Capítulo 3
Inuit
La figura delgada y no muy alta se enderezó al ver la salida del bosque. La noche anterior había sido bastante extraña; primero una muchacha perdida y desorientada con un rostro tenebroso y repleto de sufrimiento. Una imagen que a más de uno podría quitarle el sueño. Después, cuando huyó había tratado de seguirla pero la lluvia constante le había nublado la visión lo suficiente como para perderla de vista unos instantes y no volver a verla.
Finalmente, se había dado media vuelta y a causa del temporal y el barro que le impedían orientarse y decidió subirse a un árbol para esperar a que amainara.
Se quedó dormido sobre una de las ramas más gruesas y no se desperezó hasta que los rayos de sol comenzaron a molestarle. No llevaba mucho equipaje encima, había dejado a sus dos compañeros refugiados en un granero, para evitar que pudieran pillar un buen resfriado.
Estaba cansado y aún no le había quedado clara la razón por la que le habían mandado en representación de su nación. Por otra parte, también le preocupaba que sus anfitriones se hubieran enfadado por no aparecer el día indicado.
Cuando decidió adentrarse en la ciudad por una de las múltiples entradas vigiladas por guardias, el joven miró lentamente hacia arriba asombrado con cada uno de los edificios ante él. Ignoró la mirada penetrante de los dos soldados que controlaban a todos los que entraban y salían y se dejó llevar por las sensaciones que aquel lugar le provocaba. Algunos de los edificios brillaban con la luz del sol, transparentándose, mientras que otros estaban construidos con hielo más grueso. Caminó unas calles abajo desentonando con los colores fríos a su alrededor pero estaba tan absorto en su pequeño mundo que poco le importaba la gente que se paraba curiosa.
Llegó hasta lo que parecía una plaza con varios puestos de verdura y frutas, también había una fuente alta y elegante. Se sentó en el apoyadero de la fuente mirando fijamente el agua; le fascinaban las carpas de vivos colores nadando de un lado a otro. Estiró su mano lentamente con intención de tocar la superficie del agua y con suerte a una de aquellas carpas. Sin embargo, su brazo fue detenido con fuerza por un guardia con mala cara.
El joven se fijó en sus facciones marcadas y sus notorias ojeras. Daba la sensación de haber estado toda la noche en vela.
-¡Oye, tú! Ven con nosotros- le soltó bruscamente con voz ronca. Tras él lo acompañaban otros dos hombres también con aspecto amenazante.
-Espera, yo no… no pretendía hacer nada, de verdad. –dijo el joven tratando de explicar sus buenas intenciones. Todo había sido un malentendido. Quizás querían encarcelarlo por tratar de coger alguno de esos peces. Había escuchado que eran sagrados para la nación del agua.
Un nuevo y amargo día se presentaba ante Katara. Uno muy diferente a los que había vivido en los últimos años. Cuando abrió los ojos se sintió desorientada. La espalda, al igual que las extremidades, le dolía por la postura en la que se encontraba. Esperó un rato para poder recordar lo sucedido la noche anterior aunque quiso omitir todo lo ocurrido en la ciudad pero las imágenes del rey peligrosamente cerca de ella y su madre tendida en el suelo revivieron sus ganas de llorar.
Katara se incorporó como pudo, estaba oculta entre varios arbustos con ramas punzantes que se habían clavado por su cuerpo. Lo último que le vino a la cabeza fue el momento en el que siguió corriendo sin rumbo y se tropezó con un gran tronco. Después todo dio vueltas a su alrededor hasta que aterrizó en los matorrales. Se encontraba tan cansada y débil que se dejó llevar al mundo de los sueños.
Recogió la bolsa sucia y polvorienta y puso rumbo hacía pequeños caminos de humo blanco dibujados en el cielo. Seguramente provendrían de algún pueblo que no podría ser Akabani, pues, si no habría podido ver varios de sus edificios más altos desde donde se encontraba.
Tras un buen rato andando el estado en el que se encontraba su mochila le hizo pensar que quizás su aspecto podría ser pésimo y que podría llamar mucho la atención. Por eso, antes de entrar al pueblo se acercó a un pequeño arroyo para lavarse la cara con agua limpia e intentar arreglarse observando su reflejo. Era consciente de cómo debía estar pero cuando vio su reflejo le pareció mucho más horrible, tenía grandes ojeras oscuras y los ojos bastante rojos. Había logrado quitarse la mayoría del barro seco del pelo, cara y ropa. Aún así, seguía con el pelo enmarañado y sus uñas un poco ensangrentadas.
