Capítulo 7

Un buen amigo

En el templo del Sur, situado en una islita formada por diversos acantilados, concretamente entre la Nación del Agua y la Nación del Fuego, algo asombroso estaba ocurriendo. En el interior del gran templo, la sala que durante años no había sido abierta por nadie, se encontraba iluminada por una luz procedente de un pequeño maestro del aire.

Katara observaba incrédula sin entender qué era lo que sucedía ante ella. Su compañero se había deshecho con suma facilidad de los dos soldados y en esos instantes había entrado automáticamente en la sala cuando un rato antes no había sido capaz de abrirla con su ráfaga más potente.

No se imaginaba que pudiera guardar tantísimo poder en su interior, quería evitar sentir miedo al presenciarlo pero la sensación de que Aang no era consciente de lo que hacía y la posibilidad de que pudiera perder el control la inquietaba. No sabía qué hacer o cómo actuar ante aquello, así que simplemente se dedicó a observar qué sería lo próximo que ocurriera.

El cuerpo de su compañero se posó en el suelo con suavidad, casi dio la sensación de que unos pocos centímetros le separaban de las baldosas. Sus tatuajes seguían resplandecientes y emanaban un poder increíble. Cuando tocó tierra comenzó a andar tranquilamente y con total seguridad. Ante él, se encontraba un pequeño altar con una enorme estatua de piedra sobre él. Era la de un monje que debió ser importante hacía años, la vestimenta era diferente a la que Aang llevaba, por lo que Katara supuso que sería un antepasado bastante lejano. Quizás más lejano de lo que aparentaba.

Su compañero se puso de cuclillas y abrió la pequeña puerta del altar, estiró la mano para introducirla en su interior y sacó algo de él. Entonces, todo el aire que se arremolinaba a su alrededor cogió más y más fuerza a cada segundo que pasaba. Los pilares que sujetaban la sala comenzaban a temblar con fuerza y Katara se asustó al ver algunos cachitos de roca que caían junto a ella. La estructura del edificio estaba bastante dañada por el ataque que había sufrido y si Aang seguía así conseguiría sepultarlos vivos. Tenía que hacerlo reaccionar de alguna manera, pero no se le ocurría cómo.

-¡Aang! ¡Déjalo ya, conseguirás que el templo se derrumbe!- gritó con un poco de desesperación. Tal y como esperaba que sucediera, el joven no reaccionó ni pareció haberla escuchado.

No le quedaba más remedio que detenerlo de alguna manera, aunque no fuera la más sutil. Salió fuera y acumuló algo de agua con intención de refrescarle la cabeza al joven maestro. Cuando volvió a su posición anterior desplazó el líquido azul hasta él para dejarlo caer sobre su cabeza. Quizás así lograría despertarlo. Pero fue en vano. El agua salada se unió al remolino de aire comenzando a girar con fuerza. Katara observó aterrorizada aquello, la idea más eficaz que se le había ocurrido ni siquiera había conseguido llamar su atención.

Sin disponer de mucho más tiempo, lo único que se le ocurrió hacer fue llegar hasta él para tratar de despertarlo, zarandeándolo o dándole una buena torta que lo regresara a la realidad. Caminó decidida pero a medida que se acercaba le costaba aún más mantenerse sujeta al suelo, el aire era demasiado fuerte.

Katara pensó inmediatamente en recoger un poco más de agua y fijarse con hielo al suelo cada vez que daba un paso hacia delante, de esa forma su cuerpo no se iría hacia atrás.

El viento y el agua comenzaban a golpearla a medida que se acercaba más y más a él. Estaba a tan solo unos centímetros, incluso era capaz de ver lo que tenía en sus manos: Unos objetos realmente extraños que sujetaba con suma fuerza entre sus dedos. Se acercó un poco más para quedar a su lado y observar su rostro. Sus ojos estaban en blanco e irradiaban esa luz cegadora característica de sus tatuajes. Aquello le dio a entender que efectivamente, Aang parecía estar en trance y no era consciente de la realidad.

