Holaaaaaa! Esta vez he tardado un poco más en actualizar, oops!

No voy a decir mucho, este capítulo es un poco más largo de lo normal y espero que lo disfrutéis...

Ah sí, CarlaMills... te diré que solo una de las cosas que has puesto en tu review es cierta...pero no diré cuál :)


Confusión

9

4 de noviembre

No era posible que el diario estuviese completamente vacío, pero lo estaba. Entonces, ¿para qué lo habría estado guardando aquella mujer desde que Regina se había marchado? Emma no pudo parar de dar vueltas en la cama esa noche. Además, si le sumabas lo de Ruby, era otro asunto que la tenía preocupadísima. Se lo había contado a Regina y la morena había tratado de tranquilizarla, pero no había dado mucho resultado.

- Me voy al trabajo. Si hay alguna noticia de Ruby no dudéis en llamarme, sea la hora que sea, no importa. – dirigió su mirada primero a su hijo y después a Regina. - ¿De acuerdo?

- Sí mamá, lo hemos pillado. Puedes irte. – respondió Henry con desgana.

La rubia miró a su hijo con pena, él estaba enfadado y tenía razón, ya que ella había incumplido su promesa y no había ido al médico todavía. Pero esa tarde, pese a su desconfianza, volvería a la consulta de Gold y se dejaría tratar por él. Por muy poco que le gustara, tenía que hacerlo. Había una conexión entre ese hombre y la desaparición de Ruby, lo sabía aunque no pudiese probarla.

Se despidió de Henry y Regina y se dirigió al ascensor, donde se encontró a David.

- Hola Emma, has madrugado bastante esta mañana.

- Oh sí, tengo un par de cosas que hacer antes de ir al trabajo y me marcho antes. ¿Qué tal todo? – le sonrió cordialmente y tras pensarlo un momento también se atrevió a preguntar por la morena. - ¿Qué tal con Regina en el trabajo?

- Muy bien, la verdad es que es muy eficiente. Bueno, siempre lo ha sido, que yo recuerde. Es una lástima que no quiera ejercer su profesión todavía. La noto nerviosa e insegura, ¿tú sabes algo?

David era amable, pero siempre hacía preguntas que Emma no sabía contestar, así que se limitó a encogerse de hombros e inventarse otra mentira… o lo que ella creía que podía ser más lógico.

- No te preocupes, ella volverá cuando esté preparada. Dale tiempo, por favor.

- Por supuesto, no pienso perder a una empleada tan valiosa. – le guiñó el ojo. – Eh, quería preguntarte algo… - David se llevó la mano a la nuca y se rascó, visiblemente nervioso – el otro día tu hijo me dijo algo de lo más curioso.

- ¿Qué dijo Henry? A veces tiene unas ocurrencias bastante peculiares. – sonrió la rubia.

- Que yo era como un abuelo para él. Extraño, ¿no?

Con una pequeña carcajada el hombre terminó la conversación y se despidió de Emma amablemente, dejando a esta estupefacta, tanto que pasó unos minutos en la misma posición, sin reaccionar. Luego sacudió la cabeza pensando que eran cosas de niños y se marchó.

-x-

La consulta de Mr. Gold estaba exactamente como la recordaba, lo que la hizo pensar que el siniestro hombre podría ser un maniático del orden o un obseso. Cada objeto estaba colocado en el mismo lugar que la última vez, con la seguridad de no haberse movido ni un milímetro. Emma estuvo segura de que si rodaba cualquiera de las figuras que adornaban la mesa, se podría apreciar el contraste entre la superficie cubierta y la que no lo estaba.

La había hecho esperar durante cinco minutos ahí dentro, sola, y no podía hacer otra cosa que curiosear con la mirada, dándose cuenta de detalles que había pasado por alto anteriormente. Las paredes estaban repletas de cuadros con diplomas y títulos, casi sin dejar espacio a lo demás. Una estantería llena de libros se situaba al fondo, pero no se permitió curiosear más allá de la burbuja que había creado para sí misma, así que no se movería de su lugar. Estaba comenzando a divagar cuando el sonido de unos pasos acompañados de un bastón interrumpieron sus pensamientos.

