendió por los oídos de todos los que estaban en el hospital.
-Es una niña… una niña…- lloriqueó - No debería estar pasando por eso, y además aún no encontramos a sus familiares… Debe tener una madre, una abuela quizá…alguien.
-He hablado con todos en el pueblo y con todos los del pueblo vecino también, viajaban solos, todo lo llevaban en su camioneta, no hablaban con nadie, al posadero le pagaron de más para no dejar ningún apellido. No saben quienes son, ni a donde iban- El señor Blume se rascaba la sien como quien no quiere la cosa, se sentía igual de perdido que Lisa.
-¿Gitanos quizá?- dedujo la señora Blume.
-O fugitivos, el padre podría haber robado un banco y nosotros ni por enterados- gruño el Dr. Blume.
-¿Qué hacemos entonces? No podemos sólo dejarla que se vaya, es una niña- chilló de nuevo la señora Blume.
-Es nuestro deber cristiano ayudarlos, sabes tu más que nadie que no manejo este hospital por el dinero- sentenció - ella puede quedarse todo lo que necesite, hasta que se recupere y podamos averiguar algo más, pero lo más importante es que la lleves a ver a su hermano, y tiene que ser hoy señora Blume, es una orden… no sabemos cuanto más estará ese joven con nosotros…-
Al finalizar la platica y tras unos minutos más de chequeo, Ana Blume levantó la bandeja ya sin comida, y dejo a Lisa descansar, la niña se durmió casi de inmediato, no sabía quien era, no recordaba el accidente ni a su hermano, pero parecía no importarle, ya no tenía sed y eso la había tranquilizado.
Al caer la noche de la mano de la enfermera Blume y con mucho cuidado Lisa fue a visitar a su hermano, encontró a una masa sin forma que estaba lejos de parecer un joven de aproximadamente 20 años, que fue lo que termino diciendo su obituario dos días después en el periódico local. Lisa lo miró, pero no lo reconoció, era como si ese no fuera su hermano, sólo un enfermo más en una cama de hospital. Ana Blume por su parte le decía palabras de consuelo, pensando que no lloraba debido al impacto de ver a un ser querido en esas condiciones.
-¿Recuerdas algo pequeña, su nombre quizá?, ¿qué fue lo que paso en la carretera?- susurró Ana, intentando una vez más, esclarecer el misterio que rodeaba a esa niña pelirroja.
-No- dijo simplemente moviendo la cabeza.
-¿ Y tú nombre pequeña, recuerdas tu nombre?- Lisa sabía que no recordaba su nombre, ni lo que había ocurrido ese día, o el día anterior a ese, o el mes anterior, o el año anterior, pero por alguna extraña razón que ella se explicó a si misma como instinto de supervivencia básica, entendió que debía mentir para no meterse en problemas, recorrió el cuarto con la mirada y sin pensarlo demasiado dijo el primer nombre que le vino a la mente.
-Lisa, me llamo Lisa- fue así como escogió no sólo su nombre sino también, lo que marcaría su destino a seguir en los años siguientes.
...
- ¡Hola! ¿Cómo estas?- Lisa saludó animosamente a Eldwin, se habían encontrado de casualidad en un pub cercano a la universidad, al parecer todos habían decidido celebrar el fin del semestre.
- Bien y tu, pelos de paja- Riñó Eldwin a Lisa haciéndola reír.
-Por que no vas a la mesa, Eve esta allá, ella fue la que me convenció de venir- El pub estaba un poco lleno así que Eldwin no reprochó más y caminó junto con sus amigos a la mesa más cercana. Una mujer con la mirada fija los esperaba.
-Me sentaré en esta parte- sonrió Eldwin, sus amigos rodearon a la chica y comenzaron a platicar, mientras que el joven Tenma sólo volteaba esperando el regresó de Lisa.
A pesar de que no compartían carreras Eldwin y Lisa rápidamente se convirtieron en mejores amigos, ella siempre se mostraba avergonzada de estar con él, sabía que la gente comentaba a sus espaldas sobre como un hombre tan guapo podía salir con una chica tan común, pero Eve, la mejor amiga de Lisa, siempre respondía a esos chismes argumentando que Lisa y el "príncipe", como solían llamarle en la universidad, sólo eran buenos amigos.
Eve era rusa y por supuesto preciosa, poseía un cuerpo atlético y un cabello rubio cenizo totalmente lacio que le llegaba a mitad de la espalda. Era además egocéntrica y perfeccionista, pero tenía el talento suficiente para permitirse esos defectos, su nombre completo era Eveshka aunque si alguien se atrevía a mencionarlo inmediatamente saltaba llena de furia y salía golpeando todo a su alrededor. Eve provenía de una familia humilde de zapateros, su padre era un hombre bastante trabajador que había vendido la mitad de su taller con tal de cumplir el sueño de su única hija, su madre por otra parte poseía al igual que Eve una belleza angelical, pero, contrario a su hija mantenía siempre una personalidad humilde y sin muchas quejas.
El conformismo de sus padres y la situación - mayormente de carencias - que había rodeado su infancia volvió a Eve una predadora del éxito, estaba segura que tarde o temprano su carrera despuntaría y era muy conocida en la universidad por ser el evento principal en casi todos los recitales. Gastaba todo lo que ganaba en sus trabajos temporales en ropa y maquillaje y nunca ni el día más caluroso ni en la ventisca más fuerte, se veía uno sólo de sus cabellos despeinados o una gota de sudor cayendo de su frente. Fiel a sus principios consideraba su destino casarse con un joven de buena familia y de clase alta, principalmente por que no estaba dispuesta a vivir nuevamente en la pobreza.
Fue por este motivo que Eve se había vuelto cercana a Lisa, sabía que ella era amiga de Eldwin Tenma y Eve había decidido unilateralmente que él era el hombre de su vida, esta decisión tenía que ver con 3 factores principales: El primero: sabía que los padres de Eldwin eran gente de la étile alemana, un neurocirujano profesor de universidad y nada menos que una madre miembro del parlamento; el segundo factor; la ropa de Eldwin siempre estaba en perfecto estado y era de las marcas más exclusivas, lo que en la mente de Eve se traducía en dinero y finalmente el último factor: Eldwin fiel a la tradición familiar era un genio en su área en este caso el violín, por lo que aún sin su familia brillaría con luz propia sin ninguna duda.