Hizo lo que pudo y decidió entrar en el pueblo, no había salido antes de Akabani pero más de una vez había podido ver a lo lejos aquel pueblo desde los ventanales del castillo. "Inuit" trató de murmurar pero tenía la garganta tan seca que no logró emitir ningún sonido.
Era consciente de las diversas miradas que la seguían a todas partes. Por mucho que sus habitantes trataran de disimularlo Katara se sentía observada continuamente. A pesar de haberse limpiado un poco no parecía ser suficiente para pasar desapercibida. No tenía intención de interactuar con nadie, simplemente descansaría un poco y después continuaría su camino buscando la salida del imperio del agua.
Acabó en medio de una de las calles principales, rodeada de chozas bajitas hechas de madera. Aquel lugar le podría llegar a transmitir seguridad si no fuera por todo lo que le había ocurrido y arrastraba consigo. Sin darse cuenta, se paró a mirar un pequeño puesto donde vendían abalorios y sus ojos se posaron en los distintos collares de cintas azules. Todos se parecían mucho entre sí pero para ella, ninguno de aquellos podía ponerse a la altura del de su madre. Por un momento, el miedo de haberlo perdido durante la huida la recorrió encogiendo su estómago. Queriendo disipar ese miedo se quitó la bolsa de la espalda abriéndola y rebuscando en su interior con movimientos nerviosos. En el fondo, bajo una de las mantas encontró su preciado objeto, lamentablemente ya no disponía de la cinta azul pero podría conseguir una más adelante.
Levantó la cabeza rápidamente dándose la vuelta dispuesta a seguir con su camino cuando se dio de bruces con un hombre. Levantó la vista cuidadosamente asimilando quien era. En cuanto reconoció el uniforme de guardia se echó hacia atrás asustada, sin embargo, el hombre le agarró la muñeca sin ejercer demasiada fuerza.
-¿Estás bien? ¿Te sucede algo?- le preguntó con voz firme, las personas que hasta entonces habían observado desapercibidas a Katara, se acercaron a ellos curiosas. La joven no pudo articular palabra, a pesar de que no parecía que fuera a hacerle nada temía que la llevaran a la fuerza ante el rey. Aún estaba muy cerca del que había sido su hogar y los guardias debían estar buscándola por todas partes, le extrañaba que no estuvieran en Inuit. Conociendo a Uma, si era cierto que aún no los había mandado a aquel pueblo, no tardaría en hacerlo.
Tiró con fuerza de su muñeca provocando que la soltara y echó a correr hacia un callejón sin gente. El guardia la siguió unas cuantas calles pidiéndole que se detuviera e intentando mantener una conversación a distancia con ella. Pero ni siquiera se molestó en prestar atención a sus palabras.
Tras un buen rato se acomodó a la salida de una estrecha calle que daba a una pequeña plaza. Debía encontrarse en medio del pueblo. Repasó con la mirada los dos bancos de piedra blanca y pulida en medio de un círculo medianamente grande lleno de hierba, flores y árboles. En su contorno un pequeño riachuelo salpicaba sus aguas alegremente. Después, la gente captó su atención, parecían tranquilos, le costaba reconocer el malestar en sus rostros. Sin embargo, sabía a la perfección cual era su situación.
Agotada, rebuscó en su bolsa algo que pudiera comer. Agradeció que el barro no se hubiera colado en el interior. No tenía demasiada hambre pero también escaseaba de fuerzas o ganas para seguir con su camino, así que sabía que debía reponerlas. Ya era mediodía y era notorio por la disminución de pueblerinos en las calles. Cerró unos instantes los ojos mezclando sus pensamientos con cada sonido a su alrededor. Podía escuchar con claridad el pequeño riachuelo y a los pájaros bebiendo de él. Escuchaba a la gente hablar a lo lejos, e incluso alguna que otra conversación en el interior de la casa en la que estaba apoyada. Después, le pareció escuchar a un niño pequeño. Estaba llorando y le daba la sensación de que cada vez lo oía más cerca. Aquello le pareció extraño dado que se encontraba en un callejón que pasaba desapercibido a ojos de los habitantes, más aún de un crío. Sin embargo, supo que estaba en lo cierto cuando notó que alguien tiraba suavemente de su vestido medio roto.
Abrió lentamente los ojos visualizando la cara del pequeño que no era demasiado distinta a como se la había imaginado. Tenía las mejillas un poco infladas y el pelo corto castaño. También notó varias lágrimas resecas que hasta hacía unos segundos habían caido de sus ojos. Y la miraba atentamente, quizás, esperando a que ella le dijera algo.
