Confusión
11
¿Cómo iba a estar enfadada con Regina? Es decir, lo estaba, se había ido, la había dejado sola después de… realmente después de nada, ella no le había prometido que se quedaría. Pero después de leer aquella carta, de confirmar que no le era indiferente a Regina, después de saber que ella también quería besarla… ¿de verdad podía pensar en otra cosa?
Además, iba a volver. Lo había prometido, y Emma sabía que lo cumpliría. Esperaría ese día con ansias. De pronto un pensamiento estúpido cruzó su cabeza. ¿Y si solo se estaba haciendo ilusiones? ¿Y si Regina no volvía? ¿Y si se ponía en peligro? Quién sabe qué podía pasarle, sola, sin siquiera saber a dónde ir… no. Regina era una mujer fuerte, y si se había ido era por algo. Sabría qué hacer. Y Emma la recibiría de vuelta como se merecía. Solo esperaba no sentirse idiota cuando ese momento llegara.
Cumpliría. Dejaría de tomar esas asquerosas pastillas.
-x-
28 de noviembre
Cuando Emma comenzó con la misión dejar-las-pastillas, se dio cuenta de que se había vuelto adicta. Joder. Le estaban mandando una maldita droga.
Así que empezó como quiso creer que se acababan todas las adicciones. Reduciendo las dosis poco a poco hasta no tomar nada. Sólo esperaba ser capaz de no recaer y seguir adelante. A lo que no había renunciado era a las terapias con Mr. Gold, aunque sí le había hecho detener el tratamiento de hipnosis, poniendo como excusa que aquellas sesiones la dejaban completamente exhausta. Y no era del todo mentira. Hacía un esfuerzo mental grandísimo, y cada vez le costaba más ocultarle al hombre lo que veía, por no añadir que estaba segura de que él sabía que mentía. Pero realmente las imágenes que habían aparecido en su mente seguían siendo aleatorias y confusas, inconexas unas con otras.
- Bien, señorita Swan. Respetaré su decisión si no quiere continuar con la hipnosis, pero hace unas semanas parecía usted muy decidida. – comenzó a decir el pequeño hombre, con una mirada fija en inquisidora en ella. - ¿Ha ocurrido algo? Es decir, además del hecho de acabar exhausta.
- No, señor. Nada especial. – explicó Emma en su mejor intento de sonar tranquila y convencida. – Simplemente he pensado que es mejor para mí. Después de todo, tengo un hijo y un trabajo que mantener.
-x-
Al llegar a su edificio se encontró con Robin, el cartero que siempre se mostraba tan amable y atento con la morena, apoyado en la pared, como esperando a alguien. A Regina, estaba segura. Ese hombre la irritaba, aunque realmente no le hubiera hecho nada malo.
- Hola, eres Emma… ¿verdad? – la rubia había intentado ignorarlo y pasar desapercibida, pero era imposible. Demasiado bonito para ser real, pensó. El hombre se dirigió a ella con una sonrisa, que ella respondió con seriedad absoluta.
- Sí, soy yo… ¿ocurre algo?
- La verdad… - empezó este, desesperando a Emma en cada pausa que hacía. – Regina siempre menciona tu nombre cuando hablo con ella, pero hace días que no la veo. ¿Le ha ocurrido algo?
- Está de viaje. – respondió la rubia secamente.
- Oh… de acuerdo. Y… ¿sabes cuándo volverá? Me gustaría entregarle algo.
- Dentro de algunas semanas, pero puedo dárselo yo en tu lugar, así no te tienes que estar molestando en esperarla. Todavía no sé seguro cuándo vuelve.
- No, gracias… - dijo este rascándose la nuca, nervioso. – Es algo personal.
- Ah, entiendo. – Emma no sabía qué pretendía aquel hombre, pero lo podía intuir y no le gustaba nada. – Disculpe que me entrometa, pero… ¿está usted interesado en Regina? En sentido romántico, a eso me refiero.
- La verdad es que sí. Quizás me estoy precipitando un poco, ni siquiera sé si tiene pareja, pero me gusta mucho esa mujer.
Emma casi echa humo ante esa confesión. ¿Cómo se atrevía? Sabía cómo, no era un secreto que la morena podía enamorar a cualquiera, pero ese hombre no estaba a su altura ni lo estaría nunca. Le odiaba, eran los celos, lo sabía, pero no podía evitarlo.
- Siento decirte esto Robin, la verdad es que es una situación bastante incómoda. – la rubia forzó una sonrisa de pena y comprensión. – Regina sí tiene pareja. – se quedó en silencio un segundo, decidiéndose entre decir y no decir lo que estaba pensando, hasta que reunió fuerzas y continuó. - Es… es mi pareja.