Eve era lista y quería actuar rápido, sabía que Lisa negaba cualquier interés romántico en su amigo por la vergüenza de sufrir un rechazo amoroso. Fue por este motivo que había jugado todas sus cartas desde el inicio, primero entablando una amistad -más por conveniencia- con Lisa y segundo ese día, invitando "como por casualidad" a esos tres chicos al pub, uno de los cuales llamado Marco mitad-español estaba perdidamente enamorado de Lisa. Jugó rápidamente cambiando de lugar como quien no quiere la cosa y obligo a Lisa a quedarse cerca de Marco hasta bien entrada la noche. Cuando los chicos se levantaron por la cuarta ronda de cervezas tanteo el terreno.
-¿No crees que Marco es guapo?- preguntó directamente.
-Pues la verdad que si lo es- sonrió Lisa un tanto ebria.
-Creo que le gustas, que le gustas de verdad- Lisa se sonrojó.
-¿Tu crees?-
-Estoy segura, deberías… tú sabes…. después de todo no lo verás durante todo el verano- incitó.
-Si me das otra cerveza, tal vez lo haga- Y Lisa sonreía de manera boba.
Los chicos regresaron y de nuevo todas las atenciones de Eve se centraron en el joven Tenma, mientras Lisa se paraba estrepitosamente con dirección al baño ayudada por Marco y el otro joven.
-Yo la acompaño- guiño un ojo Marco.
-¿No crees que hacen una bonita pareja?- dijo saboreando su pequeña victoria.
-Pues la verdad que no- Eldwin miraba de forma aburrida hacía su vaso, vodka tonic, no más.
-¡Oye, pero si es tu mejor amiga, deberías apoyarla!- Eve reía con falsedad.
- Pluf, de que hablas Eve… Las personas no siempre van a actuar de acuerdo a tus planes, ¿entiendes? - Eldwin sonrió divertido mientras se levantaba.
-¿Pero... qué dijiste?-
-Ya sabes a que me refiero, ¿no?, a mi me gusta Lisa desde que entré a la universidad- soltó de pronto el joven ojiazul, debido al alcohol sus ojos se notaban un poco más rasgados y su mirada estaba perdida- Mira, se que te intereso, es bastante obvio y no me lo tomes a mal… pero pues… deberías dejar de perder el tiempo conmigo.-
-¿De qué hablas cabezota? Yo nunca dije que me gustaras - Eve no sabía como salir del apuro, ahora se encontraba aterrada sintiendo algo a lo que no estaba acostumbrada en lo absoluto: el rechazo.
- Bah, es obvio, te gusto desde hace mucho tiempo, he notado como me miras, pero también estoy seguro de algo… te gusto por las razones equivocadas…- Eldwin sonrió para si- no eres la primera, créeme, y en algún otro momento seguramente hubiera salido contigo, tampoco soy tonto, pero verás… a Lisa… a ella, le gustó simplemente por ser yo - sentenció el joven- y en eso…tu no tienes nada más que hacer- finalizó. Eldwin se levantó, se despidió de su amigo que se hallaba más que ebrio coreando la música del lugar y se aproximo a Marco que venía con Lisa apoyada en su hombro. Soltó un -Yo me encargo- dejando a Marco confundido y desapareció con la chica del de paja del lugar….
Eve se quedo viendo toda la escena sin moverse: la rabia, la ira y la decepción se acumulaban dentro de su ser… pero al final lo que sintió, fue más como si una hoja de papel en su pecho se rasgara a la mitad…. no lo notó en ese momento y sólo lo supo muchos años después cuando se divorció de su tercer esposo, pero esa sensación, era su corazón haciéndose añicos.
Afuera del bar Eldwin y Lisa caminaban hacía sus respectivos hogares. Los dos habían conseguido un cuarto en una pequeña pensión para estudiantes a no más de 20 minutos caminando. Eldwin en el primer piso y Lisa en el quinto. Lisa aún ebria, contaba anécdotas dispersas de la noche.
-Y entonces Marco le dijo a la camarera: Eh acaso no puedo entrar con ella, yo también tengo un lado femenino ¿sabes?, el muy tonto, y la camarera lo veía con cara de: ¿Qué demonios le pasa a este sujeto?- Lisa reía estrepitosamente- Ahhh, me divertí mucho esta noche-
-¿Por qué estabas con Marco?- preguntó el joven ojiazul mirando de reojo hacía el rostro de su amiga.
-¿De qué hablas Eldwin?, estábamos todos juntos, venga vamos no me mires así... Pareciera que estás celoso - Lisa contestó mientras reía de forma sincera- es un buen chico, quería conocerlo mejor, yo realmente me la paso bien a tu lado, pero no puedo estar todo el tiempo solo contigo ¿sabes?-
-¿Porqué no?- Eldwin se encogió de hombros, Lisa era así, decía las cosas de forma directa sin saber realmente que significaban para los demás.
-Pues por que hay más personas en el mundo, cabezota- Riñó un poco, sin entender el significado real de aquella pregunta.
-Lisa, verás, en realidad yo… quería decirte algo...- Eldwin era muy seguro de si mismo pero cuando se trataba de Lisa toda esa pose se venía abajo- pasa a tomar un poco de té a mi cuarto-
-¿Ahora?- preguntó Lisa distraída.
-Si, ahora- los dos chicos estaban por llegar, Lisa aceptó la invitación y entró al cuarto de Eldwin.
-Impecable, como siempre- dijo al entrar, el cuarto estaba perfectamente ordenado, era como si nadie viviera en ese lugar. Ni bien hubieron entrado Eldwin la tomo de los hombros abrazándola por detrás.
-¿Qué haces tonto?-
-Tengo frío-
-Pero si ya estamos dentro- Lisa reía aún producto del alcohol, se deshizo del abrazo e intentó dar unos pasos dentro de la habitación. De pronto sintió como la jalaban del brazo y era capturada por Eldwin quién la arrincono en la puerta. Eldwin la miró por unos segundos, sólo los suficientes para que la chica comenzará a ponerse nerviosa, toco con su indice los labios de Lisa recorriéndolos lentamente, después de esto la besó, sin previo aviso y sin decir una palabra, Lisa se encontró así misma intentando decidir entre continuar el beso o respirar.