Katara no entendía como aquel pequeño no tenía miedo de ella. El aspecto que llevaba podría asustar a cualquier niño. Sabía que no era su responsabilidad pero se hacía una idea de lo que podría sucederle. En su mirada veía tristeza: tenía miedo. Le recordó a ella, y estaba convencida de que podría solucionar lo que le ocurría al pequeño.
Carraspeó un poco y bebió algo de agua antes de hablar -¿qué es lo que te pasa?- el muchacho dejó de mirarla a ella posando su vista sobre la cantimplora de agua. Katara, tras unos segundos se la ofreció y el pequeño comenzó a beber con ganas derramando algunas gotas. –vaya, tenías sed, ¿eh?- intentó dedicarle una mueca agradable pero le costó horrores y no supo si lo había logrado.
Esperó a que terminara y le devolviera la cantimplora. El pequeño se sentó a su lado acercándose a ella y hundiendo su cabeza en la ropa de Katara. Al principio ella se asustó al entrar en contacto con él, pero después, instintivamente acarició su cabeza con delicadeza.
-Mamá y papá se han perdido- dijo al de un rato. Por un momento las comisuras de sus labios amenazaron con sonreír pero seguía siendo pronto para ese tipo de emociones. El niño levantó la vista mirándola directamente. -¿me ayudas a buscarlos?
Katara decidió levantarse y coger sus cosas a modo de respuesta. Después agarró la mano del pequeño y partieron por el pueblo preguntando a las pocas personas que encontraban. Lamentablemente no obtuvieron ningún dato, nadie parecía conocer a aquel niño o a sus padres. De vez en cuando, Katara tiraba del pequeño disimuladamente para cambiar de rumbo a otra calle, de este modo evitaba encontrarse con los guardias. Lo último que quería era arriesgarse a que la pillaran por ayudar al niño. Además él tampoco le ponía las cosas fáciles, no era capaz de recordar la zona por la que vivía y según le había contado ni siquiera eran de Inuit. Estaban allí de visita.
Tras un par de horas buscando sin parar decidieron sentarse en un banco situado en una de las calles secundarias y poco frecuentada. Katara evitaba responder a las preguntas que el pequeño le formulaba sin cesar, su curiosidad no tenía límites y la única solución que se le ocurría era cambiar de tema preguntándole cosas a él.
Por un momento todo a su alrededor quedó en silencio. Por instinto, se levantó atrayendo al pequeño con ella. En una de las salidas del callejón le pareció escuchar unas voces apresuradas. Retrocedió con él tan rápido como pudo saliendo por el otro lado. En cuanto puso un pie fuera del callejón se golpeó con alguien. Acto seguido solo escuchó varios gritos, aparentemente de alegría.
A sus espaldas uno de los guardias que tanto se había esforzado en esquivar la agarraba de los hombros sin ejercer ningún tipo de presión, aunque ella podía sentir como el tacto ardía a través de su ropa. El pequeño ya no estaba a su lado, los que parecían sus padres lo habían envuelto en un gran abrazo.
-¡Yaiko! Menos mal que estás bien- le dijo su madre preocupada y con los ojos vidriosos. Su padre enseguida volvió a dirigir una mirada seria en dirección a Katara que comenzaba a forcejear con el guardia. La madre del pequeño cambió de semblante al darse cuenta de que su hijo había estado con aquella joven de aspecto extraño. -¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño?
Tanto Yaiko como Katara la miraron sorprendidos y algo asustados. Estaban sacando conclusiones precipitadas que no eran ciertas, pero por mucho que el niño tratara de explicarse su madre no le dejaba decir nada. No hacía más que estrecharlo continuamente sin dejarle la mínima oportunidad de respirar.
-Esa joven es la que se ha llevado a nuestro hijo. Con lo pequeño que es… menos mal que lo hemos encontrado a tiempo- se alegró el padre. Con estas palabras, el guardia que aún no era capaz de comprender la actitud esquiva de la chica no le dio a Katara la oportunidad de poder moverse. Tal y como decían los padres podía ser sospechosa de un secuestro así que debían interrogarla, sobre todo teniendo en cuenta sus intentos para irse de allí y su insistencia en mantenerse en silencio.
Katara comenzó a sentir que la arrastraban lentamente por la calle, la familia se alejaba de su visión y el pequeño le dedicaba una mueca triste; seguramente pidiéndole perdón.
