Hola! He regresado con un nuevo capítulo que según mi opinión está bastante interesante, pero juzgad vosotros mismos. Espero que os guste y mil gracias a quienes dejáis reviews :)


Confusión

8

Negro. Lo único que recordaba era haber subido por las escaleras hasta el apartamento, abrir la puerta con dificultad, y después…nada. La conversación con Ruby y el toque de Regina en su brazo habían hecho desembocar a Emma en un ataque de ansiedad que la anuló por completo. El aire había comenzado a faltarle y las palabras de la morena para tranquilizarla se oían cada vez más lejanas, hasta que parecieron un susurro. Después, sus ojos se cerraron y se desvaneció en medio de la sala.

Ahora descansaba sobre el sofá, su respiración ya tranquila era el único sonido que se oía en toda la casa, y una caricia constante sobre su cabeza la impedía alterarse. Regina. No quería abrir los ojos, pero su pequeño movimiento alertó a su compañera de piso de que al fin estaba despierta.

- Emma, ¿te sientes mejor? – Regina sonaba preocupada.

- Eso creo. – respondió ella intentando incorporarse, para terminar sentada junto a la morena, mirándola a los ojos. - ¿Qué ha pasado?

- Has sufrido un ataque de ansiedad y te has desmayado. Debes descansar.

Regina se levantó para ayudar a Emma a hacer lo mismo y acompañarla hasta su habitación para dejarla descansar, pero en cuanto la rozó, miles de sonidos inundaron la cabeza de la rubia, quien se la sujetó con las manos, pero no sirvió de nada.

"Emma" "Señorita Swan, ¿qué hace aquí?" "¿Quiere dejar de molestar por una vez en su vida?" "Emma, ¡no!" "¿Esto es a lo que llama usted trabajo?" "¡SWAN!" "Emma, ¡ahora!" "No, te estás poniendo en peligro, ¿eres idiota?" "No te he pedido ayuda, ¡lárgate!"

- ¡AAAAH! – chilló Emma, aún haciendo presión sobre su cabeza, intentando acallar las voces. - ¡Silencio!

- Emma, ¿qué ocurre? Nadie está hablando.

- Apártate de mí, Regina, ¡no te acerques! – advirtió la rubia. – ¡Déjame!

Y con un portazo se despidió de la morena, dejándola sola y confusa.

-x-

La puerta blanca de la habitación de Emma había permanecido cerrada durante el resto de la mañana y toda la tarde. Ni siquiera se había levantado para almorzar, o para recoger a Henry. Ni había hecho un ruido. Parecía que simplemente había desaparecido. Sin embargo, estaba allí. Se había encerrado en sí misma, ahogada en un llanto que no dejó que fuese audible.

Pero estaba mejor. Mientras permaneciera lejos de aquella morena, lo estaría y lo sabía. Pero no quería, y también lo sabía. Se había dado cuenta tiempo atrás. Y tampoco podía evitarla todo el tiempo. Debía hacer algo pronto. Dos toques en su puerta la distrajeron de sus pensamientos.

- Mamá, ¿puedo pasar?

Emma soltó un leve en algo que se asemejaba más a un susurro que a una respuesta, pero aun así Henry lo escuchó y se adentró en el cuarto.

- Regina me contó qué es lo que te ha pasado. Te traigo algo de comer y un chocolate con canela. Lo ha preparado todo ella, pero no se atrevía a traértelo. – se encogió de hombros tras sentarse junto a su madre. - ¿Qué ocurrió?

- Oh Henry, lo siento tanto. – empezó Emma. – Ni te he recogido en el colegio, ¿cómo has venido?

- Regina. – dijo simplemente, lo que fue suficiente como explicación.

- No me he encontrado muy bien hoy. – continuó explicando la rubia. - ¿Crees que debería ir al médico?

- Sí. M…Regina también lo cree. Y Ruby. Estamos preocupados por ti, mamá. También deberías dejar las horas extra en el trabajo. Estás haciendo demasiado.

- Ni hablar chico, seguiré trabajando porque lo estoy haciendo por ti. Pero os haré caso y pediré cita para el médico. Lo prometo.

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27 de octubre

Una especie de rutina había vuelto a comenzar. El despertador sonaba temprano, y aunque claramente Emma Swan no era una mujer a la que le gustaran las mañanas, no tenía más remedio que hacer caso a la alarma. Más si quería evitar cualquier contacto con su compañera, puesto que si se levantaba más tarde que ella llegaría tarde al trabajo. Al médico aún no había llamado, tenía miedo. Pero lo haría esa misma tarde, estaba decidida. O por lo menos antes de su maravilloso día en el supermercado.

- Eh, Emma, te buscan. – dijo August señalando con el dedo hacia fuera. – Te cubro un momento con la caja.

La rubia lo miró confundida, pero se dirigió a donde le había indicado su compañero y se encontró con una sorpresa mayúscula. Gold.

- Mr. Gold, qué sorpresa verle por aquí. – Este le ofreció la mano, gesto que ella correspondió vacilante.

- Ya ve, me ha tocado venir hoy a hacer la compra a mí y ha sido todo un asombro encontrarla aquí, señorita Swan.

- ¿Qué es lo que quiere?