- Es un placer tenerla por aquí finalmente, y ver que está dispuesta a ser tratada. – dijo el hombre con una sonrisa, pero esta vez la rubia no se dejó intimidar y mantuvo sus nervios a raya.

- Lo he pensado bien y no puedo desaprovechar esta gran oportunidad. – respondió Emma con algo de sarcasmo en su voz. – Ya que me ofrece una terapia gratis, ¿por qué decir que no?

- Me parece estupendo, tome asiento y comience a contarme qué tal le ha ido y qué problemas tiene. ¿Ha conseguido recordar algo?

- No. Mi mente sigue completamente en blanco, los dolores de cabeza son cada vez más frecuentes y he comenzado a tener pesadillas. Eso es todo.

Emma lo vio asentir y apuntar varias cosas en su libreta, antes de dirigirle una mirada pensativa que desembocó en un gesto satisfactorio.

- Bien, son síntomas completamente normales. Sé que le dije que su caso era peculiar, pero realmente sus síntomas son definitivamente muy comunes. Para las migrañas y las pesadillas puedo recetarle unos medicamentos, pero lamentablemente no puedo hacer nada con su memoria. Siento decirle que las probabilidades de recuperar sus recuerdos han descendido en un 80%.

- ¿Quiere decir que no voy a recuperar la memoria nunca?

- Tanto como nunca… hay posibilidades, pero son escasas. Usted fue víctima de un traumatismo craneal bastante grave, señorita Swan. Es un milagro que siga viva a día de hoy.

- Y… ¿qué posibilidades hay de que la recupere? – insistió la rubia, ignorando lo demás.

- Realmente existe un método, pero no puedo asegurar que funcione. Tendría que venir dos veces en semana a terapia y quizás con suerte avancemos algo en seis meses, lo que habrá reducido todavía más la probabilidad de recordar.

- ¿Seis meses? ¿Qué clase de tratamiento es?

- Hipnosis.

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5 de noviembre

Las pastillas habían hecho su efecto de una manera increíble. Habían conseguido relajarla hasta el punto de haber dormido profundamente durante más de 8 horas, y lo más sorprendente de todo, habían conseguido que se levantara de buen humor. Amaba ese medicamento por encima de todas las cosas. Otra cosa que se había desvanecido eran las voces. La noche anterior había cenado con Henry y Regina y había podido conversar con ella durante largo rato sin ningún tipo de problema. Quién iba a decirle que finalmente hablar con aquel enigmático médico la ayudaría.

- Buenos días chico, buenos días Regina. – saludó una sonriente Emma sentándose en la mesa de la cocina. - ¿Qué tal habéis dormido?

Los dos la miraban de una manera extraña. Sí, era raro que despertara de buen humor, pero esas miradas no solo mostraban confusión, sino preocupación e incluso algo de miedo.

- ¿Qué ha pasado? – insistió ante el silencio de sus dos acompañantes.

- Emma… - empezó a decir Regina. – Han encontrado a Ruby. Llamaron hace media hora. Está en el hospital.

Ese comentario hizo que el cerebro de la rubia emitiera un sonido parecido a un click y se activara automáticamente. ¿Cómo había podido olvidarse de su mejor amiga? Oh dios, eso no podría perdonárselo a sí misma nunca. Ruby, quien la había mantenido preocupada durante dos largos días, y se había olvidado de ella.

- ¡Dios mío! ¿Qué le ha pasado? Vamos a verla ahora mismo.

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Ruby descansaba con los ojos cerrados y una expresión tranquila en su rostro cuando entraron a su habitación. Su abuela se había quedado fuera después de pasar toda la noche con ella, pues la habían encontrado de madrugada.

- ¡Ruby! – exclamó preocupada Emma nada más verla, esta había sentido pasos y les saludó débilmente. - ¿Qué te ha ocurrido?

