Confusión
6
14 de Octubre
Emma había descubierto que cuanto más tiempo pasaba cerca de Regina, más alucinaciones sufría. Porque ya no era solo su voz, no. Había dado un paso más allá y mareos, dolores de cabeza y temblores habían hecho su aparición. Tanto la morena como Henry habían insistido en que fuera al médico, pero Emma se había negado rotundamente. Lo que le estaba pasando no podía ser visto por ningún doctor en el mundo, estaba segura, pues había comenzado tras su conversación con Regina, después de que esta la hubiese ayudado con el estropicio de la cocina. No habían podido continuar la charla porque había llegado Henry y no tuvieron más oportunidades durante aquellos días.
Estaba agotada. Si no fuera tan testaruda habría aceptado la oferta de Regina y hubiera dejado a Regina pagar el colegio de Henry, por lo menos a medias. Si no fuera tan testaruda no estaría haciendo la barbaridad que estaba haciendo. Horas extra. Había perdido la cuenta de cuántas iban ya. Llevaba una semana comiendo en el trabajo, empezando el turno a primera hora y terminando a última. Y cuando llegaba a casa, pasaba el rato con Henry y Regina, hasta que empezaba a temblar y se excusaba para irse a descansar.
Aunque pareciera contradictorio, le gustaba pasar el rato con su compañera de piso, e incluso se sorprendía a sí misma echándola de menos durante el trabajo. Preferiría querer pasar el rato sola o estar lejos de ella, pero no podía. Desde que se habían reconciliado –según ella- había creado un cierto miedo a que se volvieran a pelear o a distanciar, algo que la aterrorizaba y extrañaba por igual.
- ¡Emma! Hacía siglos que no te veía. – dijo Ruby con una gran sonrisa, nada más ver a Emma aparecer por la puerta del bar.
- Ruby, no seas exagerada. Vengo todas las mañanas a por café, y tú siempre estás aquí.
- Em, ayer te olvidaste de recoger los cafés.
Era cierto. Emma sonrió para sí misma recordando el momento en el que había visto aparecer a Regina en el súper para entregarle los cafés y echarle una pequeña reprimenda por haberse olvidado. Todos sus compañeros habían reído al ver la escena, y August se había pasado el día molestándola con ese tema. Sin embargo, a Emma no le molestó. Le había gustado ver a Regina esa mañana, había disfrutado de ese momento, definitivamente el gesto había sido bonito.
- Hey, Em… ¿sigues ahí o te has ido al mundo de los sueños? – Ruby pasó su mano frente a la cara de Emma para que esta saliera de su ensoñación.
- Sí, perdona… sólo estoy cansada. Ponme un café para mí y otro para Regina, por favor. – respondió la rubia, que ya sabía a dónde acudir cuando se encontraba agotada, triste o confundida. Ruby siempre la hacía reír, de alguna manera u otra.
- Vaya, ¿no vais a dormir esta noche? – bromeó la camarera de nuevo.
- ¡Ruby! – la regañó Emma, pero dejándose descubrir con una risita – Está bien, un café para mí y una bandeja de dulces. Para Regina y Henry. ¿Mejor?
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Abrió despacio y con cuidado, o por lo menos trató de hacerlo. El apartamento estaba en silencio, en orden, la vajilla estaba recogida pero aún se podía sentir el olor de la cena. Lasaña. Pronto pudo ver un plato tapado en medio de la mesa. Regina se lo había dejado. La buscó con la mirada y cuando vio la escena sonrió. La televisión estaba puesta a un volumen apenas audible y la morena descansaba junto a Henry en el sofá. Se habían quedado dormidos. Emma dejó los dulces sobre la mesa y fue a por un par de mantas para cubrirlos antes de comenzar a comer ese delicioso plato, que se había convertido en su favorito.
- ¿Emma? ¿Cuándo has llegado? – oyó la voz de la morena y la vio asomar su cabeza por encima del sillón. La vio envolverse en la manta y dirigirse hacia ella, para hacerle compañía mientras terminaba de cenar.
- Hace apenas 10 minutos. Pasé a ver a Ruby y me entretuve un poco. ¿Qué tal el día?
- Bien. – sonrió Regina, antes de dirigir la mirada hacia el enorme vaso de café que estaba encima de la mesa. - ¿Es eso café? Emma, estás agotada y necesitas dormir. Lo último que deberías beber es café.
- Sí, es cierto. Ya lo sé. No me sermonees, Regina. – dijo Emma con cara triste, e hizo a la morena sonreír. – Es solo… no sé, necesito reponer energías.
- ¿Sabes qué funciona para eso? Dormir.
Emma sonrió, intentando hacer caso omiso al dolor que se apoderaba de su cabeza poco a poco. No quería dormir. Dormir era un infierno, había pasado la semana entera teniendo pesadillas y soñando con lugares y personas extrañas. Cosas sin sentido. Y Regina. Ella estaba comenzando a aparecer en todos y cada uno de sus sueños. Siempre en peligro.