Notó el corazón palpitar en su garganta. Otra vez no. No podía dejarse atrapar así, aquel guardia estaba solo, tenía que aprovechar la oportunidad de escaparse antes de que la reconocieran o llegara la noticia de que la estaban buscando. Trató de concentrarse en los pequeños charcos entre las piedras del camino, aún no se habían secado. Sintió fluir la energía en su interior, vislumbrando cada movimiento del líquido. Estaba dispuesta a utilizarlo a su favor. Pero por suerte no le hizo falta.
-Perdone, señor, pero debo advertirle de que está cometiendo un grave error.- Katara levantó la vista y entre los mechones sueltos que caían sobre su cara pudo ver a un hombre mayor y regordete ante ellos. Llevaba la barba larga y bien recortada y el pelo suelto le caía por toda la espalda. A pesar de que la edad no había dejado grandes huellas en su rostro, el cabello canoso era prueba de que debía tener más de cincuenta años.
El guardia se detuvo esperando una explicación que no tardó en llegar. Aquel señor mostraba una sonrisa afable y sus palabras parecían llenas de sabiduría.
-Verá, esta joven solo estaba ayudando al muchacho. Yo mismo he sido testigo de ello.- el guardia lo pensó detenidamente durante varios segundos esperando algo más que demostrara sus palabras. Entonces el señor entendió que debía seguir hablando para demostrar lo que decía. –mire, conozco a esta jovencita, es una amiga de la familia y nunca haría daño a nadie. –Katara mantuvo la vista baja, aquella conversación comenzaba a convertirse en ruido para ella, lo único que quería era liberarse e irse. Si aquel extraño no conseguía que la dejara suelta o si veía que las cosas empezaban a ponerse feas volvería a su primera opción: escapar a la fuerza.
Estuvieron unos cuantos minutos discutiendo pero finalmente consiguió salirse con la suya. Aunque el guardia se marchó con mal sabor de boca, prometió que la llevaría a comisaría si volvía a encontrársela involucrada en algún suceso sospechoso.
Cuando Katara se dio cuenta se encontraba ante una de las chozas, al parecer, a las afueras del pueblo. Había estado tan inmersa mirando el largo abrigo azul del señor que no se había dado cuenta de que la había arrastrado hasta su hogar. Probablemente, también le habría estado hablando durante el camino. Vio que hizo un gesto con el brazo invitándola a entrar.
-Joven, ¿podrías decirme al menos tu nombre?- preguntó con suavidad tratando de no sonar brusco. Sin embargo, Katara no se sintió con las fuerzas ni las ganas suficientes para hablar, así que optó por seguir callada. –Está bien, no pasa nada. Podemos hablar mientras tomamos un delicioso té, ¿te parece bien?-
Esperó a que el señor la empujara lentamente hacia dentro, aunque no se fiaba del todo de él le transmitía buenas vibraciones.
Fuera comenzaba a anochecer. El señor cerró los ventanucos de madera y encendió una pequeña hoguera y varias velas que alumbraron todo el cuarto principal. El interior era acogedor, tenía dos camas a un rincón y una mesa redonda en medio con cojines a su alrededor. También disponía de algunos armarios y objetos de todas clases por cada rincón. Se sentó en uno de los cojines siguiendo las indicaciones del señor.
-Espera aquí un momento, iré a preparar el té.- Katara bajó nuevamente el rostro. Le asustaba mirar demasiado a su alrededor por si podría incomodarlo, así que se mantuvo quieta en su sitio. Eso sí, alerta en todo momento. –ah, por cierto, puedes llamarme Iroh o tío Iroh. Como prefieras. –sonrió una última vez antes de introducirse en una de las dos puertas de la choza; la más cercana a la entrada.
No recordaba exactamente cuánto tiempo había transcurrido desde que se había quedado sola hasta que un joven había entrado por la puerta principal.
-Tío, he encontrado los ingredientes que me has pedido.- comenzó a hablar al tiempo que cerraba la puerta. En cuanto se volteó se quedó sin palabras y tuvo que hacer un gran esfuerzo por no asustarse con la presencia de la chica. Katara solo se atrevió a echarle un vistazo rápido, lo que únicamente le sirvió para ver que llevaba el pelo algo largo y suelto. También le pareció ver algo característico en el lado izquierdo de su cara; una especie de mancha que no había apreciado lo suficientemente bien. -¿quién eres tú?- preguntó con tono seco y brusco. Al ver que ella no contestaba y que tampoco hacía ningún movimiento se dirigió hacia la cocina a pasos agigantados.