-Si me dices que me detenga- susurró Eldwin- me detendré… pero lo que yo quiero es…. que te quedes conmigo esta noche… y la noche que sigue…. y la que sigue….- Eldwin no sabía que más decir, le temblaban las piernas y había comenzado a sudar frío.
Lisa no alcanzaba a procesar la información, su mejor amigo, el joven al que más admiraba, estaba frente a ella temblando como un venado recién nacido, confesándole un amor que ella no sabía que sentía- Creo que… creo que- quería decirlo, decirlo en voz alta, gritarle a ese joven que lo amaba, que desde el primer día lo había amado pero que sus inseguridades no le dejaban confesárselo, que era su mejor amigo pero no sólo eso, que para ella lo era todo. Sin embargo la cerveza y el licor le jugaron una mala pasada, su mente se puso en blanco y solo alcanzó a llevarse las manos a la boca- Voy a vomitar- susurró y corrió al baño lo más rápido que pudo y escuchó a Eldwin preguntar si estaba bien, lo vio detener su cabello, lo vio limpiarle la cara, y fue ultimo que vio antes de perder el conocimiento.
Cuando despertó al día siguiente Eldwin la miraba mientras tomaba café y hojeaba el periódico.
-¿Cómo te sientes?- Lisa se levantó deteniendo su cabeza, sentía como si una manada de elefantes la hubieran pisoteado.
-No hables tan fuerte- gruñó.
Eldwin río por lo bajo y le acercó un poco de té y unas tostadas con mermelada. -Será mejor que comas, tu estomago te lo agradecerá-
-Gracias- Flashazos llegaron a la mente de Lisa, lo recordó. El beso, la confesión, el vomito. Acaricio sus labios y Eldwin pareció notarlo.
-No tienes que contestarme si no quieres- Lisa pudo notar el dolor en esas palabras. Cerro los ojos un segundo, inhalo y exhalo varias veces mientras el ojiazul la miraba. Termino de comer en silencio, notando como todos sus movimientos eran analizados, se levantó y bebió un poco de agua, noto que su ropa era diferente, una camiseta limpia de Eldwin y unos joggings deportivos grises.
-Tu ropa tenía vomito, la puse a lavar- Escuchó antes de formular cualquier pregunta - Yo… no me propase contigo ni nada...-
-Voy a entrar a tu baño- dijo finalmente.
-De acuerdo- susurró Eldwin decepcionado.
Eldwin escuchó el sonido de la regadera abrirse, que tenía Lisa en la cabeza. Acaso no entendía que estaba en el mismo cuarto que un hombre el cual se la acababa de confesar, y además -tenía que admitirlo- la noche anterior había ocupado toda su fuerza de voluntad para no intentar algo con Lisa, quería que pasara, él quería que pasara, pero no soportaba la idea de ser odiado por su mejor amiga, y fue por esa razón que no intentó nada, que la dejo dormir después de cambiarle la ropa, que se acurrucó a su lado sólo sintiendo la calidez de su cuerpo… y ahora sin más, sin obtener una respuesta y sin formular ninguna pregunta, Lisa decidía simplemente bañarse y olvidarlo todo…. no conocía ese lado de ella y lo detestó… quería salir, correr y esconderse, se arrepintió de haberse confesado, de haberla amado y de seguirla amando. Mordió su labio, una y otra vez, hasta hacerlo sangrar. Estaba furioso.
Lisa salió envuelta en una pequeña toalla ensuciando el departamento perfecto con sus pies mojados, se acercó a Eldwin y lo miró, el joven cerraba los ojos con fuerza acariciando con su mano el puente de su nariz obligándose a no observar y mordía su labio con tal desesperación que de la pequeña herida manaba más y más sangre. Lisa se agacho, besó la herida del labio de su "amigo" y lo obligó a abrir los ojos.
-Mirame…- Eldwin no quería mirar, se negaba a dejarse engañar, a ser pisoteado de nuevo- Mirame sólo a mi- susurró- para siempre-
Eldwin abrió los ojos y sin esperarlo Lisa le besó, primero como un acto de ternura y después seriamente, subió la rodilla un poco recargándola en la entrepierna de Eldwin, sintió el cuerpo de su amigo reaccionar al tacto, se quitó la toalla, acercándose a él. Eldwin pudo sentir los pechos de Lisa, su abdomen y como la camiseta que usaba de pijama se mojaba con el agua que resbalaba del cuerpo de su ahora amante. Las manos del chico comenzaron a recorrer un territorio desconocido al cual sin saber cómo había conseguido llegar, cada curva, cada imperfección era analizada como por un ciego aprendiendo braille. Lisa por su parte se dejo tocar sin miedo y sin pena, a plena luz del día mientras forcejeaba con el cinturón del joven Tenma, el temblor de sus manos desapareció al poco tiempo.
El deseo se apoderó de ambos y Eldwin tomando a Lisa de la cintura la aventó a la cama, se deshizo de su camiseta y continuo besándola con desesperación, la aprisionó poco a poco mientras mordía su cuello y bajo lentamente acariciando sus senos, mordió sus pezones sin importarle los pequeños gritillos que lanzaba la pelirroja, se abrió camino entre sus piernas y uso sus dedos en un vaivén de movimientos, Lisa se tapaba el rostro con las manos - Déjame verte- exigió. Y las mejillas sonrojadas de la joven, ahora liberadas, lo motivaron a seguir. Amó y se dejo amar; sin darse cuenta se entregó de una forma en la que no se había entregado con ninguna otra chica, sin temor a ser juzgado, sin contradicciones, sin el eterno juego de fuerzas entre ambos sexos. Eran sólo dos iguales haciendo el amor como si fuera la primera vez que lo hacían, dos iguales que se habían amado desde el inicio y que estaban dispuestos a recuperar todo el tiempo que habían perdido.
Varias horas después, Lisa despertó con el cabello aún húmedo y en una cama totalmente desordenada, Eldwin sonreía aún dormido, Lisa se sonrojó, nunca se había comportado de esa manera con alguno de sus ex novios y ahora que el efecto del licor había desaparecido totalmente se sentía muy avergonzada, ocultó su cara entre sus rodillas y agitó un poco su cabeza para despejarse, encontró en todo su cuerpo un olor que no era el suyo, y entonces lo supo: ya no había marcha atrás.