Trató de hablarle nuevamente, esperando que así escuchara su voz y pudiera colarse en aquel mundo extraño en el que estaba. Las dudas la invadieron, ¿y si no conseguía que volviera a su estado normal? De aquella forma podría representar un peligro incluso mayor que la guerra entre las naciones, podría destruir el mundo entero si quisiera.

Sin ninguna idea mejor agarró sus hombros tras él y lo zarandeó varias veces con brusquedad a medida que gritaba su nombre. La alta velocidad del agua y el aire le dificultaban la respiración pero aún así no se dio por vencida. Siguió tratando de despertarlo hasta que Aang levantó su mano derecha y la lanzó hacia atrás con suma facilidad.

Katara cayó al suelo golpeándose fuertemente la cabeza y desde ahí contempló la silueta de su compañero en la misma posición en la que estaba. Sin embargo, antes de que sus ojos se cerraran y se sumergieran en la oscuridad pudo ver un cacho de techo desplomándose sobre él.


Cuando despertó ya había anochecido. Le costó situarse pero finalmente, al incorporarse supo que seguía en el templo del aire. Miró a ambos lados, junto a ella había una fogata que tanto Appa como Momo observaban contentos. Al otro lado, estaba Aang, cabizbajo.

Momo soltó un pequeño gritillo al verla levantarse y así, captó al instante la atención del joven maestro. Aang la observaba con cierta timidez, parecía avergonzado. Su rostro volvía a estar tan sereno como siempre y ya no podía identificar aquellos ojos vacíos en él. Había regresado a su estado normal.

-Katara… lo siento mucho- dijo antes de que ella se pusiera a pensar en todas las preguntas que quería hacerle sobre lo sucedido. Entonces, recordó lo sucedido e inmediatamente se llevó la mano a la cabeza para encontrarse con una especie de tela rodeándola. Se habría dado un buen golpe. Después recordó la imagen que vio antes de quedarse inconsciente y revisó el cuerpo de su amigo con la mirada en busca de alguna herida.

Aang pareció darse cuenta de eso y la calmó de inmediato –yo estoy bien. La única que ha salido herida has sido tú. Y por mi culpa. De verdad que lo siento.- repitió nuevamente.

-Apenas me duele- trató de quitarle importancia aunque realmente no era así. Observó el resto de su propio cuerpo en busca de más cortes o golpes pero a excepción de una herida al rojo vivo entre sus dedos no encontró gran cosa. Se la tapó con un cacho de tela limpio y se sentó rodeándose con la manta que la tapaba anteriormente. -¿cómo estás tú?

El se sorprendió un poco por la pregunta pero ni siquiera sonrió al escucharla. ¿Realmente se sentía tan culpable por aquello? Al fin y al cabo no era consciente de lo que hacía, ¿o sí? Aang volvió a fijar su mirada en ella animándose a contarle lo que había sentido mientras se encontraba en aquel estado.

-Es la primera vez que siento algo así. La rabia se apoderó de mi y cuando quise darme cuenta algo que desconocía me atraía hacia el interior del templo.- Katara se incorporó y se animó a preguntarle por las extrañas figuras que había estado protegiendo durante aquel estado.

-¿Qué eran esas cosas? ¿Son alguna especie de reliquia de tu nación?- Aang supo de inmediato a lo que ella se refería y las sacó del pequeño saco que tenía junto a él. Las miró detenidamente tratando de encontrar una respuesta en ellas.

-La verdad es que no tengo ni idea- ella se sorprendió mucho de oír eso, hacía unas horas las había sujetado con tanto ahínco que le costaba creer que ni siquiera él supiera lo que eran. –pero me resultan bastante familiares, como si ya las conociera.