- Un…un accidente de tráfico. Dicen que me he librado por suerte. – respondió su amiga, con un dejo de humor en su voz. – Pero a lo mejor merecía todo esto, e incluso peor.

- No digas eso. ¿Por qué ibas a merecerte algo así?

- Para ese momento Regina y Henry se habían retirado también de la habitación, dejando a Emma hablar con su amiga a solas.

- Por irresponsable. Discutí con mi abuela y para intentar darle una "lección" no fui a trabajar. Salí por ahí, con la intención de divertirme y he acabado aquí. No debí darle ese susto tan grande ni comportarme como una cría.

- Tienes razón, no debiste hacerlo pero tampoco te mereces la muerte por eso, Ruby. – la reprendió Emma, pero dulcemente. – Lo importante es que ahora estás bien. Todos estábamos muy preocupados por ti. Ahora, en unos días volverás a estar como siempre, ¿de acuerdo? – sonrió la rubia, contagiando a su amiga.

- De acuerdo. Gracias por venir. Y también a Henry y a Regina.

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19 de noviembre

Gold debía estar jugando con ella. Había aceptado la hipnosis, y durante las primeras sesiones no había logrado nada, pero el día anterior…el día anterior sí. No pudo ver absolutamente nada, el paisaje que se creaba en su mente era totalmente negro, pero había escuchado varias voces, una de ellas, la suya propia.

- Emma, no vas a poder protegerme durante más tiempo. – esa era Regina, inconfundible.

- Sí que puedo, esto no va a acabar así. Haré lo que tenga que hacer para salvarte. Te lo prometo. – Y esa era ella, quien sonaba preocupada, pero a la vez decidida.

La breve conversación que había escuchado en medio de su sueño hipnótico se la había guardado para sí misma, escondiéndola incluso del psiquiatra. Pero lo cierto es que no había parado de darle vueltas a aquello. Quizás eso podría ser un recuerdo, ¿no?

Aquella situación, en lugar de esclarecerse, se volvía cada vez más confusa. Además, estaba haciendo cosas de lo más extrañas. Parecía que actuaba por impulso, sin pensar. Lo cierto es que desde que había empezado a tomar aquellas pastillas no sólo había mejorado, sino que estaba demasiado relajada, incluso contenta, y animada. Hasta había aceptado cenar con Killian esa noche. No tenía explicación, ni siquiera para sí misma. Simplemente había respondido cuando él le preguntó y ahora tenía que ir.

20:30

Emma se había recogido el pelo en una coleta alta y llevaba un vestido de color rosa palo, combinado con unos tacones del mismo color. Regina y Henry la habían elogiado y la hicieron girar sobre sí misma, para que pudiese lucirse completamente. La rubia debía reconocer que en el último momento se había planteado cancelar la cita alegando que estaba enferma, pero tanto Ruby como sus compañeros de trabajo la habían empujado a asistir. Incluso su hijo. Incluso Regina. Entonces, ya no pudo negarse.

- Entonces, ¿voy bien? – preguntó la rubia por última vez con una sonrisa.

- Sí mamá, vas muy guapa.

- Vas guapísima Emma. – dijo Regina – Pero date prisa si no quieres quedar mal con tu chico.

- ¡No es mi chico! Simplemente saldremos a cenar.

- Venga mamá, no nos engañas.

La rubia protestó antes de que prácticamente la empujaran hasta la puerta y la hicieran salir.

1:32

Emma se dejó caer en el sofá suspirando, para después quitarse los tacones y tirarlos a algún lado del apartamento. Regina estaba allí, viendo la repetición de algún documental al que no le estaba prestando apenas atención. El peso de la rubia a su lado hizo que la mirara, lucía cansada y desprendía un ligero olor a alcohol.

- ¿Y bien? ¿Qué tal tu cita?

- Horrorosa. Me costó dos horas convencerle con argumentos razonables por qué no debía despedirme. Pero lo ha entendido. Al menos sigo teniendo trabajo.

