La muchacha de cabellos rubios había estado atendiendo a los clientes aquella tarde, como desde hacía dos semanas. Su turno había sido extendido desde que Mérida cambió su horario; ahora tampoco se veían en el trabajo y aquello la entristecía mucho, Mérida era su mejor amiga después de todo. Para colmar aún más las cosas, hacía una semana que Hipo no se aparecía por el local y Jack estaba cada vez más preocupado, lo cual comprendía perfectamente bien ya que en los pocos meses que hacía que se había empleado allí, el joven pecoso se había vuelto de sus mejores amigos en la nueva ciudad. Ella y su novio se habían mudado hacía exactamente un año y ella sólo consiguió ese trabajo gracias a Jack, quien se había ofrecido a buscárselo.
Suspiró pesadamente cuando otra vez vio a Jack entrar en el local, su habitual sonrisa escondida detrás de una mueca de profunda concentración que dejaba ver cuán preocupado estaba. Se esforzó por sonreírle al albino cuando este finalmente levantó la mirada y tuvo la suerte de que esta vez sí se la devolviera. Estaba cansado, la muchacha lo sabía y, con ese pensamiento en la cabeza, se dedicó a preparar su orden habitual sin que Jack tuviera que decirle una sola palabra mientras se dirigía a su mesa, la que estaba en la esquina del local y tenía un gran ventanal a su lado, que daba justo a la plaza principal de la ciudad.
Estaba demasiado sumida en sus pensamientos, agregándole el azúcar al café del albino, cuando escuchó la campanilla y pasos apresurados desde el otro lado del local. Cuando levantó la vista, su rostro se iluminó por completo, una radiante sonrisa se extendió sobre sus labios con una increíble facilidad a pesar de que hacía algunos días le estaba costando mantenerla, sólo que ahora tenía razones para mostrarla. Hipo se había presentado finalmente en el local, sonriendo como tonto todo sonrojado entre los brazos de Jack, quien fue el primero en notar su presencia desde que puso un solo pie en el lugar. Se acercó divertida a recibirlo y darle a Jack su taza de café, extendiendo sus brazos desde el mostrador para abrazar al castaño pecoso.
— ¡No vuelvas a perderte así! — Comenzó su reprimenda extendiendo un largo y delicado dedo para apuntar al menor, quien extendió sus manos en el aire en señal de inocencia. — ¡No quiero que vuelvas a desaparecer sin avisar de ese modo, Hipo! ¡Nos preocupaste a todos!
— Lo sé, lo sé. Santo cielo, ¿Acaso no puede uno enfermarse ya? Estuve una semana en cama y me reciben así. ¡Podría caer desmayado justo ahora! — Era su turno de señalar amenazadoramente, su sonrisa más ancha y sincera haciéndose paso en su rostro. Estaba feliz de regresar, y eso era algo que se veía con facilidad en sus ojos. Traía su mochila bastante llena a pesar de no haber ido a trabajar y aquello había causado mucha curiosidad entre Rapunzel y Jack. Ambos se miraron extrañados cuando el muchacho de ojos verdes fue a sentarse y comenzó a rebuscar dentro de su mochila, pescando dos pequeñas cajas envueltas en papeles de distintos colores. Acercándose a ellos, Rapunzel recibió uno y Jack el otro. — ¿Y bien? ¿Qué esperan? ¡Ábranlos, son para ustedes!
La sonrisa en el rostro de Hipo fue más que suficiente para convencerlos a ambos de comenzar a abrir aquellos regalos y, con tanta delicadeza como la que había tenido Hipo al desenvolver el regalo de Jack, ambos comenzaron a abrir los propios. Rapunzel rió de la manera más resplandeciente al encontrar su caja llena de pinturas y pinceles de distintos colores y tamaños; Hipo había dado en el blanco con su regalo. Cuando la chica se acercó a ver el de Jack, lo encontró algo extraño. El muchacho de ojos azules estaba quieto con la mirada clavada en el pequeño copo de cristal que se hallaba atado al brazalete que el pecoso le regaló. Un sonrojo muy significativo fue trepando por sus mejillas cuando este levantó la vista y la encontró con la del menor, sus ojos mostrando un brillo muy particular. Al parecer, Hipo también había dado en el blanco con su regalo, ya que Jack se lanzó a abrazarlo con todas sus fuerzas sólo instantes después. Era una buena manera de reencontrarse después de sólo una semana de tanto cambio y estrés, especialmente cuando comienzas la tarde con no sólo un regalo tan importante, sino además con un beso que te deje estático el resto del día. Rebeca tenía mucho que escribirle a Mérida cuando su turno terminara.