-Lo deseaba tanto- intentó explicarse a si misma. Eldwin despertó y la miró como si no existiera nada más.
-Vivamos juntos- escuchó.
-¿Qué?-
-Ya me oíste, cabeza hueca, vivamos juntos… a partir de ahora- Lisa lo miró con sorpresa.
-Si- dijo sin dudarlo.
Lisa no solía ser tan segura, el no solía ser tan inseguro, pero cuando estaban juntos afloraban cosas que nadie más había visto en el otro y esa era la mejor parte de su relación. Al finalizar las vacaciones de verano, ambos habían rentado un departamento cerca de la universidad, Marco salía con una chica italiana y Eve había decidido estudiar un semestre en el extranjero.
…
-¿Quién eres tú?, ¿Qué haces aquí?- preguntó un hombre extremadamente hermoso a una niña pequeña, el hombre ahí parado parecía aún más confundido que la niña y caminaba lentamente apoyado en un bastón.
La niña lo miró de los pies a la cabeza, creyó haber encontrado un ángel y se puso extremadamente nerviosa sin saber que contestar, intentó desviar la mirada y prefirió simplemente observar el bastón.
-En realidad no lo necesito para caminar, es sólo que si no lo uso, Elizabeth se preocupa- respondió el hombre - a veces mi mente se pone en blanco y me desmayo, con esto- dijo golpeando el piso el bastón- se amortigua un poco mi caída - continuó, hablándose más a si mismo que a la niña.
-Mi mente, no logra recordar- fue lo que obtuvo como respuesta.
-La mente es así, verás, se vuelve caprichosa, si no logras recordar algo, es bien seguro que no quieres recordarlo- susurró Johan - ¿Cómo te llamas?-
-Lisa-
-No, no el nombre que te pusiste, ¿cómo te llamas en realidad?- preguntó Johan. Lisa lo miró sorprendido, él era el único que había descubierto su mentira.
-No lo sé-
-Ya veo, ya veo, yo había venido… claro… yo había venido a… claro… a alimentar a las gallinas- susurró, sacando una pequeña bolsa de alimento y aventando comida por todas partes.
-Las gallinas están por allá- señaló Lisa.
-Verás, es lo interesante… ellas estarán en donde este la comida- y el joven volteó lanzando un silbido, menos de 5 segundos después algunas gallinas bonachonas lo rodeaban.
-¿Cómo te llamas?, perdón... ¿Cómo se llama, señor?- preguntó Lisa con timidez.
-Eso es algo que no puedo decirte, verás, Elizabeth sabe que no debo decirlo, me lo recuerda, por que yo… verás… a veces olvido cosas, pero todos aquí me llaman Emanuel- Lisa entendió inmediatamente con quien estaba tratando, había escuchado a la enfermera Ana Blume nombrar a un tal Emanuel más de una vez, el comentario siempre venía acompañado de la frase pobre hombre, si tan siquiera pudiera recordar… Era evidente que padecía una especie de demencia senil que no concordaba con su edad, hablaba pausado siempre mirando a la nada y con una sonrisa en el rostro.
Algunos gritos se escucharon a lo lejos.
-¡Lisa, Lisa! ¿pero dónde te has metido?- Se trataba de la enfermera de nuevo.
-Parece que te buscan-
-No quiero regresar, no quiero- susurró Lisa- ellos sólo me miran con lastima, esperan que recuerde, pero yo no sé, lo he intentado, pero no sé…-
Johan miró a la pequeña como si fuera otra gallina más.
-Ven a visitarme de nuevo- susurró- podremos no recordar juntos- Lisa miró a aquel hombre con asombro, se levantó al escuchar de nuevo los gritos que la llamaban, limpiando un poco la tierra de sus jeans y caminó hacía Ana Blume. Johan se despidió de ella agitando la mano y tirando un poco de la comida para gallinas que aún quedaba en la bolsa.
A partir de ese día Lisa se escapaba seguido a la granja de los Liebheart, Johan le enseñaba cosas, la mente como él mismo había dicho era muy selectiva en lo que el podía recordar, pese a no tener mucha idea de su vida anterior a la granja, Johan o más bien Emanuel, como lo conocía Lisa tenía un basto conocimiento que no concordaba con su vida de campesino, gracias a eso le ensañaba a Lisa diversos idiomas y materias: latín e italiano, historia y geografía, la Biblia y el Corán, cosas que a veces ni el mismo Emanuel recordaba que sabía, pero que sin saber cómo, afloraban de pronto. Lisa por su parte le leía en voz alta algunos libros, rusos clásicos, novelas románticas, aventuras épicas, todo lo disponible en la pequeña biblioteca de la granja. Elizabeth por otro lado se mantenía distante, no daba muchas muestras de cariño a la pequeña, pero tampoco se portaba especialmente mal con ella.
Cierto día unos cuantos meses después, Lisa entró a la casa de los Liebheart sin avisar, vio un gran desorden por todas partes y un viejo florero roto con dos o tres flores mojadas tiradas en el piso, le restó importancia, llamó algunas veces invocando el nombre de Emanuel y al no recibir respuesta entró sin pena a la casa, su mirada se dirigió hacia un viejo piano de cola y sin saber por que y movida por algo que ella sólo podría llamar años más tarde: instinto, se sentó. Comenzó a tocar algunas canciones sencillas y cada vez con más confianza golpeó una y otra vez las teclas.
-¿Sabes tocar?- No era Emanuel él que preguntaba, se trataba de Elizabeth que con unas visibles ojeras y un pequeño golpe en la mejilla bajaba a su encuentro. Lisa la miró un poco temerosa -No le des importancia, a veces, su mente se enfurece tanto, le entran arranques, rompe cosas, grita, y cuando intento controlarlo estos accidentes pasan… pero la música, la música lo tranquiliza, sigue tocando por favor.-
Lisa obedeció en silencio y siguió tocando sin saber siquiera el nombre de la canción que repetía de memoria, Elizabeth sacó unas viejas partituras de la biblioteca y las colocó frente a la niña de 9 años, de forma inconsciente Lisa comenzó a seguirlas revelando una formación clásica en piano. Elizabeth le acarició el cabello.
