Hola! He tardado pero estoy aquí de nuevo. Espero que os guste el capítulo y muchas gracias por las review, siempre las leo y las tengo en cuenta :)


Confusión

5

6 de octubre

3:18 am

Silencio. Emma se encontraba frente a la puerta cerrada de la habitación de Regina, sin poder dormir. La convivencia se había convertido en un verdadero infierno, y todo por su culpa. Emma se arrepentía de haber leído la ficha médica, pero sobre todo de haberle echado en cara a Regina su supuesta esquizofrenia. Ella era la primera que no creía en el diagnóstico, pues ya conocía a Gold y no confiaba en él, pero aún así algo la había empujado a comenzar esa discusión con la morena, que no había terminado nada bien.

No habían vuelto a hablarse más que para darse los buenos días y saludarse cada vez que llegaban a casa. Con Henry, en cambio, la relación seguía siendo la misma. Él y Regina parecían haber conectado, y lejos de sentirse mal por ello, a Emma le gustaba. Su hijo parecía sentirse cómodo con la presencia de su nueva inquilina, y compartían conversaciones y risas. En ocasiones ella misma se preguntaba si Regina podría ser más madre que ella.

Lo único que tenía la rubia en claro es que debía pedirle disculpas a Regina lo más pronto posible, y que las 3 de la mañana no eran la mejor hora para hacerlo, pero junto a su puerta se sentía más cerca de ella, y…

"Señorita Swan, ¿no tiene cosas que hacer? Métase en sus asuntos"

De nuevo su voz. Clara, fría, sin necesidad de tener que repetir lo que había dicho. Así sonaba Regina en su mente la mayoría de las veces. Otras, en cambio, sonaba preocupada y cercana. Y otras, muy pocas veces, sonaba amable e incluso dulce.

Emma se levantó del suelo, donde estaba sentada, para volver a su habitación, no sin antes responderle mentalmente "De acuerdo, pero déjame en paz entonces".

17:32

Emma no estaba tranquila. El día en el trabajo había sido horrible. Y horrible se quedaba corto como descripción. Llevaba días distraída y cometía muchos errores, tantos que su jefe Killian había amenazado con despedirla. Y cómo no iba a estarlo, cuando a principios de semana había tenido la reunión en el colegio. La profesora de Henry, Belle, había tenido una charla general con todos los padres y después una en privado con ella. Malas noticias, por supuesto. Con su salario actual no podía seguir pagando la mensualidad del colegio, así que era bastante posible que tuviese que cambiarlo a un instituto público. Emma no sabía cómo se lo iba a tomar Henry. Ni siquiera sabía cómo había podido mantenerlo hasta ese momento en ese colegio, o por qué lo había metido ahí en primer lugar, sabiendo que quizá no podría seguir pagándolo. Era todo tan confuso que quería llorar de impotencia. No sabía qué hacer, se sentía tan perdida…

- Mamá, ¿qué haces? – preguntó Henry tras salir de su habitación, viendo a una Emma concentrada en la cocina entre diversos ingredientes.

- Estoy cocinando una tarta. – dijo tras girarse para mirarlo. - ¿Ocurre algo? – preguntó preocupada.

- No, nada. Voy a salir, tengo que hacer un trabajo. ¿Segura que estás bien? Nunca cocinas tartas a no ser que estés nerviosa.

- Sí Henry, no te preocupes. Ve a hacer el trabajo, ten cuidado. Yo estoy bien, solo necesito mantener mi mente despejada un rato. – se despidió de él con una sonrisa y un beso en la frente, y tras verlo cerrar la puerta continuó con su trabajo en la cocina.

17:46

La puerta acababa de abrirse y tras ella apareció Regina, que quedó sorprendida nada más hacer un rápido recorrido visual al apartamento. Había harina por todas partes, incluso en la pared. También había una especie de pasta pegajosa en el suelo, pared, muebles… y algo que pudo distinguir como chocolate. Era todo un caos. Y en una de las sillas del comedor, estaba sentada Emma, con la mirada perdida, y no había acabado mucho mejor que la cocina. Su pelo estaba recogido en un moño que, lejos de mostrar un color rubio mostraba blanco, marrón, e incluso violeta. Por no hablar de su ropa, estaba embadurnada de aquella pasta – que parecía asquerosa – y más harina.

- Emma. – se acercó lentamente. - ¿Te encuentras bien?