Sus ojos grisáceos resplandecieron bajo la luz de las llamas, Katara no quiso seguir forzándolo a encontrar una respuesta que desconocía, quizás aquello no resultara demasiado cómodo para él. Así, cuando cenaron la sopa ligera que Aang había preparado, ella se dispuso a tratar de nuevo su herida.

Cuando Aang la sacó fuera del templo se había preocupado de limpiarla un poco con agua limpia y taparla para que no estuviera expuesta, sin embargo, tenía peor aspecto que antes. Posiblemente se debiera al ataque de los dos soldados de la nación del fuego. Trató de no soltar un leve quejido cuando notó el agua fría sobre la herida, sabía que él estaba observándola y no quería preocuparlo.

-¿Te duele mucho?- preguntó con un hilillo de voz acercándose más a ella. Momo observó en la distancia soltando algunos ruidillos de preocupación. Mientras, Appa acababa de acomodarse en el suelo y se disponía a entrar en el mundo de los sueños.

-No, pronto no quedará ni rastro- contestó optimista, a pesar de que en el fondo sabía que aquello era demasiado improbable. La herida se había vuelto a abrir y tardaría un tiempo en sanar. Aunque le había dicho aquello con convencimiento, ni siquiera él era tan tonto como para creérselo pero no dijo nada.

Procedió a hacer uso de sus habilidades sanadoras mediante el agua que contenía con su única mano libre. Nuevamente, se iluminó con un aura azulada brillante que en medio de aquella oscuridad podría verse a distancia. El joven monje se sumergió en sus pensamientos acompañados de aquella luz mágica que lo hechizaba casi al instante. Cuando terminó tardó unos segundos en reaccionar y se sintió algo avergonzado. Estaba demasiado cerca de ella y podía sentir su respiración a la perfección.

-Deberíamos irnos ya a dormir- dijo ella al ver que se había quedado un poco bloqueado. Con movimientos bruscos y poco naturales Aang se alejó y se acomodó junto a Appa.

-Sí, tienes razón. Mañana nos espera un largo viaje- dijo antes de cerrar los ojos. Katara se volvió a acomodar después de rodearse el brazo con tela limpia, y entonces asimiló las palabras de su compañero sintiendo curiosidad por sus intenciones.

Claramente, debía estar pensando en encontrarar a su gente. Si aquellos soldados los habían secuestrado, era su deber ayudarlos. Además, con aquella fuerza no tendría rival. Aunque antes debía aprender a controlarla para usarla de aliada. Sin embargo, no creía que ellos dos solos fueran capaces de ayudarlos a todos y enfrentarse a toda una nación sin salir malheridos, era demasiado arriesgado. Bastantes problemas tuvieron cuando ayudaron a la gente de aquel pueblo, no sería fácil. Por eso, ansiaba saber qué era lo que se le pasaba al joven monje por la cabeza, ¿qué intenciones tenía?

-Aang.- preguntó después de dar varias vueltas en sus mantas y de plantear diversas hipótesis sobre los movimientos que harían a continuación. -¿A dónde iremos?

Tardó un rato en contestar y por un momento pensó que quizás se habría quedado dormido. Pero se alegró y se puso nerviosa al escuchar su voz acompañada de la madera quemándose en la fogata.

-Iremos a visitar a un viejo amigo. Seguro que él nos puede ayudar- dijo convencido de sus palabras. El tono de seguridad que empleó la tranquilizó un poco y entonces, pudo conciliar el sueño con total soltura.


Katara no esperó que su viaje fuera tan largo, hasta el punto de sobrevolar los cielos durante un día y medio y casi sin parar a descansar. Aunque le preocupaba más el estado de Appa, el gran bisonte blanco no aparentaba estar cansado pero seguro que necesitaba un buen descanso.