- No sea tan hostil, señorita Swan. La admiro. La he estado observando durante un rato, y se desenvuelve bien, a pesar de todo. La veo muy cambiada desde la última vez que la vi en mi consulta.

- Querrá decir la única vez que fui. – señaló Emma. – Déjese de rodeos y dígame qué busca.

- Me gustaría ofrecerle un tratamiento completo. Totalmente gratuito. – dijo, y tras mantenerse en silencio un momento, ante la sorpresa de la rubia, continuó. – No se escapa de mí que aún sigue sufriendo, Emma, y realmente me gustaría ayudarla. Quisiera verla en la consulta mañana por la tarde. Por favor.

- Y si no voy, ¿qué?

Gold ya se había dado la vuelta con intención de marcharse para cuando Emma lo retó. Entonces, se giró hacia ella con su mejor sonrisa. Una sonrisa que, al igual que la última vez, la hizo temblar de miedo.

- Recuerde que todas las acciones tienen sus consecuencias, señorita Swan.

Todas las acciones tienen sus consecuencias. ¿Qué demonios habría querido decir con eso? Ese hombre era un misterio en sí mismo, y aun así había algo que la empujaba a querer ir a la consulta, aunque a la vez sabía que no debía acudir. No confiaba en él, no había tenido experiencias previas buenas, y además, incluso había sido el encargado de encerrar a Regina en ese psiquiátrico.

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3 de noviembre

Algunas cosas habían cambiado. Había cedido. Emma había cedido y aceptó la ayuda de Regina con el pago del colegio de Henry. Pero seguía haciendo las horas extra que llevaba realizando desde hacía casi un mes. ¿Para qué? Para distraerse principalmente, y por razones que solo ella sabía.

Y había faltado a la consulta con Gold, algo que la había hecho un poco más feliz entre tanto problemas en que estaba sumergida. Lo sorprendente es que el hombre se había vuelto a presentar y la había vuelto a citar para el día siguiente, por la tarde.

Todas las acciones tienen sus consecuencias, había repetido, lo que consiguió enfadar a Emma de alguna manera. Era cierto que la habían llamado del colegio avisándola de que Henry había estado fallando bastante en algunos exámenes y que su comportamiento no estaba siendo el mejor, ¿pero podría llamar a eso consecuencias? También era cierto que hacía varios días que no había llegado el supuesto diario de Regina que había prometido enviar Zelena. No sabía si podía considerar eso mala suerte o consecuencias de sus acciones. Fuera como fuera, ese día no conseguiría que regresara de mal humor.

Esa tarde, cuando volvía a casa, se encontró a Regina conversando amablemente con un hombre, que al parecer la estaba haciendo reír. La sonrisa con la que había llegado la rubia se desvaneció en un momento. En cuanto llegó hasta ellos carraspeó y trató de sonreír de nuevo. No podía sentirse celosa porque un hombre hablase con Regina. ¿Podía? No, no podía. ¿Qué significaba Regina para ella?

- Emma. – sonrió Regina. – Él es Robin, el cartero. Adivina lo que ha traído.

Emma abrió los ojos exageradamente. ¡El diario! No entendía cómo la morena podía estar ahí tan tranquila, cómo no podía tener prisa para abrirlo. Le intentó hacer una seña para que subieran, pero Regina no parecía querer hacerle caso.

- Bueno, me voy al bar a ver a Ruby, seguid hablando y divirtiéndoos un rato. Luego nos vemos. – dijo esto para darse la vuelta y marcharse.

Hizo un barrido rápido de la cafetería con la mirada, pero por ningún lado estaba su amiga, solo su abuela atendiendo en la barra. Se acercó con gesto confundido, y antes de que pudiera decir nada la señora la interrumpió.

- Dile a Ruby que deje de huir de sus responsabilidades, la necesito aquí y no de juerga.

- ¿Ruby? No la he visto desde ayer por la mañana…

- Dios mío…hoy no ha venido a trabajar.

Emma se preocupó. Aunque a su amiga le gustaran mucho las fiestas y escaquearse del trabajo, no lo hacía así como así. Excepto una o dos veces, siempre estaba ayudando a su abuela en el bar. No era propio de ella desaparecer de esa manera. Enseguida a la mente de la rubia vinieron unas palabras bastante repetidas últimamente en su vida. Palabras que tenían que ver con ciertas "consecuencias".

- Está bien, escucha. No sabemos qué ha pasado. Si mañana no aparece, llamaremos a la policía y la buscaremos por todos lados. Lo prometo.

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Entró al apartamento despistada, pensando en otras cosas. En Ruby, para ser más concretos. Estaba preocupada por ella, y en el fondo creía que si iba a la consulta se solucionaría. Así de fácil, sí, pero en su mente parecía tener sentido.

Regina ya estaba allí, la esperaba con algo en las manos. El diario, claro. Lo había olvidado. Corrió hasta ella y se sentó a su lado.

- ¿Lo has abierto? ¿Qué has encontrado?

- Te estaba esperando. – sonrió. - ¿Estás lista?

- No lo sé.

No estaba preparada. Sea lo que sea que hubiese ahí dentro, no estaba lista. No mentalmente. Pero aun así, debían abrirlo. Lentamente la morena deslizó la tapa del desgastado diario y lo abrió. Fue sorprendente lo que encontraron allí dentro.

Nada.