-Haz errado esa nota, lo ves, de aquí debes pasar primero al bemol, y después al sostenido, sin pausas en 4 tiempos continuos. Cuenta en tu cabeza, empieza de nuevo... vas bien... otra vez-
Lisa comenzó una vez más y fue lentamente corregida por Elizabeth, era otra de sus habilidades de niña rica, una formación en piano para entretener a los invitados de su padre. Elizabeth sonrió para si misma, al final incluso eso había resultado una habilidad útil.
-Tranquila, Lisa lo estas haciendo bien- le sonrió por primera vez a la pequeña, después de una sesión de intensa practica, la dejo beber un té y comer un poco de tarta de manzana. Ana Blume, paso por Lisa hasta bien entrada la noche.
-Lo siento, Sra. Liebheart, el hospital está a reventar en está temporada, no nos damos abasto y no he podido pasar antes- se disculpó la enfermera, en realidad no quería admitir que ni siquiera había notado que Lisa no estaba.
-No se preocupe, esta todo bien, Lisa y yo hemos estado bien-
-¿Y el señor?-
-Un poco indispuesto en realidad- se lamentó Elizabeth.
-Una pena escucharlo-
-Sra. Blume, es decir Ana, me gustaría proponerle algo, pero no se si vaya usted a aceptar- susurró Elizabeth- verá, mi esposo y yo hemos pensado seriamente en adoptar a Lisa, sabemos que ustedes la cuidan lo mejor que pueden, pero verá, usted tiene ya 3 hijos y nosotros pues… a Emanuel le hace mucho bien convivir con la niña, recuerda las cosas con más facilidad cuando está con ella, y ella es muy amable con él-
-Oh mi dios, pues Sra. Liebheart es esta un gran sorpresa, sabe usted que legalmente Lisa esta en el limbo, ni nosotros hemos podido encontrar a sus familiares, y además la niña no recuerda nada, no es que no quiera, es que simplemente no se como pueda usted adoptarla, en cuanto a mi y al señor Blume, nos guiaremos ante todo por lo que la niña quiera hacer- Le costaba aceptarlo, pero al escuchar la intensión de los Liebheart Ana Blume sintió como si un peso dentro de su pecho se liberará, no era que no hubiera sentido algún cariño por Lisa, pero es que la niña nunca le dio tan buena espina, tan callada, tan tímida, tan perdida, en el fondo la enfermera Blume sabía que no quería que una niña así conviviera con sus hijos, pero que podía hacer: era su deber cristiano... aunque ahora que una buena familia sin hijos la quisiera adoptar, esa sin duda era la solución perfecta, se odio a si misma por sólo pensarlo.- debe usted preguntarle a la niña- dijo de nuevo.
-Ya veo... ya veo, verá, tengo algunos contactos aún de la cuidad, si me esfuerzo tal véz consiga adoptarla de manera legal, en cuanto a la decisión de Lisa, lo mejor será preguntarle personalmente, le parece bien si nos reunimos el fin de semana, esperare a que Emanuel mejore para tomar una decisión-
-Por supuesto- contestó la enfermera, montó en su vieja camioneta junto con Lisa y se dirigió de nuevo al hospital. Meditó unos minutos sobre toda aquella conversación, impresionante, esas personas eran impresionantes, no sabía si para bien o para mal, pero eran una de las parejas más atípicas que había conocido. -¿Y qué dices Lisa? ¿Te gustaría vivir con los Liebheart?- La niña no respondió, sólo se quedo en silencio pensando aún en las notas del piano.
Dos semanas después y con un poco de resistencia por parte del señor Blume, Lisa se había instalado en la granja de los Liebheart, unos meses más tarde y gracias en su mayor parte al dinero y unos cuantos sobornos Emanuel y Elizabeth habían logrado adoptar legalmente a una pequeña pelirroja de 9 años. Desde ese día ella y Elizabeth pasaban casi todas las tardes practicando en el piano, y Johan cada vez más ensimismado, las escuchaba desde lejos, Lisa había perdido sus recuerdos y su vida, pero pese a todo se encontraba cómoda con esa pareja, había aprendido a amarlos como si fueran en realidad su familia y también cuidaba a su nuevo padre con esmero. Le ayudaba a recordar siempre que el lo necesitaba y le apoyaba en todas las labores domesticas que estaban a su alcance.
Para cuando cumplió 15 años, no solo era un erudita del piano sino que además hablaba inglés e italiano y podía leer a la perfección el latín, sabía más que cualquier adolescente promedio en toda Alemania, pero debido en mayor parte a sus inseguridades nunca lo exteriorizaba del todo bien. Había decidido ser una gran pianista y Elizabeth a la que ahora llamaba con confianza mamá la apoyaba totalmente en esa decisión. En cuanto a Emanuel, no hubo hija en el universo más entregada, incluso en sus últimos momentos, en donde los arranques de su padre se volvían impredecibles, y gritaba constantemente que era un monstruo y que lo debían dejar morir, Lisa lloraba a veces por estas palabras pero a pesar de ellas se entregaba tardes enteras consentir a Johan y ayudar a Elizabeth, lamentablemente para cuando tenía 17 años, su padre adoptivo murió, justo antes de que ella recibiera su acceso a una de las mejores escuelas de música de Alemania, nunca estuvo muy segura de si su padre la había amado o si sólo la veía como buscando en sus recuerdos, se convenció a si misma de que Emanuel la había amado a su manera y también decidió que a ese hombre que la encontró cuando estaba tan perdida, nunca lo iba a olvidar.
...
-¿Qué haces aquí?- Preguntó Elizabeth. El paso del tiempo era evidente. Elizabeth ahora era una mujer de mediana edad, su cabello antes rubio se asomaba de forma más opaca en su cabeza, su rostro antes perfecto, mostraba las arrugas y cicatrices de alguien que ha decidido vivir, sin miedo y sin pena, sin ninguna vanidad. Seguía siendo hermosa, pero de una forma diferente; conservaba el porte y la dignidad de persona de alta cuna, aunque sus ropas fueran las de una simple campesina. Su cuerpo, por otra parte, se había mejorado con los años gracias al trabajo físico, tenía unos pechos demasiado firmes para su edad, un abdomen apenas floreciente y unas piernas largas y torneadas. Ninguna jovencita habría opacado su belleza, e incluso algunos hombres jóvenes a su alrededor volteaban confundidos a verla, sintiéndose de una forma extraña atraídos hacía alguien que podría tener la edad de sus madres.