Durante su viaje Aang le había contado muchas cosas de su nación y también de varias de sus aventuras cuando todavía estudiaba allí las artes de controlar el elemento aire con sus compañeros. Sabía que en el fondo sentía tristeza porque notaba un aire de nostalgia en su rostro cuando hablaba de ellos. Sin embargo, también detectaba esperanza, esperaba que no les hubiera pasado nada y que todos estuvieran bien.

Aunque ya conocía bastante bien a su compañero de viaje, se había cerciorado con aquello que no era una persona que solía dejarse llevar por sus sentimientos y emociones al igual que ella. Había sido capaz de dejar de lado el rencor y el dolor que le producía perder a sus seres queridos para pensar fríamente en la forma de rescatarlos sanos y salvos. Él seguía adelante, dando pequeños pasos pero cada vez más cerca de su meta. Por el contrario, ella apenas recordaba ya sus fuertes deseos de cambiar la situación de toda su gente. Con la pérdida de su madre y la casi invisible posibilidad de que su hermano aún siguiera con vida, lo había perdido absolutamente todo. Y en vez de tratar de buscar una solución para ayudarlos se había limitado a seguir alejándose de aquel sitio que tanto daño le producía.

Por mucho que quisiera dejar todo aquello atrás, con el tiempo, sus perseguidores acabarían llegando hasta el donde se encontrara. La guerra seguiría ganando terreno, involucrando a más gente inocente y destruyendo todo a su paso. Al final, mucha gente que estuviera en contra de ambas naciones se vería atrapada en medio de aquella lucha. Quizás, solo debía encontrar a quienes ansiaban detener a los imperios y destronar a sus reyes tiranos.

-¿Katara?- escuchó entonces la voz de Aang. La miraba preocupado, seguramente porque habría estado un buen rato llamándola sin conseguir que reaccionara. Cuando giró la cabeza hacia él se sorprendió de inmediato.

Katara se puso de pie y avanzó tambaleándose hasta la cabeza de Appa donde Aang estaba sentado dirigiendo al bisonte blanco. Tomó asiento tras él poniéndose de rodillas y apoyando sus manos sobre los hombros del joven para sujetarse mientras miraba por encima de su cabeza.

Ante ellos, una gran ciudad se alzaba protegida por un grueso muro de piedra y tierra. La ciudad, rodeada de barrancos, estaba construida sobre diferentes colinas. Por eso, en su interior cuatro grandes montículos se alzaban imponentes.

Hacía unas cuantas horas que habían dejado atrás el océano y desde entonces Katara únicamente había visto tierra, bosques y montañas por todos lados. Aunque aquel paisaje también le encantaba, era natural y pacífico. Tampoco se habían cruzado con soldados en todo el camino. Y dentro de unos minutos sobrevolarían la hermosa ciudad repleta de una especie de canaletas anchas de piedra por las que se enviaban distintas mercancías de una punta a la otra. Aquel sistema era perfecto para un sitio tan grande y en el que vivía tantísima gente, pues Omashu era la segunda ciudad más grande del Reino Tierra, después de Ba Sing Se.

-Appa, ¡yip-yip!- lo animó para que acelerara el paso y terminaran de llegar al lugar. Aterrizaron en una plaza un poco amplia bajo la mirada asombrada de los ciudadanos. Los bisontes voladores eran conocidos por todo el mundo pero resultaba ser ligeramente diferente presenciarlos en su total esplendor.

Dejó que un amable granjero que trabajaba a las afueras se ocupara de llevarlo a un establo y tras dejar a Appa al cuidado de Momo, puso rumbo al palacio con Katara.

Les costó bastante llegar porque tanto Katara como él se quedaban a cada nada observando los puestos. Omashu era una ciudad repleta de tiendas con un montón de mercancía propia del Reino Tierra, así como diversos restaurantes y talleres donde fabricaban objetos de cerámica. Por todas partes, ya fuera bajo los altos canales por los que se deslizaba la mercancía, o sobre ellos, miles de viviendas adornaban la ciudad. Todas ellas estaban construidas con piedra y tenían tejas de color verde. El palacio, sin embargo, se alejaba un poco de aquel lugar situándose en la colina más grande y más alejada.