-¡Zuko! qué bien que ya estés aquí, acabo de preparar té ¿quieres un poco?- su sobrino lo miró con mala cara. No entendía lo que estaba sucediendo allí, ni tampoco las intenciones o motivos que podría tener su tío para dejar entrar a alguien desconocido en su casa.
-¿Qué hace esa chica aquí?- le quitó importancia a las palabras de Iroh. Únicamente le interesaba averiguar aquello. – ¿Es que te has vuelto loco?- Iroh sacó una bandeja redonda de madera y puso dos vasos rellenándolos de un líquido verdoso y humeante con buen aroma.
-Entonces solo tomaremos té nosotros- prosiguió cogiendo con cuidado la bandeja y observando cómo su sobrino comenzaba a perder los nervios ante la respuesta que tanto se estaba haciendo esperar. –no te preocupes, esta muchacha estaba en problemas y solo hice lo que cualquiera debía haber hecho para ayudar a alguien inocente. – Zuko esperó unos instantes impidiendo que Iroh saliera de la pequeña cocina.
-¿Y qué tiene que ver eso con traerla aquí?- siguió preguntando. Su tio bajó la mirada pensativo, no tenía ninguna razón en concreto para haberlo hecho.
-Me da la impresión de que necesita ayuda. Es posible que esté viajando sola y que no tenga donde pasar la noche- comentó esperando nuevos reproches que salieron de inmediato de la boca de su sobrino.
-No estarás pensando en dejar que pase aquí la noche, ¿verdad?- Iroh asintió lentamente. –definitivamente te has vuelto loco, ¡ni siquiera sabemos quién es! Me niego. Podría ser peligroso- Iroh levantó una de sus manos indicándole que aquella conversación había terminado y que debía confiar en él.
-Estoy seguro de que si te sintieras perdido te gustaría que alguien mostrara por ti esa misma amabilidad y hospitalidad. Aunque en ocasiones te equivoques, con el tiempo comprobarás que puedes conseguir grandes cosas si aprendes a ponerte en el lugar de otras personas. –fueron sus últimas palabras antes de salir por la puerta.
-¡Yo no necesito ayuda de nadie!- gritó enfadado comenzando a ordenar los ingredientes para preparar una cena ligera.
Katara solo había podido escuchar palabras concretas cuando la conversación entre ellos subía de tono, aún así no logró sacar nada en claro o sospechoso como para no dejarse arropar un poco por aquella comodidad que Iroh le estaba proporcionando.
-Aquí tienes. Quema un poco, así que ten cuidado al beberlo. –conversaron durante un buen rato, aunque era él quien hablaba la mayor parte del tiempo. Como mucho se había dedicado a asentir o negar con la cabeza. Finalmente le había dicho su nombre. Iroh le había hecho preguntas relacionadas con su destino o procedencia pero en cuanto vio que ella permanecía callada sin intenciones de contestar evitó formular cualquier otra pregunta del estilo. –Bien, ahora que ya nos conocemos un poco mejor, ¿te gustaría pasar aquí la noche con nosotros?- preguntó sutilmente obteniendo una cara de asombro por parte de ella. –creo que estoy en lo cierto al pensar que no tienes donde pasar la noche- con esto último se dio cuenta de que había dado en el clavo.
-Yo… no… -Iroh no permitió que dijera nada. Se levantó de su sitio acercándose a ella amablemente indicándole que se levantara para seguirlo.
-Ven conmigo.- Katara cogió su bolsa y se acercó junto a él a la otra puerta restante, la cual abrió seguido mostrando una amplia bañera cuadrada de piedra, algunos cubos de agua, un grifo y una caldera para poder calentar el agua. También había algunos jabones artesanales hechos con aceites. –te propongo que te des un buen baño antes de la cena, parece que has tenido un duro viaje. Te vendrá bien. Puedes dejar tus cosas en el armario de aquí al lado en cuanto hayas cogido todo lo que necesites. –tras las explicaciones de cómo podía calentar el agua la dejó allí y volvió a la cocina con su nieto.
Katara se sentía sobrecogida con tanta amabilidad. Le costaba creer que hubiera gente como Iroh, aunque admitía haber conocido a gente amable en su ciudad natal pero eran personas que conocía desde hacía años. Él, sin embargo, se estaba arriesgando al dejar entrar a una extraña en su casa.
Preparó el baño y antes de zambullirse esperó unos instantes asegurándose de que no había nadie fuera. Después de haber cogido una muda limpia había dejado sus cosas en el armario que Iroh le había indicado.