Frente a ella se encontraba un joven alto de cabello oscuro y ojos rasgados, vestido con un abrigo azul marino, pantalón caqui y mocasines, otra belleza de la nueva Alemania.
-Vine a despedirme… - dijo.
-¿De quién?-
-Del monstruo… por supuesto-
Elizabeth río ante este comentario. El joven se acercó a la mujer de forma natural, sonriendo como su la conociera de toda vida-Mi padre, creyó que nunca me enteraría de la verdad, pero la descubrí, poco a poco… y entonces supe que tenía que venir a verte-
-No debías verme a mi, si no a él- Elizabeth señaló una tumba…
-Eso era lo que él quería, pero yo no soy como él, ni tampoco mi hermano- susurró - ambos somos buenos, pero no tan buenos como mis padres- Sacó un pequeño paquete de dentro de su abrigo, era un viejo libro envuelto en papel de regalo con un pequeño moño blanco, entregó un libro a la mujer.-Pensé que deberías quedártelo-
-Gracias- Elizabeth lo desenvolvió sabiendo de antemano que iba a encontrar un viejo cuento para niños, mientras unas cuantas lagrimas se derramaban sobre su rostro, miles de recuerdos vinieron a su mente, al final, entendió, la gente sólo se queda con lo bueno.- Él… en realidad él no quería engendrar otro monstruo- explicó- te equivocas, él quería darles el libro, sólo eso… sólo quería que alguien lo recordará, que alguien supiera que el no era "la nada", ¿Lo entiendes?, era su forma de destruir su propio sueño, de destruir lo que quedaba de él -
- No podría decirlo- el joven se acercó un poco más - Pero creo que él quería un nombre, y al final, lo obtuvo… tú se lo diste, y Lisa también, ella aún guarda gratos recuerdos del tiempo que pasó con él- susurró el chico- al menos con ustedes, él hizo algo bueno- llegó hasta la lapida y tocó con su mano el nombre grabado- "Emanuel Liebheart, amado esposo y padre"- decía como epitafio. -El más grande cliché de la historia- susurró.
-Tienes razón- sonrió la mujer.
-Mi hermano… Eldwin, ¿sabías qué ya vive con tu hija?- la anciana comenzó a reír notando la ironía.
-Tal vez el destino quiere decirnos algo, al final, él siguió jugando las cartas correctas- susurró, mirando hacía la tumba.
- No le cuentes de esto a Eldwin, él no es como yo… él lo merece todo...-
- Eres muy amable, joven Edmont, lo sé, él y Lisa, merecen lo que ni tus padres, ni nosotros pudimos tener, un vida en total paz, me encargare de eso - Elizabeth se levantó con dificultad. El joven de cabello oscuro la ayudó por instinto.
-¿Qué te pasa en la rodilla?- notó de inmediato.
- Eres muy listo, joven Tenma… muy listo, igual que tu padre... serás un gran doctor algún día.- Guiñó un ojo - Es sólo un viejo problema de articulaciones, nada de que preocuparse, aunque me vea así, no puedo negar ser una vieja- continuó.
-Una muy hermosa mujer madura- corrigió como halago el joven.
-Ahora, si me disculpa joven Tenma, me gustaría ir a tomar un café, si quisiera usted acompañarme- Elizabeth sonrió, seduciendo de forma divertida al chico al que le doblaba la edad.
-De acuerdo- escuchó como respuesta, y un brazo le fue ofrecido para aminorar su carga.
Edmont y Elizabeth tomaron un café cada uno y compartieron una rebanada de pastel de manzana, si no fuera por la clara diferencia de edad la gente que pasaba a su alrededor hubiera jurado que eran una pareja de enamorados. Platicaron sobre todo y sobre nada, la mayor parte del tiempo de lo único que tenían en común: Eldwin y Lisa, uno hablaba maravillas de su hermano, la otra maravillas de su hija, rieron por lo bajo y se despidieron de una forma casi natural con un beso en la boca, al finalizar y sin saber porque, intercambiaron teléfonos y direcciones.
...
El día había llegado, su hermano Eldwin y su ahora prometida Lisa habían decidido mudarse a París gracias a una excelente oferta de trabajo.
Edmont que ahora ya contaba con casi 35 años se despertó como cualquier día, besó a la mujer que tenía a su lado y le ofreció el desayuno.
-Tengo que irme- contestó está. Una morena hermosa de ojos olivo- ¿Me llamas en la semana?-
-Por supuesto- escuchó como respuesta.
La morena salió del departamento lanzando una mirada hacía un viejo portarretratos, mostraba a una mujer hermosísima de pelo rubio y ojos azules, era delgada y con porte, de aproximadamente 50 o 60 años, salía sonriendo a la cámara divertida. Durante todas las noches que había pasado en ese departamento siempre había supuesto que la mujer era la madre de Edmont, pero ahora a la luz del día y con la claridad de una mente despejada, no notaba absolutamente ningún parecido físico entre ambos.
-Será su tía- pensó y salió del lugar.
Tras tomar una ligera ducha y salir de su departamento Edmont se encaminó a la vieja casa donde Lisa y su hermano vivían, los saludó con un beso en cada mejilla y un fuerte abrazo. Les ayudó a empacar y subir todo a un destartalado Volkswagen. Se río con las últimas novedades de su gemelo, que ahora parecía más un hippie con cabello largo y barba crecida, y cuando casi hubieron terminado, descansaron compartiendo una última cerveza.
-Estarán bien- finalizó
-Lo sé hermano, lo sé- Eldwin seguía revolviendo cosas y empacando los últimos detalles. -ayúdame con esto ¿quieres?-
-¿Qué es?-
-Viejas fotos de Lisa y mías, sabías... su padre no era muy dado a las fotos, entiendes, le traían malos recuerdos, por lo que sé sólo tiene una o dos fotos con él, las guarda como si fueran oro-
-¿De verdad?, no cabe duda que cada familia tiene sus manías-
-Nuestro padre, lo recuerdas, solía arruinar las fotos todo el tiempo, sonriendo como tonto o haciendo caras graciosas para hacer enojar a mamá.- Eldwin miró con añoranza hacía la ventana.
-Lo sé, era una persona encantadora- susurró Edmont de forma melancólica.