Aunque no fuera muy propio de la maestra del agua, nunca había estado en un lugar tan grande con tantísimos puestos donde vendían cosas raras y bonitas, así que todo aquello la embriagaba. El olor de la comida impulsó a Aang a entrar en uno de los establecimientos donde comieron algunos bocados. Aunque al final, cuando se percataron de que el sol comenzaba a ponerse aceleraron el paso hasta situarse ante las enormes puertas del palacio de tierra, concretamente, en la cima de la colina más alta.

Aang se acercó a uno de los guardias para susurrarle algo. –perdone, señor. Nos gustaría hablar con el rey.- el soldado miró a su compañero extrañado y cuando sus miradas se cruzaron comenzaron a reírse en voz alta.

-Eres muy gracioso, pequeño. Aunque tuvieras una cita para hablar con el rey ya habrías perdido tu oportunidad. Se está haciendo de noche.- contestó más tranquilo cuando paró de reírse como un loco. Aang suspiró por su actitud socarrona.

-No nos hace falta ninguna cita para tener una audiencia con él, somos amigos- esta vez, después de reírse con fuerza procedió a contestarle de forma sarcástica.

-¿Ah, sí? Y dime, ¿a quién tenemos el placer de llevar ante el rey?- preguntó aguantándose la risa y esperando a que respondiera algo para seguir con su risotada.

-Soy Aang, vengo desde el Templo del Aire del Sur.- el otro soldado se acercó a ellos dispuesto a terminar con la charla sin sentido y echarlos de allí. Aang regresó hasta donde estaba Katara, un poco más atrás.

-¿No nos dejarán entrar?- preguntó ella esperando que su compañero le contara lo ocurrido, aunque en la distancia había sido testigo de las risas de ambos guardias y se imaginaba lo que había sucedido.

-Eso parece- la condujo hacia uno de los lados del muro un poco alejado de los guardias, hasta que ellos se percataron de que se habían vuelto a acercar.

-¡Oye, mocoso! ¡Te he dicho que te fueras a casa!- gritó empezando a correr hacia ellos con su espada en el costado. El otro soldado dudó si seguir a su compañero o quedarse allí parado. Entonces, cuando Aang miró de nuevo a Katara y leyó en sus ojos un montón de preguntas y desconcierto, la agarró con fuerza de la cintura sorprendiéndola.

-A-Aang, ¿qué pretendes?- dijo sin soltarse de su amarre. Él le dedicó una mirada pícara y divertida. Ambos se dieron la vuelta quedando cara a cara con el guardia que estaba a punto de alcanzarlos y cuando estiró su mano hacia ellos el pequeño maestro pegó un gran salto que los impulsó hacia arriba y les dio la oportunidad de pasar el muro.

Katara sintió el aire recorrer todo su cuerpo, aquello era diferente de cuando volaba sobre Appa. Estar sobre el bisonte volador le hacía sentir tranquila y libre, mientras que en aquel momento sentía emoción e intriga por saber lo que ocurriría. Un enorme cosquilleo recorrió la zona de su tripa y a pesar de que la tentación de mirar hacia abajo podría dar paso al miedo, Aang le aconsejó que mirara hacia arriba o se concentrara a él.

El miedo a que algo saliera mal quedaba a un lado porque extrañamente confiaba en él y sus habilidades. Además, aunque mostraba una actitud divertida y desentendida, estaba convencida de que realmente le preocupaba que algo pudiera salir mal y sabía que no permitiría que algo así sucediera. Esos sentimientos que le transmitía eran suficientes para que pudiera disfrutar por completo de aquel breve impulso hacia el atardecer.