Dejó que el agua caliente la abrazara y que el vapor se colara por cada uno de sus poros. Se soltó el pelo lavándolo con cuidado y desenredándolo con sus dedos. Comenzó a recordar nuevamente los sucesos que le perseguían cual pesadilla hasta que el olor a jazmín del jabón le embriagara y provocara que las sonrisas de Iroh se colaran en aquellas imágenes. Así como las palabras que la invitaban a quedarse aquella noche. Después trató de recordar el semblante serio del joven que no había vuelto a salir de la cocina y sus preguntas punzantes. No le extrañaba en absoluto que se negara a que ella permaneciera allí, era la misma inseguridad que ella sentía. En aquel momento no era capaz de confiar en nadie. A pesar de que se estaba dejando llevar un poco por Iroh, en realidad tampoco los conocía.
Estaba saturada con tantos pensamientos y sentimientos contradictorios. Finalmente, cansada de tanto pensar, decidió sumergirse lentamente en el agua dejándose llevar durante un buen rato por su calidez.
Katara se quedó allí hasta que un leve golpe provocó que abriera los ojos recordando donde estaba. Sacó la mano de la gran bañera al tiempo que se incorporaba para alcanzar la toalla que Iroh le había dejado antes de irse.
Después, se vistió con unos pantalones un poco anchos de color marrón claro y por encima se puso una especie de vestido abierto de color azul que se cruzaba y se ataba a un lado. No quería darles más trabajo, así que decidió extraer gran parte del agua de la toalla y secar las huellas húmedas que había dejado en el suelo para echarlas por la pequeña ventanita de la pared. También se secó el pelo de inmediato dejándolo caer cual cascada.
Cuando salió del baño el joven de antes acababa de sentarse en uno de los cojines con semblante serio. Katara había visto como colocaba uno de los cuencos llenos de rollitos de verdura fritos. Ambos permanecieron quietos hasta que ella aceptó la invitación de Iroh para acompañarlos en la cena. Una vez que tomó asiento dieron comienzo a la comida.
-Adelante, coge lo que te apetezca. –Katara observó atentamente todo ante ella, aparte de los rollitos identificó algunos bocaditos de pescado que debían tener algo en su interior, y, también una fuente llena de arroz con especias. Así como unos pequeños cuencos con varias salsas para acompañar. –aunque no lo parezca mi sobrino es buen cocinero. Ha aprendido mucho durante estos últimos meses. –Zuko se mantuvo callado, debía estar molesto por su presencia y no lo culpaba. Durante la cena se atrevió a mirar al frente temiendo encontrarse con sus ojos pero estaba concentrado en comer y a duras penas respondía a lo que su tío le decía cuando el tema no tenía nada que ver con ella.
La cena terminó un poco tarde y aunque se atrevió a decirle a Iroh que le gustaría ayudar a recoger todo, éste se negó y tras prepararle una cama improvisada en el suelo, Katara se recostó esperando a que ellos también se fueran a dormir. A pesar de estar en el suelo era cómoda y calentita, habían colocado unas mantas mullidas y gruesas. Además, ya había dormido muchas veces en el suelo. Exactamente durante los últimos años cuando su madre enfermó.
El rostro de Kya lleno de cariño la acompañó junto a varias lágrimas hasta el momento en el que se quedó dormida. Aunque, también fue su madre quien la hizo despertar a media noche repleta de sudor. Había tenido una pesadilla. Las mantas sobre ella le abrasaban y tenía varios mechones pegados a la frente y la espalda. Miró hacia las camas a su izquierda y se tranquilizó al asegurarse de que no había despertado a ninguno de los dos. Los ronquidos de Iroh se escuchaban por toda la habitación y Zuko dormía de cara a su tío tapado con la manta hasta la cabeza.
Katara se vio envuelta por un remolino de sentimientos que no lograba controlar. Aquel señor había sido realmente amable con ella: le había dejado estar en su casa, había cenado con ellos, la ayudó con el guardia. Los guardias. Rápidamente sintió una mano apretarse sobre su hombro con fuerza, como si quisieran impedir que escapara. Miró hacia atrás para cerciorarse de que no había nadie. La pesadilla que acababa de tener, en la que recordaba el cuerpo de su madre y recreaba el momento en el que lo dejaba a merced del océano, no la dejaba respirar con calma.
Tenía miedo y lo admitía. Nunca antes había estado tan segura de que debía huir de aquel lugar. Pasara lo que pasara no debía permitir jamás que la atraparan porque si lo hacían, Uma conseguiría borrar cualquier rastro de ella. Eliminaría lo poco que quedaba de su cordura y de la adolescente alegre, trabajadora, responsable y amable que ahora debía esconderse en el fondo de su ser.