-Siempre te quiso mucho, cada vez que escapabas de casa, se preocupa exactamente de la misma manera, ¿sabes?, intentaba parecer sereno y hacer que Nina no se preocupara pero, yo sabía la verdad... Estaría muy orgulloso de ti, si pudiera verte ahora, el gran oncólogo Edmont Tenma, mitad alemán, mitad japonés y además uno de los doctores más guapos de todo el hospital- gritó Eldwin sonriendo y agitando su cerveza- Estaría muy orgulloso, tenlo por seguro Edmont- terminó en un modo más serio.
-Fuí un adolescente con muchos problemas- comenzó a reír Edmont. Y su mente vago dispersa en todas esas ocasiones en las que se había escapado para averiguar la verdad que su padre deseaba ocultarle.
Recordó...
Su padre había descubierto que el tenía ese viejo libro para niños cuando él y Eldwin tenían 12 años, por primera vez vio miedo y furia en los ojos de su padre, lo agitó con fuerza preguntando de dónde había sacado ese cuento, Edmont mantuvo su promesa y no delató a aquel hombre hermoso de ojos azules, sin embargo fue la primera pista de que algo no estaba bien en su familia, tras algunos años de escapadas, de leer periódicos viejos e incluso de entrevistar a su padre quien a regañadientes le contestaba, se había enterado de la verdad.
El fantasma que pesaba sobre Kenzo y Nina -sus padres- era más grande de lo que él había supuesto, su mente adolescente no alcazaba a procesar todo lo que había descubierto, como era posible que su padre hubiera salvado a un monstruo como aquel, por que su madre seguía sonriendo cuando hablaba de su pasado, de sus padres adoptivos, de su vida en la universidad, de su primer trabajo, ¿Cómo habían logrado avanzar?, ¿Porqué perdonaban a alguien que había causado tanto dolor? ¿Cómo era posible que ellos fueran tan felices?, ¿No acaso el pasado te marca?, lo había marcado a él, Edmont lo sabía, por eso él había recibido ese libro, por que tenía que entender y el monstruo quería decirle algo, pero él no era un monstruo, no aún... y en la palabra aún se encontraba su mayor temor.
Cierto día en una de sus ya comunes escapadas se metió en una pelea callejera con otros dos sujetos, unos buenos para nada mucho mayores que él, terminó casi muerto tirado en la calle, una anciana bastante amable que pasaba por el lugar los ahuyento gritando a un policía imaginario que ahí estaban unos ladrones, lo ayudó a levantarse y lo llevó a su hogar para tratar sus heridas. Recordaba poco de la anciana en cuestión pues su visión estaba nublada por los golpes, pero lo que si tenía claro, es que el viejo apartamento olía a regaliz, la mujer que hablaba un alemán algo raro y con acento resultó ser holandesa, le contó más que otra cosa para distraerlo mientras lo curaba, que había llegado a Alemania a los 16 años, su padre era un sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial y debido a la hambruna de 1944 guardaba un gran rencor hacía los Alemanes a los que consideraba unos traidores, pero ella inocente y algo tonta se había enamorado perdidamente de uno, un joven de 20 años de una familia promedio proveniente de Bremen, que sólo había ido a Assen de donde ella era originaria a pasar el verano, después de pasar dos largos meses con este joven había decidido huir con él, su padre no lograba perdonarla y aunque seguía manteniendo una comunicación asidua con su madre y sus hermanos, su padre se negaba a verla e incluso dos años después se había negado a conocer a su nieto. Un año después de esto su padre había sido diagnosticado con una enfermedad incurable, harta de que él se negara a contestar sus llamadas había acudido a verlo como último recurso, llevando a su ahora marido y a su primogénito.
-Esta es mi familia- le dijo a su padre sin más- Deberás quererla como si fuera tuya, por que yo soy tu familia también-
-Traidora- había contestado su padre mientras tosía.
-No te he traicionado a ti, ni a tu tierra, si no a las ideas estúpidas que tienes de que en el mundo hay alguna frontera- exclamó- Tu nieto aprenderá dos idiomas, conocerá esta tierra y la de mi marido, sabrá diferenciar entre el bien y el mal, y por encima de todo esto siempre te amará, por que los dos años que estuviste negándome el derecho de ser tu hija, yo los pase reafirmando tu derecho a ser mi padre- El anciano había comenzado a llorar, no podía evitarlo estaba feliz de ver a su hija, tan feliz que aún cuando seguía gritando que era una traidora, sonreía y más lagrimas manaban de sus ojos, la joven se acercó a besar la mano de su padre, después se acercó su marido.
-Tenga por seguro, que lo que siento por ella es más fuerte que cualquier cosa- dijo en un perfecto holandés.
Las lagrimas inundaron la tan esperada reconciliación, el pequeño Hans, que era el nombre de su hijo se acercó a su abuelo primero temeroso y después con cariño, montó en sus rodillas y comenzó a balbucear cosas sin sentido.
La anciana miraba al joven Edmont- Te has peleado con ellos por que te han llamado mestizo, ¿no es así?- Edmont miró hacía otro lado, odiaba por encima de todo a la gente estúpida que lo llamaba chino, o lo insultaba por su ascendencia oriental- El pasado querido joven, nuestras raíces, no determinan nuestro futuro, tu padre o tu madre podrán ser de otras tierras, podrán haber sido aliados o enemigos y aún así lo que te dio la vida fue la unión de dos personas que se amaron, o que en el peor de los casos decidieron compartir un momento juntos. ¿Entiendes?, no importa como se conocieron o en que circunstancias, quien los unió o quien los separo, lo que importa querido joven, es que tu estás aquí para decidir que quieres hacer por tu futuro- finalizó la anciana.
-Soy un monstruo- susurró Edmont- no lo puedo evitar, cuando me enojo... ya no soy yo, es mi naturaleza... lo sé, me lo han dicho...-
-¡Pero que tontería!- riñó la anciana riendo - tú puedes ser, lo que tú quieras ser. Sólo elige-
Y fue así como Edmont logró tomar una decisión, mirando hacía el rostro de esa anciana holandesa que sin conocerlo le había dado las palabras más sabias que escuchó jamás, sólo tenía que elegir y eligió ser como su padre, sería como Kenzó Tenma.