El soldado se quedó al otro lado sorprendido y hasta que no comenzaron a correr hacia el interior del palacio no escucharon sus gritos de frustración. Seguramente tendría intención de seguirlos y darles alcance antes de que consiguieran llegar hasta el rey. Pero por desgracia para ellos, a aquellas alturas sería difícil lograrlo. Aang era bueno escurriéndose por todas partes gracias a la ligereza del elemento que controlaba y Katara era arrastrada junto a él de la mano.

El interior estaba repleto de diversos pasillos amplios decorados con figuras de barro y estatuillas de piedra. Todo estaba bañado por una luz verdosa que mantenía la oscuridad permitiéndoles situarse y divisar lo justo y necesario. Por muchas vueltas que dieron no se encontraron con ningún sirviente o persona que trabajara allí, ni siquiera con los guardias que los seguían. Después de correr durante un buen rato, Aang aminoró el paso y soltó la mano de Katara para secarse el sudor en su pantalón.

-Qué raro… juraría que estaba por aquí.- dijo Aang caminando lentamente y observando cada rincón con detenimiento. Katara lo siguió en silencio sin comprender mucho lo que decía.

-Estamos perdidos, ¿verdad?- preguntó tras unos minutos. Aang se detuvo y miró hacia atrás para mostrarle una mirada nerviosa, después sonrió inevitablemente y asintió con la cabeza.

-Desde hace un buen rato- admitió. Katara soltó un gran suspiro apoyándose sobre una de las paredes para dejar descansar un poco su cuerpo y el pequeño monje se sentó junto a ella en el suelo. –no recordaba que esto fuera tan grande… aunque quizás se debía a que el Monje Gyatso me guió sin problemas por el interior.

Ambos descansaron durante unos pocos minutos para recuperar el aliento y pensar en una nueva manera de dar con el Rey. Aang se levantó de un salto y puso rumbo al frente, decidieron que únicamente girarían a la derecha o en su defecto, seguirían de frente. Empezó a caminar y Katara dejó caer el peso sobre su hombro derecho antes de despegarse del muro de piedra. Entonces, tras ella, un mecanismo se activó llamando la atención de su compañero y el cuerpo de la maestra de agua desapareció como si la pared se la hubiera tragado.

-¡Katara!- gritó llegando hasta el lugar y palpando por todas partes la pared. Estaba preocupado pero al mismo tiempo se alegraba de que por fin hubieran dado con el pasadizo que él había estado buscando. Revisó varias veces la pared hasta que al final encontró una zona un poco más lisa que el resto de la superficie. Posó la palma de su mano sobre ella y empujó con fuerza. El mismo mecanismo de hacia unos momentos empezó a funcionar y Aang se coló por el agujero que se acababa de abrir.

Cuando se incorporó encontró ante él una sala hogareña y con un olor peculiar que se le hacía extrañamente familiar. Todo seguía bañado por la luz verdosa que parecían emitir varias rocas cristalizadas que estaban colocadas a lo largo de las paredes. En el centro, pudo ver a Katara sentada de espaldas en una mesa frente a alguien. Inmediatamente, cuando se decidió a caminar hacia ellos escuchó la voz del hombre dirigiéndose a ambos.

-Oh, veo que ahora ya estamos todos- dijo con tranquilidad. Aang se acercó lo suficiente hasta situarse junto a él para poder observar nuevamente el rostro del rey. Sus ojos arrastraban grandes ojeras que parecían ser características de él, pero lo que más llamaba la atención era su extraño gorro con dos grandes cuernos que llevaba en el centro de la cabeza sobre su pelo canoso. Sus ropas eran largas y anchas de tonos verdes propios de la Región. Aunque el rey se quedó estático observando al joven monje, en su cara podía notarse su esfuerzo por evitar sonreír, esperando a que Aang tomara la iniciativa.