Unas terribles ganas de irse la invadieron pero se contuvo de inmediato pensando bien las cosas. Podría preocupar a su anfitrión y era lo último que quería, así que decidió levantarse para buscar en sus cosas el colgante de su madre y volver a la cama para esperar a que los rayos de sol de un nuevo día la despertaran. Abrió el armario y cogió la bolsa incorporándose. Cuando estuvo a punto de volver a dejarla en su sitio sus ojos se posaron sobre un objeto brillante que parecía el filo de una espada.
Estiró su mano para abrir un poco el saco donde estaba guardado y apartar la manta que lo escondía. Entonces, no fue la espada lo que la inquietó, sino una especie de brazalete estrecho de oro con tonos rojos que también se encontraba en su interior. Sabía lo que era aquello, no era un brazalete, sino un coletero que habitualmente se utilizaba entre los nobles de la nación del fuego para sujetar sus cabellos en un moño alto. Se quedó ensimismada unos instantes a medida que diversas hipótesis se abalanzaban sobre ella. Finalmente, no encontró otra explicación que aquella que afirmaba que debían ser del imperio del fuego, pero no lograba entender qué hacían allí. Además, ni Katara ni nadie podía haberse dado cuenta de que eran de la nación enemiga, ambos parecían originarios de allí y vestían con ropa típica de la zona.
De repente recordó que realmente no los conocía y que podían haberle mentido en todo. Lo que sus ojos veían era lo único que realmente podía afirmar. Era evidente que querían ocultarlo. Todos sabían a la perfección que nadie de aquella nación era bienvenido en el imperio agua, a pesar de que ambas naciones tuvieran una tregua.
Sin esperar a que alguno de los dos pudiera despertarse y encontrarla fisgoneando en sus cosas, recogió todo y con tristeza salió de la casa sin hacer ruido. Sentía que no era del todo correcto, aunque Iroh fuera de la nación del fuego se había portado muy bien con ella pero se había prometido a sí misma que no volvería a dejarse llevar tan fácilmente. Era difícil leer las verdaderas intenciones en la gente y la amabilidad de Iroh podría ser una trampa. Por eso, aquella vez no caería. Si se equivocaba asumiría las consecuencias de lo que ocurriera, eso sí, siempre estaría agradecida con él.
Aprovechando aquel nuevo descubrimiento que le hacía sentir incómoda y el miedo que aún podía sentir en su cuerpo, se dirigió hacia la zona sur del pueblo buscando otra salida en el lado opuesto al que había entrado por la mañana. No había nadie en las calles aunque podía anticiparse a los farolillos de los guardias que vigilaban.
Por un momento miró hacia atrás dejando que el viento ondeara su pelo y la acariciara. Cada vez se sentía más insegura con las decisiones que tomaba pero una vez que se disponía a llevarlas a cabo debía terminarlas. Volvió a girarse con intención de irse cuando un papel grueso tocó su pierna asustándola.
Lo recogió del suelo para observarlo con cuidado. Katara se quedó unos segundos de pie con cara desencajada notando su corazón bombear sangre con muchísima rapidez. Todo a su alrededor se oscureció y se sintió atrapada en una jaula esperando el momento de ser ejecutada. En aquel instante se dio cuenta de que había hecho bien yéndose de noche, aunque se arrepentía de no haberse alejado lo suficiente de allí. Le pisaban los talones y no le sería tan fácil escapar. Arrugó el papel en su mano sintiendo nuevamente rabia y ganas de llorar pero en vez de dejar caer sus lágrimas se forzó a correr hacia la oscuridad de un nuevo camino rodeado de árboles y piedras. Lejos de aquella comodidad que por un momento le había parecido reconfortante y volviendo a sumirse en la incertidumbre y la desesperación por sobrevivir.
A pesar de todos sus esfuerzos lo arrastraron hasta el palacio con enormes columnas. Le habría encantado quedarse un buen rato allí fuera admirándolo todo pero no le dejaron detenerse en el exterior.
El muchacho se quedó paralizado cuando, después de esperar quince minutos, una figura entró en la gran sala de cristal ayudada de dos sirvientas. Una de las jóvenes que lo acompañaban no levantaba la vista del suelo. Ambas lo ayudaron hasta que tomó asiento en la mesa frente a él.