- Eso justifica que te hayas ido a emborrachar después… - hiló Regina.

- No estoy borracha. – protestó Emma. – Sólo me bebí un par de copas. Necesitaba despejarme un poco. No sé ni por qué salí con él. No debí haber aceptado nunca, ¡joder!

- Entonces, ¿por qué lo hiciste? No estabas obligada a ello, Emma.

- No lo sé. Estoy… haciendo cosas impredecibles y extrañas últimamente. No me entiendo ni yo.

- ¿Quieres decir que no te sientes atraída por Killian?

- Vaya. ¿Vas a psicoanalizarme tú también? No. No me siento atraída por Killian. Supongo que… simplemente quería distraerme un rato… - suspiró. – Bueno, ¿qué haces despierta tan tarde?

- Verás, hay algo importante de lo que me gustaría hablarte desde hace varios días, pero no he tenido la oportunidad. Puedo esperar a mañana, pero para mí sería mejor ahora.

Emma miró a la morena extrañada, pero le hizo una seña con la mano para que hablara. Sentía curiosidad por lo que le tenía que decir, además de miedo.

- Yo… - comenzó Regina. – Creo que es mejor que me mude. Ya has hecho mucho por mí, y siento que es por mi culpa que estás yendo a ese médico y tomando todas esas pastillas. Emma, no soy tonta y me he dado cuenta de que produzco un efecto extraño en ti. Si pasamos un rato juntas, empiezas a tener dolores de cabeza y mareos…

- No tienes que irte, ¡Regina! Yo estoy bien ahora. Además, Henry te necesita. – Yo te necesito, quiso añadir.

Regina dejó escapar una sonrisa triste. Emma tomó eso como una decisión ya tomada, pero no quería. No podía ser posible. Regina tenía que quedarse.

- Yo… yo no sé cómo nos las vamos a arreglar sin ti, Regina. – dijo honestamente la rubia.

- Pues igual que antes de que apareciera. Lo has hecho muy bien, Emma.

- No. Yo quiero que te quedes. Dime, ¿he hecho algo mal para que te quieras ir?

- No, para nada. No es por ti, Emma. Tú puedes seguir sin mí. Tienes amigos, a Henry, un trabajo, e incluso la posibilidad de tener una pareja… - dijo refiriéndose a Killian.

- Si salí con Killian fue porque tú no me hacías caso. – se le escapó a Emma.

- ¿Cómo? No sé en qué momento te he ignorado, siempre he estado para ayudarte…explícate por favor.

No quería explicarse, pero ahora que había metido la pata iba a seguir adelante. Si las cosas salían bien, incluso podría lograr que Regina no se marchase.

- Me refiero…a que no me haces caso del modo que Robin te hace caso, o que Killian me hace caso… yo…

- Quieres decir… ¿quieres decir que sientes algo por mí? – preguntó la morena sorprendida, a lo que la rubia le respondió con un asentimiento, para después agachar la cabeza.

- No te vayas Regina, por favor. Te necesito. – dicho esto, la rubia se lanzó hacia ella en un abrazo desesperado, tratando de convencerla para que se quedase.

Regina le correspondió el abrazo y la convenció para que se pusiese el pijama y descansara, pero Emma la frenó antes de que pudiera irse y le pidió por favor que durmiera con ella, a lo que la morena no pudo resistirse. No había respondido nada sobre los sentimientos de Emma, pero la rubia realmente no necesitaba ninguna respuesta por el momento.

Una vez estuvieron en la cama de Emma, esta se acurrucó contra la otra mujer y se atrevió a darle un beso en los labios. Estaba cansada y quería acabar el día con un buen recuerdo que arreglara toda aquella fatídica noche.

- Quédate por favor… tengo que protegerte. – susurró Emma antes de cerrar los ojos, aferrándose a la morena a su lado.

- Quizás sea yo la que tenga que protegerte a ti. – respondió Regina una vez sintió la respiración de Emma calmarse, por lo que la rubia ignoró completamente aquella confesión.