-¡Bumi, viejo loco!- gritó saltando a sus brazos y envolviéndose en un abrazo con él. Katara se quedó sorprendida por la escena que estaba contemplando. Nunca hubiera imaginado que tuvieran ese tipo de relación tan cercana, aunque conociendo un poco a Aang, no le extrañaba que actuara así con las personas en las que confiaba. Ambos rieron durante un rato mientras el Rey daba diversas vueltas sobre sí mismo zarandeando al joven por el aire. Después, lo dejó en el suelo y lo invitó a sentarse.

-Tu amiga ha llegado antes que tú y te estábamos esperando. Me dijo que había venido contigo- le explicó el rey acariciándose su larga perilla repleta de canas.

-La verdad es que nos ha costado mucho encontrar este sitio. Sé que tiene varias entradas pero no he sido capaz de dar con ninguna- se entristeció, no le gustaba haber olvidado aquello.

-¡Ah! Eso es porque hemos remodelado el palacio- ambos lo observaron sorprendidos. Aquel lugar era inmenso y debía ser duro re decorar y reconstruir los diferentes pasadizos porque estaban seguros de que debía haber un montón tras todas aquellas paredes. –No me miréis así. Lo hicimos hace unos días, pensaréis que soy un viejo chiflado y débil pero por si no os habéis dado cuenta, ¡soy el mejor maestro de Tierra que existe!- gritó en voz alta levantándose de la mesa para posteriormente volver a sentarse.

-Sin duda, ya lo demostraste cuando vine con el Maestro- dijo Aang con una sonrisa. Parecía estar recordando todo lo que hicieron en su anterior visita.

Por lo que hablaron durante la cena, Katara supo que la relación de ambos era excelente, por si la reacción que habían tenido hacía un rato no era suficiente para demostrarlo. Al parecer, cuando Aang acompañó al Monje Gyatso en su última visita a Omashu y los presentó a ambos, no se llevaron muy bien, ya que el Rey se empeñó en poner a prueba las habilidades de Aang sin razón alguna, pero unos días después se volvieron inseparables.

Ambos charlaron continuamente sobre sus diversas aventuras en los canales que el Rey Bumi había mandado construir por toda la ciudad para repartir el correo con facilidad. Aquella vez, a ambos se les ocurrió la brillante idea de probarlos ellos mismos montados en una tabla de piedra y aunque lo pasaron bien también provocaron diversos destrozos y enfados en algunos de los habitantes.

Katara se quedó pensando en la última vez en la que ella había cometido alguna locura y se lo había pasado tan bien que no le importaron las consecuencias. El único recuerdo que le vino fue el de cuando era muy pequeña y fue arrastrada por su hermano para montar sobre los pingüinos a forma de trineo. Al principio le pareció una idea realmente peligrosa pero después fue ella quien le insistió unas cuantas veces para volver a repetir la experiencia.

-¿Katara?- la llamó Aang. Ella miró hacia arriba cerciorándose de que ambos la miraban fijamente. No era la primera vez que le ocurría aquello, se sumergía en alguno de sus pensamientos o recuerdos y olvidaba todo lo que estuviera a su alrededor. Esperó a que alguno de ellos volviera a repetir lo que sea que le hubieran preguntado.

-Aang me estaba contando todo lo que habéis pasado para llegar hasta aquí, también vuestros encuentros con ambas naciones y lo que ocurrió con el Templo del Sur.- le explicó Bumi con voz calmada. Ella asintió con la cabeza esperando a que retomaran la conversación.

-Es por eso que hemos venido aquí. Tú conoces muy bien a mi gente y también la fuerza de ambas naciones. Necesitamos tu ayuda para poder rescatar a los maestros del aire que se han llevado… y también terminar con esta guerra absurda.- le pidió con firmeza. Bumi volvió a acariciarse la perilla para acto seguido apoyar sus codos sobre la mesa y observarlos fijamente a ambos.

-Tu compañera, ¿Katara, verdad?- ella afirmó con la cabeza. –¿Ella vivía en el Imperio del Agua?- Aang la observó notando un aura de tristeza rodeándola al tiempo que asentía nuevamente.