Dicho esto y ante la cara de sorpresa de Robin se giró y, dejándolo con la palabra en la boca, se adentró en el edificio con dirección a su apartamento, no sin que antes una enorme sonrisa apareciese en su rostro. Tampoco estaba mintiendo esta vez, ¿no?
-x-
3 de diciembre
El frío se había apoderado de la ciudad de Nueva York y los copos de nieve caían ligeramente dejando las calles cubiertas por un bonito manto blanco que a cualquier turista haría sonreír. A Emma no. Bueno sí, pero solo cuando soñaba despierta. Usualmente se imaginaba a sí misma paseando de la mano de Regina bajo la lluvia, disfrutando de la nieve con ella y Henry, y yendo a patinar sobre hielo a Central Park.
Vivir sin la morena le estaba costando, y a veces se preguntaba si su vida giraba en torno a ella. No era sano que su vida dependiese de alguien y lo sabía, pero cuando la esperanza de volver a verla pronto era lo que le daba fuerzas para levantarse todas las mañanas y no podía luchar contra ello, ¿qué otra opción tenía? La echaba de menos, tanto que a veces se encontraba a sí misma observando el asiento vacío que solía ocupar Regina durante el desayuno. Incluso Henry lo había notado. A él parecía no afectarle tanto, pero también deseaba que volviese. En ocasiones – en muchas – mientras cenaban salía el tema de su regreso. Regina por aquí, Regina por allá… ¿en qué momento había entrado tan profundamente en sus vidas?
Por otra parte, la reducción de dosis de la medicina había devuelto a Emma los dolores de cabeza y las pesadillas, aunque en menor medida. Las voces no, aun seguían desaparecidas. La verdad es que no sabía qué prefería, si tenerlas de vuelta o no. Así al menos sentiría a la morena más cerca. Céntrate Emma, últimamente sólo vives por y para ella, se dijo.
-x-
Esa noche Mary Margaret había organizado una cena de trabajo, para salir y divertirse un rato. Todos le habían dado el sí, incluido Killian, así que Emma no pudo negarse. Después de todo, le hacía falta un algo de distracción y pasar un buen rato.
La rubia había pedido a Ruby que la acompañara, ya que todos se conocían y mantenían una buena relación, pero esta se negó alegando que le había prometido a Henry una noche de películas de zombis, así que tuvo que ir sola. Sólo rezaba para que su jefe no hiciera ningún comentario fuera de lugar.
- Emma, las chicas y yo estamos pensando en ir de fiesta la próxima semana, ya sabes, para aprovechar el tiempo antes de volver con nuestras familias y que todo se ajetree por la Navidad. ¿Te apuntas? – preguntó Rose risueña, casi rogándole con la mirada que aceptara.
- Vamos Emma, di que sí, hace mucho que no sales con nosotras. Vamos a acabar pensando que eres una amargada. ¡Incluso Mary Margaret va a venir! – apoyó Elsa.
- ¿Me puedo apuntar yo también, chicas? Me encantan vuestras fiestas. – intervino August, en tono irónico, bromeando.
- Eres un envidioso. – rió Elsa – Ya sabes que sólo es una salida de chicas. – se dirigió hacia Emma de nuevo. - ¿Qué dices, Em? Apúntate, sin ti no es lo mismo.
Emma rió ante la situación. Las chicas tenían razón. No recordaba la última vez que habían salido solo ellas, prácticamente porque habría sucedido antes del accidente. Pensó en Henry, a él no le importaría que por una noche ella disfrutara. Estaría más que feliz, así podría jugar a videojuegos hasta tarde. Luego pensó en Regina, ella también querría que se divirtiera. Al fin y al cabo, no podía pasarse encerrada toda la vida.
- Está bien. Iré.
-x-
14 de diciembre
La fecha se acercaba. No sabía cuál era el día exacto en que la morena volvería, pero la ilusión de su regreso junto con la de la Navidad dejaban en su estómago una sensación agradable a la par que amarga. A veces se preguntaba por su familia. ¿Tendría? Más allá de Henry, no conocía nada. Sabía que el padre de su hijo había muerto, pero de sus propios padres no conocía ni un solo dato, y no quería preguntar. Simplemente supuso que no había más, si no ya se habrían manifestado de alguna manera. De momento tenía suficiente.
Con la llegada de fechas tan señaladas estaba preparando su regalo para Henry, quería que fuese algo especial. Y también tenía pensado algo para Regina. ¿Lo que estaba sintiendo se consideraba amor o rozaba la obsesión? No lo sabía, solo sabía que tenía cada vez más ganas de verla.
- Henry, necesito que me acompañes. Por favor.
- ¿A dónde?
- Sorpresa. Quiero que me ayudes a escoger el regalo para Regina.
- Sabes que no necesitas regalarle algo para enamorarla, ¿verdad? Ya lo tienes conseguido.