Jamás le contó a su hermano por que solía huir de casa ni por que cierto día después de regresar con la nariz rota y los dos ojos morados dejó de hacerlo, tampoco les contó a sus padres por que había decidido estudiar medicina, ni le contó a su padre que nunca había vuelto a leer aquel viejo cuento para niños. Entendió con el paso del tiempo por que su padre había intentado ocultarles esa parte de sus vidas, entendió también el amor que sus padres sentían el uno por el otro, un amor que más que otra cosa rayaba en la necesidad, notó por que su padre disfrutaba tanto de las cosas más simples de la vida y fue así como el amor que sentía se transformó también en un profundo respeto. Ante todo Kenzó Tenma siempre había amado la vida, cualquier vida. Edmont sonrió.
-¿En que piensas?- preguntó su hermano al notarlo distraido.
-En tetas... grandes y redondas tetas- mintió mientras reía.
-Pero si serás un capullo…- Riñó Eldwin, más que hermanos los dos parecían grandes amigos.
Mientras Eldwin seguía acomodando algunas cajas, Edmont se quedó sólo en el cuarto revisando las fotos de Lisa, en efecto sólo encontró 3 en las cuales aparecía el monstruo, una en la cual apenas y se distinguía su rostro, y dos en las que se veía claramente, notó sus facciones y supo de quien él y su hermano habían heredado esos pómulos, encontró también fotos de sus padres, Nina y Kenzó, incluso una de las últimas vacaciones que tomaron antes de que su padre falleciera de un infarto, sonrió, le resultó curioso que ni su hermano ni su cuñada notarán el parecido entre Nina y Johan -alias Emanuel- junto dos de las fotos y los observó detenidamente: eran iguales, entendió que tarde o temprano se darían cuenta y sacó su encendedor para quemar un poco las fotos, sólo lo suficiente para deformar el rostro y chamuscarlo, Lisa culparía al viaje por el accidente y recordaría a su padre sólo en su memoria.
Edmont había tardado más de dos años más en encontrar a Elizabeth, y si al final no había buscado al monstruo si no sólo a Elizabeth, quería regresar el libro a donde pertenecía, cuando se dio cuenta de la relación que está tenía con Lisa, dudó por un segundo sobre si las intenciones de Lisa para con su hermano eran honestas, pero después de conocerla se dio cuenta que claramente el monstruo tampoco vivía dentro de ella. El último al que Johan había tocado era a él, lo entendía, había luchado contra esa idea durante toda su adolescencia, pero ya no le causaba el menor conflicto, entre el bien y el mal él había escogido el bien, había decidido convertirse en doctor como su padre, otro doctor Tenma.
Encontró en la caja también algunas fotos de Elizabeth, montada en un caballo pura sangre, cocinando una tarta y en diferentes labores propias de una granja, se robó una en donde ella salía especialmente hermosa, con un vestido entallado rojo y zapatos de tacón negro. Elizabeth había fallecido hacía un año, el dolor en su rodilla había resultado ser cancér de huesos, y decidida a darle la felicidad a su hija y a terminar con todo rastro de Johan había optado por no tomar ningún tratamiento, desde su primer reunión y hasta el día de su muerte ellos se habían visto un total de 27 veces, en promedio dos veces al año, se habían besado en la boca el mismo número de veces al despedirse y habían hecho el amor sólo una vez, cuando Edmont tenía 23 años, ella había sido la primer mujer con la que él había estado, y también se convirtió en la única mujer a la que amaría durante toda su vida. Prendado de ese recuerdo, envidió a Johan sólo por una cosa, por ser el gran amor de Elizabeth, guardó la foto con cuidado de no ser descubierto en su cartera y siguió empacando.
Contestó la llamada de María, la joven guapa de ojos olivo, y quedo en verla una ves más en su departamento. Prendió un cigarrillo, bebió su cerveza y ayudó a su hermano con las últimas cajas. Cuando estuvo todo listo prometió ver con la inmobiliaria la renta de la casa, y acertó en decirles que en cuanto alguien la rentara el vería que les depositaran el dinero, de está manera tendrían además un ingreso extra para su vida en París. La boda que también se celebraría en la ciudad luz sería dentro de 8 meses y terminaron de hablar un poco de esos detalles.
-Tarde mucho en convencerla, no crees- Riñó Eldwin mientras perseguía a Lisa para besarla con pasión.
-¡Déjame tonto!- gritaba Lisa divertida.
Eldwin se acercó a su hermano
-¿Cómo está?- preguntó Edmont.
-Le irá bien el cambio, ya han sido tres abortos, es probable que ya no lo intentemos más-
-Si yo hubiera sabido, te juro que hubiera estudiado para ser ginecólogo- Contestó Edmont.
-No se podía prever, estará bien, sabes… no quería casarse conmigo por que pensaba que la dejaría para buscar a alguien con quien tener una familia-
-Pero que dices, ya quiero ver si ella te dejara a ti- sonrió Edmont
-No todos podemos ser un Don Juan como tu hermanito, para algunos de nosotros, una mujer y sólo una, lo es todo-
-Aunque lo dudes, te entiendo. Habla con mamá cuando llegues, ella y el tío Dieter estarán preocupados esperando por tu llamada- finalizó.
-Por supuesto… Nos veremos- Eldwin movido por la nostalgia abrazó a su hermano gemelo, entre ellos no podía haber más diferencias, uno era un mujeriego empedernido con una prometedora carrera como doctor, el otro un hippie enamorado hasta la rabadilla de su prometida con la que llevaba una eternidad viviendo y uno de los mejores violinistas de toda Europa.
Edmont vio como Lisa y Eldwin se alejaban en el auto, se despidió con la mano y sacó otro cigarrillo y su cartera, tomó la foto de Elizabeth y la miró de nuevo con nostalgia.
-Lo hicimos bien Elizabeth, lo hicimos bien- sonrió- Llamó a María para cancelar su reunión, una semana después terminó con ella, nunca se casó, los últimos rastros del monstruo murieron con él.
Pues todo lo que empieza tiene que terminar, estoy bastante impactada de por fin después de años y años haber terminado esta historia que siempre tuve en mi cabeza, me encantó poder escribirla y más que nada me encantó poder compartirla con quien se ha dado un poco el tiempo de leerla, espero el final no los decepcione y pues nada, hasta aquí ha llegado el fic y hasta pronto.
Saludos.