-Nos encontramos mientras trataba de alejarse de aquel lugar- continuó su compañero para ahorrarle el que tuviera que hablar. Seguía sin conocer cuáles eran los motivos de que quisiera dejar atrás con tanto ahínco el Reino pero podía hacerse a la idea de que su situación no debía ser demasiado buena.

-Ya veo…- carraspeó pensando un poco y organizando sus ideas. –alguien perteneciente al Reino del Agua sería un buen aliado para nosotros. Además, seguramente pueda aportarnos información sobre el Rey.

-¡Y es capaz de dominar el agua y curar heridas!- le contó Aang emocionado. Katara el lanzó una mirada acusadora indicándole que no debía haber dicho eso. Pero después lo dejó pasar y se decidió a hablar.

-¿Qué es lo que está planeando?- quiso saber. Aquel hombre mayor le daba la sensación de estar ocultando su verdadera naturaleza bajo un aspecto débil. Estaba convencida de que era muy astuto y fuerte. Cuando escuchó su pregunta directa y precisa les mostró una gran sonrisa acompañada de una cara algo desencajada.

-Me gusta tu nueva amiga, pequeño Aang.- le dijo a este sacándole también una sonrisa. –El Reino Tierra también está sufriendo diversos ataques en sus pueblos más alejados, aunque las ciudades grandes como Omashu y Ba Sing Se seguirán resistiéndo sin problemas- explicó. –Sin embargo, esto no durará eternamente y hasta nosotros comenzamos a tener problemas de espacio. No podemos acoger a tantos refugiados, y me temo que la situación en los templos del aire es similar a la nuestra. Por eso mismo, el Rey de Ba Sing Se y yo estamos planeando llevar a cabo un plan para detener a ambos imperios, aunque aún no hemos profundizado demasiado en él. Lo que si hemos determinado es que será un ataque desde el interior, sin dañar a los soldados directamente.

Ambos escucharon atentos sus ideas de detener todo aquello. –aliados como vosotros dos nos vendrían muy bien, así que os tendré en cuenta cuando elaboremos el plan.- sonrió y rió a carcajadas. Katara continuó impasible, aunque en el fondo le alegraba poder servir de algo para detener todo a aquello. Quizás aquella visita al Rey le había ayudado a recordar que aún tenía una promesa que cumplir y le estaban dando la oportunidad de participar en ella.

-Cuenta con nosotros- dijo sorprendiéndolos a ambos. Aang la observó con admiración. Katara solía mantenerse al margen pero, al igual que cuando atacaron a aquel pueblo, en situaciones que lo requerían su determinación salía a flote con gran facilidad.

Bumi volvió a dedicarles un montón de carcajadas sorprendido por su participación, aquellos jóvenes tan decididos y llenos de vitalidad le encantaban. Sin embargo, también sabía que la paciencia era un elemento imprescindible y era el momento de que sus nuevos invitados descansaran de su largo viaje como era debido.

-Ahora, es hora de que vayáis a descansar. Mañana continuaremos con nuestra charla, además hay algunas cosas que quiero enseñaros.- sonrió por última vez para desaparecer por una de las paredes y dejar abierta otra gran apertura en la otra punta de la sala. En su interior vieron un largo pasillo con dos salas, cada uno de ellos se introdujo en una de ellas y se dejó caer sobre la cama blandita. Tras unos días duros y en los que apenas habían descansado, aquella noche podrían recuperar todas sus energías.


Por fin me decido a publicar el siguiente capítulo. Ha pasado muchísimo tiempo, y aunque no tengo excusa, solo puedo decir que en esta ausencia he aprovechado bien el tiempo xD Aunque intentaré no desmotivarme tanto y no tardar en publicar un nuevo capítulo. Espero que os haya gustado y como siempre, esperaré vuestros comentarios que tanto me alegran :)

¡Hasta la próximaaaa!