El hombre no tenía buena cara a pesar de que intentaba quitarle importancia. El muchacho no podía quitar la vista de la enorme venda ensangrentada que tapaba su costado. El rey, con aire de superioridad, apoyó sus manos sobre la mesa acomodándose y levantando la mirada para dirigirla a su invitado. Parecía un poco sorprendido, quizás no se esperaba a alguien tan joven que cargara con una responsabilidad como podría ser el tratar temas relacionados con toda una nación.
-Por fin tengo el placer de conocerle, joven- se dirigió a él con voz ronca. El muchacho fijó la vista en sus ojos. Acababa de comprender que aquél hombre debía ser la persona con quien tenía que reunirse. Posiblemente, al destacar tanto con sus ropas holgadas y de colores cálidos sus guardias se habrían dado cuenta de inmediato de que era él a quien esperaban.
-Siento haber llegado tarde, tuve algunos inconvenientes en el bosque- trató de disculparse pero Uma lo miró interesado.
-Seguro que no tantos como los que he tenido yo- hizo un esfuerzo por reírse en alto, claramente refiriéndose a su herida. Su invitado se preocupó cuando comenzó a toser con fuerza y una de sus sirvientas tuvo que acercarse con un vaso de agua. –Kairi, tráeme uno. –la joven entendió a la primera lo que le ordenó y en varios segundos regresó con un papel amarillento en la mano. Por mucho que tratara de ocultarlo, pudo ver algo de tristeza en la mirada de la muchacha.
Uma lanzó el papel con precisión al joven para que lo observara. Quiso esperar unos pocos segundos antes de volver a hablar.
El joven observó atentamente la imagen dibujada en él; era un retrato hecho a carboncillo que recogía los rasgos más característicos de una muchacha de pelo largo recogido en una trenza y de rostro sereno. Algo en su interior se removió en cuanto supo quién era, aquella mirada la reconocía a la perfección aunque la del papel fuera diferente. Se trataba de la chica que se había encontrado durante la tormenta.
-Bien, esta cría es la culpable de… bueno, de esta herida en mi costado. Es una fugitiva peligrosa que podría hacer mucho daño a la gente, es por eso que debemos encontrarla cuanto antes. Has dicho que tuviste problemas en el bosque ¿verdad?- el joven asintió con la cabeza. –Y por casualidad ¿no habrás visto a esta chica?- Por unos instantes Uma mostró un tono de desesperación por encontrarla.
Su invitado tardó un poco en contestar y eso le ponía muy nervioso. Sus soldados eran tan inútiles que no habían conseguido capturarla y la idea de imaginarse que andaba por ahí lo llenaba de rabia por dentro. Aún así, ya había dado la orden a los pueblos cercanos y estaba convencido de que la encontrarían pronto. Cuando lo hicieran aquella muchacha se arrepentiría de haberse atrevido a atacarle. Finalmente, el joven tras dudar un buen rato se dejó llevar por su instinto y negó con la cabeza.
-No la he visto, señor. –bajó la mirada, no estaba acostumbrado a mentir y temía que pudiera notarlo. Suspiró aliviado cuando el rey dejó el tema de lado y prefirió proceder con el asunto por el que él estaba allí.
-Bueno, no importa, tenemos una conversación pendiente. –esperó unos segundos hasta que sus sirvientas salieran del gran comedor cuando les hizo un gesto con la mano. –Puedes dirigirte a mí como "Rey Uma" si lo prefieres. ¿Con quién tengo el placer de hablar?
-Soy Aang.
Bueno, hasta aquí el tercer capítulo. Seguro que ya pensabais que no volvería a actualizar porque he tardado mucho (en compensación este capítulo ha sido un poco más largo que los anteriores). Pero no os preocupéis que lo voy a continuar y si durante este tiempo no lo he hecho ha sido por diversos motivos (exámenes, trabajos, cumpleaños; poco tiempo). Sin embargo, me comprometo a intentar subir un capítulo cada domingo. Y también me permito adelantar que el cuarto capítulo está a medias, así que lo terminaré a tiempo.
Quiero agradecer a todas aquellas personas que me apoyan y me comentan, para mí significa mucho y me da muchísimos ánimos. Así que si no os habéis cansado de esperar, espero que este capítulo os guste y que me hagáis saber si he logrado mi objetivo de tratar ser fiel con las personalidades de los personajes. O que me comentéis cualquier cosa que creáis que podría mejorar. Todos vuestros comentarios y vuestras opiniones son siempre bienvenidas y las recibo con verdadero gusto ^^
Es un placer escribir para vosotras/os. ¡Hasta la próxima! ;)