Emma rió con humor. Regina se sentía atraída por ella, o por lo menos eso había dejado ver con su carta. Pero de ahí a estar enamorada, iba un trecho. No sabía de dónde sacaba las ideas ese chico, pero aún así oír sus palabras y pensar en la posibilidad de que fueran ciertas, la emocionaba.
- Ah, mamá, ¿ya tienes mi regalo?
- No seas impaciente Henry. Aún no lo tengo, y no me preguntes nada más porque no pienso decirte una palabra en absoluto. Quiero que sea sorpresa.
La tarde había sido agradable. Habían paseado por un montón de sitios, entrado en muchísimas tiendas, recorriendo diferentes tipos de negocio en busca del regalo perfecto. Aunque Emma solo estaba fingiendo un poco, para pasar el rato con su hijo. Ambos regalos ya los tenía, pero tenía la sensación de no pasar mucho tiempo con Henry, lo que la hacía sentirse fatal. Se sentía bastante insegura últimamente, lo que la llevaba a preguntarse si realmente era una buena madre. Aparentemente, para Henry la respuesta era un sí, y se notaba en su cara la felicidad al pasar el tiempo con ella.
- Mira mamá, en esa tienda seguro que sí tienen el regalo perfecto para Regina.
Emma sonrió y eliminó todos los pensamientos negativos de su mente. Siguió al chico y escuchó todas sus propuestas y sugerencias, para después rechazarlas sutilmente con una pequeña sonrisa. Finalmente se dirigieron a una cafetería a por dos chocolates con canela para combatir el frío.
-x-
24 de diciembre
Si no tenías familia o era demasiado pequeña como para celebrar una Navidad, estabas invitado al apartamento de Emma. No era un eslogan, ni pretendía serlo, pero básicamente ese era el mensaje. Pasarían la nochebuena en compañía de Ruby, su abuela, David y Mary Margaret. Y por supuesto, de Regina, si se dignaba a aparecer. Emma se sentía nerviosa, confusa y tenía miedo de que no apareciese. Incluso había estado a punto de llorar en dos ocasiones en todo el día. Por suerte allí estaba Henry, por quien se mantenía fuerte y no se permitía derrumbarse.
"Tranquila mamá, vendrá."
Las palabras de Henry resonaban una y otra vez. La noche anterior, apenas había podido dormid de lo nerviosa que estaba. Se sentía como una niña la noche antes de la visita de Papá Noel.
"Vendrá, vendrá, vendrá, Regina vendrá."
La rubia canturreaba en susurros mientras se entretenía en la cocina, intentando preparar algo decente para los que serían sus invitados esa noche. Pero todo estaba controlado. El reloj marcaba las seis y media de la tarde y previamente había recogido la comida preparada que encargó especialmente para ese día. Fue difícil encontrar un lugar donde conseguirla, pero gracias a su tozudez o cabezonería, lo logró.
De repente, el sonido del timbre la distrajo de sus labores. Alterada y frente a la atenta y risueña mirada de su hijo, se dirigió hacia la puerta. Pero cuando abrió, se llevó una decepción.
- Ah, hola Ruby. Abuelita.
- Vaya, ¡sí que tenías ganas de vernos! – dijo su amiga animadamente, bromenado.
- Lo siento. Sí que tenía, pero esperaba a otra persona. Podéis iros sentando. Ya está casi todo.
Ruby envolvió a Emma en un abrazo reconfortante entendiendo sus sentimientos y luego la miró fijamente.
- Ella vendrá.
El reloj daba las siete en punto cuando David llegó, seguido de Mary Margaret, a quien se había encontrado en el rellano. Ni rastro de Regina. La rubia comenzaba a impacientarse, y también a perder la esperanza. La mayoría de los asistentes lo habían notado, así que intentaban mantener conversación constantemente para distraerla.
- Emma, has puesto un plato y cubiertos de más. ¿Significa eso que Regina vendrá? – preguntó Mary Margaret emocionada, ganándose una fulminante mirada por parte de los demás.
- Quizás… -respondió Emma con desgana.
- Oh.
A las ocho ya estaban listos y preparados para cenar, cuando sonó el timbre de nuevo. Esta vez sí. Tenía que ser ella. Emma se levantó de la mesa disculpándose y temblorosa se dirigió a la puerta. No sabía si estaba preparada para volver a verla. Ella creía que lo estaba, pero… ¿y si no lo estaba? ¿Y si por algún casual se desmayaba o cualquier otra cosa al verla?
El timbre sonó de nuevo y salió de sus pensamientos. Entonces abrió la puerta y… la vio. Regina estaba finalmente frente a ella, con una sonrisa en su cara, después de un mes sin verla. Estaba más hermosa de lo que recordaba. Y venía cargada. Muy cargada. Emma sacudió la cabeza y al momento la ayudó a cargar todo aquello, pero primero la saludó en lo que consideró la forma más estúpida de hacerlo.