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23 de Octubre
"¡FELIZ CUMPLEAÑOS EMMA!"
No le gustaban las fiestas de cumpleaños. Podía jurarlo, incluso pondría la mano en el fuego sin ningún tipo de recuerdo acerca de ellas. Pero Ruby había insistido, Henry había insistido, sus compañeros de trabajo habían insistido, incluso Regina había insistido… y tendría que celebrar su fiesta en el bar de Ruby por la noche. La camarera había insistido en abrir fuera de horario con motivo de aquel día tan especial, y en decorar la cafetería de manera especial.
Y eso no era lo peor. Lo peor de todo, era muchísimo peor. Pero muchísimo. A su lado la fiesta quedaba como un fin de semana en el spa. Esa mañana, esa misma mañana su hijo y su compañera/amiga o lo que fuera, habían decidido despertarla cantándole el famoso Cumpleaños Feliz a las 8 de la mañana. Un domingo. ¡Por favor! Luego lo compensaron con un rico desayuno y un maravilloso regalo por parte de Henry, pero en un primer momento Emma había estado de muy mal humor.
Regina la había felicitado dándole un abrazo y diciéndole que tenía un regalo para ella, pero se lo daría después de la fiesta, lo que sorprendió a Emma, pero trató de no prestarle mucha atención.
Quitando el haber madrugado, para Emma estaba siendo un buen día. Incluso su locura – como a ella le gustaba llamarla- le había dado una tregua. Nada de voces, nada de sueños, nada de nada. Simplemente un día completo para disfrutar, y olvidarse por un momento de los problemas.
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La misma cinta de cumpleaños que había decorado su casa esa mañana ahora estaba decorando el bar de Ruby. Eso y una decoración tétrica que contrastaba totalmente con lo colorido de las letras que formaban su nombre. A última hora se habían decantado por hacer una fiesta al estilo Halloween, ya que quedaba cerca de esas fechas. Todas sus amistades cercanas estaban allí, y agradeció no ver ninguna cara desconocida, o habría sido muy incómodo. Pero estaban todos. Incluso David, su vecino.
- Emma es la única que puede disfrutar esta noche todo lo que quiera. – sonrió Tink. – Es la única que tiene el día libre, qué suerte – se quejó.
- No me lo puedo creer, ¿Emma Swan sin trabajar un día? – dijo Ruby alzando la voz, haciéndose la exagerada y haciendo reír a Emma.
- Killian me lo ha dado. Después de todas las horas extra que he hecho…y bueno, es mi cumpleaños. – se encogió de hombros.
- Y además la ha invitado a cenar. – continuó Elsa.
- ¡NO! – gritó Ruby emocionada. – Dime que le dijiste que sí, Emma.
- No, por supuesto que no. No estoy interesada. Y menos en él.
- Emma, si no vas tú voy yo. – continuó la camarera. – De verdad. Creo que deberías darte una oportunidad con alguien al fin. Ha pasado mucho tiempo desde que…
- Ya, Ruby. – no sabía qué es lo que iba a decir, y a pesar de su propia curiosidad la hizo parar. – En serio, estoy bien así. Henry y yo. – suspiró – Bueno, y Regina ahora. No necesito una pareja por el momento.
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Emma se dejó caer en el sillón nada más llegar a casa. Estaba cansadísima, tanto que podría quedarse dormida en esa posición. Henry se había vuelto antes ya que tenía colegio, y ella y Regina acababan de llegar.
- Regina, no tenías que haberme esperado. No era necesario. Seguro que mañana trabajas y te va a costar madrugar.
- No, no trabajo. David me dio el día libre. De hecho, creo que va a cerrar mañana.
- ¿En serio? ¿Por qué?
- Para que pudiéramos pasar la noche celebrando contigo. –sonrió. – No te duermas, voy a por tu regalo.
El regalo. Había querido poder decirse que lo había olvidado, pero a sí misma no se podía mentir. Había estado dándole vueltas durante el día, si bien había podido dejar de pensar en ello a ratos, siempre terminaba volviendo a su mente. Oyó a Regina a lo lejos rebuscar y minutos después acercarse a ella con una sonrisa.
- Ten. Es para ti. –dijo alargando su mano y depositando en la de la rubia algo plateado. Un collar.
- Regina, no tenías que… - la morena la interrumpió antes de que siguiera hablando.
- No lo he comprado. Es curioso, pero lo encontré entre mis cosas. En la caja que te dieron en el psiquiátrico. Me recordó a ti.
Emma se fijó bien en el collar. Era sencillo, y tenía grabado el dibujo de un cisne. Emma Swan. ¿Por eso le recordaba a ella? Lo miró detenidamente, después a Regina, y después al collar de nuevo. Entonces, sintió un escalofrío. Ese colgante era suyo. No sabía por qué, ni cómo, ni cuándo, ni el motivo de que estuviera entre las cosas de Regina. Pero era suyo. Lo sabía.