Emma dirigió su cara hacia ella lentamente, para lanzarle después una mirada triste y negar con la cabeza, apenas de manera perceptible. Su barbilla temblaba y sus ojos estaban aguados. Ella no quería llorar, de verdad que no. Ella sabía que debía ser fuerte, que debía salir adelante fueran cuales fueran sus problemas, Henry estaba a su cargo y él no merecía sufrir, menos por ella. No quería que se preocupara, pero la situación le estaba sobrepasando. Así que finalmente lloró. Regina se había acercado a ella lo suficiente como para que la pudiera abrazar y Emma se apoyó en su hombro y dejó las lágrimas caer.

Diez minutos después encontró la fuerza como para separarse de ella y volver a mirarla.

- Te he manchado. – soltó un sollozo. – Perdóname Regina.

- No importa. – respondió la morena, mirándola de tal manera que Emma no supo si lo que estaría sintiendo sería ternura o lástima - ¿Qué tal si te das una ducha y limpiamos el desastre que has hecho aquí?

Estaba utilizando la voz dulce, la que solo había escuchado dos o tres veces en su mente y tanto le había gustado. Emma no pudo hacer otra cosa que asentir y hacerle caso. Se dio una ducha rápida y se limpió el pelo, para luego salir a ayudar a Regina a limpiar.

- ¿Qué estabas haciendo? ¿Planeabas hacer explotar el apartamento? – preguntó esta cuando vio a la rubia salir.

- Estaba cocinando una tarta. – dijo simplemente, y ante la mirada incrédula de Regina continuó. – Estaba tratando de mantener mi mente ocupada. Pero todo salió mal.

Se quedaron en silencio mientras recogían y arreglaban todo lo que se había manchado, y cuando todo estuvo hecho, Emma tomó valor y habló.

- Te debo una disculpa. Por lo del otro día.

- No te preocupes, Emma. Está olvidado.

- No, ¡no está olvidado! – gritó – Me comporté como una idiota. No debería haberte dicho lo que te dije. Fueron cosas horribles, y que… realmente no pensaba. De verdad que lo siento.

Regina la miró un momento y sonrió.

- Te lo digo en serio. Está olvidado. Me dolió, lo admito, pero estabas en todo tu derecho de desconfiar de mí. Después de todo me trajiste aquí, con tu hijo, sin saber nada de mí. Me sacaste del psiquiátrico sin conocerme. Ahora dime, Emma, ¿por qué lo hiciste?

- Yo… es complicado. Dios, de verdad deberíamos haber hablado de esto antes, ¿verdad? – vio como Regina asentía con la cabeza. – Es todo muy confuso. No sé por dónde empezar…

- Puedes empezar por contarme qué es lo que te preocupa tanto ahora como para estar tan distraída. Ruby y Mary Margaret me han contado que te han amenazado con despedirte.

- Sí. Verás… me han dicho que no voy a poder seguir pagando el colegio de Henry, con mi salario actual no es suficiente, y… unido a todo lo demás todo me sobrepasa. Demonios, si cuando me desperté en casa hace unas semanas ni siquiera sabía que tenía un hijo.

Regina la miró sorprendida, sin entender, y Emma deseó haberse quedado callada. Era su problema y no tenía que hacer a Regina partícipe de aquello, ella no tenía nada que ver. Exceptuando que escuchaba su voz, claro.

- ¿Qué quieres decir con eso? Es decir, por lo del colegio de Henry despreocúpate, el niño me cae muy bien y puedo ayudar con los gastos. Pero… ¿cómo es que no le recordabas?

- Yo…no Regina, no es tu responsabilidad. No me debes nada.

- Claro que te debo, me has dejado tener un hogar aquí. Ahora, explícame qué es lo que te ocurre.

- Yo… es muy difícil. Sé que tuve un accidente, todos me lo han dicho. Pero yo no lo recuerdo. Desperté sin saber quién era, dónde estaba, a qué me dedicaba. Simplemente un día todo fue blanco, y he tenido que ir descubriéndolo por mí misma. Henry no sabe nada, por favor, no se lo cuentes.

Después de confesarle a Regina lo que le pasaba, con algunos detalles pero no todos –por supuesto se ahorró las voces -, hubo un largo silencio. Emma temió que la morena dijera o hiciera algo que fuera en su contra, pero tras pensarlo bien ella tampoco estaba en una situación mejor. La vio levantarse y caminar de un lago a otro, para después de unos segundos mirarla y volver a hablarle.

- Oh dios mío, ¿por qué no me lo habías dicho?