- Hola. – dijo con una boba sonrisa en su cara.
- Hola. – respondió Regina, manteniendo su sonrisa.
La morena había llevado de vuelta sus maletas. Eso era una buena señal. También había preparado lasaña y tarta de manzana, comida que desprendía un maravilloso olor y se veía totalmente apetitosa. Una vez se dejó ver por la sala, todos la saludaron amablemente y felices de verla.
- Podéis empezar a comer. – animó Emma, agregando la lasaña a la mesa. – Ahora nos unimos.
-x-
Había ayudado a Regina con sus cosas y ahora se encontraban en su habitación, que había quedado intacta, tal cual como la dejó cuando se fue.
- Emma, yo… lo siento por irme así, es más, si quieres mañana mismo me voy, no quiero incomodarte. Si estás molesta conmigo lo comprendo… - Regina empezó lo que parecía una especie de discurso preparado, lucía algo nerviosa.
- Al principio me enfadé un poco. – la interrumpió Emma. – Pero tras leer tu carta comprendí que no servía para nada. Entiendo que hayas necesitado tu tiempo y lo respeto. – sonrió y tomó sus manos entre las suyas, pero al momento se tuvo que separar porque un dolor insoportable atacó su cabeza.
- Eso era algo importante que tenía que tratar. – continuó la morena, buscando algo en su bolso. – Y he dado con el remedio. – sacó un frasco parecido al de un jarabe y se lo extendió. – Tómate esto, entero, y estarás bien. Por favor. Confía en mí.
Emma le hizo caso y se tomó el contenido del frasco, que al parecer haría efecto inmediato en ella. Entonces, Regina la volvió a tomar de las manos y esta vez, no ocurrió nada. Sólo un cosquilleo recorrió a la rubia a través de su cuerpo. Ya no había dolor.
- ¡Ha funcionado! – exclamó emocionada, lanzándose a los brazos de la morena y abrazándola de tal manera que parecía que quería mostrarle cuánto la había echado de menos. – Gracias.
- No hace falta que me agradezcas. Ahora, vamos a cenar. Nos están esperando.
- Espera, Regina. – La morena había abierto la puerta, pero Emma la sujetó del brazo suavemente antes de que esta pudiera salir. – Necesito saber algo antes. ¿Era cierto todo lo que escribiste en tu carta?
- ¿Te refieres a…? – no terminó la frase, sabía que se refería a eso. – Sí, todo era absolutamente cierto. Sigue siéndolo.
- Entonces no te importará que te salude como es debido… - susurró la rubia antes de lanzarse a sus labios y besarla con fiereza.
Regina, aunque sorprendida, respondió al beso con la misma intensidad. Emma sintió como todos los músculos de su cuerpo se contraían. Se sentía bien. Ella había echado de menos a Regina. Regina la había echado de menos a ella. Ahora estaba de vuelta en casa. Y estaba besándola. Dios mío, Regina también estaba besándola a ella. Por un momento se preguntó si estaría en el cielo o seguía en el mundo real, pero su pregunta fue respondida rápidamente por un carraspeo.
- Lo siento, iba al baño. – dijo Ruby con un tono de voz que quería simular timidez, pero que escondía humor en él. – Ya tendréis tiempo después. Os estamos esperando para cenar.
Aunque eso de esperar no era tan cierto. Cuando se dirigieron a la mesa y tomaron asiento – una al lado de otra - Emma pudo observar que la lasaña ya se había acabado.
- Eh, ni siquiera he podido probar la lasaña. – se quejó de una manera tan infantil que hizo reír a todos los comensales.
- Emma, cielo, no te preocupes. Puedo preparar otra cualquier día. – le respondió Regina con una sonrisa.
Había usado el apelativo cielo. Delante de todos los demás. Durante unos segundos se produjo un silencio incómodo, pero rápidamente se inició otro tema de conversación y la incomodidad fue reemplazada por risas y comentarios con intención de broma, que se mantuvieron a lo largo de toda la noche.
La cena, sin duda, había ido bien. Había sido una velada agradable, que había terminado con el pequeño grupo descansando sobre los sofás de la sala contando anécdotas referidas a la navidad, a la infancia o a una combinación de ambas cosas. Regina estaba acurrucada junto a Emma, quien la mantenía abrazada con cariño y de vez en cuando depositaba algún que otro beso en su cabeza.
Si bien alguien había considerado extrañas las reacciones de las dos mujeres, nadie había comentado nada, ni lo habían hecho ver a través de sus acciones. Ni siquiera David. Estaban pasando un rato tranquilo, agradable y en familia.
Y como si de una revelación se tratase, Emma se dio cuenta de que no necesitaba nada más.
